Fernando Delgado: “Vivimos en unos tiempos trastornadillos”

Lunes, Septiembre 26th, 2022

Autor de una de las mejores novelas escritas sobre Santa Cruz de Tenerife, Ciertas personas, junto a La ciudad tiene otra cara, de Luis Gálvez Monreal, Guad, de Alfonso García-Ramos y Los puercos de Circe, de Luis Alemany, Fernando Delgado (Santa Cruz de Tenerife, 1947) publica la primera entrega de sus memorias de infancia y juventud con el título de De la radio a las letras (Nectarina, 2022), un libro en el que repasa un tiempo pasado teñido por la nostalgia.

Estos recuerdos, dispersos como son todos los recuerdos que recuperamos, toman el pulso a una ciudad a través de una serie de personas que contribuyeron a cimentar en su momento lo que se conoce como esplendor intelectual chicharrero. Un esplendor que tuvo pero no retuvo la capital tinerfeña.

El escritor y periodista tenía previsto presentar este libro hoy, lunes, 26 de septiembre, en el Círculo de la Amistad XII de enero, en Santa Cruz de Tenerife, pero las condiciones climatológicas han obligado a aplazar un acto en el que también estarían Alberto Omar, el periodista y escritor Juan Cruz y el portavoz y consejero de Administraciones Públicas, Justicia y Seguridad del Gobierno de Canarias, Julio Pérez.

Fernando Delgado es autor de una importante producción literaria en la que se encuentran título como Tachero y Exterminio en Lastenia a novelas que lo han consolidado como escritor y entre las que se encuentran La mirada del otro, por la que recibió el premio Planeta 1995; Sus ojos en mí, que obtuvo el premio Azorín en 2015 y ahora Todos muertos, una sátira demoledora contra el mundo que vivimos. Ese mundo que para el escritor y periodista anda ahora mismo “trastornadillo”.

- Escribe De la radio a las letras…

“En realidad se trata de un ejercicio de memoria que surgió cuando me encontraba en una clínica. Me ha gustado mucho este ejercicio de la memoria porque lo fue también de la lectura y de no quedarme solo en la descripción de hechos ni de la sospecha, esa misma sospecha que solo contribuye al ruido mediático que nos impide pensar. Por ejemplo, recuerdo ahora cómo Juan Benet, que detestaba, despreciaba la obra de Benito Pérez Galdós, unos días en los que estábamos juntos paseando por las calles de Las Palmas de Gran Canaria, se detuvo, entró en una tienda de anticuarios y adquirió con remilgos una estatua del escritor que prometió regalarme pero murió y no sé qué fue de la escultura”.

- ¿Y usted coincide con Juan Benet en su desprecio a la obra de Galdós?

“No, no… Galdós fue y sigue siendo un gran escritor al que hay que leer. Un maestro verdadero de nuestras islas y de nuestro país. Fue un personaje extraordinario”.

- Estas memorias que ahora publica son de infancia y juventud. ¿Las habrá de madurez?

“Por supuesto”.

- En estas memorias reivindica el patio, ese mismo patio que me hizo recordar la canción infantil.
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“Para los que son de mi quinta y que nacieron en Santa Cruz de Tenerife el patio fue siempre una posesión común, sobre todo para los que vivieron en casas terreras, como era la mía. También los portales de aquellas modestas arquitecturas que volví a reconocer, y me emocionaron grandemente, en algunas ciudades y pueblos de nuestra América”.

- ¿Y cuáles son sus primeros recuerdos?

“Entre mis primeros recuerdos está el frescor del suelo del patio, siempre el patio, de mi casa. Y yo gateando. Cruzaba entonces del territorio de una manta que ponían en el suelo para preservarme del frío y de la eventual suciedad, y me expandía por todo el patio. En aquel patio preponderaban las helechas, las begonias, las varas de San José, que florecían por marzo; los anturios o las clavelinas que mi abuela cuidaba con sus riegos tempraneros y que estaban exultante todo el año con sus colores diferentes. El patio me servía también para aprovechar los accidentes naturales del suelo, las grietas que el tiempo había formado y que yo representaba como calles imaginarias por donde solía pasear los cochecitos que podía comprar en la plaza de Weyler por dos pesetas y entre los que recuerdo con especial cariño las guaguas, las guaguas de dos pisos que nunca tuvimos en Tenerife. Las líneas urbanas que había entonces en Santa Cruz eran escasas y yo repetía en aquellas grietas los itinerarios y pregonaba los destinos como lo pregonaban los cobradores”.

– En el libro evoca el momento en que entra en la radio, donde entra por su voz.

“Hasta los catorce años mi bachillerato fue elemental, después pase al superior y más tarde marché a la Escuela de Magisterio. Estudié también en el Colegio Tinerfeño Balear y en la Universidad de La Laguna. Más tarde, me trasladé a Madrid. En los años de adolescencia tuve un maestro, el esposo de mi madrina, Rafael Granados, un hombre extraordinario, que fue quien me propuso acercarme a la radio, Radio Juventud de Canarias, donde coincidí con Ignacio García de Talavera. Tendría como unos dieciséis años”.

-¿Qué tipo de programas realizaba?

“Era locutor y después creo que tuve algunos programas pero ya no me acuerdo de cuáles pero sí que aprendí mucho con todos”.

- ¿Y cuándo da el salto a Radio Nacional de España?

“Fue tras superar unas oposiciones cuando ingresé en RNE. Y encantado de la vida”.

- Cuenta en sus memorias que vivía muy cerca de la calle de Miraflores.

“Pasé por aquella calle, que era la calle de las putas, pero yo iba con mucho miedo porque de pequeño fui un chico muy religioso”.

– ¿Y qué sensaciones tiene de la capital tinerfeña cuando camina de nuevo por las calles de su infancia?

“La veo trastornada pero igual de trastornada que otras ciudades y pueblos de España. Estamos trastornadillo”.

- ¿Trastornadillos?

“Trastornadillos porque la vida la tenemos ahora bastante apagada, desde las clases, desde las tradiciones, desde las escrituras pero también desde la política esto está esto un poco trastornado”.

- Trastornadillo.

“Sí, mejor trastornadillo”.

- En De la radio a las letras incluye al final una serie de retratos de personas que influyeron notablemente en usted como Vicente Aleixandre, Fernando Fernán Gómez, Terenci Moix, Domingo Pérez Minik…

“Domingo Pérez Minik fue mi padre de un modo muy generoso. Éramos muy jovencitos Juan Cruz y yo, y estábamos muy vinculados a él y él con nosotros. Paseábamos juntos hasta el Puerto y más tarde, cuando iba a Madrid, nos vimos mucho también. Fue un hombre extraordinario”.

- Leo que se define como un periodista capaz de escribir novelas. ¿Hay periodistas que son incapaces de escribirlas?

“Los hay que son capaces y otros que no. Estos últimos solo se consideran periodistas pero luego están los otros, ese grupo en el que estoy metido, que son capaces de hacer las dos cosas”.

– Antes hablábamos que vivimos unos tiempos trastornadillos, ¿parte de ese trastorno lo refleja en su última novela, Todos muertos?

“En este libro lo que el lector encontrará es un territorio entre la inteligencia y la jodienda”.

- ¿Y hasta que punto su estilo literario ha quedado condicionado por su actividad como periodista?

“El estilo literario lo he vivido desde el periodismo y casi, casi, estuvo ahí desde el inicio de mi narrativa, que parte de mis vivencias. En estos momentos preparo una serie de textos con los que puedo retrotraerme y pronto se publicará un libro de poema…”

– Soy sin ser (desde lo vivido a lo pintado).

- Sí, ese es el título, que publica Pre-Textos.

- ¿Tiene Fernando Delgado un proceso de creación?

“Lo tuve pero ya no lo tengo, lo he perdido. A mi edad, 75 años, creo que de la noche que me queda de aquí al día esto va a estar muy jodido pero bueno a lo mejor desaparezco… ¿sabes?”

Saludos, un libro, recuerdos, desde este lado del ordenador

Santo barranco, un peculiar documental de los años 70 sobre el barranco de Santos

Martes, Septiembre 20th, 2022

Casi nadie se acuerda de ella pero se ha recuperado precisamente del olvido una película rodada en súper 8mm y en los años 70 gracias a un convenio de digitalización suscrito entre el Colegio Oficial de Arquitectos de Tenerife, La Gomera y El Hierro con el Instituto Canario del Desarrollo Cultural. La copia digitalizada se encuentra en la Filmoteca Canaria.

El documental, porque se trata de un documental, se titula Santo Barranco (1975) y tiene una duración de 18 minutos. Se trata de un trabajo que el citado Colegio encargó con motivo del plan de remodelación de esta quebrada con forma de cicatriz que atraviesa casi por la mitad a la capital tinerfeña.

El filme está dirigido por Fernando Puelles, hermano de Juan, ambos miembros del equipo Neura que por sí solo, los Neura, deberían de protagonizar un libro o un documental para que quede constancia en la Historia de su excéntrica aportación al cine canario.

La peculiaridad de Santo barranco es que si bien el equipo rodó a los arquitectos debatiendo sobre ese plan en la sala de Juntas del Colegio y a las personas que vivían en el barranco (me pregunto si alguna de ellas sigue residiendo en él), en el montaje final se editaron las entrevistas con el sonido alterado. Es decir, que cuando aparecen los arquitectos lo que se escucha es a los que residían por aquel entonces en las cuevas del barranco y cuando se muestra a los que allí vivían, lo que se oye en off es a los arquitectos.

Desconozco el impacto de la cinta el día del estreno. Tampoco si llegó a estrenarse pero puedo imaginarme las reacciones, algo así como “¿pero esto que demonios es?, chacho, chacho, chacho, quita eso, haz el favor”.

Es muy posible que se estrene la copia digitalizada que se encuentra en la Filmoteca Canaria pero por lo que sabemos no se sabe dónde será. A un lado de la balanza se encuentra el teatro La Granja y en el otro el salón de actos del Colegio de Arquitectos. A la espera de la decisión, es muy elogiable la labor que está desarrollando la Filmoteca en la recuperación de películas y vídeos sobre Canarias. Recientemente, esta misma entidad dio a conocer las únicas imágenes en color del artista tinerfeño Óscar Domínguez y que formaban parte de un documental que grabó antes de su fallecimiento.

Así que atacado por la neurosis y con ganas de aprender mucho más de un cine que fue posible en los años 70 aunque la mayoría de sus trabajos se quedaran en formato amateur, terminamos este aviso con un larrariano “vuelvan ustedes mañana”.

Saludos, suena una canción, desde este lado del ordenador

Ay, Santa Cruz de Tenerife, ay

Martes, Septiembre 6th, 2022

“En aquellos años cincuenta, la sociedad canaria era muy clasista en sus dos capitales, pero así como en Santa Cruz de Tenerife los más acomodados contaban con el Club Náutico para el baño, y no se encontraban con los pobres, que tenían que bañarse en las incómodas playas de piedra de Valleseco o María Jiménez, sorteando la grasa de los buques del Muelle, o en el Balneario de Educación y Descanso al que iban las clases populares, en Las Palmas, todos, pobres y ricos, se encontraban en Las Canteras, un espacio democrático en el que la gente hacía amigos”.

De la radio a las letras (Memorias de infancia y juventud)
, Fernando Delgado, Nectarina Editorial, 2022.

La publicación de De la radio a las letras (Memorias de infancia y juventud), escrito por Fernando Delgado y editado por Nectarina este mismo año es uno de esos felices descubrimientos que de tanto en tanto, más de tarde en tarde de lo que uno quisiera, se producen en el universo editorial de las islas por varias razones.

La primera y es la que más me ha llamado la atención, descubrir mi ciudad, Santa Cruz de Tenerife, en un tiempo en el que si no estaba, sí que era pequeño para guardar cualquier tipo de evocación del lugar en el que nací y resido. Y todo pese a que Fernando Delgado revele “Me da cierto pudor hablar de mi al hablar de Santa Cruz de Tenerife, pero lo hago con la convicción de que al hacerlo así hablo de todos aquellos”.

La segunda, tener la oportunidad de leer las impresiones de un escritor y periodista nacido en la isla, las islas, aunque desarrollara gran parte su labor profesional fuera de Canarias, sobre algunas de las razones que motivaron la escritura de muchas de las novelas que forman parte de su ya más que generosa bibliografía como escritor.

Estos hechos, unidos a otros muchos, refuerzan el atractivo que, a mi juicio, reúne un libro que añade como complemento una serie de retratos de amigos muy cercanos (Martín Chirino, Millares y Elvireta, Luis García Berlanga y Fernando Fernán Gómez, entre otros) así como anima a una reflexión con perspectiva de la capital tinerfeña que conoció.

Pero su principal atractivo, al menos para un lector como quien ahora les escribe, es conocer cómo se entiende la ciudad en la que nació y vivió algunos años el escritor, un Santa Cruz de Tenerife marcado férreamente por una diferencia de clase que divide a la sociedad que habita la capital en dos zonas que no es que sean irreconciliables, sino que viven por separado, como si no existiera la una para la otra.

A lo largo del libro, Fernando Delgado insiste en esta diferencia, acentuada según dice, en una ciudad que gusta de mantener esta distorsión que alcanza al mapa de una urbe con playas para pobres y piscinas para los que viven con holgura. También colegios donde los humildes tienen que entrar por la puerta de atrás. En este aspecto, reconoce que las primeras lecturas y las películas que vio en los por aquel entonces numerosos cines de la ciudad le sirvieron de válvula de escape y que fue material, sustancia, que lo forjó como persona.

En el libro repasa también, aunque mucho menos, sus primeros pasos en el mundo radiofónico y también audiovisual español ya que se trata de una obra, fundamentalmente, que recoge sus recuerdos de niñez y adolescencia.

También el de una juventud en la que jóvenes como él contaron con el magisterio de un intelectual que nunca adoptó esa pose. La de un sabio que los orientó en el sendero de la literatura: Domingo Pérez Minik, a quien por cierto, Fernando Delgado dedica este libro como “padre y maestro” así como a su “todo un hermano” Jerónimo Saavedra y a José Luis Yoribio, Juan Cruz, Alberto Omar y Julio Pérez “desde mi juventud”.

Estas memorias están escritas con entusiasmo meridiano, no hay en ellas estridencias. Así, la visión que absorbo sobre lo que retrata bajo el prisma de su niñez adquiere otra dimensión y me hace pensar que no han cambiado tanto las cosas desde entonces. Que Santa Cruz de Tenerife a veces es más una santa cruz cuando empuja a sus habitantes a superar tantos límites, fronteras, algunas de ellas parecen que infranqueables entonces y ahora.

En cuanto a memoria, y como toda memoria que se precie, se le puede criticar al libro que resulte algo reiterativo y disperso pero no es una razón suficiente que le reste interés a lo que cuenta.

Es verdad que capítulo va y capítulo viene el escritor y periodista insiste en ocasiones en la mismas historias, lo que casi parece que más que un libro de memorias con sentido cronológico se trate de una recopilación de momentos en los que el autor quiso recuperar capítulos de su infancia y de su juventud chicharrera que, a mi juicio, son menores en un libro que si destaca por algo es por su aplastante sencillez y el esfuerzo por evocar un pasado que pudo ser distinto.

El libro cuenta además con otro valor añadido y que interesará a los aficionados a esas obras en los que un escritor que publica y es reconocido por lo que publica escribe sobre su vida y también sobre su literatura, y pienso en dos obras fundamentales para aprendices a escritores como los que no lo son: Mientras escribo y Suspense, de Stephen King y Patricia Highsmith, respectivamente. Sumaría ahora a este dueto De la radio a las letras.

Estas memorias que no pretenden ser una autobiografía sino solo memorias dibuja un retrato muy personal de una ciudad, de una capital de provincias que aisló a una calle, la de Miraflores, vecina a la que nació el escritor, porque aquello era otro mundo. En conjunto son recuerdos que me han atrapado como vecino de esta ciudad, también el hecho de reconocer muchos de los escenarios que retrata aunque la mayoría no existan o han sido transformado en la actualidad.

“Era mi calle una calle céntrica y principal de la ciudad, pero muy vecina a un barrio de mujeres de la vida, –jamás nos dejaban decir putas, naturalmente– y los niños de la zona éramos advertidos de continuo sobre la prohibición de cruzar la frontera apenas perceptible entre nuestras supuestas calles decentes y aquellas otras tan supuestamente peligrosas”.
Y en cuanto a su trabajo como escritor:

“Y si me preguntan, como me han preguntado, con que disposición abordo una nueva novela cuento que cuando eso pasa uno trata de estar dotado de la capacidad de aventura y de riesgo que posee un niño para dar un salto hacia lo desconocido y llegar a un lugar insospechado por el autor en el momento de ponerse a escribirla”.

Estos recuerdo abarcan historias sobre dos mundos, la literatura y el periodismo que se diferencian, escribe Fernando Delgado, porque “el periodista ha de contar y certificar que es verdadero cuanto cuenta y el novelista es mejor que dude de si realmente ha visto lo que cuenta”.

Como escenario el paisaje de una ciudad tan cambiante y sufrida como es la capital tinerfeña, aunque esta metamorfosis haya sido en mucho de los casos para mejor. No es un escritor Fernando Delgado que se incline hacia la nostalgia sino a sentir lo que recuerda. Y es ese sentimiento el que prevalece a lo largo de toda la obra.

“La ciudad, por entonces, una ciudad sin coches, permitía que los niños hiciéramos de la calle un parque de juego. Y era habitual que nuestro juego fuera interrumpido para que pasara entre nosotros el cortejo fúnebre con un niño muerto, blanco el pequeño ataúd, blanco el coche fúnebre con sus plumachos blancos. A aquellas procesiones mortuorias se les llamaba en Canarias por lo general entierro y, a la de los niños, entierrito”.

Se trata, en conclusión, de un libro notable, muy atractivo no solo para los que conocen la obra literaria del escritor y periodista tinerfeño –entre otros libros destacaría su demoledora novela chicharrera Ciertas personas, su tercer libro publicado y uno de los que más menciona en estas memorias con importancia– sino también para aquellos lectores (y ese es nuestro caso) que desde hace años buscan la reconciliación con la geografía física y sentimental de una ciudad muy anclada a un pasado turbio que la envenena. Una capital de provincias que uno nunca terminó ni termina de considerar como suya.

Saludos, gracias, señor Delgado, desde este lado del ordenador

Francisco Clavijo Rodríguez, director general de Cultura y Patrimonio del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife

Jueves, Julio 14th, 2022

Pues no nos equivocábamos hace unas semanas cuando nos preguntamos si tal y como estaba sonando en los mentideros culturetas Francisco Clavijo Rodríguez sería nombrado director general de Cultura y Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

A pesar de llevar el mismo primer apellido, Clavijo Rodríguez no tiene nada que ver con Fernando Clavijo, quien fuera presidente de esta cada día más surrealista comunidad autónoma; ni Miguel Ángel Clavijo, tío de Fernando y director general de Patrimonio Cultural cuando su sobrino estaba al frente del Ejecutivo regional.

Habemus director general, entonces. Lo de Director General de Cultura y Patrimonio Histórico es una figura nueva que estrena el Ayuntamiento de la capital tinerfeña, Francisco Clavijo Rodríguez no. Antes fue oficial mayor del consistorio y un tipo que a tenor de las fuentes consultadas tiene la cabeza sobre los hombros y le gusta el rock, entre otros grupos, el potente sonido de los británicos Motörhead.

El objetivo de su nombramiento, especulan unos, es que el nuevo Director General comience a desmontar el Organismo Autónomo de Cultura (OAC) con el fin de que el área vuelva a ser concejalía. Concejalía de Cultura. Este proceso, que vaya uno a saber cuánto tiempo lllevará, implicaría reubicar en otros departamento al personal no funcionario que actualmente desarrolla su trabajo en el Organismo Autónomo de Cultura (OAC) del Ayuntamiento santacrucero.

Nos pusimos en contacto con representantes del sector cultural y muchos coincidieron en no entender que un profesional de la administración pública pero sin conocimientos en gestión cultural y de patrimonio histórico asumiera, precisamente, una Dirección General de Cultura y Patrimonio Histórico aunque, siendo realistas, lo raro es que en esta iniciatica convocada por ese mismo Ayuntamiento hubiera resultado ganador/a un experto en áreas tan delicadas. Por cierto no llegaron a diez, fueron siete contando al mismo Francisco Clavijo, las personas que se presentaron al cargo.

No se explica (es un decir) que desde hace unas semanas sonara el nombre de Francisco Clavijo Rodríguez como firme candidato a Director General de Cultura y Patrimonio Histórico. Hecho, curiosamente, similar a lo que pasó con el nombramiento de Carlota Cobo Hernández como gerente del OAC y que como recordarán los escobilloneros anunciamos semanas antes de que se hiciera público.

En fin, misterios que seguirán siendo misterios mientras el resto de los que se presentaron a ocupar la misma responsabilidad no levanten la voz y exijan explicaciones. Lo que no sucederá, ya lo vaticino. Aunque esto de vaticinar me recuerde a Carlos Jesús, aquel simpático turista que se fue de fiesta al planeta Ganímides y al que terminamos por reconocer como Reticulín, ¿recuerdan?

Y es que de Reticulín tiene, y mucho, este Ayuntamiento que además de intentar dar una manita de legalidad a todo lo que toca, lo que toca suena a chiste por lo que tiene de legalidad. En fin, que entre este Ayuntamiento y los de otros de los que pronto hablaremos, el Cabildo de Tenerife y su costumbre de repartir entre los amiguitos mucho té, chocolate y café, y una viceconsejería de Cultura que tras el confinamiento perdió definitivamente la cabeza, son malos muy malos tiempos para la cultura. Y agüita, que ya a la vuelta de la esquina está otoño, esa estación en la que se caen las hojas.

This is the end
Beautiful friend
This is the end
My only friend, the end
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Saludos, que los dioses nos cojan confesados, desde este lado del ordenador

Francisco Clavijo ¿Director General de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife?

Jueves, Junio 30th, 2022

A estas alturas no creo que nadie iniciado en las pantanosas aguas de la curtura oficial canaria ignore, y si no lo ignora al menos lo intuya, que algo huele a… en los despachos donde se dirige la curtura del Gobierno canario (tan chachi piruli aunque tenga a medio sector en pie de guerra), Cabildo insular (en nuestro caso el de Tenerife, con una dirección que no ha dejado de mirar la musaraña desde que ocupa tan alto deber) y, por último, en la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Salvo la etapa de la socialista Clara Segura no he observado una apuesta sensata por dotar a esta capital de provincias de una eficaz armadura cultural (ahora sí). Responsabilidad que, salvo el caso antes mencionado, parece que se asume sin demasiado entusiasmo… Lo mismo pasa en el gobierno canario con los gatopardos a la cabeza; el cabildo insular con los gorgoritos a la cabeza y las concejalías de cultura que se han convertido en algo así como un vivo sin vivir en mi.

Hace unos años nos hicimos eco del nombramiento de Carlota Cobo Hernández como gerente del Organismo Autónomo de Cultural tras superar un concurso que, qué quieren que les diga, resultó sospechoso desde el minuto 1. ¿La razón? Se conocía desde meses antes a quién se iba a designar. Esta maniobra, que pone de manifiesto el franco desprecio que se tuvo hacia el resto de los que presentaron sus currículos profesionales, apenas tuvo eco ya que la mayoría de los que optaron a la terna prefirieron dejar estar lo que sigue oliendo a pucherazo no sabe uno muy bien las razones. ¿Miedo?, creo que la respuesta en este caso es afirmativa. Y así nos va. A ellos, los cobardicas y a nosotros, la sufrida ciudadanía. Mientras tanto, se resiente la cultura, ahora curtura, que desde el Ayuntamiento se gestiona.

El paso del tiempo y los chismes que me llegan han terminado porque me solidarice con Carlota Cobo Hernández. Me comentan desde distintos frentes que la mujer no lo está pasando bien aunque el sueldo, y más en estos tiempos que corren, la obligan a estar sentada allí donde estuvieron sentados otros. Cuentan, no obstante, que la concejala no se habla con Carlota, y que a la concejala se le ha ido amargando el carácter a medida que pasan los años.

Hace unas semanas y desde la misma casa consistorial se anunció que se iba a elegir una figura hasta ese momento novedosa en la curtura municipal, el nombramiento de un Director Insular de Cultura que, al modo del comandante Fidel Castro de la canción, mande a parar.

Se convocó un nuevo concurso al que optaron la mayoría de los que se presentaron en su día al de Gerente y si bien el fallo se ha prorrogado hasta el 10 de julio de este año, día que cae un domingo luego se conocerá el fallo al día siguiente, parece que “habemus Papa”. Es decir, que ya hay fumata blanca por mucho que su nombramiento se dilate en el tiempo. Que se dilate en el tiempo puede deberse a vaya uno a saber, aunque pudo ser por la cercanía de esos carnavales de verano que vivimos en la ciudad la semana pasada. Es como si el Ayuntamiento insistiera en una política del pan y circo para despistar a vecinos y visitantes de lo descuidada que está la capital de Tenerife, bastante sucia por otra parte y con todo sin hacer o medio hacer cuando su alcalde deja de soñar con convertirse en senador y se dedica a lo que debe dedicarse, que es gobernar la ciudad.

El caso es que ya suena como probable director general de Cultura y Patrimonio Histórico Francisco Clavijo Rodríguez, en la actualidad oficial mayor del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y secretario delegado del Organismo Autónomo de Cultura. A tenor de lo que me dicen varias fuentes, el cargo sería lo que en política llaman “un traje cortado a su medida”.

De momento no se ha hecho oficial el nombramiento, se supone que lo sabremos en unas semanas pero todo apunta a que Clavijo Rodríguez sea nombrado Director Insular de Cultura y Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Saludos, oh, mamá,bandera tricolor, desde este lado del ordenador.

La gesta, una novela de Juan Royo

Lunes, Abril 18th, 2022

Se ha escrito mucho sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife que, antes de que finalizara julio de 1797, enfrentó a españoles contras británicos. Los primeros contando con la colaboración de marinos franceses. Este hecho, que finalmente se saldó con la aplastante derrota de las fuerzas al mando de Horacio Nelson, ha dado origen a cientos de estudios de carácter histórico y a no tantas novelas que, con mayor o peor fortuna, han procurado narrar aquellos hechos desde la ficción.

Ya hemos reflexionado sobre algunos de estos títulos. La mayoría de ellos españoles aunque también se encuentra una curiosidad que data del siglo XIX y de autor aún desconocido que, bajo el título de Rockingham o un hombre de honor, da la visión de los perdedores sobre aquella expedición que resultó catastrófica para quien más tarde sería conocido como el temido león de la marina británica.

En cuanto a las novelas “españolas” sobre aquellos días se encuentran, entre otros títulos, El fuego de bronce, Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias y 1797. Piratas del Atlántico de Jesús Villanueva, Miguel Ángel Díaz Palarea y Luis Medina Enciso, respectivamente. David Galloway también hizo referencia de aquellos días en Entre cuevas, que se incluye en el volumen La cueva de las mil momias y Ángel Luis Marrero Delgado describió la batalla sin perder el humor ni la seriedad en el díptico La amenaza de Albión y El leviatán chasqueado.

Se suma ahora a esta podríamos llamar “literatura sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife”, La gesta, de Juan Ignacio Royo, una novela que se preocupa más por parodiar que por el rigor histórico, más próxima así al espíritu crítico de Miguel Ángel Díaz Palarea que al entusiasmo de Jesús Villanueva aunque estos y otros títulos se desarrollen en el mismo escenario y marco temporal.

La gesta está protagonizada por un ser que sale del mar. Un gigante que toma tierra días antes del intento británico por hacerse con Santa Cruz de Tenerife para, a través del “monstruo”, narrar los días previos y el ataque en un libro que describe una isla sumida en la pobreza y en la que se pasa hambre, mucha hambre.

La novela apenas ofrece una mirada amable sobre aquel puerto del Atlántico, que en aquellos años estaba creciendo en población y al que protegía un sistema de fortalezas que demostraron su valía cuando los hombres de Nelson desembarcaron pero, al margen de éste y algún detalle más, no termina por encontrar su camino.

La intención de Juan Ignacio Royo es la de observar con distancia y también agradecida vena paródica unos hechos que para muchos continúan siendo uno de los grandes momentos de la Historia de Tenerife. Y para ello recurre a un personaje, el gigante que salió del mar, el monstruo para la sociedad de pequeños burgueses y pescadores que habitan el Santa Cruz de Tenerife de aquel entonces. Población que termina por unirse al ejército cuando asoman por el horizonte las banderas de los buques de guerra británicos.

La parodia es el tono que articula la literatura de Juan Ignacio Royo, un autor que parece que utiliza el pasado para deformarlo y reírse sanamente de él. En ocasiones con espíritu feroz y en otros con ganas de fiesta.

Mofa y de la buena hay en El fulgor del barranco, una visión realista hasta cierto punto de los prolegómenos de la Guerra Civil española en Tenerife; y parodia que bordea el sainete también hay mucha en Puerto Santo, novela a la que encuentro muchos puntos de contacto con La gesta, y no solo porque la amenaza venga del mar.

Juan Royo escribió también con ánimo festivo sobre los carnavales en Un carnaval amargo, una sátira fulminante (aquí sí) contra un personaje al que no le hizo falta buscar autor y Mejor cuando improvisas, veneno destilado que en esta ocasión vierte contra su protagonista en la que sigue siendo, a mi juicio, la mejor novela que Juan Ignacio Royo ha escrito hasta la fecha y un libro a tener en cuenta cuando se escriba una nueva historia de las novelas escritas aquí o fuera de este territorio abandonado de la mano de los dioses.

El caso es que Tenerife monopoliza casi toda la literatura del autor quien ahora relata cómo los vecinos se enfrentaron contra la que ya era conocida por aquel entonces como la mejor armada del mundo.

En La gesta aparece una galería de personajes que parecen salidos de una película de Berlanga pero da la sensación que no han sido muy explotados por Royo, un escritor que busca afinar su mirada cóncava y convexa sobre la Historia de las islas y en concreto de la de Tenerife.

Da la sensación de que el material que la inspira se le va de las manos, que el fondo histórico es lo de menos en favor de la parodia aunque sea con titubeos sobre lo que pasó y lo que ha llegado a nuestros días bajo la aureola de leyenda. O mejor, de La gesta.

La novela de Juan Ignacio Royo tiene el defecto de no creerse demasiado a sí misma en su misión por desmitificar aquello que fue, incluyendo la metralla que pulverizó uno de los brazos de Nelson cuando intentaba tomar tierra santacrucera.
El escritor apuesta por la narración de un relato que se inicia con la presentación del monstruo. Una criatura más próxima a la de El jovencito Frankenstein que al original de Mary Shelley aunque se agradece el afilado sentido del humor que le pone Royo, consciente de que solo con humor se pueden tomar las cosas en serio.

Saludos, viento en popa y a toda vela, desde este lado del ordenador