‘Stoner’, de la editorial tinerfeña Baile del Sol, entre los mejores libros 2011 del ‘ABC Cultural’

Martes, Diciembre 27th, 2011

El sábado pasado –24 de diciembre de 2011– el ABC Cultural, suplemento del periódico ABC, incluía en la lista que sus colaboradores han elaborado sobre lo mejor y los mejores de 2011 la novela Stoner del escritor norteamericano John Williams, publicada en castellano por la editorial tinerfeña Baile del Sol.

Stoner, traducida por Antonio Díaz Fernández, ya mereció en su momento críticas elogiosas. Entre otras, la del escritor Rodrigo Fresán, quien vuelve a recomendar en el ABC Cultural del sábado pasado esta novela.

Fresán escribe: “No es fácil elegir un solo título en lo que hace a la calidad y el genio; pero la empresa se simplifica si buscamos ese “algo más” que distingue y hace la diferencia. De ahí que, en tiempos en los que se habla tanto del futuro del libro (cuando en realidad se parlotea del libro del futuro, de efímeros artefactos en constante mutación) y se antepone envase a contenido, ilumina con luz propia esta novela clásica y única y más allá de modas y modelos y modales. Así, un autor poco conocido (el texano John Williams, 1922-1994), una pequeña editorial insular (Baile del Sol, Tenerife, y un título firme y duradero: Stoner.”

Otros de los doce títulos seleccionados por el ABC Cultural como lo mejor de este año son Libertad, de Jonathan Franzen; Los enamoramientos, de Javier Marías, Cuentos completos, de Evelyn Waugh y La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards.

Saludos, esperando que alguien coja recorte, desde este lado del ordenador.

Librerías, ¿qué haría yo sin ellas?

Jueves, Noviembre 24th, 2011

Si hay sitios donde me siento muy cómodo y en los que puedo perder perfectamente una mañana son las librerías. A mi esto de coger libros, olfatearlos, leer por capricho cualquier página intentado imaginarme cómo será la historia que guarda dentro es una de las emociones más gratificantes que aún me quedan tras calcinar otras tantas en este sendero que es la vida.

Algo pues tienen los puñeteros libros que me hacen muy feliz.

En mi ya largo historial como visitador de librerías –y escribo visitador y no comprador– no me he topado sin embargo con demasiados libreros como Dios manda.

En Santa Cruz de Tenerife recuerdo con mucho agradecimiento la labor desarrollada por el responsable de la librería La internacional, que estaba ubicada en la calle del Pilar y que tenía un vago parecido con Julio Cortázar. Aquel buen hombre recomendaba libros y le encantaba charlar con sus clientes aunque estos resultasen adolescentes con nada mejor que hacer que pasar la tarde en su establecimiento mientras exploraban títulos y títulos en las estanterías.

A él le debo mi afición, entre otros tantos escritores, de Ray Bradbury. Un día me recomendó El hombre ilustrado y descubrí algo así como el cielo.

Otro gran librero con el que me topé en aquella edad de misteriosa inocencia dirigía la Antonio Machado en Sevilla. Comenzó a hablar conmigo de literatura fantástica y a recomendarme autores –entre ellos el gran Joseph Sheridan Le Fanu– que me hizo muy doloroso dejar la capital andaluza (por aquellos días agitada por la celebración del Mundial de Fútbol en España– para regresar a esta isla de extrañas indiferencias.

El tercer librero al que puedo llamar librero con todas sus letras fue Paco Camarasa, responsable de la librería barcelonesa Negra y Criminal y a quien tuve la oportunidad de entrevistar en Los Cristianos, Tenerife, donde se encontraba para participar en un foro sobre novela policíaca. Tras apagar el magnetofón, hablamos y hablamos de esa literatura que tanto nos gusta y le pregunté si no tendría en los fondos de su librería un ejemplar de los cuentos cortos de Marc Behm que editó en su día la Semana Negra Gijón. Afirmó con rotundidad, me pidió mis señas y al cabo de las semanas me llegaba el ejemplar a casa. Leer este libro de Bhem, tras tantos años de fatigosa búsqueda, me hizo sentir que había nacido de nuevo.

Otra gente que llevaba una librería como debe llevarse una librería fueron los responsables de la ya mítica El Escribidor. Primero al mando de Fernando Senante y más tarde de Antonio Vizcaya y Maruchi Suárez. Aquel espacio se convirtió en una especie de oasis cultural en una capital que carecía de oasis culturales. Además de responder con celeridad a tus peticiones, Vizcaya y Suárez promocionaron las letras canarias con actividades tan marcianas en aquellos años como recitales de poesía y presentaciones de libros.

Gracias amigos por vuestra extraordinaria generosidad. No saben cuanto contribuyeron a hacerme feliz en unos días que ahora recuerdo en incómodo blanco y negro.

Las librerías que hoy se diseminan por la geografía tinerfeña ya no son como las de antes. Ya no hay libreros sino un atento personal que busca en un ordenador el título que deseas. Con esas, sin embargo, yo sigo teniendo un amor muy especial por las librerías y los libros. Por eso me da escalofríos cuando se habla de librerías virtuales y libros electrónicos… Tengo la sensación que no será lo mismo.

Viene todo esto a colación porque este viernes, 25 de noviembre, se celebra por primera vez en España el Día de las Librerías, día que nace con la pretensión de repetirse anualmente el último viernes de cada noviembre. A la fiesta se han sumado las librerías tinerfeñas. Así lo anunciaron el director insular de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo Insular, Cristóbal de la Rosa, y la presidenta de la Asociación de Libreros de Tenerife, Remedios Sosa, quienes informaron que esta iniciativa de conmemorar el Día de las Librerías parte de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL).

Para conmemorar la fiesta se celebrarán diferentes actos en todos estos espacios, como encuentros con autores, presentaciones de libros, debates, conferencias y cuentacuentos hasta las 22 horas.

No se indica en ningún lado, sin embargo, si adquirir un libro este día costará algo menos, pero es una idea que suelto para que la acaricien los organizadores.

No vendría mal.

CEGAL ha elaborado un decálogo, que regalarán a modo de marcapágina.

Que ustedes lo disfruten.

Y dos enlaces de interés:

El cineasta canario Roberto Pérez Toledo estrena también este viernes Seis puntos sobre Emma.

Y el Gabinete de Crisis propone al Gobierno de Canarias un más que razonable recorte del 30 por ciento en los presupuestos de Cultura para el 2012.

Saludos, masticando mi pasado, desde este lado del ordenador.

Confesiones de un lector justificado

Miércoles, Septiembre 28th, 2011

Tuve la suerte de nacer en una familia en la que se quiere a los libros. De hecho, recuerdo mi infancia rodeado de libros. Observo, ahora que hago ejercicio de memoria, a mi padre acostado leyendo. A mi hermano sentado en el sofá del comedor, leyendo también. A otros de mis hermanos con un libro bajo el brazo y a mi madre, después de dar de cenar a toda la jauría, relajándose con un libro entre las manos.

Mi primer acercamiento al mundo de los libros resultó por lo tanto natural e inevitable. Siendo el más pequeño de los varones me limité a imitar lo que hacían los grandes. Mi hermana, que vino justo detrás, hizo exactamente lo mismo. Coger un libro.

Entre las muchas cosas que quería hacer de pequeño estaba, además de la de ser astronauta, la de encender la luz de las habitaciones de la casa (daba saltos con la esperanza de llegar al interruptor y encender de un tortazo las lámparas que colgaban del techo para luego repetir la operación y apagarlas) y abrir los libros que me encontraba mientras intentaba descifrar aquellas letras que nada me decían porque por aquel entonces aún no sabía leer ni escribir.

Lo más cercano que hacía era colorear (y bastante mal, por cierto) los cuadernos de dibujo que me regalaban por mi santo o por mi cumpleaños, aunque casi siempre terminaba por roer como un ratón los creyones dejándome un gusto a madera en la boca que desde entonces asocio con mi infancia.

No he sabido retener en mi memoria las primeras clases a las que asistí siendo un parvulario y en las que esforzados maestros (no profesores) se empeñaron en que me iniciara en el mundo de las letras. Conservo algunos cuadernos de aquella época y de tanto en tanto me gusta pasar sus hojas no sé si en busca de aquel niño que comenzaba a entrar en un universo al que, posteriormente, le debe tanto.

Contemplo las vocales trazadas por esos dedos que ahora pulsan el teclado del ordenador y no termino por reconocerme en las A, E, I, O, U que, imagino, con tanto esfuerzo copiaba de la pizarra. Con las consonantes me he quedado un buen rato paralizado estudiando como me complicaba la vida con las B y las G.

El escritor y premio Nobel de Literatura John Steinbeck describe con maestría desarmante esta misma experiencia en la introducción de uno de sus libros más bellos: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Les recomiendo que se lo lean. La introducción y su ambicioso ejercicio por actualizar el clásico ciclo artúrico.

La primera vez que lo leí tuve la sensación, esa misma sensación que te pasa con otros libros, de pensar: “caramba, eso mismo me pasó a mí.” “O eso mismo pienso yo de…” Esas reflexiones, ya saben, que te hace pensar que no estás tan solo en el mundo.

Una vez dominé las letras y el arte de la escritura (bastante intraducible para ojos que no sean los míos, sea dicho de paso), los primeros libros que leí fue una recopilación de seis cuentos de Las mil y una noches, en una antiquísima edición de los años treinta con fantásticos grabados; los cuentos de Andersen, los hermanos Grimm y por fin, porque un hermano tuvo la inteligencia de prestármelo un día que echaba un vistazo a la biblioteca, La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.

Creo que con los primeros libros que lees se produce algo muy parecido al primer amor. Un primer amor afortunado y nunca frustrado, claro está.

Al llegar a la adolescencia, tras alimentarme de fantasías varias, de las aventuras de Los tres investigadores que desbancaron a las ñoñerías de Los cinco de Enyd Blyton y sus contrabandistas, alguien me regaló en Reyes los tres tomitos editados por Bruguera de Los mitos de Cthulhu. Tres tomitos que me abrieron las puertas hacia otros mundos y una sed lovecraftiana que me llevó incluso a emular al solitario escritor de Providence editando un fanzine artesanal –Historias Extrañas– mientras mantenía un intensa relación epistolar con amigos a los que solo conocía por cartas larguísimas donde revelábamos nuestras neuras adolescentes.

Firmábamos aquellos textos inacabables con los nombres de lo dioses prohibidos aunque yo me reservé el del árabe loco Abdul Alhazred, el autor de El Necronomicón.

Les cuento todo esto porque por suerte nací en una casa donde se me enseñó a amar a los libros. Tanto, que cuando en el colegio y más tarde en el instituto descubrí que nos obligaban a odiar los libros imponiéndonos determinados textos –le cogí manía a La tesis de Nancy, de Ramón J. Sender, novela que más tarde releí sin el castigo de un examen y continúa pareciéndome un título muy regular en la fecunda producción de este sin embargo gran escritor– sus esfuerzos resultaban nulos para que mi amor por los libros menguara.

Al revés, si cabe los aprecié mucho más.

Entiendo, de todas formas, que muchos compañeros de pupitre se acostumbraran a detestarlos. Yo hubiera hecho lo mismo si no hubiera tenido la suerte de nacer en una familia que ama tanto a los libros.

Por ejemplo, apenas recuerdo salvo la obligatoriedad de leerlo porque había examen, la primera impresión que me suscitó el Lazarillo de Tormes. Librito que años más tarde, liberado de las cadenas del ordeno y mando, devoré como quien descubre agua en el desierto. Y tanta fue la satisfacción que me produjo que salté a El buscón, de Quevedo. Descojonándome de la risa con estas novelas ejemplares. Nunca mejor dicho.

La Celestina fue otro cantar.

Y cuando comenzaron a introducirse en los colegios de las islas los primeros textos de autores canarios, siempre agradeceré a aquel sistema de estudios que Maraía, de un tal Rafael Arozarena, se tratara de un título que los profesores nos recomendaban leer… siempre que quisiéramos.

Es decir, que no hacía falta que leyéramos por obligación Mararía porque no tocaba en el examen.

Así que me animé a leerlo, precisamente porque no tocaba en el examen y porque mi padre tenía un ejemplar de esa misma novela editado por Noguer.

Así que Mararía, como supongo le pasó a la chiquillada de mi generación, fue la primera novela canaria que leí porque no me obligaron a leerla. Me pregunto ahora que habría pasado si el profesor (nunca maestro) hubiera hecho lo contrario.

El caso es que no entiendo el mundo sin leer.

Sin ese extraño placer por adentrarte en otro universo, en otro espacio.

Conocer personajes, esos personajes cuyas acciones (si empapan tu alma) pareces que reconoces en otros cuando charlas, tomas un café o compartes un cigarrillo.

Como lector, y también como escritor frustrado, pienso que lo mejor de un libro suele ser su inicio.

Después de las primeras cincuenta páginas si no engancha me veo en la ingrata tarea de tirarlo a ese montón de volúmenes desechados. Aunque hay veces, raras veces, en que lo recupero por recomendación de un amigo o porque lo leo en algún lado y esas mismas cincuenta páginas las mastico y digiero con asombro.

Antaño me preguntaba cómo podía ser capaz mi padre de leer tres o cuatro libros a la vez.

En la actualidad me pregunto cómo puedo leer tres o cuatro libros a la vez.

Cuando mi padre comenzó a despedirse de este mundo dejó de leer libros.

Recuerdo ver muy preocupado los ejemplares amontonados en su mesilla de noche y a él sentado en la cama con la vista perdida. Quiero creer que en su propio libro que fue su intensa vida.

Quiero pensar por eso que el día que deje de leer y amontone los libros habré iniciado mi adiós de este mundo poblado de libros.

Así que no dejo de preguntarme, con un asomo de frivolidad. de qué títulos se tratarán.

Y espero, en un día raro como el de hoy, que entre esos libros se encuentre mi Isla del tesoro.

Saludos, tiemblan las islas del aburrimiento, desde este lado del ordenador.

El aroma de la nostalgia: los libros Reno

Martes, Julio 5th, 2011

Si hubo una colección de libros que despertaron mi apetencias lectores a pronta edad esos fueron, sin duda alguna, los de Reno que editó en su tiempo Plaza y Janés.

En esta colección cabía de todo, desde William Faulkner a los descacharrantes pero atractivos best seller de Max Catto, o de las fascinantes novelas de aventuras de Edison Marshall a los relatos de corte fantástico del gran Noel Clarasó.

Algo raro me pasa así con estos libros de bolsillo. Siento una extraña atracción fatal cuando me topo con alguno en un rastro o librería de ocasión porque, la verdad, no recuerdo haber leído ninguno que me resultara un fastidio y por lo tanto me obligara a la siempre ingrata tarea de dejarlo a un lado.

En esta colección leí El planeta de los simios de Pierre Boulle, también 2001, una odisea del espacio, de Arthur C. Clarke; Horizontes perdidos de James Hilton; La nave y División 250 del reivindicable Tomás Salvador, así como Un sentido de realidad, Historia de una cobardía y Orient Expreso de Graham Greene; Niños y hombres de Philip Roth, como Un puente sobre el Drina de Ivo Andric o las estupendas novelas del escritor norteamericano John O’Hara: La Venus del visón, Desde la terraza y Oculta verdad, entre otros tantos.

Muchos libros y muchas historias que sin orden ni concierto se publicaban en esta colección que despertaban mis apasionadas fantasías lectoras nada más echándole un vistazo a sus portadas que siempre representaban en atractivos y coloridos dibujos un supuesto momento de la novela.

Los volúmenes que más me interesan de la colección Reno son los que se editaron en la década de los años sesenta y mediado de los setenta. Tras la muerte del general Franco en otoño de 1975, la colección fue declinando su oferta y descuidando el reclamo de sus cubiertas, razón poderosa ésta que me obliga en la actualidad a descartarlos cuando me los encuentro en un puesto porque los que de verdad me interesan son los de su edad de oro, los locos sesenta.

Y me interesan porque el libro como objeto ha sabido resistir el paso del tiempo. Ha sabido envejecer acartonando sus páginas y adquiriendo un olor a papel de otros tiempos que resulta conmovedoramente nostálgico.

La noche del pasado lunes, 4 de julio, sin ir más lejos, un viejo amigo me pidió el libro de colección Reno que llevaba entre las manos porque, emocionado dijo: “eran los que leía mi padre.” Luego se sentó y lo abrió por la mitad para olerlo. Se quedó un buen rato disfrutando del aroma para volver a entregármelo y comentar que iba a tardar un riñón en leerlo porque el volumen consta de cuatrocientas páginas.

El caso es que esta misma mañana, mientras hacía una de esas colas larguísimas en el banco, lo terminé de leer aunque a mi amigo no le faltaba razón al advertírmelo ya que uno de los grandes inconvenientes de los libros Reno era en ocasiones el tamaño minúsculo de su letra.

Tan pequeño que para los que son faltos de vista como quien les escribe a veces le era y es necesario recurrir a una lupa para traducir sus páginas cuya letras tienen el tamaño de diminutas hormigas.

Cuando la colección de libros de bolsillo Reno murió fui uno de tantos que lamentó su desaparición aunque como escribía más arriba suelo encontrármelos como restos de un naufragio en rastros y librerías de ocasión.

Casi nadie apuesta por ellos en estos días oscuros, así que su precio es bastante asequible para bolsillos hambrientos como el mío. Lo mismo pasa con la colección Libro Amigo de Bruguera o Austral y si me apuran los de Alianza Editorial que aparecieron a finales de los setenta y principio de los ochenta, pero no hay color.

Si encuentro ejemplares de todas estas editoriales en un puesto callejero mis ojos se detienen inevitablemente en los volúmenes de la colección Reno.

Así que algo tienen.

Y yo, como mi amigo, lo primero que hago cuando los tengo entre las manos en olerlos intensamente.

Saludos, la nostalgia a veces no es un error, desde este lado del ordenador.

El extraño viaje

Jueves, Junio 2nd, 2011

I.- ¿ESTO QUE ES?

El mago de San Tontorontón se detiene en la Puerta del Sol de Madrid, que es un destino turístico de la capital de Expaña al que hoy se suma, entre otros atractivos además del Kilómetro Cero y la célebre estatua del Oso y el Madroño, la acampada –no tan grande como imaginaba– de ese colectivo que está igual de indignado que él aunque estos  manifiesten su cabreo en un pequeño laberinto de chabolas donde, la verdad, lo que más le llama la atención es un plato de lentejas a medio comer y dos tipos con crestas jugando a las damas.

Mientras el mago recorre las callejuelas improvisada que han enrronchado la Puerta del Sol le asalta de repente un tipo con ojos extraviados y sin camiseta que en un idioma extraño le grita unas cosas que le obliga a responder: “¿Pero tú de qué vas, chacho?”

El tipo sin camiseta se queda fulminado mientras el mago se aleja de los chabolos hasta toparse con un caminón de la basura del Ayuntamiento de Madrid que recoge toneladas de desperdicios, entre otros objetos, botellas de tintorro y cascos de cerveza.

II.- EN BUSCA DEL GRIAL

Y camina y camina el mago por este Madrid de atontados.

Sube la Cuesta de Almoyano y saluda a la estatua de cuerpo entero de don Pío Baroja porque lleva boina. Adquiere un volumen de Ismael Herraiz que data de 1945.

Europa a oscuras se titula el volumen.

“Igual le sirve al Paulino”, piensa, por decir argo, el mago.

III.- UN ENCUENTRO CON LUCIFER

El mago entra en el parque del Retiro y se tropieza con la estatua del Ángel Caído de Ricardo Bellver.

Se queda un buen rato mirándola. Lo que se dice un buen rato mirándola.

Por fin concluye:  “Yo a ti te conozco, carajo.”

Y sigue su camino.

IV.-LA FERIA DE LOS MIL LIBROS.

El mago se acerca a una de ellas.

Ojea y abre un libro y hace que lo lee.

Pero nota que está encarnado.

Que toda su cabezota se pone roja como un tomate pasado.

Descubre un libro que le gusta: Monster Show. Una historia cultural del horror, de David J. Skal.

- Habla de mi.- le dice al librero.- ¿Cuánto cuesta?

El librero se lo dice remarcando c y z.

- ¿Cómo dice usted?.- Le responde el mago mosquiado.

El librero, que parece un cubo de hielo, repite el precio. 

- Usted debe ser catalán, mijo.- Dice el mago.

- Soy de las Rozas.- responde el librero.

- Catalán. Me lo llevo.

V.- ¿QUÉ HACE UN CHICO COMO TÚ EN UN LUGAR COMO ÉSTE?

El mago sigue caminando cuando descubre en este bosque de casetas una caseta de dos editoriales canarias: Baile del Sol y Ediciones Escalera.

El mago se pone a bailar mientras hace chasquidos con la boca como si fuera una chácara.

MAGO: Tiriririti, tirirititi…

Los de la caseta le responden en clave masónica: Una vieja seca seca…

MAGO: Tu puta madre…

VI.- TODO MU GRANDE…

El mago se siente perdío en esta Feria.

Hay tantas casetas y tantas cosas ¡qué da igual donde mirar!

Se mete en una carpa que expone colorines. De hecho, un chico que parece un membrillo dibuja un colorín. A lápiz, después lo entinta y le pone color.

- Criatura, ponle más verde al fondo.- le dice el habitante de San Tontorontón.

VII.- EL FANTASMA DE PACO MARTÍNEZ SORIA

El mago tararea el clásico de Mojo Picón mientras pasea por las casetas de las Feria del Libro. Aunque de fondo suena el blando de Michale Buble.

MAGO: La rica salsa canaria se llama mojo picón

VIII.- Y UN FINAL TONTORONTIANO

De vuelta al hotel se encuentra por azar con un amigo peninsular al que hacía siglos que no veía.

Lo ve justo cuando va a cruzar una calle kilométrica. El amigo viene en dirección contraria.

- ¿Mago?.- pregunta sorprendido el amigo.

Peaso godo.- le contesta el mago mientras se dan un abrazo y suenan violines y trompetas en sus estrafalarias cabezas.

Se da cuenta entonces el mago, muy incómodo, que no recuerda como se llama el amigo al que tan cariñosamente abraza aunque unas cañas después se lo recuerda algo achispado:

- Tú… ¿Cómo te llamas?

- ¡Paco Martínez Soria!

Saludos, ay mi cabeza, desde este lado del ordenador.

No tengo dinero, no, no, no…

Jueves, Mayo 26th, 2011

I.- DIÁLOGO DE SORDOS

MILAGROS LUIS BRITO, consejera en funciones de Educación del Gobierno de Canarias (rugiendo como una leona): “¡¡¡Esta será una edición mucho más austera, pero muy digna porque sus contenidos han sido bien hilvanados y rebosan una gran canariedad!!!”

Maribel Oñate, concejal en funciones de Culura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife (pegando la boca al micrófono mientras se limpia lágrimas que no resbalan por sus ojos): “Nos hubiera gustado darle un mayor apoyo económico a este evento, pero no hay presupuesto en el área de Cultura para ser más generosos.”

Remedios Sosa, de la Asociación de Libreros de Tenerife (tragando saliva mientras mira a un lado y al otro): “Este año nos encontramos con los preparativos muy avanzados y no pudimos tener el control, pero desde aquí pido que se cumplan los acuerdos logrados por la confederación nacional del gremio que nos permiten una mayor capacidad de decisión.”

Cristóbal de la Rosa, coordinador en funciones de Cultura del Cabildo de Tenerife (apretándose el nudo de la corbata): “Es importante que el sector de los libreros se mantenga unido en un momento en el que las reglas del mercado las imponen los bestseller.”

II.- Y PESE A TODO…YO ERRE QUE ERRE

No tengo costumbre de comprar libros en la Feria del Libro pero me gustan las ferias del libro.

Desde hace unos años la que se celebra en la capital tinerfeña se ubica en el parque García Sanabria, espacio que probablemente sea uno de los rincones más tranquilos y hermosos de esta capital de provincia tan necesitada de rincones hermosos pero no tranquilos porque Santa Cruz de Tenerife es sinónimo de ciudad tranquilidad por aburrida.

Pese a todo, reconozco que espero con mucho interés año tras años (erre que erre no confundir con ere que ere) el programa de actividades que vertebra la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, actividad cultural que cumple ahora su XXIII edición.

Será porque siempre alimento esperanzas que me quiten de la cabeza las, por norma general, inquietantes y profundas decepciones que me han producido en anteriores ediciones.

La Feria del Libro, que año tras año ha ido a menos no ya por la crisis sino por mimetismo e incapacidad de sus organizadores por reiventarla e inyectarle imaginación (lo mismo pasa con el cine subencionado canario) ha presentado el menú de actividades de 2011 con el mismo entusiasmo que antaño.

O lo que es lo mismo, una rutinaria exposición de actos que, de verdad, poco anima a quien ahora les escribe a estar presente en alguno de ellos.

Y todo pese a recordar a Tomás Morales, a quien se le dedicó el ya controvertido Día de las Letras Canarias cuando desde la casa con más jeta (que no gesta) de Canarias –el Parlamento de chiste regional– votó por unanimidad que don Blas Cabrera fuera el homenajeado en 2012.

Me pregunto –inocente que es uno– si alguno de los escritores indignados entonces recordará en sus presentaciones literarias aquel desaguisado que a día de hoy continúa sin solucionarse.

¿Cómo quedó lo de Pancho Guerra?

¿Habrá cacerolada?

III.- AUSENCIAS

Detecto que en la rueda de prensa no se destaca la presencia de ningún escritor nacional por esta tierra triturada en pactos post electorales y tampoco la ya tradicional visita de Alberto Vázquez Figueroa para firmar ejemplares de sus últimas novelas.

No obstante, tengo la esperanza de encontrármelo por el García Sanabria porque entiendo que una Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife no sería una verdadera Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife sin contar con Alberto Vázquez Figueroa.

IV.- NOVEDADES. ¿NOVEDADES?

Entre las novedades de la XXIII edición que se inaugura este viernes, 27 de mayo hasta el domingo 5 de junio, está lo que se ha denominado como Media noche en blanco.

La cosa consiste en que la Feria permanecerá abierta hasta las 23.30 horas los sábados 29 de mayo y 4 de junio.

Es una pena que precisamente esta iniciativa caiga en Sabbath y que no pueda hacer horas extras en el parque para ver si la cosa funciona pero espero de veras que resulte productiva para la ciudadanía y libreros y que dé algo de vida a una capital que muere en soledad como es la que habito.

O creo que habito.

¿Habito en este cementerio o soy víctima de una cruel broma del destino?

Despierta, chacho.

V.- ALGO DEL PROGRAMA

Este mismo viernes la Feria del Libro acogerá a las seis de la tarde en la carpa institucional –eso implica pues que con media hora de retraso porque estamos en Canarias–  la presentación del libro Erich el zurdo, de Domingo Luis Hernández, que correrá a cargo del escritor Daniel Duque.

Después, Mariano Gambín dará a conocer Ira Dei, interesante novela de misterio sin pretensiones que transcurre en La Laguna y que presentará su autor junto a la periodista Doris Martínez.

A las 19.30 horas, música con el Quinteto Fagotes, del Conservatorio Superior de Música, en el escenario central.

La primera jornada de la Feria concluirá con la presentación del libro Harraga. Novela Negra, de Antonio Lozano, que contará además de Lozano con su editora, la valiente Verena Zech.

En una nota de prensa se destaca que “las novedades editoriales isleñas y los autores canarios serán los auténticos protagonistas de la edición 2011 de la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife” y que alrededor de cincuenta títulos recientes serán presentados “además de dar a conocer proyectos editoriales”.

Lo que me parece muy bien porque si es así pondrá de manifiesto que, pese a este revival del 29 que vivimos, el sector editorial en Canarias está aguantando el temporal.

Otra cosa es que sea verdad.

Saludos, en fin y desde el fin, desde este lado del ordenador.