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Don Julio Camba escribe unas palabras sobre Santa Cruz de Tenerife

Lunes, Septiembre 18th, 2017

Julio Camba (Villanueva de Arosa, Pontevedra, 1884 – Madrid, 1962) es uno de los mejores articulistas españoles aunque por eso de la desmemoria hoy es un perfecto desconocido lo que exige una urgente recuperación.

Afortunadamente, aún se pueden encontrar muchos de sus libros, la mayoría editados por la ya mítica colección Austral de Espasa Calpe y en la que Julio Camba volcó su talento en una serie de artículos cortos que destacan por su ingenio, capacidad de observación y sentido del humor.

Entre otras obras, Julio Camba es autor de los interesantes y divertidos libros de viaje Londres y Alemania, impresiones de un español, que publicó en 1916; La rana viajera (1920); el excelente libro gastronómico La casa de Lúculo o el arte de comer (1920) y reflexiones sobre economía, aunque esceritas para todos los públicos, en Aventuras de una peseta (1923) y Millones al horno (1958), entre otros.

El escritor y periodista dio un interesante aviso de su estancia en Santa Cruz de Tenerife en uno de sus artículos, un breve texto en el que ofrece sus impresiones sobre lo que observaba desde la cubierta del barco.

“Era Santa Cruz de Tenerife. Serían a la sazón las nueve de la mañana y hasta media tardé no llegamos a puerto. Sin embargo, aquello nos llenó de alegría y nos proporcionó un agradable entretenimiento. Arrimados a la toldilla
del buque, íbamos observando cómo se concretaba poco a poco la vaguedad de la primera visión, cómo la nube se iba convirtiendo en tierra, cómo el color azul iba tomándose amarillento y salpicándose de motas blancas. El pico de Tenerife, coronado de nieve, se perdía en el cielo. En cuanto al puerto de Santa Cruz, me pareció uno de esos prodigios que hacen los confiteros en las tartas familiares y onomásticas.”

Julio Camba explica que permanecieron en el puerto pero sin salir del barco “unas cuantas horas” y describe “la infinidad de pequeñas barquillas” que rodean a la nave con vendedores que ofrecían a los tripulantes “paquetes de tabaco,
cerillas, refrescos, higos, plátanos y naranjas.”

Próximo el amanecer, el escritor se despide de la ciudad y de la isla con cierta tristeza y describe como poco a poco “los colores fueron desvaneciéndose en una misma nota vaga y azul, y, por último, la noche los recogió en su oscuro seno, como recoge a las nubes del crepúsculo.”

Julio Camba reflejó durante la Guerra Civil en sus crónicas sus simpatías por el bando franquista, artículos que se publican en el ABC de Sevilla. A lo largo de su vida colaboró en diarios como Arriba y La Vanguardia.

En 1949 fijó su residencia en el Hotel Palace de Madrid hasta su muerte, que se produjo el 28 de febrero de 1962.

Saludos, ovación, desde este lado del ordenador.

Tope Hooper, un artista de los 80

Domingo, Agosto 27th, 2017

Ha muerto Tobe Hooper, un cineasta que dicho así no llamará la atención de casi nadie que no esté iniciado en el cine fantástico y de terror de los ochenta, que fue una buena añada de directores, guionistas y actores antes de que el género se convirtiera en el circo que es hoy, días infames para fabular a través del horror en los miedos que nos aquejan como sociedad y, dejen que me apure, civilización.

Desgraciadamente, el terror ya no necesita de criaturas de ultratumba, venganzas del más allá y familias trogloditas con instintos asesinos para hacernos temblar en la butaca. El terror, de hecho, se ha instalado en occidente y se emite en directo en nuestros televisiones.

Con el miedo inoculado en nuestras venas, el género ha salvado la cabeza con nuevas fórmulas que me cuesta entender que se empeñen en mostrar tan creíbles. Es difícil, cosas de la edad, que me conmocione ante lo que veo, por lo que echo de menos aquella emoción ante lo imprevisto. O lo insólito porque el terror, como dijo aquel, se ha instalado ya entre nosotros. Y lo que cuenta es el susto y no la creación de atmósferas. Lo inmediato por encima de la construcción del relato.

Tobe Hooper se hizo un hueco en el género por una película primeriza, La matanza de Tejas, que no ha perdido todavía su poder de hacernos pasar miedo. Es probable que sea, como apuntan unos, porque fue rodada con cuatro pavos y con actores más o menos aficionados, lo que le da cierta pátina de macabro realismo.

Película de alcantarilla, tras su estreno generó una corriente de seguidores que lo elevaron a la categoría de culto en unos tiempos donde muchas películas del género fueron etiquetadas así, de culto. Contó además con una fotografía que desmejoró cuando se hinchó a 35 mm aunque ese carácter granulado de la imagen le da, si cabe, mayor entidad como un filme que raya lo documental y que muestra cómo unos chicos son asesinados por una familia de carniceros caníbales que vive en un lugar perdido de Tejas.

Terror rural y con desagradable acento gastronómico, La matanza de Tejas puede verse hoy como un musical en el que prima por encima de otros instrumentos de matarife el sonido de la sierra mecánica que en manos de Leatherface, probablemente el miembro más terrorífico del clan de garrulos, adquiere la dimensión de solista. Y la imagen más socorrida de una película que, como toda buena película de terror, no invita a demasiados visionados porque el espectador lo pasa mal.

El mismo Hooper potenciaría el espíritu de esta película en una segunda parte que pasó sin pena ni gloria aunque el cineasta contó con más presupuesto y actores de peso, entre ellos Dennis Hooper, para rodar la que probablemente sea una de las versiones más delirantes sobre tan extraña como carníviora familia.

Para conocer las interioridades de esta película les animo a que consulten el imprescindible volumen Sesión sangrienta, de Jason Zineman, una apasionante historia del cine de terror de los años 80 escrito con las mismas claves periodísticas que otro gran libro imprescindible sobre elcine de los setenta, Moteros tranquilos, toros salvajes, de Peter Biskind.

En esta obra, Zineman dice que lo que caracteriza La matanza de Tejas de otras películas es “la pasión pura” que sentía Hooper por el género. Y este capítulo, como el resto de la obra, merece ser leído porque aclara muchas cosas sobre ese fenómeno por el miedo que prendió en muchos jóvenes cineastas norteamericanos empeñados aquellos años en revelarnos las pesadillas que habitaban en sus cabezas enfermas. Monstruos y pesadillas que, curiosamente, retroalimentaba su país.

Es verdad que en contra de otros cineasta de su más o menos generación Tobe Hooper no fue uno de sus representantes más aplaudidos aunque tuvo un tosco talento que explotó en la mayoría de sus películas, todas ellas de terror.

En Trampa mortal contaba cómo el dueño de un motel de carretera (Neville Brand) da de comer a su mascota, un caimán que tiene en la piscina, con los huéspedes que ocasionalmente se alojan en su establecimiento y en El misterio de Salem Lot, una miniserie que adaptaba la novela del mismo título de Stephen King, centraba la epidemia de vampiros que se propaga por una pequeña ciudad estadounidense en un señor de la noche con pintas del Nosferatu de Murnau.

No gustó este terrorífico homenaje a los seguidores de la novela pero a mi, personalmente, me parece una digna película de miedo donde incluso hasta David Soul, el Hutch de los televisivos detectives Starky y Hutch, está bien.

La filmografía de Hooper cuenta también con una de terror para adolescente que mantiene el tipo, La casa de los horrores, y con una nueva revisión de los vampiros en su incomprendida Lifeforce, basada vagamente en una novela del escritor ocultista y tan querido en esta casa escobillonera como es Colin Wilson.

Más tarde rodó una nueva versión de una película de los años cincuenta, Invasores de Marte, aunque su estilo había quedado seriamente dañado tras rodar Polstergeist a las órdenes como productor de Steven Spielberg. Con todo, Poltergeist cuenta con escenas que todavía hacen sudar la gota gorda como la del muñeco con pinta de payaso que se encuentra debajo de la cama.

Que esta película fue un éxito, nadie lo pone en duda, y menos la taquilla, e hizo célebre el ya están aquí que más tarde sería utilizado millones de veces en contextos bien diferentes.

Las últimas aportaciones al cine de género que realizó el cineasta no respondieron sin embargo a las expectativas que muchos aficionados que habían crecido con su cine tenían depositado en él. Y no porque se volviera blando, precisamente, sino porque ya no aportaba mucho al género que tanto contribuyó a construir.

Con todo, el cineasta continuó en activo pero sus películas ya no se adaptaban a los nuevos tiempos, lo que hizo que la mayoría de ellas no se estrenaran y pasarán directamente al mercado del vídeo.

Tobe Hooper falleció este sábado, 26 de agosto, en su Austin, natal, Tejas, ese estado que dio título a una de las película de referencia de un género que, como se dijo al principio, hoy va por otros derroteros.

Nadie puede negarle, sin embargo, que gracias a su talento, a su capacidad para crear atmósferas, sentara cátedra y todavía aún hoy se le imite porque dejó huella.

Entre otras cosas, Tobe Hooper deja como legado a un matarife con cara de piel humana que dio origen a otros monstruos, con independencia de que estos vinieran del territorio de los sueños, celebraran Hallowen o pasearan enmascarados por campamentos de verano.

Solo sé, y ya es mucho para alguien que no sabe nada, que con Tobe Hooper desaparece un clásico reciente del género que provoca inquietud y de paso reparte buenos sustos. Y que su cine, por personal, ya es eterno.

Como sus vampiros.

Saludos, gimamos, gumamos, gimamos, desde este lado del ordenador.

“Estos hombres no son negros, ¡son ingleses!”

Viernes, Agosto 25th, 2017

“- No voy a hacer de ellos una nación –dice–. ¡Voy a hacer un imperio! Estos hombres no son negros, ¡son ingleses! Mira sus ojos, mira sus bocas. Mira la forma en que se tienen de pie. Y se sientan en sillas en sus propias casas. Son las Tribus Perdidas, o algo por el estilo, y han nacido para ser ingleses. En primavera voy a hacer un censo, si los sacerdotes no se asustan. Deben de haber sus buenos dos millones en estas colinas. Los poblados están llenos de niños. Dos millones de hombres… Doscientos cincuenta mil guerreros… ¡y todos ingleses! Sólo necesitan rifles y un poco de entrenamiento.”

(El hombre que quiso ser rey, Rudyard Kipling. Traducción: Encarna Castejón, Ediciones Destino, 1989)

Todo puede ser distinto

Lunes, Agosto 21st, 2017

Alberto Omar cuenta con una numerosa producción literaria en la que prácticamente ha tocado todos los palos.

Ha procurado hacerlo desde una perspectiva personal e intimista pese a que en sus últimas obras se aprecia cierta preocupación por explorar territorios que ya formaban parte de su cuerpo narrativo solo que ahora la mirada tiene más entusiasmo y tono festivo.

En Sin comienzo ni final (Editorial Mercurio, 2017), su última historia, escribe sobre las nuevas ideas que se plantean la existencia desde un punto de vista científico que mezcla razón y espíritu.
Este cóctel lo resuelve a través de varios planos narrativos en los que formula preguntas y devuelve respuestas con las que se podrá o no estar de acuerdo.

En este aspecto, y más que una novela, Sin comienzo ni final es la exposición de estas cuestiones, solo que el escritor las cuenta en escenario cotidianos y mediante conversaciones “informales” que mantienen los protagonistas.
Se trata de una apuesta muy arriesgada, aunque el tono que emplea Alberto Omar para narrarlo recurre afortunadamente al humor o a situaciones cómicas que hacen seguir con más comodidad la gravedad de lo que se está hablando.

Por eso, más que novela, Sin comienzo ni final es una larga exposición de suposiciones, más que teorías sobre el hombre, la muerte y el universo, entre otros temas de calado, lo que explica el título de obra tan singular, gigantesco rompecabezas en el que unos y otros dictan más que dicen lo que conocen tras preguntar cómo se encuentra la familia o pedir al camarero un café.

Sin comienzo ni final se resiente así de hilo argumental, muy débil, y apuesta por la exposición de ideas en un debate en el que muchos podrán ver algo de luz y recuperar cierta esperanza mientras que otros se encogerán de hombros.

Para contar todas estas cosas, Alberto Omar recurre al humor y a presentar los hechos y maravillas que salpican el relato con mirada gozosa, en ocasiones un tanto excéntrica, pero logra interesar no convencer a ese lector que sospecha siempre que todo cuanto nos cuentan puede ser distinto.

Saludos, enm algún lugar del mundo, desde esteb lado del ordenador.

Un ‘Manual de exilio’

Miércoles, Agosto 16th, 2017

“Descubro sorprendido la miseria, los rostros de los mendigos, la malformación y la fealdad. Los huesos rotos y las bocas desdentadas. Un olor particular, mezcla de varias capas de sudor y de tabaco frío. Descubro el universo invisible de los hombres-insecto. Me detengo aterrado ante los enormes noctuidos: un parece una mantis religiosa de ojos acuosos; otro un hombre negro, me recuerda a una cucaracha aplastada y malvada. Más allá, ante las puertas del supermercado, duerme un coleóptero grande y perezoso.” (Manuel de exilio. Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco,Velibor Colic. Traducción: Laura Salas Rodríguez.Editirial Periférica, 2017)

El título puede llevar a engaño aunque clave como todo en este libros inclasificable, y en el que hay mucho de memoria y mucho de ficción, así como una atractiva mirada desde dentro/fuera de una mitad de Europa, la occidental, que recibe a los supervivientes del naufragio del este…

No hay rencor, ni crítica, ni voluntad de mostrar las vergüenzas ajenas, pero quizá sea esta singularidad lo que hace más desconcertante y atractivo un libro en el que la tragedia se cuenta con humor, y en ese humor se revelará al mismo tiempo un retrato frío de ese occidente opulento pero vacío.

Esto lo escribe un escritor yugoslavo famoso en su país antes de que este desapareciera. Tras formar parte del ejército bosnio, y que dio origen a su anterior libro, Los bosnios, emigró a Francia con la esperanza de recuperar su carrera literaria, sueño que no desaparece aunque viva como un vagabundo.

Manuel de exilio. Cómo aprobar su exilio en treinta y cinco lecciones, de Velibor Colic, es una suerte de autobiografía de un buscavidas no demasiado profesional en un mundo que lo admite pero que no le comprende aunque como escribe su admirado Albert Camus: “Todas las desgracias de los hombres proviene de la esperanza”.

Y esa “desgracia”, la “esperanza”, es lo que lo mantiene.

Y todo esto y más escrito sin asomo de compasión y sí mucho humor. La vitalidad del protagonista se alimenta de su propia experiencia y de lecturas donde se repiten los mismos autores, el ya mencionado Camus, Sartre, Celan… cuyas obras son leídas en cuartos que parecen ataúdes, parques y jardines en los que ya se puede pisar el césped, y vagones de metro y tren.

El protagonista del libro llega a Francia con lo puesto y a la edad de 28 años en el verano de 1992.

Es consciente de que “mi lengua ya no significa nada, de que estoy lejos” y tiene la sensación de que se ha sumergido en “un universo acuático en el que todo gesto, todo movimiento, toda palabra están ahogados en un silencio inquietante.”

Velibor Colic se ha acostumbrado a ver la vida a tanta velocidad y con la convicción de que estar vivo o muerto solo es cuestión de minutos que lo que observa en occidente desde su barrera, la del inmigrante, se puede soportar si se siguen al piel de la letra estas treinta lecciones donde lo primordial es no perder la cabeza.

No obstante, lo que podría haber sido un relato sobre supervivencia y una crítica feroz al sistema se diluye en una novela organizada en secuencias, la mayoría independientes una de otras y las que vuelca sus experiencias como hombre y artista. Porque en todo momento, nos recuerda, él es escritor. Un escritor que se vio obligado a coger las armas y a ver de cerca el absurdo de la guerra y ahora, como inmigrante, el absurdo de la paz.

No busca redención sino tener lo suficiente para vivir de lo que escribe. Y con todo lo que carga en sus espaldas, aprender con lo que vive.

La piedra filosofal para conseguirlo en un libro autobiográfico que no deja de resultar, irónicamente, de autoayuda, es no tomarse las cosas demasiado en serio ni demasiado en broma. Con seguir adelante basta, pero procura mantener la cabeza alta y una perenne sonrisa.

Basilio Martín Patiño

Martes, Agosto 15th, 2017

La semana pasada se produjeron tres grandes ausencias en el cine español: Will More, Terele Pávez y Basilio Martín Patiño. Más el primero que los otros, desaparecieron sin hacer demasiado ruido aunque hubo voces que lamentaron la muerte de dos hombres y una mujer que fueron a lo suyo. Y que si por algo destacan en su inestable obra, es por ir siempre a contracorriente.

Los tres forman parte de ese cine español reacio a reconocer el talento de sus bichos raros. Will More no se adaptó, Terele Pávez terminó como secundaria haciendo el papel de su vida, el de mujer dura y cabrona y Basilio Martín Patiño acabó perdido en su visión pasado/presente/futuro del cine, pero de ese cine que él pensaba tenía que ser entendido como arte.

El cineasta cuenta con una producción interesante, y hablar con él era tan interesante como muchas de sus películas.

Basilio Martín Patiño daba respuesta a las preguntas con largos monólogos en los que hablaba de todo con una vaga y diría que eterna sonrisa en los labios.

Te atrevías a interrumpír y él ni caso, porque continuaba y continuaba perorando y perorando sobre el cine y las posibilidades que tenía como arte, al margen de que contara historias lineales o con personalísima mirada.

Recuerdo aunque la memoria es mentirosa que al final de la entrevista que se había transformado en discurso, justo en ese momento en el que Basilio Martín Patiño cerró la boca para volver a dibujar la eterna sonrisa en los labios, le pregunté por curiosidad cuál de las canciones que había incluido en Canciones para después de una guerra era de su favorita.

Giró la cabeza y sin perder la sonrisa se encogió de hombros…

¿Y a usted?- preguntó por educación.

No hizo falta que lo pensara mucho:

El Rascayú.

Y creo, pero la memoria es mentirosa, que fue entonces cuando nos pusimos a cantarla.

Saludos, va por usted,m maestro, desde este lado del ordenador.