En honor de Domingo López Torres. En honor de los desaparecidos

Viernes, Junio 7th, 2019

Son muchas las familias canarias que guardan un discreto silencio por sus muertos, muchos de ellos en vida tras escapar de la durísima represión franquista. Ese no fue el caso, entre otros muchos que sí desaparecieron para siempre en las simas de las islas o en el fondo del océano Atlántico, de Domingo López Torres, el poeta asesinado en febrero de 1937. Tenía entonces 26 años, apenas faltaban tres meses para que cumpliese 27.

Desde ese entonces cayó sobre su obra, breve pero muy intensa, una losa de silencio hasta que pasado el tiempo y muerto el dictador, unos y otros en Canarias lo recuperaron como personaje literario en El fondo de los charcos, una novela de Javier Hernández Velázquez y como objeto de un documental en Los mares petrificados de Miguel G. Morales y en el que el cantautor Pedro Guerra musicaliza e interpreta algunos de sus poemas.

Por lo que se ve, una recuperación imaginada y muy tímida pero interesante por recobrar la memoria de uno de los nuestros, de un vecino más de la capital tinerfeña que fue además de agitador y poeta, un modesto chicharrero que se crió en la calle de Ángel Guimerá.

Santa Cruz de Tenerife pagó ayer la deuda que mantenía con el hombre y con el poeta con una plaza que lleva su nombre y en la que, quiero pensar, además de rendirle tributo también recuerda a todos los que murieron en esta isla, islas y país que hoy se desangra, por razón de una guerra fratricida. Unos por inocentes y otros persiguiendo una bandera, una ideología.

El acto de ayer fue sencillo y reunió a bastante gente, algunos del barrio de Los Gladiolos, que fueron los menos, y sí políticos y tipos que escriben, lo que resulta milagroso. Y hubo, o eso noté, buena sintonía entre todos pese a los estirados.

Quizá fue lo imprevisto porque vi como pasaba de mano en mano un ejemplar precisamente de Lo imprevisto, los versos que escribió López Torres desde la cárcel. Ese de mano en mano va me hizo pensar un momento que era una edición facsímil que iban a repartir entre los presentes pero no. No, no. Lo había traído un familiar del poeta asesinado.

El acto lo inició y terminó el grupo de cámara de la Banda Municipal de Música de Santa Cruz de Tenerife que interpretó un fragmento de Cuadros para una exposición de Modest Músorgski  y otro fragmento de El amor brujo de Manuel de Falla.

Me fui, cuando se disolvió el acto, con el agradable sonido de los metales sonando en mi cabeza y con la idea de cuántos de los que estábamos allí, y que no somos vecinos de Los Gladiolos, volvería a pasar por esa plaza.

Una plaza que desde ayer lleva el nombre de Domingo López Torres, poeta. Y una plaza que, qué quieren que les diga, lleva para mi el nombre de un tío abuelo al que por cenetista arrojaron al mar con una piedra atada en los tobillos.

Mi tío abuelo, natural de San Andrés, no fue poeta pero se merece como Domingo López Torres el nombre de una plaza, una calle para que su fantasma, ¿y qué familia de esta tierra no tiene un fantasma fruto de aquella guerra?, descanse por fin en paz.

En el acto de ayer, jueves 6 de junio, intervinieron además del alcalde en funciones de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez, la concejala en funciones por Sí se puede, Yaiza Afonso Higuera, la impulsora de que la plaza lleve el nombre del poeta y el hispanista Brian Morris, quien resaltó la juventud con la que murió López Torres, una muerte que cercenó la evolución que como poeta y persona hubiera tenido si llega a sobrevivir aquellos dramáticos días en los que prendió el infierno en su tierra. Días aquellos en los que sus vecinos se dedicaron a denunciar a sus vecinos. A sacarse las tripas, a robar bajo el amparo de la ley, a contaminar de miedo el espíritu de una tierra que hasta ese entonces había sido de naturaleza generosa.

“Rompe el sueño, la risa, los colores,
la dolorosa acelerada espera
pródiga en la promesa, el ala, el premio:
verse ascender, ligero, en pleno vuelo,
hacia un cielo, otro cielo, y otro cielo.
Mientras la oscura cloaca de desdenes
insuficiente para tanta ofrenda
salta sobre la geometría de los bordes
inventando rizados carrouseles”.

Fragmento de Los retretes (3 de la mañana)

Una plaza llevará el nombre del poeta Domingo López Torrez

Miércoles, Junio 5th, 2019

Primero en Fyffes y más tarde en un barco prisión atracado en el puerto de Santa Cruz de Tenerife tras el golpe militar de julio de 1936, el poeta Domingo López Torres desapareció en el mar por orden de la autoridad para convertirse en una leyenda. Leyenda que alimenta la edad con la que fue ejecutado, apenas 27 años y una obra que pese a su brevedad da una idea de hacia dónde podria haber evolucionado.

Miembro del equipo fundacional de Gaceta de arte, editor de revistas como Índice, que solo editó dos números; y firmemente comprometido con la izquierda, Domingo López Torres fue silenciado durante los años de la dictadura franquista, silencio que ahora rompe el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife con la inauguración este jueves, 6 de junio y a partir de las 19.30 horas de una plaza que llevará su nombre en el barrio de Los Gladiolos, concretamente entre las calles de Ángel Ganivet y de Juan Ramón Jiménez.

Esta iniciativa que impulsó en su día la concejal en funciones de Sí se puede, Yaiza Afonso, como instructora del expediente, hace justicia a la memoria del poeta asesinado y de paso a todas las víctimas de la represión franquista en la capital tinerfeña.

Está previsto que en el acto participen el hispanista Brian C. Morris, catedrático emérito de Literatura Española en la Universidad de California, coeditor de las obras completas de López Torres –publicadas en 1993, tras el rescate de su poesía a partir de 1982—, junto al catedrático de Literatura Española de la Universidad de La Laguna, poeta y crítico Andrés Sánchez Robayna.

Saludos, ya era hora, desde este lado del ordenador

Ángel caído, de Miguel G. Morales

Lunes, Diciembre 24th, 2018

Apenas son unos siete u ocho minutos pero es tiempo suficiente para hurgar en la cabeza y obligar a reflexionar sobre el paisaje que le rodea. Este apasionante experimento cinematográfico se titula Ángel caído y lo dirige Miguel G. Morales.

La pieza propone un descarnado viaje a la historia reciente de la ciudad en la que nací y en la que vivo, Santa Cruz de Tenerife, y su estrecha vinculación con Francisco Franco. El mensaje se hace a lo largo del minutaje extensivo al resto de la isla, islas añadiría más bien, que vinculan a quien fue caudillo de aquella España convertida en cuartel con un archipiélago que hasta el día de ayer aún identificaba sus calles con los nombres del general que fue generalísimo y sus compañeros militares durante la Guerra Civil.

Resulta estremecedor cómo esas raíces continúan aún formando parte del espíritu de una capital de provincias donde Franco, ese hombre, inició su santa cruzada para acabar con la II República.

Imágenes de la época mezclada con documentos cinematográficos muestran como el lustre de aquel régimen sigue conservándose en muchos de los rincones de una ciudad que ha perdido memoria, que no quiere mirarse en el espejo de la Historia no vaya a ser que le recuerden los cadáveres que guarda en sus armarios, los muertos que el régimen silenció en el mar, simas y cunetas.

Todo ese ambiente unido al miedo, todavía impregna el corazón colectivo de una urbe que además de vivir a espaldas del océano, volvió a sus gentes temerosas ante un poder que parecía omnímodo y que justificaba su brutal represión bendecidos por una Iglesia, la católica, que todavía no ha sabido limpiar el pecado de amparar a los fuertes, a los que emplearon la violencia porque les acompañaba como razón de una fe equivocada.

Me estremece ver este experimento audiovisual porque me revuelve las tripas y me acuerdo de los míos, de ese abuelo preso entonces por masón y de ese tío abuelo anarquista al que junto a otros desaparecieron en el mar de Santa Cruz de Tenerife. En cómo en casa se hablaba en voz bajo de aquellos años que no viví pero que dejaron tanta huella en mi familia, rota, como la mayoría por culpa de la delación de un vecino que tuvo miedo. Ese miedo húmedo que no desaparece aunque las fuerzas vivas te digan que han hecho bien, que esa era su obligación de buen ciudadano.

El documento de Miguel G. Morales me hace despertar la memoria y se lo agradezco mientras veo las imágenes que utiliza para denunciar lo que es obvio, aunque muchos todavía lo nieguen, o no quieran saber, que es todavía mucho peor.

La demolición del monumento de Las Raíces, donde Franco y los suyos se sacaron la conocida instantánea antes de trasladarse a Las Palmas de Gran Canaria para que el avión Dragon Rapide lo transportara a África y de allí a la península herida y ya fragmentada; y el monumento a su excelencia el Jefe del Estado, o monumento a la Victoria o a Franco, en la versión popular, y que está instalado en la capital tinerfeña son elementos capitales en este cortometraje milimétricamente pensado, escenario del oprobio que el cineasta moldea hasta reducirlo a una dimensión simbólica que fusiona con las entrañas de una ciudad, Santa Cruz de Tenerife, que vive anclada en un pasado triste y temeroso.

Afortunadamente la pieza de Miguel G. Morales, que no pierde pizca de ironía, nos enseña un pasado que forma parte del paisaje y paisanaje de una capital de provincias que, como cantó aquel trovador de pelo rojo de cuyo nombre no puedo acordarme, hoy más que nunca muere en soledad.

Saludos, vimos, desde este lado del ordenador

Platón, una película de Iván López

Martes, Julio 10th, 2018

Dirección y guión: Iván López. Intérpretes: Leandro González, Alba Tonini, Vicente Ayala, Carmen Mª Hernández, Patricia Álvarez, Sofía Privitera, Ken Appledorn, Carlos de León García, Lioba Herrera, Abián Díaz, Javier Mezkia, Domingo de Luis García, Irene Álvarez, Julián Estornell, Aarón Gómez. Ayudantes de dirección: Lamberto Guerra, Jonathan González y Ruth Angielina Fuentes. Producción: JuanMa Villar Betancort. Director de Fotografía: Javier Arias Afonso (JA Doria). Música original: Dan Silva. Dirección de arte: Miriam Cruz Rufino. Duración: 116 minutos.

Platón es una película insólita en el panorama actual del cine que se rueda en Canarias. Insólita porque narra visualmente una historia, historia de y con personajes que se bifurca en otros relatos que complementan al principal, además de contar con una factura técnica y artística estimable.

La película cuenta la historia de un adolescente, Arián, con problemas (qué adolescente no los tiene) que vive con su madre en una modesta casa en la periferia de Santa Cruz de Tenerife. Las relaciones entre los dos son tirantes ya que Arián cree que ella es la responsable de que su padre los abandonara cuando era pequeño. Arián carece así de referentes masculinos y sufre continuas humillaciones de otros jóvenes del barrio.

A Arián le gusta una chica que estudia en la biblioteca y su única amiga es otra chica, Milena, que le muestra rincones desconocidos de la ciudad en la que viven (bunkers, piscinas vacías y en estado de abandono, tanques de petróleo vacíos….) que está secretamente enamorada de él.

La segunda parte de la película se centra en el viaje, ciertamente iniciático, que emprende Arián para conocer a su progenitor, que fue una estrella de rock local y que ahora vive alcoholizado en una caravana que está detenida en un paisaje desértico a orillas del mar.

Platón no cuenta nada nuevo pero es cómo lo expresa cinematográficamente Iván López lo que le da agradecido aroma social a una película que, pese a sus trampas sentimentales, se sigue con atención porque está rodada con el corazón y, como apuntó el cineasta la noche del estreno, resulta “honesta”.

Honesta con sus personajes y honesta con el público que es quien recibe un filme realizado con mucha dignidad y que pese a su presupuesto de risa cuida con gracia la puesta en escena y las interpretaciones de sus protagonistas.

Los actores de Platón son de hecho los que contribuyen a que la película sepa a verdad. Todos ellos asumen con credibilidad a sus personajes, aunque destaquen por su protagonismo la pareja de adolescentes que interpretan Leandro González (Arián) y Alba Tonini (Milena), quienes asumen con desarmante naturalidad gran parte de la responsabilidad de una historia que tiene ecos de redención así como el objetivo de radiografiar el turbulento proceso de hacerse mayor.

Consciente o inconscientemente, se detecta la sombra de Guardián entre el centeno de J.D. Salinger en la película, novela en la que su joven protagonista inicia también un viaje, aunque a la ciudad de Nueva York, que no tiene retorno.

No hemos visto además y hasta la fecha una película que haya sabido aprovechar y retratar con tanta sensibilidad los rincones y paisajes de Santa Cruz de Tenerife y otras partes de la isla, paisajes que fotografía Javier Arias Alonso y escenarios que se funden con unos personajes que se encuentran ante la peligrosa prueba de madurar y otros, los adultos, de aceptar su destino.

En este aspecto, resulta llamativo que los adolescentes vivan en un barrio de la ciudad, un Santa Cruz de Tenerife más cinematográfico que nunca y cuyas calles, plazas y canchas de baloncesto se muestren asfixiantes y en otras con tanto aire.

El paisaje sirve también para marcar la geografìa interior de los personajes: se presenta a la madre en su puesto de trabajo y en sus ratos de ocio, hace ejercicio y se relaja en una piscina cubierta; el padre, por otro lado, vive en un paraje desértico a orillas del mar que simboliza la ruina existencial en la que se encuentra.

Con todas sus virtudes y defectos, la ópera prima de Iván López en el largometraje es un eficaz entretenimiento que se sigue con atención: conmueve y encima tiene mensaje. Un mensaje que interpretamos demoledor: inevitablemente vas a crecer, y con la edad a olvidar que una vez fuiste un joven que soñó que sus fantasías podrían convertirse en realidad.

Platón nos convence y hace perdonar los topicazos de algunas de sus escenas por facilones. Afortunadamente, el cineasta no se deja arrastrar por ellos aunque sí que bordea en ocasiones y peligrosamente lo ridículo por cursi. Con todo, mantiene el equilibrio en esta especie de ensayo sobre el amor platónico y la pérdida. La pérdida del padre, del primer amor… La muerte, en definitiva, del Peter Pan que todos llevamos dentro.

Saludos, bravo, desde este lado del ordenador

La librería El Pa-So liquida este fin de semana su stock “a precio de saldo”

Jueves, Mayo 3rd, 2018

La librería El Pa-So, que como informamos ayer, miércoles, ha puesto el cartel de cerrado tras años y años vendiendo libros en la capital tinerfeña, anuncia en su página de Facebook que este fin de semana, concretamente el sábado 5 y el domingo 6 de mayo y en horario de 10 a 13.30 y de 17 a 20.30, liquidan “todo nuestro stock a precios de saldo”. También, destacan, se pondrá a la venta el mobiliario de la librería.

Con este acto, los responsables de El Pa-So pretenden festejar una defunción anunciada. La fiesta final incluye además un catering vegano para los que gustan de este tipo de comidas, lo que no es nuestro caso. Con todo, y repitiendo lo que escribimos ayer en este mismo su blog, muchas gracias a los responsables de la librería por haber estado ahí a lo largo de tantos y tantos años que, consta, no han tenido que ser fáciles.

Saludos, nos vemos este fin de semana en la frontera, desde este lado del ordenador.

Don Julio Camba escribe unas palabras sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 18th, 2017

Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1884 – Madrid, 1962) es uno de los mejores articulistas españoles aunque por eso de la desmemoria hoy es un perfecto desconocido lo que exige una urgente recuperación.

Afortunadamente, aún se pueden encontrar muchos de sus libros, la mayoría editados por la ya mítica colección Austral de Espasa Calpe y en la que Julio Camba volcó su talento en una serie de artículos cortos que destacan por su ingenio, capacidad de observación y sentido del humor.

Entre otras obras, Julio Camba es autor de los interesantes y divertidos libros de viaje Londres y Alemania, impresiones de un español, que publicó en 1916; La rana viajera (1920); el excelente libro gastronómico La casa de Lúculo o el arte de comer (1920) y reflexiones sobre economía, aunque esceritas para todos los públicos, en Aventuras de una peseta (1923) y Millones al horno (1958), entre otros.

El escritor y periodista dio un interesante aviso de su estancia en Santa Cruz de Tenerife en uno de sus artículos, un breve texto en el que ofrece sus impresiones sobre lo que observaba desde la cubierta del barco.

“Era Santa Cruz de Tenerife. Serían a la sazón las nueve de la mañana y hasta media tardé no llegamos a puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados a la toldilla
del buque, íbamos observando cómo se concretaba poco a poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tomándose amarillento y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de esos prodigios que hacen los confiteros en las tartas familiares y onomásticas.”

Julio Camba explica que permanecieron en el puerto pero sin salir del barco “unas cuantas horas” y describe “la infinidad de pequeñas barquillas” que rodean a la nave con vendedores que ofrecían a los tripulantes “paquetes de tabaco,
cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas.”

Próximo el amanecer, el escritor se despide de la ciudad y de la isla con cierta tristeza y describe como poco a poco “los colores fueron desvaneciéndose en una misma nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su oscuro seno, como recoge a las nubes del crepúsculo.”

Julio Camba reflejó durante la Guerra Civil en sus crónicas sus simpatías por el bando franquista, artículos que se publican en el ABC de Sevilla. A lo largo de su vida colaboró en diarios como Arriba y La Vanguardia.

En 1949 fijó su residencia en el Hotel Palace de Madrid hasta su muerte, que se produjo el 28 de febrero de 1962.

Saludos, ovación, desde este lado del ordenador.