Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Mientras pasa agosto…

Jueves, Agosto 26th, 2010

* La revista Science publica mañana, viernes, 26 de agosto, el último trabajo del investigador tinerfeño Rafael García Bustinduy en el que estudia las características de una estrella similar al Sol.

* El equipo canario ARWC Bimbache Extrem- Trangoworld participa en las series mundiales de Raids Costa Rica Adventure Race. Se han inscritos 18 equipos venidos desde todo el mundo y entre ellos  el único equipo español son ARWC Bimbache Extrem- Trangoworld. El equipo está capitaneado por Tomas Peñaranda, y lo forman Jesús Bermejo y los tinerfeños  David García Galván y Loreto García Fuentes. Para seguir de cerca esta aventura pincha en: http://www.arcostarica.com/ o consulta el blog de la competición: http://fact30.blogspot.com/2010/08/equipos-de-adventure-race-este-sabado.html.  

* Un descubrimiento veraniego. Y al módico precio de 2 euros. Una ganga. Si la memoria no me falla creo haber visto este filme en la noche de los tiempos pero poder descubrirlo o redescubrirlo que no sé, ha sido muy placentero. Me refiero a la película El viejo fusil. Un filme de venganza, algo así del estilo de las que protagonizaba Charles Bronson pero ambientado en la Francia ocupada por los nazis en 1944. Protagonizada por Philippe Noiret y Romy Schneider, lo primero que me llama la atención de esta especie de perros de paja sin finas hierbas es que el vengador lo encarne un burgués bien avenido, obeso y con gafas, a quien se le funden los plomos cuando un batallón de SS acaba con su familia. La película va un poco más allá, no obstante, del indómito espíritu guerrillero que enciende a este, insisto, buen hombre. La dirige Robert Enrico, y me pregunto cómo diablos nadie ha hecho referencia de un título que sabe bordear con sapiencia la delgada línea roja que separa a la cordura de la locura. Viéndola, recordé otra cinta gabacha sobre venganza, Irreversible. Un largometraje polémico y durísimo, y uno de esos dvd que conservo en mi particular videoteca junto a otros filmes tan incómodos pero rabiosamente intensos como Salo, del maestro Pasolini.

* Leo tres libros a la vez. Uno es Poesía canaria actual (A partir de 1980), una antología del profesor Miguel Martinón editada por Idea. Otro, Raúl Castro: la pulga que cabalgó al tigre, del periodista Vicente Botín y por último releo, alucinado, Jazz blanco, de James Ellroy. Espero pronto ofrecer mi peculiar diagnóstico de la Poesía canaria actual que propone Martinón. Respecto al texto de Botín, advertir a los incautos que se trata de un panfleto anticastrista que no aporta nada nuevo salvo mucha bilis a los que más o menos están iniciados en las cosas de la revolución cubana. En cuanto al libro de Ellroy, apuntar a corazones delicados que quizá se trate de la mejor novela de su cuarteto de Los Ángeles (La Dalia Negra, L. A. Confidential, El Gran Desierto). Pese a que recuerdo parte de la trama, me asombra descubrir nuevos matices en la novela, así como desenmarañar la imbricada maneja de su trama.

Saludos, mientras pasa agosto, desde este lado del ordenador.

Usted puede ser el asesino (IV)

Miércoles, Agosto 25th, 2010

I.- EL GORRIÓN CAIDO

Sam Waldo se encontró al volver de la barra con los dos botellines de cerveza que la mesa que ocupaba la mujer de voz aterciopelada estaba vacía. No hizo un drama porque se esperaba algo así. Se preguntó, no obstante, cómo demonios podía haber salido del local sin que se hubiera dado cuenta.

Se sentó en la misma mesa mientras Claudio exigía a los clientes que fueran aligerando para cerrar. Waldo dio un trago de la bebida, muy gélida, que resbaló por su garganta despertando sus instintos de fumador. Rebuscó en los bolsillos del pantalón con la esperanza de encontrar un paquete arrugado de cigarrillos y tuvo la sensación de que los dioses del vicio conspiraban para hacerlo feliz cuando sus dedos toparon con uno bastante arrugado.

Le quedaban tres. Encendió uno.

La puerta del garito se abrió y entraron dos hombres altos. Uno tenía el pelo de punta y el otro liso, ambos llevaban espejuelos. Claudio les gritó desde la barra que el bar estaba cerrado pero los dos tipos no le hicieron caso. El del pelo liso gritó: “no intente escarbar en la conciencia de alguien que no tiene recuerdos”, frase que casi hizo que Waldo se cayera de la silla y tirara la colilla al suelo.

- Mr. Arkadin, 1955, Orson Welles.- contestó Waldo desde su sitio. Los dos hombres lo miraron, luego se miraron y se acercaron a la mesa.

- Usted dirá.- dijo el del pelo liso mientras se sentaba frente a él.

Waldo aplastó la colilla en  el suelo.

- Necesito ayuda.

Los dos tipos continuaron observándolo. El del pelo pincho parecía incluso divertido.

- Y papeles.- añadió Waldo.

- No olvidamos a los hermanos. Explíquese.

- ¿Podríamos hablar en otro sitio?

II.- CONTRA EL MAÑANA

Caminaban por las calles mal iluminadas. Waldo entre los dos tipos. Vistos de lejos, parecían dos armarios con patas al lado de una mesita de noche.

- Creo que me han tendido una trampa.

- Ah, ¿cree?

- - Bueno, estoy prácticamente seguro que me han tendido una trampa.- respondió Waldo sacando el segundo cigarrillos del paquete arrugado.

- Explíquese.- escupió el del pelo pincho.

-  Bueno, yo, es largo de contar…

 - Tenemos toda la noche.

- Ok. Intentaré resumirles el caso.

Se metieron en una plaza redonda, con una fuente adornada de ranas y con un cisne justo en el medio al que le habían partido la cabeza. El del pelo liso y Waldo se sentaron en uno de los bancos mientras el otro armario vigilaba la zona.

- No creo que nadie nos moleste. Cuente usted, hombre de Dios.

Waldo inclinó la cabeza y entrecruzó los dedos.

- Todo comenzó cuando…

III.- PRESA

Amanecía cuando Sam Waldo terminó de contar su historia. El del pelo liso se había quitado las gafas y limpiaba los cristales con un pañuelo de papel.

- Caramba.

- ¿Puede decirme quién es esa misteriosa mujer?

- ¿La que desaparece siempre?

- Esa misma.

El del pelo liso le hizo una seña al del pelo pincho para que se acercara.

- Estamos más cerca de lo que imaginába…

Waldo sintió de repente algo caliente en su boca, se apartó asustado y vio alucinado que donde tenía que estar la cabeza de pelo liso sólo había un hueco. Se pasó la mano por la boca y comprobó que aquello caliente eran restos de masa encefálica.

- Al suelo, cretino.- gritó pelo pincho mientras sacaba una pistola mastodóntica. Resonó en la plaza un crack. Luego otro crack. Waldo contempló como pelo pincho lo empujaba dos veces la nada. Tropezar y caer dentro de la fuente mientras de su pecho saltaban ríos de sangre.

Arrastrándose por el suelo se fue escabullendo hasta esconderse detrás de una palmera. Un crack devoró parte de su tronco estriado. A lo lejos se escuchó el estridente chillido de varias sirenas.

Waldo se atrevió a sacar la cabeza y vio a un tipo correr con un fusil entre las manos calle abajo. El detective privado respiró hondo, escapó por la vía contraria.

Las sirenas sonaban ahora más fuertes.

Los titulitos corresponden a novelas de Dorothy B. Hughes, William P. McGivern y Terry Cline.

Plan de invasión silenciosa…

Sábado, Agosto 21st, 2010

Las cosas han cambiado mucho desde que llegué a este minúsculo planeta.

Informo: Elliot ha terminado por convertirse en un yonqui que sólo abre la boca para decir a quien le escuche: “yo veo extraterrestres”. Su simpática hermana Gertie es una feliz charcutera que cuando corta un trozo de carne musita: “mi casaaaaa”; y Michael, el hermano mayor, se encuentra destinado como militar de operaciones especiales en Iraq. Todas las noches y mientras mira a la estrellas se mete dentro del cuerpo el contenido de una caja entera de cerveza.

Todos estos elementos me hacen concluir que hemos acertado en nuestro plan de silenciosa invasión. Por ello, he considerado un gasto más que necesario que continuemos invirtiendo en abducidos porque si bien últimamente se han vuelto demasiado detectables: ¡no importa!

Creo, no obstante necesario señalar, que prestemos atención entre los que se hacen llamar independientes. Todas esas cucarachas que se resisten a dejar su modo de vida. Esto nos hace pensar que para el alto mando puede resultar muy interesante el siguiente documento que le hemos arrebatado a uno de ellos. Un tipo presuntamente normal para estos irritantes insectos.

“Me resisto a creerlo pero soy consciente que ya están aquí. Se parecen a ti pero no son como tú. Hace tiempo iniciaron su campaña de lavado de cerebro y todo hace sospechar que esperan culminarla muy pronto. Muy pronto.

Veo hogueras en solares y descampados donde hombres y mujeres terminarán por arrojar a las llamas toda esa documentación inútil y en papel que han ido recopilando con el paso de los años. Es probable que alguno llore en silencio pero seguramente la mueca de la resignación se dibujará en la cara de la mayoría de ellos (nosotros). Incluso muchos sentirán el inexplicable placer de quemar sus libros. De borrar ese pasado amarillento que ya no tiene cabida en el mundo.

La tipología del lector dará así un cambio radical aunque afortunadamente esta metamorfosis no afectará al veneno de la literatura.”

Con el objetivo de informar sobre algunas de las manías de quien habla este sujeto –es preocupante la última línea: “no afectará al veneno de la literatura”– hemos interrogado a algunos de estos posible rebeldes bajo hipnosis para poder detectarlos y aplastarlos con mayor facilidad cuando la invasión sea casi completa.

ATACAR SU HÁBITAT

EL CUARTO DE BAÑO.- Hemos descubierto, según muchos de los encuestados, que se trata de la mejor habitación de la casa donde pueden refugiarse para leer un rato. La media de estadía, con independencia del sexo, es que salgan de tan extraño habitáculo una hora después. Hemos observado que si el individuo/a vive acompañado, esta demora complica seriamente su relación.

EL DORMITORIO.- Para la mayoría se trata del sitio de la casa ideal aunque piensen casi por unanimidad que no es una buena idea leer algo antes de dormir, lo que debería estimular nuestros esfuerzos para que, precisamente, lean algo antes de dormir. La cosa se complica si el individuo/a lee por la mañana aseado y vestido antes de enfrentarse a lo que denomina como “rutina diaria”. Estos casos podrían ser muy molestos para la causa ya que insisten en que es el mejor antídoto para combatir a los que no son como nosotros. Es necesario convencer a los más débiles de lo contrario.  

SENTADO EN CUALQUIER PARTE.- Al observar que no acaba por convencer a la mayoría de los encuestados salvo cuando el sillón se encuentra fuera de su vivienda, recomiendo que promovamos en las cucarachas precisamente el sentimiento opuesto.

ESCUCHANDO MÚSICA.- La amplia mayoría ha coincidido en que a veces la música les acompaña en un rato agradable de concentración y lectura aunque generalmente el poder del oído resulta más fuerte que la seducción de las palabras. Ello me hace concluir que inundemos su universo sonoro de basura a la que puedan considerar como  música. 

CON LA TELEVISIÓN ENCENDIDA.- El que pensábamos era nuestro mejor aliado no ha resultado serlo tanto. Un grupo de los encuestados aseguró que si se encontraba leyendo cualquier cosa con ese aparato encendido solía apagarlo. Un apunte que considero digno de atención es, sin embargo, que según una de estas cucarachas: “Cuando intento leer con Sálvame de fondo –¡¡¡urgente: identificar este programa!!!– me doy cuenta que al final triunfa siempre las cuitas de Belén Esteban que las del joven Werther de Goethe”. (¿Belén Esteban?, ¿Goethe?, ¿son de nuestro planeta? INVESTIGAR).

(INVESTIGAR).

Saludos, al modo piel roja, desde este lado del ordenador.

Tipologías del espectador de cine

Martes, Agosto 10th, 2010

ADVERTENCIA

Esta tipología no pretende ser científica aunque sea resultado de largos años de observación y estudio de campo en distintas salas del mundo. Somos conscientes que muchos de estos tipos han involucionado en vez de evolucionar con el paso del tiempo y que el cine como espectáculo ya no es lo que fue ayer. No obstante, hemos descubierto que aún se conservan comportamientos constantes, como si estos quisieran resistirse a morir con el paso del tiempo. El presente trabajo sólo es un anticipo de un estudio mucho más amplio que esperamos finalizar en próximos meses. 

PROFESOR FRANZ DE COPENHAGUE

EL NOSTÁLGICO.-  Aquel que sigue yendo al cine pese a su elevado precio y por norma general pésima oferta. Suele ir sólo o en parejas porque rara vez se le ve en grupo. Cada vez son menos, quizá porque conocieron una forma de cine que ya no se estila. Los cursis llaman ahora a esas salas de pantalla única. El nostálgico siempre las recordará como cines. Para estos individuos salir de casa, ver una película y después tomar una copa se convirtió en un acto casi religioso. Como hoy ya no hay religiones sino fanáticos, muchos de estos nostálgicos se han encerrado en casa donde continúan viendo cine pero en la pequeña pantalla. En la soledad de su casa se han acostumbrado a no descubrir películas sino a ver las que una vez vieron en pantalla grande.
 
EL CINÉFILO.- Los miembros de esta especie, en contra de los nostálgicos, siguen gozando de relativa buena salud. Se los reconoce porque suelen leerse todas las revistas que van de serias sobre cine que hay en el mercado y presumen de paladar refinado. Son capaces de descubrir un mundo mágico y de colores con películas la mayor parte de las veces pretenciosas y se inflan como pavos reales cuando hablan de cine raro. Pero no porque ese cine sea raro de verdad sino porque suele resultar un tostonazo. Si te toca uno al lado, lo mejor es apartarse discretamente, no por peligrosos sino porque resultan, francamente, una panda de diletantes.

EL CINÉFAGO.- Algo así como las cucarachas pero en versión aficionados al cine. Apuntamos lo de las cucarachas porque tienen igual o superior capacidad de resistencia que tan entrañables insectos. Además, y como ellas, devoran cualquier cosa que sea imagen. Les importa un pimiento que la película sea mala o buena ya que lo que buscan es alimentarse con cualquier tipo de imágenes. No es recomendable que se le pregunte a la salida del cine qué les pareció la película porque pondrán los ojos en blanco y se pasearán la lengua por la comisura de los labios.

EL COTUFERO.- Suele ser el espectador que se pertrecha de toda clase de alimentos con alto contenido en grasa para ver una película. Dudo que le importe el filme en sí pero no el refresco, el cartucho de cotufas, chocolatinas, bolsas de papas fritas o cheetos y gominolas que sea capaz de transportar. Son multitud últimamente y miran de manera asombrada a quien acostumbra a ir al cine sin su correspondiente cátering encima. Ayudan a soportar una película mala porque uno le presta más atención a su succionar y masticar  que al propio filme en sí. La cosa cambia si lo que estás viendo merece la pena. Es probable que entonces se convierta usted en un aprendiz de Norman Bates.

EL CHARLATÁN.- Francamente molestos. Son los que se ponen a hablar por el móvil o con el compañero que tenga al lado sin importarle un pimiento el resto de los espectadores. Normalmente lo que cuenta no tiene nada que ver con la película sino con una amiga que lo dejó colgado, las zapatillas de tenis que espera comprarse un día de estos o las ganas que tiene de coger vacaciones. Deberían de prohibirles la entrada porque además se ponen muy violentos si uno los manda a callar.

EL ENTERADO.- Es aquel que en medio de la película suelta un chiste o grita para que nos enteremos todos que el asesino es el mayordomo. Cuando sueltan chistes y la película no vale un euro hacen gracia. Sobre todo si es original, aunque últimamente no suelo reírme con sus chascarrillos será porque la gente ya no es tan original. El enterado se convirtió en algo así como un objeto de culto en cines de verano tan inolvidables como el de la plaza de Toros de Santa Cruz de Tenerife. Acudir a este cine era como una experiencia alucinógena, no ya por el propio cine, instalado en la arena y con la pantalla agitada por el viento, sino por la peña que perdía el rato haciendo que veía la película (¡eso sí que era cine de barrio, con la copia hecha añicos y un sonido de puta pena!). En la proyección de Lúcifer, recuerdo a un borrachito señalar a la pantalla y exclamar cuando el ángel caído levantaba a los muertos algo así como un ¡¡¡Yo a ti te conozco!!! que todavía me hace estremecer la mandíbula. Y no sé, precisamente, si de la risa. ¡Linterna!

LOS ENAMORADOS.- Parejas que van al cine no sé si a ver una película. Si son primerizos y sus intenciones aún castas, los chicos suelen meterse a ver cualquier cosa. Si no les entretiene sueles oír en voz baja a él o a ella algo así como ¿por qué no nos vamos? Ahora bien, si la cosa funciona, pueden que hasta salgan más enamorados. En mis tiempos esta especie iba al cine sencillamente a meterse mano.

EL PESADO.- O el que se te sienta al lado –independientemente de su sexo– y no para de moverse, consultar el móvil o mover las piernas como si tuviera el mal de San Vito. No hablan, pero también te puede tocar uno de esos. Si es así ¡cuidado! porque es el que llega tarde y te pide que les expliques cuánto se ha perdido de la película. O que quién es ese con la cara quemada…

EL QUE SE QUEDA HASTA EL FINAL.- Normalmente son los cinéfilos, que para ellos esto de ir al cine es como para un católico ir a misa. Cuando acaba el filme se quedan hasta el final y hacen que leen los títulos de crédito. Últimamente, y si se trata de una producción de éxito, ya no son sólo estos los que se quedan sino también todos aquellos que saben que al final hay un par de minutos de película de más.

LOS QUE SALEN NADA MÁS LLEGAR EL FINAL.- Suele ser la mayoría. Cuando acaba la sesión se levantan en tromba y como una avalancha humana se dirigen a la salida sin importarles un pimiento pisarle los callos al que se queda tranquilamente sentado en la butaca. Los más previsores escapan de la sala incluso antes de que aparezca el The End de rigor en pantalla.

EL LISTO.- Son todos aquellos que ocupan la butaca que no le corresponde pese a que la sesión sea numerada. Normalmente te cuentan una milonga para que le dejes tu sitio, como la de explicarte que no se va a llenar la sala y que hay asientos mucho mejor que el que te corresponde. Al final, o llegas a las manos o llamas al linterna (acomodador) para que se vaya a hacer puñetas.

LOS PURISTAS.- Esta especie va un poco más lejos que la de los cinéfilos. Normalmente se colocan en las butacas que estén más próximas a la pantalla y se quedan en la sala hasta que desaparecen los títulos de crédito. Son, generalmente, más hombres que mujeres y suelen ir solos al cine.

EL FRIQUI.- Se han multiplicado. Y gran parte de culpa la tiene la puñetera Guerra de las galaxias. Hoy la película puede ser Batman, Iron Man o las del Harry Potter, y siempre se tratan de segundas, terceras o cuartas entregas. Los localizas porque entran en la sala con los ojos inyectados en sangre y notas su nerviosismo a distancia considerable. Esto de estar nervioso es porque esperan como agua de mayor ver la segunda, tercera o cuarta entrega del éxito de turno. A veces, incluso, van disfrazados de sus personajes favoritos.

LOS ROMÁNTICOS.- Haberlos haylos sólo que ya son pocos. Se refiere a aquellos espectadores que si les gusta la película suelen aplaudir al final. Apenas se les hace caso, pero debo de confesar que una de mis experiencias más placenteras con esta especie me sucedió viendo en Madrid la primera parte de Érase una vez en América y Brazil. Fui de los que aplaudí.

EL CABREADO.- Cuidado con éste. O ésta. Sobre todo si te toca al lado. Se trata de un animal lleno de mala leche y si puede provocará una pelea con el que tiene al lado para amargarle a la víctima la que suponía iban a ser dos horas de relax. Recuerdo todavía como en una sesión suspendieron la función porque uno de estos cabestros se lió a puñetazos con un pobre muchacho. Al final tuvo que intervenir la policía.

LOS SUBIDOS DE TONO.- Probablemente sea una de las experiencias más agradables o desagradables que le puede pasar a uno dentro de un cine. Póngase en situación: está viendo una película y siente como una mano se coloca encima de su pierna o como un pie roza con el suyo. Mira de reojo para descubrir quién es el autor o autora de esta seducción y el chasco puede ser mayúsculo si observa que quien se le insinúa es algo así como el primo/a hermano/a de Quasimodo. Si ánimo despectivo por el tal Quasimodo.

EL DEL SHHH.- Son esos que no paran en mandar a callar. Y no sólo a los que tienen la manía de hablar sino a quien se mueve en su asiento o despega, procurando no hacer ningún ruido para no molestar, el envoltorio de un caramelo. Deben de creerse importantes. Lo mejor es responderles con otro shhh.

LAS CHICAS DE ORO.- O grupo, generalmente de señoras, de la tercera edad que va al cine porque es probable que no tengan nada mejor que hacer. Lamento decir que las que me han tocado suelen ser bastante escandalosas y que ahí he tenido que ser yo quien las llamara al orden con el dichoso shhh. No te hacen puto caso.

LOS NIÑOS.- Creo que fue Alfred Hitchcock quien dijo en cierta ocasión que detestaba rodar con niños. He llegado a la misma conclusión como espectador de cine: detesto ver una película con niños, sobre todo si van acompañados de sus padres, que es cuando los enanos se crecen ante la adversidad de todos esos adultos que también una vez fueron niños. Resulta no obstante un público inevitable si usted se mete en una de dibujos animados.

LOS BEBÉS.- No me considero un Herodes pero nunca he entendido cómo alguien puede llevar a un recién nacido al cine. No pasa nada si el crío duerme plácidamente pero si despierta y se pone a llorar soy de los que se le pone la piel de gallina. Debe ser algo que llevamos dentro, pero el llanto de un niño son de esas cosas que desarman. Ni los del shhh son capaces de decirles shhh

EL GAMBERRO.- El que va al cine a putear. Y putear de muchas formas. Habla, tira cotufas al que tiene enfrente, enciende un cigarrillo, lanza eructos en sensurround, etc, etc…  Obviamente, va al cine no por la película sino para putear. No es un tipo feliz, pero cuidado con él si va en grupo. 

Y LOS DEL GRUPO.- Generalmente son pandillas de adolescentes y hacen del cine una fiesta con sus gemidos. En la actualidad se les puede localizar sobre todo con las películas de la saga Crepúsculo. Personalmente, lo considero como un espectáculo añadido a estos filmes. Hacen hasta obligatorio que veas ésta y otras series similare en un cine.

Saludos, desde Copenhague, desde este lado del ordenador.

Más vale honra sin toros que toros sin honra

Sábado, Agosto 7th, 2010

A estas alturas de curso pocas cosas deberían de sorprenderme pero como el hombre es un mono sin pelo reivindico mi derecho al pataleo cuando me tocan un trozo de mi pasado. Debe ser cosa de la tradición, ese sello que llevas grabado en el subconsciente.

A propósito de la abolición de los Toros (a secas) en la Comunidad Autónoma de Cataluña más de uno se ha apresurado a recordar que en las provincias de ultramar –las Canarias– ya se había tomado esta determinación hace mucho, lo que se dice mucho tiempo.

Lo que nadie recuerda en sus artículos y tertulias televisivas o radiofónicas es que aquí la Fiesta llevaba lo que se dice bastante tiempo sin practicarse antes de que se tomara esta decisión. Aunque en el pasado remoto sí que gozó de entusiastas seguidores. Tantos, que la capital tinerfeña tiene plaza de toros, hoy un monumento agrietado y a punto de desplomarse en beneficio no de todos sino de unos pocos.

Fue tanta la afición taurina que incluso salieron de aquí toreros que más tarde se profesionalizaron en las plazas del mundo como el palmero José Mata y el tinerfeño Pedrucho de Canarias.

Desgraciadamente para unos, la Fiesta dejó de celebrarse en Tenerife porque resultaba muy cara. Además, asegura la leyenda, el animal tenía que descansar unos días antes de saltar al ruedo porque venía “mareado” por el viaje en barco.

Mi familia paterna, natural de las islas, era muy aficionada a los toros. Mi familia por parte materna, gaditana, sigue siendo muy aficionada a los toros. Todos ellos, los que ya no están y los que aún están, son buena gente. Personas sensatas que te tienden una mano cuando el horno no está para bollos.

Entre los recuerdos más felices de mi infancia se encuentra el de ir a la plaza de Toros de Cádiz con mi abuelo. Debía tener, si la memoria no me falla, cuatro años. Íbamos él y yo solos, porque mis hermanos preferían quedarse en casa. Para mí era un día importante. Tan importante que todavía conservo recuerdos fragmentados de la emoción que sentía por ir a ver a los toros. Porque primero hacíamos eso: ir a ver a los toros.

No sé si alguno de ustedes ha visto un toro de lidia al natural, pero les aseguro que si han tenido esa suerte comprenderán perfectamente lo que debió sentir Teseo cuando tuvo que enfrentarse al Minotauro.

Ese animal gigante y salvaje es de otro mundo. Irradia una insólita e indómita nobleza. Quizá sea porque su destino no está condenado al matadero.

Tras ver a los potentes animales, me sentaba con mi abuelo por donde sueltan a los toros para apreciar qué tal era su casta. Si salía bronco y con ganas de pelea el toro era un toro.

No recuerdo, como he leído por ahí, nubes de moscas verdes succionando charcos de sangre, pero sí al toro y al torero midiendo fuerzas en la arena. Todo ello bajo la atenta mirada de centenares de aficionados que sí saben lo que están viendo. Si hay un público realmente crítico con el arte, éste es el aficionado a los toros. Vayan a una plaza y compruébenlo.

Pónganse en situación: el calor, como el animal comienza a perder fuerzas, y el talento del torero y el entusiasmo de los espectadores son momentos que recuerdo de la Fiesta. También la indignación de mi abuelo y otros tantos aficionados cuando el torero no era torero sino un carnicero. Creo que fue en la plaza de toros donde aprendí mis primeras palabrotas.

Cuando terminaba la corrida me iba con mi abuelo y sus amigos a un bar de toros a tomar ellos unos vinos y yo un refresco. De tapa ponían caracoles. Desde ese día, caracoles, cómo me gustan los caracoles. Los mayores hablaban de la Fiesta y yo escuchaba. Ya no me acuerdo de la mitad de las cosas que decían pero sí del olor a pescaíto frito.

Al regresar a Tenerife y como aquí no habían toros, los veía con mis padres en aquella televisión en blanco y negro. Mis hermanos se iban al cine y yo me quedaba a ver los toros. Qué cosas.

Eso sí, pasó el tiempo y comencé a ir al cine en vez de ver los toros. Pero la Fiesta siempre ha sido Fiesta en mi memoria. Y todo ello pese a que, siendo ya un jovencito imberbe y con ganas de comerme el mundo, fui en San Isidro a ver a una corrida de toros de un torero de cuyo nombre no quiero acordarme. Era el segundo de aquel cartel y no tenía arte. Masacró al toro mientras la afición se levantaba en peso en la plaza de Las Ventas a punto de machacar a ese hijo de la gran puta. La intervención policial evitó que se hiciera con él lo que le había hecho al toro.

Ese día sí que olí a sangre. Pero a sangre humana.

Una amiga con la que fui, aficionada taurina, me confesó que ella como la mayoría estaba de parte del toro. “Es el que pierde. Pero pierde con honra”.

En ese momento pensé que mi amiga aficionada estaba algo loca.

Hoy ya no lo tengo tan claro.

¿Y es que acaso no fue Casto Méndez Núñez quien dijo aquello de “Más vale honra sin barcos que barcos sin honra?”

Saludos, entre nostálgicos y taurinos, desde este lado del ordenador.

Usted puede ser el asesino (III)

Jueves, Agosto 5th, 2010

I.- PECES SIN ESCONDITE

La banda sonora de Óscar, una pasión surrealista taladraba los oídos de Sam Waldo, atado de pies y manos en una mesa larga de metal instalada en una habitación de azulejos marrones que antaño –supuso– tuvieron que ser de impoluto blanco.

- ¡Noooo, noooo, noooo por favor!.- gritaba Sam Waldo mientras aquella endeomoniada música parecía comerle la cabeza.

- ¡No investigaré más! Entregaré el dinero ganado de este puñetero caso a los miembros del gobierno canario… pero por favor, ¡¡¡quiten esa maldita música!!!

Ni caso.

Continuaban los coros, la sinfonía perversa mientras del techo descendía una pantalla que se detuvo a pocos metros de las narices de Waldo.

La música se calló de repente mientras de los oídos del detective salían hilos de sangre aunque a causa del repentino y misterioso silencio, dentro de los machacados sesos de Waldo se multiplicaron sonidos imaginarios. Ecos fantasmales: ohhhh, ahhhh, ihhhh

La pantalla se encendió.

Y aparecieron ¡Cabras! ¡Miles de cabras! Terminaban las cabras y se volvía a poner aquello de las cabras. Sin sonido. Sólo cabras. Cabras. Cabras y más cabras.

Waldo quedó sin sentido.

II.- EL FACTOR HUMANO

Abrió los ojos y no vio cabras aunque éstas aparecían saltando en una nube de inconsciencia. Un agudo pitido perforaba su tímpano. Comprobó que continuaba atado sobre la superficie de metal pero ya no había pantalla ni monstruosa banda sonora resonando en su pobre cabeza.

“¿Estaré muerto?”.- reflexionó Sam Waldo.- “¿Acaso esto es el infierno?”

Pensó en las enseñanzas del padre Damián, su confesor espiritual cuando estudiaba en los jesuitas: “Waldo, el infierno sólo existe en nuestra mente. Nuestra mente es el paraíso y el infierno. Todo echo un lío, como una bola. Basta con rezar con fe y serás capaz de romper cadenas.”

- Pero padre, ¿que es eso de la fe?

Como respuesta había recibido un doloroso coscorrón en la cabeza.

- Imagina algo parecido.

Sam nunca le había hecho demasiado caso al confesor pero era tal su estado de desorientación que se dijo que por qué no probar. Comenzó a rezar en el único idioma que sabía: el latín.

Tardó dos horas en meterse en aquella letanía hasta que sintió como las pulseras que lo tenía preso cedían.

Crack. Dijo una.

Crack. Dijo otra.

Crack. Dijo la tercera.

Crack. Dijo la cuarta.

III.- MARCADO POR LA SOSPECHA

Sam Waldo se levantó de la mesa de metal mientras se frotaba las manos y los pies. De puntillas se acercó a la puerta y pegó la oreja. Silencio. La empujó ligeramente con el hombro y ésta cedió. Salió a un pasillo sumido en la oscuridad.

Se detuvo ante lo que tenía que ser el comedor del Hospital. Se escondió en una esquina al ver a un grupo de enfermeros y policías que cenaban lo que, le informó su nariz, tenía que ser generosas raciones de carne fiesta. Su estómago soltó una gárgara de entusiasmo. Se llevó las manos a la barriga para taparle la boca.

Arrastrándose llegó hasta otro pasillo, donde primero a gatas y luego de pie siguió su camino buscando una salida.

Bajó unas escaleras y reconoció aquel pasillo. Una de aquellas puertas era donde supuestamente estaba preso Septenionito. Dos más allá quien se hacía llamar Fi-Mu-Ci-Té. Entró en la habitación del compositor loco sin llamar a la puerta. Allí se lo encontró acostado en la cama. Se acercó a ella cerrando los puños.

- Hijo de… .- soltó dispuesto a estampárselos en la cara cuando comprobó que el loco agonizaba.

- Yo… Spielberg, Spielberg…- balbuceaba Fi-Mu-Ci-Té.

Sam Waldo lo cogió por las solapas del pijama a rayas y le espetó: “¡Quién me traicionó, pibe, quién?

- Yo, Spielberg, Jonh Williams, Spielberg…

Waldo comprobó que Fi-Mu… se encontraba en las últimas. Olfateó un vaso de agua que estaba colocado en la mesita de noche junto a la cama y se dijo: ¡veneno!

- Yo… yo… ¡soy John Williams!.- gritaba ido Fi-Mu-Ci-Té.- Cristóbal es el culpable…

Sam Waldo sonrío con crueldad: “O el inteligente. ¡Nos vemos en el infierno, pesadilla!”

Saltó por la ventana y se perdió en la noche.

IV.- POR EL PASADO LLORARÁS

Riano tomaba café mezclado con brandy en su despacho cuando recibió una llamada.

Polino, hombre, tanto tiempo sin saber de ti. ¿Qué es de tu vida?

Lo que escuchó al otro lado del aparato transformó al color de la cera el rostro de Riano.

- ¿Está usted seguro?, señor presidente.

El grito que salió al otro lado del auricular hizo desaparecer la sonrisa de Drácula de la boca de Riano.

V.- EL SEGUNDO MÁS LARGO

Waldo deambulaba por las calles de la ciudad con la ropa pegada al cuerpo. La ola de calor africano lo hacía más pesado de lo que el más que sobrante de grasa le permitían tolerar.

Entró en un bar –La loba ladraba un asmático letrero de neón–  y preguntó al barman, un tipo de barba mal recortada y aspecto cansado que respondía al nombre de Claudio según informaba la etiqueta que llevaba colgada del pecho, si tenía teléfono público.

El barman, tras espantar a una colonia de cucarachas de la bandeja de ensaladilla le indicó sin ganas el final del pasillo.

Waldo introdujo un puñado de monedas en la ranura. Le dio tiempo a mirar a los clientes, cuatro marineros borrachos acompañados de cuatro señoritas no tan borrachas y algo pintarrajeadas y al fondo, oculta en las sombras, unas delicadas piernas de mujer.

- ¿Sí?.- preguntó una voz al otro lado del hilo telefónico.

- Busco a Daniela Bianchi.- respondió Waldo.

Desde Rusia con amor. La chica más Bond de la serie Bond con permiso de Ursula Andress. ¿Dónde está?

- En un bar. La loba.

- Lo conozco. Dentro de media hora estaremos ahí.

- Ok.

- Ok.

Waldo colgó aliviado. Se acercó a la barra y le pidió al camarero una cerveza.

- Vamos a cerrar.- le dijo Claudio en plan gañán.

- Póngale la cerveza.- le exigió la voz aterciopelada y femenina que estaba oculta en la sombra.

- Como usted diga señorita.- respondió Claudio con sonrisa boba.

Waldo miró las sombras y reconoció la voz.

- Usted.

- Yo.

- Lucha canario.

- Como lucharon nuestros padres.

Waldo se acercó a su mesa con la cerveza.

(Continuará…)

NOTA: Como en las entregas anteriores, los títulos corresponden a novelas de James Hadley Chase; una obra maestra de la literatura de espionaje de Graham Greene; otra negro policial del hoy olvidado Charles Williams; y otra del gran Chester Himes, y por último del gigantesco (sin desmerecer a los anteriormente citados) Bill S. Ballinger.

Saludos, a lo Sweet Home Alabama, desde este lado del ordenador.