El teatro en medio del océano, una novela de Francisco Juan Quevedo

Martes, Agosto 16th, 2022

En los años 70 se puso muy de moda en España las novelas del escritor norteamericano Harold Robbins, un autor de éxito en su país desde la década de los 40, y con una vida personal bastante parecida a la que reflejó en algunas de us historias. Si hay un elemento común en las mayoría de los libros que escribió está la de contar con un personaje que ha nacido en un entorno hostil que poco a poco y a medida que se avanza en el libro alcanza un desproporcionado poder económico.

Sus novelas recrean el sueño americano, que no es otro que hacerte pensar que en un país como los Estados Unidos cualquiera con mucho esfuerzo puede alcanzar sus… sueños. Reivindica al triunfador pero muestra también la cara B de los que alcanzan el éxito con mucho sacrificio: un reguero de cadáveres, reales y ficticios, que deja diseminados a lo largo de este camino y las consecuencias internas y externas que provoca dejar tantos muerto, reales y ficticios, detrás.
Recordé mis anteriores lecturas de novelas de Harold Robbins leyendo El teatro en medio del océano (Destino, 2022), de Francisco Juan Quevedo, escritor grancanario que fue finalista con esta novela al Premio Nadal de este año, ya que cuenta la historia de un hombre que nace en la indigencia y que gracias sobre todo a sus malas artes para hacer negocios se convierte en uno de los hombres más poderosos de Gran Canaria a finales del XIX y principios del XX.

El teatro en medio del océano esta dividida en tres grandes partes que siguen el recorrido cronológico de la vida de su protagonista, Feliciano Silva, apodado El Guirre. Una primera (1867-1890); una segunda (1891-1918) y una tercera (1918-1921) que permite al escritor recorrer la profunda transformación de una ciudad a través de uno de sus grandes símbolos: la construcción e inauguración del teatro Pérez Galdós, tan llena de drama y sacrificio como la existencia de su personaje principal, al que rodea el escritor de una amplia galería de secundarios que con mayor o peor acierto dan sostén a lo que intenta construir: un gran fresco en el que se confunden los géneros (tiene mucho de western fronterizo así como de cine de gángster esta novela) que con sus toneladas de ficción le dan un atractivo inicial que, desgraciadamente, lastra con un estilo ampuloso y con muy pocos puntos y seguidos. La forma de contar la historia, además, se empequeñece por un lenguaje abusivamente soez, innecesario porque el relato no está narrado en primera persona.

Lo que me ha parecido más atractivo de esta novela es su vocación por historiar (sembrando de cadáveres el camino, eso sí) un pedazo de la historia de la capital grancanaria que me ayuda a entender mejor esa ciudad y esa isla que navega justo enfrente de la isla en la que vivo, y me hace pensar con cierto tímido entusiasmo de momento, que estamos asistiendo al nacimiento de una nueva literatura escrita en estas islas con fines e intenciones similares, la de viajar al pasado en clave de ficción pero cuidando mucho el paisaje histórico en el que se mueven los personajes. Este tipo de literatura la cultiva con mucho empuje Ana García-Ramos del Castillo, sobre todo en Sueños rotos en la baja verde (Baile del Sol, 2022). En este aspecto, ambos escritores se sirven de la Historia para contar historias con el fin de observar el pasado para intentar explicar el presente

En la novela de Francisco Juan Quevedo tiene que venir un personaje de fuera, Miguel de Unamuno, para revelar a los canarios el origen de sus males como región desestructurada que es:

“Desde que llegué aquí, desde que hice otra escala en mi viaje, estoy oyendo hablar del problema local. Perdonad a un forastero un poco rudo os diga que yo no he visto hasta ahora en ese problema sino querellas domésticas, luchas por distinciones, algo de vanidad colectiva, escapes del aplatanamiento y rencillas cabileñas” aunque este tipo de reflexiones, que aparecen de vez en cuando en otras partes de la novela y centradas en otros asuntos con cierta enjundia en las islas no marcan constantemente el discurso de un libro que en su parte final recuerda a El padrino, novela y película porque se trata, como se dijo, de una obra dividida en etapas. Personalmente, considero la mejor la primera, con un tono salvaje y algo paródico en clave western.

Feliciano Silva comienza su fortuna con una sala de fiestas, Berlín, que se dispara cuando entra a trabajar una prostituta irlandesa de rabioso pelo rojo que a mi me hizo recordar a Maureen O’Hara solo que no en una película de John Ford sino de Sergio Leone.

El teatro en medio del océano se trata de una novela que pese a su estilo, pesado, muy pesado se hace en ocasiones, contiene una manera de enfrentarse al pasado de una capital y de una sociedad incapaces de reaccionar ante un hombre que no le guarda ninguna clase de respeto ya que si tiene una ambición en la vida es ganar dinero y más dinero. Destacaría porque me hizo gracia cómo se mete en el bolsillo al señor obispo de la Diócesis, entro otros prohombres de una ciudad que comienza a expandirse.

No sé si entra en los planes de su autor darle continuación en otro libro, podría aunque ya no pudiera aparecer como protagonista Feliciano Silva, pero si así fuera, le recomendaría que fuera más elástico con el estilo y que se preocupara por dotar a sus personajes de sustancia ya que al final parecen, como dicta Unamuno en su discurso, solo seres atrapados “en su aplatanamiento y rencillas cabileñas” .

La Casa del Libro llega a la capital grancanaria

Viernes, Mayo 13th, 2022

La capital grancanaria cuenta desde esta semana con una Casa del Libro, la red de librerías fundada en Madrid hace nosécuántotiempp y que cuenta en la actualidad con más de medio centenar de librerías físicas distribuidas por todo el territorio nacional.

La Casa del Libro en Las Palmas de Gran Canaria se encuentra situada en la avenida de Mesa y López, 8, y anuncia en su página web que en esta semana de apertura los socios disfrutarán de un 5 por ciento de descuento en sus compras y regalos sorpresa hasta agotar existencias.

Saludos, bienvenida sea, desde este lado del ordenador

Solo los muertos, la segunda novela de la serie sobre Eladio Monroy

Martes, Febrero 5th, 2019

En su política por reeditar las novelas de la serie protagonizada por Eladio Monroy, una creación literaria de Alexis Ravelo, Alrevés presenta la segunda entrega de la saga, Solo los muertos, más un extra, el relato corto Los dos días del sapo, en los que se encuentra lo mejor de este personaje que se mueve como pez en el agua por la geografía de una capital de provincias que, como toda capital de provincias que se precie, sufre del síndrome de la esquizofrenia, o son dos ciudades en una misma ciudad.

Lo mejor de esta labor de recuperación de las novelas de Eladio Monroy que ha emprendido la editorial catalana es que el lector iniciado como el neófito descubrirá como va creciendo el personaje en sucesivas entregas. Un personaje, Eladio Monroy, que cuenta con muchas capas, aunque la primera impresión sea la de un duro que lee, además, libros de poesía.

En esta novela, el hombre que se mete en líos a su pesar, deberá de encontrar a Héctor Fuentes, un alto ejecutivo peninsular que se ha desvanecido por las calles y plazas de la capital grancanaria por una relación amorosa.

Muy bien armada, en algo menos de la primera parte se describe cómo Eladio encuentra a Fuentes y cómo entre los dos surge una amistad gracias a los libros ya que tanto el buscado como el buscador son voraces lectores, aficionados a perder las horas del día sumergidos en atractivas lecturas. La clave de este encuentro y la clave de esta amistad que se verá pronto abruptamente interrumpida será un autor y un libro en concreto: Agustín Espinosa y Crimen. Agustín Espinosa, a quien este año se le dedica el Día de las Letras Canarias, es un escritor al que desde hace muchos años reivindica Alexis Ravelo no solo en esta novela sino también en otras como Los milagros prohibidos y, próximamente, en una sorpresa que aparecerá con suerte este año y que no revelamos por complicidad con el autor de Solo los muertos.

El carácter de Eladio Monroy se asienta en esta nueva entrega, la novela se publicó en 2008, y como los buenos vinos, el personaje madura lo que se dice muy bien con el paso de los años así como la amplia galería de secundarios que lo rodea: Gloria, su novia librera; Déniz, su colega en la Policía Nacional; la parroquia del bar Casablanca y sobre todo la geografía de una ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, que tanto el escritor como su creación literaria conoce al dedillo.

Con estos ingredientes, Alexis Ravelo va cocinando a fuego lento un protagonista que se va haciendo en sucesivas entregas, cinco hasta la fecha, y que ya ocupa su espacio en la galería de investigadores de la cosecha literaria negra y criminal española.

Azote de los poderosos, Eladio Monroy se rige en sus casos por una regla que apenas varía de novela en novela: el que la hace la paga.

Con Solo los muertos se revela además a un escritor que ya desde ese entonces escribía lo que se dice bien, muy bien, de los que sabe dotar de consistencia tanto a Eladio Monroy como a los secundarios que lo acompañan en este relato. Un relato que cuenta con una trama notablemente urdida, que sabe despertar la atención del lector.

En la edición de Solo los muertos de Alrevés, Alexis Ravelo se revela también como un atractivo escritor de cuentos con Los dos días del sapo, publicado originalmente en Entre el ahuehuetl y el drago. Antología de relatos méxico canaria (Baile del sol, 2013).

Estas dos piezas forman en definitiva un paisaje muy apetecible para adentrarse en una serie que nació con la vocación de entretener pero también con la de dejar huella en el lector. En este aspecto, es una desgracia que personajes como Eladio Monroy solo existan en la literatura aunque probablemente esté construido a base de hombres y mujeres de la vida real que el escritor ha conocido.

Lo mejor de esta serie que nace sin mayores pretensiones es que el aficionado no solo a la novela policíaca sino a la literatura en general demandará más novelas protagonizadas por este justiciero a su pesar, ex jefe de máquinas de un navío mercante que solo quiere vivir de su pensión y que lo dejen en paz.

Sus aficiones son modestas y no puede quejarse de carecer de vida sentimental aunque novela tras novela tenga que salir de su torre de marfil para poner las cosas en su sitio con acento y modos endiabladamente canarios.

De momento, y gracias a esta editorial, tenemos cita con las aventuras de Eladio Monroy para rato.

Saludos, pónganse a leer, desde este lado del ordenador

José Luis Correa: “Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía”

Jueves, Julio 27th, 2017

José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) recupera a su peculiar investigador privado Ricardo Blanco en El detective nostálgico, novena entrega de una serie que desde 2003 forma parte del catálogo de Alba, editorial en la que José Correa es el único autor español de la colección de novelas policíacas. Este título coincide además en librerías con la reedición de La décima caja (CanariaseBook, 2017), una historia que transcurre a finales del siglo XIX en la capital grancanaria.

- Ricardo Blanco se ha vuelto en El detective nostálgico más viejo pero también reflexivo, ¿cómo cree que han afectado los años al protagonista de la novela y cómo piensa que ha afectado a la propia historia que cuenta?

“Uno cree que ambas cosas, la edad y la reflexión, van unidas. Ricardo se ha ido convirtiendo en el personaje que es ahora a base de trompazos y heridas y descubrimientos y encuentros, como cualquiera. No tiene nada que ver con el que era en Muerte en abril o Quince días de noviembre por ejemplo. Ni yo tampoco, claro. Esta nueva novela pretendía reflejar ese trayecto personal y nada mejor que una convalecencia obligada para que el personaje reflexionara acerca de su vida.”

- El humor es una constante en la serie. ¿Qué importancia tiene el humor no solo en las novelas de en Blanco sino en el resto de su producción literario?

“Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía. Incluso a aquellos asuntos más serios a los que me acerco lo hago desde esa perspectiva. Uno se enfrenta mejor al horror, a la angustia, a la violencia, al caos si logra, por decirlo de algún modo, “desactivarlos”. Y la mejor manera de desactivarlos es el humor.”

- Y la capital grancanaria como escenario literario.

“Siempre. Las Palmas de Gran Canaria está en todas mis novelas. Ahora, con la reedición de La décima caja está hasta en blanco y negro, la ciudad de 1905. Yo no concibo el arte sin el paisaje, algo que es incuestionable en pintores, arquitectos, cineastas y hasta músicos. El escritor no es diferente. Estás asociado a un escenario cuando escribes cualquier relato.”

- Pero ¿cuáles son las nostalgias de Ricardo Blanco y de José Correa?

“Sin duda somos dos seres diferentes pero no he logrado (no sé siquiera si alguna vez lo intenté) ahorrarle a Ricardo mis propios temores y mis propias nostalgias. Ahora estamos ambos en una fase de desconcierto, con la sensación de habitar un mundo que no es el nuestro, una cultura (digital, de redes sociales, de pensamientos en 144 caracteres) ajena y extraña. Echamos de menos la cadencia, el sosiego para mantener una conversación, leer un libro, visitar un museo, caminar por la arena sin la prisa ni la necesidad de compartirlo inmediatamente en las redes.”

- En la novela escribe que Colacho, abuelo ya fallecido del protagonista, era “la única persona que podía asegurar que yo existía, que no era producto de la imaginación de otro.” ¿Ricardo Blanco se revela contra el padre, José Correa?

“Algo de eso hay también. Imagino que le ocurrirá a cualquier autor que se dedique a las novelas de saga o a las series con el mismo personaje. Los lectores te acaban asociando al personaje y necesitas, de alguna forma, disociarlos. No está mal que Ricardo Blanco necesite un noray, algo que dé testimonio de que pertenecemos a algún lugar, de que no estamos a la deriva. Suena excesivamente metafísico y trascendental pero a veces necesitamos de eso, sobre todo en una época tan liviana y tan perecedera.”

- El detective nostálgico hace la novena entrega de la serie. Dicen que el nueve es un número maldito en el arte…

“Y tanto. Me decía un sobrino músico que después de las Novenas todos se mueren. Y aquí me tiene escribiendo la décima a toda prisa para espantar el mal fario. Espero tenerla para la próxima primavera.”

- ¿Qué virtudes y defectos tiene para el autor de la novela Ricardo Blanco?

“El otro día, en una de las presentaciones de El detective nostálgico, la editora se preguntaba por qué caía tan bien, por qué funcionaba un personaje que no parecía tener defectos. A los lectores les gustan los tipos ambiguos, con claroscuros y ella no lo veía en Ricardo Blanco. Yo le respondía que quizá lleva tanto con nosotros que le hemos cogido cariño y le estamos perdonando los defectos. Para mí que es un tipo cabal, con pocos valores pero muy claros, que pretende poner orden en el caos, que no es poco. Y luego con un exceso de egoísmo, algo de vanidad y a veces un mal genio producto de la edad.”

- A la hora de escribir sus novelas, más allá de las de Blanco, ¿a qué da prioridad, a lo que se cuenta, a los personajes y el escenario?

“Es difícil separarlos, ¿no? En principio hay un tema, un asunto que antes de ponerte a escribir lleva tiempo llamando a la puerta. Una duda, un misterio, la rabia que te produce una noticia. A partir de ahí se va formando un escenario y unos tipos que se mueven por él. Yo suelo partir de una imagen (un concierto, un funeral, el encuentro de dos personajes…) sobre la que construyo la historia. Al final, como lector uno busca que le cuenten una buena historia y que se la cuenten bien.”

- Nada más iniciarse la novela disparan contra el detective privado, y gran parte de la acción transcurre en el piso del detective, donde descansa de la herida recibida. Imagino que tuvo que ser un reto plantearse esta nueva entrega de esta manera. ¿Qué quiso probar con ello?, ¿y ese retiro forzoso en su casa lo que vuelve nostálgico al personaje?

“Era la idea. Para la reflexión nada mejor que un retiro del mundanal ruido. Esta es una novela de interiores, en todos los sentidos: el interior de la casa y el interior del personaje. Ricardo necesita averiguar quién ha querido matarlo y eso implica revisar su vida desde el principio. De ahí la nostalgia. Eso sí: quise probar una cosa. Llevo años escuchando el mantra de cuándo voy a matar a Ricardo, cuándo voy a cerrar ese capítulo, y el reto consistía en pegarle un tiro en la primera página a ver qué ocurría.”

- En esta novela los personajes secundarios tienen más peso.

“Los secundarios cada vez tienen más voz y más presencia. Ya no se entiende una novela de RB sin Inés, Beatriz, Álvarez y su mujer, Miguel Moyano y la suya… Forman parte del universo Blanco y en cada novela tienen su relevancia. Algunos se disipan en una historia y en la siguiente se convierten en esenciales.”

- Usted emplea vocabulario canario en las historias, un recurso que no explotan la mayoría de los escritores de las islas. ¿Miedo a nuestra forma de hablar?, ¿miedo a que no se entienda en otros territorios?, ¿qué tiene de especial el habla canaria para José Correa?

“Yo lo hago por coherencia. Si mis novelas transcurren en Gran Canaria y mis personajes son de aquí su forma de hablar no puede ser otra. No se trata de reivindicar nada ni de hacer un estudio etnográfico en las novelas. Es que nadie se creería a Ricardo y a los demás personajes expresándose de otra manera. Siempre he dicho que algunos no tenemos una lengua distinta a la española pero sí un acento, una cadencia, una manera de mirar y contar el mundo diferente. En cuanto al miedo a no ser entendido, no veo a los grandes autores de la literatura hispanoamericana dándoles muchas vueltas a ese trompo. Borges, Rulfo, Onetti, Guillén, Gabriela Mistral escribían como lo hacían y todos los hemos leído y gozado.”

- ¿Cuáles cree que son las claves del éxito de las historias protagonizadas por Ricardo Blanco?

“No sé. Imagino que por una parte me he aprovechado (sería absurdo negarlo) del auge de la novela policíaca. Y por otra la manera de contar es diferente: lo que hablábamos del humor, del acento, de la perspectiva.”

- Hablemos de la nueva edición de La décima caja, ¿cómo se propone la reedición y que hay de nuevo con respecto a la original?

“Se trata de una reedición pura y dura. No he querido tocarla después de 10 años y le dejé total libertad a los editores. Temía que si la tocaba la reharía entera o me negaría a editarla porque iba a verle todos los defectos del mundo. Creo que las novelas están asociadas a un tiempo (histórico, cultural y personal de sus autores) y así debe ser.”

- Se trata de una novela histórica. ¿Es complicado escribir novela histórica, y más que el escenario y las situaciones se desarrollen en Canarias?

“La primera clave está en la documentación. Necesitas datos reales desde los cuales construir tu ficción. Yo tuve la suerte de tener a dos personas, Juan Cabrera y Luis Naranjo (personajes de la novela) que me facilitaron todos los datos que necesité y a los que estoy muy agradecido. Y otra cosa esencial es tu capacidad de condensar una historia real en una ficticia. Corres el riesgo de que los datos, las estadísticas, los hechos objetivos se coman tu novela.”

- ¿Qué cuenta en La décima caja?

“Investiga el embarrancamiento del Alfonso XII, uno de los barcos señeros en la España de finales del XIX, en la baja de Gando. La roca, a pesar de estar bien señalada, fue testigo de una decena de desastres marítimos. Pero cuando le ocurrió al Alfonso XII todo se complicó porque el barco llevaba diez cajas de documentos y dinero para la guerra de Cuba. De ellas solo se hallaron nueve y, claro, esa es una tentación demasiado golosa para un novelista.”

- ¿Y en qué nuevas novelas está trabajando ahora?

“En la décima, no la caja, sino la aventura de Ricardo Blanco, una historia sobre la desaparición de un tipo en Guanarteme. Como te explicaba antes, siempre hay un tema que te ronda incluso cuando estás escribiendo otra cosa. Y a mí me lleva rondando el misterio de tantas desapariciones inexplicables que tenemos aquí. Y el dolor y el desconcierto que provocan. En eso tengo a Ricardo ahora.”

Saludos, ¿mañana será otro día?, desde este lado del ordenador.

‘Los días vacíos’, un lúcido retrato generacional

Lunes, Junio 27th, 2016

Dirección y guión: Daniel León Lacave Fotografía: Pablo García Gallego Música: Jonay Armas Producción: Samuel Dávila Sonido: Borja Viera – Dani Mendoza Intérpretes: Iván Álamo, Cathy Pulido, Ragüel Santa Ana, Cristina Piñero, Néstor Luzardo, Pino Luzardo, Ángel Pérez y Tonono González

Hay dos características, aunque más que características son cualidades, que definen el trabajo cinematográfico de Daniel León Lacave: constancia y verdad. La verdad explica que su cine haya encontrado tan escaso eco oficial aunque, paralelamente, este ninguneo, este vacío, arrastra cada vez a más público para contemplar sus películas, algunas de ellas imbuidas por una ingenuidad ideológica que desconcierta, y otras porque al margen de su mensaje, a nuestro juicio Daniel León Lacave se crece cuando apuesta por hacer crónica de su generación.

Estas señas de identidad y la mirada que emplea para traducirla en imágenes configuran una filmografía plagada de cortos y ahora, con Los días vacíos, dos largometrajes –somos conscientes, sin embargo, que podría haber un tercero y si nos apuran un cuarto antes de que finalice el año–  en los que se puede rastrear un cine de marcado carácter autobiográfico y el retrato teñido de desencanto de una generación, la suya, que aún transita por el bulevard de los sueños rotos.

Cineasta que lo mismo rueda en interiores como exteriores, aunque se sospecha más querencia por rodar en exteriores que en interiores, además de los actores que colaboran en Los días vacíos el otro gran protagonista de esta película es la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, capital de provincias cuyas calles y plazas refuerzan esa dramático choque con la realidad, una realidad mediocre e impuesta por las fuerzas que orbitan invisibles a nuestro alrededor, mientras las esperanzas puestas en el futuro se desmoronan como se desmorona el primer amor.

Esta tragicomedia se desarrolla, como se ha dicho, en Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad que no he visto hasta la fecha mejor fotografiada que en esta película. Y belleza que se transmite a los personajes que intervienen en su historia. La capital grancanaria se transforma así en una especie de Manhattan (ya saben, es obra maestra de Woody Allen, otro cineasta, por cierto, igual de constante que León Lacave y que aparece, no sé si inevitablemente en mi cabeza, mientras veo Los días vacíos) que el realizador refuerza con insólito aliento poético en algunas escenas que trascienden la pantalla.

Por desgracia, este tono no se mantiene todo el tiempo ni la textura que, presumo, quiso imprimir el autor a una película que a veces resulta enojosamente pueril y otra, reiteramos, tan desconcertantemente adulta.

Los días vacíos es un relato de iniciación y sueños rotos, sí, pero también un fresco en el que se quiere mostrar cómo gente normal y corriente perdieron sus anhelos de cambiar si no el mundo, sí al menos su realidad a través de un puñado de jóvenes que de pronto, y tras finalizar su servicio militar, son llamados a buscarse la vida.

Ya hemos dicho que no se trata de una película redonda, pero incluso los errores que plagan el relato, y que son muchos, se intentan resolver con puntería cinéfila. Escenas con enorme carga dramática como la muerte y entierro del abuelo no terminan de emocionar como debiera así como la deriva en la que se sumerge el protagonista no resulta estar lo suficientemente amarrada, o atada, que se quisiera.

Con todo, la película sí que cuenta con situaciones y diálogo brillantes. Más de una escena nos hizo sonreír e incluso soltar la carcajada… Lo que se agradece, sea dicho de paso, a medida que se desarrollan las relaciones entre unos personajes que, sin caer en la indigencia, sí que pertenecen a esa gran parte de la sociedad que sabe lo que cuesta llevar un plato de comida a la mesa.

Los días vacíos pone de manifiesto que Daniel León Lacave es un cineasta que se mueve muy bien, cómodamente nos atreveríamos a decir, en películas de ajustados presupuestos y que, ojo, sabe dirigir a sus actores, todos espléndidos y convincentes, en especial Cathy Pulido y Cristina Piñero, esta última con una notable vis cómica que ilumina la pantalla.

Esta combinación de factores hace que este aplastante retrato generacional sobre quienes fueron jóvenes en los noventa, náufragos más que zombis que deambulan por la ciudad, su ciudad, sin saber lo que quieren, no lo tienen todo perdido cuando se enamoran. Aunque sea precisamente el amor, y el deseo de llevar una vida en común, lo que provoque el fin de una relación.

Las mujeres en esta película aprenden a hacerse mayores mucho antes que los hombres, como la vida misma.  Eso explica la actitud del protagonista, un personaje al que le cuesta salir de la crisálida de su adolescencia, donde está cómodamente instalado hasta que le dicen basta.

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

Leopoldo María Panero

Jueves, Marzo 6th, 2014

Se fue un poeta que nadó en contra de la corriente y probablemente por eso adquirió la categoría de leyenda en determinados círculos que, como siempre, reivindicaban su nombre sin apenas haberlo leído. Leopoldo María Panero fallece mientras dormía –una muerte agradecida y poética–  en un centro psiquiátrico de Las Palmas de Gran Canaria y las redes se incendian con palabras elogiosas en torno al poeta –insisten– maldito. Al orate que nunca fue de estrella de rock por mucho que se empeñaran sus seguidores…

Se le podía ver de vez en cuando por la isla que está justo enfrente de Gran Canaria, Tenerife, con su eterno cigarrillo colgado entre los labios. Hace dos años, de hecho, ofreció un recital poético en un conocido local lagunero sin que recitara, esa es la verdad, poesía. Pero qué más le daba a su público con tal de tener la vista clavada en ese caballero al que presuntamente se la había ido la pinza y fue uno de los protagonistas de un documental que, como el mismo Leopoldo María, alcanzó categoría de leyenda. Me refiero a El desencanto (Jaime Chávarri, 1976), un interesante trabajo que explora en las entrañas de familia tan peculiar, tan curiosa, tan extraña: Los Panero.

Tuvo que ser su condición de marginado lo que despertó tanta simpatía entre los que confesamos con ligero rubor que no leemos poesía. Pero entiendan los indignados que somos gente que solemos llevar las manos sucias y, en este sentido, Leopoldo María fue algo así como uno de los nuestros.

Basta con observar unas de sus fotografías y darse cuenta que detrás de esa mirada que parece ida, y de ese rostro en el que se aprecian las huellas del hartazgo, respira un espíritu que quiso ir a su bola. Ya juzgarán los especialistas el valor de su poesía, los que lo conocíamos solo por la película y también, aunque dicho con la boca pequeña para darle consistencia a la idea, de que pasaba los días en un centro psiquiátrico de la capital grancanaria, sentimos ahora, al conocer la noticia de su muerte, turbación.

Algo así como si nos abandonara un conocido que sabíamos que estaba ahí…

Los obituarios repiten en sus titulares la misma palabra: El último poeta maldito.

Maldito.

La maldición como mérito.

Imagino que a Leopoldo María le sudaría ese grado que lo distingue de otros poetas de su generación y de las que vinieron después tan preocupadas por descuartizarse a la mínima de cambio.

Alguien escribe sobre su condición de drogadicto, bisexual, alcohólico, comunista trotskista, preso, suicida reincidente y, finalmente, inquilino constante, desde su temprana juventud, de psiquiátricos, donde pasó las dos terceras partes de su vida, entregado a “una escritura absorbente y autocontemplativa”. Ya saben,  un tipo que nadaba en contra de la corriente y que si encontró alguna musa despistada por el camino debía de estar igual de colgado que él.

Un Leopoldo María que si existe algo más allá de este mundanal recorrido que es la vida estará esperando a que lo juzguen los dioses mientras fuma y fuma un cigarrillo tras otro.

En este mundo, mientras tanto, parece que se han acabado los poetas malditos.

Saludos, fundimos a negro, desde este lado del ordenador.