Archive for the ‘Reflexiones’ Category

Los fantasmas de Santa Cruz de Tenerife

Jueves, Julio 15th, 2021

Debe tener unos treinta largos. Lleva gafas de sol, aunque estemos en la hora mágica, y me pide unas monedas con voz aguardentosa. Me cuenta que es vasco, que salió hace unas semanas de la cárcel y que está tirado en la calle. Se produce un monólogo incómodo, mientras tanto espero a que salga del supermercado la señorita que me ha dejado de paso a su perro, que tira de la correa con la vista fija en las puertas del súper. Kala, en el otro extremo, sentada, observa al vasco que no deja de hablar. Me fijo en el tipo, lleva un desagradable bulto debajo de la oreja. Me cuenta que se trata de un quiste sebáceo y que espera que se lo quiten un día de estos, “cuándo me toque”, en el hospital. Es bastante desagradable esa pelota, casi del tamaño de una de golf, que tiene bajo el lóbulo de la oreja. Eso me hace recordar pero no, prefiero no recordar aquella experiencia. Ocurrió hace ya unos años… qué año, por cierto.

El perro que no es mío mueve la cola de entusiasmo porque ve cómo sale la señorita a quien estábamos esperando. Kala, para no ser menos, hace lo mismo. Me despido del vasco que pide limosna. De hecho, le dejo unas monedas. Me da gracias reiteradas mientras subo la avenida de Bélgica. Los hechos, si quieres saberlo, pasaron en el súper que se encuentra bajo el antiguo hotel Bruja, así, si en S final.

Digo adiós a mi acompañante y su perro y Kala y yo bajamos por la avenida de las Islas Canarias, que antaño se llamaba del general Mola. Al llegar a la rambla, ahora de Tenerife y hasta hace poco del general Franco, justo donde se encuentra la plaza de la Paz, veo como un hombre que va cogido del brazo de una señora se desloma. Me acerco a él y le preguntó si se encuentra bien. La señora, con voz aguardentosa en un día donde todo son voces aguardentosas, me pide que lo levante, y eso intento. Compruebo que tanto el caballero como la señora llevan una tajada de cuidado, me llega a la nariz el aroma de ron mezclado con el de sudor, Sudor agrio. El caballero gira la cabeza y dirige sus ojos a los míos aunque no me ve. Pregunta entonces con una inocencia de niño “si soy de aquí. De Santa Cruz de Tenerife”. Le respondo que sí y lo siento en uno de los bancos de la rambla. La mujer con voz aguardentosa masculla no sé qué y los dejo con su borrachera. Compruebo que los dos están más o menos bien y camino a casa veo que se han levantado del sitio y que dando eses dirigen sus pasos al kiosco de La Paz.

Cosas así me vienen sucediendo los últimos días. Lo hablaba el otro día con un amigo. Antes, cuando Santa Cruz de Tenerife era más pequeño de lo que es ahora uno se encontraba con pobres y vagabundos de toda la vida. Allí estaba Nacho el gofio y sus perros. Más allá La Heidi y también la señora de gabardina que no se quitaba nunca y que llevaba unas gafas de sol que ocultaban sus ojos y una larga cabellera blanca, cómo si hubiera teñido al ver el rostro del diablo. El legionario que tenía un gorrito en la cabeza y las piernas delgaditas, como dos palillos de dientes y el negro desquiciado que deambulaba por las calles de la ciudad…

Ahora no, ahora los indigentes son el triple y vienen de casi todas partes. Lo sé por su forma de hablar. Me tropiezo casi todos los días, en una ciudad donde es normal tropezarte con los tipos que sueltan del psiquiátrico para que tomen el fresco y que van a lo suyo, con un italiano con los tobillos llenos de llagas. Se le han hinchado las piernas y veo a veces al hombre quejándose en cualquier esquina. No debe de haberse bañado hace unos cuantos meses y creo, pero probablemente sean imaginaciones mías, ver una nube de moscas a su alrededor. Alguien me dijo que antes trabajaba de cocinero en una pizzería y que se volvió majara por las drogas. ¿Qué drogas? Ah, eso no supo decírmelo quien me lo dijo pero se descuidó, reitera, por las drogas.

Un poco más allá me encuentro con otro extranjero indigente. Este es un gigante, pelo echado para atrás y pinta de no saber en que sitio se encuentra. Suele hacer sus necesidades en el baño automático que está a dos pasos del kiosco de la Paz y hasta no hace mucho me lo encontraba dormido en cualquiera de los cajeros electrónicos de la Rambla de Pulido. No es conveniente acercarse a él no porque resulte agresivo, que hasta donde sé no lo es, sino por la peste que emana un cuerpo que no conoce el agua. También por la rambla anda ahora un treintañero, o igual es más joven o viejo, vete a saber, que lleva a cuesta un carrito con un gato negro encima. El gato lleva una correa y parece dócil aunque el tipo a veces se pone a gritar. A nadie en concreto, solo grita. Como grita otro que pasea por el Viera y Clavijo, ese parque en ruinas que se encuentra en pleno corazón de esta descuidada ciudad.

En el Viera y Clavijo se reúnen indigentes para tomar una cerveza y hablar. El otro día, mientras paseaba a Kala, uno tras pegarle un trago a la Solajero que tenía en la mano, comentó que en tal comedor hacen unas lentejas de puta madre solo que ponen muy poco. El resto de los parroquianos coincidió. Efectivamente ponen muy pocas lentejas. Esas mismas que están de puta madre.

La ciudad en la que nací se está llenando de mendigos, Y muchos de estos pobres no lo eran hasta ayer. Lo notas por sus ojos. Parece la mirada de un loco, o de alguien que se pregunta cómo pudo acabar así, tan bajo, abandonado por todos. La familia, los amigos… Alguien dirá que acabaron así por las drogas, que es el comodín con el que justificamos lo injustificable, y otros que se dejaron ir. Las ocasiones en las que he podido hablar con alguno de ellos, en el parque Viera y Clavijo, ninguno supo decirme cuándo y cómo terminaron en la calle. La memoria del inicio se les ha borrado del cerebro o bien no quieren recordar el momento en el que todo empezó a ir cuesta abajo.

Luego están los habitantes del barranco de Santos, un barranco que me fascina y que no ha sido demasiado explotado en nuestra literatura salvo, que ahora me acuerde, La ciudad tiene otra cara, Historias del barranco de Santos y Carpanel, de Luis Gálvez Monreal, José Domingo e Isaac de Vega. También aparece está cicatriz de roca que atraviesa la capital tinerfeña en Los ojos del puente, de Javier Hernández Velázquez y fue ahí, en una de las cuevas en la que moran los que no tienen nada, donde vivió Antonio Bermejo, que apenas dejó obra escrita aunque la leyenda lo acompaña por su involución en una ciudad que no le tendió ninguna mano, y que su novela La lluvia no dice nada desapareciera para siempre no sé sabe exactamente el por qué. La leyenda fantasea que porque en la novela aparecía… Otros que se quemó antes de tomar forma de libro. El caso es que Bermejo, el fetasiano pobre, terminó durmiendo en una cueva del barranco. Consumido en una soledad que, si uno se asoma al abismo, puede llegar a entender. Tanto, que asume que desde uno de los puentes que lo atraviesan, el Zurita, lo escoja la gente para saltar al vacío y desaparecer.

Una vez me encontré a una murchedumbre asomada a la baranda del Zurita y desde las ventanas de los edificios próximos. Todos miraban el cuerpo descolocado de un suicida. No llegue a mirar. No me interesaba ni me interesa pero puedo imaginar la escena.

En fin, paseo con Kala por una ciudad que se empobrece cada día un poquito más. Entre los indigentes hay varias señoras. Una pelirroja y sin los dos dientes delanteros que siempre me saluda, por cierto, y otra que apenas habla porque va todo el día puesta de no sé qué . Forman parte de la particular fauna humana de una capital de provincias que, como decía aquel, muere todos los días en soledad.

Me dan ganas de llorar pero no puedo. No puedo soltar ni una lágrima mientras los que ganan dinero y hacen que trabajan ocupan su tiempo libre en en señalar con el dedo los defectos del otro sin darse cuenta de lo pobre que son. Tan pobres como los pobres que pasan a su lado. Esos pobres que son como los fantasmas sin nombre de Santa Cruz de Tenerife, los parias de la tierra, toda esa gente de la que no se acuerda casi nadie.

Un grito, el melenudo italiano con las piernas hinchadas por las llagas repletas de pus grita.

Otro grito.

Alguien avisa a la policía.

Es un drogadicto.

¿Drogadicto?, no, solo es un pobre.

(*) La imagen está tomada del blog Pretexto, del fotoperiodista Cristobal García.

Saludos, telón, desde este lado del ordenador

Hambre española

Lunes, Julio 5th, 2021

La frase de la semana, del mes y el año, probablemente, es la que pronuncia Pablo Casado, presidente del Partido Popular, la semana pasada en el Congreso de los Diputados. La recojo de un titular de El País, y cuanto menos llama la atención porque se empeña en sacar de sus tumbas otra vez los fantasmas de la contienda fratricida española. La perla sin cultivar dice así: “La Guerra Civil fue un enfrentamiento entre quienes querían la democracia sin ley y quienes querían la ley sin democracia”.

Si lo que quería Pablo Casado era imitar a Winston Churchill con una frase ingeniosa tipo Sangre, sudor y lágrimas lo mejor que podía haber hecho es callarse la boca porque Churchill solo hay un. Además, sugiere con lo que dice que no hubo nada bueno entre los que quisieron una democracia sin ley (¿la II República, incluidos comunistas, socialistas y anarquistas así como republicanos a secas?) y una ley sin democracia (¿los rebeldes, con monárquicos, carlistas, falangistas y derechas en general?) Y la verdad es que, es que, es que no se puede ser más tonto.

Como a muchos y por razones familiares (un tío abuelo al que desaparecieron por anarquista y pena de cárcel por masón para el abuelo) aquella Guerra a la que mala puñalada le den siempre estuvo presente en casa. De hecho, mi padre era lector de libros de Historia y novelas sobre “nuestra Guerra”, “vicio” si quieren que heredé.

A pronta edad, sentí por dentro que pertenecía al lado de los que la perdieron e intenté aproximarse a aquel conflicto con la objetividad con la que me educó padre, un hombre, por cierto, que más que socialista fue negrinista toda su vida.

Como en toda guerra, y como en toda guerra vil que es la que libran hermanos que de repente dejan de serlo, en los dos bandos se cometieron tropelías y desmanes así como rasgos generosos y si me apuran heroicos. Formo parte de lo que llaman una tercera España que es esa especie de purgatorio donde al final caemos todos los que nos negamos a estar de un lado y del otro, los que continuamos hablando con gente de un lado y del otro aunque a veces el diálogo sea de sordos porque ni unos ni otros admiten otra opinión que no sea las que tienen sobre una república idealizada, una guerra que a todas luces resultó inevitable y una postguerra que sufrió, como siempre, la gente de a pie.

El hambre no tiene ideología, y este país aquellos años y los que vinieron después pasó mucha, demasiada hambre.

Mi padre tenía la convicción que el hambre precisamente fue lo que marcó el carácter de los que sobrevivieron a aquella Guerra, y que ese anhelo que Escobar materializó en sus tiras cómicas en la persona de Carpanta sigue estando presente en el disco duro de nuestra memoria.

Como muchos españoles nací y crecí en una familia donde no se tiraba la comida. La comida había que comérsela. Y esa lección todavía forma parte de mi vida. No puedo tirar comida. Me sienta mal tirar la comida.

En casa sin embargo nunca me educaron para odiar a nadie. Y mucho menos por opiniones e ideas. Podía estar equivocado o el otro o la otra errar en sus argumentos pero no por ello íbamos a llegar a las manos… Dice un dicho español que el que calla otorga pero me quedo con aquel otro que dice a palabras necias, oídos sordos.

Todo esto y un poco más me asaltó cuando mis ojos tropezaron con ese subtítulo. Subtítulo que abrió la caja de Pandora que llevo dentro porque la Guerra, ya dije, me acompaña desde hace mucho tiempo. Y comienzo a estar cansado tanto de unos como de otros. De los que dicen que son de izquierdas como de derechas y no admiten la duda por respuesta. Allá ellos, aunque mis fantasmas que ya creía enterrados reaparecen en mi memoria cuando me tropiezo con frases como las que dicta Pablo Casado.

Una frase gratuita, mentirosa y muy peligrosa porque la cicatrices de “nuestra Guerra” no han cerrado. Supuran pus porque los vivos, los nietos y bisnietos de aquella generación que sí vivió “nuestra Guerra” continúan empeñados en mantenerla abierta mientras retuercen el dedo en la llaga para que la paz no llegue nunca.

Pasan las horas y… ¿todo esto a cuenta de qué? Ah, sí, la frase chulesca no churchillesca que pronunció Pablo Casado en el Congreso de los Disputados Diputados…

Hace calor, los rayos del sol cascan las piedras y los lagartos asoman la cabeza.

Saludos, hambre española, desde este lado del ordenador

¿Es Cultulu o Chultú?

Miércoles, Mayo 12th, 2021

MAESTRO: A ver, dilo tú

INICIADO: Cultú

MAESTRO: Ahora te toca a ti, Maruca

INICIADA: Chultu

MAESTRO: ¿Y Benigna?

INICIADA: Tulú

MAESTRO: ¿Cómo te suena a ti, Matías?

INICIADO: Culultu.

MAESTRO: ¿Y a Venancia?

INICIADA: Cutultu

MAESTRO:
Te toca, Ferechosa

INICIADO: Cultututu

MAESTRO: ¿Y cómo aparece en el Necronomicón?

INICIADO: Cthulhu

MAESTRO: ¿Y eso como se pronuncia?

INICIADO: Pregúntale al árabe que escribió el libro…

MAESTRO: ¿Al Abdul?

INICIADO: Sí, Adul Alhazaret lo llamaban.

MAESTRO: ¿Cómo, Altazare?

INICIADO: No, Alzaraet…

MAESTRO: ,,,

INICIADO:

Saludos, que no hay muerto que yazga eternamente…, desde este lado del ordenador

Un cadáver en el camino

Jueves, Febrero 18th, 2021

El cadáver de un oso de peluche en el fondo de uno de los barrancos que atraviesa la ciudad en la que vivo. No sé la razón, pero la imagen que me la hace llegar un anónimo lector de este su blog El Escobillón me resulta de una crueldad extrema. Los restos de un peluche en medio de la mierdad en la que crecen plantas salvajas y alguna flor de perfume desconocido. Seguí mji camino con la perra tirando insistente de la correa y de pronto, a medida que avanzábamos por la avenida solitaria me asaltaron las ganas de llorar. Pero no hubo lágrimas que se deslizaran por las mejillas y sí una sensación terrible de tristeza. Un ahogo enfermizo que me hizo detener ante un kiosco en el que compré una botella de agua fría. Muy fría, por favor, le rogué al kiosquero.

Saludos, ese fue, desde este lado del ordenador

Dios salve a Gutiérrez

Sábado, Julio 25th, 2020

I.- EL EQUIPO

La delegación canaria del Ministerio del Tiempo (MI) se encuentra situada en un punto indeterminado del Océano Atlántico que rodea a las islas. Ni los funcionarios del Ministerio saben dónde se encuentra aunque trabajen de sol a sol en sus instalaciones.

La mañana del 25 de julio del año 2020 el delegado del MI recibió en su despacho a tres de los agentes que operaban en aquella zona:

Hernando de Solís, nacido en algún lugar de Valladolid, Castilla la Vieja. Se le reconocía por su baja estatura, su aspecto nervioso y por una desagradable cicatriz que atravesaba el lado derecho de su cara. Como hombre de acción había participado en las conquistas de La Palma y Tenerife a finales del siglo XV y fue reclutado porque era de esa clase de hombres que golpea antes de pensar. Era diestro además en el manejo de la espada y el arcabuz, aunque no tenía muchas luces, la verdad.

Guetón, pertenecía a la nobleza guanche y no terminaba de acostumbrarse a los tiempos. Había combatido contra el mismo Hernando en la batalla de Acentejo y se creía, pero no estaba demostrado, que había sido uno de los responsables de la pedrada que derribó al orgulloso conquistador de su rocín dejándole la desagradable cicatriz que cruzaba su cara a modo de recuerdo. No obstante, habían terminado por congeniar con el paso de los años y por las misiones en las que habían trabajado juntos. Destacaba por su dominio de las lenguas indígenas y su certera puntería tirando belillos. O velillos, que también.

Guacimara Hernández, natural de Fuerteventura, nació a principios del siglo XX, y entre sus muchas cualidades se encontraba la de ser una experta en negociar cualquier cosa. “¡Es capaz de sacarle dinero hasta un gallego”, se chismeaba en los pasillo del MI. Fue reclutada por uno de los agentes del Ministerio. don Miguel de Unamuno, durante los días que el escritor pasó en la isla majorera. Nadie pone la mano en el fuego, pero se dice que hubo algo entre los dos. Pero no me piensen mal porque ese algo fue que Unamuno le entregó cierta cantidad de dinero que, insisten esas mismas lenguas, le fue devuelto quintuplicado.

II.- LA MISIÓN

El caso es que aquella mañana estaban los tres agentes escuchando la misión que les dictaba el jefe, así llamaban a la máxima autoridad regional del MI en el archipiélago. El jefe les ordenaba con la voz estrangulada por la preocupación que viajaran al Santa Cruz de Tenerife de 1797, concretamente al 25 de julio, la fecha en que los británicos firmaron la rendición tras el fracasado intento de tomar la plaza. Al parecer, dijo el jefe moviendo el dedo de la mano derecha que apuntaba al techo, se tenía noticias de que el general español Antonio Gutiérrez de Otero sería ¡¡¡asesinado!!!

III.- EL VIAJE

Tras escuchar la misión y sin saber cómo, este era otro de los grandes misterios que rodeaban a la delegación del MI en Canarias, se encontraron en unas galerías subterráneas con el fin de entrar en una de las miles de cuevas diseminadas por aquel gigantesco tubo volcánico excavado en la roca. Al salir por el otro lado, reaparecieron en un Santa Cruz de Tenerife agitado por la fiesta y la alegría. Se escuchaba sonidos de tambores en la plaza de La Pila, así que tuvieron que avanzar hacia ella dando golpetazos al público que inundaba las calles.

- Un poco de respeto.- decía un espectador.

- Ayyy.- se quejaba una señora cuando Hernando, vestido de mago, pisó sin querer.

El sol lucìa en el cielo y las palomas volaban dibujando zig zag.

- Recordar que la misión es proteger al general, así que abrir bien los ojos porque cualquiera de estos –Guacimara señaló a la masa apretujada– puede ser un espía inglés.

Fue decirlo cuando recibió un topetazo en la cabeza. Cerró los ojos cuando alguien gritaba… ¿dónde está Nelson?

IV.- EL REGRESO

¿Nelson?, preguntó Guacimara cuando regresaron al año 20 del siglo XXI. Se encontraban los tres agentes en el despacho del “jefe”, ausente unos minutos por problemas estomacales.

Hernando y Guetón se miraron a los ojos.

- Pues sí.- respondieron al unísono.

- ¿Seguro, seguro?.- repitió Guaci señalándoles el cuadro que presidía el despacho.

- ¿Eh? Dijo Hernando.

´- ¿Eh? Dijo Guetón.

Se abrió una puerta secreta y por ella salió el “jefe” frotándose las manos. Sonrió cuándo vio al equipo reunido. Sobre la mesa humeaba un servicio con cuatro tazas y una tetera.

“Good save the Qeen”.- exclamó el “chief”, sonrió al retrato de la reina Isabel II y observó con una sonrisa a los tres agentes:

“A tea?”

Saludos, no hubo brazo, no hubo derrota, desde este lado del ordenador.

Simpatía por el diablo

Martes, Mayo 26th, 2020

Justo delante de donde resido se encuentra en los bajos de un edificio el templo de una iglesia evangélica a la que había olvidado por completo durante estos más de dos meses de confinamiento. Ahora y en plena desescalada a la nada me había olvidado por completo de ellos porque el silencio que se respiraba en la capital tinerfeña aquellos días de encierro daba miedo, casi fue como si de repente me hubiera convertido en el protagonista involuntario de una película de ciencia ficción.

En fase 1 o 2 que ya he perdido la cuenta, la ciudad ha vuelto a llenarse de gente y hay más tráfico. Ahora tengo que mirar a un lado y al otro de la vía antes de cruza por si viene una guagua o un automóvil. La idea es que por un descuido la máquina no vaya a conseguir lo que por ahora no ha conseguido el puto virus: que me quede más tocado de lo que estoy solo por pensar que estamos como hace unos meses, cuando podías pasar a un lado y al otro de la calle sin apenas mirar a un lado y al otro. También con aquelal vaga esperanza de que no apareciera por la gracia del aire enfermo un policía aburrido que te diera el alto para exigirte explicaciones de tu deambular por la capital fantasma. El encuentro, si se producía, solía terminar con la amenaza de una multa.

En aquellos días aciagos tuve más de un desafortunado encuentro con agentes de la ley que no tenían mejor cosa que hacer que la de poner sanciones a un ciudadano inocente que, como es mi caso, jamás rompió un plato pero en fin… esa es otra historia.

El caso es que el domingo pasado, que fue uno de esos días en el que nos vamos a adaptando a la “nueva normalidad”, sobre las cuatro de la tarde los evangelistas se reunieron en la iglesia (un local que antes funcionaba como tienda de aparatos de sonido) para celebrar la “nueva normalidad” con cantos y sermones que se podían escuchar dentro de la habitación donde estaba.

Soy de los que suele leer en la cama así que pese a estar agradecido a los feligreses por su preocupación de salvar las almas, la buena voluntad se fragmentó al sentir que invandían sin que los invitara mi intimidad precisamente por su empeño de salvar almas que igual no querían que nadie las salvaran.

La cosa se estaba poniendo caliente porque casi parecía que los evangelistas habían decicido salvarnos a todos los de la calle. Por la cara, subieron el volumen de los altavoces así que las proclamas y canciones rebotaban en las paredes de los edificios quien sabe si arrastradas por un puñado de ángeles. O no.

Fue entonces, cuando el predicador que gritaba con gallos que ponían la piel de gallina Señor, Señor, Señor, cuando se escuchó un alarido. Un alarido que no entendí demasiado bien al principio pero que procedía de una de las ventanas de al lado de casa.

“¡¡¡Viva el demonio!!!”

Pero los evangelistas iban a lo suyo, “¡no nos derrotará el coronavirus!”, “¡no nos vencerás Satanás”", a un volumen ya inaceptable.

Otro vecino, quizá animado por aquella invocación al diablo y observando que ni con esas se callaban, advirtió:

“¡Voy a llamar a la policía!”

Y milagro, porque lo de la policía funcionó. Los evangélicos se apresuraron a cerrar las puertas del templo lo que convirtió lo que antes era insoportable en un murmullo igual de insoportable. Imposible ahora entender lo que decían. Si estaban rezando o cantando.

Me puse a hacer mis cosas con el murmullo de fondo así que pronto me olvidé del asunto.

Sobre las siete llamé a Kala para ir a dar un paseo y cuando salimos a la calle miré en dirección al templo de la iglesia evangélica para ver si estaban de chachara en el portal pero no había nadie. Las puertas de la iglesia estaban además cerradas y con las rejas bajadas.

Con la perra tirando de la correa descubrí de repente que cuando salgo de la casa en muy pocas ocasiones paso por delante del templo ya que casi siempre voy en la dirección contraria aunque todos los caminos llevan a Roma. No lo hago por algo en particular aunque me di cuenta ese domingo de calor, un calor agradable que ya comenzaba a diluirse con la llegada de la noche, que ese grupo de entusiastas evangélicos solo quería salvar almas, con independencia de que uno quisiera o no ser salvado, de lo que ellos llaman la condenación eterna.

Todavía resuena dentro de mi cabeza los chillidos del predicador, un grito tarzanesco, capaz de aplacar a la fiera que llevamos dentro.

“Aleluya, aleluya, aleluya”.

Y esa voz desgañitada que sale por una de las ventana del edificio de al lado:

“¡Viva el diablo!”

Saludos, suenan las piedras rodantes, desde este lado del ordenador