Archive for the ‘Literatura’ Category

¡Dios, qué novela!

Viernes, Diciembre 9th, 2022

Si me preguntas cuál fue una de las primeras novelas que me marcaron porque llegó a mis manos como suelen llegar las cosas buenas, de manera imprevista, fue Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque.

Quizá se trate de una de las más reconocidas novelas pacifistas escritas nunca, aunque mucha de la literatura que se generó tras la I Guerra Mundial clamase por la paz mientras al mismo tiempo describía los horrores de las trincheras.

Salvo Ernest Jünger con sus Tempestades de acero y algún que otro autor belicoso que se encuentra por ahí, el grueso de los libros que he tenido la tentación de leer a lo largo de ya más de medio siglo de vida sobre aquel periodo de la Historia tienen un mensaje claramente de paz. No hay otra lectura posible. Desde John Dos Passos y su notable Tres soldados, al Hemingway de Adiós a las armas, el Robert Graves de Adiós a todo eso y otros tantos y tantos narradores — narradoras pocas, esa es la verdad– que nos contaron aquella catástrofe haciendo un importante examen de conciencia sobre sus experiencias en el frente.

Y así, mientras estudiaba segundo de BUP en el Teobaldo Power y a iniciativa de un profesor que nos daba Historia, se organizó en aquel Instituto una Feria del Libro en la que me llamó con alta voz, y desde donde se encontraba descansando, un ejemplar de Sin novedad en el frente que adquirí sin pensarlo demasiado.

El ejemplas estaba editado por Bruguera, en una colección para jóvenes e incluía ilustraciones que sin ser una cosa del otro mundo apoyaban gráficamente algunas de las escenas que Remarque contaba en la que fue su primera y más reconocida novela.

El caso es que lo leí lo que se dice en un santiamén y que poblé el ejemplar con subrayado en lápiz de las que pensaban eran algunas de sus mejores frases. En el libro, el autor narraba cómo se convenció a los jóvenes de la orgullosa nación alemana a marchar al frente por la patria y todo ese cuento y una vez en el frente, a luchar como valientes por una causa que nadie terminó por entender demasiado bien.

En la novela, el joven protagonista se rodea de un grupo de camaradas que van desapareciendo por la dichosa guerra a medida que se avanza en las páginas y al final… bueno, al final sucede algo terrible en una escena en la que aparece una mariposa revoloteando en un campo de batalla cubierto de muertos, estamos en 1918 y la I Guerra Mundial está a punto de finalizar. El protagonista, aniquilado, demolido por el poder del miedo, observa un campo de batalla repleto de cadáveres descuartizados por las bombas y las balas de ametralladoras. Sus botas se hunden en el lodo de la trinchera, trinchera por donde corretean libremente ratas del tamaño de gatos que roen la carne de los muertos. Arriba, en el cielo, el firmamento aparece encapotado por una eterna panza de burro mientras el olor de la muerte se mezcla con el de la pólvora. A modo de trágica banda sonora, los gritos y gemidos de los heridos que esperan fallecer mientras agonizan en la tierra de nadie…

Tal fue el éxito de Sin novedad en el frente que Erich Maria Remarque se convirtió en un personaje muy popular en la dolorida Europa de entreguerras. Luego, y tras el ascenso del partido nacionalsocialista al poder en Alemania, emigró como si hicieron tantos otros a los Estados Unidos de Norteamérica donde continuó su carrera como escritor.

Cuenta en esta segunda etapa con títulos bastante notables como El regreso, que intentaron venderla como la segunda parte de Sin novedad en el frente pero sin serlo. La historia cuenta la vuelta a casa de los soldados alemanes una vez licenciados y el cambio que notan que la guerra ha hecho en sus pueblos, en sus casas y en sus familia. Después, sería autor de una extraordinaria novela romántica: Tiempo de amar, tiempo de morir que sería llevada al cine por Douglas Sirk, y en la que cuenta las experiencias de un soldado alemán durante la II Guerra Mundial en el frente ruso y que vuelve de permiso a casa unas semanas para encontrarse con un lugar que ya no existe y por lo tanto que ya no le pertenece.

Me acuerdo de Sin novedad en el frente (que cuenta con dos adaptaciones cinematográficas más que recuerde, una, la mejor, dirigida por Lewis Mlestone y la otra, para televisión, al mando de Delbert Mann) porque no hace mucho se estrenó en una de las plataformas que ya forman parte de nuestra vida una nueva versión cinematogbráfica de la novela que dirige Edward Berger y que no está nada, lo que se dice nada mal aunque se tome algunas licencias que en vez de estropear dan mayor solidez a un relato cuyo mensaje sigue siendo el mismo: como la guerra liquidó los sueños y las esperanzas de una generación. Un mensaje, por otro lado, tan necesario para estos tiempos que vivimos.

El caso es que viendo la película me acordé de las sensaciones que la novela me produjo en su momento y que tras levantarme para buscar el libro en mi caótica biblioteca no encontré el ejemplar en el que sí que recuerdo cuando la finalicé de leer la frase que dejé escrita al principio, justo debajo de donde aparece el título y el nombre de su autor: ¡Dios, qué novela! Y que despertaron otra vez el entusiasmo por leerla, de sumergirme en el horror de un infierno desatado en el que solo es posible sobrevivir si cuentas con el compañero, el camarada, que tienes al lado.

Creo por eso y otras cosas más que no se le ha rendido la justicia que se merece a su autor, Erich Maria Remarque, un hombre que quiso y consiguió a través de su literatura denunciar la realidad de la guerra que son iguales aunque los tiempos cambien. Iguales no en el mortífero poder de las armas, que aumenta con el paso de los años sino en cuanto al sufrimiento que provoca. Y no solo en el soldado sino en la gente que se deja en retaguardia, esa mayoría silenciosa que soporta los embates del combate desde casa. Solo que esa casa ya no es la que conocieron.

En fin, que una nueva lectura a Sin novedad en el frente nunca viene mal, sobre todo si se tiene cierta sensibilidad por la novela pacifista, esa que denuncia la guerra a través de sus protagonistas, en el caso de Remarque, un puñado de soldados que apenas han cumplido los 20 años.

Conservo ese ejemplar en algún lado y recuerdo, como dije, que lo tengo subrayado (porque tuve un tiempo en el que subrayaba frases que me impactaban de libros que más que leer, devoraba diga lo que diga el guanajo) en casi todas las páginas porque, ya digo, su lectura fue una sorpresa. Probablemente, se trata Sin novedad en el frente de uno de los primeros libros serios que leí tras anclar las lecturas lovecraftianas y antes, mucho antes, de Ray Bradbury que fue uno de los primeros escritores (el primero fue Robert Louis Stevenson) que me enseñó lo bien que se lo pasa uno cuando el libro que tienes en las manos se convierte en algo así como un cómplice… Y Sin novedad en el frente me cogió por el cogote y me sacudió tanto que todavía evoco con agrado aquel estremecimiento, ese placer que te acompaña cuando lo que tienes entre las manos ya no se lee sino que se vive.

Eso debería de bastar para explicar que escribiera, ya lo apunté antes, en la primera página de mi ejemplar de Sin novedad en el frente una expresión que no he vuelto a repetir a pesar de que en este camino que es la vida haya estado repleto de libros excelentes, muchos de los cuales me cambiaron la vida..

Dios, qué novela.

Saludos, la paz sea con ustedes, desde este lado del ordenador

Rafael Cadenas: “La filosofía está muy cerca de la poesía”

Viernes, Noviembre 11th, 2022

NOTA: Rescatamos del baúl de los recuerdos esta entrevista que en su día no concedió el poeta venezolano Rafael Cadenas, Premio Cervantes 2022, y que subimos a este su blog el 6 de noviembre de 2017

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El poeta venezolano Rafael Cadenas (Barquisimeto, Lara, 1930) visitó Tenerife para participar en un acto literario en el que habló y recitó su poesía. Premio Nacional de Literatura de Venezuela y Premio FIL, Rafael Cadenas se mostró muy crítico con la realidad política que vive su país y agradecido con aquellos españoles que si bien se llevaron el oro a su tierra:“nos dejaron un tesoro mayor que es la lengua”.

- Usted es un escritor venezolano que se siente muy vinculado con España.

“Primero como lector. Leo a los españoles desde los quince años e impartí clases durante más de 37 años sobre los poetas españoles y el Quijote en la Escuela de Letras de la Universidad Central. Me sentía muy próximo a la Generación del 27, que fue muy leída en Venezuela por lo que recuerdo la sorpresa de Antonio Aparicio cuando le preguntaron sobre Antonio Machado porque no se imaginaba que se lo conociera tanto y tan bien en Venezuela. Esos escritores y poetas españoles como los del 98 eran conocidos y sus libros se leían. Libros que en aquel entonces resultaban muy económicos”.

- ¿Y hasta que punto influenciaron estos españoles en la cultura venezolana?

“Fue tanta la influencia que voy a intentarlo resumirlo en una anécdota. Durante un tiempo y para mantenerme como estudiante trabajé en Récord, un periódico deportivo en el que un día me ordenaron que entrevistara a Teo Caprile, que fue un gran ciclista que participó en la Olimpiada de 1936, y cómo entonces quien presidía Venezuela era Pérez Jiménez, Caprile se imaginó que era un espía porque la gente estaba muy desconfiada entonces, pero le convencí que era un poeta y un universitario que trabajaba de periodista para mantenerme y como a él le gustaba también la poesía se puso a cantar, porque además tenía buena voz, y a recitar de memoria La voz a ti debida, de Pedro Salinas, lo que reflejé tal cual en la entrevista”.

- ¿Y qué autores de la Generación del 27 leyó?

“Sobre todo a Rafael Alberti, Federico García Lorca y Pedro Salinas. A Pedro Salinas lo leo todavía y conozco casi toda su prosa que, a mi entender, es excelentes porque a veces los poetas son muy buenos prosistas. Lo mismo me pasa con Antonio Machado, de quien me gusta su poesía pero leo más su prosa. José María Valverde dijo que el gran aporte de Antonio Machado a la litera tura española fue con su prosa sin demérito de su poesía. Yo añado que Machado además fue un filósofo”.

- Y usted, ¿a qué elementos le da más importancia en su poesía?

“En muchos de mis poemas hay bastante silencio, algo que le da más trabajo al lector, presenta una mayor exigencia. Eso, lo que no se dice en el poema, es el silencio. Otra dificultad es la alusión”.

- También fue miembro del Partido Comunista Venezolano en su juventud. ¿Cuándo se distancia de sus directrices?

“Como muchos otros comunistas de aquel entonces comienzo a distanciarme tras la invasión soviética a Checoslovaquia, un hecho que provocó en Venezuela la creación del Movimiento al Socialismo (MAS) de Teodoro Petkoff, de corte socialdemócrata. Eran los años en los que se hablaba de un socialismo con rostro humano, una idea que surgió en Checoslovaquia y que aplastaron los tanques del régimen soviético”.

- ¿Y cómo era su poesía durante aquel período?

“Pues quedan los poemas del período que viví como exiliado en Trinidad y que aluden a la persecución a la que nos sometía la dictadura, la mayoría miembros de Acción Democrática y del Partido Comunista, sobre todo”.

- ¿Y cómo observa aquellos años?

“Como tiempo de fósiles. La derecha y la izquierda son fósiles, como dice Salvador Pániker. Se considera de izquierda al régimen soviético, al cubano, al de Corea del Norte y al Chino también y al mirar esos regímenes me digo ¡qué tristeza! porque ya es hora de prescindir de sistemas que, a estas alturas de la vida, carecen de sentido. Sean de derecha o de izquierda porque los dos defienden unas ideas que consiste en imponer un solo pensamiento”.

- ¿Qué piensa de los que en España rechazan cuestionar el régimen venezolano?

“Pues que es un problema serio porque no pasa solo en España. La izquierda no se da por enterada o hace como que no se da por aludida. No tiene ni idea de lo que pasa en Venezuela y si la tiene, aprueban lo que allí está ocurriendo. ¿Por qué? ¿Por odio a los Estados Unidos? Lo preocupante es que no se quiere examinar al tipo de persona que dirige mi país. Pienso hablar de esto, y criticaré a la izquierda española mientras siga manteniendo esa defensa del régimen porque no entiendo como admiten o justifican la situación actual que se vive en Venezuela”.

- Nada que ver con los tiempos en los que fue miembro de Tabla Redonda. ¿Qué fue Tabla Redonda?

“Marcos Pérez Jiménez es derrocado en 1958 por una insurrección popular que contó con una parte del ejército. Sin esa participación del ejército no hubiera sido posible. Pérez Jiménez huyó de madrugada de Venezuela porque no fue capaz de afrontar la situación, una actitud muy cobarde por cierto. Con él viajaba una maleta repleta de dólares que le permitieron vivir muy bien en España. Lo que sucedió después de su marcha es que regresaron al país muchos jóvenes que estaban entonces en el exilio y un grupo de ellos, muy cercano al Partido Comunista, forma la Tabla Redonda que fue un grupo de intelectuales, escritores y artistas que editó una revista y entre los que se encontraban Manuel Caballero, que era muy antimilitarista y que más tarde se dedicó a estudiar historia y a escribir artículos tremendos contra Hugo Chávez, al que llamaba el héroe del museo militar y Jesús Sanoja, quizá el más comunista del grupo y un excelente prosista o el poeta Arnaldo Costa Bello y Dario Lancini, que cuenta entre sus libros con uno de palíndromos: Oír a Darío”.

- ¿En qué trabaja ahora?

“Reviso todo lo que ha quedado sin publicar con el fin de ver que puedo rescatar o trabajar. Llevo años escribiendo poemas dedicados a Rilke, un poeta que ha sido muy importante para mi. Algunos de estos poemas están publicados pero otros no y toda esa obra es un estudio de años sobre su poesía”.

- ¿Y qué dicen estos poemas?

“Explico lo que me pasó con Rilke estando en Barquisimeto con todos aquellos amigos. Días en los que publiqué Cantos iniciales y Salvador Garmendia El parque.

- ¿ Qué libro recomendaría para iniciarse en su poesía?

“Ninguno”.

- ¿Ninguno?

Rafael Cadenas se ríe.

- ¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?

“Entre otros libros, Vuelta a la patria, de Juan Antonio Pérez Bonalde y los poemas de Francisco Lazo Martí, aunque Martí no es romántico. Con Salvador Garmendia leíamos mucho a Rubén Dario, hasta tal punto que todavía conservo algunos de sus poemas en mi memoria; y el Quijote, cuya lectura dramatizaba Salvador. Otra de mis lecturas era la Historia de la Filosofía, de Will Duran aunque descubrí después que se trataba de un resumen porque la obra original tiene diez tomos, así que lo que hice fue oler la filosofía, que siempre me ha interesado. A veces lamento no haberla estudiado en la Central porque como dice Fernando Savater, es muy importante tener maestros en filosofía”.

- ¿Y qué recuerda de aquellos maestros españoles que conoció mientras estudiaba la carrera?

“Los españoles fueron muy importantes y valiosos en Venezuela en la época de los transterrados. José Bergamín estuvo bastante tiempo con nosotros pero era un hombre que no se encontraba bien en ninguna parte. En cuanto a Segundo Serrano Poncela, de quien más tarde supimos que había fusilado a gente durante la Guerra Civil, se le notaba el peso que sentía por aquellas muertes, aunque siempre fue un buen profesor y escritor. Estaba también Ángel Ronseblat, que fue compañero de algunos de los más grandes filólogos españoles, entre otros”.

- ¿Y cómo llega un poeta a interesarse por la filosofía?

“En mi caso siempre he tenido esa inclinación hacia el pensamiento algo que, por cierto, no se encuentra en muchos poetas aunque la filosofía está muy cerca de la poesía”.

- ¿Venezuela es tierra de poetas o de narradores?

“En este momento creo que hay más poetas que narradores. Quizá sea porque como dijo una escritora norteamericana, es más difícil la prosa que la poesía, una opinión muy diferente a la común y que hace que admire tanto a los que escriben prosa y artículos en los periódicos porque no es tan fácil como piensan algunos, sobre todo los poetas”.

- ¿Por qué?

“Porque el poema puede ser breve, de dos líneas solo, y a mi se me acusa, precisamente, de haber animado a mucha gente a escribir poemas breves pese a que a lo largo de la historia se han escrito así”.

- Entonces, ¿a qué cree que se escriba hoy más poemas que prosa en Venezuela?

“Es difícil saberlo pero ya puestos, quizá sea por influencia de los talleres literarios, que ahora hay muchos en Venezuela”.

Saludos, enhorabuena, señor Cadenas, desde este lado del ordenador

Nicholas Monsarrat, el marino que no perdió la gracia del mar

Lunes, Octubre 10th, 2022

“El aspecto no era el de un hombre que se siente bien. Horacio Nelson, de físico poco agraciado, daba la impresión de haberse encogido hasta la mínima expresión de un hombre desde que se encontraron por última vez. Se le veía enjuto, delgado, pero los ojos vivos eran el único rasgo saliente en un rostro macilento de fiebre, agotamiento o tal vez preocupación”.

El marino maldito, Nicholas Monsarrat (Traducción: Lucrecia Moreno de Sáez, Ultramar editores, 1987).

Entre los aficionados a la novela de aventuras el libro más famoso del escritor Nicholas Monsarrat es Mar cruel, una historia que se desarrolla en plena II Guerra y que cuenta con una excelente adaptación cinematográfica. Lo que quizá no conozcan muchos de los seguidores de este extraordinario narrador, que también fue periodista, militar y diplomático, es que fue autor de varias novelas históricas en el más estricto sentido de la palabra. Relatos donde habla de unos tiempos en el mar que no conoció.

En este sentido, una de sus obras más ambiciosas es El marino maldito, que en España se publicó en varios volúmenes y novela con la que Monsarrat intentó contar la Historia de la Royal Navy a través del tiempo tomando como protagonista a un marino, precisamente, que ante un acto de cobardía durante un combate naval contra la Armada Invencible, pena desde entonces sus culpas a lo largo de los siglos sirviendo bajo distintos capitanes pero siempre bajo la misma bandera, la de la Unión Jack.

La novela relata así las distintas guerras en las que se ha visto involucrada la armada británica, una de ellas y se expone aunque en muy pocas líneas en este volumen, la que llevó al por aquel entonces contraalmirante Horacio Nelson a las costas de Santa Cruz de Tenerife donde además de perder el brazo sufrió una amarga derrota.

Escrita por un marino profesional y con el oficio de un escritor veterano, curtido en mil batalla, El marino maldito además de continuar explotando el filón desatado por la leyenda del holandés errante, es una excelente novela de aventuras para lectores que conocen como se las gasta la mar así como para todos aquellos lobos de mar que no salen de la comodidad de su casa.

En cuanto al escritor, Nicholas Monsarrat dejó detrás una interesante producción literaria vinculada siempre a lo marino. Y en muchas ocasiones, a los grandes marinos que pueblan las páginas de la Historia de la Royal Navy.

Las novelas de guerra en el mar se han convertido en un género muy cultivado por los escritores británicos prácticamente desde que existe la novela histórica. Además de Monsarrat, que cuenta entre otros títulos con Mar cruel, en la que rememora sus experiencias en un buque de guerra, se encuentran escritores del fuste de C.S. Forester, autor de la serie Hornblower, que transcurren durante las guerras napoleónicas o Patrick O’Obrien, responsable de la saga protagonizada por Aubrey y Maturin y que se desarrollan también en el mar con el telón de fondo de las guerras napoleónicas.

Para los que gustan de este tipo de literatura y aunque sean marinos de agua dulce, el nombre de un escritor como Nicholas Monsarrat suena con mucho respeto. El marino maldito es un intento muy ambicioso por resumir la historia de la Royal Navy y, al mismo tiempo, la historia de un cobarde que busca redención.

En la imagen un fotograma de la versión cinematográfica de Mar cruel (Charles Fredm 1953). En primer término y con unos prismáticos en las manos Stanley Baker. En segundo plano, Jack Hawkins.

Saludos, allá, a lo lejos, el rumor de las olas, desde este lado del ordenador

Como polvo en las alas de una mariposa

Sábado, Septiembre 24th, 2022

“No te pido que me ames siempre como ahora, pero te pido que recuerdes. En algún lugar dentro de mi siempre estará la persona que soy esta noche”.

Ernest Hemingway, que cuando no estaba dando puñetazos sacaba su alma de poeta, describió el talento de Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, Minesota, 24 de septiembre de 1896-Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940) como “polvo en las alas de una mariposa” y algo hay de eso en el genio del escritor que fue la voz de una generación, la del jazz, y uno de los más destacados representantes de la generación perdida, término que acuñó en su retiro de país Gertrude Stein, y etiqueta que acompañó a un grupo singular de escritores norteamericanos que no tenían raíces, jugaban con el idioma y escogieron París como la ciudad en la que vivir una juventud que pensaron sería eterna durante una década, la de los años 20, en la que las mujeres comenzaron a darse codazos para decirle al mundo como flappers que ahí estaban ellas, que ya nada iba a ser como antes.

En este escenario, se movió Scott Fitzgerald, un escritor al que el éxito le llegó demasiado pronto con A este lado del paraíso, novela en la que cuenta la iniciación de un aplicado estudiante universitario, Amory Blaine, en la ciencia nunca exacta del amor.

El escritor vivió con Zelda Fitzgerald, una adorable chica del sur que cuando cambiaba de carácter se convertía en un terremoto, los mejores años de “nuestras vidas” y escribió unas cuantas novelas que le abrieron los ojos no solo a los jóvenes de su tiempo sino a los que vendrían después.

Siento aprecio y un profundo agradecimiento por la mayoría de los escritores que formaron parte de esta generación, pero siento especial debilidad por Scott Fitzgerald porque fue una especia de outsider dentro de ese grupo que integraban hombre de pelo en pecho como el autor de El viejo y el mar, o tipos de izquierdas que tras la experiencia de la guerra de España se fueron al otro lado de la balanza sin dejar de ser en ningún momento excelentes narradores como John Dos Pasos, entre otros.

En contra de lo que era natural, me inicié en la literatura de Fitzgerald leyendo Hermosos y malditos, que sigue el curso de un grupo de amigos y amigas universitarios que son, como dicta el título, hermosos, sí, pero también malditos.

Más tarde leí, o mejor, devoré que se escribe así para aquellos cretinos que quieren imponer sus reglas, El gran Gatsby, que sigue siendo no sé si la mejor pero sí que la novela más popular del escritor norteamericano, y que ha sido llevada que ahora recuerde en tres ocasiones al cine con resultados digamos que irregulares, aunque la versión de Jack Clayton con guión de Francis F. Coppola e interpretación como Jay Gatsby de Robert Redford marque un antes y un después en el revival de los años 20 que vivimos unos cuanto a finales de los 80, imitando aquellas fiestas regadas con champán mientras nos hacíamos pasar por filósofos con el corazón roto.

Después vino la lectura de su primera novela, A este lado del paraíso, la inconclusa El último magnate, que cuenta con una versión cinematográfica dirigida por Elia Kazan y que debería ser como un libro a lo Santo Grial para todo cinéfilo que se precie y Suave es la noche, que es su novela más generosa en páginas y me atrevería a decir que triste.

La historia está inspirada en la propia vida del escritor, ese amargo momento en el que tuvo que internar a su esposa, Zelda, en un sanatorio porque se le había ido la pinza.

No dejó, que ahora recuerde, otras novelas pero sí que nos legó un numeroso puñado de cuentos y algún que otro ensayo que los que aún sentimos devoción fitzgeraldiana leemos caigan o no relámpago. Les recomendaría que se leyeran Las historias de Pat Hobby, o las desventuras de un guionista sin demasiada suerte en Hollywood, Flappers y filósofos y Cuentos de la era del jazz, entre otras recopilaciones que muestran el talento que tuvo el escritor para adentrarnos en una época muy cercana, pese a los años que nos separan, de la nuestra…

Tras internar a su esposa en un hospital para chalados e intentar buscarse la vida como guionista en Hollywood con resultados catastróficos, solo aparece acreditado en un largometraje, Tres camaradas, aunque colaboró sin aparecer su nombre, en el libreto de Lo que el viento se llevó, Fitzgerald conoció a una periodista de chismes, Sheilah Graham con la que vivió los últimos años de su vida.

La versión de esos días la reflejó Graham en Días sin vida, que fue llevada al cine con Deborah Kerr, en el papel de la periodista chismosa y Gregory Peck en el del escritor, y en ella se nos describe el ocaso de una estrella que ya no reconoce nadie y su descenso a los infiernos hollywoodienses, donde todo el mundo se cree capaz de cambiar, modificar, lo que escribe aquel vejestorio llamado Scott Fitzgerald.

Esta humillación, el hecho de verse sin una cuenta bancaria que garantizara su estabilidad financiera y el abuso del alcohol fue minando la salud mental como física de un autor que no tuvo que haber tenido el final que se lo llevó al otro barrio. Ese mismo barrio en el que nos encontraremos todos un día de estos.

Pese a los esfuerzos de Sheila Graham, Fitzgerald solo tuvo una mujer en su vida, y esa mujer fue Zelda, con la que además tuvo una hija, Scottie, que fue como un sol en aquella relación que terminó por deteriorarse y que Hemingway ya vaticina su fin en París era una fiesta, que a mi me parece uno de los mejores libros del escritor aunque no sea ni un cuento ni una novela de ficción.

El autor de El gran Gatsb y animó a su esposa Zelda que escribiera. De hecho, no fue una mala escritora una mujer que, antes de que se le fuera la cabeza, era el alma de las fiestas locas, locas y locas de aquella década que tuvo el jazz como banda sonora.

“Puedes acariciar a la gente con palabras” dijo Scott Fitzgerald, también “Ven, bésame y olvidémonos de todo”, que es una solución infalible para evitar malos encuentros, rollos que se deterioran, aventuras que dejan de volar…

Mi aprecio por Scott Fitzgerald es tan gran que sé que es uno de los míos. Y es que resulta, efectivamente, de los míos. Con él aprendí a observar las cosas con otros espejuelos, dándome cuenta la mayor parte de las veces que todas las épocas son igual y que solo el amor las hace soportables porque Fitzgerald, además de ser la voz que hizo eterna a una generación también fue clave para la que pertenezco… Vivimos un tiempo que nos hizo creer que el mundo sería nuestro y nos levantamos tiempo después es un escenario que poco o nada tenía que ver con aquella felicidad que marcó nuestra existencia.

Nadie le dijo a la generación de Scott Fitzgerald como a la que pertenezco que así, con la rapidez de un chasquido, se nos iría tan pronto la juventud, la vida… Y que lo que somos es tan solo un soplo o, como escribió Hemingway, el polvo en las alas de una mariposa.

Saludos, llueve, desde este lado del ordenador

Los Marías y yo, mismamente

Lunes, Septiembre 12th, 2022

Las redes se inundan de comentarios que lamentan la muerte del escritor español Javier Marías, que fallece, se nos va, demasiado pronto aunque uno tiene la sensaciòn que la muerte llega, nos llega, con prisas, sin que tengamos tiempo a meditar profundamente en qué consiste eso de volver a ser nada. Nada absoluta. En el caso de Marías nos quedan sus libros, un inmenso legado de páginas y páginas al que llegué hace ya unos años gracias al regalo de un amigo del alma, pero del alma, alma, que tuvo a bien regalarme Tu rostro mañana que, como saben algunos, se publicó originalmente en tres entregas (Fiebre y lanza, Baile y sueño y Veneno y sombra y adiós) entre 2002 a 2007.

El volumen que está en mis manos es generoso en páginas, supera las 1.300, y ocupa un lugar secreto en mi desordenada biblioteca. Pero no fue Javier sino Miguel el primer Marías que conocí en mi agitada existencia gracias a un programa de cine que se criticó mucho entonces y que ahora reivindican con nostalgia los cinéfilos de medio país: Qué grande es el cine, que dirigía y presentaba José Luis Garci y en la que tras la exhibición de un largometraje cuato o seis tertulianos hablaban de las grandezas de esa misma película.

Entre los habituales, se encontraba Miguel Marías, que era uno de los pocos que hablaba con seriedad de lo grande que a veces es el cine. Más tarde me enteré que eran familia por parte materna de una rama de ilustres e ilustardos cineastas como Jesús Franco, que fue un francotirador y al que tuve el honor de entrevistar sirviéndome de intermediaria quien fue su mujer: Lina Romay y con el que charlé de lo divino y de lo humano de, entre otros temas, sus innumerables pseudónimos, su afición a los desnudos, su capacidad para dirigir películas en tres días y, por último, cómo fue trabajar al lado de un monstruo. Un monstruo llamado Orson Welles. Marías era familia también de otro director de cine fundamental para comprender la historia del cine español como Ricardo Franco.

Pero digamos que mi gran encuentro con alguno de los Marías no fue ni con Javier ni con su hermano Miguel, sino con su padre, don Julián Marías, que escribía por aquel entonces unos interesantes artículos de opiniòn en la revista Blanco y negro que se vendía todos los domingos con el ABC.

Me encontraba por aquel tiempo en Madrid, y vivía por aquel tiempo también en una calle llamada de Isla de Oza, que se encontraba por Puerta de Hierro pero no en la zona noble sino en la pobre. Con todo, vivir tan alejado del centro y en un barrio donde todo el mundo trabajaba mucho para llevar el pan a su casa, hacía muy especial la convivencia porque allí, en aquella calle, nos conocíamos todos. De hecho, casi todos nos enciontrábamos de noche en un bar medio pub llamado El semáforo donde te preparaban, por cierto, unos bocadillos espectadulares de morcilla de Burgos y si no quiedaba de panceta con queso amarillo que devorabas en unos pocos segundos.

La parada de guagua (autobuses) que te llevaba al centro –recuerdo que la parada en el otro extremo de la ciudad era detrás del cine Callao– estaba prácticamente al lado de casa, donde vivía con otros dos compañeros y que siempre llevaba un libo (lo sigo haciendo, es algo que no se me ha ido con la edad) en las manos que por aquellos días se trataba de México insurgente, escrito por el periodista John Reed que ha sido siempre una especie de faro, de guía, y del que leí también su famoso Diez días que conmovieron al mundo y una serie de sobresalientes reportajes en un volumen titulado La guerra en Europa oriental. Esa guerra es la primera y para los que gustan de estos temas como quien les escribe, es un frente no demasiado conocido de un conflicto que al finalizar hizo pensar a muchos que sería la última de las guerras.

El caso es que estaba en la parada, apoyado en un murito que servía de parterre de plantas decorativas esperando pacientemente la guagua cuando un señor mayor me preguntó que qué estaba leyendo. Le mostré la portada y tras consultarla me dio unas palmaditas en los hombros y exclamó que estaba muy bien que un joven leyera (en aquellos tiempos todavía era joven).

Me dijo también pero sin decir su nombre ni el medio en el que colaboraba que el también escribía… Y me recomendó que leyesa el Quijote si no lo había hecho y El buscón de Quevedo cuando llegó la guagia y puso final a aquella extraña conversaciòn. Extraña porque entonces como ahora resulta raro eso de hablar de libros. Y más si se trata con un desconocido.

Solía sentarma al final de la guagua y vi como aquel simpático viejito lo hacía delante mientras le daba vueltas a la cabeza porque, diablos, algo me decía que conocía a aquel caballero.

Lo supe el domingo de esa misma semana o quizá fue el de la siguiente o siguiente que lo mismo da. Estaba leyendo la revista Blanco y negro cuando de pronto vi la fotografía del autor de un artículo de opinión, una sección fija entonces en aquella publicación… y el viejito no era otro que don Julián Marías. Más tarde leería su autobiografía Una vida presente y adquirí en un rastro su voluminosa Historia de la filosofía, dos obras que son como dos islas en una nutrida bibliografía…

Muere Javier Marías, su hijo y el hermano de Miguel y familia de los Franco, no del dictador sino de los que se dedicadon al cine… Y pienso en aquella anécdota con el padre y no con el hijo a quien creo que vi una vez (a Javier me refiero) sentado en una terraza más o menos próxima a la Plaza Mayor de Madrid con otro escritor, Arturo Pérez Reverte. Luego lo demás se difumina, y siento, lo siento de veras, la ausencia de un Marías que a sun manera y aunque sea de forma tan marginal, forma parte de mi vida. Un chispazo, un momento, un eco si así lo quieren… perio un recuerdo, un recuerdo que es siempre algo más que nada más.

Saludos, mañana en la batalla piensa en mi, desde este lado del ordenador

Mi nombre es Hammett, Dashiell Hammett

Sábado, Mayo 28th, 2022

Samuel Dashiell Hammett (27 de mayo de 1894 – 10 de enero de 1961) es uno de esos escritores que si no hubiera nacido habría que inventarlo. Sin él, no se explica la evolución de un género tan realista y preocupadamente social como es la novela negra, la que se distancia de la de suspense, la de crimen en un cuarto cerrado. Y con él, es verdad también, se instauran los clichés que a continuación han ido definiendo a un género que por mucho que insistanh sus detractores hoy goza, como gozó en su tiempo, de excelente salud. De hecho, si quieres hacerte una idea de las sombras que pueblan tu ciudad por pequeña que sea la mejor opción sigue siendo la literatura negra y criminal.

El detective privado con un alarmante problema de salud, el amigo que a la postre no resulta tan cercano y las mujeres que llevan los pantalones porque dejaron las faldas arrugadas en el suelo del cuarto de baño son solo algunos de los elementos que salieron de la máquina de escribir de un hombre que acercó la literatura de crímenes a los lectores publicando sus relatos y novelas por entregas en revistas baratas, publicaciones que se vendían en kioscos junto a periódicos que anunciaban tragedias en grandes titulares y a cinco columnas.

Hammett sabía de lo que escribía, gran parte de sus cuentos y novelas negros están inspirados en muchos de los casos que tuvo que investigar cuando fue detective privado, oficio que le llevó también a romper huelgas y hundir, si así se lo ordenaban, el cráneo de más de un trabajador. Continuó por este camino hasta que se dedicó a la literatura de andar por casa para mantener una familia que siempre vivió a trancas y barrancas. Más tarde simpatizón con ideas de izquierdas que lo llevaron a la cárcel porque se negó a delatar el nombre de amigos y camaradas de partido. Fue allí, mientras cumplía condena, cuando se agravó una enfermedad que arrastró una vez recuperó la libertad y consiguió el cariño de la escritora y guionosta Lilian Hellman. En el cine, si no me equivoco, Hammett ha sido interpretado por actores como Jason Robarts (Julia) y Frederic Forrest (Hammett) y aparece en alguna novela.

Por unanimidad y dentro del gremio de escritores se le sigue considerando como el padre de una literatura bronca, violenta, construida con frases tan cortas como el tableteo de una ametralladora Thompson. Fue elogiado por poetas como Luis Cernuda y escritores como André Malraux y Andé Gide. Raymond Chandler, que fue uno de sus discípulos más aventajados, lo dijo cuando el destino lo condujo a cultivar este tipo de literatura: la llevó sin guantes al arroyo.

Si aún no has leído nada de DH te recomendaría que comenzaras por Cosecha roja, novela que ha dado origen a todo tipo de versiones cinematográficas sin acreditar (Yojimbo, Por un puñado de dóláres, El último hombre); La llave de cristal, que a mi me parece la mejor de todas las que escribió y que cuenta con su propia adaptación al cine y que inspiró otro, Muerte entre las flores) y El halcón maltés, que dirigó John Huston y protagonizó Humphrey Bogart como el duro detective Sam Spade.

Hay otras dos novelas pero no resultan tan negras como el carbón: La maldición de los Dain y El hombre delgado, que está protagonizada por una pareja extremadamente elegante que en el cine intepretaron William Powell y Myrna Loy, como Nick y Nora Charles, y su simpático perrito Fox Terrier, Asta.

También fue el guionista de la serie Agente Secreto X-9, que ilustró Alex Raymond.

No sé a que están esperando si aún no han leído a este clásico, clásico, clásico de la literatura con mayúsculas. A este hombre que no fue ni normal ni corriente y que nos enseñó a través de sus libros que lo negro, solo a veces, resulta demasiado brillante. Tanto, que su destello llega hasta nuestros días con nombre y apellido:

Dashiell Hammett

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador