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Pasen, pasen y vean…

Jueves, Febrero 2nd, 2012

Damas y caballeros pasen y vean a estas criaturas que pertenecen a otro mundo. Damas y caballeros observen de lo que es capaz la caprichosa naturaleza… Pasen, pasen y vean al hombre torso, pasen y vean a la mujer barbuda, pasen, pasen y vean a las hermanas siamesas, pasen, pasen y vean…

En el año de gracia de 1932 y basado en un estupendo relato del oscuro escritor Tod Robbins, un hombre también llamado Tod pero de apellido Browning –Tod Browing–  rodó la que para quien firma ahora estas líneas es una de las mejores películas de la historia del cine.

Una cinta que desarma e inquieta. Un filme que despierta mis emociones más tenebrosas. Una pieza redonda que si bien el paso de los años lacera aún conserva muy dentro su poder de fascinación.

La cinta se llama Freaks (La parada de los monstruos) y no es apta para todos los públicos.

Ambientada en un circo y en plena Depresión económica, Freaks muestra con inocente mirada la vida de un grupo de hombres y mujeres que son las atracciones del espectáculo no por su talento sino por sus retorcidas malformaciones físicas.

Seres deformes, monstruosos que, paradojas de esta película inclasificable y genial, resulten más humanos que los seres aparentemente normales con los que comparten espacio.

Se ha escrito mucho de Freaks y se continuará escribiendo mucho más de Freaks porque es una película milagro. Una cinta hoy imposible pero muy posible en unos tiempos donde la desesperación había tocado techo. Y si bien es cierto que falta poco para que esa misma frustración termine por devorar al Primer Mundo contrahecho, Freaks vive porque no pertenece a su momento ni al nuestro.

Freaks vive porque es sencillamente eterna. Irrepetible. Un filme cuajado de momentos que se quedan grabados al rojo vivo en tu memoria cinéfila. Que aún te hacen estremecer y que se confabulan para formar parte de tus más retorcidas pesadillas. Un largometraje único, que no se puede clasificar. Quizá ahí radique una de sus grandezas.

La primera vez que la vi fue en televisión, en una sesión de madrugada junto a otros dos amigos que no sienten demasiada pasión por el cine.

Bebíamos litronas y la cabeza la teníamos para toda clase de tonterías.

Entonces, porque la cabeza la teníamos apta para toda clase de tonterías, propuse ver aquella película pese a que uno de mis amigos exclamase: “¡pero si es una antigualla, y encima en blanco y negro!”

Y el otro, quiero recordar que bebiendo un poco más de cerveza, añadiese: “¡Y con subtítulos!”

Freaks comienza.

Y recuerdo que los tres dejamos de tomar cerveza.

También que nadie soltó la clásica broma desestabilizadora.

Cuando finalizó, el más borracho del grupo soltó la frase que a partir de ese día define para mi bastante bien Freaks: ¡qué mal rollo!

Porque Freaks provoca eso, muy mal rollo. Deja un regusto amargo en la boca. Sacude tu hipócrita conciencia.

Por un lado porque la razón te dicta que tienes que estar con los Monstruos, que son hombres y mujeres que intentan llevar una vida normal en un mundo normal que no los ve como normales sino como simples atracciones de feria.

Por otro, porque el corazón te traiciona al observar como ese grupo al que la bella trapecista humilla, se une para tomar venganza. ¿Por qué? Han descubierto que uno de los suyos está siendo envenenado por la bella.

Estalla entonces la tormenta y todos los deformes se aproximan al carromato donde la bella y el bruto, el hombre fuerte, celebran entre besos y abrazos la fortuna que muy pronto les caerá encima.

Un rayo ilumina la noche, el hombre torso se arrastra con un cuchillo en la boca…

Freaks, que obtuvo excelentes críticas en su momento, entre otras la de la chismosa Louella Parson que la describió como “una película diferente que el público querra ver” supuso sin embargo el final de la carrera de Browning.

 Tal y como escribe David J. Skal, en su estupendo libro Monster Show, “nunca volvió a gozar del respeto y la autonomía que le habían permitido realizar películas personales, extrañas y obsesivas dentro del sistema de estudios. Browning había tenido suerte, todas sus películas anteriores, incluso las torpes como Drácula, habían ganado dinero. Pero La parada de los monstruos había roto la única regla inviolable de Hollywood: había sido un desastre financiero que no recuperó los costes. En retrospectiva, uno debe preguntarse si La parada de los monstruos no hubiera tenido más éxito, tanto comercial como artístico, como la película muda que originalmente iba a ser.”

El caso es que Freaks sigue provocando muy mal rollo.

Y me pregunto ahora, mientras escribo estas líneas por qué.

Ayer mismo, mientras la volvía a ver en mi gastado deuvedé noté ese malestar morboso que me invadió la primera vez. Un malestar rabioso, incómodo, que me obligaba a mantener los ojos muy abiertos contemplando la pantalla.

En parte, entiendo el desprecio de la bella hacia los deformes… Y en parte entiendo la terrible venganza que los deformes hacen a la bella. Pero lo entiendo en parte. No en su totalidad…

Siento un escalofrío. Un escalofrío que no es de miedo, precisamente.

Freaks, ochenta años después, continúa siendo una obra maestra.

Y probablemente una de las mejores películas de la historia del cine.

Saludos, escalofríos en la noche, desde este lado del ordenador.

El caso del paciente lector impaciente

Viernes, Enero 27th, 2012

La acción se desarrolla en un pequeño consultorio. La habitación apenas cuenta con mobiliario, salvo una mesa de despacho, un diván y una silla próxima a la cabecera del diván.

PACIENTE (tumbado en un diván): Con las películas que veo no me pasa tanto pero sí con las novelas. Debo pensar doctor que ¿es algo grave?

DOCTOR (sentado a su lado): Si se explica usted podré darle un diagnóstico.

PACIENTE (moviendo los brazos nervioso): Pues verá usted, como la cosa no están para gastos excesivos y porque lo que me mantiene con cordura son los libros…

DOCTOR (golpeándonse la barbilla perfectamente rasurada con una estilográfica): Eso se llama el síndrome de don Quijote, tómese usted dos aspirinas y sálgame a la calle…

PACIENTE (dubitativo): … Pues que releo libros que me entretuvieron en mi ya lejana adolescencia y, ¿sabe usted una cosa, doctor?

DOCTOR (resignado): No lo sé pero imagino que me lo va a contar…

PACIENTE (con los ojos muy abiertos mirando al techo): Es usted bueno, doctor, merece la pena hablar con alguien que tiene más de dos dedos de frente y…

DOCTOR (negando con la cabeza): No se me vaya por las ramas y céntrese. Me decía que ahora está releyendo los libros que más le entretuvieron en su infancia ¿y?

PACIENTE:  ¿Y? Pues que abro el libro y es como si lo leyera de nuevo. No me acuerdo de haberlo leído antes. ¿Es eso grave, doctor?

DOCTOR: Mmmmmm.

PACIENTE (cerrando los ojos): Lo que me está haciendo pensar si realmente merece la pena leer libros que desconozco porque pasados unos días ya ni me acuerdo de lo que contaban. Se disuelven en mi memoria con pasmosa rapidez.

DOCTOR (sorprendido): Oh, me deja usted patidifuso.

PACIENTE (dubitativo): ¿Patidifuso? Eso de patidifuso me suena a nombre de murga.

DOCTOR (al que se le escapa la estilográfica de los dedos): ¿Conoce la murga?

PACIENTE: ¿Los Patidifusos?

DOCTOR (babeando): Esa misma.

PACIENTE:  Pues no, doctor. Lo lamento. Digamos que detesto cordialmente los carnavales.

DOCTOR (otra vez resignado):  Ya decía yo… En fin, volvamos a su caso. Estaba hablando de que ahora que relee libros ha descubierto que, al iniciarse de nuevo en ellos, como que no sabe de qué van. Que no recuerda la trama, ni los personajes y esas cosas. ¿Me equivoco?

PACIENTE:  No se equivoca, es algo así.

DOCTOR:  Pues no debería de preocuparse. A mi me pasa lo mismo.

PACIENTE: ¿Lo mismo?

DOCTOR: La verdad es que no leo libros sino cosas, apuntes, relacionadas con mi carrera.

PACIENTE (asombrado):  ¿Y no recuerda nada de lo que aprende a través de esas cosas?

DOCTOR: Pues no.

PACIENTE: Pero entonces ¿qué hace usted atendiendo a enfermos como yo?

DOCTOR (estirando los músculos):  Cosas de la práctica. Digamos que todos mis pacientes padecen la misma enfermedad de distinta manera.

PACIENTE: Ahhhh.

DOCTOR:  Sí, así es. O creo que debe ser. ¿Qué libros ha estado usted releyendo, criatura?

PACIENTE (contando con los dedos de la mano): Ahora mismo me coge con Viaje al miedo, de Eric Ambler. Ayer fue La educación de un ladrón, de Bunker; La ventana siniestra, de Chandler, La isla del tesoro, de Stevenson, Imán, de Sénder y…

DOCTOR: Bonito nombre el de Ambler. ¿Es pariente suyo?

PACIENTE (haciendo ejercicio con los dedos de sus dos manos): Doctor, estoy pensando en estrangularlo.

DOCTOR (tocándose la nariz): Relájese y tómese un Prozac.

PACIENTE: No, si no me lo tomo a mal. Solo que me apetece estrangularlo.

DOCTOR: Continúe hablando mientras hago que tomo notas. Me decía que no recuerda absolutamente nada de los libros que leyó y que ahora relee como si fuera la primera vez, ¿verdad?

PACIENTE: Eso es.

DOCTOR: ¿Le pasa lo mismo con las películas que ha visto?

PACIENTE (cansado y frustrado): Ya le dije antes que no. Solo de algunas.

DOCTOR: Si no fuera un especialista como yo, otro doctor le diría que eso es un claro principio de Alzheimer.

PACIENTE (descolocado): No he leído nada del señor Alzheimer.

DOCTOR (tragando una pastilla de Prozac): Yo tampoco. Y cuénteme usted… esa novela del tal Ambler significó tanto…

PACIENTE (entrecortado): Significar, significar no… Pero es un título que me dio muy buenas vibraciones y me las está volviendo a dar ahora.

DOCTOR (que hace que escribe en el cuaderno de notas): Curioso. ¿Y dice que no se acuerda de nada?

PACIENTE (categórico): Por lo que llevo leído hasta ahora nada de nada.

DOCTOR: Vaya por Dios, vuelve usted a dejarme pati… sorprendido.

PACIENTE: Por eso estoy ahora tumbado en este incómodo diván, doctor.

DOCTOR: ¿Y le pasa este mismo fenómeno con todos los libros que se ha metido encima?

PACIENTE (con el rostro colorado): Ya le dije que sí. Bueno, miento, quizá algún fragmento me hace recordar que lo leí, pero no es habitual.

DOCTOR (poniendo cara seria): Un caso interesante.

PACIENTE (tontamente contento): ¿Usted cree?

DOCTOR (que deja la libreta de notas en una mesita): Por creer, creo que hay hasta perros verdes.

PACIENTE (inspirado): ¿Y en la capacidad de la mente humana?

DOCTOR: No tendrá usted un regaliz, ¿verdad?

PACIENTE (impaciente): ¿Pero entonces para que leo?

DOCTOR (haciendo chasquidos con la boca): Buena pregunta.

PACIENTE:

DOCTOR: No insista que es una buena pregunta.

PACIENTE (con voz estrangulada): Recéteme algo, por favor.

DOCTOR: ¿Un libro?

PACIENTE (levantándose del diván y cogiendo del cuello al doctor): ¡Ahgggg!

DOCTOR: Por el amor de Dios… Cálmese… Lea usted un libro…

PACIENTE: ¡Muere, muere!

Saludos, ¿qué me pasa, doctor?, desde este lado del ordenador.

¡Se queda!

Martes, Enero 17th, 2012

El heraldo recorre las ciudades y pueblos de las ocho islas anunciando la buena nueva. Grita con potente voz de barítono “¡se queda!, ¡se queda!” mientras su caballo relincha casi como si subrayara el portentoso “¡se queda!, ¡se queda!” que sale de la garganta del jinete, que lleva días y noches cabalgando sin descanso alguno para dar la noticia.

- ¡Se queda!- musitan los culturos que antaño se indignaron mientras se ponen de rodillas.

- ¡No tira la toalla!- recitan los culturos antaño indignados mientras se persignan y le ponen velas a la Virgencita de Candelaria. La Virgencita cuyo rostro moreno parece que resplandece.

- ¡Sonríe la Virgencita!- exclama un teatrero.

- ¡Apartad las cabezas que esto lo grabo yo desde mi móvil!- responde una cineasta que vio el abismo y que ahora, agradecida, apunta su móvil de última generación a la figura de la Morena.

- ¡Un milagro!- coincide la mayoría de los culturos a medida que se va propagando la noticia.

¡Alberto Delgado se queda!

El heraldo, que mantiene las riendas de su alazán con fuerza, continúa gritando la buena nueva.

- ¡Se queda!, ¡Se queda!

Un músico llora emocionado.

- ¡No llores!- le consuelan unos.

- Dejadlo llorar… Llora de alegría….- contestan otros.

En las siete islas se baila y se canta. Se abren barricas de vino y de cerveza Dorada, Reina y Tropical

En el cielo sin estrellas de Canarias aparece de pronto la imagen de Alberto Delgado.

ALBERTO DELGADO (tamborileando con los dedos la superficie de una mesa): Estimados todos… Conste que han sido ustedes los que me pidieron que no dimitiera…

- ¡Con dos cojones!- chilla un exaltado.

- Shhhh.- susurran varias voces.- ¡Dejadlo hablar!

ALBERTO DELGADO (tras un fortísimo carraspeo): Compañeros todos… Una advertencia: “La situación no sólo es dramática, sino que es muy probable que lo sea más en el futuro”.

CULTURETAS: ¿Por qué? Tú puedes…

ALBERTO DELGADO (dejando de tamborilear sobre la mesa): Pues porque habrá que conocer, por ejemplo, “la actitud del nuevo Gobierno central con respecto a Canarias. Hay convenios, que compartimos con otros territorios como Baleares o Ceuta y Melilla, que permiten a nuestros creadores partir en igualdad de condiciones con los del resto del Estado. Esas ayudas son con las que articulamos Canarias Crea y no sabemos si seguirán. Estamos en un compás de espera.”

- No, no, no.- gritan unos.

- Ánimo, Alberto, que tú puedes.- gritan otros.

ALBERTO DELGADO (consultando unos papeles): Ya que entiendo que hay consenso informo que objetivo number one: tenemos que “lograr la transversalidad que plantea el Plan Canario de la Cultura ya que es indispensable trabajar con otros departamentos del Gobierno para de algún modo coadyuvar a sacar adelante los proyectos. Algunos se mantendrán sin excesivas dificultades, como el Canarias Crea Canarias, que facilita el desplazamiento entre Islas, o los circuitos de teatro y danza.”

- ¿Plan Canario de qué?- preguntan unos.

- ¿Coadyuvar?- se atragantan otros.

ALBERTO DELGADO (llamando al silencio): A callarse, coño, que no he terminado. Me pregunto si “la cultura, con toda la abstracción que reúne el término, puede conjugarse con el pragmatismo empresarial. Para muchos, Estados Unidos y su ley de mecenazgo es la panacea (sacude la cabeza algo mosquiado)”. “Nosotros tendremos que recorrer ese camino durante bastante tiempo. Cuando tengamos una ley de mecenazgo, que no digo que no sea un objetivo, nos costará 20 años que funcione. Además, este Gobierno de Canarias con la cultura nunca ha buscado ganar ningún tipo de influencia (se escuchan algunas risas entre el público). Siempre, repito, siempre hemos atendido a todos los ayuntamientos, a todos los cabildos, y nos da exactamente igual su color político. Y si algo puede superar ese riesgo es la cultura. En el caso de Canarias, el patrocinio público es de obligado cumplimiento: los costes son mucho más elevados que en la Península, y además, la gente está acostumbrada a pagar menos por el producto cultural.”

- Y Paulino, ¿ónde está Paulino?

- Eso, eso.- dicen los culturetas que miran al cielo donde la imagen de Alberto Delgado aparece y desaparece porque hay interferencias.

ALBERTO DELGADO (quitándose las gafas): “Hemos mantenido una larga conversación acerca del complejo momento que vivimos. Pero además, tengo mucho interés en que el presidente se reúna con los representantes del sector, el gabinete de crisis, y explique de viva voz cuál es la senda que quiere buscar el Gobierno. Porque el artífice de lo que hemos conseguido en estos últimos cuatro años es Paulino Rivero. Si él no hubiera estado apoyándonos, esto no hubiera salido adelante.”

- Ohhhhhhh.

ALBERTO DELGADO (visiblemente emocionado se limpia una lágrima que resbala por su ojo derecho): “El salto cualitativo en política cultural ha sido enorme, y por eso me gustaría que la gente se convenciera con argumentos de que los recortes no responden a que el presidente haya cambiado su forma de pensar en cuanto al apoyo a la cultura, no, sino a una crisis muy profunda. ¿Yo hubiera hecho otros presupuestos? Seguro, y lo más probable es que habría metido la pata. Pero está claro que habría realizado un reajuste en el documento mayor del que se hizo, aunque no sé cómo y no sé de dónde”.

- ¡Vaya!- exclama el exaltado.

- Shhhhhhh….- le ordena el resto de culturetas antaño igual de exaltados.

ALBERTO DELGADO (que se coloca las gafas): Y han de saber ustedes que “casi todos los días, e incluso, antes de que comenzara todo este jaleo, pensaba en dimitir. Este trabajo es duro y también hay mucha gente, especialmente en algunos medios de comunicación, que considera que todo es negativo, que todo está mal. Pero ha sido el propio sector cultural el que me ha dicho que no quiere que me vaya. Y eso quizás responda a que me reúno con ellos con mucha frecuencia para intentar consensuar las decisiones más importantes.”

- ¡Malditos periodistas!- gritan los más emocionados.- ¡A la hoguera con ellos!

- No te merecemos.- hablan otros.

- ¡Que ahorquen a los malos periodistas!

- Eso, eso…

- En Canarias volvería a amanecer….- recita un poeta con sospechosa camisa tricolor.

- Todo negativo, todo negativo… Son unas malas bestias, Alberto, no les hagas puto caso… Tú a lo tuyo, como siempre… No te dejes amedrentar por los juntaletras que van de ilustrados.

-Y de iluminados.- añade otra voz.

La imagen de Alberto Delgado se contrae y cuando vuelve a recuperar la forma original ésta carece de sonido. La boca de Delgado se mueve de arriba abajo sin que nadie sepa qué demonios está contando.

- ¿Alguien sabe leer los labios?- pregunta un tipo con gafas y barba bien cortada entre los miembros del gabinete de crisis.

La boca de Delgado continúa moviéndose. El Viceconsejero se encoje de hombros y ríe. Claro que su risa, cristalina como las aguas del Atlántico que bañan las costas de Canarias, no se oye.

- A reírse.- recomienda el de las gafitas y barba bien recortada.- A la de tres: Uno, dos y…

- Hahahahahahahaha…

Alberto Delgado asiente satisfecho y de pronto su imagen se desvanece dejando a  la mayoría de los culturetas con la falsa carcajada en la boca mientras miran mesmerizados el cielo.

La noche oscura vuelve a cernir sobre Canarias.

Y nadie reacciona, ni siquiera el exaltado.

Pero de pronto, en la lejanía, llega en oleadas un eco alentador:

- ¡Se queda!, ¡Se queda!- repite el heraldo que no ha dejado de recorrer las ocho islas dando noticia de la buena nueva.

- ¡Se queda!

- Jajajajajajajaja.- ríe el exaltado.

 (*) Las declaraciones entrecomilladas del viceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias, Alberto Delgado, están tomadas de una entrevista que publica Diario de Avisos en su edición del 16-I-2012.

NOTA: La imagen que ilustra este post corresponde a una de las tres películas de Fantomas protagonizadas por Jean Marais y mi cordialmente detestado Louis de Funès.

Saludos, visitando San Borondón, desde este lado del ordenador.

El sexto hombre (¿ni pies ni cabeza?)

Sábado, Enero 14th, 2012

I.- INTRO

Mientras repaso las cuentas que no tengo nada claras suena el zumbido del móvil que me despista todavía un poco más de los cálculos que hago en mi cabeza: “si 50 más 50 hacen 100, y si de 100 resto 40 para luego dividirlo por tres con la esperanza de multiplicarlo por siete…” Enciendo el teléfono y me lo llevo a la oreja.

Escucho las órdenes de Clara al otro lado. Frases cortas manchadas con una elegante majadería…

- Ok. Ok. Ok.- repito mientras me huelo los dedos y despido con la otra mano la matemática que hasta ese momento me había estado taladrando la cabeza.

- Ok.- concluyo apagando el móvil con la boca repentinamente seca.

II.- CALENTAMIENTO

“Tú puedes”.- me digo a mi mismo mirándome en el espejo del cuarto de baño. Busco entre la pila de ropa una camiseta dibujada por Ike Janacek y los bermudas desteñidos. Me calzó unas zapatillas de deporte y me acaricio la agradable redondez de la barriga.

III.- UNA RADIANTE MAÑANA ESTIVAL

La mañana está cayendo en la capital de muertos vivientes en la que vivo. Me los cruzo por el cine Víctor, también por la Rambla de Pulido mientras enfilo a la plaza de Weyler donde, de pronto, mis gastados pulmones lamentan que a mi cerebro se le encienda el entusiasmo por fumar.

Trago el humo mientras un tipo pasa a mi lado y me conmina a que tire el cigarrillo.

- Te vas a morir.- me grita.- Te vas a morir….- repite.

Pero continuo fumando.

“Tengo cáncer.” Escupe el individuo cuando la mujer que lo acompaña le pide que se calle.

Pero no hay manera.

La mujer entonces le recuerda: “¡Tus buenos cigarrillos te fumaste para que estés así!”

Y luego se gira y me pide perdón.

IV.- LA MISIÓN

Entro en la calle del Castillo dándole todavía vueltas a la cabeza a todo eso cuando llego al Círculo de Bellas Artes donde recorro una exposición con cuadros blancos.

Todos blancos.

Y aprovecho que no hay nadie para subir las escaleras y llegar a lo que antaño fue la cafetería.

Entro y veo que las sillas aún continúan sobre las mesas. En la estantería detrás de la barra del bar descubro una botella de Dorada Pilsen vacía y cubierta de polvo.

Me escondo en lo que fue el cuarto de baño, dejando entreabierta la puerta.

Pasan los minutos, e incluso una hora.

Y pienso que la información de Clara fue por una vez errónea cuando escucho como entra gente en la sala. Me asomo por la rendija que he dejado entreabierta y detecto a cinco personas y a una sexta a la que le hacen reverencias.

“Cómo va la cosa”.- suelta una voz con apreciable y engolado acento peninsular.

“Eso, eso, ¿cómo va la cosa?”.- responde otra con acento de aquí al lado.

Los otros tres que faltan comienzan a ladrar lo mismo: ¿cómo va la cosa?

El sexto personaje, al que no puedo ver, contesta: “No hay suficiente dinero.”

“¡No!”

“Entonces ¡no te olvides de lo mío!” Exclaman a la vez los cinco.

El sexto hombre permanece en silencio.

- Dí argo…- exclama el que tiene acento peninsular.

- No hay dinero.

- Un momento, antes dijo suficiente dinero.- dice el que tiene acento de aquí al lado.

- ¡Qué hay de lo mío!- repiten los cinco otra vez.

Oigo un ¡blam!

Y otro ¡blam!

Y un tercer ¡blam!

El olor de la cordita invade la sala. Tanto, que se desliza por la puerta entreabierta del baño, lo que hace que casi delate mi escondite al entrarme ganas de estornudar.

“Pero, ¿pero qué ha hecho?”.- pregunta el que tiene acento penínsular.

“Resolver la cuestión a mi manera”.- Dice el sexto personaje, de quien solo puedo ver como una de sus manos deja sobre el suelo ajedrezado un revólver de cuyo cañón aún sale una nubecilla de pólvora quemada.

Un charco de sangre se acerca peligrosamente al arma.

“Al cargador le queda una bala y ustedes ya saben como es el juego…”

“Esto es una locura”.- exclama el penínsular y el que tiene acento de aquí al lado.

Se produce un inevitable forcejeo entre los dos para ver quien llega primero al arma.

En la pelea uno da involuntariamente con el pie contra la puerta del baño que se cierra unos pocos centímetros, lo que hace que no vea quien coge primero el revólver.

Click.

Pero ese click resuena como un trueno.

“Esto es una locura”.- dice otra voz, pero es tal su nerviosismo que no atino a detectar su acento.

“Esto es…”

El ¡Blam! penetra en  mis oídos hasta dejarme sordo unos segundos. Cuando el irritante tiiiiiiiiii se va alejando de mis orejas escucho al sexto hombre.

“¡Enhorabuena! Ahora ponte de espaldas. Mirando a la sala… Y el ganador es…”

¡Blam!

El nuevo disparo me hace trastabillar, lo que hace que con todo mi cuerpo mueva la puerta del baño e irrumpa en el bar. Me da tiempo para observar como un tipo rompe el cristal y cae a la sala de exposiciones donde se exhiben los cuadros blancos. Todos blancos.

Con las manos en la cabeza le grito al sexto hombre que no tengo nada que ver con ese asunto.

El sexto hombre retrocede para que no pueda ver su rostro, ahora oculto por las sombras.

Oigo un click.

Y un susurro venenoso que deletrea c-a-r-a-j-o cuando se percata que se ha quedado sin balas.

El tipo decide escabullirse. Oigo como con apresurados pasos baja las escaleras.

Bip, bip

Yo, mientras tanto, en el suelo y con las manos encima de la cabeza. Sin saber muy bien si reír o llorar. Las lágrimas que cubren mis ojos no saben todavía por donde decantarse.

Mi móvil zumba en el bolsillo trasero de los bermudas. Lo cojo entre mis dedos y lo arrastro hasta mi oreja.

Es Clara.

Me pregunta si ya he hecho el trabajo.

Y la verdad es que no sé que responderle. Así que lo tengo muy claro y apago el móvil.

V.- LA ESCAPADA

Mientras llego a la parada del tranvía dos coches de policía cruzan a mi lado.

VI.- LLAMANDO A LAS PUERTAS DE LA PERCEPCIÓN

Mis ojos echan chispas. Repaso el cártel de Labios ardientes para sosegarme. Estoy en casa, razono mientras los nervios comienzan a tranquilizarse. El móvil vibra y solo se me ocurre apagarlo.

VII.- EL GALLO CLAUDIO

En la televisión el gallo Claudio intenta resolverle la vida a un pollo que sabe más de la vida que el gallo Claudio. Me río mientras tomo el cortadito. El camarero limpia con un paño la barra.

- ¿Apago la televisión?- pregunta.

- Ni de coña.- le ruego pidiéndole otro cortadito.

Un tipo se sienta a mi lado.

- Buenas tardes.- dice.

Afirmo con la cabeza.

- Buenas tardes he dicho.

- Nas tarde.- digo cogiendo el cortadito que ha dejado el camarero en la barra.

-Yo soy el gallo Claudio.- cloquea como una gallina el gallo Claudio en la tele.

El zumbido del móvil me hace cosquillas en la nalga izquierda y el tipo que está a mi lado quiere ahora invitarme a algo más fuerte.

“Diga”.- le ladro al móvil.

“Sal inmediatamente de ahí”.- me devuelve con forma de ladrido Clara.

Apago el móvil. Miro de reojo al tipo que tengo al lado.

- Me voy al baño.

- Pida usted algo más fuerte y mande a paseo a la ñora.- sugiere.

- Un ron. No se le ocurra ponerle hielo.- le digo al camarero.

VIII.- ENDE

Pero salgo del bar.

Y aprieto el paso al llegar a la plaza Militar.

Y entonces me huelo los dedos.

Y apestan a cordita.

(*) En la imagen Sean Connery en la película Zardoz  (John Boorman, 1974).

Saludos, kiss, kiss, bang, bang, desde este lado del ordenad

Cuatro días de enero (Y yo que sé…)

Domingo, Enero 8th, 2012

DÍA 5 DE ENERO.- Las calles de la ciudad muerta en la que vivo están repletas de gente. Caminar por las aceras se convierte en una carrera de obstáculos. Me meto en un café donde no me hacen caso. En un periódico que cojo al azar de la barra leo que todo va bien. Por alguien a mi lado y rodeado de pequeños caimanes con forma de niños que solo saben ladrar me entero que esta noche vienen unos Reyes. Escucho en la calle los mensajes que registra el buzón de voz. Clara, claro, recita las órdenes con  su tono habitual. Ese que nada entre melodioso y amenazante. Me pregunto como será Clara. Por la voz me la imagino como un cruce entre Mercedes Milá y Belén Esteban. Solo le falta añadir cuando termina su mensaje el “Yo por lo que hago matoooo.” Trago saliva porque no sé por donde empezar.

DÍA 6 DE ENERO.- Me levanto temprano no por el despertador sino por el chillido de entusiasmo que da la niña del quinto. Algo así como “me han taido la bicleta”. Supongo que habrán sido los Reyes esos. Tras desayunar una taza de café –cargado, amargo, fuerte y espeso– salgo a la calle con mi camiseta de Homero Simpson y unos pantalones bermudas que tenía en la pila de ropa medio sucia.

Compruebo tranquilo que la ciudad ha vuelto a su estado habitual: muerta. Si me cruzo con alguien es con cansados padres y madres llevando encima bolsas de churros. La grasa le ha estropeado a un concejal la camisa rosa que lleva. Su mujer mientras le da collejas lo llama Pedazooo de Betaaadine.

Subo una pendiente y otra y otra hasta llegar a la casa de uno que dice es cineasta para ver si me puede dar pistas sobre la persona que busco.

El que dice que es cineasta vive con su mujer y cuatro hijos. Aún con esas, sospecho que es un psicópata y sospecho que él también lo sabe.

Me invita a un zumo de naranja de bote mientras nos sentamos en el salón, cuyas paredes están decoradas con pistolas y revólveres, fusiles y escopetas. Cruza las piernas mientras se hace un porro.

- Usté dirá.- me dice dando una calada al cigarrito.

Saco la foto y se la muestro.

- ¿Dónde está?.-pregunto haciendo énfasis en el dónde y en el está.

- ¿Alberto Delgado?.- se encoge de hombros.- Y yo que sé

El cineasta se levanta dando unos traspiés.

Aprovecho entonces que estoy solo para investigar en su ordenador, que está encendido y leo lo que supongo debe ser una sinopsis para una de esas películas que si se ruedan solo veremos en las islas. Con suerte.

 “La cámara sigue una bolsa de papel que revolotea caprichosamente por el viento. La bolsa se detiene en los pies de Ana, que mira fijamente a la cámara.

ANA (fría): Estoy sola.

La bolsa de papel se levanta de sus pies por una corriente de aire y se traba en los zapatos de Mario.

MARIO (frío y mirando a cámara): Estoy solo.”

Dejo de leer cuando el cineasta regresa. Ahora lleva en las manos un vaso de cerveza. Me quedo mirándolo fijamente.

Del piso de arriba una voz femenina grita:

- ¡¡¡Inútil, haz el desayuno!!!

Me encojo de hombros y más que sonreír hago una mueca.

- Me ha sido de gran ayuda. Hasta la próxima.

- Hey.- exclama el tipo.- ¿No quiere leer mi guión?

Pero cierro la puerta y deambulo por la ciudad muerta.

Llego a casa del poeta.

Éste me abre en bata y con pinta de haber pasado mala noche.

- Pase, pase.- me dice eructando.

Se sirve un vaso de agua en la cocina y deja caer dentro de él una pastilla que se disuelve con un alarmante fssssss. Me siento en una silla y despejo de migas y cucarachas mañaneras la mesa para apoyar los brazos. Saco la foto y hago la pregunta de rigor.

- ¿Alberto?.- pregunta.- Y yo que sé.

El poeta se toma el agua. Eructa sonoramente y aprovecho para escabullirme antes de que me recite su última Oda a… Cierro la puerta cuando parece que concluye con el título de la jodida oda.

Cruzo las calles solitarias bajo un sol del carajo. Las manchas de sudor dibujan manchas bajo mis sobacos.

Toco el timbre en la casa del escultor. Del teatrero y del pintor. También del músico, que me recibe con un timple entre las manos.

Me habla de sus cosas. Del dinero que ha perdido este año y de la decencia. Allá él. Cuando le muestro la foto responde lo mismo que me han respondido todos: y yo que sé. Así que cuando llego a la casa del periodista las piezas comienzan a unirse.

Aunque oh, oh… el periodista no contesta. Me asomo a la ventana porque el tipo vive en un bajo y tras limpiar el cristal de polvo con un pañuelo de papel lo veo sentado mirando la televisión.

Sé que ha muerto porque en la pequeña pantalla parpadea lo que debe ser un partido de tenis.

Me encuentro en una hamburguesería. He pedido dos perritos calientes con todo y una hamburguesa. La que sirve es una chica guapa aunque antipática. Morena, con ojos negros y curvas peligrosas. Intento ser gracioso pero no me sale ninguna tontería de la boca salvo lo de “por favor, no me ponga mayonesa en los perritos y sí mucha cebolla.”

Cuando voy a hincarle el diente a la hamburguesa suena el móvil.

Es Clara.

- Estoy a punto de dar con él.- miento.

Clara suelta algo que no entiendo pero respondo que “seguro, seguro, todo bajo control.”

DÍA 7 DE ENERO.- No he tenido buena noche. Los culpables, razono, los puñeteros perritos y la hamburguesa. Me lavo la boca y me cepillo los dientes que hieden a mostaza dulce y salsa ketchup. Preparo la cafetera y mientras se hace el café me tumbo en la cama y miro la fotografía.

“Alberto sin bigote no parece el mismo”.- pienso.

Luego me pongo a tararear una canción y me visto. Camisa de pana pasada de moda Yves Saint Lauren, pantalones vaqueros Lois etiqueta roja y mis formidables zapatos de piel de cocodrilo. Me pongo la chaqueta y me bebo el café.

Como sé que me la voy a encontrar en el callejón hago que la veo sorprendido.

- Candelaria, mujer, tú por aquí.- digo falsete.

- Trabajo encima.- me responde Candelaria con su mirada de pocos amigos.

Sonrió y la invito a otro cortado. Yo pido un vasito de agua con gas.

Saco la fotografía y le hago la pregunta.

- Hace tiempo que no lo veo. ¿Por qué?.- Responde igual de amable que siempre.

- Vamos a decir que lo hecho de menos.

- ¿Por qué?.- insiste igual de amable que siempre.

- Digamos que, pese a todo, le tengo aprecio.

- Pues pregúntale a él.

- ¿A quién?

- A él.- Y señala con el dedo hacia arriba y luego hacia abajo.

Asiento en silencio y mientras me acaricio la barbilla ella se levanta. Por el rabillo del ojo veo que paga las consumiciones.

Igual de simpática que siempre”, reflexiono.

DÍA 8 DE ENERO.- Paseo por el Rastro hasta los cojones de la versión Titanic que tocan unos indios con sus flautas. Veo cosas interesantes aunque no compro nada. Mis pasos se detienen como por arte de magia frente al búnker de presidencia del Gobierno. Le pregunto al segurita si está Paulino.

- Estar debe de estar. Pero creo que está durmiendo.- me dice el tipo, que lleva un bigote de morsa como el del camarada Stalin.

- Pues levántalo que tengo que hacerle unas preguntas.

El segurita habla por un teléfono y al cabo del rato me dice que pase. Subo en ascensor hasta el piso del presidente, quien me recibe en bata color Burdeos. En la mano lleva una copa. Me pregunta si quiero lo mismo pero le pido un té.

Sentados en un cómodo sillón le muestro la foto y hago la pregunta.

- Ah, Alberto… Alberto…–susurra Paulino agitando la copa.– Qué pesado con la reunión.

- ¿Reunión? – pregunto lamentando no haber pedido lo mismo que toma Paulino.

- Sí hombre, la reunión con los culturetas esos. Ya sabe.

- Ya sé.

Doy un sorbo al té, que me sabe frío y amargo.

- ¿Dónde está?.- vuelvo a preguntar.

Paulino se limpia los cristales de las gafas.

- Y yo que sé.

- Como que yo que sé….- respondo cabreado no por lo que me dice sino por el puñetero té.

- Se fue el muy gañán. Ya no trabaja para la Organización.

- ¿Eh?

Paulino termina la copa y se levanta para servirse otra. Estoy tentado en pedirle que me ponga una a a mí.

- Se fue. Fin de la historia.

Fin de la historia. Fin de la historia me repite la cabeza mientras camino por el Rastro con las flautas de los indios interpretando ahora –es un decir– el tema central de La Misión.

Llamo a Clara para dejar las cuentas claras.

Y cuelgo antes de que me ordene averiguar quién sustituirá a Alberto.

Compro un ramo de margaritas en la entrada del Mercado Nuestra Señora de África y llamo a un taxi.

- ¿A dónde, caballero?

- No se confunda usté y enfile directo a Santa Lastenia.

Saludos, pálido negro criminal, desde este lado del ordenador.

La espera (un relato de inquietante anticipación)

Domingo, Diciembre 18th, 2011

(Interesados, pinchar aquí. Inspira este post)

Una nube de rayos y truenos brota de la nada.

Cuando el humo se disipa se observa un objeto cilíndrico con el ancho y la altura de una casa terrera. Si el lector quiere acercarse, observará el nombre del artefacto: Princesa Dácil, y debajo la pegatina de una bandera tricolor (blanco, azul moteado con siete estrellitas verdes, y amarillo limón).

Dentro de la cápsula, oh, despierta un hombre barbado de su largo sueño por el tiempo y el espacio. Con el cuerpo tonto y mientras mal observa el exterior por una ventanita empañada, saca de una nevera eléctrica una botellita con zumo de naranja. Da un trago largo y tras eructar hecha un vistazo al mando temporal.

Al observar la fecha, la botellita que tiene en las manos se desliza suavemente de entre sus dedos y cae al suelo donde se hace pedazos.

EL VIAJERO EN EL TIEMPO: ¡Coñoooo, aquí marca el año 3.000!

El hombre se quita la manta esperancera que lleva encima y hace comprobaciones en los controles para medir si el aire exterior es respirable.

EL VIAJERO EN EL TIEMPO (asintiendo con la cabeza): Ok, ok y ok.

Se pone unos pantalones cortos vaqueros y encima una camiseta que lleva un dibujo en el que se puede leer en letras desgastadas: Qué bueno es vivir aquí. Se calza unas cholas y abre la puerta de la nave.

EL VIAJERO EN EL TIEMPO (repitiéndose): Coñooo.

Sus ojos hacen una panorámica de lo que cree reconocer como la plaza de España. Solo que la torre está cubierta de vegetación y las dos colosales estatuas de bronce tiradas en el suelo. Por todos lados hay cascotes y ruinas.

La fachada del Casino derrumbada, la estatua de Nuestra Señora de La Candelaria inclinada sobre lo que fue la cafetería del Olympo.

Un silencio, solo roto por unos extraños pájaros gigantescos parecidos a canarios, rompe la quietud del inquietante paisaje.

El viajero en el tiempo chapotea en el agua de la fuente redonda y se introduce en lo que queda del antiguo palacio del Cabildo Insular de Tenerife para salir a una avenida donde descubre que el brazo de mar que separaba a la isla de Gran Canaria se ha desecado. Lo curioso del caso es que la silueta que se acostumbró a ver de pequeño en lo días claros y soleados ya no existe.

El viajero en el tiempo sacude la cabeza y se guía por un mapa que lleva entre las manos. Fuerza a sus atontadas piernas a dirigirse al búnker donde estaba ubicada la Presidencia de Gobierno.

El corazón le late salvaje dentro del pecho. Se pasa las manos por la boca reseca y da un trago de agua de la cantimplora.

A medida que se va acercando al edificio y sortea los obstáculos invadidos por cucarachas de diez centímetros, escucha con un brinco de esperanza voces que, si no se equivoca, deben salir de bocas humanas. El viajero en el tiempo recuerda cómo sonaba la voz humana… Antes de aletargarse como un lagarto se dejó dormir con el dulce y tristón Arroró.

Corre. O hace una parodia de correr mientras cae al suelo y se levanta jadeando. Con la lengua fuera se esconde en una pared mordida por la erosión.

Asoma la cabeza y  descubre una fila de hombres y mujeres vestidos con harapos que están delante de la puerta de la antigua sede de Presidencia.

El viajero en el tiempo apoya la cabeza en la pared mordida por la erosión para tomar aire. Cierra los ojos y da un largo y prolongado suspiro. Al abrir los ojos se encuentra con una chica con el rostro tiznado por la ceniza que le sonríe resignada.

CHICA: Mi niñooo, no nos mires, únete.

El viajero en el tiempo se encoge de hombros e intenta escupir algo coherente pero no le sale nada de la boca. Esa nada hace que coja automáticamente la mano de la chica que lo saca del refugio y lo guía ante la irregular fila de hombres y mujeres vestidos con harapos.

HOMBRES Y MUJERES DE LA FILA (cantando como si fuera una oración): Paulino, Paulino, queremos una reunión.

EL VIAJERO EN EL TIEMPO: ¿Paulino? ¿Acaso…?

La chica le cierra los labios con los sucios dedos de su mano derecha.

CHICA: Canta con nosotros, mi niñooo.

HOMBRES Y MUJERES DE LA FILA: Paulino, Paulino, queremos una reunión… No nos convencen los 4’6 millones de euros que en los presupuestos quieres dedicar a promoción cultural…

EL VIAJERO EN EL TIEMPO (asombrado): ¿Pero todavía… todavía con esa batalla?

CHICA: Shhhhh, mi niñooo, canta.

HOMBRES Y MUJERES DE LA FILA: Paulino, Paulino, queremos una reunión… No nos convencen los 4’6 millones de euros que en los presupuestos quieres dedicar a promoción cultural…

EL VIAJERO EN EL TIEMPO (dirigiéndose a la chica): ¿Pero cuánto tiempo llevan aquí esperando?

CHICA: Ya no me acuerdo. Paulino, Paulino, queremos una reunión… No nos convencen los 4’6 millones de euros que en los presupuestos quieres dedicar a promoción cultural…

El viajero en el tiempo retrocede saliéndose de la fila irregular.

HOMBRES Y MUJERES DE LA FILA: Fuimos débiles y desunidos, y nos dejamos  instrumentalizar, pero eso se ha acabado porque ahora es otro cantar: Paulino, Paulino, queremos una reunión… No nos convencen los 4’6 millones de euros que en los presupuestos quieres dedicar a promoción cultural…

El viajero en el tiempo se pone de rodillas en el suelo y se lleva las manos a la cabeza mientras se pregunta si lo que le pide el cuerpo es ponerse a reír o llorar.

EL VIAJERO EN EL TIEMPO (levantando los puños mientras las lágrimas empaña sus ojos): He vuelto…estoy en mi casa otra vez. ¡Durante todo este tiempo… ¡Maniáticos! ¡Os maldigo a todos! ¡Maldigo las guerras! ¡Os Maldigo! 

HOMBRES Y MUJERES DE LA FILA: Fuimos débiles y desunidos, y nos dejamos  instrumentalizar, pero eso se ha acabado porque ahora es otro cantar: Paulino, Paulino, queremos una reunión… No nos convencen los 4’6 millones de euros que en los presupuestos quieres dedicar a promoción cultural…

(*) La imagen es la del actor Rod Taylor en la versión cinematográfica de la novela de H. G. Wells La máquina del tiempo, El tiempo en sus manos (George Pal, 1960).  

Saludos, ¿continuará?, desde este lado del ordenador.