Archive for the ‘Reflexiones’ Category

El kastillo

Domingo, Junio 19th, 2022

Aunque nos reservamos otros whatsapp en la nevera para que se conserven frescos con la caló que ya tenemos encima, reproducimos en este su blog un nuevo texto de esos anónimos que circulan de teléfono móvil en teléfono móvil por la gracia del texto y la comparación –fácil podrá pensar alguno– con una obra de Frank kafka que no es, casi, La metamorfosis.

El texto está escrito para iniciados en los acontecimientos recientes en materia de políticas culturales que emanan del Cabildo Insular de Tenerife. Ese kastillo (con k que ponemos nosotros) al que hace referencia el título de estas líneas.

“De la misma forma que en la obra homónima el Castillo de Kafka. Su protagonista, conocido solamente como K., lucha para poder acceder a las misteriosas autoridades de un castillo que gobierna una isla al cual K. ha llegado a trabajar como agrimensor, como último recurso, como segundo plato de una comida indigesta.

Esas misteriosas fuerzas, Arriaga y Martín, luchan por conseguir el poder del castillo, tras un falso pacto entre antagonistas. El segundo coloca al K., dado el fallido intento con su primer esbirro L., habitante del castillo, con un problema psicológico, quizás bipolar, donde no llega al año en el cargo. Fruto de su inoperancia y soberbia. Ya le pasó en otra aventura más musical, pero nadie aprendió la lección. Ni siquiera este pobre agrimensor. Aunque se entiende que eso no importa, si se trata de repetir los mismos errores.

Oscura y a ratos surrealista, como la obra de Kafka, este castillo trata sobre la alienación, la burocracia, y la frustración de unos y otros, aparentemente interminable, de los intentos de unos péleles de oponerse a un sistema que no es el suyo, un sistema que no entienden e intentan acomodar a sus amigos y pleitesías. Que les queda grande, que los supera con el agravante de que el anterior agrimensor a K., L., es íntimo amigo suyo y le impone una forma de entender el asunto cultural, sesgado, elitista y sobretodo, el de una persona que usa la venganza, fruto de sus frustraciones como motivo y razón para sobrevivir, y donde siempre necesita de una némesis o enemigo imaginario para poder levantarse de la cama, como motivo.

Esa edificación, encierra la historia del agrimensor K. en su intento imposible de acceder a un castillo cuyos propietarios le han contratado para realizar un trabajo del que ni siquiera sabe su naturaleza. No lo sabe, y es manejado por los intereses bastardos de su predecesor y del resto de los interesados en esta bastarda aventura. A ambos agrimensores les mueve el dinero y el poder. Les importa muy poco cambiar la situación, sólo sus bolsillos y el de sus amigos.

Resulta curioso, que el trato que reciben los campesinos más próximos sea exquisito, mientras que al resto los obliguen a competir mediante un invento llamado subvenciones de concurrencia competitiva. Una doble moral camuflada con sus intentos de mostrarse como individuos éticos. Dando lecciones a diestro y siniestro bajo el signo de la falsedad. Nombrando unos jueces de su cuerda para aparentar una falsa justicia en el reparto de dádivas.

Si tras estas licencias literarias, no son capaces de comprender la historia lo diremos más claro. Se trata de Alejandro Krawietz Rodríguez y su mano negra Leopoldo Santos Elorrieta, que de santo, no tiene nada.

Pobre cultura insular, pobres gentes de la cultura. Este castillo es una ruina. Y no, la pandemia no tiene la culpa. La tienen ellos, que son más letales y para los cuales no hay vacuna que valga”.

Saludos, saludos y saludos, desde este lado del ordenador

Nada

Jueves, Marzo 17th, 2022

Me quedo mirando fijamente la fotografía. La estudio, dedicándole todo el tiempo del mundo porque no deja de asombrarme la imagen. Se trata de un entierro, imagino que de alguien con nombre en aquel tiempo…

Lo curioso de la instantánea es que ahí está la casa familiar en la que viví hace mucho tiempo, demasiados ya, y que los que aparecen en esa ventana del primer piso deben de ser, entre otros, mi madre, que coge entre sus brazos a un bebé que debe ser uno de mis dos hermanos mayores…

No sé de que año es la foto, ni me interesa, lo que me deja pensativo un rato largo es que cuando se sacó yo no existía. No había venido al mundo. Que en ese momento era nada. Una nada perfecta. Como borrado del mapa que forma el pasado.

Amplio la imagen con la esperanza de ver si reconozco a mi madre y a las otras personas que están asomadas a esa ventana que daba a la consulta de mi padre pero no obtengo recompensa porque, a medida que hago más grande la fotografía, los rostros, las cosas, se desdibujan, se hacen borrosas como fantasmas.

Estoy, digamos, como en un estado de shock, y algo me dice muy adentro que cuando deje este mundo volveré a ser nada. Nada absoluta. Reflexiono entonces que quizá mejor, que quizá sea mejor que no haya ni cielo ni paraíso como se empeñó en meterme en la cabeza el cura que me dio Religión, una asignatura que aprendí a detestar no porque no la entendiera sino por aquel sacerdote que nos animaba a a ir a misa, a su misa, porque se cantaba y él tocaba la guitarra.

Santo, santo es el Señor. Dios del universo…

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… Danos la paz.

No fui nunca a la misa que daba aquel cafre con sotana. Aquel mismo cura que me condenó un día al infierno porque le planteaba preguntas que no sabía responder.

- Padre, ¿podría explicarme porque Jesús dice en los Evangelios que vino a impone la espada y no la…”

En fin. Quizá eso explique mi temprana afición por la literatura fantástica y de terror. Imaginarme otro mundo lleno de dolor y sufrimiento para irme acostumbrando en vida a la otra vida… Hasta que me di cuenta, leyendo Juliano, el apóstata, de Gore Vidal, que después de esto lo que hay es NADA.
Mejor así, ¿verdad?

Miro la fotografía y alucino con mi no existencia. Con la idea de que mi familia no supiera entonces que iba a nacer varios años después. No hay escalofríos sino una inmensa tranquilidad. Me da paz comprender que ya entonces todos, absolutamente todos somos polvo, y que en polvo nos convertiremos.

Los dedos de mis manos están cubiertos de cenizas de mis muertos y pronto las mías cubrirán las de los que vienen detrás.

Y me veo, ya adolescente algo solitario, en aquel confesionario de la iglesia del Pilar con aquel cura preguntándome “¿usted se toca?”, y yo tan terriblemente inocente preguntándome a qué demonios se refería aquel tipo. Vaya rato malo pasé.

Tras los padrenuestros y avemarías que me dijo que rezara para salvar mi alma decidí, allí de rodillas y con las manos pegadas, que no volvería a confesarme jamás.

La fotografía, la ventana del piso de ladrillo rojo donde viví con mi familia… entonces la avenida del general Mola y ahora de las islas Canarias. En esta pequeña capital de provincias que es y sigue siendo Santa Cruz de Tenerife. Frente del mismo teatro Baudet, aquel cine donde vi tanto cine. Muchas películas para mayores de 18 años. Y aquel cine en el que mangué tantos carteles que debo de tener en algún lado. Escondidos, quizás. O ya no me acuerdo con tanta mudanza donde los puse.

Veo la imagen y se me vienen a la cabeza muchas ideas, una de ellas es que ese Santa Cruz de Tenerife que recoge la fotografía no llegué a conocerlo aunque el que recuerdo de mi tierna infancia no tiene nada que ver con el actual. Y no solo porque casi todos los cines ya no existan, ni sus librerías… ni que la calles ya no estén bautizadas con nombres franquistas.

En mi imaginación aquel Santa Cruz es como el que me muestra la imagen, una capital de provincias en blanco y negro. Aunque más que blanco y negro, de grises.

Y recuerdo, aunque el recuerdo es en color, a ese otro cura recién salido del seminario que un día nos mostró (¿un streaptrease?) que no llevaba una camisa blanca detrás de su camisa negra sino un alzacuellos, aquel pedacito blanco era una cinta que rodeaba su cuello. Lástima que no se estrangulara con él… eso lo digo ahora que recapitulo con cierto rencor toda aquella miseria humana.

Ese mismo cura recién salido del seminario nos castigó varias semanas después porque la mayoría de la clase no se había estudiado las oraciones del Catecismo. En mi caso, solo me sabía de memoria el Padre nuestro y el Dios te salve María, el resto ni idea.

Reza el Credo…

Creo en Dios todopoderoso…- dije y me quedé en silencio. El resto de la clase mirándome con ojos de pescado muerto.

- Pues el Por mi culpa.- insistió aquel sacerdote recién salido del seminario.

- Por mi culpa…- comencé golpeándome el pecho porque era una oración en la que había que golpearse en el pecho pero no me sabía más que el inicio…

El cura recién salido del seminario dio un grito y le dijo a otro que rezara el Credo, pero tampoco. Ni el otro ni el otro alumno que estaba más allá.

Se puso colorado, rojo como un tomate y nos castigó a toda la clase a que formáramos una fila en el pasillo del colegio como castigo.

Allí, de pie, pasamos el recreo mientras los que entraban y salían del patio nos preguntaban qué habíamos hecho…

No sabernos las oraciones del Catecismo, le respondíamos la plebe, los castigados, los herniados a los que no nos entraba en la cabeza sentirnos culpable por aquel desconocimiento.

Cuando se acabó el recreo y pudimos entrar en clase el cura nos dijo que dos días después nos iba a preguntar lo mismo, las oraciones esas.

Y espero que se las sepan todas.- dijo. No sé si me miró cuando soltó la amenaza pero digamos que sí ya que soy yo quien escribe esto.

Sí que recuerdo que el pelota de la clase se comprometió, y así lo dijo en público, a aprenderse el Credo de misa y no el del Catecismo que, descubrí, vaya por Dios, que era algo diferente. Vamos, como el Padre nuestro que aprendí de memoria y el que ahora se canta en misa.

Estos recuerdos de infancia se me despiertan en la cabeza al observar la fotografía en la que se ve la ventana de casa de mis padres y unas personas asomadas a la ventana. Quiero creer que la que lleva un bebé en brazos en mi madre pero no lo sé. O no estoy seguro.

Otro pensamiento cruza mi cebero y es cuando murió Franco, y como el profesor, don Rafael, al que recuerdo con los hombros levantados, una vez pasado el luto por la ausencia de aquel militarote, colgó dos carteles en clase: uno con el último discurso del tipo al que ahora quieren quitarle la monumental estatua que tiene en la capital tinerfeña y el primero que pronunció ya como rey (¿o no lo era entonces todavía?) Juan Carlos I.

Sí que recuerdo que cuando el entierro de Franco, mi padre emocionado y feliz porque hubiera muerto aquel viejo casposo se lamentaba de no tener un vídeo para grabar aquel momento: el cadáver del dictador al que iba a ver un montón de personas.

Unos se santiguaban y se inclinaban en señal de respeto y otros imagino que para comprobar in situ que, efectivamente, el dictador había muerto.

Miro la foto, esa vieja fotografía que encuentro en un sitio de fotogarfías antiguas de mi ciudad en FaceBook, y pienso que pienso porque existo. Si no existiera, ¿verdad Descartes?, no pensaría porque no existiría.

Así que nada, nada es lo que fuimos antes de nacer y nada es lo que volveremos a ser cuando ya no estemos.

Nada.

Dejad que los locos se acerquen a mi

Miércoles, Marzo 9th, 2022

En una entrevista que mantuve hace tiempo con Kiko Amat, presentaba en Tenerife la novela Antes del huracán, explicó que había nacido en un barrio próximo a un psiquiátrico por lo que se había acostumbrado a convivir con sus pacientes, la mayoría con derecho a salir a la calle. Fue un momento interesante. Le recordé a Amat que aquí en Santa Cruz pasaba algo similar. La capital tinerfeña cuenta con un hospital psiquiátrico y la población ha asimilado como vecinos a los enfermos a los que el centro les abre la puerta de la calle para que den un paseo, transiten por la ciudad y se mezclen como uno más entre una ciudadanía que cada día está perdiendo un poco más la cabeza.

El hecho de que convivamos locos y cuerdos es un grado en una capital de provincias que se empeñó en mirar a la montaña y no al mar. Creo que también define al carácter de sus habitantes al convertirse en costumbre contemplar a un tipo soltar gritos por la calle como si le fuera la vida en eso mientras cruza a tu lado como si no existieras.

El hecho de que uno reaccione como si nada (más allá está el que se pone a dar saltos como si de un karateka se tratara mientras el gato negro que lleva atado a una correa lo observa sin apenas despeinarse) delata a los que vivimos aquí de los que no. Estos últimos pegan un brinco y se ponen a la defensiva cuando un loco o uno que se hace el loco pasa a su lado. No están acostumbrados a ver gente gritando sin motivo aparente o durmiendo la siesta en la entrada de un garaje abandonado.

El martes pasado, mismamente, me tropecé en el parque Viera y Clavijo –que es ese entorno que ahora quieren transformar en el Museo Rodin– con uno de los indigentes que duerme allí a la intemperie en uno de los bancos que miran al pequeño parque infantil tirado en el suelo mientras unos y otros paseantes pasaban a su lado como si nada.

Vale que estamos curados de excentricidades pero ver aquello me preocupó porque el señor estaba literalmente paralizado en el suelo. Me arrodillé a su lado y le pregunté si le pasaba algo. Si tenía que llamar al hospital pero me dijo con una voz bastante gangosa que no. Le pregunté si deseaba que lo sentara en el banco que le sirve de cama y asintió con la cabeza. Le di la mano e intenté la maniobra de que se pusiera en pie pero no hubo manera. Pesaba demasiado. Por fortuna vinieron en mi ayuda una pareja que deberían de estar estudiando enfermería. La más volcada era la chica, que no dejaba de hacerle preguntas al hombre que entre los tres habíamos sentado ya en su sitio, pero por sus ojos uno apreciaba que no se enteraba demasiado de lo que estaban contando.

No sé como quedó la cosa porque me despedí de aquellos samaritanos rumbo a casa. La chica me recordó que no dejara de lavarme las manos cuando llegara a mi destino.

No vi en mi deambular ramblero, con la perra dando saltos detrás, al indigente con las piernas repletas de llagas ni a la señora pelirroja que viste de manera extravagante y que siempre que me ve me despide con “un adiós, señor” no sé si con ganas de que se entere todo el barrio. El caso es que uno les coge cariño y que los echa de menos cuando no me los tropiezo en los largos paseos que doy por esta ciudad en la que cuerdos y locos se confunden.

Si no, ya me dirán qué parece esa chica o ese chico que va hablando solo por la calle, gesticulando con las manos… hasta que descubres que mantiene una conversación con el manos libres.

Forman parte del paisaje de esta capital chiquitita pero con pretensiones de gran ciudad. De cateto con título universitario que los hay y a montones. Noto en falta, sin embargo, a uno de mis locos. Un tipo que iba con muletas, más o menos aseado y que cuando me veía además de pedirme dinero me llamaba “señor juez” porque debía de recordarle a uno, imagino. Me enteré el otro día que ya no estaba entre nosotros, que se mató accidentalmente cuando se cayó en las escaleras de su casa y el cráneo se le partió en uno de los peldaños.

Ruego a los dioses que no sufriera, que no agonizara mientras esperaba a que algún vecino entrara o saliera a la calle y lo descubriera allí tirado, en medio de un charco de sangre.

Me dio una tristeza infinita porque pese a que no conociera su nombre formaba parte del paisaje de una capital de provincias cada día un poco más sucia, desordenada… descuidada.

Seguiré escribiendo sobre todos ellos, los locos y los que se creen cuerdos porque si no exploto lo poco que me queda ya de memoria reventaría. Por dentro y por fuera. Me resulta curioso como nadie, o casi nadie, se ha hecho eco de todos ellos en su literatura o su cine claro que, tanto la literatura como el cine viven al margen de la realidad grisácea en la que nos movemos. Transitamos… Nos cubrimos con una piel que endurece nuestro corazón ante las miserias humanas que desfilan todos los días ante nuestros ojos y hacemos como si no existieran. Como si formaran parte de otro mundo, de otro lugar… Es una manera de evitar la verdad, que ellos, los que llamamos locos, son nosotros y que nosotros somos ellos.

Llegó a la plaza de la Paz y escucho el alarido del tipo de cabello y barbas blancas como la de un profeta. Ese chillido que suelta no sabe a lamento sino a vómito. Se trata de un ahggg más próximo a la arcada que al grito que uno suelta para liberarse.

Yo creo que lo que quiere decir es que “de ellos es el reino de los cielos” pero quién demonios lo sabe…

Saludos, aghhhh, desde este lado del ordenador

¡¡¡Arriba Expaña!!!

Jueves, Febrero 10th, 2022

Lo mantenía en secreto desde hace unos años pero tras leer el anuncio de que la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Canarias ordena al Ayuntamiento de la capital tinerfeña “la retirada inmediata” de los monumentos a Franco y a su santa cruzada de la capital tinerfeña, me atrevo a revelarlo no sin antes encomendarme a los dioses porque el susto, desde aquel aciago día, me acompaña.

Por motivos de trabajo viajé hace un tiempo a la capital grancanaria, alojándome en la habitación del hotel Madrid en la que descansó el más tarde caudillo de las Españas. En aquellos días, el hotel no había cambiado mucho el aspecto original que tuvo que tener cuando allí recaló el general, luego el suelo, que era de madera, crujía bajo mis pies lo que daba la sensación que podía venirse abajo de un momento a otro. No digo el escándalo que los crujidos de la madera gritaron cuando por la noche me levanté para a ir al baño. En una de éstas, por insólito que parezca, me encontré al mismísimo Francisco Franco sentado en la taza del váter haciendo su necesidades fantasmales.

- Pero si usted es Franco.- exclamé al borde del infarto.

- Y españoles todos.- respondió el espectro haciendo muecas por el esfuerzo.

Los astutos ojos del que fuera generalísimo de los ejércitos rebeldes hizo un arco por todo el cuarto de baño hasta encontrarse con un periódico local doblado en una banqueta. Me pidió que se lo alcanzara pero informé al militar español más famoso del siglo XX que había suficiente papel higiénico para limpiarse los restos de mierda espectral que pudiera tener allí detrás, en el ojo del huracán, en la boca de la alcantarilla humana.

Compuso una sonrisita, y con su característica voz atiplada me comunicó que no lo quería para eso sino para leerlo y ponerse al día.

“Hace tanto tiempo que no sé nada de este país. Y lo poco de lo que me he enterado es tan, tan terrible que a veces pienso que no se os puede dejar solos, mamonazos- se cabreó mirando al techo.

El caso es que le alcancé el periódico local y el caso es que se detuvo un rato largo repasando las noticias de la portada. Por fin dio un manotazo a la primera plana y me dijo: ¿Pero todavía están con esto?

Me mostró la portada del periódico local donde se anunciaba que el Gobierno de Canarias, a través de su Dirección General de Patrimonio, anunciaba la “retirada inmediata” de los monumentos dedicados a su persona y a lo que representaba su persona en la capital tinerfeña ya que, como cree el viceconsejero de Cultura del Gobierno regional, Juan Márquez Fandiño: “Empezamos por Santa Cruz porque hay un trabajo muy importante que no se ha hecho hasta ahora, es una ciudad en la que más vestigios encontramos”.

Me encogí de hombros como respuesta.

Franco sacudió la cabeza, así que me atreví a decir:

- Lo curioso es que la orden de retirar esos monumentos llega tarde, como tarde se cambió el nombre de las calles en esta ciudad. Resulta igual de curioso que el Gobierno se acuerde ahora de ordenar que se quite todo recuerdo al pasado franquista de esta Santa Cruz sin informar a la Comisión Técnica de Memoria Histórica del Gobierno de Canarias que, según su presidenta, se enteró de la noticia de “la retirada inmediata” por los periódicos locales. Por otro lado, los argumentos del viceconsejero parecen querer resucitar el pleito insular al pretender justificar con este ordeno y mando –a Franco se le iluminaron los ojos– comenzar con la capital de la isla que está enfrente y no primero en las dos capitales canarias y después en el resto de las ciudades y pueblos que conforman estas islas tan abandonadas de la mano de…

- … los dioses.- finalizó Franco poniéndose en pie y limpiándose su culo fantasma con las hojas desprendidas del periódico local. “Alma de cántaro -pensé- si tenía papel higiénico suficiente”. Pero no dije nada aunque pareció que me leía los pensamientos porque hizo una mueca, me miró directamente a los ojos y susurró: “La costumbre. En el ejército y más en el frente ya se sabe, papel que llega a tus manos papel que termina limpiándote el año.

Soltó una carcajadita por el verso improvisado.

- Y ahora, ¿qué?,. Le pregunté.

Franco hizo como que abría el grifo del lavabo al mismo tiempo que tiraba de la cisterna. Se escribe hizo porque sus dedos eran fantasmas, transparentes.

Salimos del cuarto de baño y nos asomamos al balcón, faltaban un par de horas para que amaneciera.

“En fin”, suspiró resignado.

- Y si proponemos que el monumento que despertó la discordia se rehabilite pero de otra forma… – me acaricié la barbilla porque es lo que hago cuando le doy al magín.

- A mi, la verdad, y viniendo de donde vengo como que me da igual.- dijo Franco sentándose en la cama mientras rebuscaba en los bolsillo de la guerrera lo que, finalmente, vi que se trataba de una fotografía.

- Pero ¿no cree que dándole color al monumento, al ángel que lo transporta y a quien los representa que va encima, se podría adaptar a estos tiempos y de paso dejar contentos a los que piden que desaparezca como los que defienden que permanezca?

- A mi, la verdad, es que me importa un bledo.- se limpió los labios con una servilleta.- Y a usted, ¿se le ocurre algo a usted?

- Pues déjeme pensarlo un momento… ¿qué le parece…?- pero sacudí la cabeza dando por imposible lo que se visualizó dentro de mi cocorota. De pronto, a Franco se le iluminaron los ojos. Comenzó a dar vueltas por la habitación levantando y bajando los brazos mientras canturreaba: España una, grande y libreeee… Como el viento y…

No terminó la canción, con los primeros rayos del sol que entraban por la ventana el espectro del caudillo, del jefe de todos los ejércitos rebeldes, desapareció mientras que a mi, asomado al balcón de aquella histórica habitación del hotel Madrid, además de dolerme Canarias (ay) me asaltaban insistentemente los versos que Machado, Antonio, dijo que pertenecían a su Juan de Mairena:

Pensando que no veía / porque Dios no le miraba / dijo Abel cuando moría / se acabó lo que se daba.

Saludos, ¡¡¡arriba Expaña!!!, desde este lado del ordenador

Los arrepentidos

Martes, Febrero 8th, 2022

En aquellos días era joven pero no sé si más feliz… No creo que la felicidad pueda medirse, como no creo que se mida tampoco la tristeza. En aquellos tiempos, de todas formas, sí que era más joven. Y pensaba que me comería Madrid porque, divino sean los santos, estaba enamorado. O pensaba que estaba enamorado de una compañera de clase con la que iba a todos los lados: cine, paseos, visitas a librerías. Recuerdo ver con ella Bagdad Café que era por aquel entonces una película que todo el mundo tenía que haber visto y que cuando salimos a la calle (¿la pasaban en los Alphaville o era en los Renoir?) nos enteramos de lo que nos enteramos pero nos dio igual porque éramos los dos contra el mundo y no el mundo contra los dos.

Conocí a una de sus hermanas en una cafetería de Ópera, un bar que contaba con varias meses y sillas distribuidas en la calle porque ya estábamos entrando en verano. Sentado los tres, se fue uniendo al grupo otros compañeros de la hermana, hombres y mujeres que nos doblaban la edad y bastante parecidos. Pero no un parecido físico sino sentimental. Si algo me llamó la antención de aquel grupo de ¿amigos? era la profunda pena que llevaban dentro y fuera. Recuerdo, no sé por qué, que en el cine que estaba en la plaza de Ópera permanecía en cartel Blade Runner, el montaje del director. Es un apunte insignificante que no tiene nada que ver con lo que les cuento pero la imagen de Harrison Ford con el arma en la mano y Sean Young al fondo con un cigarrillo y Ruther Hauer mirando a la izquierda con esa mirada de loco que tan bien sabía poner permanecen muy frescas en mi memoria de desmemoriado profesional.

Caía la tarde de verano en Madrid. Es decir, que probablemente serían las 21 horas o más y todavía era de día. Mejor, un atardecer lechoso, pero con luces y las primeras sombras que anunciaban la llegada tardía de la noche.

Entre cañas y vasos de café con leche desparramados por la mesa, me atreví a preguntarle a uno que tenía sentado a mi lado cómo era eso de estar en los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), porque aquellas cinco personas habían pertenecido a la banda terrorista, lo que incluía a la hermana que había secuestrado mi corazón y mi cabaeza. Los cinco habían formado parte del grupo pero arrepentidos intentaban rehacer sus vidas como podían.

Nadie contestó a mi pregunta, lo que me incitó a seguir planteando otras preguntas y más preguntas a medida que oscurecía. Rematé la batería de cuestiones con ¿llegaron a matar a alguiien?

Era un chaval que no tenía medida. Un periodista en ciernes que se creía con derecho a plantear preguntas, y cuanto más impertinentes mejor… No hubo respuesta sino un silencio que se podía cortar con el filo de un cuchillo. Poco a poco se fueron levantando de la mesa los arrepentidos. La chica y el chico, ella y yo, nos quedamos sentados en la terraza. Recuerdo que cogí un resfriado, así que me soné la nariz y ahogué un estornudo llevándome el pañuelo a la boca.

Al poco rato se acercó el tipo triste que estaba sentado a mi lado. Nos miró, a ellla y a mi, y dijo: “Está todo pagado”, y dando media vuelta nos dejó solos y algo desconcertados a la chica y el chico que para romper el vacío que se había producido entre los dos exclamó: pero qué machangos.

Ella se rió, su risa sabía mecer mi corazón entre sus manos.

- ¿Qué es eso de machango?

¿Un monigote?, pensé.

Pero no dije nada, nos levantamos de la mesa y cogidos del brazo atravesamos aquella plaza, salimos a los jardines y nos enfrentamos al Palacio Real.

Ya era noche en Madrid.

Saludos, ¿y esto?, desde este lado del ordenad

Los espectros de mi ciudad

Miércoles, Septiembre 22nd, 2021

Escucho los gritos de un vagabundo que se mueve por la ciudad como un fantasma. Los gritos llegan lejanos y no son como los de Tarzán sino los de un hombre que desahoga su soledad rodeado de semejantes que hacen que no existe. Es un grito que me pone la piel de gallina y me entristece el día. El otro día lo vi en medio de una calle mientras los coches pasaban a su alrededor sin que nadie le dijera nada. Esa vez no daba gritos sino que levantaban sus brazos y parecía, se me ocurrió, como el viejo Moisés, solo que el indigente intentaba dividir la caravana de automòviles como el viejo Moisés las aguas del Mar Rojo. Pero sin éxito.

No sé cómo acabó la cosa porque los pasos me llevaban a otro destino en una ciudad que vive con cierta congoja su decadencia. Aunque las terrazas y los restaurantes estén hasta arriba de clientes y los camareros no den abasto entre tanto servicio.

Por una esquina de la calle de Salamanca, si paseas por ahí, claro, encontrarás también a otro vagabundo al que se le ha ido la pinza con las piernas literalmente podridas. Purulentas, repletas de llagas que segregan pus. Un espectáculo nada agradable. A veces se queja el pobre y otra parece si no feliz, resignado a su suerte hacia la nada con una botella de plástico repleta hasta arriba de un líquido ambarino que podría ser vino. O no.

En el parque Viera y Clavijo, que como otros espacios y monumentos de mi ciudad se arruina cada día un poco más, me encuentro casi todos los días con dos vagabundos que duermen en unos bancos de metal que dan a la cancha donde los valientes hacen deporte. Sobre todo levantamiento de pesas. Debajo de una de estas camas improvisadas, observo botellas de agua o de un líquido transparente. Me pregunto dónde se refugiarán cuando llueve. Antes se metían en el viejo edificio que fue colegio de las Asuncionistas y más tarde parque Cultural (qué tiempos), pero ahora el Ayuntamiento ha cerrado ventanas y otros accesos con muros de cemento lo que ha hecho que muchos de los pedigüeños busquen refugio en otros espacios, otros lugares de la capital tinerfeña.

Caminando por la calle del Castillo me encuentro a un señor que pide. La gente pasa a su alrededor como si no existiera, por eso escribo lo de fantasmas, y él, a la espera de que alguien deposite en el platito unas monedas, pasa el tiempo leyendo un libro. Una novela de John Connelly para ser exactos.

Igual es que estoy muy sensible pero solo veo a los locos, a los pobres que no tienen donde caerse muerto, por las calles y plazas de mi ciudad. A los parias de la tierra que decía la canción que terminó siendo eso, solo una canción.

En la ciudad en la que vivo un indigente que va con muletas me llama señor juez y en la Avenida de La Salle otro me llama señor a secas para pedirme unas perras. Un idiota, antes que me pregunte a mi, les da unas cuantas pero le advierte que no se las gaste en vino. El pobre asiente pero sus ojos dicen que si en algo se lo va a gastar va a ser, precisamente, en vino.

Por un callejón apartado una señora con acento cubano me dice si le puedo dar unos céntimos de euro porque no tiene qué comer y su marido está en la cárcel. Me pregunto qué me importa a mi conocer que su marido está entre rejas, sobre todo cuando la veo acompañada de un tipo que se dedica a explotar con el pie bolsas de plástico que están diseminadas por el suelo.

La dejo atrás porque la perra tira de la correa, signo de que tiene ganas de llegar a casa. La señora con acento cubano se convierte pronto en una sombra porque la oscuridad se hace más oscura y las farolas apenas iluminan un círculo de luz sobre la acera y parte de la carretera donde transitan los coches.

Estos son solo algunos de los fantasmas que habitan la ciudad en la que vivo.

En una esquina, unos señores para nada emperifollados se quejan de que hay demasiados pobres y locos en las calles y que a los tarumbas deberían de encerrarlos en el psiquiátrico aunque lo llama manicomio. Otro le responde que es inútil porque se escapan. No los van a tener atadosen la cama. No, responde el que pide que los encierren pero sé que lo piensa, basta con mirarle a los ojos.

Santa Cruz de Tenerife agoniza con una lentitud desesperante. Una agonía que devora lentamente el espíritu de una capital de provincias que no era así. Es como si no pudiera afrontar el futuro, y sus habitantes se hubieran vuelto egoístas por mucho que lo nieguen ellos y la propaganda oficial.

El caso es que cada día veo a más sin techo por las calles y plazas de la ciudad. Alguno de ellos alcohólicos crónicos pero otros manteniendo una sobriedad que los convierte en héroes sin fundamento ante mis ojos. Como el tipo de pide mientras lee un libro.

En un acto de inconsciente cinismo, el Ayuntamiento encarga un mural callejero sobre un trompetista que tocaba en la calle del Castillo para sacarse unas monedas. El hombre falleció hace unos meses y ahora un mural recuerda que una vez puso banda sonora a la calle más comercial de la ciudad. Ya podrían haberle hecho el homenaje en vida pero no, mejor cuando está muerto y enterrado… el trompetista formaba parte del mobiliario urbano de esta capital de provincias en la que vivo, ando, miro rodeado de fantasmas que no son solo los pobres sino también los que todavía tienen dinero para gastar.

Porque el truco está en tener o no tener dinero. En ser aceptado o no. En seguir siendo un ciudadano con pleno derecho a un paria de la tierra, famélica legión que crece todos los días ante la indiferencia de los demás.

No, no recuerdo que mi ciudad tuviera ese carácter que le encuentro ahora. Ese pútrido egoísmo, de caminar con las vista al frente, sin mirar los extremos. A los fantasmas que, ya digo, cada día son más y más. Tantos, que ya hasta me cuesta reconocerlos cuando me los tropiezo por las calles y se dan cuenta que “yo puedo verlos”. El hecho de que los vea es lo que hace que se acerquen y me pidan un céntimo de euro, como dice uno que vende lotería de los discapacitados. O un euro para un bocadillo que suelta otro un poco más allá y por los alrededores de El Corte Inglés.

Son los fantasmas que recorren las calles y plazas de mi ciudad. Son los espectros de una capital de provincias que prefiere mirar a otro lado. No reconocer en todos ellos su fracaso.

Me cruzo con Andrés, un yonqui recuperado, que me asalta literalmente para pedirme unas monedas mientras interrumpe su petición comentándome que tiene sida y que le quedan cuatro padresnuestros. Nos encontramos cerca del edificio que alberga ese chiste que llaman Parlamento de Canarias y veo como entran políticos enchaquetados mientras Andrés me deja a un lado para solicitar a sus graciosas señorías un euro. O un céntimo de euro… para un bocadillo, para comer, para buscar un sitio donde dormir esta noche porque el albergue está a reventar.

Los fantasmas de mi ciudad.

Saludos, roto, desde este lado del ordenador