No tengo dinero, no, no, no…

Jueves, Mayo 26th, 2011

I.- DIÁLOGO DE SORDOS

MILAGROS LUIS BRITO, consejera en funciones de Educación del Gobierno de Canarias (rugiendo como una leona): “¡¡¡Esta será una edición mucho más austera, pero muy digna porque sus contenidos han sido bien hilvanados y rebosan una gran canariedad!!!”

Maribel Oñate, concejal en funciones de Culura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife (pegando la boca al micrófono mientras se limpia lágrimas que no resbalan por sus ojos): “Nos hubiera gustado darle un mayor apoyo económico a este evento, pero no hay presupuesto en el área de Cultura para ser más generosos.”

Remedios Sosa, de la Asociación de Libreros de Tenerife (tragando saliva mientras mira a un lado y al otro): “Este año nos encontramos con los preparativos muy avanzados y no pudimos tener el control, pero desde aquí pido que se cumplan los acuerdos logrados por la confederación nacional del gremio que nos permiten una mayor capacidad de decisión.”

Cristóbal de la Rosa, coordinador en funciones de Cultura del Cabildo de Tenerife (apretándose el nudo de la corbata): “Es importante que el sector de los libreros se mantenga unido en un momento en el que las reglas del mercado las imponen los bestseller.”

II.- Y PESE A TODO…YO ERRE QUE ERRE

No tengo costumbre de comprar libros en la Feria del Libro pero me gustan las ferias del libro.

Desde hace unos años la que se celebra en la capital tinerfeña se ubica en el parque García Sanabria, espacio que probablemente sea uno de los rincones más tranquilos y hermosos de esta capital de provincia tan necesitada de rincones hermosos pero no tranquilos porque Santa Cruz de Tenerife es sinónimo de ciudad tranquilidad por aburrida.

Pese a todo, reconozco que espero con mucho interés año tras años (erre que erre no confundir con ere que ere) el programa de actividades que vertebra la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife, actividad cultural que cumple ahora su XXIII edición.

Será porque siempre alimento esperanzas que me quiten de la cabeza las, por norma general, inquietantes y profundas decepciones que me han producido en anteriores ediciones.

La Feria del Libro, que año tras año ha ido a menos no ya por la crisis sino por mimetismo e incapacidad de sus organizadores por reiventarla e inyectarle imaginación (lo mismo pasa con el cine subencionado canario) ha presentado el menú de actividades de 2011 con el mismo entusiasmo que antaño.

O lo que es lo mismo, una rutinaria exposición de actos que, de verdad, poco anima a quien ahora les escribe a estar presente en alguno de ellos.

Y todo pese a recordar a Tomás Morales, a quien se le dedicó el ya controvertido Día de las Letras Canarias cuando desde la casa con más jeta (que no gesta) de Canarias –el Parlamento de chiste regional– votó por unanimidad que don Blas Cabrera fuera el homenajeado en 2012.

Me pregunto –inocente que es uno– si alguno de los escritores indignados entonces recordará en sus presentaciones literarias aquel desaguisado que a día de hoy continúa sin solucionarse.

¿Cómo quedó lo de Pancho Guerra?

¿Habrá cacerolada?

III.- AUSENCIAS

Detecto que en la rueda de prensa no se destaca la presencia de ningún escritor nacional por esta tierra triturada en pactos post electorales y tampoco la ya tradicional visita de Alberto Vázquez Figueroa para firmar ejemplares de sus últimas novelas.

No obstante, tengo la esperanza de encontrármelo por el García Sanabria porque entiendo que una Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife no sería una verdadera Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife sin contar con Alberto Vázquez Figueroa.

IV.- NOVEDADES. ¿NOVEDADES?

Entre las novedades de la XXIII edición que se inaugura este viernes, 27 de mayo hasta el domingo 5 de junio, está lo que se ha denominado como Media noche en blanco.

La cosa consiste en que la Feria permanecerá abierta hasta las 23.30 horas los sábados 29 de mayo y 4 de junio.

Es una pena que precisamente esta iniciativa caiga en Sabbath y que no pueda hacer horas extras en el parque para ver si la cosa funciona pero espero de veras que resulte productiva para la ciudadanía y libreros y que dé algo de vida a una capital que muere en soledad como es la que habito.

O creo que habito.

¿Habito en este cementerio o soy víctima de una cruel broma del destino?

Despierta, chacho.

V.- ALGO DEL PROGRAMA

Este mismo viernes la Feria del Libro acogerá a las seis de la tarde en la carpa institucional –eso implica pues que con media hora de retraso porque estamos en Canarias–  la presentación del libro Erich el zurdo, de Domingo Luis Hernández, que correrá a cargo del escritor Daniel Duque.

Después, Mariano Gambín dará a conocer Ira Dei, interesante novela de misterio sin pretensiones que transcurre en La Laguna y que presentará su autor junto a la periodista Doris Martínez.

A las 19.30 horas, música con el Quinteto Fagotes, del Conservatorio Superior de Música, en el escenario central.

La primera jornada de la Feria concluirá con la presentación del libro Harraga. Novela Negra, de Antonio Lozano, que contará además de Lozano con su editora, la valiente Verena Zech.

En una nota de prensa se destaca que “las novedades editoriales isleñas y los autores canarios serán los auténticos protagonistas de la edición 2011 de la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife” y que alrededor de cincuenta títulos recientes serán presentados “además de dar a conocer proyectos editoriales”.

Lo que me parece muy bien porque si es así pondrá de manifiesto que, pese a este revival del 29 que vivimos, el sector editorial en Canarias está aguantando el temporal.

Otra cosa es que sea verdad.

Saludos, en fin y desde el fin, desde este lado del ordenador.

¿Frikis?

Sábado, Mayo 14th, 2011

En un interesante post que el cineasta Daniel León Lacave sube a su blog con el título El museo de paredes de cartón denuncia que el legado de memorabilia cinematográfica del coleccionista grancanario Andrés Padrón descanse en una serie de cajas depositadas en su piso que parece –o al menos quiero entender que así lo sugiere Lacave–  como el atestado camarote de Una noche en la ópera, esa inolvidable comedia de los hermanos Marx que ya se ha convertido en leyenda.

En la noche de los tiempos me invitaron a participar con un texto en un libro que se editó a propósito de esta importante colección. Llevaba el título de La imagen congelada y no sé si con ironía me pidieron que escribiera sobre Lola Flores cuando a mí sobre quien me apetecía emborracharme de emociones cinematográficas y eróticas era de Ava Gardner o Gene Tierney.

No sé si el volumen La imagen congelada (la verdad es que tampoco se partieron mucho la cabeza para titular esta obra) incluía un recuerdo cinéfilo de Tierney pero como contaba me invitaron a que colaborara siempre y cuando escribiera argo sobre Lola Flores.

Quiero imaginar que nuestra Faraona fue la última de la lista y que al no encontrar a nadie que la elogiara me pasaron de tacón el encargo.

Encargo que asumí con mucho gusto. Y no por la filmografía de Lola Flores sino porque utilicé el artículo para rendirle tributo a mi madre y también a Cádiz, provincia de la que era también originaria la cantante.

En mi cada día más desmemoriada cabeza no se me borra un recuerdo que me hace retroceder a mi infancia más infantil. Debía de tener cinco o seis años, mi madre me da cucharadas de un potaje en el que nada una yema de huevo mientras me canta Échales guindas al pavo, pavo…  Tema que popularizó, entre otras grandes de España, Lola Flores.

Lacave lamenta en su post que la importante colección de imágenes de Padrón se ría de su mala suerte en esas cajas de cartón que el hombre tiene distribuida en su casa. Se pregunta también, y con toda la razón del mundo, porque nadie, nadien, se ha preocupado en recuperar este legado aunque me consta que hubo intentonas. Y que en todas no se llegó a ningún tipo de acuerdo.

Ignoro si las razones fueron solo de índole económica pero coincido en pensar con Lacave que resultaría una guasa que alguien de fuera se hiciera con este legado.

Pero así son las cosas. Y más en tiempos de crisis.

Por otra parte, entiendo la pulsión que late dentro del corazón de un coleccionista aunque también me irrita como se toman en serio sus obsesiones por nutrirse devotamente de objetos.

A mi manera yo también soy un coleccionista aunque en mi caso el valor que le doy a determinados escritores y sus libros es la garantía que puedan proporcionarme de escapismo.

Ahora mismo leo La flecha azul, primera parte de las memorias de Arthur Koestler, que encontré de casualidad en una librería papelería de la capital tinerfeña a precio de risa editada en su día por Alianza Editorial. La lectura de este libro me parece imprescindible para todos aquellos que continúan  cuestionando la creación del estado de Israel.

También conseguí en este mismo establecimiento y en la misma editorial El niño, de Jules Vallès, que cuenta con un estrábico prólogo de Jorge Semprún. Y en el rastro de la capital tinerfeña, el domingo pasado, Armagedon, de Leon Uris, otro escritor judío que pese a que unos vean con lupa porque era judío y encima un autor de best sellers, tuvo la capacidad de entretener mientras contaba historias basadas en la historia.

Releo, además, Hubo una vez una guerra, las crónicas que escribió John Steinbeck como corresponsal de guerra durante la II Guerra Mundial.

Créanme si les digo que algunas de ellas más que artículos periodísticos son relatos que trascienden la caprichosa frialdad informativa.

En cuanto a amigos y conocidos coleccionistas, conozco a uno que a su manera es una especie de Andrés Padrón pero del cine rodado en Canarias.

Se preocupa en compilarlo casi todo, y cuando escribo casi es casi todo.

A su manera es una enciclopedia viviente de cineastas, actores y técnicos de primer y segundo rango nacidos o que trabajaron en estas apartadas orillas.

Cuenta, además, con una filmoteca de películas hechas aquí y una serie de imágenes cuya selección  intento convencerle que muestre de una vez en una exposición.

Pero no hay manera.

Como buen coleccionista todo el material que ha ido reuniendo con paciencia de hormiga solo puede ser visto si pasas por su casa.

Por eso, a veces me pregunto que pasará cuando… pero eso es adelantarme al destino y no tengo tan claro que esté ya escrito.

Con esto quiero decir que los coleccionistas son criaturas de los dioses a las que hay que dar de comer aparte.

Se trata de una especie muy celosa de lo que tiene.

Alguien, de hecho, podría tacharlos de personas enfermizas e inquietantemente egoístas pero creo que este diagnóstico resulta bastante excesivo.

A su manera sufren por conseguir lo que quieren.

Y para matar la adicción buscan y rebuscan por todas parte para hacerse con una pieza, un objeto, que al común de los mortales ni fu ni fa, pero ellos van a los suyo y saben dotarlo de un alma suficiente para que aficionados como quien les escribe aprendan también a amar esa pieza u objeto que al final formará una de las tantas piedrecillas con las que se hace la autopista de nuestra memoria común.

Hace unos años, bastantes para ser exactos, sufrí ese síndrome con unos tebeos editados por Garbo llamados Vampus. Se trataba de una revista de historietas de terror que fue la primera versión en español de Creepy.

Cuando conseguí completarla tras mucho batallar me he dado cuenta ahora que duermen en uno de los rincones de mi biblioteca desordenada, compartiendo espacio con novelas, discos y películas cuyo fin ignoro cuando no esté en esta vida tan idiota.

Y si les soy sincero tampoco me importa demasiado.

El final de todos estas piezas, objetos.

Por eso cada vez más me resulta tan curioso preguntarle a un coleccionista de verdad ¿no has pensando lo que le va a pasar a todo lo que has acumulado cuando te hayas convertido en un fantasma?

Y como es natural la respuesta que me ofrecen.

¿Y quién piensa en eso?

Saludos, aullando a la luna, desde este lado del ordenador.

¿Un español neutro?

Domingo, Octubre 17th, 2010

Si llevas toda una vida armándote los sesos con traducciones llega un momento en el que ya sabes detectar las que te convencen y las que te inquietan.

Eso me pasó hace unos días con una novela de espionaje de Len Deighton. Un libro que se desarrolla los últimos años de la Guerra Fría y que enfrenta a soviéticos y norteamericanos en lo que se conoció como el Gran Juego. 

Leer un libro bien traducido es una delicia. Pero leer un libro mal traducido es una tortura y responsable en gran parte que el lector abandone el ejemplar nada más haberlo empezado.

En esos casos y si me gusta el autor, recurro al cansado ejercicio de ir retraduciéndolo en la cabeza. Experiencia que me obliga a no prestar más atención a la trama y a los personajes que en ella se mueven.

Ahora bien, si la traducción es latinoamericana y utiliza sus propios giros y expresiones como identificar saco como una chaqueta o carro como un coche mi descomposición puede llegar a extremos desesperantes. Como desesperante es cuando leo en novelas editadas en los años 40 o 50 esa manía por castellanizar los nombres propios de los personajes.

Un ejemplo cogido al azar en mi desastrada biblioteca: A Richard lo llaman Ricardo. A Elizabeth se la rebautiza como Isabel.

Esta furia desatada me es relativamente reciente, no obstante.

Y es reciente porque recuerdo con un asomo de nostalgia como disfrutaba leyendo las historietas de Superman y Batman que publicaba Novaro, una editorial mexicana. Y disfrutaba más que por la aventura en sí por los diálogos traducidos que salpicaban los globos o bocadillos donde los personajes “conversaban”.

Me tronchaba de la risa cuando aparecía en escena Bruce Wayne y su pupilo Dick Greyson. Y no porque aparecieran en escena disfrazados con sus extravagantes trajes de gente normal sino porque imaginaba al traductor mexicano jarto de mezcal y marihuana rebautizándolos con rocambolesca y también generosa imaginación Bruno Díaz y Ricardo Tapia.

En los colorines de Superman (el hombre de acero) Clark Kent sí que se llamaba Clark Kent pero su novia de toda la vida, Lois Lane, se la conocía como Luisa Lane y a Perry White, el director del Diario El Planeta, como Pedro White. Y a Jimmy Olsen (el fotógrafo) como Jaime Olsen. Nunca entendí porque castellanizaban los nombres de los secundarios pero no sus apellidos. Con lo bien que hubiera quedado: Pedro Blanco ordena a Clark Kent que investigue el robo cometido en el gran banco de Metrópolis…

Cuento todo esto porque no creo que se haya valorado como se merece el trabajo de un buen traductor, que es una persona cuya misión es la de intentar reproducir con la mayor exactitud posible el espíritu de la obra original. Y en el caso de los traductores de la editorial Novaro creo que lo hacían rayando la más excéntrica perfección.

Con esto de la traducción solo alcanzo estados realmente salvajes cuando veo una película. Y no ya por la voz que le pueden  poner a John Wayne en la versión doblada sino porque siendo lo mismo es distinto.

Aviso, sin embargo, que últimamente me calmo viendo series norteamericanas de los 60 y 70 en lo que se conoce como español neutro (¿?).

Escuchar una serie en ese español neutro hace que viaje en  la cápsula del tiempo. Reconozco ese español que me decían procedía de Puerto Rico y que ahora se quiere conocer como  ”neutro”.  

A mi me sigue sonando diferente. Y sobre todo gozosamente llamativo cuando los dobladores pronuncian los nombres de los protagonistas del filme en inglés. O en ese inglés que yo tenía (y debo tener) en el imaginario. Cuando se dice Carolyn Jones te suena a Carolyn Jones con todas sus letras.    

Personalmente, ha sido una delicia volver a escuchar en viejas series de televisión ese doblaje a un español de no sé que procedencia…

Me hace reír y me hace llorar.

También me hace pensar.

Pero sobre todas las cosas me hace recordar. 

¿El qué?

Si te digo la verdad te miento.  

Saludos, navegando, desde este lado del ordenador.

Al final siempre nos quedará Chejov

Miércoles, Septiembre 22nd, 2010

Sucedió hace muchos años. Por mediación de un buen amigo que tuvo la revelación y fruto de su empeño entusiasta y constante en que no dejara de leerlo, me procuré una antología de cuentos de un escritor del que sólo tenía hasta ese momento referencias por sus obras teatrales: Anton Chejov.

La antología, titulada Cuentos imprescindibles al cuidado del también escritor Richard Ford, se convirtió a partir de aquel día y nada más abrir la portada y sumergirme en sus textos en un descubrimiento. En uno de esos libros que te parten el alma, te conmueven porque están repletos de vida.

Leo y relejo a Chejov desde ese día como un sediento al encontrar en sus páginas lo que no encuentro en otras páginas de otros tantos autores: que se me meta por dentro, que me empape de sus personajes, que sufra con ellos, que les tenga piedad…

Hará dos semanas, o quizá fueron tres porque ya no me acuerdo, me encontré en el Rastro de la capital tinerfeña con un viejo volumen editado en los años cincuenta por Austral con un relato que desconocía del maestro: Historia de mi vida. El volumen apenas llegaba al centenar de páginas pero confieso que he tardado casi dos o tres semanas en leerlo desde que lo encontré olvidado en una mesita junto a otros tantos libros en lamentable estado, porque Chejov ha vuelto a partirme el alma. Ha vuelto a que sienta tristeza y piedad por los personajes que se mueven en esta extraordinaria novelita corta que te habla directamente al corazón. Que te toca los sentimientos, que te hace ¡será posible! más bueno. O al menos más justos con quienes te rodean.

No se rían. En estos días que ya se han ido, he disfrutado con refinada lentitud de una novela corta que se me ha hecho necesaria para aguantar las idioteces diarias ante las que me enfrento. Se equivocan, no obstante, los que piensen que su lectura les hará más fuerte porque con Chejov nunca es así. O conmigo nunca ha funcionado así. Chejov en todo caso limpia la sucia habitación donde mucho me temo resguardo a mi espíritu.

No hay trampa ni cartón en este escritor ruso que hizo del relato corto una obra maestra. Sus cuentos son tan insólitamente densos que merecen relecturas para desenmarañar esa tela de sentimientos que se te escapan con una sola lectura. Conectas con su universo, y ese universo conecta contigo porque supo, tuvo el don, de mirar a los monos sin pelo no a la cara sino a lo más profundo de su corazón. Por eso para mi sigue siendo uno de los más grandes, y un faro necesario que me guía por este extraño sendero que es la existencia.

Chejov, al igual que el mejor Guy de Maupassant, demuestra que el cuento sirve para narrar algo más que una anécdota brillante. Porque un cuento, cuando cae en sus manos, te emborracha de tristeza o de júbilo… casi como si acariciara tus dormidos sentimientos. Es literatura en estado de gracia. Tanta, que en mi locura por encontrar a otros escritores que me susciten tanta revelaciones soy consciente que lucho contra molinos de viento porque sé que se trata de una batalla perdida.

Por ello, afortunadamente, siempre pienso: “no te preocupes, al final siempre nos quedará Chejov. Siempre nos quedará el mejor Guy de Maupassant”.

Saludos, tocado y hundido, desde este lado del ordenador.

Confesiones de un lector probablemente más que idiota (todos para uno y uno para todos)

Domingo, Septiembre 19th, 2010

La lectura de algunos libros (no necesariamente excelentes) ha forjado algunas de mis mejores amistades. En ocasiones, un libro también me ha servido para ver con otros colores paisajes y personas e incluso que un escritor tan poco valorado para unos como H. Rider Haggard subiera en mi peculiar bolsa de valores cuando coincidí con una señorita en nuestra mutua pasión por el autor de Las minas del rey Salomón quizá porque me pareció la reencarnación de Ella, otra excelente novela de Haggard.

Este post me lo suscita el mensaje vía móvil que recibí esta misma semana de un veterano amigo a través del cual me agradecía que en su momento le hubiera recomendado Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Obviamente, ese breve sms le hizo consquillas a mi últimamente tocada vanidad aunque afortunadamente soy consciente que todo el trabajo lo hizo el señor Dumas. Sólo bastó un pequeño empujón para que mi amigo abriera el libro y terminara iniciado en la sagrada orden del todos para uno y uno para todos.

Me viene ahora a mi fatigada memoria uno de esos momentos donde un libro procuró el milagro del acercamiento entre dos personalidades radicalmente opuestas. La charla se produjo en un  bar –que son sitios excelentes donde perder el rato hablando de fútbol como de libros–  lugar donde conocí a este elemento por mediación de otro amigo que se apartó discretamente de nosotros al apreciar la elevada temperatura que estaba tomando lo que comenzó siendo una aburrida conversación entre desconocidos.

Y es que la charla degeneró pronto en una de esas tontas discusiones que entre dos idiotas lectores se dan para ver quién sabe más de libros. Estas discusiones pueden resultar igual de violentas que las de dos macarras machacándose la cabeza, sólo que la violencia no se hace física sino verbal con el objetivo de empequeñecer el espíritu del contrincante.

Así estábamos pues cruzándonos títulos y autores como alma que lleva el diablo cuando la disputa escoró hacia los territorios de la literatura erótica que es un género que tiene discretos adeptos que, como si miembros de una estrafalaria masonería se tratara, se hermanan al reconocerse unos a otros.

Solté un nombre, Gamiani. Y el de su presunto autor, Alfred de Mussett. Percibí entonces como los ojos de mi oponente bailaban detrás de sus gafas y su tono se teñía de conciliación cuando entre los dos nos pusimos a recordar los gratísimos momentos que nos había hecho pasar este clásico de la literatura para leer con una sola mano.

Desde ese día, como diría Claude Rains a un triste y solitario Humphrey Bogart al final de Casablanca, nació una bonita amistad que aún dura pese a que de tanto en tanto nos cabreemos por las historias que leemos y que nos queman el cerebro.

Con esto pretendo demostrar que los libros sirven para hacer amigos. También enemigos, pero así son las cosas.

Siendo un tierno y confuso adolescente me emborraché con la obra completa de H. P. Lovecraft, un escritor que no goza de demasiada estima entre mi entorno de colegas lectores. Gracias a H.P., no obstante, logré relacionarme con gente que sentía esa mismo tonto entusiasmo a través de una relación epistolar que dio lugar a un fanzine cuya historia ya reseñé en este mismo blog.

Semejante pero sin ser igual, me ha pasado con otros tantos escritores de género… autores que cuando me topo con otro aficionado me brinda alguna de las más deliciosas conversaciones literarias que he tenido a lo largo de mi existencia. En una de éstas, descubrí que fuimos más de los que pensaba los que cerramos El señor de los anillos cuando Gollum se lanza al vacío con el puñetero anillo y en otra que La isla del tesoro fue la primera novela que nos llevó por el mal camino de la literatura de género.

En lo que también coincido con la amplia comunidad de lectores es en los desesperanzador que resulta que, pese a haberte devorado toneladas de libros, al final apenas recuerdes algo de ellos. Es probable que el título esté escrito en letras de oro en tu cabeza por las sensaciones que te produjo cuando te alimentaste de él, pero eres incapaz de transmitirle a otro con cierta coherencia de qué iba la novela años después. Con suerte recuerdas escenas que probablemente tu caprichosa memoria engrandece como a un coloso con pies de barro.

Les invito a que lo intenten… seguro que suspende la prueba.

He escrito ya en este mismo blog que gracias a los libros (y a muchos de esos amigos que conocí y que voy conociendo a través de los libros) he logrado capear como he podido el temporal en el que me encuentro desde hace ya bastante tiempo. Así que me temo que nunca podré agradecérselo (a los libros y a los excelentes amigos que he conocido gracias a los libros) como se merecen. A su manera han sido como flotadores en los que me he agarrado para no hundirme ante las gigantesca marejada que ésta levantando el actual temporal que hizo trizas con todas nuestras bobas ilusiones.

No sé cuanto tiempo permaneceré a flote, pero sí que estoy seguro que si no me hubiera encontrado con ellos (los libros y esos amigos que he conocido a través de los libros) ya me habría ahogado en el océano de la desesperación quiero imaginar que  para satisfacción de algunos.

No obstante, y siempre que pienso en la muerte, se me viene a la memoria el funeral que Scott Fitzgerald describe de Gatsby, el protagonista de una de sus obras maestras: El gran Gatsby.

Al cementerio acuden apenas dos personas, y quiero imaginar ahora que cae del cielo una molesta llovizna para potenciar la frase que suelta uno de los escasos asistentes para describir al fascinante (¿anti?)héroe fitzgeraldiano:

“Fue un pobre hijo de puta”.

“¿Un pobre hijo de puta?”

Me quedo sin palabras.

Saludos, lamentando la muerte de José Antonio Labordeta a quien nunca conocí como músico pero sí como impetuoso diputado, desde este lado del ordenador.

¡Qué bonito y cargadito será este otoño!

Viernes, Septiembre 17th, 2010

Seamos justos, un otoño sin la programación cultural de CajaCanarias no sería otoño. Programación donde siempre hay un poco de todo para gustos de todos: música, teatro, ciclo de conferencias, presentaciones de libros… Es natural que me pregunte de un tiempo a esta parte que pasaría entonces ¿y si no contáramos con más Otoño Cultural de CajaCanarias? Claro que, viviendo en unas islas donde la palabra cultura es casi sinónimo de cultura oficial, si careciéramos del Otoño de CajaCanarias el paisaje de actividades culturales en este archipiélago sin dioses ni bandera resultaría muy similar al de un páramo perdido en la noche de los tiempos. Sin desmerecer –qué conste en acta, obviamente, los ocasionales oasis que de tanto en tanto se dan en esta nuestra comunidad y que se caracterizan por su independencia.

CajaCanarias presentó esta misma mañana su Otoño Cultural con la esperanza y también la acuciante necesidad de crear en estos territorios aislados cierto espíritu de comunidad cultural. Que Dios les oiga.

Entre las actividades más destacables del programa diseñado para este año (todas se celebrarán en el Espacio Cultural de la entidad en la capital tinerfeña a las 20 horas) sobresale, como siempre la música. Incluye flamenco (Vicente Amigo, 14 de octubre); jazz (Egberto Gismonti, 29 de octubre y Polo Ortí y Chano Domínguez, 5 de noviembre); canción española (Diana Navarro, 20 de de noviembre) y el ciclo Festival Músicas Centenarias del Mundo, con Magios (19 dde octubre); Ensamble Stravinsky (22 de octubre); Alia Música (2 de noviembre); el conjunto noruego Trío Mediaeval (9 de noviembre); la intérprete turca Aynur (16 de noviembre) y el dúo indio formado por Azam Ali & Niyaz (30 de noviembre); sin olvidar el concierto que las galardonadas con el Premio de Canto María Orán –Orlando Niz y Estefanía Perdomo– ofrecerán el martes 26 de octubre.

En cuanto a literatura, la agenda contempla la presentación el miércoles 13 de octubre del libro Cuerpo habitado, de Miguel Ángel Alonso Arvelo, premio de Poesía Pedro García Cabrera; La novela extranjera en España de Domingo Pérez Minik ( el jueves 21 de octubre); Vivir sobre la vida, de Arturo Maccanti (4 de noviembre) y el estreno del documental Una luz en la isla. Domingo Pérez Minik, de Miguel G. Morales. En este apartado, regresa el ciclo El mundo que queremos, que dirige el periodista y escritor Fernando Delgado, y que este año analizará El valor de la memoria con José Álvarez Junco y Juan Carlos Rodríguez Ibarra (23 de noviembre) que debatirán sobre La memoria colectiva; Soledad Puértolas y Juan Cruz; que hablarán sobre La memoria literaria (24 de noviembre); Celia Fernández Prieto y Ana Caballé, quienes protagonizarán la charla El valor de la memoria (25 de noviembre) y La música y la memoria, en las que intervendrán Basilio Martín Patino, Fanny Rubio y Víctor Manuel, quien ofrecerá además un concierto acústico al finalizar el encuentro.

Y esto es sólo un pequeño avance de lo que se nos viene encima este otoño.

Porque como decían en los dibujos animados… aún hay más.

Saludos, oyendo de fondo Apache de The Shadows, desde este lado del ordenador.