Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Pero… Pero ¿esto qué es?

Lunes, Enero 16th, 2023

Reproduzco a continuación una nota que me encontré ayer en un libro que adquirí en el Rastro de la capital tinerfeña. El Rastro no es el de antes, que creció y se expandió por la zona como una enfermedad invasora, pero dentro de sus limitaciones uno se puede encontrar con pequeñas sorpresas. Hace un par de domingos, por ejemplo, me topé en uno de los puestos con la novela Capitán Cautela, de Kenneth Roberts, que es un escritor que no les dirá nada si no son aficionados a la literatura de aventuras, pero que sí lo son recordarán automáticamente esa obra maestra que es El paso al noroeste. Capitán Cautela sin llegar a esa redondez, casi. Pero no hablamos de Roberts (otro día, quizá) sino de esa nota en papel amarillento que me encuentro dentro de Secuestrado, la novela de Robert Louis Stevenson que ya tengo y que ya leí, solo que en la edición de Bruguera y con prólogo y traducción de Marcelo Cohen.

Dicen así estas líneas, crípticas por oscuras pero a la vez tan extrañamente atractivas, que es lo que me anima a reproducirla a continuación:

“Me dijo que leer es un verbo muy bonito en español. Decía que cuando lo pronunciaba se imaginaba que estaba mordiendo un fruto lleno de agua y que el agua resbalaba por su garganta cuando repetía una y otra vez leer la palabra frente al espejo o mientras viajaba en guagua.

Le preocupaba que últimamente lo que se dice leer no le resultara tan grato como antaño. Quizá se deba, se dijo, a que ahora la mitad de las veces leía por cuestiones laborales, obligado por las circunstancias y él nunca fue un tipo al que le gustara que le ordenasen hacer las cosas. Un rebelde, un ácrata pero de los de verdad que son todos aquellos que viven una especie de revolución individual y permanente.

De revolucionario no tiene nada quién sabe. No va a decirlo, más que nada por cansancio. Parece que la gente tiene tiempo para estar enganchados a cualquier cosa. La cuestión es que estén enganchados a algo. Lo llaman por teléfono, consulta el número y en la pantalla aparece Desconocido. Tiembla por dentro y tiembla por fuera. No lo coge, por supuesto.

Hablaba de leer. Leer es un verbo bonito y que suena además muy bien en español.”

Y punto pelota. En el papel amarillento no viene ninguna indicación que me ayude a averiguar quién escribió esas líneas tan raras por no decir, diciendo, estrafalarias. Eso sí, la doblo cuidadosamente y la dejo en el interior de las páginas del libro. Libro que dejo en el estante donde están las obras de Stevenson que he leído, ese verbo otra vez, a lo largo de una vida que como decía Nexus 6 es como una lágrima en la lluvia.

Saludos, eso es todo por hoy, desde este lado del ordenador

Después de la tormenta

Lunes, Enero 9th, 2023

Qué escándalo, que maremoto o tsunami que se dice ahora, qué pavor, que terrible desgracia para la muy noble e invicta Santa Cruz de Tenerife… Si uno lo piensa con seriedad, digamos que la ya famosa carta que los del museo Rodin enviaron al Ayuntamiento de la capital tinerfeña para comunicarle que lo sentimos mucho, pero mejor olvidamos está historia de amor que nació viciada, le ha venido como anillo al dedo al alcarde de la ciudad, José Manuel Bermúdez, bastante desgastado por una polémica que se montó él y su equipo en torno a un proyectado museo cuyo informe no se correspondía con la realidad.

Por otro lado pone de manifiesto que el sector de la cultura cuando así lo quiere tiene músculo, y que por una vez –ya lo hemos dicho– unido puede mover incluso montañas. Y una montaña de despropósitos ha sido todo este asunto desde un principio. ¿El culpable? El señó alcarde y su equipo, así que poco favor le prestan sus corifeos, lamentable por cierto el artículo que publicaba hace unos pocos días uno de sus camorristas más conocidos, quien no hace tanto, y en esos mismos papeles, venía a decir que no había que preocuparse por la escalada de críticas argumentadas de artistas y culturos al proyectado museo frustrado porque estos chicos (artistas y culturos) son como niños, y como niños hay que dejarlos berrear que ya se cansarán y cerrarán la boca. Desgraciadamente para el sujeto, por llamarlo de alguna manera, su cálculo erró lo que es comprensible por aquello de la edad.

Me he dedicado estos días a visitar redes sociales varias para ojear que dicen unos y otros sobre este asunto. A ver qué opinaban los que estaban a favor y los que estaban en contra de que los franceses tomaran la decisión de cerrar el kiosco en la capital tinerfeña, y todo huele mal.

Los que lamentan la decisión de que Rodin no se quede, le echan la culpa a los canariones (un clásico ya en nuestra tierra: ¡¡¡Gran Canaria es culpable!!!) o a conjuras judeo masónicas. El alcarde de hecho afirmaba hace unos pocos días que toda esta campaña tenía tufo electoralista (son en mayo de este mismo año) pero con la discreta retirada de los populares del terrero, la verdad es que lo dejaron literalmente solo con un asunto que no supo ni él ni su equipo gestionar desde el minuto uno.

Por ello, y si hay que lamentar algo de todo este desaguisado, ha sido la falta de sensatez en torno a una iniciativa que pedía a gritos por lo menos un informe en condiciones y que no vendiera humo como se pretendió vender. Recomendaría, en este sentido, a que se hiciera público ese informe que ha sido el origen de toda esta protesta civilizada porque es falso que desde el lado de los que criticaron este proyecto se haya faltado (como ahora sí faltan los que apoyaban el museo Rodin) a nadie. De hecho, una vez se calmen los ánimos, es momento de buscar ese diálogo que no existió desde que se anunció lo del museo. Lo del museo Rodin.

Es tiempo ahora también de que se nos informe a los chicharreros de cuánto nos ha costado todo este asunto que al final terminó siendo nada. De momento, y para que estén mejor informados, les invito a que consulten las de noticias que ha suscitado el caso, incluso el interés que a nivel nacional despertó en medios a los que se las resbala Canarias. Solo así se harán más o menos una idea de por donde han ido los tiros y por donde van las políticas mediáticas de un archipiélago, el nuestro, que hoy más que nunca amanece abandonado de la mano de los dioses. También se harán una idea del nivel de nuestros representantes públicos y de quienes le sirven de intermediarios, algunos periodistas que, siendo del gremio, me han dado vergüenza ajena.

No es la primera vez que gracias a las redes sociales se pone coto a un acción que no contaba con el consenso de la mayoría, pero sí que se trata de la primera vez en que un sector tan dividido y acostumbrado a que cada uno tire por su lado, se uniera para manifestar su indignación. Incluso desde las propias administraciones autonómicas, comenzando por el Cabildo de Tenerife, donde algún que otro cargo público manifestó en un escrito que circuló en ámbito privado su crítica no a Rodin sino al museo Rodin.

Lo insólito, aunque no debería de extrañarme de todo este asunto, es que tras la retirada francesa, medios y opinadores que hasta la fecha no habían escrito ni una puñetera línea sobre el caso, asomaran la cabeza para mostrar una indignación sospechosa. Sobre todo cuando acusaban a los que desde hace meses venían denunciado este desaguisado porque así no, así no se hacen las cosas.

Pero dentro de todo este estropicio, de toda esta penosa campaña de contra información que emprendió el Ayuntamiento a través de sus corifeos, los franceses se retiran con una carta que a mi, la verdad, me hace pensar que le ha venido muy bien al alcarde. Y a su equipo. Es como si el destino le hubiera dado la oportunidad de darle la vuelta a una tortilla cuyos huevos desde el principio ya estaban podridos y cuyo hedor recordaba al que sale de la refinería cuando limpia sus tanques.

De momento, y es una esperanza en el poquito tiempo que nos queda hasta mayo, espero que todo esto haya servido de algo a las políticas culturales que deberían de emanar del Ayuntamiento y que la situación generada contribuya a dar un golpe de timón y las encarrile en una capital de provincias que perdió este mismo año su tradicional Feria del Libro por una cosa que daba vergüenza ajena, y continúe, eso sí, muy tarde, con la proyectada rehabilitación de su patrimonio urbanístico, hasta el día de ayer igual de abandonado que las famosas esculturas en la calle.

Por eso, unos y otros, los que estaban en contra y así lo manifestaron, y los que estaban a favor, que se manifiestan ahora a través del insulto porque sobrar, no les sobraban argumentos precisamente, sean conscientes que todos, absolutamente todos, perdimos esta batalla pero no la guerra. La frase, por cierto, es de otro francés, para mi igual de ilustre que Rodin, el general Charles de Gaulle.

Saludos, Allons enfant de la patrie, desde este lado del ordenador

Una noche en la ciudad que muere en soledad

Viernes, Diciembre 23rd, 2022

Noche del 22 de diciembre de 2022, ¿lugar? Santa Cruz de Tenerife. Hora, digamos que las 21.

El motivo de la cita es cenar con unos amigos porque nos aproximamos a fechas navideñas, lo clásico. En cuanto a la cena, discreta, no me atrevería a tirar voladores, pero el caso exige que además de tragar y beber, un par de Águilas en una tierra donde comienza a costar encontrar la clásica Dorada, le damos mucho a la lengua. Chismorrear un poco y hablar si se precisa de lo divino y de los humano.

Terminamos la cháchara sobre las 22,30 y antes de retirarnos a nuestras respectivas tiendas de campaña decidimos por unanimidad tomar la última copa por la terrazas de la plaza de Weyler, que se encuentra en pleno centro de la capitá, y que tanto elogió José Luis Sanpedro en La senda del drago que no es, precisamente, uno de sus mejores libros.

Horror, y todavía no son las 23 horas, o los locales ya están cerrados o a punto de cerrar.

Al final el terceto se disuelve. Uno coge el tranvía y los otros dirigen sus pasos a sus respectivas tiendas de campaña. La noche vuelve a cernirse sobre esta capitá de provincias que muere en soledad. Faltan dos días para la Nochebuena y mañana Navidad. La plaza de Weyler, eso sí, con luces de colores que se encienden y se apagan porque estamos en fiestas. Muy kitch toda esta decoración luminosa que, francamente, no alegra una ciudad que se retira tan temprano a sus cuarteles de invierno.

Mientras subo por la rambla de Pulido pienso, a veces hago este ejercicio, que estoy en la ciudad que, por la sospechosa insistencia de su alcarde, albergará el proyectado museo Rodin.

Es lo que hay.

Por cierto, sobre las 12 entro en mi tienda de campaña. No me he tropezado con nadie mientras subía y subía… bueno, al paso me salieron algunas cucarachas pero en esta capitá forman parte ya de la decoración. De hecho, parece que gritan mientras corretean de un lado al otro ¡viva el museo Rodin, viva!

Como si de un mantra se tratara me taladra la cabeza mientras intento conciliar el sueño. O la pesadilla que a estas altura lo mismo me da.

Saludos, sucedió más o menos como se cuenta, desde este lado del ordenador

El kastillo

Domingo, Junio 19th, 2022

Aunque nos reservamos otros whatsapp en la nevera para que se conserven frescos con la caló que ya tenemos encima, reproducimos en este su blog un nuevo texto de esos anónimos que circulan de teléfono móvil en teléfono móvil por la gracia del texto y la comparación –fácil podrá pensar alguno– con una obra de Frank kafka que no es, casi, La metamorfosis.

El texto está escrito para iniciados en los acontecimientos recientes en materia de políticas culturales que emanan del Cabildo Insular de Tenerife. Ese kastillo (con k que ponemos nosotros) al que hace referencia el título de estas líneas.

“De la misma forma que en la obra homónima el Castillo de Kafka. Su protagonista, conocido solamente como K., lucha para poder acceder a las misteriosas autoridades de un castillo que gobierna una isla al cual K. ha llegado a trabajar como agrimensor, como último recurso, como segundo plato de una comida indigesta.

Esas misteriosas fuerzas, Arriaga y Martín, luchan por conseguir el poder del castillo, tras un falso pacto entre antagonistas. El segundo coloca al K., dado el fallido intento con su primer esbirro L., habitante del castillo, con un problema psicológico, quizás bipolar, donde no llega al año en el cargo. Fruto de su inoperancia y soberbia. Ya le pasó en otra aventura más musical, pero nadie aprendió la lección. Ni siquiera este pobre agrimensor. Aunque se entiende que eso no importa, si se trata de repetir los mismos errores.

Oscura y a ratos surrealista, como la obra de Kafka, este castillo trata sobre la alienación, la burocracia, y la frustración de unos y otros, aparentemente interminable, de los intentos de unos péleles de oponerse a un sistema que no es el suyo, un sistema que no entienden e intentan acomodar a sus amigos y pleitesías. Que les queda grande, que los supera con el agravante de que el anterior agrimensor a K., L., es íntimo amigo suyo y le impone una forma de entender el asunto cultural, sesgado, elitista y sobretodo, el de una persona que usa la venganza, fruto de sus frustraciones como motivo y razón para sobrevivir, y donde siempre necesita de una némesis o enemigo imaginario para poder levantarse de la cama, como motivo.

Esa edificación, encierra la historia del agrimensor K. en su intento imposible de acceder a un castillo cuyos propietarios le han contratado para realizar un trabajo del que ni siquiera sabe su naturaleza. No lo sabe, y es manejado por los intereses bastardos de su predecesor y del resto de los interesados en esta bastarda aventura. A ambos agrimensores les mueve el dinero y el poder. Les importa muy poco cambiar la situación, sólo sus bolsillos y el de sus amigos.

Resulta curioso, que el trato que reciben los campesinos más próximos sea exquisito, mientras que al resto los obliguen a competir mediante un invento llamado subvenciones de concurrencia competitiva. Una doble moral camuflada con sus intentos de mostrarse como individuos éticos. Dando lecciones a diestro y siniestro bajo el signo de la falsedad. Nombrando unos jueces de su cuerda para aparentar una falsa justicia en el reparto de dádivas.

Si tras estas licencias literarias, no son capaces de comprender la historia lo diremos más claro. Se trata de Alejandro Krawietz Rodríguez y su mano negra Leopoldo Santos Elorrieta, que de santo, no tiene nada.

Pobre cultura insular, pobres gentes de la cultura. Este castillo es una ruina. Y no, la pandemia no tiene la culpa. La tienen ellos, que son más letales y para los cuales no hay vacuna que valga”.

Saludos, saludos y saludos, desde este lado del ordenador

Nada

Jueves, Marzo 17th, 2022

Me quedo mirando fijamente la fotografía. La estudio, dedicándole todo el tiempo del mundo porque no deja de asombrarme la imagen. Se trata de un entierro, imagino que de alguien con nombre en aquel tiempo…

Lo curioso de la instantánea es que ahí está la casa familiar en la que viví hace mucho tiempo, demasiados ya, y que los que aparecen en esa ventana del primer piso deben de ser, entre otros, mi madre, que coge entre sus brazos a un bebé que debe ser uno de mis dos hermanos mayores…

No sé de que año es la foto, ni me interesa, lo que me deja pensativo un rato largo es que cuando se sacó yo no existía. No había venido al mundo. Que en ese momento era nada. Una nada perfecta. Como borrado del mapa que forma el pasado.

Amplio la imagen con la esperanza de ver si reconozco a mi madre y a las otras personas que están asomadas a esa ventana que daba a la consulta de mi padre pero no obtengo recompensa porque, a medida que hago más grande la fotografía, los rostros, las cosas, se desdibujan, se hacen borrosas como fantasmas.

Estoy, digamos, como en un estado de shock, y algo me dice muy adentro que cuando deje este mundo volveré a ser nada. Nada absoluta. Reflexiono entonces que quizá mejor, que quizá sea mejor que no haya ni cielo ni paraíso como se empeñó en meterme en la cabeza el cura que me dio Religión, una asignatura que aprendí a detestar no porque no la entendiera sino por aquel sacerdote que nos animaba a a ir a misa, a su misa, porque se cantaba y él tocaba la guitarra.

Santo, santo es el Señor. Dios del universo…

Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… Danos la paz.

No fui nunca a la misa que daba aquel cafre con sotana. Aquel mismo cura que me condenó un día al infierno porque le planteaba preguntas que no sabía responder.

- Padre, ¿podría explicarme porque Jesús dice en los Evangelios que vino a impone la espada y no la…”

En fin. Quizá eso explique mi temprana afición por la literatura fantástica y de terror. Imaginarme otro mundo lleno de dolor y sufrimiento para irme acostumbrando en vida a la otra vida… Hasta que me di cuenta, leyendo Juliano, el apóstata, de Gore Vidal, que después de esto lo que hay es NADA.
Mejor así, ¿verdad?

Miro la fotografía y alucino con mi no existencia. Con la idea de que mi familia no supiera entonces que iba a nacer varios años después. No hay escalofríos sino una inmensa tranquilidad. Me da paz comprender que ya entonces todos, absolutamente todos somos polvo, y que en polvo nos convertiremos.

Los dedos de mis manos están cubiertos de cenizas de mis muertos y pronto las mías cubrirán las de los que vienen detrás.

Y me veo, ya adolescente algo solitario, en aquel confesionario de la iglesia del Pilar con aquel cura preguntándome “¿usted se toca?”, y yo tan terriblemente inocente preguntándome a qué demonios se refería aquel tipo. Vaya rato malo pasé.

Tras los padrenuestros y avemarías que me dijo que rezara para salvar mi alma decidí, allí de rodillas y con las manos pegadas, que no volvería a confesarme jamás.

La fotografía, la ventana del piso de ladrillo rojo donde viví con mi familia… entonces la avenida del general Mola y ahora de las islas Canarias. En esta pequeña capital de provincias que es y sigue siendo Santa Cruz de Tenerife. Frente del mismo teatro Baudet, aquel cine donde vi tanto cine. Muchas películas para mayores de 18 años. Y aquel cine en el que mangué tantos carteles que debo de tener en algún lado. Escondidos, quizás. O ya no me acuerdo con tanta mudanza donde los puse.

Veo la imagen y se me vienen a la cabeza muchas ideas, una de ellas es que ese Santa Cruz de Tenerife que recoge la fotografía no llegué a conocerlo aunque el que recuerdo de mi tierna infancia no tiene nada que ver con el actual. Y no solo porque casi todos los cines ya no existan, ni sus librerías… ni que la calles ya no estén bautizadas con nombres franquistas.

En mi imaginación aquel Santa Cruz es como el que me muestra la imagen, una capital de provincias en blanco y negro. Aunque más que blanco y negro, de grises.

Y recuerdo, aunque el recuerdo es en color, a ese otro cura recién salido del seminario que un día nos mostró (¿un streaptrease?) que no llevaba una camisa blanca detrás de su camisa negra sino un alzacuellos, aquel pedacito blanco era una cinta que rodeaba su cuello. Lástima que no se estrangulara con él… eso lo digo ahora que recapitulo con cierto rencor toda aquella miseria humana.

Ese mismo cura recién salido del seminario nos castigó varias semanas después porque la mayoría de la clase no se había estudiado las oraciones del Catecismo. En mi caso, solo me sabía de memoria el Padre nuestro y el Dios te salve María, el resto ni idea.

Reza el Credo…

Creo en Dios todopoderoso…- dije y me quedé en silencio. El resto de la clase mirándome con ojos de pescado muerto.

- Pues el Por mi culpa.- insistió aquel sacerdote recién salido del seminario.

- Por mi culpa…- comencé golpeándome el pecho porque era una oración en la que había que golpearse en el pecho pero no me sabía más que el inicio…

El cura recién salido del seminario dio un grito y le dijo a otro que rezara el Credo, pero tampoco. Ni el otro ni el otro alumno que estaba más allá.

Se puso colorado, rojo como un tomate y nos castigó a toda la clase a que formáramos una fila en el pasillo del colegio como castigo.

Allí, de pie, pasamos el recreo mientras los que entraban y salían del patio nos preguntaban qué habíamos hecho…

No sabernos las oraciones del Catecismo, le respondíamos la plebe, los castigados, los herniados a los que no nos entraba en la cabeza sentirnos culpable por aquel desconocimiento.

Cuando se acabó el recreo y pudimos entrar en clase el cura nos dijo que dos días después nos iba a preguntar lo mismo, las oraciones esas.

Y espero que se las sepan todas.- dijo. No sé si me miró cuando soltó la amenaza pero digamos que sí ya que soy yo quien escribe esto.

Sí que recuerdo que el pelota de la clase se comprometió, y así lo dijo en público, a aprenderse el Credo de misa y no el del Catecismo que, descubrí, vaya por Dios, que era algo diferente. Vamos, como el Padre nuestro que aprendí de memoria y el que ahora se canta en misa.

Estos recuerdos de infancia se me despiertan en la cabeza al observar la fotografía en la que se ve la ventana de casa de mis padres y unas personas asomadas a la ventana. Quiero creer que la que lleva un bebé en brazos en mi madre pero no lo sé. O no estoy seguro.

Otro pensamiento cruza mi cebero y es cuando murió Franco, y como el profesor, don Rafael, al que recuerdo con los hombros levantados, una vez pasado el luto por la ausencia de aquel militarote, colgó dos carteles en clase: uno con el último discurso del tipo al que ahora quieren quitarle la monumental estatua que tiene en la capital tinerfeña y el primero que pronunció ya como rey (¿o no lo era entonces todavía?) Juan Carlos I.

Sí que recuerdo que cuando el entierro de Franco, mi padre emocionado y feliz porque hubiera muerto aquel viejo casposo se lamentaba de no tener un vídeo para grabar aquel momento: el cadáver del dictador al que iba a ver un montón de personas.

Unos se santiguaban y se inclinaban en señal de respeto y otros imagino que para comprobar in situ que, efectivamente, el dictador había muerto.

Miro la foto, esa vieja fotografía que encuentro en un sitio de fotogarfías antiguas de mi ciudad en FaceBook, y pienso que pienso porque existo. Si no existiera, ¿verdad Descartes?, no pensaría porque no existiría.

Así que nada, nada es lo que fuimos antes de nacer y nada es lo que volveremos a ser cuando ya no estemos.

Nada.

Dejad que los locos se acerquen a mi

Miércoles, Marzo 9th, 2022

En una entrevista que mantuve hace tiempo con Kiko Amat, presentaba en Tenerife la novela Antes del huracán, explicó que había nacido en un barrio próximo a un psiquiátrico por lo que se había acostumbrado a convivir con sus pacientes, la mayoría con derecho a salir a la calle. Fue un momento interesante. Le recordé a Amat que aquí en Santa Cruz pasaba algo similar. La capital tinerfeña cuenta con un hospital psiquiátrico y la población ha asimilado como vecinos a los enfermos a los que el centro les abre la puerta de la calle para que den un paseo, transiten por la ciudad y se mezclen como uno más entre una ciudadanía que cada día está perdiendo un poco más la cabeza.

El hecho de que convivamos locos y cuerdos es un grado en una capital de provincias que se empeñó en mirar a la montaña y no al mar. Creo que también define al carácter de sus habitantes al convertirse en costumbre contemplar a un tipo soltar gritos por la calle como si le fuera la vida en eso mientras cruza a tu lado como si no existieras.

El hecho de que uno reaccione como si nada (más allá está el que se pone a dar saltos como si de un karateka se tratara mientras el gato negro que lleva atado a una correa lo observa sin apenas despeinarse) delata a los que vivimos aquí de los que no. Estos últimos pegan un brinco y se ponen a la defensiva cuando un loco o uno que se hace el loco pasa a su lado. No están acostumbrados a ver gente gritando sin motivo aparente o durmiendo la siesta en la entrada de un garaje abandonado.

El martes pasado, mismamente, me tropecé en el parque Viera y Clavijo –que es ese entorno que ahora quieren transformar en el Museo Rodin– con uno de los indigentes que duerme allí a la intemperie en uno de los bancos que miran al pequeño parque infantil tirado en el suelo mientras unos y otros paseantes pasaban a su lado como si nada.

Vale que estamos curados de excentricidades pero ver aquello me preocupó porque el señor estaba literalmente paralizado en el suelo. Me arrodillé a su lado y le pregunté si le pasaba algo. Si tenía que llamar al hospital pero me dijo con una voz bastante gangosa que no. Le pregunté si deseaba que lo sentara en el banco que le sirve de cama y asintió con la cabeza. Le di la mano e intenté la maniobra de que se pusiera en pie pero no hubo manera. Pesaba demasiado. Por fortuna vinieron en mi ayuda una pareja que deberían de estar estudiando enfermería. La más volcada era la chica, que no dejaba de hacerle preguntas al hombre que entre los tres habíamos sentado ya en su sitio, pero por sus ojos uno apreciaba que no se enteraba demasiado de lo que estaban contando.

No sé como quedó la cosa porque me despedí de aquellos samaritanos rumbo a casa. La chica me recordó que no dejara de lavarme las manos cuando llegara a mi destino.

No vi en mi deambular ramblero, con la perra dando saltos detrás, al indigente con las piernas repletas de llagas ni a la señora pelirroja que viste de manera extravagante y que siempre que me ve me despide con “un adiós, señor” no sé si con ganas de que se entere todo el barrio. El caso es que uno les coge cariño y que los echa de menos cuando no me los tropiezo en los largos paseos que doy por esta ciudad en la que cuerdos y locos se confunden.

Si no, ya me dirán qué parece esa chica o ese chico que va hablando solo por la calle, gesticulando con las manos… hasta que descubres que mantiene una conversación con el manos libres.

Forman parte del paisaje de esta capital chiquitita pero con pretensiones de gran ciudad. De cateto con título universitario que los hay y a montones. Noto en falta, sin embargo, a uno de mis locos. Un tipo que iba con muletas, más o menos aseado y que cuando me veía además de pedirme dinero me llamaba “señor juez” porque debía de recordarle a uno, imagino. Me enteré el otro día que ya no estaba entre nosotros, que se mató accidentalmente cuando se cayó en las escaleras de su casa y el cráneo se le partió en uno de los peldaños.

Ruego a los dioses que no sufriera, que no agonizara mientras esperaba a que algún vecino entrara o saliera a la calle y lo descubriera allí tirado, en medio de un charco de sangre.

Me dio una tristeza infinita porque pese a que no conociera su nombre formaba parte del paisaje de una capital de provincias cada día un poco más sucia, desordenada… descuidada.

Seguiré escribiendo sobre todos ellos, los locos y los que se creen cuerdos porque si no exploto lo poco que me queda ya de memoria reventaría. Por dentro y por fuera. Me resulta curioso como nadie, o casi nadie, se ha hecho eco de todos ellos en su literatura o su cine claro que, tanto la literatura como el cine viven al margen de la realidad grisácea en la que nos movemos. Transitamos… Nos cubrimos con una piel que endurece nuestro corazón ante las miserias humanas que desfilan todos los días ante nuestros ojos y hacemos como si no existieran. Como si formaran parte de otro mundo, de otro lugar… Es una manera de evitar la verdad, que ellos, los que llamamos locos, son nosotros y que nosotros somos ellos.

Llegó a la plaza de la Paz y escucho el alarido del tipo de cabello y barbas blancas como la de un profeta. Ese chillido que suelta no sabe a lamento sino a vómito. Se trata de un ahggg más próximo a la arcada que al grito que uno suelta para liberarse.

Yo creo que lo que quiere decir es que “de ellos es el reino de los cielos” pero quién demonios lo sabe…

Saludos, aghhhh, desde este lado del ordenador