Francisco Clavijo ¿Director General de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife?

Jueves, Junio 30th, 2022

A estas alturas no creo que nadie iniciado en las pantanosas aguas de la curtura oficial canaria ignore, y si no lo ignora al menos lo intuya, que algo huele a… en los despachos donde se dirige la curtura del Gobierno canario (tan chachi piruli aunque tenga a medio sector en pie de guerra), Cabildo insular (en nuestro caso el de Tenerife, con una dirección que no ha dejado de mirar la musaraña desde que ocupa tan alto deber) y, por último, en la concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Salvo la etapa de la socialista Clara Segura no he observado una apuesta sensata por dotar a esta capital de provincias de una eficaz armadura cultural (ahora sí). Responsabilidad que, salvo el caso antes mencionado, parece que se asume sin demasiado entusiasmo… Lo mismo pasa en el gobierno canario con los gatopardos a la cabeza; el cabildo insular con los gorgoritos a la cabeza y las concejalías de cultura que se han convertido en algo así como un vivo sin vivir en mi.

Hace unos años nos hicimos eco del nombramiento de Carlota Cobo Hernández como gerente del Organismo Autónomo de Cultural tras superar un concurso que, qué quieren que les diga, resultó sospechoso desde el minuto 1. ¿La razón? Se conocía desde meses antes a quién se iba a designar. Esta maniobra, que pone de manifiesto el franco desprecio que se tuvo hacia el resto de los que presentaron sus currículos profesionales, apenas tuvo eco ya que la mayoría de los que optaron a la terna prefirieron dejar estar lo que sigue oliendo a pucherazo no sabe uno muy bien las razones. ¿Miedo?, creo que la respuesta en este caso es afirmativa. Y así nos va. A ellos, los cobardicas y a nosotros, la sufrida ciudadanía. Mientras tanto, se resiente la cultura, ahora curtura, que desde el Ayuntamiento se gestiona.

El paso del tiempo y los chismes que me llegan han terminado porque me solidarice con Carlota Cobo Hernández. Me comentan desde distintos frentes que la mujer no lo está pasando bien aunque el sueldo, y más en estos tiempos que corren, la obligan a estar sentada allí donde estuvieron sentados otros. Cuentan, no obstante, que la concejala no se habla con Carlota, y que a la concejala se le ha ido amargando el carácter a medida que pasan los años.

Hace unas semanas y desde la misma casa consistorial se anunció que se iba a elegir una figura hasta ese momento novedosa en la curtura municipal, el nombramiento de un Director Insular de Cultura que, al modo del comandante Fidel Castro de la canción, mande a parar.

Se convocó un nuevo concurso al que optaron la mayoría de los que se presentaron en su día al de Gerente y si bien el fallo se ha prorrogado hasta el 10 de julio de este año, día que cae un domingo luego se conocerá el fallo al día siguiente, parece que “habemus Papa”. Es decir, que ya hay fumata blanca por mucho que su nombramiento se dilate en el tiempo. Que se dilate en el tiempo puede deberse a vaya uno a saber, aunque pudo ser por la cercanía de esos carnavales de verano que vivimos en la ciudad la semana pasada. Es como si el Ayuntamiento insistiera en una política del pan y circo para despistar a vecinos y visitantes de lo descuidada que está la capital de Tenerife, bastante sucia por otra parte y con todo sin hacer o medio hacer cuando su alcalde deja de soñar con convertirse en senador y se dedica a lo que debe dedicarse, que es gobernar la ciudad.

El caso es que ya suena como probable director general de Cultura y Patrimonio Histórico Francisco Clavijo Rodríguez, en la actualidad oficial mayor del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y secretario delegado del Organismo Autónomo de Cultura. A tenor de lo que me dicen varias fuentes, el cargo sería lo que en política llaman “un traje cortado a su medida”.

De momento no se ha hecho oficial el nombramiento, se supone que lo sabremos en unas semanas pero todo apunta a que Clavijo Rodríguez sea nombrado Director Insular de Cultura y Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife.

Saludos, oh, mamá,bandera tricolor, desde este lado del ordenador.

La gesta, una novela de Juan Royo

Lunes, Abril 18th, 2022

Se ha escrito mucho sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife que, antes de que finalizara julio de 1797, enfrentó a españoles contras británicos. Los primeros contando con la colaboración de marinos franceses. Este hecho, que finalmente se saldó con la aplastante derrota de las fuerzas al mando de Horacio Nelson, ha dado origen a cientos de estudios de carácter histórico y a no tantas novelas que, con mayor o peor fortuna, han procurado narrar aquellos hechos desde la ficción.

Ya hemos reflexionado sobre algunos de estos títulos. La mayoría de ellos españoles aunque también se encuentra una curiosidad que data del siglo XIX y de autor aún desconocido que, bajo el título de Rockingham o un hombre de honor, da la visión de los perdedores sobre aquella expedición que resultó catastrófica para quien más tarde sería conocido como el temido león de la marina británica.

En cuanto a las novelas “españolas” sobre aquellos días se encuentran, entre otros títulos, El fuego de bronce, Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias y 1797. Piratas del Atlántico de Jesús Villanueva, Miguel Ángel Díaz Palarea y Luis Medina Enciso, respectivamente. David Galloway también hizo referencia de aquellos días en Entre cuevas, que se incluye en el volumen La cueva de las mil momias y Ángel Luis Marrero Delgado describió la batalla sin perder el humor ni la seriedad en el díptico La amenaza de Albión y El leviatán chasqueado.

Se suma ahora a esta podríamos llamar “literatura sobre la batalla por Santa Cruz de Tenerife”, La gesta, de Juan Ignacio Royo, una novela que se preocupa más por parodiar que por el rigor histórico, más próxima así al espíritu crítico de Miguel Ángel Díaz Palarea que al entusiasmo de Jesús Villanueva aunque estos y otros títulos se desarrollen en el mismo escenario y marco temporal.

La gesta está protagonizada por un ser que sale del mar. Un gigante que toma tierra días antes del intento británico por hacerse con Santa Cruz de Tenerife para, a través del “monstruo”, narrar los días previos y el ataque en un libro que describe una isla sumida en la pobreza y en la que se pasa hambre, mucha hambre.

La novela apenas ofrece una mirada amable sobre aquel puerto del Atlántico, que en aquellos años estaba creciendo en población y al que protegía un sistema de fortalezas que demostraron su valía cuando los hombres de Nelson desembarcaron pero, al margen de éste y algún detalle más, no termina por encontrar su camino.

La intención de Juan Ignacio Royo es la de observar con distancia y también agradecida vena paródica unos hechos que para muchos continúan siendo uno de los grandes momentos de la Historia de Tenerife. Y para ello recurre a un personaje, el gigante que salió del mar, el monstruo para la sociedad de pequeños burgueses y pescadores que habitan el Santa Cruz de Tenerife de aquel entonces. Población que termina por unirse al ejército cuando asoman por el horizonte las banderas de los buques de guerra británicos.

La parodia es el tono que articula la literatura de Juan Ignacio Royo, un autor que parece que utiliza el pasado para deformarlo y reírse sanamente de él. En ocasiones con espíritu feroz y en otros con ganas de fiesta.

Mofa y de la buena hay en El fulgor del barranco, una visión realista hasta cierto punto de los prolegómenos de la Guerra Civil española en Tenerife; y parodia que bordea el sainete también hay mucha en Puerto Santo, novela a la que encuentro muchos puntos de contacto con La gesta, y no solo porque la amenaza venga del mar.

Juan Royo escribió también con ánimo festivo sobre los carnavales en Un carnaval amargo, una sátira fulminante (aquí sí) contra un personaje al que no le hizo falta buscar autor y Mejor cuando improvisas, veneno destilado que en esta ocasión vierte contra su protagonista en la que sigue siendo, a mi juicio, la mejor novela que Juan Ignacio Royo ha escrito hasta la fecha y un libro a tener en cuenta cuando se escriba una nueva historia de las novelas escritas aquí o fuera de este territorio abandonado de la mano de los dioses.

El caso es que Tenerife monopoliza casi toda la literatura del autor quien ahora relata cómo los vecinos se enfrentaron contra la que ya era conocida por aquel entonces como la mejor armada del mundo.

En La gesta aparece una galería de personajes que parecen salidos de una película de Berlanga pero da la sensación que no han sido muy explotados por Royo, un escritor que busca afinar su mirada cóncava y convexa sobre la Historia de las islas y en concreto de la de Tenerife.

Da la sensación de que el material que la inspira se le va de las manos, que el fondo histórico es lo de menos en favor de la parodia aunque sea con titubeos sobre lo que pasó y lo que ha llegado a nuestros días bajo la aureola de leyenda. O mejor, de La gesta.

La novela de Juan Ignacio Royo tiene el defecto de no creerse demasiado a sí misma en su misión por desmitificar aquello que fue, incluyendo la metralla que pulverizó uno de los brazos de Nelson cuando intentaba tomar tierra santacrucera.
El escritor apuesta por la narración de un relato que se inicia con la presentación del monstruo. Una criatura más próxima a la de El jovencito Frankenstein que al original de Mary Shelley aunque se agradece el afilado sentido del humor que le pone Royo, consciente de que solo con humor se pueden tomar las cosas en serio.

Saludos, viento en popa y a toda vela, desde este lado del ordenador

¡¡¡Arriba Expaña!!!

Jueves, Febrero 10th, 2022

Lo mantenía en secreto desde hace unos años pero tras leer el anuncio de que la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Canarias ordena al Ayuntamiento de la capital tinerfeña “la retirada inmediata” de los monumentos a Franco y a su santa cruzada de la capital tinerfeña, me atrevo a revelarlo no sin antes encomendarme a los dioses porque el susto, desde aquel aciago día, me acompaña.

Por motivos de trabajo viajé hace un tiempo a la capital grancanaria, alojándome en la habitación del hotel Madrid en la que descansó el más tarde caudillo de las Españas. En aquellos días, el hotel no había cambiado mucho el aspecto original que tuvo que tener cuando allí recaló el general, luego el suelo, que era de madera, crujía bajo mis pies lo que daba la sensación que podía venirse abajo de un momento a otro. No digo el escándalo que los crujidos de la madera gritaron cuando por la noche me levanté para a ir al baño. En una de éstas, por insólito que parezca, me encontré al mismísimo Francisco Franco sentado en la taza del váter haciendo su necesidades fantasmales.

- Pero si usted es Franco.- exclamé al borde del infarto.

- Y españoles todos.- respondió el espectro haciendo muecas por el esfuerzo.

Los astutos ojos del que fuera generalísimo de los ejércitos rebeldes hizo un arco por todo el cuarto de baño hasta encontrarse con un periódico local doblado en una banqueta. Me pidió que se lo alcanzara pero informé al militar español más famoso del siglo XX que había suficiente papel higiénico para limpiarse los restos de mierda espectral que pudiera tener allí detrás, en el ojo del huracán, en la boca de la alcantarilla humana.

Compuso una sonrisita, y con su característica voz atiplada me comunicó que no lo quería para eso sino para leerlo y ponerse al día.

“Hace tanto tiempo que no sé nada de este país. Y lo poco de lo que me he enterado es tan, tan terrible que a veces pienso que no se os puede dejar solos, mamonazos- se cabreó mirando al techo.

El caso es que le alcancé el periódico local y el caso es que se detuvo un rato largo repasando las noticias de la portada. Por fin dio un manotazo a la primera plana y me dijo: ¿Pero todavía están con esto?

Me mostró la portada del periódico local donde se anunciaba que el Gobierno de Canarias, a través de su Dirección General de Patrimonio, anunciaba la “retirada inmediata” de los monumentos dedicados a su persona y a lo que representaba su persona en la capital tinerfeña ya que, como cree el viceconsejero de Cultura del Gobierno regional, Juan Márquez Fandiño: “Empezamos por Santa Cruz porque hay un trabajo muy importante que no se ha hecho hasta ahora, es una ciudad en la que más vestigios encontramos”.

Me encogí de hombros como respuesta.

Franco sacudió la cabeza, así que me atreví a decir:

- Lo curioso es que la orden de retirar esos monumentos llega tarde, como tarde se cambió el nombre de las calles en esta ciudad. Resulta igual de curioso que el Gobierno se acuerde ahora de ordenar que se quite todo recuerdo al pasado franquista de esta Santa Cruz sin informar a la Comisión Técnica de Memoria Histórica del Gobierno de Canarias que, según su presidenta, se enteró de la noticia de “la retirada inmediata” por los periódicos locales. Por otro lado, los argumentos del viceconsejero parecen querer resucitar el pleito insular al pretender justificar con este ordeno y mando –a Franco se le iluminaron los ojos– comenzar con la capital de la isla que está enfrente y no primero en las dos capitales canarias y después en el resto de las ciudades y pueblos que conforman estas islas tan abandonadas de la mano de…

- … los dioses.- finalizó Franco poniéndose en pie y limpiándose su culo fantasma con las hojas desprendidas del periódico local. “Alma de cántaro -pensé- si tenía papel higiénico suficiente”. Pero no dije nada aunque pareció que me leía los pensamientos porque hizo una mueca, me miró directamente a los ojos y susurró: “La costumbre. En el ejército y más en el frente ya se sabe, papel que llega a tus manos papel que termina limpiándote el año.

Soltó una carcajadita por el verso improvisado.

- Y ahora, ¿qué?,. Le pregunté.

Franco hizo como que abría el grifo del lavabo al mismo tiempo que tiraba de la cisterna. Se escribe hizo porque sus dedos eran fantasmas, transparentes.

Salimos del cuarto de baño y nos asomamos al balcón, faltaban un par de horas para que amaneciera.

“En fin”, suspiró resignado.

- Y si proponemos que el monumento que despertó la discordia se rehabilite pero de otra forma… – me acaricié la barbilla porque es lo que hago cuando le doy al magín.

- A mi, la verdad, y viniendo de donde vengo como que me da igual.- dijo Franco sentándose en la cama mientras rebuscaba en los bolsillo de la guerrera lo que, finalmente, vi que se trataba de una fotografía.

- Pero ¿no cree que dándole color al monumento, al ángel que lo transporta y a quien los representa que va encima, se podría adaptar a estos tiempos y de paso dejar contentos a los que piden que desaparezca como los que defienden que permanezca?

- A mi, la verdad, es que me importa un bledo.- se limpió los labios con una servilleta.- Y a usted, ¿se le ocurre algo a usted?

- Pues déjeme pensarlo un momento… ¿qué le parece…?- pero sacudí la cabeza dando por imposible lo que se visualizó dentro de mi cocorota. De pronto, a Franco se le iluminaron los ojos. Comenzó a dar vueltas por la habitación levantando y bajando los brazos mientras canturreaba: España una, grande y libreeee… Como el viento y…

No terminó la canción, con los primeros rayos del sol que entraban por la ventana el espectro del caudillo, del jefe de todos los ejércitos rebeldes, desapareció mientras que a mi, asomado al balcón de aquella histórica habitación del hotel Madrid, además de dolerme Canarias (ay) me asaltaban insistentemente los versos que Machado, Antonio, dijo que pertenecían a su Juan de Mairena:

Pensando que no veía / porque Dios no le miraba / dijo Abel cuando moría / se acabó lo que se daba.

Saludos, ¡¡¡arriba Expaña!!!, desde este lado del ordenador

Un paseo por el Museo Rodin, Tenerife

Jueves, Febrero 3rd, 2022

Ahí estaba, contemplando la copia de la copia de la copia de El pensador de Auguste Rodin. Siempre que estudió esta estatua, se trate de una copia de una copia de una copia o del original, me pregunto qué demonios estará pensando ese coloso. Porque, medito, dentro de su cabeza de bronce tendrá que haber un cerebro también de bronce que contribuya a que piense el pensador de Rodin.

Y que piense, si piensa, en el pequeñito revuelo que provocó su museo en Santa Cruz de Tenerife en unos y no en otros, aunque se esforzaron los primeros en que se comprometieran los otros con más que penosos resultados.

Paseo por las salas de este museo de réplicas, que dirían los unos, los que criticaron con la boca pequeña y sin dar la cara para animar (salvando su anonimato, un anonimato no solo de cobardes sino de cretinos) al primer director de arte de TEA Tenerife Espacio de las Artes, Javier González de Durana, para que escribiera un artículo cuyos argumentos (consistentes, no vayas a decir que no) resultaban los mismos que leí cuando la polémica sobre si debía de contar la capital tinerfeña con un museo Rodin se despertó en estas tierra dispersas. Aunque ese despertar se quedara restringido a nada. O a conversaciones indignadas de culturetas en almuerzos y cenas. Todo en pequeño comité, sin que nadie se atreviera a escribir algo en contra porque, ay, Rodin, los periódicos de la provincia de Santa Cruz de Tenerife tenían orden de no publicar nada sobre el asunto siempre y cuando ese mismo asunto pusiera en cuestión que el museo Rodin siguiera adelante.

Tan adelante que recuperaría uno de los pulmones verdes de la pequeña capital de provincias en la que vivo. Invito de hecho a los ofendidos, a los humillados y ofendidos a que paseen por un parque que desde hace años permanece abandonado. Abandonado de la mano de los dioses.

Ahora estoy frente a una réplica de una réplica de una réplica de la estatua de Balzac e, ironías de la vida, pienso que, efectivamente, toda aquella polémica que no trascendió a los medios y que ni siquiera dio el salto a las redes sociales, fue una comedia humana. Ese chiste al que últimamente me tiene acostumbrado los que se creen que son la élite cultural de un archipiélago que, seas de la élite o no, muere en soledad.

Me asomo a uno de los ventanales del ahora museo Rodin de Santa Cruz de Tenerife y contemplo el barranco de Santos por donde corre el agua de una lluvia torrencial que desde hace unos días cae sobre la ciudad. Giro la cabeza y detengo la mirada en una réplica de una réplica de una réplica de El beso, y más allá de La puerta del infierno, y recuerdo la advertencia que según el Dante, me gusta escribirlo con el artículo, el Dante, sitúa en esa entrada al averno: abandonad toda esperanza.

Hombre, me dice alguien que también estuvo en contra de este museo Rodin, el de las réplicas, de las réplicas y las réplicas, y es que el dinero que se invirtió finalmente en él se podía haber dedicado a recuperar el Museo de Bellas Artes de la capital. A contratar personal. Curiosamente, se me acerca un bedel del Rodin para invitarme a que cruce a otra sala, donde observaré otras piezas que son réplicas de réplicas y replicas… Y me pregunto, antes de cruzar el umbral, donde estará aquel tipo que me llamó por teléfono cuando se anunció públicamente hace unos años que la capital de provincias en la que vivo iba a contar con su Museo Rodin. Un museo de réplicas y réplicas y réplicas.

La voz de aquel tipo que ya no sé donde se encuentra (¿acabaría devorado finalmente por su propia estupidez?, es lo más probable, pienso luego existo) estaba como estrangulada y se quejaba de que nadie escribiera en contra de ese museo, el de Rodin, diciendo que sería un desastre para la capital de provincias en la que vivo.

Escríbalo usted mismo, le insté, pero solo hubo silencio. Al final me dijo con esa voz estrangulada de adulto que no rompe un plato que no podía, que no podía escribir nada porque trabajaba para una administración pública y que si lo hacía, escribir y encima se lo publicaba uno de esos periódicos locales que, presuntamente, vedaban cualquier noticia negativa sobre la iniciativa Rodin, podía afectarle a su trabajo. Un trabajo cómodo y bien cebado de dinero.

Crucé las salas del museo Rodin, todo repleto de réplicas y de réplicas y réplicas y regresé a la que acogía El pensador, también en bronce, del escultor francés que desgració la vida de Camille Claudel y no tuve más remedio que sacudir la cabeza.

Cuando salí a la calle lucía por fortuna el sol, el sol evaporaba los charcos que se habían formado en los paseos y jardines del que antaño fue parque cultural, después solo parque Viera y Clavijo de la capital tinerfeña, y los lagartos asomaban la cabeza de entre las piedras para recibir algunos de los rayos del astro rey. Aspiré el olor de la hierba húmeda, rachas que entraron en mis pulmones como agua de mayo.

Rambla abajo fue cuando dejé de pensar en El pensador de Rodin. O en la réplica, de la réplica y la réplica de esa estatua de bronce.

“Uno de pollo”.- demandé cuando me senté ante la barra del Imperial- Y un café con leche.

Santa Cruz de Tenerife, efectivamente, agonizaba en soledad.

Saludos, existo, desde este lado del ordenador

Cuentos y novelas sobra la Gesta del 25 de julio de 1797

Lunes, Julio 26th, 2021

Cuentan que fue Domingo Pérez Minik quien dijo en cierta ocasión que dos de los grandes errores de Canarias fue no dejar entrar a Horacio Nelson en 1797 y dejar escapar a Francisco Franco en 1936.

Ambos momentos, curiosamente, se produjeron en julio, época estival en la que el calor, entiendo, no contribuyó esta vez e a multiplicar la reacción aplatanada que, opinan unos, caracteriza a los habitantes de este territorio. El caso es que entre el 22 y el 25 de julio de 1797 una escuadra británica, formada por nueve barcos bajo el mando del contraalmirante Horacio Nelson, trató de tomar el puerto de Santa Cruz de Tenerife y conquistar esta plaza fuerte.

Se han escrito algunas historias sobre la Guerra Civil en Canarias (la semana pasada dedicamos tres entradas seguidas en este mismo blog para recordar algunas de ellas) también sobre lo que se conoce como la Gesta del 25 de julio, que celebra la victoria contra las fuerzas británicas en 1797 y por la que Santa Cruz de Tenerife recibió el título de Muy Leal, Muy Noble e Invicta Villa, Puerto y Plaza de Santa Cruz de Santiago, convirtiéndose desde ese momento en patrono de la capital chicharrera.

Aquellos días de julio y en la por aquel entonces puerto y plaza corrió la sangre mientras sonaban los disparos de los cañones y el de la fusilería. También el combate cuerpo a cuerpo por sus calles estrechas que ha sido reflejado con mayor o menos exactitud histórica por un grupo de escritores que han teñido de épica aquellos días de julio con el fin de grabarlos al rojo vivo en la memoria colectiva de los santacruceros.

En este artículo repasaremos algunos de los cuentos y novelas que se desarrollan antes, durante y después de estos combates que significó una de las primeras derrotas del por aquel entonces contralmirante Nelson. Las historias, la mayor parte de las veces, están narradas desde el puto de vista de los vencedores. Destacan entre los títulos que recuerdan aquellos hechos El fuego de bronce y Entre piratas. El contralmirante Nelson y el general Gutiérrez en las islas Canarias, de Jesús Villanueva y Miguel Ángel Díaz Palarea, dos títulos que sirven además para observar esos días desde dos perspectivas radicalmente diferentes. El el caso de Villanueva con acento puesto en el heroísmo de un pueblo ante el ataque británico y en el de Palarea con una mirada crítica y nada disimulada sobre el papel que jugaron los militares profesionales españoles en aquella batalla.

En clave de humor, Ángel Luis Marrero Delgado relata con milimétrico respeto histórico esos días de julio en las novelas La amenaza de Albión y El leviatán chasqueado mientras que David Galloway se sirve también de aquellos hechos en La cueva de las mil momias. A modo de rareza, en Los apuros de don César, una de las novelas de la serie El Coyote de José Mallorquí, se recuerda que uno de los antepasados del ya legendario personaje se encontró en alta mar con los navíos al mando del contraalmirante Horacio Nelson cuando regresaban a puerto tras la derrota sufrida en Tenerife.

Otras historias que se desarrollan en estas mismas fechas son 1797. Cinco días de julio, de Luis Cola Benítez; 1797. Piratas del Atlántico, de Luis Medina Enciso; Nelson no es bienvenido en Tenerife, de Néstor Pastor Beato.

Por otro lado, Félix Díaz González planteó una original revisión de la Gesta del 25 de julio en la novela Kronos. Viajes por el espacio y por el tiempo en la que alguien hace entrega a los británicos de los planos correctos de Santa Cruz de Tenerife con el fin de que el ataque resulte un éxito ese verano de 1797.

Jesús Villanueva sitúa en estos días algunos de los cuentos que incluye en Ahora, relatos ilustrados por Eduardo González, como son Las lágrimas de María Antonieta, en el que informa que Jean Babtiste Drouet, el maestro de postas que descubrió y mandó a arrestar a Luis XVI en Varennes, el 22 de julio de 1792, fue uno de los franceses que años más tarde lucharían del lado de los españoles contra el ataque británico a las costas de Santa Cruz de Tenerife mientras que En la Nochebuena de 1797 describe cómo debieron de celebrar las fiestas ese año el general Antonio Gutiérrez y Horacio Nelson.

Se hace eco de la batalla de Santa Cruz de Tenerife en las memorias que escribieron dos de los supervivientes de La Medusa, naufragio que dio lugar a un cuadro, La balsa de La Medusa de Théodore Géricault inspirado en los recuerdos escritos años después por Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, quienes cuando llegan al puerto tinerfeño explican que fue allí y gracias a los franceses donde se derrotó y mutiló a Nelson.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

A modo de curiosidad destacaríamos también Tigre 1797, un curioso libro para jóvenes que firman Carlos Miranda y Víctor Bidart, así como la novela gráfica La gesta del 25 de julio de 1797 de Juan Carlos Mora.

En clave satírica, Ramón Ayerra se inspira en esta batalla en uno de los tres relatos que reúne en Plaza Weyler, concretamente el titulado Una misión confidencial, donde narra la extravagante historia de un agente de la Guardia Civil que viene a la isla para desarticular un comando británico que quiere hacerle una trastada al cañón Tigre, el que supuestamente con su metralla cercenó el brazo del contralmirante Horacio Nelson cuando pretendió saquear la plaza aquellos días de julio de 1797.

En el relato, Ramón Ayerra pone en antecedentes al lector de lo que significó aquel hecho histórico para Santa Cruz de Tenerife, mientras el protagonista aprovecha para callejear por la ciudad en busca de los agentes británicos entrando en todos los bares que se encuentra, lo que hará que se coja una melopea de las que hacen época.

Gregorio Duque ubica en 1840 unos de los cuentos de Pequeños homenajes. En concreto el que lleva por título Visita guiada, en el que cuenta la batalla desde la perspectiva de un chicharrero buscavidas que hace de cicerone de un viajero británico empeñado en contemplar las banderas que el pueblo de Tenerife arrebató a la escuadra de Nelson y que entonces estaban depositadas en la Iglesia Matriz de la Concepción.

Desde el lado británico solo conocemos una novela que dé su versión de la batalla. Se trata de Rockingham o un hombre de honor, que se publicó en Gran Bretaña por primera vez en 1840 y de la que se desconoce a día de hoy quien fue su autor. Algunas fuentes afirman que una de las tres hermanas Brönte (Emily, Charlotte y Anne) pero otros, como el investigador tinerfeño José Luis García Pérez, sospechan que fue Philippe Ferdinand Auguste de Rohan-Chabot, conde de Jarnac.

La novela en principio no tendría mayor atractivo para un lector de las islas si no fuera porque en la segunda parte –capítulos primero al tercero– se desarrollan íntegramente en Tenerife, en concreto en el valle de La Orotava, el puerto de la Cruz, y en Santa Cruz, donde el protagonista de la obra, lord Edward Rockingham, un guardiamarina enrolado en la escuadra del contralmirante Horacio Nelson, participa en la batalla por la plaza con catastróficos resultados para los británicos. Y sitio, se relata, donde el protagonista resulta herido y abandonado por sus camaradas.

Rockingham narra también la historia de amor romántico que nace entre el joven marino convaleciente y la mujer que lo cuida, Dolores Almansa, “supuesta sobrina en la novela del general Antonio Gutiérrez”, escribe García Pérez en la introducción del libro.

La novela sitúa al lector en el momento en que es herido el contralmirante Horacio Nelson al pretender desembarcar en la costa santacrucera:

“Nelson se apoyó ligeramente en mi hombro al saltar del bote pero, cuando ya había puesto pie en tierra, pesó de improviso tanto sobre mí que no pude sostenerle. Observé que cambiaba con rapidez su espada de la mano derecha a la izquierda y luego se desplomó en el suelo, aun cuando puse a contribución todas mis fuerzas para impedirlo.

Lleno de temor, miré a Thorthon, quien se encontraba a mi lado.

El almirante está herido –murmuró– y me temo que de gravedad. Tenemos que ayudarle a regresar al bote”.

Una vez trasladan a Nelson al Theseus, se puede leer:

“Apenas acababa de pronunciar estas palabras, cuando, sobre las oscuras olas, detrás de nosotros, se elevó un grito salvaje y penetrante… El grito de muerte de doscientos de nuestros más bravos corazones que, alcanzados por un solo disparo cruel, fueron arrojados a su húmeda tumba.

- ¿Qué es eso, Thorthon? -inquirió Nisbert.

Creo que el Fox se hunde. Hace un instante que aún estaba junto a nosotros”.

Es muy probable que haya otras historias cuya acción se desarrolle en esos días de julio aunque la verdad es que tras mucho rastrear no hemos encontrado otros títulos salvo los estrictamente históricos: cartas y diarios de algunos de los protagonistas así como artículos en prensa entre los que destaca una referencia escrita por un “sospechoso patriota” que firma como Ángel Guerra. Se trata de un artículo sobre Santa Cruz de Tenerife publicado en el número del 7 de diciembre de 1919 de Blanco y Negro:

“bastaría a su gloria la heroica defensa que hizo el 25 de julio de 1797.”

Estas novelas y relatos describen unos hechos trascendentales para la historia de una isla y por extensión un archipiélago cuya memoria se conserva en la actualidad en el Museo Militar, que custodia además las dos únicas banderas del Imperio Británico capturadas en combate a su armada. La nota singular, como lamenta Villanueva en una reseña publicada en El Cultural, es que no deja de resultar extraño que Santa Cruz de Tenerife haya dedicado una de las calles con más solera al almirante británico que perdió aquí su brazo por la metralla de un cañonazo y una “callejuela de treinta metros” al general español, Antonio Gutiérrez Otero y Santayana, cuyas fuerzas –compuesta de soldados y milicias– terminaron por vencer a quien años más tarde se convertiría en el león de los mares.

Los hechos concluyeron el 25 de julio de 1797 con la rendición de las tropas británicas, la entrega de regalos entre vencedores y vencidos y una carta que conminaba a Nelson a no intentar de nuevo una aventura bélica contra Canarias” .

Saludos, otras voces, otros ámbitos, desde este lado del ordenador

Solicitan que la calle del Perdón pase a denominarse de Domingo Pérez Minik

Lunes, Marzo 22nd, 2021

En la pequeña capital de provincias en la que vivo no se tiene la costumbre de recordar a sus hombres y mujeres dándole el nombre de las calles que la configura. Si ya costó un riñón cambiar la denominación de estas mismas calles con nombres hasta hace muy poco de militares y civiles leales al ejército rebelde durante la Guerra Civil española –y que hasta el día de ayer protagonizaban prácticamente el callejero de la capital tinerfeña– más vale tarde que nunca para que los olvidados de aquel conflicto formen parte de las avenidas, calles y plazas de esta ciudad. Una ciudad que pese a su belleza irregular cuenta con rincones muy especiales. Islotes en los que uno piensa que este lugar en el que nació y crió puede ser otro. Un espacio abierto al diálogo y al debate. Una ciudad con memoria.

Quiero pensar que algo de la nobleza de los pescadores que la habitaron permanece todavía en el ADN de sus vecinos. Los que nacieron como los que se han establecido en ella para darle carácter.

Todo esto viene a colación de un escrito que firma el Observatorio Cultural Domingo Pérez Minik, una entidad cultural sin ánimo de lucro destinada al fomento de la cultura, el apoyo a la creación y a la divulgación de las artes. Una advertencia antes de continuar: no se molesten en busca por Internet alguna referencia sobre esta entidad ya que no encontrarán nada sobre ella. Sospecho que es de nueva creación pero su fin es bueno.

De momento y a través de un escrito, el Observatorio está impulsando el cambio de denominación de la calle del Perdón de la capital tinerfeña para convertirla en calle de Domingo Pérez Minik.

El escrito justifica esta petición porque “Domingo Pérez Minik, dramaturgo, ensayista, estudioso y crítico cultural” nació en Santa Cruz de Tenerife. El crítico e intelectual tinerfeño, Medalla de Oro de Bellas Artes y Premio Nacional de Teatro, tuvo además un papel clave en el desarrollo cultural de la ciudad, desde el barrio de Salamanca donde vivió toda su vida, en la actual calle del Perdón nº7.

“Su residencia en esta calle supuso el germen de toda su aportación a la cultura de Santa Cruz y es en este barrio santacrucero donde también fijó su domicilio Eduardo Westerdahl, al igual que otras personalidades fundamentales en el quehacer cultural de la época, como el poeta Pedro García Cabrera. Allí crean Gaceta de Arte (1932-1936), una de las más sobresalientes revistas artísticas de la Literatura Española del siglo XX, tanto por su alto nivel intelectual como por la enriquecedora y múltiple disparidad de campos que abarcó”.

El escrito lamenta que “hasta el momento la ciudad de Santa Cruz de Tenerife no haya otorgado una calle a uno de sus más ilustres cronistas, Doctor Honoris Causa por la Universidad de La Laguna y uno de los ensayistas más prolíficos sobre el teatro y la novela europea contemporánea”.

Por último, la entidad invita a los que deseen adherirse a esta petición que lo hagan a través de esta dirección de correo electrónico:

info@observatorioperezminik.es

Saludos, a la espera, desde este lado del ordenador