¡Basta de que te amarguen la vida!

Sábado, Diciembre 5th, 2009

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¿Dónde me llevas, Julie Andrews?

Tengo películas que no me canso de ver cuando se acercan y también cuando ya estamos en esas fechas marcadas al rojo en los calendarios del que dicen es Mundo Libre. El visionado de esas cintas, que como escribo se han convertido para mi en objeto de culto, me sirve para recuperar historias que por alguna razón me hicieron feliz o simplemente me emocionaron.

A su manera entiendo que esta costumbre –no sé si mala o buena– me sirve como de válvula de escape y es una forma como otra cualquiera de combatir el aburrimiento apostando por las que sé que me van a gustar siempre. Gusto, como verán, relativamente conservador. El caso es que pese a que me las sé de memoria y saberme escenas y diálogos casi completos, consiguen siempre que me sorprendan.

En esta pequeña lista de películas que yo llamo de comodín y que sólo veo en fiestas, se encuentra el clásico King Kong y Freaks, de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack y Tod Browning, respectivamante. Títulos que ocupan los primeros puestos en mi particular lista de la 10 mejores películas de la Historia del Cine. También recupero filmes como Lawrence de Arabia y El puente sobre el río Kwai, ambas de David Lean. Largos largometrajes que me dejaron atontado cuando aún era un infante que creía en mundos mágicos y de colores. Últimamente, porque desde hace unos diez años han pasado a formar parte de este peculiar registro, la trilogía de los dólares de Sergio Leone, así como sus operísticas Érase una vez en América y Érase una vez en el oeste (o Hasta que llegó su hora para no iniciados). Y cuando estoy triste de verdad porque no hay manera humana que me sume a la algarabía impostada de los Carnavales: Con faldas y a lo loco, El apartamento y, cómo no, Sopa de ganso o Una noche en la ópera, de los hermanos Marx. Le estoy muy agradecido a los cabrones de Billy Wilder, Chico, Harpo y Groucho por hacerme olvidar las frustraciones del universo mundo provinciano en el que me muevo como tiburón sin mandíbula.

¡Azúcaaaaaaar!

Otra de esas películas que me taladra el corazón y que suelo repescar cuando se aproximan fechas navideñas es Sonrisas y lágrimas, un musical familiar no apto para diabéticos dirigido por Robert Wise.

Les cuento todo esto porque la noche de ayer, viernes, me la pasé en casa revisando una vez más Sonrisas y lágrimas, un filme que, la verdad, me pone los pelos de punta. ¡A mí!, precisamente ¡a mí! Lo que me hace preguntar ¿por qué? No he encontrado respuesta todavía, luego sigue siendo un misterio que probablemente nunca resolveré.

Confieso ante notario que ayer, mientras veía la película con una nube de lágrimas enturbiando mis ojos, me hacía ésta y otras preguntas mientras intentaba racionalizar por qué disfruto tanto con esta película.

Más calorías, necesito más calorías…

Y no acierto a comprender, diablos, el porqué. Sonrisas y lágrimas es un musical, un género que pese a tolerar tampoco es santo de mi devoción. Aparecen siete niños bastante cursis, Julie Andrews hace como de Mary Poppins pero con fulgor uterino; el capitán Trapp (interpretado por mi admirado Cristopher Plummer) es un maltratador de infantes que se rehabilita gracias a la música mientras que los dos únicos personajes interesantes del filme: la glamorosa baronesa que protagoniza Eleanor Parker –probablemente una de las actrices más emotivamente sexuales de la Historia del Cine– y el canalla pero simpático tío Max son dos golfos encantadores que dan galantemente un paso atrás cuando se dan cuenta que su ingenio no puede contra ese muro de aplastante e idiota felicidad que encarna tan extraña familia.

No sé si lo saben, pero la famita Trapp existió realmente. Hay una película alemana de los años 50 que ya reproducía sus aventuras. Mucho tiempo antes de que esa excelente pareja de compositores que fueron Rodgers and Hammerstein escribieran las deliciosas canciones del musical que más tarde podríamos escuchar en todo el mundo gracias a la película. La versión española circuló con las canciones dobladas, circunstancia que siempre me ha hecho preguntar ¿quién fue el ingenioso que escribió la letra española de aquellas estupendas melodías?

¡Otro bienmesabe!, haga usted el favor.

En este mundo de dualismos tengo un amigo que detesta con toda la cordialidad del mundo Sonrisas y lágrimas pero que adora Mary Poppins. A mí por el contrario Mary Poppins me parece bonita pero sin la perfección de un bienmesabe que tiene Sonrisas y lágrimas. Y viendo la película nuevamente, mientras me hacía las dichosas interrogaciones, ya les digo, volvió una vez más a desarmarme.

Esta mañana, hablando con una buena amiga, le expliqué que quizá mi rendida fascinación a Sonrisas y lágrimas se deba a que la película habla además de la familia, la música, ser tontorronamente feliz y el amor como ariete para romper cualquier tipo de intolerancia (en el filme encarnada por los nazis, aquellos que agitaron la bandera con la araña negra), la de ser aceptado. O formar parte de un grupo. Ser reconocido y apreciado por otros. La película está repleta de canciones que animan a esta suerte de unión basada férreamente en la familia sin necesidad de que pertenezcas al mismo clan.

La deliciosa y reivindicable tripa de la felicidad.

No sé si esta es la clave que ando buscando. Sospecho que no, pero su visionado me sirve a modo de catarsis en estos tiempos siniestros que vivimos.

Lo único que tengo claro es que a mí este potente musical me sigue pareciendo una película idónea para calmar al león resentido que llevamos dentro. Alguno me podrá contestar que en todo caso te vuelve más gilipollas y si bien pudiera estar de acuerdo, saben qué les contesto, qué me importa un bledo.

Es más, pensándolo bien me encanta Sonrisas y lágrimas.

A paseo pues con lo de buscar razones con las que justificar mis emociones. Si están ahí es para que se queden.

Saludos, reivindicando el azúcar, desde este lado del ordenador.

As time goes bye

Sábado, Noviembre 28th, 2009

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- “¿Sabes?, si vas a guiar a la gente, tienes que tener adónde ir.”

Todos tenemos películas que por una razón u otra supieron sacudirnos. Películas que desde ese entonces te acompañan y que te mostraron sin ironías los fantasmas que se agarran a tu espíritu. Esos espectros empeñados en quedarse contigo hasta el final de tu existencia. La edad te va liberando de algunos de ellos, es verdad, pero también se te cuelan otros nuevos. Vampiros que te piden permiso con una sonrisa en los labios antes de que los dejes entrar. Y una vez instalados, los miedos más retorcidos se ramifican hasta atontarte un poquito más de lo que estás.

Afortunadamente, les digo, hay películas, conversaciones, libros, pinturas, músicas, tebeos, que por arte de magia te enseñan a combatirlos, a defenderte de sus garras invisibles. No sé a ustedes, pero cuando me refugio en la cómoda y placentera soledad que me he construido si hay algo que le exijo a un cuadro, a una fotografía, a una película, a un libro, a un tebeo o a una canción es que me libere de esos fantasmas caprichosos. O lo que es lo mismo, que contribuya a que sea mejor persona o al menos que sirva para enseñarme a soportarme.

- “Hasta las sociedades más primitivas sienten un respeto innato por los locos.”

Hay una larga lista de películas que me ayudaron a seguir caminando con la mente algo despejada y un corazón si cabe un poco más grande. Entre esas películas se encuentra un título de Francis Ford Coppola que apenas ha sido reivindicado por los seguidores del maestro. Director de dos obras imprescindibles de la historia del cine como son Apocalypse Now! y la trilogía de El Padrino, Coppola cuenta también con una de esas películas que guardo en mi rincón secreto y que suelo ver cuando intuyo que los espectros de los que hablaba comienzan a conspirar, contaminando mi cabeza con ideas raras.

Esa película es Rumble Fish, títulada delirantemente en nuestro país que es España como El chico de la moto.

Supongo que tuve la suerte de que me pegara tan fuerte porque tenía la edad apropiada. A veces tener la edad apropiada te hace descubrir cosas maravillosas. El guardián entre el centeno, Batman año 1 o Rumble Fish.

- “Cielos ¿cuánto tiempo me queda?, me quedan 35 veranos, piénsalo: 35 veranos.”

La vi en Madrid en uno de esos cines gigantescos que tenía Madrid antes de que las multisalas se empeñaran en trocearlos. El cine estaba ubicado próximo a la Gran Vía y adornaba su fachada uno de aquellos cartelones dibujados con el cartel de la película. Fui con un grupo de amigos y como me sucede a veces, creo que yo quería ver otra cinta antes que la de Coppola. Miraba con recelo aquella nueva apuesta juvenil del cineasta porque no guardaba buen recuerdo de su Rebeldes, también basada en una novela de la interesante escritora Susan E. Hinton. Supongo que al final me convencieron a que entrara con ellos porque no me apetecía meterme solo en otro cine. Así que siempre les estaré agradecido a esa gente que se empeñara en que la viera con ellos porque Rumble Fish fue para aquel estudiante de provincias una revelación.

Los ojos abiertos. Devorando la pantalla. Entregado a una historia tan sencilla que por eso se hace compleja y con la extraña sensación de que Coppola estaba contando mi historia a través de otros. Identificándome con un Mickey Rourke en estado de gracia que ya no quiere ser líder de nada. Asqueado de su pasado y presente, de ser un mito hecho carne para su hermano, interpretado por un Matt Dillon también en estado de gracia. Me enamoré, como es natural, de la caprichosa novia de Rusty James, una Diana Lane que corroboró una vez más que los caballeros las prefieren rubias aunque se casen con las morenas, y me conmoví con aquel padre borracho con cara de Dennis Hopper; el camarero filósofo con jeta de Tom Waits (cuyo personaje Benny dice: “El tiempo es una cosa muy curiosa. Un elemento muy curioso. Cuando eres joven, eres un niño, tienes tiempo para todo. Luego pasas un par de años de aquí para allá y no es importante. Pero cuanto más viejo eres, más te preguntas: ¿Cuánto tiempo me queda?”) o ese policía canalla con pinta de William Smith (el odiado Falconetti de la serie Hombre rico, hombre pobre).

Y el paso del tiempo, loco y veloz, que Coppola plasma con relojes. Relojes que no paran de andar. Y un blanco y negro poderoso que es como debe de ver la vida el daltónico Chico de la moto aunque haya color cuando aparecen los famosos peces de Siam, esos que viven atacándose entre ellos toda su existencia. Incluso a su propio reflejo cuando ya no queda ningún semejante en la pecera.

- “Una percepción aguda puede volverte loco.”

He visto Rumble Fish lo que se dice un montón de veces después. Embriagado por esa banda sonora escrita por el batería de The Police, Stewart Copeland, y descubro siempre cosas nuevas pese a que me la sepa casi de memoria. Claro que eso pasa siempre con las películas, los tebeos, los cuadros, las canciones, las fotografías que te han marcado al rojo vivo.

- “Tu hermano no pertenece a este mundo. Nació en la orilla equivocada.”

La vuelves a ver y sientes que los fantasmas que se agarran desesperadamente a tu cabeza desaparecen como enloquecidos, casi heridos de muerte. Te sientes así mucho mejor cuando llega el The End, y te quedas noqueado viendo los títulos de créditos finales preguntándote una vez más qué grande es el cine.

Qué grandes, demonios, es el cine.

NOTA: Todos los diálogos corresponden, obviamente, a Rumble Fish.

Saludos, mientras el tiempo pasa, desde este lado del ordenador.

Hazme reír y cántame una canción

Miércoles, Octubre 14th, 2009

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Resulta curioso como cambia uno con la edad. Cuando era pequeño no me gustaban los macarrones ni el gazpacho, platos que años más tarde se convertirían en indispensables en mi irregular dieta alimenticia. Detestaba, además, el olor de los cigarrillos hasta que un día y en un bar (¿dónde si no?) un amigo me enseñó lo fácil que era caer en las redes del vicio tragando, sencillamente, el humo. Me encantaban entonces las películas de la Toho sobre Godzilla y demás familia de monstruos japoneses hasta que un día, llevando ya pantalones largos y mientras veía una de ellas, me pregunté ¿cómo diablos te podía haber gustado eso? Afortunadamente con el paso de los años recobré mi ingenuo ojo infantil, por lo que he vuelto a disfrutar con las andanzas de aquel monstruo verde aplastando película sí película película no a la ciudad de Tokio.

Con los musicales siempre he mantenido una curiosa relación de amor y odio que no se me quita de la cabeza. No recuerdo, sin embargo, que me aburriera viendo las películas de Fred Astaire (en mayo pasado se cumplió el 110 aniversario de su nacimiento) y Ginger Rogers, y más tarde obras redondas del género como Cantando bajo la lluvia o Un americano en París, de Stanley Donen y Gene Kelly y Vincente Minelli, respectivamente, títulos que ocupan lugar en mi extraña –por kafkiana– deuvedeteca. Confieso que eso nunca me pasó con Siete novias para siete hermanos, película que por mucho que insistí en aquellas no tan inolvidables sesiones de cine a las 4, logró lo que parecía imposible, que me quedara dormido. Así que no sé muy bien cómo termina. Hay fragmentos de su celuloide que parpadean en mi memoria, pero por mucho que me esfuerzo no acabo por centrarlo y eso que, probablemente, la tuve que ver más de una vez.

Ahora que al género musical le pasa como al del oeste porque no termina de cuajar en esta postmoderneces que vivimos pese a que se haya colado sin tanta discreción en el corazón de los más jóvenes a través de marcianadas como High School y de tanto en tanto en las de dibujos animados de Walt Disney, debo de confesar que uno de los momentos más cargantes como espectador cinematográfico se producía cuando en aquellas tragedias animadas disfrazadas de ingenuo relato infantil por el demoníaco tío Walt los protagonistas se ponían… a cantar. Lo mismo me ocurría cuando en las comedias de los hermanos Marx, Harpo o Chico descubrían un arpa o un piano y le daban a las cuerdas o a las teclas. Y eso pese a que siendo un niño el mejor que me caía de los tres era Harpo, o el mudito como le llamábamos. Tuvo que pasar un tiempo para que me riera de las salvajes salidas de Groucho, y más pero mucho más tiempo del inclasificable apoyo humorístico que le prestaba su hermano Chico-lini.

Siendo todavía un zagal, y en una de mis primeras salidas al cine solo que es algo así como el recuerdo de tu primer amor, me metí en el Cinema Victoria a ver El mago de Oz, de Victor Fleming y con Judy Garland haciendo de la pequeña Dorothy (¿les suena lo de golpea tus talones juntos y repite las palabras: “Se está mejor en casa que en ningún sitio”?).

Allí estaba en aquel cine que parecía un garaje (de hecho terminó convirtiéndose en eso: un garaje) cuando se apagan las luces. Y entonces siento como la rabia reprimida sube por el estómago hasta mi boca cuando descubro que la película es… es… es ¡¡¡¡en blanco y negro!!!! Y ver una película en aquellos días donde la tele sólo te ofrecía blanco y negro sonaba a estafa cuando te metías en un cine porque ahí sí que se exhibía en poderosos y cinematográficos colores. Claro que más tarde me di cuenta de lo contrario, el día en que la tele sólo era en colores relegando el blanco y negro “al cine antiguo”.

Pero en fin, que se me pongan en situación. Ahí está el crío que ha salido por primera vez solo al cine, expulsando humo por la cabeza mientras resignado devora la clásica historia de la pobre Dorothy y su perrito Totó a los que arrastra un tornado hasta el mundo de Oz y ¡oh, sorpresa! aquel universo recreado en estudio es a todo COLOR.

A partir de ese día El mago de Oz es en uno de mis títulos de cabecera. Y eso que se trataba de un… musical. Pero tenía de todo un poco: un hombre de paja, un león y otro de hojalata; una bruja más fea que el Picio y el inquietante OZ que resulta que es… No, no voy a revelarles el secreto si no han visto la película. Eso sí,  que conste que desde entonces Over the raimbow se ha convertido en uno de mis himnos particulares. Canción que no me canso de tararear. Pase lo que pase. Me aplasten o no me aplasten. Sé mientras la tarareo que en algún lugar encontraré el camino de las baldosas amarillas…

Les contaba todo esto porque en esta rara relación que mantengo con los musicales norteamericanos, cuando antaño me aterraba que tras una conversación el chico y la chica protagonista se pusieran a cantar como si nada, con el paso del tiempo ese efecto es el que últimamente me cautiva más en estas películas.

Me imagino así paseando por las calles de la polvorienta Santa Cruz y subiéndome a los bancos de la rambla, viajando en el tranvía o recorriendo la avenida de Anaga o atravesando el Mercado cantando como un descocido. Y que la gente se pone a cantar conmigo.

No negarán que tiene algo de fantástico y si lo piensan casi de ciencia ficción. Lo escribo por lo de una presunta invasión extraterrestre que lanza un rayo sobre nuestro planeta para que dejemos por unos instantes de pensar en nosotros mismos entregándonos al mágico y placentero disfrute de cantar. Aunque sea mal.

La realidad, obviamente, no permite estas grandezas. Aunque para estimular la producción en algunas empresas están obligando últimamente a sus trabajadores a bailar mientras el público pasea por sus instalaciones. Pero no es lo mismo. No parece verdad porque es un baile impuesto. Otra manera que tienen los empresarios de humillar a sus obreros: “haced el ganso por cuatro euros porque si no: a la puta calle”. Todo lo contrario de un musical donde el chico es capaz de cantar bajo la lluvia porque está tontamente enamorado.

En fin, en estas idioteces es en las que piensa uno para no echarse a llorar todos los días.

Saludos, a lo supercalifrístico espialidoso, desde este lado del ordenador.      

Todo fluye, nada permanece

Domingo, Octubre 4th, 2009

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Quiero que lo vean. Ahí está ese adolescente que se ha quemado la cabeza leyendas cuentos y novelas de terror. Hace un tiempo descubrió a Lovecraft, y tiene sueños en los que reproduce sus extrañas e inquietantes arquitecturas de mundos remotos. Suele despertarse cuando en estos sueños se aproxima a una de esas edificaciones irregulares y escucha el grito atronador y aterrador de una voz imposible. Quizá sea el de una de las deidades primordiales que creó el reservado escritor de Providence, Rhode Island.

Esos sueños, que no pesadillas, le hace pensar que quizá fue eso precisamente lo que ha hecho que las historias del señor Howard Phililps tengan tan mala suerte en el cine. Salvo cuando se le mira con estudiado sentido del humor.

Estamos a finales de los 70. Una buena época para el cine que llegaba a las salas de esta provincia. Y digo lo de cine que llegaba a las salas de esta provincia porque, como pasa también ahora, el 99 por ciento que se estrenaba y estrena era y es norteamericano y no de arte y ensayo (la verdad es que siempre me pareció bastante cursi eso de arte y ensayo, deben ser manías). De todas formas, qué cine diabólico, qué cine mayúsculo… Taxi Driver, Apocalypse now! y mucho me temo que también El exorcista, de William Friedkin, un cineasta cuya filmografía está repleta de títulos que han sabido tocarme.  Les invito a ver o a que vuelvan a ver French Conection, A la caza (su mejor película, probablemente); Los chicos del barrio e incluso su excesiva Vivir y morir en Los Ángeles. No les recomiendo lo que ha hecho después. En este saco de pequeñas y atractivas obras imperfectas meto también El exorcista, basada en la novela del mismo título de William Peter Blatty.

Como no tiene la edad, ese chiquillo que aprendió a no tener pesadillas gracias a Lovecraft consigue ver El exorcista en uno de aquellos cines de barrio que pululaban por esta ciudad de muertos andantes que fue y sigue siendo Santa Cruz de Tenerife. Así que se lanza él solito a la piscina entrando en el mítico cine Delta, ubicado en el barrio de La Salud.

Se apagan las luces y la luz del proyector perfora la pantalla.

Cuando termina la película sale del Delta lo que se dice literalmente a-co-jo-na-do. Y eso que ha visto una copia penosa, con rayas y cortada por la inevitable censura de aquellos años. Pero aún con esas no deja de mirar para atrás, con la piel de gallina. Al abrir la puerta de su casa y encender la luz ¡mala suerte! porque deben de haberse fundido los plomos, así que tiene que subir a oscuras, en tinieblas, las escaleras. Y a medida que avanza peldaño a peldaño le parece ver en las sombras el rostro mutilado de Regan, y oye voces cavernosas.

Duerme.

Pero no tiene pesadillas.

Pasa el tiempo, cambian los amigos y cambian algunas aficiones. Un día, hablando con un colega sobre El exorcista llegan a la misma conclusión de que parte de su éxito se debe a que por una vez el mal en el cine tiene nombre pero no apellidos. Es el diablo a secas. Todo aquello que encarna lo peor de nosotros mismos.

Años 90, en la cartelera se anuncia que llega por fin a la gran pantalla El exorcista según el montaje del director, esa moda que hubo y habrá por añadir secuencias descartadas y pretender (sin conseguirlo la mayor parte de las veces) mejorar el material original. Queda con el amigo y esa misma tarde asisten al estreno.

Mucho jovencito, flota en el aire un ambiente de tibio nerviosismo. “No saben la que les espera” piensa aquel que leía a Ech Pi El.

Se apagan las luces. Suena la famosa melodía nerviosa de Mike Oldfield y comienza la película.

“Oh, oh, oh” se dice el chico, “aquí hay algo que no funciona…” La pibada se descojona de la risa. Más de un gracioso imita la voz con serios problemas de ronquera  de la niña poseída. Cuando Regan vomita aquella pasta verde las carcajadas resuenan por toda la sala.

Le da un codazo al amigo. ¿Pero qué pasa, no les da miedo? No, no les da miedo. Y al final termina uniéndose a la procesión de carcajadas que invade la sala. Es como si su cerebro hubiera drenado aquella oscura experiencia de adolescente.

Desde entonces, no ha vuelto a ver El exorcista aunque confiesa que hace unos días tuvo la tentación de volver a revisarla en la soledad de su casa. No lo hizo. Pero ¿saben por qué? Sintió miedo precisamente de descojonarse con la niña poseída. Y eso le hizo pensar (porque últimamente reflexiona en cosas tan idiotas como ésta) si al final va ser verdad aquello de que la existencia del diablo radica en que nadie cree en su existencia.
   
Saludos, pensando si va a tener razón La semilla del diablo, desde este lado del ordenador.

Las aventuras de ‘Flesh Gordon’ en el planeta Porno, no confundir con Mongo

Miércoles, Agosto 19th, 2009

Estoy frente al espejo, dibujándome la sombra de un bigote con el lápiz de cejas de mi madre. La memoria me dice que debo de estar a finales de los 70. Observo como ha quedado esa farsa pintada debajo de la nariz, y creo que puede dar el pego. Salgo corriendo del baño, y sin despedirme de la familia corro al Cinema Victoria, donde de puntillas adquiero una localidad. Hay poca gente, debe de ser un día de entre semana, así que me acerco con el corazón palpitante a la entrada, donde el portero, cuando me ve, suelta una sonora carcajada. Ni falta le hace pedirme el carnet de identidad para comprobar si tengo los 18 años de rigor. Me señala la taquilla para que me devuelvan el dinero que he pagado. Frustrado, y mientras regreso a casa, me quito la ridícula sombra del bigote con el pañuelo, humedecido de saliva.

¿De qué película se trataba, de entre las muchas a las que no me dejaron entrar cuando todavía era oficialmente un menor de edad? Pues de La batalla de Árgel, de Guillo Pontecorvo.

Otro día, o quizá fue antes, ya no me acuerdo. Me llama uno de esos amigos a los que después por los avatares de la vida dejas de tener noticia, para anunciarme por teléfono que han estrenado en el Cinema Victoria (ay, mi Cinema Victoria, que deliciosamente desgraciado me hacías por aquellos años) Flesh Gordon. Flash Gordon querrás decir, le corrijo. “No, no, en el periódico pone Flesh Gordon”.

Y me pregunta si quiero ir con los amigos del barrio. E inocente le digo que sí. No sabía entonces que era otra película no apta para menores de 18 años.

Quedamos a la puerta del cine, que como recordarán los más veteranos estaba situado debajo del Teatro Baudet y al lado de esa fábrica abandonada de tabaco que ahora quieren transformar en Museo del Carnaval. Y me sorprendo, porque allí están casi todos los amigos del barrio. Un ejército. Nos dirigimos a la taquilla y me pongo nervioso porque pienso que no me van a dejar entrar. Tengo pinta de chaval, aunque hace tiempo que ya no llevo pantalones cortos. Aquellos pantalones cortos de color marrón que tanto marcaron mi infancia.

“No te preocupes”, me dice el amigo. “Que los más jóvenes nos metemos entre los más viejos”. Así que como una jauría de perros entusiasmados, todos moviendo la cola, nos dirigimos a la entrada, casi arrollando al amenazante portero que sólo puede cortar las entradas y dejarnos pasar.

Ahhh qué felicidad. Acabo de burlar al sistema.

Somos tantos, que todavía recuerdo que ocupamos una fila de butacas entera del viejo Cinema Victoria.

“Voy a ver Flash Gordon”, mi viejo héroe de los cómics Burulán, aquellos a todo color que mi tío me regaló antes de tirarlos a la basura y que todavía conservo como oro en paño en la biblioteca de casa.

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Y empieza la película.

Y oh frustración, aquello no es Flash Gordon. Sino Flesh Gordon. Un blandiporno de los 70 que para mis alucinados ojos adolescentes me descubre repentinamente un mundo mágico y de colores. Obviamente, la frustración inicial se reblandece hasta desaparecer.

Años más tarde conseguí la película en una vieja copia de VHS, y con el nerviosismo de rememorar uno de los momentos digamos más luminosos de mi vida como espectador cinematográfico, no me pareció tan espectacular el filme. De hecho, fue una de tantas películas que una vez revisitada con ojos adultos contribuyó a que mirara de reojo todas aquellas cintas que me hicieron feliz mi niñez y adolescencia.

No obstante, Flesh Gordon es una simpática y subterránea parodia del viejo Flash Gordon, realizada con un insólito respeto hacia ese icono de los tebeos de ciencia ficción. Contaba con efectos especiales, cierto diseño, y una historia deliciosamente tonta. El planeta Mongo es ahora el planeta Porno, que en su trayectoria amenazante al viejo planeta Tierra envía unos rayos con los que pretende acabar con nuestra civilización desatando entre todos nosotros una ola de sexo desenfrenado. Flesh recala con la que será su novia (Dale Arden fagocitada en esta versión en Dale Ardor) y el viejo doctor Jerkoff (Zarkov en los tebeos) en la superfie de Porno para poner fin al ataque de los rayos ninfamaníacos. Y allí se tropiezan con el príncipe Balin, una loca vestida como Robin de los Bosques, que en los cómics era el muy masculino príncipe Barín; y la reina Frigia que deja de ser Frigia cuando cae en los brazos de Flesh, en su lucha contra el diabólico Wang el Pervertido (Ming en los colorines), que no es otra cosa que un cachondo mental con pinta de oriental.

La película se ha convertido en uno de esos títulos de culto que alimentamos los chavales que la vimos en circunstancias tan especiales y aventureras. De hecho, fue tal su éxito que se rodó una segunda parte que nunca vi, salvo fragmentos aislados en You Tube.

¿Que por qué me acuerdo de aquella experiencia? Sencillo, como ya dejé escrito en otra parte y ocasión, ir al cine entonces era toda una experiencia para un chaval con la cabeza puesta en otras cosas, y más en aquellos años que mi memoria recuerda ahora con alarmante color sepia.

En fin, eso era todo.

Saludos mascando fragmentos de nostalgia desde este lado del ordenador.

Eso sí era trabajar en favor del mundo libre…

Sábado, Mayo 16th, 2009

Si hay un subgénero que me deja cautivo y desarmado hasta nuevo aviso es el de todas aquellas películas que brotaron como setas a la sombra del éxito de las películas de James Bond. Sin contar las innumerables y también descacharrantes versiones hispano italianas (con agentes enmascarados del tipo Superargo o Goldface, con Espartaco Santoni interpretando al héroe de estar por casa) si hay novelas y filmes que colecciono con hilarante espíritu camp son las producciones británicas y norteamericanas que realizaron también su versión de Bond sólo que con un acento descaradamente cómico y, si me apuran, ridículamente machista.

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Este comentario vienen a colación, no obstante, acerca de la nueva edición de las películas protagonizadas por James Coburn como Flint (Flint, agente secreto y F de Flint), así como del visionado reciente que he disfrutado de El cerebro de un billón de dólares de la serie Harry Palmer protagonizada con refinado espíritu burlón por el casi siempre giganteco Michael Caine. No puedo dejar en el olvido la revelación que para este que les escribe significó descubrir las aventuras cinematográficas de Matt Helm, peculiar agente secreto interpretado con un más que deportivo sentido del humor por Dean Martin.

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Las novelas de estos tres personajes, salvo las de Harry Palmer escritas por el siempre potente Len Deighton, no le hacen justicia a sus bastardos cinematográficos, que más que cintas de espionaje turístico del tipo Bond preferían decantarse más por la comedia y una irriverencia hacias sus jefes realmente explosiva. Lo más curioso de todas estas películas es que probablemente por su espíritu cafre y pop, resulten tan deliciosamente transgresoras en estos tiempos de facismo dulce que vivimos. Si algo caracteriza a Flint, Helm y Palmer en contra de Bond es que si bien son igual de individualistas y arrogantes, parece que para nada trabajan a gusto al servicio de sus respectivos países. Casi parace que lo hacen porque les permiten mantener el acelerado tren de lujo que llevan así como practicar elaboradas posiciones gimnásticas con todas aquellas mujeres que caen rendidas ante sus encantos. Lo de menos en estas cintas es la historia, ni los malos, demasiado torpes, sino la plasmación en pantalla grande de todas las fantasías del castigado oficinista que llevamos dentro.

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Por este mensaje diabólicamente rompedor en estos tiempos tontorronamente correctos que vivimos, me atrevo a escribir que por eso, precisamente, son tan necesarias para calmar las insatisfacciones de los nuevos esclavos que somos casi todos. Pura y delirante fantasía, atrevidas, rompedoras, deliciosamente entretenidas con héroes de cartón que me paracen un millón de veces más interesante que la nueva hornada de papanatas que se rompen los cascos en el actual cine norteamericano (sí, me refiero en especial al Bruce Willis de las junglas de cristal). Flint, Helm y Palmer tenían estilo y espíritu cool. Ese puntito chachi canalla que sin hacer sombra a 007, no queda mal señalar que bien podría emparejarlos en igualdad de condiciones con la feliz creación de Ian Fleming.

En fin, eso era todo. ¡Buena semana!

Saludos con F de Flint, H de Helm y P de Palmer a este lado del ordenador.