Archive for the ‘Literatura’ Category

Uno de los nuestros: Robert Louis Stevenson

Viernes, Noviembre 13th, 2020

Aunque no sea del tipo de los que se acuerdan de todo su pasado como otros que conozco, sí que mantengo fresca en mi memoria sensaciones. Y entre otras sensaciones conservo como si fuera ayer el primer libro con páginas, muchas páginas, que leí en lo que llevo de existencia. Fue tanto el impacto, que me acostumbré a llevar a todas partes aquella novela que comenzaba a destriparse de tanto abrirla y leerla en cualquier sitio. En cualquier parte. En la cola del médico, en la del banco, incluso en el supermercado. Cuando viajaba en guagua o cuando te esperaba apoyado en la barra del cine Víctor, ¿recuerdas? Los minutos y las horas volaban, y yo ahí con la cabeza metida entre las páginas devorando con velocidad pasmosa lo que me contaba el primer escritor y la primera novela que, ya digo, me cambió para siempre la vida.

Hasta ese momento leía otras cosas. Y cosas muy entretenidas y no sé yo sí para públicos infantiles que van entrando en la adolescencia… Ante mi había desfilado hasta ese entonces cuentos dispersos de Las mil y una noches, que más tarde leí completo y me dejó subyugado, rendido o postrado a los pies de su millar de historias que dan paso a otras historias y esas historias a otras y otras más; los mal llamados cuentos infantiles de Andersen y los hermanos Grim. También los trágicos que escribió Oscar Wilde para que se anegaran de lágrimas mis ojos y algún relato más del que ahora mismo no me acuerdo. Pero eran cuentos, ya digo, ,historias cortas que zampaba con hambre hasta que un día cayó en mis manos la novela que lo inició todo. El libro que me abrió los ojos y despertó el gusano lector que llevó dentro desde ese entonces: La isla del tesoro, de Robert Louis Balfour Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850-Vailima, cerca de Apia, Samoa, 3 de diciembre de 1894), escritor del que celebramos tal día como hoy su 170 aniversario.

Casi dos siglos de su venida al mundo y mostrarle al chaval que era entonces y ahora soy eso que llaman placer de la lectura. Y sí, claro que conocía alguna que otra adaptación cinematográfica de la novela pero ninguna de ellas es como el libro. De hecho, La isla del tesoro que reconozco es la de mis lecturas porque se trata de una obra que suelo releer con bastante frecuencia ya que me abstrae de la grisácea realidad que me rodea. Me hace viajar a una isla que no es la mía y que esconde un tesoro y una vieja fortaleza y piratas que son hombres de mal y de mar y hombres decentes y un niño protagonista, Jim Hawkins y un personaje gigantesco que forma parte ya de mi modesta familia literaria: Long John Silver o John Silver el Largo, hombre de mar y de mal, pero quién bien cae, qué maestro del ardid y la mentira.

El flechazo resultó así inevitable y como me suele pasar cuando la obra de un escritor me entusiasma, me puse a buscar más obras de Stevenson como un sediento en el desierto. Con el paso de los años leí El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y Aventuras de un cadáver entre otras historias oscuras del escritor. Más tarde La flecha negra, que es un clasicazo de la novela de aventuras y uno de mis títulos predilectos en la producción literaria del escritor aunque si me permiten recomendarles uno o dos títulos más de Stevenson citaría Secuestrado y Catriona, que funciona como segunda parte de un libro que, como La isla del tesoro, te transporta y te hace viajar a un mundo posible.

Y claro que no descarto El señor de Ballantrae, una de las novelas escocesas más escocesas del escritor ni el puñado de cuentos que reunió en libros que sientan cátedra como Nuevas noches árabes, El club de los suicidas y relatos tan intensos y maravillosos como El diablo en la botella que a mi, ya ven, todavía me provoca pesadillas.

Stevenson escribió otros libros, libros de viajes y ensayos tan divertidos como su Apología del ocio que pudo haber inspirado a Paul Lafargue su El derecho a la pereza aunque no le entusiasmara demasiado a su suegro, ese hombre sin sentido del humor que fue Karl Marx. Pero en fin, que Robert Louis Stevenson solo hay uno, y ese uno resulta inimitabl y, por eso su arrolladora influencia en el niño que fui en aquel entonces y en el niño que sigo siendo actualmente y que canta por lo bajo cuando ve cernirse las nubes negras: “Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron! La bebida y el diablo se encargaron del resto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron!”.

Y funciona. Basta con recitarla a modo de mantra… la botella de ron.

Así que gracias mil, señor Stevenson, no sabe usted lo feliz que me hace reencontrarlo una, dos, tres y las veces que haga falta.

¡¡¡Ron, ron, ron, la botella de ron!!!

Saludos, reivindicando el tesoro, desde este lado del ordenador

Bram Stoker, porque la sangre es vida

Domingo, Noviembre 8th, 2020

Habré leído unas tres o cuatro veces el Drácula de Bram Stoker y cada nueva lectura significa un nuevo comienzo con este libro que, para Oscar Wilde, paisano de Stoker, fue la mejor novela de literatura fantástica “de todos los tiempos”. Palabra del autor de El retrato de Dorian Gray y palabra del hombre al que Stoker le robó en Dublín, Irlanda, la novia en una de sus escapadas a Londres.

El caso es que su Drácula sentó cátedra y a partir de ese momento los vampiros comenzaron a ser mirados de otra forma. Ahora eran altos, espigados, con un espeso bigote bajo la nariz y poca afición a mirarse en los espejos y a las ristras de ajo. También, cómo no, a la cruz pero sobre todo si algo insufló al personaje el genio de Bram Stoker fue dar nombre a un no muerto y otorgarle una elevada posición social: la aristocracia. Es decir que por las venas de Drácula corrió, ya no porque esta no muerto, sangre azul.

Irse al otro mundo y no conocer de cerca una novela que está muy por encima de las notables adaptaciones cinematográficas de las que ha sido víctima, y entre las últimas la tramposa de Francis Ford Coppola, es dejar de lado una iniciación al género de lo increíble/creíble que dura para siempre. Por muchos divorcios que a lo largo de su vida tenga en sus apetencias lectoras.

Pero Stoker no escribió solo Drácula, aunque Drácula sigue siendo su novela más celebrada porque simple y llanamente lo es.

He ido procurándome con el paso de los años con todo lo que escribió este escritor que fue bastante –aunque no suficientemente demasiado– para satisfacer mi ansia devoradora porque la sangre es vida. Tengo en casa otras novelas traducidas del escritor como la sobresaliente La guarida del gusano blanco y la algo tediosa La dama del sudario. También La joya de las siete estrellas, que de alguna manera pudo haber inspirado La momia (Karl Freund, 1932), con un siempre destacable Boris Karloff asumiendo el papel de sacerdote y de momia que regresa al mundo de los vivos con la misión de cumplir la maldición.

Otro libro que considero imprescindible del escritor es Famosos impostores, una obra de no ficción donde repasa la vida y la obra de un puñado de golfos que se enriquecieron engañando a sus semejantes. Este libro, una rareza para quien considerara a Stoker un autor solo de novela fantástica, será todo un descubrimiento. Melusina lo publicó en España en 2009 con traducción de Albert Fuentes pero si el nombre de Bram Stoker suena en el mundo de la literatura además de su Drácula es por algunos de los cuentos que dejó escritos a lo largo de su existencia. Una existencia azarosa, sobre todo cuando cayó en las garras del actor victoriano Henry Irving, su conde Drácula particular.

Entre los cuentos que dejó escritos destacaría El entierro de las ratas y La casa del juez, que siguen siendo extraordinarios relatos macabros. También el puñado de historias que escribió, dicen que para niños, y que Valdemar recopiló en España en un volumen al que le puso el título de El país del ocaso.

Como suele suceder con otros grandes escritores, desgraciadamente Bram Stoker falleció con numerosos agujeros en los bolsillos, devorado por una sífilis que le pasaba factura tras tantas y tantas noches callejeando por los barrios más infames de Londres. Tras su muerte y como suele suceder con otros grandes escritores, su obra comenzó a revalorizarse aunque no fue hasta que el teatro y el cine adaptó Drácula (aunque solo conservan de la novela original el nombre de los personajes) cuando Stoker fue poco a poco ocupando el espacio que ocupa en la actualidad dentro del género. Dentro y me gustaría pensar que también fuera del género.

Quede así constancia que continuo releyendo su Drácula. Y sus cuentos, y alguna que otra novela. Mi relación con la literatura de Bram Stoker durará me parece a mi que todo lo que me queda ya de existencia. Incluso tengo la biografía que David Skall le dedicó al maestro, Algo en la sangre, pero no me convence las conclusiones a las que llega porque no resultan demasiado sólidas.

En fin, que aquí estoy escribiendo estas líneas en honor de un escritor que sigue estando ahí, relativamente vivo, en la mente de su legión de lectores ya que si Drácula vive su creador, Bram Stoker también.

Saludos, la existencia del vampiro se debe a que nadie cree en su existencia, desde este lado del ordenador

El primer hombre

Sábado, Noviembre 7th, 2020

Escritores e intelectuales como Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960) serán siempre necesarios. Más en un mundo como el que nos ha tocado vivir. Imagino al planeta como un machango que camina sobre un cable al borde del abismo y con una venda sobre los ojos para no ver el vacío que hay más allá de los pies que lo conduce al otro extremo del precipicio, donde cree que tocara tierra firme.

Albert Camus fue además el escritor de cabecera de dos de las personas a las que he querido más allá de las que forman mi círculo familiar, y fue gracias a ellos y a sus insistentes recomendaciones que llegué a la obra de un escritor que dedicó el Nobel de Literatura a su viejo maestro en Argelia, el hombre que hizo todo lo posible para que el joven Camus continuara sus estudios en París y que más tarde lo siguiese una amplia pero no demasiado extensa legión de seguidores. Seguidores de ese extranjero que somos todos o víctimas de una peste que nos acecha a todos también.

Dicen que fue un gran amante del fútbol, ese balompié que nunca se impuso, y del teatro, dos pasiones que llevó consigo hasta su temprana muerte, una muerte absurda como son todas las muertes repentinas.

Jugó de portero, guardameta que no termina de imponerse, y escribió teatro y conoció a los artista e intelectuales de su tiempo, algunos de los cuales se distanciaron de él cuando estalló el problema de Argelia, la tierra de su nacimiento, la tierra donde vivió su madre, de origen menorquín y señora con todas sus letras que sacó adelante a la familia de rodillas limpiando pisos. El mismo Camus recuerda en su diario que cuando le anunciaron que era ganador del Premio Nobel de Literatura el primer pensamiento que tuvo fue su Madre, que se escribe con mayúsculas porque Madre solo hay una. La influencia que tuvo sobre su hijo se palpa no ya tanto en su obra sino en su devenir existencial que hace que se convierta en un crítico cuya franqueza sigue siendo tan necesaria en su tiempo como en el nuestro. Fue su amor a la Madre el que le hizo decir el comentario que más tarde utilizarían los otros para acusarlo de colonialista a propósito de la guerra de liberación que se había desatado en Argelia, su tierra. Colonialista a él, a Albert Camus: “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”.

En cuanto al padre, dibuja un hermoso retrato en un libro inconcluso pero de obligada lectura: El primer hombre, libro que dedica, cómo no, a su Madre, analfabeta: “A ti, que no podrás jamás leer este libro”.

Tal y como están los tiempos,viendo como se aproximan nubes oscuras que nos impedirán ver, insisto que volver a Camus hay que tomarlo casi como una obligación. Recuero ahora que escribo estas líneas como uno de esos amigos que lo tenía como un dios en su particular panteón de escritores e intelectuales a los que rendir devoción “porque nunca mienten”, solía salpicar su conversación con frases de Camus vinieran o no a cuento aunque siempre, o casi siempre, vinieran a cuento.

Por María Casares, que fue el amor de su vida y que como todo amor que se lleva muy dentro apenas germinó como tenía que haber florecido, y su polémica con Jean-Paul Sartre, polémica que tuviera o no razón siempre hizo que estuviera del lado de Camus y no del escritor y filósofo de ojos estrábicos, continúa logrando que mi cabeza y mi corazón estén del lado de un hombre que además de pensar enarboló siempre la bandera de la dignidad. Camus habla desde dentro y como no se cansaba de repetir aquel otro amigo sobre su obra: “nunca miente”.

Y una pequeña confesión: mientras buscaba imágenes del escritor para ilustrar estas líneas quería recoger una que mostrara su humanidad y no la pose de tipo atractivo (lo fue) con un eterno cigarrillo colgando de sus labios. La tarea no fue tan fatigosa como esperaba ya que encontré sin demasiado esfuerzo la imagen que ahora observan y que apoya gráficamente estas líneas escritas como siempre de manera apresurada.

La fotografía representa, a mi juicio, al verdadero Camus.

El primer hombre.

Saludos, en recuerdo de…, desde este lado del ordenador

John Reed, el insurgente

Viernes, Octubre 23rd, 2020

El pasado 19 de octubre se recordó al escritor y periodista John Reed (Portland, Oregón; 22 de octubre de 1887-Moscú, 19 de octubre de 1920) en el centenario de su muerte y ayer, jueves, hubiera sido el de su cumpleaños, una fecha para a tener en cuenta porque se trata de uno de los más extraordinarios reporteros de todos los tiempos que legó a su tiempo y al nuestro dos libros fundamentales para conocer desde dentro y en primera persona dos importantísimos procesos revolucionarios que todavía colean por mucho que algunos se empeñen en enterrarlos en los cementerios del olvido.

El primero de ellos se trata de México insurgente: La Revolución de 1910, un título imprescindible para comprender de que materia se forjó el gigantesco país centroamericano visto por la mirada –primero perpleja y más tarde llena de admiración– de un periodista que deja de ser objetivo absorbido por el entusiasmo de los hombres y mujeres que formaron el ejército irregular de Pancho Villa.

El libro se lee como una apasionante novela de aventuras solo que todo lo que cuenta Reed es verdad o al menos la verdad que recogió en primera línea para más tarde darle forma de libro. Un título imprescindible en la obra de un periodista que más que periodista fue cronista de sus agitados tiempos.

El segundo libro más conocido de John Reed es Diez días que conmovieron al mundo, su reflejo periodístico de la Revolución bolchevique y del ascenso al poder de su líder indiscutible: Lenin. Reed, que pertenecía al Partido Socialista de América, no terminó por ver cómo derivaba todo aquel fantástico proceso porque falleció a causa del tifus en Moscú, pero sigue siendo el único estadounidense que descansa el sueño eterno en el Kremlin, un honor que han alcanzado muy pocos hombres y mujeres aunque los que allí yacen no les importe demasiado saberlo.

Hace un puñado de años se reunieron sus artículos sobre la I Guerra Mundial en el frente oriental en un libro que, personalmente, tampoco tiene desperdicio si uno se quiere aproximar a los vientos de la Historia a través del testimonio y las reflexiones de alguien que los vivió en primera persona. El libro circuló en España, este país que se va al carajo, con el título de La guerra en Europa Oriental y aclara dudas y despeja las sombras que al menos quien ahora les escribe tenía sobre estos frentes de guerra. Ayuda también a comprender la caótica situación que hasta la actualidad se vive en Los Balcanes resultado de numerosas heridas abiertas que nunca han cicatrizado. De obligada lectura para los que se empeñan en levantar el cadáver podrido de la Guerra Civil española tanto por las derechas como por las izquierdas, quizá si leen esta obra se den cuenta esta legión de tontainas que la guerra no es un partido de tenis y que la crispación y el odio solo conducen a la derrota de las partes implicadas por mucho que alguna de ellas resulte ganadora.

La apasionante vida de John Reed se ha llevado en varias ocasiones a la pantalla aunque no termina de convencerme la que quizá sea más famosa por multimillonaria y estar plagada de estrellas del cine norteamericano como Warren Beatty, Diane Keaton y Jack Nicholson. Circuló en este país mío que se va al infierno como Rojos y pese a su aparatosidad a uno se le ocurre pensar una vez aparece el The End que este largo,larguísimo largometraje fue algo así como si los pájaros tiraran con escopeta.

Una advertencia a modo de final. Dejen lo que están haciendo y abran cualquier libro de Reed, aprenderán que todo es distinto a cómo no los contaron sí está escrito por un hombre que aprendió primero a contar hechos y más tarde a implicarse en esos mismo hechos que contaba.

Larga vida al rojo, larga vida a John Reed.

Saludos, negras tormentan agitan loss aires, desde este lado del ordenador

Graham Greene y Groucho Marx, la extraña pareja

Viernes, Octubre 2nd, 2020

En mi formación sentimental e intelectual hay dos tipos que han resultado fundamentales para que sea lo que soy. Uno fue un comediante y el otro un escritor y si bien no tienen aparentemente nada en común sí que los une una misma mirada sobre el mundo.

Del actor he visto todas sus películas, las que protagonizó con sus formidables hermanos y aquellas en las que aparece en solitario y que no tienen –para nada– la gracia de las que realizó con su clan. Del escritor he leído casi toda su producción literaria y nunca me dejó tirado. Es una fórmula elegante para decir que abandonara la lectura de sus libros más flojos, que los tiene aunque sean, afortunadamente, pocos. Muy pocos.

El actor, que llevaba gafas y un grueso bigote pintado de negro bajo la nariz, resultó que también escribía, aunque escribiera como un amante sarnoso mientras que el segundo, el escritor, lo intentaron encasillar en la novela de espías porque cuenta con varios libros sobresalientes en ese género aunque el grueso de su producción más que estar ambientado en el Gran Juego se preocupa por ahondar en el corazón de unos personajes lastrados por la culpa.

Los dos tiene nombre que empieza por G y los dos son básicos para sortear los obstáculos que te pone delante la vida.

“La fatalidad ha querido que yo sea escritor, y escribo sobre la ausencia de raíces. Este es mi tema, en cierto modo.”
(El otro y su doble. Graham Greene. Conversaciones con Marie-Francoise Allain. Traductor: Basilio Losada. Luis de Caralt Editor, 1982)

La primera novela que leí de Henry ‘Graham’ Greene (Berkhamsted, Hertfordshire, 2 de octubre de 1904 – Vevey, Suiza, 3 de abril de 1991) fue Nuestro hombre en La Habana, un divertimento comenta el escritor en sus memorias pero un novelón para quien les escribe ya que además de contar las aventuras de un vendedor británico de aspiradoras en una de las ciudades más bellas del mundo, retrata su trabajo como espía con desarmante sentido del humor al describir cómo se “inventa” las pruebas, se enamora, desaparece uno de sus mejores amigos y debe de enfrentarse bebiendo botellitas de licor mientras juega al ajedrez con un oficial de la temible policía de Fulgencio Batista.

Tras esta novela, descubrí otros libros grandes del escritor como El americano tranquilo, El revés de la trama, Los comediantes, El fin del romance, El ministerio del miedo, El poder y la gloria, El cónsul honorario, El décimo hombre, Inglaterra me hizo así y El factor humano, entre otras. Y eso sin contar sus cuentos, la mayoría excelentes; sus autobiografías encubiertas como Vías de escape y sus artículos periodísticos, algunos tan polémicos en su día como Descubriendo al general, donde analiza en profundidad la vida y la obra del militar panameño Omar Torrijos. Y sí, no me olvido de El tercer hombre, novela que nació para convertirse en guión de una de las mejores películas de la Historia del Cine.

He leído casi todo lo de Greene y no he dudado en releer los que considero sus mejores libros porque aprendo mucho de ellos. Lecciones nuevas para enfrentarme a un mundo innecesariamente hostil.

Los que pertenecemos a la hermandad GG nos reconocemos sin necesidad de señas sino charlando con un whiskie en las manos. Un whiskie a la inglesa, con hielo y rebajado con agua con gas, por supuesto. Sin whiskie, sin embargo, reconocí hace años a otro hermano de la cofradía cuando en el diálogo que cruzábamos me dijo que la novela que había cambiado su vida como escritor había sido Una pistola en venta. “De Graham Greene”, respondí con la velocidad de una centella. “De Graham Greene”, admitió mi interlocutor, el escritor cubano Eliseo Alberto, que ya no está entre nosotros.

Lo cuento porque pone de manifiesto que los lectores de GG somos legión aunque durante años hayamos tenido que soportar a los cretinos de la literatura seria –esa que no lee nadie ni siquiera ellos mismos– decir que Greene era un escritor menor.

¿Menor? En fin, la de estupideces que me llevaré al otro mundo si existe otro mundo. GG, que se hizo católico como otros británicos ilustres, Chesterton y Alec Guinness, porque tras la confesión quedaba limpio de pecados siempre y cuando hiciera penitencia, fue además de un inglés que detestaba su país un escritor certero sobre la conciencia que nos manipula y hace mejores o peores. Su literatura está repleta de personajes con esta doblez, de traidores que no quieren convertirse en héroes, de hombres que se redimen ante mujeres que les sirven de sostén. De criminales inocentes que arrastran el peso de la culpa mientras el mundo, la Cuba de Batista, el Haiti de Françoise Duvalier, entre otros escenarios, se desmorona como se desmorona el personaje. Digo poco sin escribo que Graham Greene fue un genio. Para mi es el GRAN escritor de su tiempo y del nuestro. El hombre que supo ver muy adentro de nosotros mismos.

“Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna”.

Más que marxista Julius Henry Marx, conocido como ‘Groucho Marx’ (Nueva York, 2 de octubre de 1890-Los Ángeles, 19 de agosto de 1977) fue un anarquista. Un anarquista que utilizó el verbo como dinamita. Esa fue la primera lección que aprendí de este tipo con andar inclinado, bigote negro pintado, gafas y puro apagado entre los labios o entre los dedos…

Groucho, que fue también el más parlanchín de los hermanos Marx, solo se entendía en pantalla con uno de ellos, Chico, con quien rodó algunas de las escenas más desternillantes como absurdas de eso que conocí como cine… La parte contratante de la primera parte… y dos huevos duros… más madera que es la guerra… En fin, frases y frases que ya forman parte del imaginario colectivo de quienes tuvimos la suerte de descubrirlos en la pantalla de un cine y años más tarde de un televisor. Lo curioso del caso es que pese a que se trataran de películas en blanco y negro y de los años 30 gustaban por igual a pequeños como a grandes aunque bostezáramos cuando Harpo tocaba el arpa y Chico aporreaba como ese tal Mozart las teclas de un piano…

Pero si hubo un hermano que destacó entre los tres fue Groucho, con permiso de Margaret Dumond, la ricachona a la que toma el pelo en casi todas las películas que protagonizaron juntos.

Su verbo, ya se dijo, era como nitroglicerina. Como una ametralladora que no dejaba títere con cabeza. Ratatatata, bastaba que dijera algo para que temblaran espectáculos tan serios como la ópera, las carreras, un hotel de cinco estrellas e, incluso, el lejano oeste. No digamos ya si nos referimos a dos países en guerra y Gorucho es ministro de uno de ellos…

El guionista Rafael Azcona nos dijo hace años (me vuelvo como el abuelito Cebolleta) que solía ver Una noche en la ópera cuando se sentía deprimido. No supo decirnos entonces la cantidad de veces que la había visto (ni la cantidad de veces que se había sentido deprimido) pero se me grabó aquel antídoto. Es decir, que cuando me siento deprimido (y tampoco recuerdo la cantidad de veces que he estado a punto de tirarme de un puente) suelo ver en casa no Una noche en la ópera pero sí Sopa de ganso que a mi me sigue pareciendo la mejor película en la extraordinaria filmografía de los hermanos que no fueron marxistas en el sentido que los serios piensan.

Groucho además de cantar y soltar chistes, de participar en películas y presentar un programa concurso de televisión, fue escritor también. En la desordenada biblioteca de mi casa guardo dos libros que firmó: Groucho y yo y Memorias de un amante sarnoso. Y no, no son tan directos como sus películas pero sí que se tratan de volúmenes en los que se destila la gracia y el buen humor de un cómico que llevó la escena en la sangre desde que era un renacuajo.

A mi me gusta sin embargo cuando cruza absurdos diálogos con su hermano Chico, los dos convencidos de estar diciendo cosas serias cuando lo que dicen son cosas nada serias pero es su forma de hacerlo. En especial, cuando Groucho piensa que le están tomando el pelo al mayor tomador de pelo de la Historia del Cine lo que hace más grande a un Marx que, ya se dijo, utilizó el verbo para demoler el sistema.

Me faltan los adjetivos para elogiar como se merecen tanto a Groucho como a Greene. Me parece muy poco afirmar que eran unos gigantes a modo de colofón, de distraído pero agradecido punto final así que, por una vez, permítanme damas y caballeros (¿hay alguno por ahí) que no me levante.

Saludos, por ellos, desde este lado del ordenador

Mientras agonizo

Viernes, Septiembre 25th, 2020

Llegué a William Cuthbert Falkner (New Albany, 25 de septiembre de 1897-Byhalia, 6 de julio de 1962), más conocido como William Faulkner, a través de sus cuentos. Más tarde llegaron algunas de sus novelas, entre otras una que considero capital para entender el universo de un escritor que fue un poco más lejos de Yoknapatawpha County para que conociera cómo eran por dentro los hijos del sur más profundo de los Estados Unidos de Norteamérica. Ese universo que imagino ahora poblado de telarañas y con tonos grisáceos en el que los descendientes de su gloria viven todavía de las rentas de un mundo que ya no volverá.

Leyendo a Faulkner aprendí muchas cosas, una de ellas a contemplar el pasado con una mezcla en la que se confunden sentimientos como el amor y el odio.

Que es uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX no lo pondrá nadie en duda aunque es verdad que siempre aparece algún imbécil para decir lo contrario… aunque visto lo que he visto las últimas semanas no creo que a estas alturas nada me sorprenda. Por eso reitero que el señor Faulkner es uno de los más grandes escritores norteamericanos de su tiempo. Tanto, que su literatura volvió loco a los primos que nacieron más allá del sur, iberoamérica, y que de esa influencia brotaron novelistas que imaginaron su Yoknapatawpha County personal.

Como saben algunos, William Faulkner tuvo un serio problema con el alcohol. Cuenta la leyenda que se bebía junto a su amigo el también escritor Sherwood Anderson una o dos botellas de whiskie al día, y que pese a obtener el Nobel de Literatura, sus finanzas nunca fueron lo que se dice estables.

Howard Hawks lo contrató como guionista. A Hawks le encantaba tener a un Nobel en nómina, también beberse una o dos botellas de whiskie con aquel monstruo de las letras norteamericanas. Las películas en las que colaboraron fueron Tener y no tener y El sueño eterno, las dos protagonizadas por la pareja Bacall/Bogart y Tierra de faraones, una rareza en la producción del cineasta. Las dos primeas películas son, como sabrán, obras maestras de un director de cine al que le encantaba contar historias sobre aquel caballero del sur profundo con el que trabajó y que había ganado el Nobel de Literatura.

Resulta muy atrevido que recomiende algunas de las novelas y cuentos que he leído de Faulkner (hasta su apellido literario resulta tremendamente literario) pero lo haré porque no está de más compartir con ustedes pasión tan contagiosa como es la lectura y recomendar autores para alimentar esa hoguera sin vanidades que es la de invitar a leer.

Ahí van… y no van de mejor a peor porque poco o nada hizo mal el escritor:

Santuario (recordad a Popeye)
La paga de los soldados
Absalón, Absalón
El ruido y la furia
El oso (cuentos)
Los rateros

No cito otros títulos (Palmeras salvajes, Sartoris...) porque no las he leído aunque estas líneas que escribo ahora precipitadamente me invitan a que vuelva a su universo sureño con olor a tabaco y a whiskie. Ese mundo devastado y poblado de fantasmas. La necesidad de mirar al pasado para reafirmarse en una tierra que ya no pertenece a nadie.

William Faulkner, si no el más grande sí que uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX.

Saludos, he dicho, desde este lado del ordenador