Érase una vez en el oeste…

Domingo, Mayo 12th, 2013

Mientras rebusco en la pila de libros usados, algunos incluso maltratados, el tipo de rostro barbado que atiende el puesto me dice, cuando comienzo a dar media vuelta, que hoy es un día malo.

- ¿Un día malo?- respondo con la camiseta bañada en sudor.

 - Pocos clientes.- informa el tipo que atiende el puesto mientras se frota la frente con un pañuelo de papel.- Debe ser que están en lo de Expolsados…

Expolsados reproduce mi cerebro achicharrado.

Ni puta idea de que es eso del Expolsados.

Pero asiento con la cabeza y me confundo entre el gentío que sube y baja por el Rastro de la capital tinerfeña un poco como a la deriva, como pez que se deja llevar por la corriente.

Bajo el arco de las puertas del Mercado de Nuestra Señora de África me encuentro con un amigo que me comunica nada más verme:

- Ha muerto Darth Vader.

- ¿Darh Vader?- Pregunto en un día que parece va estar plagado de preguntas.

- Sí, el que le ponía voz.

- ¿James Earl Jones?

- ¿Cuálo?

- James Earl Jones.

- No, no, el que presentaba concursos.

- No jodas, el gran Constantino Romero.

- Ese tiene que ser.- dice el amigo no muy convencido.

- Puso la voz a Terminator, a Clint Eastwood, a Rutger Hauer en Blade Runner, a…

- Ese, ese mismo.- dice el amigo desapareciendo entre la gente que entra y sale del Mercado de Nuestra Señora de África.

Algo conmocionado porque esta semana que termina está repleta de nombres de ausentes me detengo en puestos atiborrados de libros y encuentro la acariciada edición que Planas de Poesía publicó en 1981 de los cuentos de Antonio Bermejo, el escritor que ha recuperado y reivindica un grupo de narradores canarios y el mismo escritor que inspira la que será la próxima novela de Javier Hernández Velázquez.

El librito, que apenas llega a las cincuenta páginas, está prologado por Víctor Ramírez e incluye una imagen de Bermejo que esa tarde, cuando se lo muestro a mi madre y a uno de mis hermanos reconocerán.

De hecho, yo mismo creo reconocerlo si doy marcha atrás en mi memoria, cruzando la calle de Salamanca y a mi padre señalándomelo.

Cae un sol de justicia sobre Santa Cruz de Tenerife.

Y hay un cielo sin rastro de nubes. Un día perfecto, no malo, para quien les escribe.

Tras dejar el mercadillo y su sinfonía de colores y aromas, enfilo a la parada del tranvía donde leo los relatos de Bermejo. Hay uno en concreto que me desconcierta, La busca.

No había aprendido a odiar. Para encontrar lo que anhelaba era condición previa odiar ferozmente. Odiar a todos y amarse a sí mismo con la adoración de un dios. Encendería su lamparilla en el templo de su persona y el odio respondería. El odio y el amor.”

Así lo escribe Bermejo, un autor que apenas dejó textos escritos y cuya errática existencia casi parece devorar al hombre que, ahora que observo su fotografía, tiene unos ojos inconfundiblemente tristes.

Es un domingo de un día cualquiera en una pequeña capital de provincias que a lo largo del día de hoy se me antoja un pueblecito del lejano oeste. No solo por el calor que se desparrama por su caprichosa geografía sino también porque respiro un aire que siendo el mismo de todos los días me resulta diferente.

¿Un mal día?

Un domingo distinto en todo caso, reflexiono mientras le doy al pedal de la Dakota rumbo a Las Teresitas…

El viento caliente estampándose contra mi rostro y haciendo equilibrio sobre dos ruedas que se deslizan sobre la carretera mientras en mi cabeza, como a latigazos, se repite un fragmento de La huida de Antonio Bermejo pero a toda velocidad, lo que hace que resuene en mi cabeza con la vocecilla de un Pitufo:

Era preciso huir. Aquella noche marcaría el punto de partida. Salir del castigo de vivir entre unos hombres que remueven torturados oleadas de inmundicia. Apartarse, con la mansedumbre del elegido, de entre unos hombres que chillan como simios, que sienten como simios y que no creen ni en ellos mismos. Huir del contagio poderoso que apaga o anula el pensamiento y la voluntad.”

¿Un mal día?

¿Un mal día un día de revelaciones?

- ¡¡¡Alabado sea el Señor!!!- grita el grupo de Evangelistas que se reúnen en el templo que han montado frente a mi casa. 

- Alabado sea.- murmuró observándolos desde la ventana.

(*) La imagen corresponde a The Crowd, Y el mundo marcha (King Vidor, 1928)

Saludos, érase una vez en el oeste…, desde este lado del ordenador.

Tomando un escocés con Domingo Pérez Minik en la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife

Miércoles, Mayo 1st, 2013

Imaginemos por un momento que el fantasma de Domingo Pérez Minik me acompaña este miércoles 1 de mayo mientras me confundo entre el gentío que se reúne en la plaza de Weyler para formar parte de esa manifestación que en tiempos como los nuestros ya poco dicen, ya poco dictan aunque tiene su no sé qué…

…Ese pálpito emocionado que encuentro en la mirada de un niño que reparte banderolas plastificadas con un símbolo que no identifico entre tantas hoces y martillos, entre tantas banderas tricolores unas con siete estrellas verdes y otras de rojo, amarillo y morado, distintivos de una II República que, resulta paradójico en una mañana donde hace sol y bastante calor, identifico como mía cuando recorro con los ojos la fachada del palacio decimonónico de la antigua Capitanía General donde aún tremola la roja y gualda.

Imaginemos por un momento que Domingo Pérez Minik me coge de la mano y guía hasta el parque municipal García Sanabria donde en el paseo que lleva su nombre se han instalado las veintiséis casetas de la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife que, tal día como hoy, debe ser cosa de que es feriado, está repleta de gente que ha aprovechado para pasear por uno de los rincones más hermosos de esta capital de provincias chiquita en la que vivo.

Y siento otro pálpito al observar a unos niños sentados en uno de los bancos de piedra con lápices de colores en las manos mientras dibujan en sus cuadernos, así como a hombres y mujeres de todas las edades echando un vistazo a esas novedades que se venden con un diez por ciento de descuento y que se apretujan en una casetas pequeñas, tan pequeñas como una feria que, afortunadamente, respira aire fresco entre tantas flores y árboles.

A mi me alegra el día.

Y creo que la gente con la que me cruzo, rostros anónimos la mayoría, también les alegra el día.

Incluso imaginemos por un momento que, me dice Domingo Pérez Minik con un vaso de escocés en la mano, se la alegra a un parque municipal en el que se concentran además de libros: plantas, artesanía, dulces y quesos de este pequeño país que quieren hacerme creer que es Canarias.

O que debería ser la Canarias que sueño, susurra Minik llevándose el vaso de escocés a los labios.

Alexis Ravelo presenta en la carpa institucional Morir despacio, cuarta entrega de las novelas que ha dedicado hasta la fecha a Eladio Monroy. Hace de maestro de ceremonia el también escritor Javier Hernández Velázquez, y ambos mantienen un diálogo salpicado de referencias literarias y cinematográficas, también políticas.

Alexis Ravelo deja caer que Morir despacio podría ser la última entrega de sus historias dedicadas a Monroy y se queja, con justicia, de encontrar sus dos últimos libros –Morir despacio y La estrategia del pequinés–  en algunas de las casetas de la Feria entre volúmenes que promocionan el arte de los mojos canarios y los orígenes de los primeros habitantes del archipiélago cuando su lugar natural es el de los libros que asumen sin rubor alguno eso que llaman novela de género.

Ya he comentado lo suficiente de Morir despacio y La estrategia del pequinés, este último título que por cierto el escritor presentará el próximo martes 14 de mayo en la MAC, en Santa Cruz de Tenerife, para volver a insistir sobre ellos. De hecho, no insisto porque, imaginemos por un momento, Domingo Pérez Minik me invita a que tome un escocés con él para que, contaminado por el veneno del alcohol, piense que tal día como hoy, en un uno de los rincones más hermosos de la capital de provincias en la que vivo, es posible que me crea eso de que vivo en un archipiélago donde no solo se toca la chácara y el tambor.

Recorro las casetas y me tropiezo con amigos y conocidos en cuyos rostros encuentro un entusiasmo nervioso y agradecido que se contagia como el perfume de las flores por la superficie del parque municipal García Sanabria.

Y por unos momentos, imaginemos que gracias al escocés que me ofrece Domingo Pérez Minik, me siento parte de una isla apacible y feliz dentro de otra isla que no está apacible y mucho menos feliz.

Y que solo por eso, solo por esa insólita sensación de expansión, de que pese a la que nos está cayendo aún es posible soñar y encontrar refugios en los que te sientes la persona que quieres ser, piense que la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife –hoy más que nunca pequeñita y apretada– es un agradecido milagro.

Saludos, The Kinks suenan una vez más de fondo, desde este lado del ordenador.

Comienza la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife y algunas recomendaciones literarias

Martes, Abril 30th, 2013

INTRO

Esta tarde, a las 17.30 horas, se inaugura la XXV Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife en la avenida Domingo Pérez Minik del parque municipal García Sanabria. Un total de veintiséis casetas, todas ellas de librerías, ninguna representando a editoriales, pone de manifiesto la estrechez económica con la que se celebra esta nueva cita que hasta el domingo 5 de mayo hará salir el libro a la calle y que coincide este año con la XXXVII Exposición Regional de Flores, Plantas y Artesanía Tradicional Canaria.

Si han seguido las reflexiones que hemos ofrecido en El Escobillón, quizá entienda lo difícil que ha sido poner en pie las dos Ferias –la de Las Palmas de Gran Canaria se retrasa a final de mes, aunque se ubicará finalmente en el parque San Telmo– ante la amenaza que durante días se estudió (¿?) para que se metieran en espacios cerrados.

La cita que comienza hoy, martes, 30 de abril, en el García Sanabria, me sabe así a un milagrito. A un milagrito porque pese a su tamañito se sitúa en el que, a mi juicio, es su lugar natural, una zona ajardinada que invita a pasear si el tiempo, claro está, juega a  su favor.

Imagino así que nos veremos las caras en el García Sanabria hasta el 5 de mayo.

Los reconoceré porque ustedes serán todos aquellos lectores y curiosos que se acercarán al  Parque con el objetivo de olvidar la grisácea realidad que nos rodea adquiriendo un libro.

O varios libros.

La mejor medicina para despistar las miserias y frustraciones actuales.

Así que la Feria del Libro, pese a menguar escandalosamente, pese a que su programa de actos sufra de raquitismo, pese a que su presupuesto de 26.000 euros no dé para mucho y pese a los absurdos que han puesto en riesgo su veinticinco aniversario, se celebra. Y eso, con todos sus peros, es una buena noticia en unos tiempos donde se nos ha acostumbrado solo a recibir malas noticias.

A continuación reproducimos partes de un artículo publicado en el suplemento cultural El Perseguidor, que se edita los domingos junto al Diario de Avisos, en el que se repasan algunos de los títulos escritos por autores de las islas o bien que tratan sobre el archipiélago que, espero, oriente al interesado cuando se sumerja en una Feria cuyo futuro solo conocen los dioses.

EN CANARIAS SE ESCRIBE

“En este 2013 coinciden en el mercado títulos de dos autores que han desarrollado su carrera fuera de las islas sin olvidar nunca sus raíces. Nos referimos a Viaje a las Islas Canarias (colección El Autor Viajero, El País Aguilar), y En la patria perdida (Huerga y Fierro Editores), del doctor en Filología Románica y catedrático de Literatura, Jorge Rodríguez Padrón.

Juan Cruz propone en Viaje a las Islas Canarias un “recorrido sentimental” por la tierra que le vio nacer, aunque también es un “poema de amor y un elogio templado de su belleza”, destacó el mismo Cruz en una entrevista concedida a Europa Press.

Por el contrario, Jorge Rodríguez Padrón plantea una nueva lectura del Romanticismo español, al cuestionarse si hubo o no verdadero Romanticismo en este país.

En los territorios de la novela de género, y concretamente en la negro criminal,  coinciden en el mercados dos títulos de Alexis Ravelo, Morir despacio (Mercurio editorial) y La estrategia del pequinés (Alrevés); así como Blue Christmas (Alba editorial) de José Luis Correa.

Ravelo recupera a su personaje Eladio Monroy, marinero retirado e investigador ocasional, en Morir despacio, cuarta entrega de una serie que no dejará indiferente a nadie, aunque donde se revela como un escritor con olfato y oficio para retratar el submundo de una capital de provincias como es Las Palmas de Gran Canaria es en la que, a mi juicio, es su mejor título hasta la fecha, La estrategia del pequinés.

En Blue Christmas, José Luis Correa continúa con las aventuras de su investigador privado Ricardo Blanco, protagonista que en su sexto volumen se nos presenta mucho más maduro que en sus primeras historias y en las que siempre la capital grancanaria continúa siendo un personaje más en sus alambicadas y complejas tramas policiales.

Por otro lado, Víctor Conde, pseudónimo tras el que se encuentra Alfredo Moreno Santana, presenta dentro del género de la ciencia ficción, donde su nombre se ha convertido en ya todo un referente, La ópera de la mente (Scyla eBooks) y el veterano Alberto Vázquez Figueroa explora en las claves del thriller en Bimini (Martínez Roca). Mismo género en el que bucea Mariano Gambín, quien cierra la trilogía Ira Dei con su tercera y última entrega: Ira Dei. La casa Lercaro (Roca Editorial).

Moviéndose también en el thriller está Juan R. Tramunt, quien reflexiona sobre el conflicto del Sahara en La piel de la Leffa (Ediciones Aguere/Idea) y como novela histórica encontramos la interesante y poética Andamana. La reina mala, de Marcos Alonso Hernández; Búscame donde nacen los dragos (Plaza y Janés), de la escritora y periodista Emma Lira y 1797, piratas del Atlántico (Centro de la Cultura Popular Canaria) en la que Luis Medina Enciso recrea el ataque de Nelson a Tenerife con protagonistas, reales e imaginarios.

El 2013 está resultando también un buen año para ediciones Aguere/Idea, probablemente una de las pocas editoriales canarias que no deja de editar pese a la que está cayendo.

En su ambiciosa colección G21: Narrativa Canaria Actual cerraron el año pasado con los títulos Merodeadores de orilla, de María Teresa de Vega; El sueño de Goslar, de Javier Hernández Velázquez, No es la noche, de Carlos Cruz y Noa y los dioses del tiempo, de Ana Joyanes Romo. En lo que vamos de 2013, ya han aparecido Julia y la guillotina, de Jonathan Allen y El centro del gran desconocido, de Eduardo Delgado Montelongo, autor además de una historia de piratas que presentará el próximo 3 de mayo en el espacio El Generador, de Santa Cruz de Tenerife, denominada Johanna (colección Sitio de fuego, Editorial Baile del Sol). G21. Narrativa Canaria Actual anuncia para próximas fechas la publicación de novelas de Cecilia Domínguez Luis (Si hubieras estado ahí) y Juan Andrés Herrera (Cinco mujeres que no subirán al cielo).

Tras Azul cobalto y La ciudad de las miradas, Pablo Martín Carbajal regresa a los territorios de la novela intimista con La felicidad amarga (Ediciones Irreverentes), mientras que Francisco Estupiñán se hace con el premio Benito Pérez Armas a la mejor novela 2012 con El corsario de Lanzarote (La Caja Literaria) y Daniel María recibe accésit de publicación con El hombre que ama a Gene Tierney (colección, SýnoroS, Narrativa, Ediciones La Página).

El veterano escritor y periodistas Luis León Barreto regresa también al panorama editorial con Carnaval de Indianos, una novela coral con la que rinde homenaje a la popular fiesta palmera y que presentará el 24 de mayo en la Librería La Isla, en Santa Cruz de Tenerife, junto a su mujer, la también escritora Rosario Valcárcel.

Relatos, no novela, es lo que propone la lectura de Ahora. Cuentos para ser leídos antes de dormir (Ediciones Idea), que firma Jesús Villanueva Jiménez y María Jesús Alvarado presenta Sorimba (Editorial Puentepalo), una historia con la que reivindica el mundo rural en una isla de El Hierro mágica. Sumamos a esta lista la existencialista Junio (Ediciones Idea), de la prometedora escritora Esther Terrón Montero; La cárcel del paraíso (Editorial Sepha), de Raquel Hernández y Los cuadernos de Marta (Ediciones Idea), de la escritora Isabel Medina, novela publicada en dos tomos en que desarrolla una interesante reflexión sobre la Transición vista desde Canarias.

Otros títulos recomendables para tener una visión al menos amplia de la narrativa que se está escribiendo hoy por hoy en y desde las islas son …En el aire queda, de Damián H. Estévez; La gaviota y el buitre, de Diego J. Ramírez González y La fortaleza al borde del tiempo, de Edward T. Riker, una deliciosa aventura fantástica, títulos los tres últimos publicados por Aguere/Idea.

A la hora de redactar esta lista somos concientes que olvidamos muchos títulos, pero esperamos que basten los que están para que sea una brújula al probable lector en su navegación por el puñado de títulos que reproducimos en este artículo. La idea es que se tome conciencia de una realidad que ya comienza a ser aplastante en el panorama de la república de las letras escritas en y desde el archipiélago.

En todo caso, concluimos, se está escribiendo y publicando pese a las penurias y dificultades que conllevan estos tiempos. Así que, efectivamente, en Canarias se escribe.”

Saludos, take my hand, desde este lado del ordenador.

Con nombre y apellido: William Landay

Viernes, Abril 26th, 2013

Alguien se queja de la avalancha de títulos escritos por presentadores de televisión. También del éxito de público que obtienen con sus novelas. Un éxito de público que obedece más al respaldo mediático que al tirón de sus libros claro que, objetivamente, juegan con ventaja con respecto a los escritores que sí son, o al menos aspiran a ser, profesionales.

¿Intrusismo?

La verdad es que un debate que no me interesa porque todavía somos libres de escoger lo que leemos por mucho que nos afecte y aplaste la presión mediática.

Son días en que otras preocupaciones, el paro, la crisis, la corrupción, se impone sobre otras realidades digamos que menos dolorosas.

La misma persona que lamenta el fenómeno presentador/escritor discursea también sobre lo que él llama buena y mala literatura.

Como pasa siempre, ubica en el cajón de sastre de la mala literatura no solo a los libros que son flor de un día –ya saben, todos esos que durante unos meses ocupan los primeros puestos en la lista de los más vendidos, que no leídos, para caer a continuación en el olvido cuando dejan de estar de moda– sino también de las novelas que además de venderse, se leen.

Por lo tanto, esa voz se equivoca al generalizar que todo súper ventas se caracteriza por raquitismo intelectual y pobreza literaria ya que de tanto en tanto puedes tropezarte con obras ambiciosas que a mi me conmueven e incluso suscitan preguntas.

Y cuando un libro me suscita preguntas y conmueve se convierte en un objeto que atrapo y hago mío porque no puedo dejar de leerlo.

Viene todo esto a cuento para reflexionar en torno a la todavía escasa producción literaria de un escritor norteamericano, William Landay, que con solo tres novelas se ha convertido en uno de esos narradores a los que sigo con mucha atención.

Su literatura respira algo de esos telefilmes que emite la televisión los fines de semana por la tarde, pero también una peculiar galería de personajes y una obsesiva tendencia a demostrar que la normalidad solo depende de un hilo que a mí, por norma general, me produce una profunda desazón.

Partiendo de la base, sin embargo, que ninguna de las tres novelas de Landay es un círculo perfecto, y que a las tres les sobran un buen puñado de páginas, sí es de justicia destacar a un escritor que seduce y captura el interés del lector.

El señor Landay escribe además muy bien. Y el señor Landay en ocasiones escribe sobre cosas por las que serías capaz de sufrir. Así que subráyenlo con rotulador rojo en su cuaderno gris: el señor Landay es un gran escritor. Aunque sea un escritor de género y sus libros éxitos de ventas.

Puesta así las cosas, ¿es necesario escribir que Landay cuenta historias para un público que solo busca evadirse de la realidad a través de un libro como de ese otro público que solo busca emocionarse y conmoverse con un libro?

Porque Landay lo hace. Y lo hace formidablemente bien.

William Landay ha escrito hasta la fecha tres novelas, las tres publicadas en España y las tres ambientadas en la ciudad de Boston y en sus alrededores.

Debutó con La puerta roja (Mission Flats, El Andén, 2004, traducción de Araceli Arola Pascual), un thriller que se desarrolla junto a un plácido lago al oeste de Maine, a las afueras de una ciudad dormitorio llamada Versailles, donde aparece el cuerpo de un hombre en una cabaña abandonada. El cadáver es el de un ilustre fiscal del distrito de Boston, quien encontró su final en el barrio más duro de la ciudad: Mission Flats. Para el jefe de policía de la localidad, Ben Truman, investigar este asesinato le obliga a  abandonar su provinciano hogar y trasladarse a un mundo extraño y tremendamente  hostil como es el que se vive en Boston, ciudad donde junto a su policía emprende la caza contra el principal sospechoso del crimen hasta que Truman descubre, mientras arma las pruebas, que es inocente y que nada es lo que parece en comunidades pequeñas y cerradas como en la que vive. O como en la que vivo.

La segunda novela de Landay, El estrangulador (The Strangler, El Andén, 2007, traducción: Ramón Sala Gili) está notablemente influenciada por el estilo telegráfico que caracteriza la última producción literaria de James Ellroy.

El estrangulador, de hecho, puede recordar en varias ocasiones a Ellroy, aunque Landay es un experto en cuanto a matizar la crudeza porque le preocupa más la construcción de personajes, su psicología y no, como pasa con Ellroy, que los hechos definan a sus protagonistas.

La novela se ambienta a principio de los años setenta en Boston, ciudad donde actúa un asesino serial, El estrangulador de Boston. Protagonizada por tres hermanos –Joe, un policía corrupto y aficionado al juego; Michael, un hombre honrado que trabaja en la oficina del fiscal del distrito y Ricky, de oficio ladrón–  la historia se ramifica en numerosas pequeñas historias que confluyen con mano maestra al final del libro, poblado de secundarios que habitan una ciudad en permanente estado de sospecha.

La última novela de William Landay es Defender a Jacob (Defending Jacob, La esfera de los libros, 2012, traducción: Montse Roca), título que al parecer lo ha consagrado como escritor de ventas en su país y razón que explica su rápida publicación en España donde, lamentablemente, no ha transcendido con la fuerza que se merece.

Las mismas constantes que se dan cita en sus dos títulos anteriores se encuentran en Defender a Jacob: el brutal asesinato de un adolescente rompe la calma de una pequeña comunidad próxima a Boston y esa muerte violenta salpica la estabilidad de una familia hasta ese momento aparentemente normal. Con estos elementos, el escritor dota de sustancia a sus protagonistas en una novela que, en esta ocasión, está narrada en primera persona: la del ambiguo ayudante del fiscal, Andy Barber, un hombre con muchas capas, tantas como la que tiene una cebolla, y que va laminando Landay con la precisión de un cocinero a medida que avanza la historia.

Tras su lectura, solo puedo garantizarles que con estas tres novelas se me ha revelado  un escritor con mucho oficio, capaz de hacer legible lo que en otras manos resultaría de una complejidad extrema.

Esta capacidad es de hecho lo más destacable de un narrador que si bien entra en esa lista de éxito de ventas de la que reniegan muchos lectores y escritores, hay un autor que escribe buena literatura porque, reitero, conmueve y emociona.

Y conmover y emocionar es lo que últimamente exijo a una novela.

Landay es algo así como una vacuna.

No sé si cura, pero al menos alivia la fiebre que debilita estos tiempos.

Sus libros funcionan así a modo de bálsamos.

Y te hace ver la realidad que te rodea con otros ojos.

Otros ojos no sé si más feroces, pero sí más inquietantes.

Saludos, apunten el nombre, desde este lado del ordenador.

¿Aún tienes tiempo para leer?

Martes, Abril 23rd, 2013

Ante la fastidiosa pregunta de ¿qué libro está leyendo? es probable que el noventa por ciento de los encuestados mire al cielo, se limpie las gotas de sudor que perlan su frente y responda, quien sabe si inspirado por aquellas clases a las que asistió en su ya lejana niñez: Don Quijote de La Mancha, que es esa novela a la que todo el mundo recurre pese a que continúe siendo la novela que casi todo el mundo desconoce por no haberla leído.

Ni leerá, aunque como comodín para salir del paso queda bien. Es un título incuestionable, una obra mayor que figura, además y junto a La Biblia y el listín telefónico, en todas esas casas donde los libros es material escaso porque o bien nunca hubo afición por la lectura (¿perder el tiempo leyendo cuando hay cosas más importantes que hacer?) o bien por falta de dinero, lo que obligó a forjar a generaciones de lectores gracias al papel desempeñado por las hoy maltratadas bibliotecas públicas, cuyo espacio es hoy más sala de estudios que lugar de recogimiento para la lectura.

Soy un tremebundo reaccionario con los libros, pero eso se debe a que me resisto a creerme su traspaso a la pantalla de un ordenador.

Soy un tremebundo cazador de libros en rastros y librerías de viejo, oasis en los que de tanto en tanto encuentro rarezas que yo solo entiendo y soy, lo hablaba el otro día con un amigo que siente esa misma pasión por los libros, un tipo que no perdona que no se respete la última voluntad del autor. Es decir, que se niega a leer aquellas novelas que dejaron incompletas o escondidas en algún lugar de la casa quizá porque no tuvieron tiempo de tirarla a la basura. O a la hoguera. O porque un maldito amigo no le hizo caso y la publicó cuando ya estaba a dos metros bajo tierra.

De todas formas, asumo y comprendo que Don Quijote continúe siendo el libro socorrido al que recurren los que no leen porque, como ya dije antes, ha terminado por ser el libro de los libros con permiso de La Biblia, aunque siempre hay tiempo para atreverse a leerlo porque los libros, incluso los muy malos, a veces muerden y te cambian como persona.

Escribo estas líneas un 23 de abril que es el Día del Libro, y tras asistir al acto de presentación –acto que coincide con una fecha que no está marcada al rojo en el calendario de esta comunidad autónoma– de la segunda edición del programa Santa Cruz, ciudad leída, pienso que los libros afortunadamente libros son. Unidades peligrosísimas en estos tiempos tan necesitados de iluminados como Don Quijote de La Mancha.

La presentación de la segunda entrega de Santa Cruz, ciudad leída tiene lugar esta misma mañana en la plaza de Candelaria, e intervienen la concejala de Cultural del Ayuntamiento, Clara Segura; el director de Cooperación y Patrimonio Cultural, Aurelio González, y el presidente de la Asociación Canaria de Escritores, Cirilo Leal.

Todos ellos pronuncian palabras muy bonitas en torno al libro, pero la mayoría de sus reflexiones se pierden en el aire porque sobre esta ciudad cae un sol de justicia.

Ya comenté en una ocasión que a mi, particularmente, me gusta este tiempo donde las temperaturas parecen que revientan el cristal que contiene el mercurio de los termómetros y en el que los días se hacen más largos que las noches y en los que se agradece que sople una brisa que nos viene del mar para refrescar tanto bochorno…

No sé si por bochorno, la segunda edición del programa Santa Cruz, ciudad leída cuenta este año no con dos escritores seleccionados sino con quince, de quienes se ha escogido quince fragmentos donde aparecen calles, plazas y avenidas de la capital tinerfeña con las que quien procuró su selección, este mismo que ahora les escribe, ha intentado diseñar un itinerario lo más amplio y variado posible por una geografía que conoce porque fue aquí, en la noche de los tiempos, donde nació, se crió y hoy hace que vive.

Me gustaría así que los quince paneles distribuidos por la ciudad animasen a una, dos o tres personas a leer las novelas y los relatos de los que están extraídos estos textos, aunque como bien apunta una de las pocas periodistas que de verdad se ha tomado en serio informar sobre eso que todavía denomino cultura, los responsables de la iniciativa deberían de barajar la posibilidad –si se repite la experiencia– de traducirlos a otros idiomas que no sea solo el español.

Creo que Domingo Pérez Minik estaría de acuerdo por aquello de la entrada y salida de viajeros.

Cuando finaliza el acto, y se recogen las cámaras de televisión, los redactores esconden sus grabadoras y los fotógrafos salen como flechas para cubrir otras noticias que se desarrollan en lugares que requieren sus modestos esfuerzos, subo por la calle de El Castillo mientras fumo un cigarrillo de la marca Che, y que reproduce en la cajetilla la famosa imagen del guerrillero latinoamericano. Y pienso que es una paradoja, porque los cigarrillos Che están fabricados en los Estados Unidos de Norteamérica.

A la altura del Círculo de Bellas Artes me encuentro con un periodista que baja para “buscar noticias” en esa cajita de bombones que es el Parlamento de Canarias, un edificio donde la tribu que lo habita apenas sabe lo que es un libro, y me plantea la  inevitable pregunta que parece obligada tal día como hoy: “¿Qué libro estás leyendo?”

Y respondo, mientras aplasto con la suela del zapato la colilla del cigarrillo Che, que “El Quijote.”

¿Acaso hay otro libro?

(*) Sin pinchan sobre el mapa, la imagen se amplia.

Lista de los autores y de los títulos seleccionados en la segunda edición del programa Santa Cruz, ciudad leída:

José Antonio Rial, La prisión de Fyffes; Alfonso García-Ramos, Guad; Jaime Mir, El caso del cliente de Nouakchott; Juan Ignacio Royo Iranzo, El fulgor del barranco; José Rivero Vivas, La magua; Víctor Álamo de la Rosa, Mareas y murmullos; Roberto Cabrera, Ídolos de bruma; JRamallo (Dr R), Cucarachas con Chanel; Jesús R. Castellano, Telarañas; Marcelino Rodríguez Marichal, Retrato de Marlou Diesel; Javier Hernández Velázquez, El sueño de Goslar; Francisco Pimentel, Santa Cruz, la nuit; Gregorio Duque, Pequeños homenajes; Daniel Duque, Los jardines de Ceilán y Juan Cruz Ruiz, Muchas veces me pediste que te contara esos años.

Saludos, mi Dakota espera, desde este lado del ordenador.

La ciudad de los rumores

Miércoles, Abril 17th, 2013

La calle está repleta de rumores, muchos de los cuales aparecen con el ánimo de envenenar un poco más el ambiente y otros para alertar ante situaciones equívocas, decisiones injustas.

Esta mañana, mientras tomo un cortado y consulto los periódicos, alguien me comenta que con la que está cayendo, con lo difícil que ha sido poner en pie la XXV edición de la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife cuyo presupuesto mengua año tras año como reducía de tamaño el protagonista de la novela de Richard Mathenson, el concejal de Fiestas del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, Fernando Ballesteros, se jacta a quien quiera oírle de haberle sacado a los organizadores de la Feria unos 3.000 euros en un concepto que no sabe aclararme quien lanza, como quien no quiere la cosa, el rumor.

Quiero pensar que tal y como está la situación esa cantidad, los 3.000 euros, es solo eso, un rumor malintencionado, un trozo de madera más que se tira a la hoguera. Lo escribo porque, de ser verdad, y atendiendo a lo que se conoce ya sobre el pobre programa de la Feria, adaptado a estos tiempos de necesidad, 3.000 euros son 3.000 euros. Cifra que no valora lo que supondrá de dinamización cultural para la ciudad en la que vivo este encuentro con los libros. Claro que soy consciente que resido en una geografía urbana que no termina por encontrar, ni por creerse, su identidad cultural.

En todo caso, me comentan por otro lado y también con forma de rumor, que la  XXV Feria del Libro se instalará finalmente en una de las avenidas del parque municipal García Sanabria, y que probablemente esa avenida sea la de Domingo Pérez Minik. Pero es un rumor en una ciudad donde últimamente se multiplican los rumores.

Tanto, que incluso circula otro que también me desconcierta: No viene Alberto Vázquez Figueroa. Un fijo, como todo habitual de la Feria sabe, a este encuentro con los libros.

Saludos, un día de café con leche, desde este lado del ordenador.