Platón, una película de Iván López

Martes, Julio 10th, 2018

Dirección y guión: Iván López. Intérpretes: Leandro González, Alba Tonini, Vicente Ayala, Carmen Mª Hernández, Patricia Álvarez, Sofía Privitera, Ken Appledorn, Carlos de León García, Lioba Herrera, Abián Díaz, Javier Mezkia, Domingo de Luis García, Irene Álvarez, Julián Estornell, Aarón Gómez. Ayudantes de dirección: Lamberto Guerra, Jonathan González y Ruth Angielina Fuentes. Producción: JuanMa Villar Betancort. Director de Fotografía: Javier Arias Afonso (JA Doria). Música original: Dan Silva. Dirección de arte: Miriam Cruz Rufino. Duración: 116 minutos.

Platón es una película insólita en el panorama actual del cine que se rueda en Canarias. Insólita porque narra visualmente una historia, historia de y con personajes que se bifurca en otros relatos que complementan al principal, además de contar con una factura técnica y artística estimable.

La película cuenta la historia de un adolescente, Arián, con problemas (qué adolescente no los tiene) que vive con su madre en una modesta casa en la periferia de Santa Cruz de Tenerife. Las relaciones entre los dos son tirantes ya que Arián cree que ella es la responsable de que su padre los abandonara cuando era pequeño. Arián carece así de referentes masculinos y sufre continuas humillaciones de otros jóvenes del barrio.

A Arián le gusta una chica que estudia en la biblioteca y su única amiga es otra chica, Milena, que le muestra rincones desconocidos de la ciudad en la que viven (bunkers, piscinas vacías y en estado de abandono, tanques de petróleo vacíos….) que está secretamente enamorada de él.

La segunda parte de la película se centra en el viaje, ciertamente iniciático, que emprende Arián para conocer a su progenitor, que fue una estrella de rock local y que ahora vive alcoholizado en una caravana que está detenida en un paisaje desértico a orillas del mar.

Platón no cuenta nada nuevo pero es cómo lo expresa cinematográficamente Iván López lo que le da agradecido aroma social a una película que, pese a sus trampas sentimentales, se sigue con atención porque está rodada con el corazón y, como apuntó el cineasta la noche del estreno, resulta “honesta”.

Honesta con sus personajes y honesta con el público que es quien recibe un filme realizado con mucha dignidad y que pese a su presupuesto de risa cuida con gracia la puesta en escena y las interpretaciones de sus protagonistas.

Los actores de Platón son de hecho los que contribuyen a que la película sepa a verdad. Todos ellos asumen con credibilidad a sus personajes, aunque destaquen por su protagonismo la pareja de adolescentes que interpretan Leandro González (Arián) y Alba Tonini (Milena), quienes asumen con desarmante naturalidad gran parte de la responsabilidad de una historia que tiene ecos de redención así como el objetivo de radiografiar el turbulento proceso de hacerse mayor.

Consciente o inconscientemente, se detecta la sombra de Guardián entre el centeno de J.D. Salinger en la película, novela en la que su joven protagonista inicia también un viaje, aunque a la ciudad de Nueva York, que no tiene retorno.

No hemos visto además y hasta la fecha una película que haya sabido aprovechar y retratar con tanta sensibilidad los rincones y paisajes de Santa Cruz de Tenerife y otras partes de la isla, paisajes que fotografía Javier Arias Alonso y escenarios que se funden con unos personajes que se encuentran ante la peligrosa prueba de madurar y otros, los adultos, de aceptar su destino.

En este aspecto, resulta llamativo que los adolescentes vivan en un barrio de la ciudad, un Santa Cruz de Tenerife más cinematográfico que nunca y cuyas calles, plazas y canchas de baloncesto se muestren asfixiantes y en otras con tanto aire.

El paisaje sirve también para marcar la geografìa interior de los personajes: se presenta a la madre en su puesto de trabajo y en sus ratos de ocio, hace ejercicio y se relaja en una piscina cubierta; el padre, por otro lado, vive en un paraje desértico a orillas del mar que simboliza la ruina existencial en la que se encuentra.

Con todas sus virtudes y defectos, la ópera prima de Iván López en el largometraje es un eficaz entretenimiento que se sigue con atención: conmueve y encima tiene mensaje. Un mensaje que interpretamos demoledor: inevitablemente vas a crecer, y con la edad a olvidar que una vez fuiste un joven que soñó que sus fantasías podrían convertirse en realidad.

Platón nos convence y hace perdonar los topicazos de algunas de sus escenas por facilones. Afortunadamente, el cineasta no se deja arrastrar por ellos aunque sí que bordea en ocasiones y peligrosamente lo ridículo por cursi. Con todo, mantiene el equilibrio en esta especie de ensayo sobre el amor platónico y la pérdida. La pérdida del padre, del primer amor… La muerte, en definitiva, del Peter Pan que todos llevamos dentro.

Saludos, bravo, desde este lado del ordenador

La librería El Pa-So liquida este fin de semana su stock “a precio de saldo”

Jueves, Mayo 3rd, 2018

La librería El Pa-So, que como informamos ayer, miércoles, ha puesto el cartel de cerrado tras años y años vendiendo libros en la capital tinerfeña, anuncia en su página de Facebook que este fin de semana, concretamente el sábado 5 y el domingo 6 de mayo y en horario de 10 a 13.30 y de 17 a 20.30, liquidan “todo nuestro stock a precios de saldo”. También, destacan, se pondrá a la venta el mobiliario de la librería.

Con este acto, los responsables de El Pa-So pretenden festejar una defunción anunciada. La fiesta final incluye además un catering vegano para los que gustan de este tipo de comidas, lo que no es nuestro caso. Con todo, y repitiendo lo que escribimos ayer en este mismo su blog, muchas gracias a los responsables de la librería por haber estado ahí a lo largo de tantos y tantos años que, consta, no han tenido que ser fáciles.

Saludos, nos vemos este fin de semana en la frontera, desde este lado del ordenador.

Don Julio Camba escribe unas palabras sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 18th, 2017

Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1884 – Madrid, 1962) es uno de los mejores articulistas españoles aunque por eso de la desmemoria hoy es un perfecto desconocido lo que exige una urgente recuperación.

Afortunadamente, aún se pueden encontrar muchos de sus libros, la mayoría editados por la ya mítica colección Austral de Espasa Calpe y en la que Julio Camba volcó su talento en una serie de artículos cortos que destacan por su ingenio, capacidad de observación y sentido del humor.

Entre otras obras, Julio Camba es autor de los interesantes y divertidos libros de viaje Londres y Alemania, impresiones de un español, que publicó en 1916; La rana viajera (1920); el excelente libro gastronómico La casa de Lúculo o el arte de comer (1920) y reflexiones sobre economía, aunque esceritas para todos los públicos, en Aventuras de una peseta (1923) y Millones al horno (1958), entre otros.

El escritor y periodista dio un interesante aviso de su estancia en Santa Cruz de Tenerife en uno de sus artículos, un breve texto en el que ofrece sus impresiones sobre lo que observaba desde la cubierta del barco.

“Era Santa Cruz de Tenerife. Serían a la sazón las nueve de la mañana y hasta media tardé no llegamos a puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados a la toldilla
del buque, íbamos observando cómo se concretaba poco a poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tomándose amarillento y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de esos prodigios que hacen los confiteros en las tartas familiares y onomásticas.”

Julio Camba explica que permanecieron en el puerto pero sin salir del barco “unas cuantas horas” y describe “la infinidad de pequeñas barquillas” que rodean a la nave con vendedores que ofrecían a los tripulantes “paquetes de tabaco,
cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas.”

Próximo el amanecer, el escritor se despide de la ciudad y de la isla con cierta tristeza y describe como poco a poco “los colores fueron desvaneciéndose en una misma nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su oscuro seno, como recoge a las nubes del crepúsculo.”

Julio Camba reflejó durante la Guerra Civil en sus crónicas sus simpatías por el bando franquista, artículos que se publican en el ABC de Sevilla. A lo largo de su vida colaboró en diarios como Arriba y La Vanguardia.

En 1949 fijó su residencia en el Hotel Palace de Madrid hasta su muerte, que se produjo el 28 de febrero de 1962.

Saludos, ovación, desde este lado del ordenador.

Tres cuentos sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 4th, 2017

Ramón Ayerra (Segovia, 1 de enero de 1937 – Madrid, 1 de julio de 2010, aunque en la solapa del libro pone Berlín, 1937) fue un jurista, escritor y humorista que cuenta entre su producción literaria con un libro de relatos que bajo el titulo de Plaza Weyler (Huerga & Fierro, 1996) reúne tres cuentos que se desarrollan en la capital tinerfeña.

Que sepamos, no ha vuelto a reeditarse esta obra aunque pide a gritos su rescate porque se trata, probablemente, de uno de los mejores libros que hemos leído este año que se va, y feliz descubrimiento (se admite la más absoluta ignorancia sobre su existencia) sobre lo que se ha escrito y se escribirá sobre Santa Cruz de Tenerife, ciudad que asume el papel protagonista de estas divertidas historias que fueron escritas, se nota nada más leer el primero de los cuentos, precisamente el que da título al volumen, desde el cariño y el aprecio a un entorno urbano y a sus gentes.

Además de Plaza Weyler, el libro incluye también las narraciones El saludo al cañón y Una misión confidencial que se desarrollan como el primero en los años ochenta, lo que proporciona al lector un viaje a la ciudad en la que sus vecinos reconocerán su fisonomía y la visitarán de su mano quienes la desconocen.

Más que sátiras, se tratan de tres historias cómicas que transcurren en la plaza Weyler, el antiguo cuartel de Almeyda que funcionaba ya como museo militar y varias calles y plazas de la capital, escenario de disparatados relatos que logran despertar la sonrisas y a veces, incluso, la carcajada de quien los lee e interpreta.

Hay mucho amor por Santa Cruz de Tenerife en todas estas pequeñas historias y al mismo tiempo un repaso respetuoso pero no exento de humor a la vinculación que mantiene la ciudad con las fuerzas armadas, institución que no es fustigada ni tratada con acritud pero sí fina ironía.

En el primero de los cuentos, Plaza Weyler, se cuenta la historia de un valenciano que recala en la capital tinerfeña acompañado de una mujer que los abandona por otro hombre al día siguiente de alojarse en el Mención, y de cómo pasa los días sentados en el kiosco de la Weyler para contemplar como se arría la bandera mientras consume litros y litros de whisky.

Tras describir cómo se emociona el personaje con el solemne acto, añade “el corneta ataca el instrumento y unos sones la mar de tristes apenan el ambiente festivo de la plaza, con sus barrocos jardincillos de colorines, y ordenan para el jugueteo perpétuo que en la fuente de Canessa se traen los gordezuelos angelotes despelotados, los dragoncillos con pinta de besugo, revueltos entre agua y guirnaldas.

Conforme va llorando la corneta, los del balcón, con mimosa lentitud, arrían la bandera y la doblan bien doblada. Concluída la emocionada copla, los del balcón se meten con la patria plegada y la tropilla da la vuelta, contornea una farola, tira por donde ha venido y se cuela en los cuartos de guardia.

A seguir velando por la paz y el orden. En las islas. En la nación.”

En El saludo al cañón, probablemente la más divertida de las historias, cuenta cómo los artilleros de Almeyda se lo piensan dos veces antes de responder al saludo de los barcos que entran a puerto por un chino, dueño de un bar que se encuentra próximo a las instalaciones militares.

La peor pesadilla de una de los oficiales, Alcaide, es precisamente ese chino que lo amenaza desde abajo cuando el cañonazo le espanta a la clientela.

“¡Altillelos, cablones… podíais jugal a las canicas en vez de jodel negocio a gente honlada…!

A Alcaide le encocoraron los insultos del amarillo y le gritó.

¡Chino de mierda, vete a Pekín! – luego pasó a los argumentos científicos– ¡Primero fue el fortín, y tú te pusiste delante con ese asqueroso chiringo, y en sitio prohibido, que es zona militar, y de puerto… a cuántos habrás tenido que comprar para que te diesen bula…!

- ¡Pala colutpo tú. Alcaide blavucón!

- ¿A qué bajo y te breo?

- ¡Atlévete!

El tercero y último de los cuentos, Una misión confidencial, narra la extravagante historia de un agente de la Guardia Civil de nombre Benita que viene a la isla para desarticular un comando británico que quiere hacerle una trastada al cañón Tigre, el que supuestamente con su metralla cercenó el brazo del contralmirante Horacio Nelson cuando pretendió saquear la plaza aquellos días de julio de 1797.

En el relato, Ramón Ayerra pone en antecedentes al lector de lo que significó aquel hecho histórico para Santa Cruz, mientras el protagonista aprovecha para callejear por la ciudad mientras busca a ese grupo de agentes británicos por todos los bares que se encuentra, lo que terminará, claro está, con una melopea de las que hacen época mientras el Tigre descansa bajo el techo de Almeyda.

“Entra el coronel Benita en la sala y la guardia que custodia el cañón se cuadra.
¿Alguna novedad?

Ninguna, mi Coronel– el Teniente Oliveras despacha opinión–, si acaso… que los visitantes se extrañan de vernos aquí.
- Qué sabrán ellos. Y además, si molestan, se cortan las visitas y sanseacabó.
Huronea Benita alrededor del Tigre y encara de nuevo al Teniente Oliveras.
- ¿Y no vio a nadie, así como inglés, rubio o pelirrojo, corpulento, de aire achulado…?
- Pues la verdad, no… la mayoría son colegiales y ancianos.
- Ya– y zanja el asunto– bien, sigan atentos.
Luego, en la pérgola que da sobre los muelles, y con el mar allá, cambia impresiones con el Coronel Benjumea
.”

No han cambiado demasiado los escenarios que aparecen en estas historias cortas que protagonizan peninsulares que por una u otra razón recalan en la isla. La calle del Castillo, la Rambla de Pulido, la Rambla del general Franco (hoy de Santa Cruz), la avenida del General Mola (hoy de las islas Canarias) siguen siendo más o menos las mismas aunque en los ochenta no existiera el tranvía, pero sí muchas de las cafeterías que nombra y en los que se refugian sus protagonistas como la Weyler y El Atlántico.

Sí que ha cambiado, no obstante, el espíritu de una ciudad tan contradictoria como es Santa Cruz de Tenerife.

Ramón Ayerra, que fue finalista del premio Planeta con La tibia luz de la mañana (1979) y Los terroristas (1981), transmite ese asombro por una capital de provincias tan pegada a sus tradiciones con alborozada mirada etílica.

Entre otras reflexiones que anota, me quedo para finalizar con una de entre muchas cuando se pregunta cómo una plaza “tan coquetona” como la de Weyler, lleva ese nombre porque “no casa, no pega ni con cola. Pero ya se dice, así es la industria humana. En el fondo, quizá el permanente equilibrio conduzca a la locura, o al vacío.”

Saludos, la santa cruz, desde este lado del ordenador.

Otra escala literaria en Tenerife

Lunes, Agosto 28th, 2017

Collen McCullough (Wellington, Nueva Gales del Sur, Australia, 1937 – isla Norfolk, Australia, 2015) es una escritora australiana que hace años saltó a la fama con la publicación de El pájaro espino, éxito que multiplicó la serie del mismo nombre y que protagonizó el actor Richard Chamberlain.

Escritora que sabía narrar, muchas de sus novelas están ambientadas en Australia. En La huida de Morgan, con traducción de María Antonia Menini (Zeta Bolsillo, 2006), cuenta cómo tras aniquilarse a la población aborigen, Australia se repobló con convictos a los que se abandonó a su suerte y de cómo estos contribuyeron a la formación y el desarrollo del nuevo territorio. Un territorio que fue forjado con sus manos.

La novela comienza en Bristol, Inglaterra, en 1787, en vísperas de una de las migraciones más importantes de la historia, la de cientos de prisioneros que fueron arrancados de su tierra natal y forzados a emprender un duro viaje por mar para poblar tierras desconocidas y hostiles.

Gran parte de la acción de la novela transcurre durante la travesía, en la que McCullough describe el trato brutal que reciben los convictos por los oficiales británicos. Son muy pocos así los que desembarcan el 19 de enero de 1788 en las nuevas tierras para buscarse literalmente la vida.

La historia continúa narrando cómo se asientan en tierras australianas a través de su protagonista, Richard Morgan, un convicto más que logra ganarse la admiración de sus compañeros porque es inteligente, seductor y de voluntad férrea.

La novela, como todas las de McCullough, está excelentemente documentada y pese a su número de páginas, más de novecientas, se lee con notable interés porque pasan muchas cosas.

Durante la travesía que lleva al protagonista hasta la lejana Australia, el barco hace escala en Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que, sueña Morgan, tendrá “la posibilidad de bajar a tierra y tragarse todo el ron que su cuerpo pudiera aguantar…”

Sin embargo, y por orden del comandante, los marineros y presos no disfrutarán de muchos permisos, lo que cae como un jarrón de agua fría en la tripulación.

“El teniente Johnstone les comunicó con su lánguida voz que, durante el día, se tendría que montar guardia permanente, pues el gobernador Phillips no quería que los convictos permanecieran confinados en todo momento bajo cubierta. Por si fuera poco, anunció Johnstone, el gobernador Phillips y su edecán el teniente King tenían previsto subir a bordo en algún momento de la permanencia del barco en Tenerife.”

Esta medida, que si leen la novela adquiere dimensiones dramáticas porque hasta ese momento el trayecto ha sido muy exigente, se debe al “considerable número de criminales desesperados, dijo el teniente, Johnstone haciendo un cansado gesto con la mano, y Tenerife no estaba lo bastante lejos de Inglaterra para que ellos pudieran sentirse tranquilos.”

Una vez más, la isla, en este caso la de Tenerife, se presenta como una tentadora posibilidad de evasión aunque los convictos solo pueden echar un vistazo “a Santa Cruz y las restantes partes de Tenerife que se podían contemplar desde el lugar donde el barco se encontraba amarrado” mientras comen carne de cabra, calabaza hervida, “un pan muy extraño pero comestible y unas grandes y ásperas cebollas.”

La descripción que ofrece de Santa Cruz es bastante ajustada a la que reflejan los viajeros que dejaron constancia de ella a finales del siglo XIX.

Collen McCullough escribe que “la ciudad era pequeña, carecía de árboles y parecía muy aburrida”, y que la tierra que la rodeaba “era escarpada, seca e inhóspita. La montaña que tantos deseos sentía Richard de ver tras haber leído tantísimas cosas cosas acerca de ella, solo era visible por encima de una nube gris que parecía cernerse exclusivamente por encima de la isla; el cielo sobre el mar era de un intenso color azul.”

Más adelante, y ante el malecón de piedra, el protagonista siente la primera imagen “que se le ofrecía de un mundo por completo distinto del inglés.”

En el puerto, se hace acopio de provisiones y se dice que “octubre era el mes más insoportable” para recalar en la isla aunque “de julio a noviembre, soplaban desde África unos horribles vientos mezclados con una punzante arena y tan ardientes como un horno. Sin embargo, África se encontraba a varios centenares de millas de distancia.”

Richard Morgan se lleva la impresión de que Tenerife es un lugar árido y desolado aunque se sorprende que posea un “agua excelente que procedía de una ciudad del interior llamada La Laguna.”

Collen McCullough fue una escritora de novelas románticas e históricas que gozó de mediana reputación incluso en los círculos literarios más pedantes. No solo escribió historias sobre Australia sino también sobre los últimos años de la república en Roma, a la que dedicó una serie de siete novelas.

Saludos, ¿próxima escala?, desde este lado del ordenador.

Dos superviviente del ‘Medusa’ dan sus impresiones sobre Santa Cruz de Tenerife en 1816

Lunes, Agosto 14th, 2017

En la historia negra de los siete mares el naufragio del Medusa ocupa un siniestro puesto de cabecera. La fragata zarpó junto con dos corbetas y un bergantín de la isla de Aix el 17 de junio de 1816 rumbo a Senegal, posesión que regresaba en aquellos días a manos francesas tras un tiempo bajo dominio británico.

La falta de experiencia del capitán del Medusa, M. Hugues Duroys de Chaumareys, un antiguo exiliado monárquico que llevaba más de veinte años sin navegar, hizo que su navío perdiera a los otros y que tras dieciséis días en el mar, embarrancase el 2 de julio de 1816 y sobre las tres de la tarde frente a la costa de Mauritania o Senegal, según las fuentes.

A partir de ese momento comenzó una de las tragedias más terribles y siniestras de la marina francesa ya que la fragata no contaba con suficientes botes salvavidas, lo que obligó a improvisar una balsa en la que se apretujaron 147 personas a las que se abandonó a su suerte cuando el capitán del Medusa, Hugues de Chaumareys, dio la orden que se soltaran las amarras que la unían a los botes salvavidas.

“En el primer momento no creímos realmente que nos habían abandonado de manera tan cruel”, recuerdan Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, dos de los supervivientes de la balsa en el libro El naufragio de La Medusa (Senegal, 1816), editado por Ediciones del Viento (2014) con traducción de Juan Carlos Martínez.

El libro narra los trece días de batalla por la supervivencia que se vivió en la balsa. Primero, por ocupar y mantener un espacio y más tarde al ser acosados por el hambre y la sed.

“Una sed ardiente” que los llevó a consumir su propia orina como a cometer actos de canibalismo.

Cuando los náufragos de la balsa fueron encontrados por la fragata Argus, de los 147 hombres solo quedaban con vida quince, cinco de los cuales fallecieron antes de llegar a tierra. Entre los supervivientes estaban los ya mencionados Alexandre Corréard, ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny.

El libro en el que cuentan su versión de los hechos incluye además del viaje y el relato del naufragio del Medusa cómo se reintegraron a la vida civil tras ser rescatados aunque por sus palabras se deduce que no fue nada fácil la adaptación porque desde ese momento fueron marcados con el signo de la sospecha.

Esta es una de las quejas que más se repite en estas memorias escritas con un lenguaje sencillo que a veces cae en el arrebato chauvinista. Fracasa, en este aspecto, cuando pretende ser una narración objetiva de hechos.

Leído como lo que fue, un terrorífico relato de supervivencia y el deseo de adaptación al que tenían derecho tras sobrevivir a tan dramática experiencia, el libro cuenta con chispeantes descripciones de Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que recaló la flotilla días antes de que se produjera la tragedia.

En estos fragmentos los autores elaboran un discurso atractivo pero a la vez contradictorio. Sacan también a relucir lo peor del chauvinismo francés, al reivindicar el valor de los nativos de este país aunque tiene mucho interés, si se entiende con distancia, las impresiones que su mirada refleja de esa isla y de ese puerto del Atlántico.

Mientras se aproximan a Tenerife, los autores describen el protagonismo que tuvieron los franceses durante los ataques del contraalmirante Horacio Nelson a la isla en julio de 1797.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

Este capítulo continúa explicando cómo la flotilla costea la isla y en ella dan su parecer sobre Santa Cruz, una villa, escriben, que “nos pareció presentar muy buen aspecto. Juzgamos que las casas eran de bastante buen gusto; creímos ver también que las calles eran grandes y bien alineadas.”

Tras desembarcar un pequeño grupo de hombres en Santa Cruz, conocen “un asunto bien poco honroso para algunos marinos franceses, y que la inflexible verdad nos obliga a publicar para su vergüenza. Se encontraban todavía en Santa Cruz varios infortunados franceses que durante largo tiempo fueron prisioneros de guerra y que, devueltos a la libertad, no habían encontrado aún, después de ocho años, capitán de su nación que hubiera querido admitirlos a bordo para reintegrarlos a su patria.”

En estas memorias, los supervivientes no se cansan de repartir una de cal y otra de arena y es llamativo los contradictorios sentimientos que le despiertan la posibilidad de una isla como Tenerife.

“La vista de Tenerife es majestuosa; toda la isla de compone de montañas enormes coronadas de peñascos temibles por su tamaño y que, en lado norte, parecen elevarse perpendicularmente sobre el mar y amenazar en todo instante con su caída a los buques que pasan cerca de su base. Por encima de todos estos peñascos se eleva el Pico, cuya cumbre se pierde entre las nubes.”

Los supervivientes finalizan el relato de las casi seis horas que pasan en esta “hermosa villa de África” con una desconcertante referencia al carácter de sus habitantes que hace pensar que todo cuanto vemos puede ser distinto.

A.Corréard y H. Savigny se escandalizan por las costumbres “poco laxas, como en todos los países cálidos”, de los santacruceros lo que explica, escriben, que “tan pronto se supo que habían llegado franceses a la ciudad, algunas mujeres se pusieron a las puertas e invitaron a los viajeros a entrar en sus casas con ese acento de voluptuosidad al que el cielo ardiente de África imprime una energía tan viva, y que toda su fisionomía hace comprender de lejos aun a los ojos menos experimentados.”

Esta escena ocurre en presencia de amantes o maridos que, según los autores del libro, “no tienen el derecho de impedirlo, porque la Santa Inquisición lo quiere así, y las legiones de curas que pululan por allí ponen gran cuidado en mantener esta costumbre, indigna de un pueblo civilizado.”

La edición española de El naufragio de La Medusa incluye un anexo con el juicio al que fue sometido el capitán de la fragata, M. Hugues Duroys de Chaumareys, a quien fue declarado culpable del naufragio del navío y de haber abandonado a los hombres de la balsa a su suerte. La sentencia exigió que fuera expulsado de la Marina y que pasara tres años de su vida en una prisión militar.

Los autores

Alexandre Corréard (1788 – 1857) fue un ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo francés. Se embarcó en la fragata Medusa como ingeniero-geógrafo y es uno de los protagonistas del cuadro de Géricault al estar representado como el hombre del grupo principal que tiende su brazo hacia el horizonte.
Jean Baptiste Henri Savigny (1793 – 1843) obtuvo el título de Cirujano en la Universidad de Rochefort y el de doctor en Medicina en la de París. Ejerció como juez de paz sus últimos años en el cantón de Saint-Agnant.

El cuadro

La balsa de la Medusa es un óleo de Théodore Géricault (1791-1824) que representa el instante en el que el grupo de náufragos divisan una vela en el horizonte. En el cuadro, los muertos se encuentran en la parte inferior de la balsa mientras que en la superior, los supervivientes agitan los brazos para ser vistos. El autor de la obra, Théodore Géricault, está considerado una figura singular en el panorama de la pintura francesa y pionero del Romanticismo, ideal que encarnó también en su tumultuosa vida y en su prematura muerte, a los treinta y tres años, a causa de un accidente de equitación. Su estilo se debe en buena medida a las copias de obras maestras que realizó en el Louvre y a una estancia en Italia donde entró en contacto con la obra de Miguel Ángel y con el barroco romano. En 1819 pintó y expuso en el Salón de aquel año, en París, su pintura más famosa: La balsa de la Medusa, que ganó una medalla y produjo una profunda conmoción por ser antitética de las tendencias clasicistas entonces en boga. El óleo de La balsa de la Medusa se expone actualmente en el Museo Nacional del Louvre, París.

(*) En la imagen Théodore Géricault por Alexandre Colin

Saludos, noche, desde este lado del ordenador.