José Luis Correa: “Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía”

Jueves, Julio 27th, 2017

José Luis Correa (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) recupera a su peculiar investigador privado Ricardo Blanco en El detective nostálgico, novena entrega de una serie que desde 2003 forma parte del catálogo de Alba, editorial en la que José Correa es el único autor español de la colección de novelas policíacas. Este título coincide además en librerías con la reedición de La décima caja (CanariaseBook, 2017), una historia que transcurre a finales del siglo XIX en la capital grancanaria.

- Ricardo Blanco se ha vuelto en El detective nostálgico más viejo pero también reflexivo, ¿cómo cree que han afectado los años al protagonista de la novela y cómo piensa que ha afectado a la propia historia que cuenta?

“Uno cree que ambas cosas, la edad y la reflexión, van unidas. Ricardo se ha ido convirtiendo en el personaje que es ahora a base de trompazos y heridas y descubrimientos y encuentros, como cualquiera. No tiene nada que ver con el que era en Muerte en abril o Quince días de noviembre por ejemplo. Ni yo tampoco, claro. Esta nueva novela pretendía reflejar ese trayecto personal y nada mejor que una convalecencia obligada para que el personaje reflexionara acerca de su vida.”

- El humor es una constante en la serie. ¿Qué importancia tiene el humor no solo en las novelas de en Blanco sino en el resto de su producción literario?

“Soy incapaz de entender la literatura sin la ironía. Incluso a aquellos asuntos más serios a los que me acerco lo hago desde esa perspectiva. Uno se enfrenta mejor al horror, a la angustia, a la violencia, al caos si logra, por decirlo de algún modo, “desactivarlos”. Y la mejor manera de desactivarlos es el humor.”

- Y la capital grancanaria como escenario literario.

“Siempre. Las Palmas de Gran Canaria está en todas mis novelas. Ahora, con la reedición de La décima caja está hasta en blanco y negro, la ciudad de 1905. Yo no concibo el arte sin el paisaje, algo que es incuestionable en pintores, arquitectos, cineastas y hasta músicos. El escritor no es diferente. Estás asociado a un escenario cuando escribes cualquier relato.”

- Pero ¿cuáles son las nostalgias de Ricardo Blanco y de José Correa?

“Sin duda somos dos seres diferentes pero no he logrado (no sé siquiera si alguna vez lo intenté) ahorrarle a Ricardo mis propios temores y mis propias nostalgias. Ahora estamos ambos en una fase de desconcierto, con la sensación de habitar un mundo que no es el nuestro, una cultura (digital, de redes sociales, de pensamientos en 144 caracteres) ajena y extraña. Echamos de menos la cadencia, el sosiego para mantener una conversación, leer un libro, visitar un museo, caminar por la arena sin la prisa ni la necesidad de compartirlo inmediatamente en las redes.”

- En la novela escribe que Colacho, abuelo ya fallecido del protagonista, era “la única persona que podía asegurar que yo existía, que no era producto de la imaginación de otro.” ¿Ricardo Blanco se revela contra el padre, José Correa?

“Algo de eso hay también. Imagino que le ocurrirá a cualquier autor que se dedique a las novelas de saga o a las series con el mismo personaje. Los lectores te acaban asociando al personaje y necesitas, de alguna forma, disociarlos. No está mal que Ricardo Blanco necesite un noray, algo que dé testimonio de que pertenecemos a algún lugar, de que no estamos a la deriva. Suena excesivamente metafísico y trascendental pero a veces necesitamos de eso, sobre todo en una época tan liviana y tan perecedera.”

- El detective nostálgico hace la novena entrega de la serie. Dicen que el nueve es un número maldito en el arte…

“Y tanto. Me decía un sobrino músico que después de las Novenas todos se mueren. Y aquí me tiene escribiendo la décima a toda prisa para espantar el mal fario. Espero tenerla para la próxima primavera.”

- ¿Qué virtudes y defectos tiene para el autor de la novela Ricardo Blanco?

“El otro día, en una de las presentaciones de El detective nostálgico, la editora se preguntaba por qué caía tan bien, por qué funcionaba un personaje que no parecía tener defectos. A los lectores les gustan los tipos ambiguos, con claroscuros y ella no lo veía en Ricardo Blanco. Yo le respondía que quizá lleva tanto con nosotros que le hemos cogido cariño y le estamos perdonando los defectos. Para mí que es un tipo cabal, con pocos valores pero muy claros, que pretende poner orden en el caos, que no es poco. Y luego con un exceso de egoísmo, algo de vanidad y a veces un mal genio producto de la edad.”

- A la hora de escribir sus novelas, más allá de las de Blanco, ¿a qué da prioridad, a lo que se cuenta, a los personajes y el escenario?

“Es difícil separarlos, ¿no? En principio hay un tema, un asunto que antes de ponerte a escribir lleva tiempo llamando a la puerta. Una duda, un misterio, la rabia que te produce una noticia. A partir de ahí se va formando un escenario y unos tipos que se mueven por él. Yo suelo partir de una imagen (un concierto, un funeral, el encuentro de dos personajes…) sobre la que construyo la historia. Al final, como lector uno busca que le cuenten una buena historia y que se la cuenten bien.”

- Nada más iniciarse la novela disparan contra el detective privado, y gran parte de la acción transcurre en el piso del detective, donde descansa de la herida recibida. Imagino que tuvo que ser un reto plantearse esta nueva entrega de esta manera. ¿Qué quiso probar con ello?, ¿y ese retiro forzoso en su casa lo que vuelve nostálgico al personaje?

“Era la idea. Para la reflexión nada mejor que un retiro del mundanal ruido. Esta es una novela de interiores, en todos los sentidos: el interior de la casa y el interior del personaje. Ricardo necesita averiguar quién ha querido matarlo y eso implica revisar su vida desde el principio. De ahí la nostalgia. Eso sí: quise probar una cosa. Llevo años escuchando el mantra de cuándo voy a matar a Ricardo, cuándo voy a cerrar ese capítulo, y el reto consistía en pegarle un tiro en la primera página a ver qué ocurría.”

- En esta novela los personajes secundarios tienen más peso.

“Los secundarios cada vez tienen más voz y más presencia. Ya no se entiende una novela de RB sin Inés, Beatriz, Álvarez y su mujer, Miguel Moyano y la suya… Forman parte del universo Blanco y en cada novela tienen su relevancia. Algunos se disipan en una historia y en la siguiente se convierten en esenciales.”

- Usted emplea vocabulario canario en las historias, un recurso que no explotan la mayoría de los escritores de las islas. ¿Miedo a nuestra forma de hablar?, ¿miedo a que no se entienda en otros territorios?, ¿qué tiene de especial el habla canaria para José Correa?

“Yo lo hago por coherencia. Si mis novelas transcurren en Gran Canaria y mis personajes son de aquí su forma de hablar no puede ser otra. No se trata de reivindicar nada ni de hacer un estudio etnográfico en las novelas. Es que nadie se creería a Ricardo y a los demás personajes expresándose de otra manera. Siempre he dicho que algunos no tenemos una lengua distinta a la española pero sí un acento, una cadencia, una manera de mirar y contar el mundo diferente. En cuanto al miedo a no ser entendido, no veo a los grandes autores de la literatura hispanoamericana dándoles muchas vueltas a ese trompo. Borges, Rulfo, Onetti, Guillén, Gabriela Mistral escribían como lo hacían y todos los hemos leído y gozado.”

- ¿Cuáles cree que son las claves del éxito de las historias protagonizadas por Ricardo Blanco?

“No sé. Imagino que por una parte me he aprovechado (sería absurdo negarlo) del auge de la novela policíaca. Y por otra la manera de contar es diferente: lo que hablábamos del humor, del acento, de la perspectiva.”

- Hablemos de la nueva edición de La décima caja, ¿cómo se propone la reedición y que hay de nuevo con respecto a la original?

“Se trata de una reedición pura y dura. No he querido tocarla después de 10 años y le dejé total libertad a los editores. Temía que si la tocaba la reharía entera o me negaría a editarla porque iba a verle todos los defectos del mundo. Creo que las novelas están asociadas a un tiempo (histórico, cultural y personal de sus autores) y así debe ser.”

- Se trata de una novela histórica. ¿Es complicado escribir novela histórica, y más que el escenario y las situaciones se desarrollen en Canarias?

“La primera clave está en la documentación. Necesitas datos reales desde los cuales construir tu ficción. Yo tuve la suerte de tener a dos personas, Juan Cabrera y Luis Naranjo (personajes de la novela) que me facilitaron todos los datos que necesité y a los que estoy muy agradecido. Y otra cosa esencial es tu capacidad de condensar una historia real en una ficticia. Corres el riesgo de que los datos, las estadísticas, los hechos objetivos se coman tu novela.”

- ¿Qué cuenta en La décima caja?

“Investiga el embarrancamiento del Alfonso XII, uno de los barcos señeros en la España de finales del XIX, en la baja de Gando. La roca, a pesar de estar bien señalada, fue testigo de una decena de desastres marítimos. Pero cuando le ocurrió al Alfonso XII todo se complicó porque el barco llevaba diez cajas de documentos y dinero para la guerra de Cuba. De ellas solo se hallaron nueve y, claro, esa es una tentación demasiado golosa para un novelista.”

- ¿Y en qué nuevas novelas está trabajando ahora?

“En la décima, no la caja, sino la aventura de Ricardo Blanco, una historia sobre la desaparición de un tipo en Guanarteme. Como te explicaba antes, siempre hay un tema que te ronda incluso cuando estás escribiendo otra cosa. Y a mí me lleva rondando el misterio de tantas desapariciones inexplicables que tenemos aquí. Y el dolor y el desconcierto que provocan. En eso tengo a Ricardo ahora.”

Saludos, ¿mañana será otro día?, desde este lado del ordenador.

‘Los días vacíos’, un lúcido retrato generacional

Lunes, Junio 27th, 2016

Dirección y guión: Daniel León Lacave Fotografía: Pablo García Gallego Música: Jonay Armas Producción: Samuel Dávila Sonido: Borja Viera – Dani Mendoza Intérpretes: Iván Álamo, Cathy Pulido, Ragüel Santa Ana, Cristina Piñero, Néstor Luzardo, Pino Luzardo, Ángel Pérez y Tonono González

Hay dos características, aunque más que características son cualidades, que definen el trabajo cinematográfico de Daniel León Lacave: constancia y verdad. La verdad explica que su cine haya encontrado tan escaso eco oficial aunque, paralelamente, este ninguneo, este vacío, arrastra cada vez a más público para contemplar sus películas, algunas de ellas imbuidas por una ingenuidad ideológica que desconcierta, y otras porque al margen de su mensaje, a nuestro juicio Daniel León Lacave se crece cuando apuesta por hacer crónica de su generación.

Estas señas de identidad y la mirada que emplea para traducirla en imágenes configuran una filmografía plagada de cortos y ahora, con Los días vacíos, dos largometrajes –somos conscientes, sin embargo, que podría haber un tercero y si nos apuran un cuarto antes de que finalice el año–  en los que se puede rastrear un cine de marcado carácter autobiográfico y el retrato teñido de desencanto de una generación, la suya, que aún transita por el bulevard de los sueños rotos.

Cineasta que lo mismo rueda en interiores como exteriores, aunque se sospecha más querencia por rodar en exteriores que en interiores, además de los actores que colaboran en Los días vacíos el otro gran protagonista de esta película es la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, capital de provincias cuyas calles y plazas refuerzan esa dramático choque con la realidad, una realidad mediocre e impuesta por las fuerzas que orbitan invisibles a nuestro alrededor, mientras las esperanzas puestas en el futuro se desmoronan como se desmorona el primer amor.

Esta tragicomedia se desarrolla, como se ha dicho, en Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad que no he visto hasta la fecha mejor fotografiada que en esta película. Y belleza que se transmite a los personajes que intervienen en su historia. La capital grancanaria se transforma así en una especie de Manhattan (ya saben, es obra maestra de Woody Allen, otro cineasta, por cierto, igual de constante que León Lacave y que aparece, no sé si inevitablemente en mi cabeza, mientras veo Los días vacíos) que el realizador refuerza con insólito aliento poético en algunas escenas que trascienden la pantalla.

Por desgracia, este tono no se mantiene todo el tiempo ni la textura que, presumo, quiso imprimir el autor a una película que a veces resulta enojosamente pueril y otra, reiteramos, tan desconcertantemente adulta.

Los días vacíos es un relato de iniciación y sueños rotos, sí, pero también un fresco en el que se quiere mostrar cómo gente normal y corriente perdieron sus anhelos de cambiar si no el mundo, sí al menos su realidad a través de un puñado de jóvenes que de pronto, y tras finalizar su servicio militar, son llamados a buscarse la vida.

Ya hemos dicho que no se trata de una película redonda, pero incluso los errores que plagan el relato, y que son muchos, se intentan resolver con puntería cinéfila. Escenas con enorme carga dramática como la muerte y entierro del abuelo no terminan de emocionar como debiera así como la deriva en la que se sumerge el protagonista no resulta estar lo suficientemente amarrada, o atada, que se quisiera.

Con todo, la película sí que cuenta con situaciones y diálogo brillantes. Más de una escena nos hizo sonreír e incluso soltar la carcajada… Lo que se agradece, sea dicho de paso, a medida que se desarrollan las relaciones entre unos personajes que, sin caer en la indigencia, sí que pertenecen a esa gran parte de la sociedad que sabe lo que cuesta llevar un plato de comida a la mesa.

Los días vacíos pone de manifiesto que Daniel León Lacave es un cineasta que se mueve muy bien, cómodamente nos atreveríamos a decir, en películas de ajustados presupuestos y que, ojo, sabe dirigir a sus actores, todos espléndidos y convincentes, en especial Cathy Pulido y Cristina Piñero, esta última con una notable vis cómica que ilumina la pantalla.

Esta combinación de factores hace que este aplastante retrato generacional sobre quienes fueron jóvenes en los noventa, náufragos más que zombis que deambulan por la ciudad, su ciudad, sin saber lo que quieren, no lo tienen todo perdido cuando se enamoran. Aunque sea precisamente el amor, y el deseo de llevar una vida en común, lo que provoque el fin de una relación.

Las mujeres en esta película aprenden a hacerse mayores mucho antes que los hombres, como la vida misma.  Eso explica la actitud del protagonista, un personaje al que le cuesta salir de la crisálida de su adolescencia, donde está cómodamente instalado hasta que le dicen basta.

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

Leopoldo María Panero

Jueves, Marzo 6th, 2014

Se fue un poeta que nadó en contra de la corriente y probablemente por eso adquirió la categoría de leyenda en determinados círculos que, como siempre, reivindicaban su nombre sin apenas haberlo leído. Leopoldo María Panero fallece mientras dormía –una muerte agradecida y poética–  en un centro psiquiátrico de Las Palmas de Gran Canaria y las redes se incendian con palabras elogiosas en torno al poeta –insisten– maldito. Al orate que nunca fue de estrella de rock por mucho que se empeñaran sus seguidores…

Se le podía ver de vez en cuando por la isla que está justo enfrente de Gran Canaria, Tenerife, con su eterno cigarrillo colgado entre los labios. Hace dos años, de hecho, ofreció un recital poético en un conocido local lagunero sin que recitara, esa es la verdad, poesía. Pero qué más le daba a su público con tal de tener la vista clavada en ese caballero al que presuntamente se la había ido la pinza y fue uno de los protagonistas de un documental que, como el mismo Leopoldo María, alcanzó categoría de leyenda. Me refiero a El desencanto (Jaime Chávarri, 1976), un interesante trabajo que explora en las entrañas de familia tan peculiar, tan curiosa, tan extraña: Los Panero.

Tuvo que ser su condición de marginado lo que despertó tanta simpatía entre los que confesamos con ligero rubor que no leemos poesía. Pero entiendan los indignados que somos gente que solemos llevar las manos sucias y, en este sentido, Leopoldo María fue algo así como uno de los nuestros.

Basta con observar unas de sus fotografías y darse cuenta que detrás de esa mirada que parece ida, y de ese rostro en el que se aprecian las huellas del hartazgo, respira un espíritu que quiso ir a su bola. Ya juzgarán los especialistas el valor de su poesía, los que lo conocíamos solo por la película y también, aunque dicho con la boca pequeña para darle consistencia a la idea, de que pasaba los días en un centro psiquiátrico de la capital grancanaria, sentimos ahora, al conocer la noticia de su muerte, turbación.

Algo así como si nos abandonara un conocido que sabíamos que estaba ahí…

Los obituarios repiten en sus titulares la misma palabra: El último poeta maldito.

Maldito.

La maldición como mérito.

Imagino que a Leopoldo María le sudaría ese grado que lo distingue de otros poetas de su generación y de las que vinieron después tan preocupadas por descuartizarse a la mínima de cambio.

Alguien escribe sobre su condición de drogadicto, bisexual, alcohólico, comunista trotskista, preso, suicida reincidente y, finalmente, inquilino constante, desde su temprana juventud, de psiquiátricos, donde pasó las dos terceras partes de su vida, entregado a “una escritura absorbente y autocontemplativa”. Ya saben,  un tipo que nadaba en contra de la corriente y que si encontró alguna musa despistada por el camino debía de estar igual de colgado que él.

Un Leopoldo María que si existe algo más allá de este mundanal recorrido que es la vida estará esperando a que lo juzguen los dioses mientras fuma y fuma un cigarrillo tras otro.

En este mundo, mientras tanto, parece que se han acabado los poetas malditos.

Saludos, fundimos a negro, desde este lado del ordenador.

Películas, ciclos, eso que llaman cine

Miércoles, Noviembre 13th, 2013

La Filmoteca Canaria inicia los martes y jueves en el teatro Guiniguada y en los Multicines Renoir Price, en la capital grancanaria y tinerfeña, respectivamente, un ciclo dedicado al cineasta norteamericano Don Siegel. El horario de proyección es a las 20.30, y la sesión se inicia este jueves, 14 de noviembre, en Santa Cruz de Tenerife con la exhibición de La invasión de los ladrones de cuerpos, una cinta de ciencia ficción que adapta a la pantalla grande la novela del mismo título del escritor Jack Finney. El ciclo continuará el 19 (Las Palmas de Gran Canaria) y el 21 (Santa Cruz de Tenerife) con El carnaval de la muerte; Código del hampa (3 y 12 de diciembre) y El seductor (17 y 19 de diciembre).

Organizado por Amnistía Internacional, grupo de Tenerife, TEA Tenerife Espacio de las Artes acoge este jueves, 14 de noviembre, un ciclo de cine sobre Derechos Humanos que inaugura la cinta belga Perder la razón (Joachim Lafosse, 2012). La proyección comienza a las 19,30 horas, y se exhibe en versión original en francés y árabe con subtítulos en español. La entrada es gratuita previa retirada de las invitaciones en la taquilla.

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

‘La última tumba’, una novela de Alexis Ravelo

Lunes, Octubre 28th, 2013

Sin embargo, yo no soy un tipo razonable. Yo soy un cabronazo cabreado, un don nadie, un tipo al que borraron del mundo, un olvidado. Y sobre lo que este olvidado echaría tierra sería sobre cada uno de los hijos de puta que mataron a Diego y me buscaron la ruina.”

(La última tumba, Alexis Ravelo, colección Voz y tiempo, Editorial Edaf, 2013)

Mi entusiasmo con la literatura de Alexis Ravelo –porque además de ser un escritor de género es un escritor que hace literatura más allá del género– crece a medida que avanza el tiempo y aumenta a medida que el autor publica una nueva novela.

Su bibliografía, ya más que abultada, cuenta con señas de identidad cien por cien Ravelo, aunque estas constantes, ya perfectamente definidas, se encuentran sobre todo en sus últimos libros, donde la libertad y la madurez del escritor se manifiesta en un territorio hasta ahora escasamente cultivado por la literatura negrocriminal que se escribe en España; sentando plaza con nombre y apellido –esto es Alexis Ravelo–  en el relato que dictan los marginados, los que pertenecen al lado ¿equivocado?,  los fuera de la ley. Lo perdedores pero también rebeldes con causas que pueblan el turbio universo de la literatura policíaca cuando además de entretener, escupe mensaje.

Tras la redonda La estrategia del pequinés (Alrevés, 2013), editorial Edaf publica ahora La última tumba, título por el que Alexis Ravelo obtuvo el Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe y obra en la que el escritor continúa indagando en las variantes del desperado, de quien se mueve por el lado salvaje de la calle, en un relato en el que da voz a un chapero y yonqui rehabilitado que se ha pasado veinte años entre rejas y tiene una sola idea en su cabeza: venganza.

La última tumba podría interpretarse así como una curiosa e inquietante versión de esa obra maestra que es El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, pero va más allá, como sugiere el propio Ravelo en la novela, de la fría venganza que emprende su protagonista, Adrián Miranda Gil, porque sus intenciones son otras. Destacaría, en este sentido por arriesgada y valiente, su realista descripción de una sociedad estructurada en clases, como es Las Palmas de Gran Canaria, y  fotografía que puede hacerse extensible a la vecina Santa Cruz de Tenerife; también por la capacidad que tiene el autor para fabular y convertirse en titiritero de un teatro cuya historia –basada no tan lejanamente en un suceso real acontecido en este archipiélago en los años ochenta– que engancha porque Ravelo es un escritor que cuando quiere, moja y empapa.

También sé que no soy ningún héroe justiciero. No, no soy el Conde de Montecristo. El Conde de Montecristo tenía dinero para parar un carro. Aparte de eso, él hubiera tenido piedad. Y yo no la voy a tener.”

La última tumba es una novela que se lee como un revulsivo y, lo que es mejor, te obliga a seguir leyendo porque te zarandea, te golpea, te estruja las tripas pese a que otras tareas requieran el concurso de los modestos esfuerzos del lector.

Alexis Ravelo es uno de los pocos escritores de este país que naufraga que posee estilo. Un estilo en el que disemina, sin imposturas, expresiones que forman parte de la variante del español que hablamos en estas islas. Su vocabulario canario resulta así natural y perfectamente ensamblado a la historia. Más en el caso de La última tumba, una larga confesión –la de Adrián Miranda Gil– que tras pasarse veinte años de cárcel por un crimen que no cometió, narra ahora en primera persona el odio que lleva por dentro y la necesidad de hacer su justicia.

Su justicia.

El protagonista de la novela habla directamente con el lector, a quien le da una versión de los hechos que hace que te pongas de su lado y que entiendas, incluso, que quiera hacer su justicia.

La novela respira en su primera parte algo de Jim Thompson, y está plagada de frases que, estoy seguro, al autor de El asesino dentro de mi le hubiera encantado escribir. Adrián Miranda arrastra como una pesada cadena un determinismo y una forma de ver la realidad que desconcierta pero que sabe también a verdades como puños: “Uno no es lo que es. Uno es lo que los otros piensan que es.” Y un sentido de la ironía cruel y hasta barriobajera que te sube desde la boca del estómago hasta la garganta como si de un latigazo de ácido se tratara:

la noticia anunciaba la exposición de la pintora Patricia Andrade Fuentes, titulada El mar y la mirada que estaban a punto de inaugurar en el Club Náutico. Había una entrevista con la pintora, una tía de unos treinta y muchos, con el pelo largo y teñido y un tufo a pija que tiraba de espaldas. La habían retratado junto a uno de sus cuadros, una marina aburrida y decorativa que cualquier estudiante hubiera podido pintar con el piloto automático puesto. En la entrevista Patricia decía sentirse influenciada por Sorolla. Pues cógeme la polla, pensé”.

El relato continúa, y las reflexiones incendiarias se multiplican. Hace en ocasiones obligatorio que busques el lápiz y las subrayes:

El mundo iba mal, como siempre, pero se acababa justo a la puerta de aquella casa. Supongo que esa es la ventaja de ser inmigrante, travestí, expresidiario o camello: si estás excluido del mundo, también estás excluido de sus miserias.”

La literatura de Alexis Ravelo en el cada día más atractivo mundo de la novela negra en España tiene sus propias señas de identidad. Sus peculiaridades, lo que la distingue y diferencia de otros compañeros de fatigas policiales en especial gracias a sus dos últimas novelas. Para mi significa un paso de gigante en el género escrito en español, sin renunciar a su canariedad ni a retratar las aguas negras de una capital de provincias que ya esbozara en las historias de la serie protagonizada por Eladio Monroy, aunque en éstas resulte más convencional y sin menos riesgos, así como la de observar cómo se mueve dentro de un género en el que para convencer y entretener tiene que notarse soltura y sobre todo que se conoce.

Y que se conoce a fondo.

Y Alexis Ravelo lo conoce a fondo. Sabe cuáles son sus claves y juega con ellas. Sabe a clásico, como clásico son los tres grandes escritores a los que dedica La última tumba, tres mosqueteros (¿Dumas otra vez?) que han elevado el género a la categoría de literatura: Andreu Martín, Juan Madrid y Raúl Argemí.

No sé si es consciente de ello, pero Alexis Ravelo está contribuyendo también  con su trabajo a “iluminar el camino hacia las sombras“.

La última tumba funciona así como un potente proyector.

Y obliga, maldita sea su estampa,  a demandar más libros de Alexis Ravelo.

Saludos, yo confieso, desde este lado del ordenador.

Un libro de poesía escrito con las voces de los primeros pobladores de Canarias

Miércoles, Junio 26th, 2013

Un libro de poesía escrito a partir de las voces que utilizaban los primeros pobladores de Canarias ha dado como resultado Achicaxna xaxo agual. Palabra de momia paria, del escritor y periodista Agustín Gajate Barahona, volumen editado por Ediciones Aguere y Ediciones Idea y que será presentado el 4 y el 19 de julio en Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria, respectivamente (1).

El autor ha empleado en este libro palabras que aún se conservan y que proceden de las siete islas para dar forma a unos versos en los que describe la vida, la sociedad y la cultura así como su derrota, y, en algunos casos, su cautiverio y deportación de los primeros habitantes del archipiélago.

La obra contiene 110 poemas y nueve silencios, que simbolizan el gran vacío existente en el conocimiento de aquellos hijos de la tierra, que es el significado literal de la palabra guanche, y que conformaron heterogéneos grupos de población, perfectamente adaptados al entorno que habitaban, y que acumularon durante siglos valiosos conocimientos sobre las particularidades de la naturaleza insular, muchos de los cuales no son aprovechados en la actualidad.

Los textos forman parte de una investigación sobre las posibilidades de uso literario de la lengua guanche, tanto poético como dramático o narrativo, explica Agustín Gajate en una nota informativa, quien añade que “el punto de partida ha sido reunir el vocabulario que incorpora contenidos simbólicos o conceptuales susceptibles de un uso diferente al topográfico, biológico u onomástico. La recopilación realizada ha conseguido reunir más de un millar de palabras y todos los números hasta el 999, lo que puede considerarse como el umbral mínimo necesario para que una estructura de comunicación de uso parcial, como la lengua guanche, pueda ser utilizada como un medio creativo de expresión.”

(1)   Achicaxna xaxo agual. Palabra de momia paria, se presenta el 4 de julio, a las 19 horas, en la Casa Elder, sede social de la Mutua de Accidentes de Canarias, de Santa Cruz de Tenerife y el 19, a la misma hora, en la Sala de Actos Manuel Padorno de la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas de Gran Canaria.

Saludos, informamos, desde este lado del ordenador.