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Dos superviviente del ‘Medusa’ dan sus impresiones sobre Santa Cruz de Tenerife en 1816

Lunes, Agosto 14th, 2017

En la historia negra de los siete mares el naufragio del Medusa ocupa un siniestro puesto de cabecera. La fragata zarpó junto con dos corbetas y un bergantín de la isla de Aix el 17 de junio de 1816 rumbo a Senegal, posesión que regresaba en aquellos días a manos francesas tras un tiempo bajo dominio británico.

La falta de experiencia del capitán del Medusa, M. Hugues Duroys de Chaumareys, un antiguo exiliado monárquico que llevaba más de veinte años sin navegar, hizo que su navío perdiera a los otros y que tras dieciséis días en el mar, embarrancase el 2 de julio de 1816 y sobre las tres de la tarde frente a la costa de Mauritania o Senegal, según las fuentes.

A partir de ese momento comenzó una de las tragedias más terribles y siniestras de la marina francesa ya que la fragata no contaba con suficientes botes salvavidas, lo que obligó a improvisar una balsa en la que se apretujaron 147 personas a las que se abandonó a su suerte cuando el capitán del Medusa, Hugues de Chaumareys, dio la orden que se soltaran las amarras que la unían a los botes salvavidas.

“En el primer momento no creímos realmente que nos habían abandonado de manera tan cruel”, recuerdan Alexandre Corréard y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny, dos de los supervivientes de la balsa en el libro El naufragio de La Medusa (Senegal, 1816), editado por Ediciones del Viento (2014) con traducción de Juan Carlos Martínez.

El libro narra los trece días de batalla por la supervivencia que se vivió en la balsa. Primero, por ocupar y mantener un espacio y más tarde al ser acosados por el hambre y la sed.

“Una sed ardiente” que los llevó a consumir su propia orina como a cometer actos de canibalismo.

Cuando los náufragos de la balsa fueron encontrados por la fragata Argus, de los 147 hombres solo quedaban con vida quince, cinco de los cuales fallecieron antes de llegar a tierra. Entre los supervivientes estaban los ya mencionados Alexandre Corréard, ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo y el cirujano Jean Baptiste Henri Savigny.

El libro en el que cuentan su versión de los hechos incluye además del viaje y el relato del naufragio del Medusa cómo se reintegraron a la vida civil tras ser rescatados aunque por sus palabras se deduce que no fue nada fácil la adaptación porque desde ese momento fueron marcados con el signo de la sospecha.

Esta es una de las quejas que más se repite en estas memorias escritas con un lenguaje sencillo que a veces cae en el arrebato chauvinista. Fracasa, en este aspecto, cuando pretende ser una narración objetiva de hechos.

Leído como lo que fue, un terrorífico relato de supervivencia y el deseo de adaptación al que tenían derecho tras sobrevivir a tan dramática experiencia, el libro cuenta con chispeantes descripciones de Santa Cruz de Tenerife, puerto en el que recaló la flotilla días antes de que se produjera la tragedia.

En estos fragmentos los autores elaboran un discurso atractivo pero a la vez contradictorio. Sacan también a relucir lo peor del chauvinismo francés, al reivindicar el valor de los nativos de este país aunque tiene mucho interés, si se entiende con distancia, las impresiones que su mirada refleja de esa isla y de ese puerto del Atlántico.

Mientras se aproximan a Tenerife, los autores describen el protagonismo que tuvieron los franceses durante los ataques del contraalmirante Horacio Nelson a la isla en julio de 1797.

“El comandante decidió enviar un bote a Santa Cruz, una de las principales ciudades de la isla, para conseguir algunas cosas que necesitábamos, tales como filtros y frutas; en consecuencia, durante toda la noche dimos cortas bordadas. A la mañana siguiente costeamos parte de la isla, a la distancia de dos tiros de fusil, y pasamos bajo el cañón de un pequeño fuerte, llamado Fuerte Francés. Uno de nuestros compañeros dio saltos de alegría a la vista de esta pequeña fortificación, que fue erigida en breve tiempo por unos pocos franceses cuando los ingleses, bajo las órdenes del almirante Nelson, intentaron hacerse con la posesión de la colonia. Fue aquí, dijo él, donde una numerosa flota, comandada por uno de los más valientes almirantes de la Armada inglesa, fracasó frente a un puñado de franceses, que se cubrieron de gloria y salvaron Tenerife. Fue ahí donde estos bravos, en un combate largo y enconado, obtuvieron a cañonazos la derrota de este Almirante que perdió allí un brazo y se vio forzado a buscar su salvación en la huida.”

Este capítulo continúa explicando cómo la flotilla costea la isla y en ella dan su parecer sobre Santa Cruz, una villa, escriben, que “nos pareció presentar muy buen aspecto. Juzgamos que las casas eran de bastante buen gusto; creímos ver también que las calles eran grandes y bien alineadas.”

Tras desembarcar un pequeño grupo de hombres en Santa Cruz, conocen “un asunto bien poco honroso para algunos marinos franceses, y que la inflexible verdad nos obliga a publicar para su vergüenza. Se encontraban todavía en Santa Cruz varios infortunados franceses que durante largo tiempo fueron prisioneros de guerra y que, devueltos a la libertad, no habían encontrado aún, después de ocho años, capitán de su nación que hubiera querido admitirlos a bordo para reintegrarlos a su patria.”

En estas memorias, los supervivientes no se cansan de repartir una de cal y otra de arena y es llamativo los contradictorios sentimientos que le despiertan la posibilidad de una isla como Tenerife.

“La vista de Tenerife es majestuosa; toda la isla de compone de montañas enormes coronadas de peñascos temibles por su tamaño y que, en lado norte, parecen elevarse perpendicularmente sobre el mar y amenazar en todo instante con su caída a los buques que pasan cerca de su base. Por encima de todos estos peñascos se eleva el Pico, cuya cumbre se pierde entre las nubes.”

Los supervivientes finalizan el relato de las casi seis horas que pasan en esta “hermosa villa de África” con una desconcertante referencia al carácter de sus habitantes que hace pensar que todo cuanto vemos puede ser distinto.

A.Corréard y H. Savigny se escandalizan por las costumbres “poco laxas, como en todos los países cálidos”, de los santacruceros lo que explica, escriben, que “tan pronto se supo que habían llegado franceses a la ciudad, algunas mujeres se pusieron a las puertas e invitaron a los viajeros a entrar en sus casas con ese acento de voluptuosidad al que el cielo ardiente de África imprime una energía tan viva, y que toda su fisionomía hace comprender de lejos aun a los ojos menos experimentados.”

Esta escena ocurre en presencia de amantes o maridos que, según los autores del libro, “no tienen el derecho de impedirlo, porque la Santa Inquisición lo quiere así, y las legiones de curas que pululan por allí ponen gran cuidado en mantener esta costumbre, indigna de un pueblo civilizado.”

La edición española de El naufragio de La Medusa incluye un anexo con el juicio al que fue sometido el capitán de la fragata, M. Hugues Duroys de Chaumareys, a quien fue declarado culpable del naufragio del navío y de haber abandonado a los hombres de la balsa a su suerte. La sentencia exigió que fuera expulsado de la Marina y que pasara tres años de su vida en una prisión militar.

Los autores

Alexandre Corréard (1788 – 1857) fue un ingeniero de Artes y Oficios, periodista y geógrafo francés. Se embarcó en la fragata Medusa como ingeniero-geógrafo y es uno de los protagonistas del cuadro de Géricault al estar representado como el hombre del grupo principal que tiende su brazo hacia el horizonte.
Jean Baptiste Henri Savigny (1793 – 1843) obtuvo el título de Cirujano en la Universidad de Rochefort y el de doctor en Medicina en la de París. Ejerció como juez de paz sus últimos años en el cantón de Saint-Agnant.

El cuadro

La balsa de la Medusa es un óleo de Théodore Géricault (1791-1824) que representa el instante en el que el grupo de náufragos divisan una vela en el horizonte. En el cuadro, los muertos se encuentran en la parte inferior de la balsa mientras que en la superior, los supervivientes agitan los brazos para ser vistos. El autor de la obra, Théodore Géricault, está considerado una figura singular en el panorama de la pintura francesa y pionero del Romanticismo, ideal que encarnó también en su tumultuosa vida y en su prematura muerte, a los treinta y tres años, a causa de un accidente de equitación. Su estilo se debe en buena medida a las copias de obras maestras que realizó en el Louvre y a una estancia en Italia donde entró en contacto con la obra de Miguel Ángel y con el barroco romano. En 1819 pintó y expuso en el Salón de aquel año, en París, su pintura más famosa: La balsa de la Medusa, que ganó una medalla y produjo una profunda conmoción por ser antitética de las tendencias clasicistas entonces en boga. El óleo de La balsa de la Medusa se expone actualmente en el Museo Nacional del Louvre, París.

(*) En la imagen Théodore Géricault por Alexandre Colin

Saludos, noche, desde este lado del ordenador.

Ley de (des)Orden

Jueves, Agosto 3rd, 2017

La literatura de Don Winslow está poblada de personajes de una sola pieza a los que describe con frases cortas y directas. Hurga, sin bisturí, en las heces  de la condición humana para contar cómo ha terminado por adaptarse a una sociedad y un sistema que se han vuelto corruptos.

Don Winslow es uno de los autores de cabecera de la realidad negra y criminal de estos agitados y confusos tiempos gracias a excelentes novelas como El poder del perro, El Cártel y ahora Corrupción policial en la que propone un ambicioso fresco de las cloacas de Nueva York que poco o nada tienen que envidiar con sus retratos sobre el narcotráfico.

Corrupción policial está protagonizada por un policía, Denny Malone, al que se conoce como el rey de la zona norte de Manhattan, un escenario que controlan bandas, policías corruptos y la mafia.

Unos y otros combaten por hacerse los amos de este territorio y para ello emplean estrategias que han terminado por difuminar la frontera que los separa del bien y del mal.

Explica, con letra muy clara, cómo funcionan las entrañas del sistema, en cómo se lo montan algunos para imponer la ley y el orden, y de paso lucrarse, en unos barrios marginales y extremadamente pobres.

El norte de Manhattan, según Don Winslow en esta novela, es la jungla de asfalto. Una parte de la Gran Manzana devorada por gusanos con forma de  miseria y droga.

Este territorio mantiene la calma sin embargo gracias a tipos como Malone y los suyos, gente que recurre a métodos poco ortodoxos para imponer la paz.

Toda esta cruenta pero de momento soterrada guerra se vive en Nueva York, una ciudad a la que ama y odia el autor de la novela, Don Winslow. Este canto contradictorio pero emocionado a Manhattan tiene algo del realismo sucio a lo The Wire y mucho del ambiente lumpen con el que James Ellroy presenta a sus servidores de la Ley, pero filtrados por un escritor al que se le puede acusar de muchas cosas pero no de original y adictivo.

Pesimismo en crudo, violencia y desolación son algunos de los ingredientes de la novela, a los que habría que añadir un tristísimo romanticismo y un contradictorio retrato de la amistad.

La novela cuenta muchas historias y una de ellas es la redención de su protagonista. No se trata, sin embargo, de una epifanía en favor de la familia y los seres queridos sino de sí mismo. Esa es la tarea final que emprende Denny Malone, un tipo que se creía muy duro hasta que traiciona todo lo que más honra: su amante, su familia, sus amigos y su placa.

La fauna que vive en esta zona de Manhattan es multirracial y en ella se habla hasta cinco idiomas distintos. Es un territorio al borde del caos en el que cada uno va a lo suyo aunque se acercan cuando hacen negocios con las drogas o se matan entre ellos también por las drogas. A su alrededor se mueve un ejército de enfermos y yonquis, también de policías que han perdido la noción de lo que está bien y de lo que está mal. Policías que se han convertido en mercenarios y que  recurren a la extorsión, los sobornos e incluso el asesinato para que todo siga igual.

Denny Malone se mueve como el rey de la jungla en este caótico escenario. Lo respalda un escogido grupo de hombres con los que ha forjado lazos de hermandad. Una hermandad que se sostiene porque en ella no hay piedad para el narcotraficante como para el que traiciona al clan.

En este mundo cerrado a los chivatos se les expulsa a patadas y son sentenciados a muerte, a que reciban un balazo en la cabeza. Se dirá entonces que lo hizo un pandillero o un yonqui aunque todos saben que habrá sido la misma policía.

Don Winslow indaga en esta hermandad y observa cómo actúa a través de las fisuras que poco a poco se van abriendo en el alma de Denny Malone.

Su proceso de degradación y su posterior redención es lo mejor de un libro ambiguo e incómodo porque no se puede estar del lado de gente como Malone. Tipos que recurren a maniobras retorcidas y muchas veces delictivas para limpiar su reino de drogas.

Como pasó en El poder del perro y El Cártel, Corrupción policial termina como un western, aunque más un espagueti western que uno de John Ford pese al que el escritor mencione al director de Centauro del desierto pero se sospeche que se refería a Sergio Leone.

La catarsis sirve de todas formas para digerir el progresivo deterioro de su protagonista. Ese momento en el que abre los ojos a la realidad de una ciudad castigada desde dentro por pandillas y grupos criminales pero también por policías y una administración municipal igual de corrupta.

El fantasma de las Torres Gemelas afecta al protagonista (uno de sus hermanos murió ese día en la Zona Cero) así como su acusado sentido de la culpa que tiene lecturas católicas. Denny Malones pertenece a esta religión aunque no la practique demasiado.

Don Winslow dedica la novela a los agentes que fallecieron en acto de servicio mientras la escribía y penetra y asume las contradicciones de su personaje y de la policía a la que sirve.

También es la historia de un hombre que intuye en qué se ha convertido y en qué se ha transformado la policía en la que trabaja.

Esta es la historia de Denny Malone, el hombre que reinó en Manhattan Norte.

Saludos, basta, desde este lado del ordenador

“Una monstruosa montaña que se encuentra en las Islas Canarias”

Miércoles, Julio 5th, 2017

“A la postre, decidieron de común acuerdo dirigirse hacia las Canarias, la tierra más próxima, si exceptuamos las islas de Cabo Verde, situadas demasiado al sur para nosotros.

Así pues, navegamos hacia el nordeste. Con un viento constante del oeste, no nos hizo falta más que una quincena de días para avistar el Pico Tenerife, una monstruosa montaña que se encuentra en las islas Canarias. Allí nos abastecimos de agua y provisiones, además de abundante vino de excelente calidad; en cambio, no encontramos puerto alguno donde reparar las averías causadas por la tempestad. Al cabo de cuatro días, largamos velas nuevamente.”

(Coronel Jack, Daniel Defoe. Traducción: Pedro Tena. Gadir, 2011)

Stefan Zweig, carta a un desconocido

Martes, Julio 4th, 2017

Los libros que había en la biblioteca de mi padre de Stefan Zweig no eran sus biografías sino las novelas y cuentos que escribió a lo largo de su vida. Había también un ejemplar de Brasil, que dedicó al país que lo acogió los últimos días y etapa en la que presta atención Adiós a Europa (Maria Schrader), que presenta a un Stefan Zweig (Josef Hader) tal y como siempre me lo imaginé desde que leí La piedad peligrosa o Novela de ajedrez.

Adiós a Europa cuenta como el escritor, ya con sesenta años, no tiene fuerzas para volver a empezar tras ser expulsado de su país. No queda nada de la cultivada Europa que conoció.

Llegué a las biografías de Stefan Zweig por mediación de un amigo que me prestó Fouché, el genio tenebroso, y leyéndola descubrí que más que biografías lo que hacía era retratar a un personaje con sobresaliente pulso literario. Que uno se metía dentro del personaje y observaba sus estrategias primero con asombro y más tarde con desconcertante fascinación…

El retrato del ministro de Policía revolucionario, más tarde a las órdenes de Napoleón y al servicio de la corona es una obra maestra de aguda penetración psicológica así como de biografía novelada, un género en el que brilló con luz propia y en el que dejó libros como María Antonieta, Erasmo de Rotterdam y las historias que reúne en los volúmenes Momentos estelares de la humanidad y La lucha contra el demonio, Hölderlin, Kleist, Nietzsche.

Pero Stefan Zweig no fue solo un escritor de biografías sino también un excelente cuentista y novelista. Tengo delante Amok y Los ojos del hermano eterno en una edición de Apolo firmadas por mi padre en el año de 1943, y pensaba en ellas mientras veía Adiós a Europa, que recrea el tedio de un escritor que terminó envenenándose junto a su mujer en Petrópolis, Brasil, esa tierra en la que vio el futuro del mundo y cuya generosidad tanto agradeció.

Hace ya muchos años y paseando por una avenida de Bahía me encontré con un pequeño busto de Stefan Zweig. Fue un momento extraño y que recobré por la película, como es el de imaginar lo que se siente cuando ya no se pertenece a ningún sitio.

El epílogo de Adiós a Europa muestra con conmovedora elegancia el final del escritor junto a su mujer. Nos ahorra el momento de su muerte y muestra el después. Observamos a los cadáveres por el cristal de un armario que se ha dejado abierto en el dormitorio mientras en la habitación contigua policías, amigos, servicio investiga o lamenta lo sucedido en diferentes idiomas, y en el que predomina el portugués y el alemán.

Varias personas traducen a otros los que se dice en esa habitación. Suena un teléfono mientras la cámara, que imperceptiblemente se mueve, muestra a una empleada de la casa  de rodillas y junto a la cama en la que yacen los cadáveres para rezar una oración.

Adiós a Europa.

Saludos, julio, desde este lado del ordenador.

Tres hurras por Domingo López Torres

Miércoles, Mayo 17th, 2017

Como a otros muchos compañeros, una mañana, una tarde o una noche de febrero de 1937, los militares rebeldes al orden republicano hicieron desaparecer en el mar a Domingo López Torres. Tenía 27 años y dejaba tras de sí una obra literaria corta pero intensa. Como corta e intensa fue su vida.

Nacido en el seno de una familia humilde, López Torres se hizo socialista, formó parte de la facción surrealista de Tenerife y nunca olvidó la muerte de Julio Antonio de la Rosa y José Antonio Rojas en un fatal accidente en la bahía del puerto de Santa Cruz de Tenerife, y en el que él resultó ileso.

Javier Hernández Velázquez recreó al poeta en la notable novela El fondo de los charcos, y han sido muchos los estudiosos que se han acercado a su poesía con la esperanza, es un suponer, de descifrar en ella si intuía el trágico final que le acechaba.

Con todo, el poeta continúa siendo un absoluto desconocido en un archipiélago, en unas islas y en una ciudad, Santa Cruz de Tenerife, con tan poca memoria. Para romper esta injusticia, el Ateneo de Miraflores, en la capital tinerfeña, acoge este jueves, 18 de mayo y a las 19 horas, un acto de homenaje a Domingo López Torres que coincide con el 110 aniversario de su nacimiento y el 80 aniversario de su muerte.

El acto contará con la exposición de la obra fotográfica Socius, de Adrián Alemán, inspirada en los barcos prisión y también con las intervenciones del escritor, ensayista y profesor de la Universidad de La Laguna, Nilo Palenzuela; Leoncio González, guionista y productor del documental Los mares petrificados de Miguel G. Morales y un recital de Sonia Rodríguez, quien cantará el poema Yo fui a la playa contigo, de Domingo López Torres, con acompañamiento musical.

Saludos, ¿lo imprevisto?, desde este lado del ordenador.

Triste, solitario y final

Martes, Abril 18th, 2017

“La quería a ella, por supuesto. La quería en ese mismo momento, de hecho, en esa cama. Y si se las arreglaban sin que los pillaran –¿por qué no iban a poder?–, le habría gustado seguir viéndola unas cuantas veces al mes hasta que su unión fuera tan intensa que le encontraran sentido a la posibilidad de dar un paso atrevido y escapar, o bien descubrieran que su pasión era como una planta de invernadero y la flor se estaba pudriendo ya.”

(Ese mundo desaparecido, Dennis Lehane. Traducción. Enrique de Hériz, Salamandra, 2017)

Tras la catastrófica adaptación al cine de Vivir de noche, segunda entrega de la trilogía del clan Coughlin que inició Dennis Lehane con Cualquier otro día, el escritor norteamericano cierra ahora el ciclo con Ese mundo desaparecido, una historia con la que finaliza su atractivo retrato histórico sobre el crimen organizado en la costa Este en las décadas de los años treinta y cuarenta.

Protagonizada por Joe Coughlin, Ese mundo desaparecido mantiene el tono de las anteriores novelas e insiste en casi todas sus constantes, aunque en esta ocasión el paso del tiempo resulta más denso en los personajes, la mayoría de los cuales culminan con su muerte la trayectoria vital que Lehane les dio en la anterior novela, Vivir de noche, aunque el escenario en el que se desarrolla es casi el mismo, Tampa, Florida.

Pesa también en la obra la traición. Lehane escribe que en un mundo como el que vive Joe, la traición está a la orden del día por lo que es necesario ser un duro y olvidar las emociones. En el hampa se sobrevive todos los días no con el corazón sino con el cerebro y eso implica a que estés dispuesto a sacrificar lo que más amas.

No, en ese mundo es imposible educar a un niño. Y Joe Coughlin que es un tipo duro pero organizado, tiene un hijo. Su talón de Aquiles.

En Ese mundo desaparecido Dennis Lehane no se pone del lado de nadie, y mucho menos de su protagonista. Narra en tercera persona el declive de un hombre que ya no encaja en los nuevos tiempos, y que Joe Coughlin materializa en el fantasma de un niño que pudo ser él.

La infancia es un tema clave en la literatura de Lehane. Ha abordado este asunto en varias de sus novelas. La violencia que siendo niño sufrió uno de los protagonistas de Mystic River servirá como desencadenante del relato; en Cualquier otro día, Vivir de noche y Ese mundo desaparecido es determinante para entender las reglas en las que se mueve Coughlin, y la extraña relación que mantiene con Tom, su hijo.

La ausencia de la madre hace que se expliquen muchas cosas de ese mundo cerrado y extremadamente masculino que es el que define a los hampones de esta novela que transcurre cronológicamente durante los años cuarenta, con un país en guerra en el que continúan lucrándose los mafiosos.

Mafiosos que al final lograrán la libertad del jefe de los jefes, Luciano, al aliarse con el gobierno norteamericano y trabajar bajo su bandera durante la guerra.

Novela complejísima pero armada con desarmante sencillez, Dennis Lehane es uno de los grandes escritores con que cuenta el género negro y criminal en los últimos años. Un escritor que saber contar historias y transportar al lector a un tiempo violento.

Y eso solo lo consiguen los grandes.

Dennis Lehane es más que un escritor de género.

Saludos, solo es un aviso, desde este lado del ordenador.