Ángel caído, de Miguel G. Morales

Lunes, Diciembre 24th, 2018

Apenas son unos siete u ocho minutos pero es tiempo suficiente para hurgar en la cabeza y obligar a reflexionar sobre el paisaje que le rodea. Este apasionante experimento cinematográfico se titula Ángel caído y lo dirige Miguel G. Morales.

La pieza propone un descarnado viaje a la historia reciente de la ciudad en la que nací y en la que vivo, Santa Cruz de Tenerife, y su estrecha vinculación con Francisco Franco. El mensaje se hace a lo largo del minutaje extensivo al resto de la isla, islas añadiría más bien, que vinculan a quien fue caudillo de aquella España convertida en cuartel con un archipiélago que hasta el día de ayer aún identificaba sus calles con los nombres del general que fue generalísimo y sus compañeros militares durante la Guerra Civil.

Resulta estremecedor cómo esas raíces continúan aún formando parte del espíritu de una capital de provincias donde Franco, ese hombre, inició su santa cruzada para acabar con la II República.

Imágenes de la época mezclada con documentos cinematográficos muestran como el lustre de aquel régimen sigue conservándose en muchos de los rincones de una ciudad que ha perdido memoria, que no quiere mirarse en el espejo de la Historia no vaya a ser que le recuerden los cadáveres que guarda en sus armarios, los muertos que el régimen silenció en el mar, simas y cunetas.

Todo ese ambiente unido al miedo, todavía impregna el corazón colectivo de una urbe que además de vivir a espaldas del océano, volvió a sus gentes temerosas ante un poder que parecía omnímodo y que justificaba su brutal represión bendecidos por una Iglesia, la católica, que todavía no ha sabido limpiar el pecado de amparar a los fuertes, a los que emplearon la violencia porque les acompañaba como razón de una fe equivocada.

Me estremece ver este experimento audiovisual porque me revuelve las tripas y me acuerdo de los míos, de ese abuelo preso entonces por masón y de ese tío abuelo anarquista al que junto a otros desaparecieron en el mar de Santa Cruz de Tenerife. En cómo en casa se hablaba en voz bajo de aquellos años que no viví pero que dejaron tanta huella en mi familia, rota, como la mayoría por culpa de la delación de un vecino que tuvo miedo. Ese miedo húmedo que no desaparece aunque las fuerzas vivas te digan que han hecho bien, que esa era su obligación de buen ciudadano.

El documento de Miguel G. Morales me hace despertar la memoria y se lo agradezco mientras veo las imágenes que utiliza para denunciar lo que es obvio, aunque muchos todavía lo nieguen, o no quieran saber, que es todavía mucho peor.

La demolición del monumento de Las Raíces, donde Franco y los suyos se sacaron la conocida instantánea antes de trasladarse a Las Palmas de Gran Canaria para que el avión Dragon Rapide lo transportara a África y de allí a la península herida y ya fragmentada; y el monumento a su excelencia el Jefe del Estado, o monumento a la Victoria o a Franco, en la versión popular, y que está instalado en la capital tinerfeña son elementos capitales en este cortometraje milimétricamente pensado, escenario del oprobio que el cineasta moldea hasta reducirlo a una dimensión simbólica que fusiona con las entrañas de una ciudad, Santa Cruz de Tenerife, que vive anclada en un pasado triste y temeroso.

Afortunadamente la pieza de Miguel G. Morales, que no pierde pizca de ironía, nos enseña un pasado que forma parte del paisaje y paisanaje de una capital de provincias que, como cantó aquel trovador de pelo rojo de cuyo nombre no puedo acordarme, hoy más que nunca muere en soledad.

Saludos, vimos, desde este lado del ordenador

Platón, una película de Iván López

Martes, Julio 10th, 2018

Dirección y guión: Iván López. Intérpretes: Leandro González, Alba Tonini, Vicente Ayala, Carmen Mª Hernández, Patricia Álvarez, Sofía Privitera, Ken Appledorn, Carlos de León García, Lioba Herrera, Abián Díaz, Javier Mezkia, Domingo de Luis García, Irene Álvarez, Julián Estornell, Aarón Gómez. Ayudantes de dirección: Lamberto Guerra, Jonathan González y Ruth Angielina Fuentes. Producción: JuanMa Villar Betancort. Director de Fotografía: Javier Arias Afonso (JA Doria). Música original: Dan Silva. Dirección de arte: Miriam Cruz Rufino. Duración: 116 minutos.

Platón es una película insólita en el panorama actual del cine que se rueda en Canarias. Insólita porque narra visualmente una historia, historia de y con personajes que se bifurca en otros relatos que complementan al principal, además de contar con una factura técnica y artística estimable.

La película cuenta la historia de un adolescente, Arián, con problemas (qué adolescente no los tiene) que vive con su madre en una modesta casa en la periferia de Santa Cruz de Tenerife. Las relaciones entre los dos son tirantes ya que Arián cree que ella es la responsable de que su padre los abandonara cuando era pequeño. Arián carece así de referentes masculinos y sufre continuas humillaciones de otros jóvenes del barrio.

A Arián le gusta una chica que estudia en la biblioteca y su única amiga es otra chica, Milena, que le muestra rincones desconocidos de la ciudad en la que viven (bunkers, piscinas vacías y en estado de abandono, tanques de petróleo vacíos….) que está secretamente enamorada de él.

La segunda parte de la película se centra en el viaje, ciertamente iniciático, que emprende Arián para conocer a su progenitor, que fue una estrella de rock local y que ahora vive alcoholizado en una caravana que está detenida en un paisaje desértico a orillas del mar.

Platón no cuenta nada nuevo pero es cómo lo expresa cinematográficamente Iván López lo que le da agradecido aroma social a una película que, pese a sus trampas sentimentales, se sigue con atención porque está rodada con el corazón y, como apuntó el cineasta la noche del estreno, resulta “honesta”.

Honesta con sus personajes y honesta con el público que es quien recibe un filme realizado con mucha dignidad y que pese a su presupuesto de risa cuida con gracia la puesta en escena y las interpretaciones de sus protagonistas.

Los actores de Platón son de hecho los que contribuyen a que la película sepa a verdad. Todos ellos asumen con credibilidad a sus personajes, aunque destaquen por su protagonismo la pareja de adolescentes que interpretan Leandro González (Arián) y Alba Tonini (Milena), quienes asumen con desarmante naturalidad gran parte de la responsabilidad de una historia que tiene ecos de redención así como el objetivo de radiografiar el turbulento proceso de hacerse mayor.

Consciente o inconscientemente, se detecta la sombra de Guardián entre el centeno de J.D. Salinger en la película, novela en la que su joven protagonista inicia también un viaje, aunque a la ciudad de Nueva York, que no tiene retorno.

No hemos visto además y hasta la fecha una película que haya sabido aprovechar y retratar con tanta sensibilidad los rincones y paisajes de Santa Cruz de Tenerife y otras partes de la isla, paisajes que fotografía Javier Arias Alonso y escenarios que se funden con unos personajes que se encuentran ante la peligrosa prueba de madurar y otros, los adultos, de aceptar su destino.

En este aspecto, resulta llamativo que los adolescentes vivan en un barrio de la ciudad, un Santa Cruz de Tenerife más cinematográfico que nunca y cuyas calles, plazas y canchas de baloncesto se muestren asfixiantes y en otras con tanto aire.

El paisaje sirve también para marcar la geografìa interior de los personajes: se presenta a la madre en su puesto de trabajo y en sus ratos de ocio, hace ejercicio y se relaja en una piscina cubierta; el padre, por otro lado, vive en un paraje desértico a orillas del mar que simboliza la ruina existencial en la que se encuentra.

Con todas sus virtudes y defectos, la ópera prima de Iván López en el largometraje es un eficaz entretenimiento que se sigue con atención: conmueve y encima tiene mensaje. Un mensaje que interpretamos demoledor: inevitablemente vas a crecer, y con la edad a olvidar que una vez fuiste un joven que soñó que sus fantasías podrían convertirse en realidad.

Platón nos convence y hace perdonar los topicazos de algunas de sus escenas por facilones. Afortunadamente, el cineasta no se deja arrastrar por ellos aunque sí que bordea en ocasiones y peligrosamente lo ridículo por cursi. Con todo, mantiene el equilibrio en esta especie de ensayo sobre el amor platónico y la pérdida. La pérdida del padre, del primer amor… La muerte, en definitiva, del Peter Pan que todos llevamos dentro.

Saludos, bravo, desde este lado del ordenador

La librería El Pa-So liquida este fin de semana su stock “a precio de saldo”

Jueves, Mayo 3rd, 2018

La librería El Pa-So, que como informamos ayer, miércoles, ha puesto el cartel de cerrado tras años y años vendiendo libros en la capital tinerfeña, anuncia en su página de Facebook que este fin de semana, concretamente el sábado 5 y el domingo 6 de mayo y en horario de 10 a 13.30 y de 17 a 20.30, liquidan “todo nuestro stock a precios de saldo”. También, destacan, se pondrá a la venta el mobiliario de la librería.

Con este acto, los responsables de El Pa-So pretenden festejar una defunción anunciada. La fiesta final incluye además un catering vegano para los que gustan de este tipo de comidas, lo que no es nuestro caso. Con todo, y repitiendo lo que escribimos ayer en este mismo su blog, muchas gracias a los responsables de la librería por haber estado ahí a lo largo de tantos y tantos años que, consta, no han tenido que ser fáciles.

Saludos, nos vemos este fin de semana en la frontera, desde este lado del ordenador.

Don Julio Camba escribe unas palabras sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 18th, 2017

Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1884 – Madrid, 1962) es uno de los mejores articulistas españoles aunque por eso de la desmemoria hoy es un perfecto desconocido lo que exige una urgente recuperación.

Afortunadamente, aún se pueden encontrar muchos de sus libros, la mayoría editados por la ya mítica colección Austral de Espasa Calpe y en la que Julio Camba volcó su talento en una serie de artículos cortos que destacan por su ingenio, capacidad de observación y sentido del humor.

Entre otras obras, Julio Camba es autor de los interesantes y divertidos libros de viaje Londres y Alemania, impresiones de un español, que publicó en 1916; La rana viajera (1920); el excelente libro gastronómico La casa de Lúculo o el arte de comer (1920) y reflexiones sobre economía, aunque esceritas para todos los públicos, en Aventuras de una peseta (1923) y Millones al horno (1958), entre otros.

El escritor y periodista dio un interesante aviso de su estancia en Santa Cruz de Tenerife en uno de sus artículos, un breve texto en el que ofrece sus impresiones sobre lo que observaba desde la cubierta del barco.

“Era Santa Cruz de Tenerife. Serían a la sazón las nueve de la mañana y hasta media tardé no llegamos a puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados a la toldilla
del buque, íbamos observando cómo se concretaba poco a poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tomándose amarillento y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de esos prodigios que hacen los confiteros en las tartas familiares y onomásticas.”

Julio Camba explica que permanecieron en el puerto pero sin salir del barco “unas cuantas horas” y describe “la infinidad de pequeñas barquillas” que rodean a la nave con vendedores que ofrecían a los tripulantes “paquetes de tabaco,
cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas.”

Próximo el amanecer, el escritor se despide de la ciudad y de la isla con cierta tristeza y describe como poco a poco “los colores fueron desvaneciéndose en una misma nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su oscuro seno, como recoge a las nubes del crepúsculo.”

Julio Camba reflejó durante la Guerra Civil en sus crónicas sus simpatías por el bando franquista, artículos que se publican en el ABC de Sevilla. A lo largo de su vida colaboró en diarios como Arriba y La Vanguardia.

En 1949 fijó su residencia en el Hotel Palace de Madrid hasta su muerte, que se produjo el 28 de febrero de 1962.

Saludos, ovación, desde este lado del ordenador.

Tres cuentos sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 4th, 2017

Ramón Ayerra (Segovia, 1 de enero de 1937 – Madrid, 1 de julio de 2010, aunque en la solapa del libro pone Berlín, 1937) fue un jurista, escritor y humorista que cuenta entre su producción literaria con un libro de relatos que bajo el titulo de Plaza Weyler (Huerga & Fierro, 1996) reúne tres cuentos que se desarrollan en la capital tinerfeña.

Que sepamos, no ha vuelto a reeditarse esta obra aunque pide a gritos su rescate porque se trata, probablemente, de uno de los mejores libros que hemos leído este año que se va, y feliz descubrimiento (se admite la más absoluta ignorancia sobre su existencia) sobre lo que se ha escrito y se escribirá sobre Santa Cruz de Tenerife, ciudad que asume el papel protagonista de estas divertidas historias que fueron escritas, se nota nada más leer el primero de los cuentos, precisamente el que da título al volumen, desde el cariño y el aprecio a un entorno urbano y a sus gentes.

Además de Plaza Weyler, el libro incluye también las narraciones El saludo al cañón y Una misión confidencial que se desarrollan como el primero en los años ochenta, lo que proporciona al lector un viaje a la ciudad en la que sus vecinos reconocerán su fisonomía y la visitarán de su mano quienes la desconocen.

Más que sátiras, se tratan de tres historias cómicas que transcurren en la plaza Weyler, el antiguo cuartel de Almeyda que funcionaba ya como museo militar y varias calles y plazas de la capital, escenario de disparatados relatos que logran despertar la sonrisas y a veces, incluso, la carcajada de quien los lee e interpreta.

Hay mucho amor por Santa Cruz de Tenerife en todas estas pequeñas historias y al mismo tiempo un repaso respetuoso pero no exento de humor a la vinculación que mantiene la ciudad con las fuerzas armadas, institución que no es fustigada ni tratada con acritud pero sí fina ironía.

En el primero de los cuentos, Plaza Weyler, se cuenta la historia de un valenciano que recala en la capital tinerfeña acompañado de una mujer que los abandona por otro hombre al día siguiente de alojarse en el Mención, y de cómo pasa los días sentados en el kiosco de la Weyler para contemplar como se arría la bandera mientras consume litros y litros de whisky.

Tras describir cómo se emociona el personaje con el solemne acto, añade “el corneta ataca el instrumento y unos sones la mar de tristes apenan el ambiente festivo de la plaza, con sus barrocos jardincillos de colorines, y ordenan para el jugueteo perpétuo que en la fuente de Canessa se traen los gordezuelos angelotes despelotados, los dragoncillos con pinta de besugo, revueltos entre agua y guirnaldas.

Conforme va llorando la corneta, los del balcón, con mimosa lentitud, arrían la bandera y la doblan bien doblada. Concluída la emocionada copla, los del balcón se meten con la patria plegada y la tropilla da la vuelta, contornea una farola, tira por donde ha venido y se cuela en los cuartos de guardia.

A seguir velando por la paz y el orden. En las islas. En la nación.”

En El saludo al cañón, probablemente la más divertida de las historias, cuenta cómo los artilleros de Almeyda se lo piensan dos veces antes de responder al saludo de los barcos que entran a puerto por un chino, dueño de un bar que se encuentra próximo a las instalaciones militares.

La peor pesadilla de una de los oficiales, Alcaide, es precisamente ese chino que lo amenaza desde abajo cuando el cañonazo le espanta a la clientela.

“¡Altillelos, cablones… podíais jugal a las canicas en vez de jodel negocio a gente honlada…!

A Alcaide le encocoraron los insultos del amarillo y le gritó.

¡Chino de mierda, vete a Pekín! – luego pasó a los argumentos científicos– ¡Primero fue el fortín, y tú te pusiste delante con ese asqueroso chiringo, y en sitio prohibido, que es zona militar, y de puerto… a cuántos habrás tenido que comprar para que te diesen bula…!

- ¡Pala colutpo tú. Alcaide blavucón!

- ¿A qué bajo y te breo?

- ¡Atlévete!

El tercero y último de los cuentos, Una misión confidencial, narra la extravagante historia de un agente de la Guardia Civil de nombre Benita que viene a la isla para desarticular un comando británico que quiere hacerle una trastada al cañón Tigre, el que supuestamente con su metralla cercenó el brazo del contralmirante Horacio Nelson cuando pretendió saquear la plaza aquellos días de julio de 1797.

En el relato, Ramón Ayerra pone en antecedentes al lector de lo que significó aquel hecho histórico para Santa Cruz, mientras el protagonista aprovecha para callejear por la ciudad mientras busca a ese grupo de agentes británicos por todos los bares que se encuentra, lo que terminará, claro está, con una melopea de las que hacen época mientras el Tigre descansa bajo el techo de Almeyda.

“Entra el coronel Benita en la sala y la guardia que custodia el cañón se cuadra.
¿Alguna novedad?

Ninguna, mi Coronel– el Teniente Oliveras despacha opinión–, si acaso… que los visitantes se extrañan de vernos aquí.
- Qué sabrán ellos. Y además, si molestan, se cortan las visitas y sanseacabó.
Huronea Benita alrededor del Tigre y encara de nuevo al Teniente Oliveras.
- ¿Y no vio a nadie, así como inglés, rubio o pelirrojo, corpulento, de aire achulado…?
- Pues la verdad, no… la mayoría son colegiales y ancianos.
- Ya– y zanja el asunto– bien, sigan atentos.
Luego, en la pérgola que da sobre los muelles, y con el mar allá, cambia impresiones con el Coronel Benjumea
.”

No han cambiado demasiado los escenarios que aparecen en estas historias cortas que protagonizan peninsulares que por una u otra razón recalan en la isla. La calle del Castillo, la Rambla de Pulido, la Rambla del general Franco (hoy de Santa Cruz), la avenida del General Mola (hoy de las islas Canarias) siguen siendo más o menos las mismas aunque en los ochenta no existiera el tranvía, pero sí muchas de las cafeterías que nombra y en los que se refugian sus protagonistas como la Weyler y El Atlántico.

Sí que ha cambiado, no obstante, el espíritu de una ciudad tan contradictoria como es Santa Cruz de Tenerife.

Ramón Ayerra, que fue finalista del premio Planeta con La tibia luz de la mañana (1979) y Los terroristas (1981), transmite ese asombro por una capital de provincias tan pegada a sus tradiciones con alborozada mirada etílica.

Entre otras reflexiones que anota, me quedo para finalizar con una de entre muchas cuando se pregunta cómo una plaza “tan coquetona” como la de Weyler, lleva ese nombre porque “no casa, no pega ni con cola. Pero ya se dice, así es la industria humana. En el fondo, quizá el permanente equilibrio conduzca a la locura, o al vacío.”

Saludos, la santa cruz, desde este lado del ordenador.

Otra escala literaria en Tenerife

Lunes, Agosto 28th, 2017

Collen McCullough (Wellington, Nueva Gales del Sur, Australia, 1937 – isla Norfolk, Australia, 2015) es una escritora australiana que hace años saltó a la fama con la publicación de El pájaro espino, éxito que multiplicó la serie del mismo nombre y que protagonizó el actor Richard Chamberlain.

Escritora que sabía narrar, muchas de sus novelas están ambientadas en Australia. En La huida de Morgan, con traducción de María Antonia Menini (Zeta Bolsillo, 2006), cuenta cómo tras aniquilarse a la población aborigen, Australia se repobló con convictos a los que se abandonó a su suerte y de cómo estos contribuyeron a la formación y el desarrollo del nuevo territorio. Un territorio que fue forjado con sus manos.

La novela comienza en Bristol, Inglaterra, en 1787, en vísperas de una de las migraciones más importantes de la historia, la de cientos de prisioneros que fueron arrancados de su tierra natal y forzados a emprender un duro viaje por mar para poblar tierras desconocidas y hostiles.

Gran parte de la acción de la novela transcurre durante la travesía, en la que McCullough describe el trato brutal que reciben los convictos por los oficiales británicos. Son muy pocos así los que desembarcan el 19 de enero de 1788 en las nuevas tierras para buscarse literalmente la vida.

La historia continúa narrando cómo se asientan en tierras australianas a través de su protagonista, Richard Morgan, un convicto más que logra ganarse la admiración de sus compañeros porque es inteligente, seductor y de voluntad férrea.

La novela, como todas las de McCullough, está excelentemente documentada y pese a su número de páginas, más de novecientas, se lee con notable interés porque pasan muchas cosas.

Durante la travesía que lleva al protagonista hasta la lejana Australia, el barco hace escala en Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que, sueña Morgan, tendrá “la posibilidad de bajar a tierra y tragarse todo el ron que su cuerpo pudiera aguantar…”

Sin embargo, y por orden del comandante, los marineros y presos no disfrutarán de muchos permisos, lo que cae como un jarrón de agua fría en la tripulación.

“El teniente Johnstone les comunicó con su lánguida voz que, durante el día, se tendría que montar guardia permanente, pues el gobernador Phillips no quería que los convictos permanecieran confinados en todo momento bajo cubierta. Por si fuera poco, anunció Johnstone, el gobernador Phillips y su edecán el teniente King tenían previsto subir a bordo en algún momento de la permanencia del barco en Tenerife.”

Esta medida, que si leen la novela adquiere dimensiones dramáticas porque hasta ese momento el trayecto ha sido muy exigente, se debe al “considerable número de criminales desesperados, dijo el teniente, Johnstone haciendo un cansado gesto con la mano, y Tenerife no estaba lo bastante lejos de Inglaterra para que ellos pudieran sentirse tranquilos.”

Una vez más, la isla, en este caso la de Tenerife, se presenta como una tentadora posibilidad de evasión aunque los convictos solo pueden echar un vistazo “a Santa Cruz y las restantes partes de Tenerife que se podían contemplar desde el lugar donde el barco se encontraba amarrado” mientras comen carne de cabra, calabaza hervida, “un pan muy extraño pero comestible y unas grandes y ásperas cebollas.”

La descripción que ofrece de Santa Cruz es bastante ajustada a la que reflejan los viajeros que dejaron constancia de ella a finales del siglo XIX.

Collen McCullough escribe que “la ciudad era pequeña, carecía de árboles y parecía muy aburrida”, y que la tierra que la rodeaba “era escarpada, seca e inhóspita. La montaña que tantos deseos sentía Richard de ver tras haber leído tantísimas cosas cosas acerca de ella, solo era visible por encima de una nube gris que parecía cernerse exclusivamente por encima de la isla; el cielo sobre el mar era de un intenso color azul.”

Más adelante, y ante el malecón de piedra, el protagonista siente la primera imagen “que se le ofrecía de un mundo por completo distinto del inglés.”

En el puerto, se hace acopio de provisiones y se dice que “octubre era el mes más insoportable” para recalar en la isla aunque “de julio a noviembre, soplaban desde África unos horribles vientos mezclados con una punzante arena y tan ardientes como un horno. Sin embargo, África se encontraba a varios centenares de millas de distancia.”

Richard Morgan se lleva la impresión de que Tenerife es un lugar árido y desolado aunque se sorprende que posea un “agua excelente que procedía de una ciudad del interior llamada La Laguna.”

Collen McCullough fue una escritora de novelas románticas e históricas que gozó de mediana reputación incluso en los círculos literarios más pedantes. No solo escribió historias sobre Australia sino también sobre los últimos años de la república en Roma, a la que dedicó una serie de siete novelas.

Saludos, ¿próxima escala?, desde este lado del ordenador.