El Cine Víctor quiere iniciar su nueva etapa el 1 de agosto con el estreno de Guerra Mundial Z

Jueves, Junio 13th, 2013

“Y trató de imaginar cómo se vería la luz de una vela cuando está apagada.” (Lewis Carroll)

Me encuentro con Eladio Fraga mientras rambleo y lo primero que le pregunto es si se ha vuelto loco.

- ¿Loco?

- Lo digo por eso de reabrir el Cine Víctor. ¿Va en serio la cosa?

Eladio se pasea la mano por el bigote a lo Clark Gable que alfombra debajo de su nariz.

- Pues sí.

- ¿Estamos hablando del mismo Cine Víctor?

Nos detenemos en el kiosco de La Paz y nuestras miradas coinciden en la entrada del antiguo palacio –me niego a llamarlo templo– cerrado a cal y a canto.

Eladio asiente y por señas insisto que se ha vuelto loco.

- La nave va.- dice Eladio, no sé si porque de repente se ha vuelto felliniano,  lo que pondría de manifiesto que, efectivamente, se ha vuelto loco.

- ¿Un cine como el Víctor rentable en estos tiempos?- pregunto por seguir hurgando en la herida, imbuido, quien sabe, por el espíritu del dichoso y loado sea su nombre Santo Tomás.

Eladio se encoge de hombros.

“Te has vuelto un romántico” pienso, no digo, mientras mi cabeza recupera momentos vividos dentro de ese cine que fue, reitero, un palacio nunca un templo.

- ¿Y para cuándo la inauguración?

- El 1 de agosto.

- Vaya. Encima, en verano, con dos… Ya sabes, con dos…

Eladio vuelve a pellizcarse el bigotito a lo Gable que sombrea su nariz.

- ¿Cuentas con algún respaldo institucional?

- No, todo privado.

- Vaya…  ¿Y será cine, cine?

Eladio asiente.

- Nada de teatro, nada de monólogos, nada de conciertos, nada de mítines políticos que, como sabes, son algo así como teatro, monólogo y concierto todo junto y revuelto…- digo en plan bromeo.

- Cine. Solo cine.- asegura Eladio.

La mente se me ilumina entonces y suelto el tópico titular que circula beodo por mi cabeza.

- El Cine Víctor reabre sus puertas cual ave Fénix.

- ¿Qué dices de Félix?- comenta Eladio distraído, perdido en su universo con sonido a sensurround.

Pero no hago caso, y voy a lo mío.

- ¿Y se puede saber que película estrenará esta nueva etapa del renacido Cine Víctor?

Eladio continúa en su mundo con sonido sensurround.

- Eladio, ¿me escuchas, Eladio?

Me mira, se pellizca el bigotito y no sé si sonríe.

- Guerra Mundial Z.

- ¿La del Brad Pitt?

- La del Brad Pitt.- me confirma.

- ¿Y luego?

- La última de Guillermo del Toro.

Buscando por la red me entero que se trata de Pacific Rim, una película de monstruos con robots pilotados por humanos bajo el fondo del mar que combaten contra colosales criaturas infernales.

Cine de autor con todas sus letras.

O lo que es lo mismo, que Eladio sigue siendo Eladio.

- Cine de estreno entonces el que se proyectará en el Víctor. Como en los viejos tiempos…

Eladio asiente y vuelve a pellizcarse el bigotito a lo Gable que tiene debajo de la nariz.

- ¿Puedo publicar lo que me acabas de decir en el blog?

- Sí, sí…- repite.

- Hasta la próxima entonces.- respondo aún desconcertado.

Mientras lo veo alejarse no me queda muy claro todavía si Eladio es consciente de la inversión que tiene que ejecutar en el Cine Víctor.

De la profunda remodelación que debe someter a la sala, que cuenta con dos pisos –en mis tiempos decíamos la parte de arriba y la parte de abajo–, así como la de mejorar la instalación técnica. El proyector, la pantalla, el sonido entre otras ¿menudencias?

Veo como Eladio se sienta en una de esas sillas metalizadas que rodean la fuente de la que antaño fue la Plaza de la Paz y que da, como todo vecino que se precie de esta capital de provincias sabe, justo delante de la fachada del Cine Víctor, con su letrero de neón apagado.

¿O quizá esté fundido?

Vuelvo a mi café con leche.

Y susurro entonces

- Suerte, inglés….

Lo dice Nick Nolte en Adiós al rey (John Milius, 1988).

Saludos, ya lo saben, desde este lado del ordenador.  

Matar o no matar, este es el problema

Miércoles, Junio 12th, 2013

No hubo manera en mis años mozos que me dejaran entrar en una película que, pasado el tiempo, explica cómo funcionaba por aquel entonces la orden de prohibir que la vieran los que eran menores de 18 años.

Como otras tantas películas que se estrenaban en los cines, y sin referencias salvo que la protagonizaba Vincent Price, lo primero que me llamó la atención de este largometraje fue el cartel promocional que colgaba en distintos puntos de la capital tinerfeña… Un cartel que lograba disparar mi imaginación, de un sensacionalismo burlón que todavía, cuando lo contemplo, hace que viaje al pasado y que se despierten emociones que creía dormidas definitivamente.

Puedo entender ahora, pasado los años y con una visión un tanto legendaria de aquella adolescencia, que el interés por digerirla se acrecentara en vez de disminuir a medida que los porteros de los cines de estreno me negaban la entrada. Y siento aún la sensación de derrota con la que regresaba a casa, una frustración que no se iba a disipar de mi cabeza hasta que tuviera la oportunidad de verla…

Tuve que esperar así a que se repusiera en uno de aquellos cines de barrio que entonces poblaban el callejero de Santa Cruz de Tenerife. Concretamente, el Cine Somosierra, donde los custodios no resultaban tan estrictos a la hora de dejar pasar a un niñato con demasiados pajaritos en la cabeza.

Pasado los años, las emociones son encontradas.

Porque reconociendo que no se trata de una gran película, sí que es, a mi juicio, uno de los mejores papeles que interpretó Vincent Price.

El filme se tituló en España Matar o no matar, este es el problema (Theatre of BloodDouglas Hickox, 1973) y en él intervienen algunos de los actores más grandes del cine británico como Jack Hawkins, Harry Andrews, Robert Morley, Diana Rigg y, en un papel pequeño pero explosivo, la explosiva Diana Dors.

Recuerdo que cuando salí del Cine Somosierra, una de aquellas salas, junto al Delta o al Fraga, en las que era posible colarte a las de mayores de 18 años, Matar o no matar, este es el problema fue una de esas películas que contribuyeron a que abandonase esa etapa de la vida en la que saltas sin red de la infancia al pantano de la adolescencia, y que para mi, Vincent Price se convirtiera desde ese día más en el fracasado actor shakesperiano Edward Lionheart que en el abominable doctor Phibes.

Aún conservo imágenes muy frescas de esta película en el disco duro de mi memoria. Debe ser que se trata de un filme que tontea con el gore con tono de deliciosa comedia macabra.

Descubro en dvd y a precio de crisis Matar o no matar, este es el problema, y siento como el chispazo de la emoción me recorre por la espalda.

Ya en casa, el cansado reproductor se pone idiota, lo que me hace rememorar los “déseme usted la vuelta” que me cantaban los porteros cuando nervioso y poniéndome de puntillas le hacía entrega de la entrada…

Pero por fin, quizá porque recito en silencio pedazos del Necronomicón, comienza la película en el televisor y la veo con ojos presuntamente adultos; descubriendo que lo que antaño me impactó ahora apenas me produce una sonrisa, aunque aún me captura la trágica historia del actor que es humillado por un grupo de críticos, dando pie a su furiosa y shakesperiana venganza con la colaboración de su hija y de un grupo de mendigos que me proporciona lecturas que en su día, más preocupado por el efectismo, fui incapaz de interpretar.

Con todo, la película no ha perdido su encanto. Me desconcierta su atrevido erotismo para la época, la etérea sexualidad de la encantadora Diana Rigg, y las carnes generosas de Diana Dors… Disfruto con esa venganza implacable que emprende Price contra esos críticos que le negaron su reconocimiento, así como ese aire de ópera bufa aunque trágica que planea en un largometraje que se permite readaptar al mismísimo Shakespeare explotando sus historias más sangrientas, su teatro de sangre, con largos parlamentos que, escuchados en inglés, sacan a relucir la musicalidad de un idioma que si no se enseña bien, uno termina por odiar.

Regreso, en definitiva, a mi ya lejana adolescencia recuperando una película que se ríe de sí misma pero que a la vez se toma muy en serio. Y quiero entender, mientras la observo, el valor que tenía aquel niñato que hacía lo imposible cuando le negaban lo posible.

Y aprecio que su debilidad por la señora Rigg no haya decrecido con el tiempo, y que ya desde ese entonces se pusiera del lado de Price y no de los cretinos que fueron incapaces de reconocer su talento.

Asumo, también, de donde procede mi afición por el cine británico, y su peculiar sentido del humor que en esta pequeña película termina con una frase que no voy a desvelar pero que dice mucho de los profesionales que están convencidos de su criterio.

Una película, Matar no matar, este es el problema, que para quien ahora les escribe es eso que unos denominan como película de culto.

Un título que, con todos sus inevitables defectos, despertó ideas a un niño impertinente que, treinta años después, descubre colorado que ya forman parte de su estrafalaria personalidad.

Tal vez y de tanto en tanto, un poco sobreactuada.

Saludos, ¡¡¡larga vida a Edward Lionheart!!! desde este lado del ordenador.

¡Vétete pa’llá Falconetti!

Viernes, Junio 7th, 2013

Escucho en un centro comercial, sonando de fondo, The logical song, un tema de Supertramp que asocio a un verano perdido ya en el tiempo. Siento el sabor amargo de la nostalgia mientras mis pulmones exigen piedad.

Recorro las instalaciones como un muerto viviente, un zombi de esos que salen a colación esta mañana, mientras mantengo una conversación con Jessica Herrera, una escritora de grancanaria que ha editado recientemente una novela de vampiros para jóvenes, me aclara, titulada El pentáculo de sangre.

Mientras camino con errático rumbo recuerdo a bote pronto Hombre rico, hombre pobre, que fue una serie que impactó a la chiquillada de mi generación y que supuso además, el segundo amor platónico de mi vida –el primero fue Dale Arden– la actriz Susan Blakely.

Buceando en la red descubro el impresionante reparto de Hombre rico, hombre pobre.

Sabía que fue el trabajo que sirvió de trampolín para el hoy reconocido Nick Nolte (el hermano pobre) y que enterró para siempre en la televisión la carrera de Peter Strauss (el hermano rico). También a Edward Asner, quien más tarde contribuiría a que esa misma generación de chiquillos pensaran que las bondades del periodismo era posible por Lou Grant; y a Dorothy McGuire, que interpretaba el papel de la sufrida madre de la familia Jordache. Y, cómo no, a Susan Blakely, que si no me equivoco terminaba alcoholizada en la serie y en la novela, escrita por Irwin Shaw, uno de esos narradores que han sido relegados al purgatorio por alcanzar en vida el éxito de ventas pero que tuvo que salir de los Estados Unidos de Norteamérica cuando se produjo la tristemente caza de brujas…

También aparecía en Hombre rico, hombre pobre Ray Milland, Gloria Grahame, una señora a la que no me puedo quitar de la cabeza desde que la vi En un lugar solitario y William Smith. Un actor, Smith, cuya carrera marcó al rojo vivo Hombre rico, hombre pobre al interpretar a Falconetti, uno de esos malos que terminó por devorar su restante trayectoria artística y que cuando intentaba hacer de bueno obligaba a que no te lo creyeras.

Fue tanto el éxito de Falconetti, que en aquellos años de instituto cuando insultabas a alguien lo llamabas simplemente Falconetti.

- Vétete pa’llá Falconetti.- decías.

Y el aludido bajaba la cabeza.

Al margen de Hombre rico, hombre pobre, alguien me llama esta tarde para decirme que en la capital grancanaria y en un acto de homenaje a Benito Pérez Galdós saltan algunas chispas.

Chispas que no prende en polémica, pero que mucho me temo que al autor de Los episodios nacionales le haría saltar las lágrimas. Y no de pena, precisamente.

¡Viva el espíritu de Gabriel Araceli!

Y con ese mismo espíritu pretendo participar en un coloquio en el que interviene el dibujante y guionista Alfonso Zapico y Juan Antonio Martín Muñoz, este último junto a Jonay Martín Perdigón, autor de Imidawen, un cómic que me sorprende por su voluntad de reconstruir la última etapa de la conquista de Tenerife. Han sacado dos álbumes, y pronto, si hay suerte, el tercero que concluirá su trilogía sobre la resistencia de los aborígenes de Tenerife.

En la charla, que modera Elena y Carlos, se habla de colorines/chistes/tebeos y se cita, entre otros, a Will Eisner, que es algo así como uno de los gigantes de un arte que dicen ocupa el número nueve de la lista.

Como el debate tiene lugar en La Laguna, aprovecho cuando finaliza para dar una vuelta por la Feria del Libro, donde veo rostros conocidos. Pregunto en un puesto si tienen el Necronomicón pero me responden que está agotado.

Abdul Alhazred estaría contento, Lovecraft mucho más porque parece que ese libro prohibido finalmente existe y no se encuentra en los sótanos del Vaticano.

Esta mañana, mientras hablaba con Jessica Herrera, la autora de El pentáculo de sangre, le pregunté qué opinaba de esa moda que consiste en reinterpretar clásicos de la literatura como Orgullo y prejuicio y El lazarillo de Tormes en clave terrorífica.

Vino a responderme algo así como vade retro Satanás.

Yo no lo tengo tan claro, pienso que a veces es sano quitarle el barniz sagrado a las cosas.

Me pregunto en este sentido que tal quedaría una Mararía poblada de vampiros y licántropos… O Unos puercos de Circe con zombis.

Pero  relájense porque no sucederá. Al menos de momento. Aunque quizá una Fortuna y Jacinta en este plan…

Cuando bajo en el tranvía rumbo a Santa Cruz de Tenerife siento que la máquina tiembla, que vibra de un extremo a otro de los vagones, como si quisiera salirse de las vías y dirigirse a toda velocidad, mientras destroza el pavimento, en el mar.

Pero vivo en una capital de provincias que vive de espaldas al mar. Así que probablemente la maquinaria, y conmigo dentro, acabaría deteniéndose en el laguito de risa de la Plaza de España.

Un amigo me comenta el jueves, cuando me lo tropiezo por casualidad en la calle del Castillo, que a él le encantaría si le ofrecieran la posibilidad de viajar en el tiempo, detenerse en el Santa Cruz de Tenerife de finales de los años sesenta.

Suelto la broma, con mirada seria aunque timbre en la voz socarrón, que apenas se daría cuenta que había retrocedido en el tiempo.

- ¿Por qué?-pregunta el amigo.

- Porque esta ciudad desordenada continúa aún anclada en esos años.

Mi amigo me observa detenidamente. Se pasa la mano por la barbilla y sonríe.

- ¿Qué?- escupo.

- ¿Qué? Vétete pa’llá Falconetti

Saludos, The logical song, desde este lado del ordenador.

Otra vez con el Cine Víctor ¿a Dios pongo por testigo que no volveré a pasar hambre?

Martes, Junio 4th, 2013

En los años ochenta se multiplicaron como setas en las dos capitales canarias los multicines, espacios que junto al fenómeno del vídeo, en aquel entonces muy popular, bastaron para dar el tiro de gracia a la sala tradicional, al palacio que nos prometía por el valor de una entrada un viaje a la tierra prometida.

Que es la de nunca jamás.

La aparición de las salas múltiples en Santa Cruz de Tenerife coincidió también con el tímido renacer del cine en esa década moralmente ominosa en la que por primera vez oí hablar de los yuppies, personajillos vestidos con traje y corbata, que alisaban su cabellera con litros de brillantina y ganaban dinero haciendo del arribismo una religión y cuya mayor aspiración en la vida era parecerse no a un caballero ambiguo y encantador como Cary Grant sino a Mario Conde.

La primera sala de este tipo que comenzó a funcionar en Tenerife fue el Oscar’s, y a ella le debo experiencias visuales y espirituales como Excalibur, de John Boorman; Blade Runner, de Ridley Scott, antes de que se nos volviera tonto; la decepcionante El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983) para los que nos habíamos quedado con la lengua fuera tras El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y Viaje alucinante al fondo de la mente, que para la pandilla con la que me movía en aquellos días fue algo así como el no va más…

… O la película que suscitaba encendidos debates una vez salías de la sesión, pienso ahora que originados más por la necesidad de hacernos creer que lo que habíamos visto era otra cosa y no la excéntrica tomadura de pelo que fue.

Ya saben, una película más firmada por el Baz Luhrmann de aquel tiempo, su graciosa majestad Ken Russell.

Tras el éxito de los Oscar’s, y muy próximos, el cine Greco, el fantástico cine Greco  de aquellos tiempos color sepia, terminó también claudicando a su señor Hyde transformándose en multicines; como El Price en multicines Price, hoy Renoir Price.

La fiebre por las salas múltiples se contagió también a La Laguna, donde aparecieron los multicines Aguere, hoy reconvertido en espacio socio cultural.

Parece mentira contado así, pero el fenómeno de las multisalas como sucedía en el resto del territorio nacional vivió una época de leche y miel que hoy cuesta trabajo imaginársela.

Y eso que quien les escribe fue testigo de aquel proceso. Proceso, hemos dicho, que supuso la muerte de la sala de cine tradicional.

Todo esto que explico viene a colación a propósito de una información en la que se anuncia que el Cine Víctor, situado en la plaza de La Paz de Santa Cruz de Tenerife, y sala cuya trayectoria ha resultado de existencia errática desde que los tiempos de leche y miel dejaron de manar, abrirá sus puertas dentro de un mes como sala de cine, dejando atrás su frustrada experiencia como sala de variedades.

La noticia, leída así, asombra.

O me asombra porque parece ser que se ha alcanzado un acuerdo entre los dueños del Víctor y la empresa EST ocio SL –de la que no encuentro referencias en Internet– que tiene la idea de continuar adelante para convertirla en una “sala dedicada de forma casi exclusiva a la exhibición de películas.”

Leído así parece una inocentada.

Sobre todo si atendemos a las cifras en franco descenso de público a las multisalas, algunas de las cuales se plantean incluso si ya es hora de poner el cartel de cerrado.

Muchas son las razones que explican esta recesión, qué les voy a contar a ustedes, por eso me llama poderosamente la atención leer que el contrato se firmará el viernes, 7 de junio, entre los dueños de la sala y Eladio Fraga, a quien tengo el gusto de conocer y con quien me detengo en ocasiones para hablar sobre lo divino y sobre lo humano y personaje que tiene ideas claras con respecto a la actual situación económica que vive esta isla, el archipiélago y el país del que forma, formamos, parte.

Por eso, mientras escribo, no deja de ser contradictorias las sensaciones que me asaltan.

Por un lado, celebro que se anuncie que el Cine Víctor vuelve a encender sus luces y que la exhibición de películas formará “el grueso casi exclusivo de su programación”; pero por otro es inevitable que me pregunte por la rareza que un tipo como Fraga se meta en esta empresa.

Quiero imaginar que habrá visto negocio…

Aunque ese negocio incluya una reforma profunda de la sala, bastante descuidada si uno pasa todos los días, como es mi caso, frente a su antaño palaciega entrada.

Otra cuestión es si este hipotético Víctor, que quiere volver a su papel de doctor Jekyll, ¿qué tipo de cine ofrecerá?

A Eladio Fraga lo conocí en su etapa al frente de los Oscar’s.

Un hombre con los pies sobre la tierra y con una idea muy clara del negocio.

Mide la calidad de la película según su rentabilidad en taquilla.

No le hables así de cine que solo entienden los friquis.  

Los primeros multicines que operaron en la capital tinerfeña llegaron además en un momento de cambios de los que todavía nos estamos recuperando…

Por ello, que sea el mismo Eladio quien se disfrace de Rhett Butler para recuperar Tara –el Víctor– para la caprichosa, pero también abnegada Scarlata –Santa Cruz de Tenerife– me desarma. Y me sabe a curioso déjà vu.

Y pienso que con la que nos está cayendo…

Con el titánico esfuerzo con el que la mayoría estamos resistiendo…

… Pues va a resultar verdad que la esperanza nos mantiene.

 Saludos, después de todo, mañana será otro día, desde este lado del ordenador.

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Lunes, Junio 3rd, 2013

En el Rastro de esta desordenada ciudad que es Santa Cruz de Tenerife he encontrado algunos de los mejores libros que ocupan hoy mi también desordenada biblioteca.

Ir al Mercadillo se ha convertido así en una tradición, y en un oasis con el que pertrecharme de libros usados a precios de crisis. Crisis que se multiplica en los últimos tiempos por la demora en el pago de algunos servicios que presto cuando alguien requiere el concurso de mis modestos esfuerzos.

Cada mañana de domingo, al visitar el Rastro, se enciende la llama de una emoción ante lo que voy a descubrir que no se apaga con el paso de los años.

Es verdad que en ocasiones regreso a casa con las manos vacías, pero en otras aguanto por las asas una bolsa de plástico repleta de volúmenes que pasarán a ocupar ese lado de la mesa de noche donde esperan con paciencia y extrema generosidad a que los lea.

O al menos que los abra por la primera página.

Son estos momentos, quizás, los más intensos. Los más atrevidos. Los más, ya se ha dicho, emocionantes.

No solo, como le explicaba esta misma mañana a una amiga que me abrió los ojos y es responsable de este post, por la expectación que siempre supone buscar refugio, sino también por las cosas que a veces me encuentro dentro de ellos.

No me refiero a postales o a cartas olvidadas.

Ni siquiera a calendarios pasados de fecha que sirvieron alguna vez de marcadores, sino a palabras subrayadas a lápiz, imagino que marcadas con la misma pretensión que cuando lo hago yo.

El domingo pasado, en el Rastro, encontré en uno de los puestos títulos que procedían de una biblioteca bien surtida y armada.

Curiosamente, y mientras pensaba en Ezequiel Pérez Plasencia que suele acompañarme en estos paseos domingueros, me hago con Un niño, del apreciado Thomas Bernhard y oculto entre tratados de psicología una edición en bolsillo de Lolita, de Vladimir Nabokov, ejemplar que tengo ya en casa en una vieja edición de 1959 publicada por la editorial argentina Sur, pero que ahora me llama la atención cuando lo abro y leo frases subrayadas por quien tuvo que ser su anterior propietario.

Alguien al que no pongo sexo y que puede estar vivo o puede estar muerto.

Comparto Lolita.

Y me hago –también procedente de la biblioteca de esa misma persona desconocida– con unos cuentos de Cesare Pavese. Un autor, Pavese, que de tanto en tanto está conmigo cuando más lo necesito.

Ojeo el ejemplar de Lolita.

Y leo, entre otras frases subrayadas por esa mano a la que no quiero poner rostro: “Lo ‘ofensivo’ no suele ser más que un sinónimo de lo ‘insólito’; que una obra de arte es, desde luego, siempre original, por lo cual, su naturaleza misma hace que se presente como una sorpresa más o menos alarmante.”

Y más adelante: “Escribí otros poemas. Me sumergí en la poesía de los demás. Pero no olvidé por un segundo el peso de la venganza.”

Y apenas unas nueve líneas por debajo esta frase que me conmueve e inquieta, marcada por ese lector desconocido con lápiz pero dos o tres veces, supongo que con la intención de que dejara huella en la página: “nunca volvió a hundir mi imaginación sus colmillos”.

Paseo los ojos por esta edición usada de Lolita y me detengo en medio de la calle para leer: “Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; y muy al contrario, el sexo no está sino supeditado al arte.”

Y como se tratara de una consigna, o una manera de materializar la desesperación que siente su antiguo propietario: “Lloraba de nuevo, borracho de pasado imposible.”

Hay más frases subrayadas, y páginas con la esquina superior doblada. Una costumbre que detesto pero que decidido respetar en esta Lolita que, siento caprichosamente, comparto con alguien al que, reitero, no quiero imaginar.

Digamos que lo dibujo con un rostro borroso, que una nube oculta sus rasgos.

En unos días en los que busco emociones que lleguen directas al corazón –ese frío trozo de hielo azul, escribe Nabokov– descubrir esta edición de Lolita arrugada, maleada, leída, es de las pocas experiencias agradablemente desconcertantes con las que me he encontrado en los últimos meses.

El sábado, antes de ir al Rastro, pensaba tirar la toalla. Mandarlo todo a paseo, asqueado de esta siniestra realidad que quiere mancharlo todo.

Que loa el sálvese quien pueda.

Que humilla al tonto el último.

Pero tengo sosiego. Y aún respiro aire que refresca mis castigados pulmones.

Y me duermo pensando que mañana es domingo.

Y toca Rastro.

Afortunadamente todavía tengo ánimo para levantarme y bajar a los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de África donde me encuentro con una leyenda hecha pedazos a la que últimamente suelo ver por ahí.

Saludo también a otro que deambula.

Y a un tercero que parece querer camuflarse entre el gentío porque, probablemente, “preferiría no hacerlo…”

Subo una de esas cuestas de la desordenada ciudad y tropiezo con aficionados del Tenerife que celebran el ascenso a segunda división de su equipo.

Uno incluso me da un manotazo amistoso en la espalda, no sé ahora si para que me una a la fiesta. Imagino de todas formas que al verme la cara decide alejarse mientras salta como una rana por la calle y se confunde entre el gentío que enarbola banderas tricolores y otras que son la misma que la de Escocia.

¿Por qué tiemblo?

A la altura del cine Víctor me persigno y rezo.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.” 

Lo.Li.Ta.

(*) En la imagen James Mason y Sue Lyon en la versión cinematográfica de la novela de Nabokov dirigida por Stantely Kubrick.

Saludos, habla, memoria, desde este lado del ordenador.

Día de Canarias: lanadacotidiana

Jueves, Mayo 30th, 2013

Se supone que tal día como hoy ese experimento estropeado que es una comunidad autónoma celebra en la tierra que habito su Día.

Una fecha que se marca al rojo en un calendario que si no es de esta tierra permanece en su rutinario color negro.

Es decir, como un día más y un día menos entre los que nos encontramos flotando a la deriva en esta extraña pero apasionante, a su manera, realidad idiota que nos ha tocado existir…

Me resulta por ello curioso, o mejor a broma inconsciente el título del estreno que TEA Tenerife Espacio de las Artes en Santa Cruz de Tenerife acoge precisamente hoy a las 20 horas.

lanadacotidiana.

Nada que ver con la cotidiana nada de Zoe Valdés.

El largometraje lo dirige Fátima Luzardo y lo protagonizan Winslow M. Iwaki, Khaled Kouka, Rebeca Pérez Rodríguez, Guacimara Rodríguez, Fernanda Hernández Gutiérrez, Jaime Hernández, Alicia Rodríguez Reyes y Juan Carlos Padrón.

Se exhibe hoy, un Día de Canarias.

Tierra en la que ya no se insiste que solo sabe tocar la chácara y el tambor.

Pero tierra en la que sí se insiste en que usted, ustedes, quieran ser como…

¿Cómo quién?

¿Una cucaracha empapada en perfume como ladra la todavía epiléptica historia del masajista?

Yo, mientras tanto, pienso con la boca torcida y los pulmones contaminados de humo que me quedan menos balas en el tambor del revólver.

Confieso que me encanta el título de esta película: lanadacotidiana, así, todo junto porque, sabe usted, “el infierno son los otros.”

O la historia de una vida.

Una vida que en estos islotes se empeña que vea como un mago, que es como se conoce en esta tierra a los paletos, a los brutos, a la gente de campo que ve con recelo a esa ciudad que peca de grandeza provinciana.

Así que leo el texto de la página web de TEA en el que se informa, como si de un mensaje en clave se tratara, de que va lanadacotidiana:

Entre la realidad y la ficción una serie de personajes se mueven al vaivén del latir de la ciudad. Cada uno transita alrededor de su propio espacio personal, empujados por la inercia de su propio bucle. Algunos de ellos existían antes y seguirán existiendo después del filme. Otros permanecerán inmersos en la sinfonía urbana de la nada cotidiana.”

Y tengo miedo, aunque la culpa la tiene René.

René Descartes.

Saludos, hoy toca lanadacotidiana, desde este lado del ordenador.