Archive for the ‘Literatura’ Category

Mientras agonizo

Viernes, Septiembre 25th, 2020

Llegué a William Cuthbert Falkner (New Albany, 25 de septiembre de 1897-Byhalia, 6 de julio de 1962), más conocido como William Faulkner, a través de sus cuentos. Más tarde llegaron algunas de sus novelas, entre otras una que considero capital para entender el universo de un escritor que fue un poco más lejos de Yoknapatawpha County para que conociera cómo eran por dentro los hijos del sur más profundo de los Estados Unidos de Norteamérica. Ese universo que imagino ahora poblado de telarañas y con tonos grisáceos en el que los descendientes de su gloria viven todavía de las rentas de un mundo que ya no volverá.

Leyendo a Faulkner aprendí muchas cosas, una de ellas a contemplar el pasado con una mezcla en la que se confunden sentimientos como el amor y el odio.

Que es uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX no lo pondrá nadie en duda aunque es verdad que siempre aparece algún imbécil para decir lo contrario… aunque visto lo que he visto las últimas semanas no creo que a estas alturas nada me sorprenda. Por eso reitero que el señor Faulkner es uno de los más grandes escritores norteamericanos de su tiempo. Tanto, que su literatura volvió loco a los primos que nacieron más allá del sur, iberoamérica, y que de esa influencia brotaron novelistas que imaginaron su Yoknapatawpha County personal.

Como saben algunos, William Faulkner tuvo un serio problema con el alcohol. Cuenta la leyenda que se bebía junto a su amigo el también escritor Sherwood Anderson una o dos botellas de whiskie al día, y que pese a obtener el Nobel de Literatura, sus finanzas nunca fueron lo que se dice estables.

Howard Hawks lo contrató como guionista. A Hawks le encantaba tener a un Nobel en nómina, también beberse una o dos botellas de whiskie con aquel monstruo de las letras norteamericanas. Las películas en las que colaboraron fueron Tener y no tener y El sueño eterno, las dos protagonizadas por la pareja Bacall/Bogart y Tierra de faraones, una rareza en la producción del cineasta. Las dos primeas películas son, como sabrán, obras maestras de un director de cine al que le encantaba contar historias sobre aquel caballero del sur profundo con el que trabajó y que había ganado el Nobel de Literatura.

Resulta muy atrevido que recomiende algunas de las novelas y cuentos que he leído de Faulkner (hasta su apellido literario resulta tremendamente literario) pero lo haré porque no está de más compartir con ustedes pasión tan contagiosa como es la lectura y recomendar autores para alimentar esa hoguera sin vanidades que es la de invitar a leer.

Ahí van… y no van de mejor a peor porque poco o nada hizo mal el escritor:

Santuario (recordad a Popeye)
La paga de los soldados
Absalón, Absalón
El ruido y la furia
El oso (cuentos)
Los rateros

No cito otros títulos (Palmeras salvajes, Sartoris...) porque no las he leído aunque estas líneas que escribo ahora precipitadamente me invitan a que vuelva a su universo sureño con olor a tabaco y a whiskie. Ese mundo devastado y poblado de fantasmas. La necesidad de mirar al pasado para reafirmarse en una tierra que ya no pertenece a nadie.

William Faulkner, si no el más grande sí que uno de los más grandes escritores norteamericanos del siglo XX.

Saludos, he dicho, desde este lado del ordenador

Dame un héroe y escribiré una tragedia

Jueves, Septiembre 24th, 2020

Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, 24 de septiembre de 1896-Hollywood, 21 de diciembre de 1940) es conocido como el cronista del jazz, de los locos y felices años 20. El escritor que reflejó en el papel las idas y venidas de las flapper, de fiestas que solían acabar al amanecer empapadas de alcohol ilegal y de románticas historias de amor que, como todas las historias románticas que se precien terminan en tragedia.

Scott Fitzgerald fue el gran escritor de su generación, la generación perdida y con permiso de Ernest Hemingway y John Dos Passos, solo que el éxito le sorprendió demasiado pronto y no supo, cuentan sus biógrafos, gestionarlo.

Nadie discute, sin embargo, que los 20, aquellos años del charleston y de cine silente, de americanos en París en busca más que de su destino del mejor vino espumoso, representa como nadie el espíritu derrochador de un mundo feliz que se vino abajo con la crisis del 29 cuyos efectos me recuerdan los de un año, el 2020, en el que comenzamos a vivir peligrosamente Dios sabe hasta cuándo…

Escritor cuyo talento “era como el polvo en las alas de una mariposa”, escribe Hemingway en París era una fiesta, Scott Fitzgerald se casó con la mujer de su vida, Zelda, para convertirse en el rey y la reina de una generación literaria que, como todas, no nació republicana.

Zelda era una hermosa chica de Alabama, una sureña a carta cabal que le hizo la vida imposible al escritor y el escritor a ella. Sus borracheras han pasado a la historia porque se han convertido en leyendas de la dipsomanía pero todo acabó abruptamente cuando Zelda empezó a perder la cabeza. La historia de esta relación marca así las mejores novelas de un escritor que escribió sobre un tiempo que también es el nuestro y que deberían de leer y releer sin descanso: A este lado del paraíso, que fue su primer libro publicado y título que lo hizo rico y famoso de la noche a la mañana, y cuyo protagonista, Amory Blaine, se ha convertido en mi particular panteón de ilustres en un personaje que ocupa el mismo espacio que Holden Caufield, sí, el narrador de El guardián entre el centeno; Hermosos y malditos, que uno termina con el sabor de la ginebra y el tabaco en el paladar y, la que para muchos es su obra maestra, El gran Gatsby, llevada que recuerde tres veces al cine sin demasiada justicia, aunque la versión de Jack Clayton con Robert Redford en el papel de Gatsby sigue pareciéndome la mejor sin que llegue a la altura del libro.

Escritor prolífico de cuentos y de varios ensayos, uno de ellos fundamental para entender su época y la nuestra, The Crack Up, Scott Fitzgerald escribía cuentos para mantener un nivel de vida que ya no podía asumir, sobre todo con su mujer en un sanatorio mental –lo cuenta en Suave es la noche, una novela no demasiado elogiada pero necesaria para comprender el infierno en el que se encontraba entonces– lo que lo obliga a marchar a Hollywood para buscarse la vida como guionista aunque en la ciudad de los sueños rotos lo trataron como uno más, enterrándolo en historias malas que tenía que maquillar con su escritura.

De su experiencia en la Meca del cine dejó una novela inconclusa, El último magnate, una serie de historias que protagoniza un guionista borrachín y fracasado como él, Pat Hobby, que deberían de leer para conocer cómo se la gastaba Hollywood con lo mejor de una generación que, según Gertrude Stein, nació perdida.

Durante años Francis Scott Fitzgerald fue mi escritor de cabecera, aquel al que recurría para disolverme en sus historias y huir de la pesada realidad (traicionera, ridícula, tan poblada de enanos) que vivía y mucho me temo que vivo. He comprobado recientemente, durante el confinamiento sin ir más lejos, que sus libros continúan siendo igual o más actuales que cuando llegué a él despistadísimo, incapaz de conocer el cataclismo que me iba a procurar su A este lado del paraíso, título que utilizo desde hace trece años como despedida en las entrada que subo a El Escobillón con un “saludos desde este lado del ordenador” y en otros artículos con “desde este lado del Atlántico” cuando me refería a estas islas desafortunadas. Lo hice como un modesto homenaje a la vida y la obra de un talento que no sé si fue como el polvo en las alas de una mariposa pero que dentro de mí sigue indagando en otras puertas que, hasta el día de ayer, creía que no existían.

Hoy, y bien mirado como cualquier otro, es un buen día para celebrar su recuerdo y agradecerle los buenos y malos ratos que me hizo y me hará pasar como lector. Me quedo muy corto si escribo que mi devoción fitzgeraldiana continúa igual que cuando nuestros caminos se encontraron hace eones y quiero pensar que también uno de estos días oscuros y tristes de otoño ya que leerlo es como volver a reencontrarme con él y conmigo mismo. Un viejo amigo al que no ves desde hace años y que cuando te lo tropiezas por casualidad en la calle tienes la sensación que no ha pasado el tiempo, que no hace falta fingir que lo aprecias porque lo sigues queriendo como siempre…

En fin, que Francis Scott Key Fitzgerald, un estudiante de Princeton que no solía asistir a clase, sigue siendo mi amigo pese a los divorcios que tanto uno como el otro hemos ido marcando esta relación. Y sí, me gustan mucho de su quinta Hemingway, Dos Passos, West… y Steinbeck y Faulkner aunque no me atrevería a meter a estos dos últimos en ese saco de románticos norteamericanos. De escritores que, como dijo el mismo Scott Fitzgerald, necesitaban de los héroes para escribir una tragedia.

Saludos, recordadlo, desde este lado del ordenador

El Cabildo de Gran Canaria reabre su Librería mientras el de Tenerife “no sabe, no contesta”

Viernes, Agosto 28th, 2020

Mientras ese fantama hecho realidad que es la Covid-19 recorre el mundo y las administraciones públicas y privadas se muestran incapaces de dar un paso hacia adelante para frenar lo que se avecina, sorprende gratamente que el Cabildo de Gran Canaria anuncie para septiembre la reapertura de su Librería mientras el de Tenerife continúa sin saber qué hacer con ella. La Librería, me refiero.

¿Previsión?, ¿capacidad de trabajo y organización? La verdad es que lo ignoro pero la isla vecina se ha puesto las pilas mientras que la tiene enfrente sigue en babia, mirando a otro lado, simulando que está en otras cosas.

En fin, visto lo visto, y tal cómo ha reaccionado el Cabildo tinerfeño ante el cierre indefinido de su Librería, situada si no lo recuerdan en la avenida de las Islas Canarias, junto al antiguo cine Teatro Baudet y cerrada desde enero de este año primero por inventario, más tarde por el confinamiento y en la actualidad porque “no sabemos que hacer con ella“, el Cabido de Gran Canaria presentará en septiembre la nueva imagen de su librería coincidiendo con el 25 aniversario de su apertura, en abril de 1995.

Aprovecho pues este espacio para plantear la misma pregunta que planteé en este mismo espacio hace unas semanas: ¿Qué va a hacer el Cabildo de Tenerife con su librería? Si ha muerto definitivamente ¿a qué esperan para comunicarlo púiblicamente? ¿Existe, como se dice, un informe sobre su estado? y si es así ¿por qué no lo conoce la opinión pública?

Se rumorea ahora que el anterior director insular de Cultura, Leopoldo Santos Elorrieta, contaba con un informe que hizo llegar a la Consejera Insular del Área de Educación, Juventud, Museos, Cultura y Deportes, Concepción María Rivero Rodríguez, adscrita a ese partido que se hace pedazos, Ciudadanos, y que este informe debe seguir cerrado sobre la mesa de su despacho. Pero son rumores, palabras que agita el viento en una y otra dirección.

Sea o no verdad, la verdad objetiva es que la Librería del Cabildo de Tenerife continúa cerrada. Invito a que pasen delante de lo que fue y observen con atención la capa de suciedad que se va acumulando en la entrada. Así que ya podrían adecentarla un poco, dice uno que agita la mano en señal de despedida a otro espacio cultural que desaparece de la isla.

De momento, seguimos preguntando qué ha pasado con todos los libros que tenía dentro. ¿Dónde han acabado? Las informaciones que me llegan son contradictorias y algunas de ellas no quiero ni creerlas porque hablan de cenizas que agita ese mismo viento que comentábamos antes… A la espera de una respuesta concreta y coherente, no “el Cabildo de Tenerife no sabe qué hacer con la Librería”, nos replegamos a nuestros cuarteles de invierno con la intención, eso sí, de asomar la nariz cuando alguien tenga la decencia de aclarar la situación de un espacio que sigue siendo del Cabildo y por tanto de todos los tinerfeños.

Saludos, ¿continuará?, desde este lado del ordenador

Julio Cortázar, alguien que anda por ahí

Miércoles, Agosto 26th, 2020

Julio Cortázar (Ixelles, 26 de agosto de 1914-París, 12 de febrero de 1984), aunque parezca insólito, ya no tiene demasiado pegada en los tiempos infernales que vivimos. No hace demasiado, unos estudiantes universitarios me dijeron que se había inflado la fama de un escritor que, a su juicio, no lo merecía. Se agradeció con respetuoso silencio que al menos aquellos dos lo conocieran porque el resto de la clase no dejaba de preguntarse ¿Cortázar, quién es Cortázar?

El olvido, que es tremendo, se ha extendido y son pocos, muy pocos, los que vuelven a la obra de un escritor que quizá, yo mismo soy de los que no he vuelto a sumergirme en sus cuentos y novelas, ha quedado aplastado por el paso del tiempo pero permítanme que sospeche que me equivoque ya que le debo más de lo que pensaba a este escritor que no renunció a lo que pensaba en vida y que después de muerto elevaron a los altares para ser sepultado por la mala memoria en un siglo, reitero, tan nefasto que nos ha tocado vivir.

Además de sus relatos y novelas le debo a Cortázar el descubrimiento de dos autores fundamentales también en mi atestada biblioteca: Daniel Defoe y Edgar Allan Poe ya que ejerció también de traductor. Siempre tuve la sospecha mientras leía El gato negro o las desventuras Robinson Crusoe que se hace amigo de Viernes que las versiones de aquellos cuentos y de esa prodigiosa novela dividida en dos partes eran más interpretaciones del señor Cortázar que traducciones modélicas en el sentido más estricto de la palabra. Que el autor de Rayuela o Los premios, del mismo modo que hacía Jorge Luis Borges, escribía sus versiones de aquellos clásicos literarios pero es probable que me equivoque porque suelo equivocarme demasiado con lo que me rodea. Aunque algo me dice que esta vez, amigo mío, no vas desacertado.

El primer libro que leí de Cortázar fue Alguien que anda por ahí, volumen que reunía un puñado de relatos en los que nadé sin salvavidas. Más tarde llegó la novela Los premios, El libro de Manuel y otros recopilatorios de relatos entre los que descubrí El perseguidor que es un emocionante homenaje al saxofonista Charlie Parker, que aquí se llama de otra manera pero que es Bird, hasta llegar a Rayuela que fue una conmoción en mis tiempos mozos, aquellos en los que todo el mundo leí esta novela o decía que la había leído y los más atrevidos se dejaban la barba (barbita más bien) para parecerse al legendario escritor argentino que solo se sacaba fotografías con un cigarrillo colgando entre sus labios.

Hace mucho tiempo, tanto que ya se confunde en la memoria, hubo una librería en la la pequeña capital de provincias en la que vivo. Estaba localizada en la calle de El Pilar, a mano izquierda si se baja del parque García Sanabria. La librería se llamaba La internacional y la llevaba uno de esos libreros que amaba a los libros. Creo recordad que llevaba melena y una barbita a lo Cortázar. También que era un digno representante de esa tribu que ahora se conoce como progre. Este, en todo caso, era un progre de los de antes. Es decir, un tío al que le entusiasmaba incitar a los demás a que leyeran. Y más si se trataba de un renacuajo que se dedicaba a perder el tiempo en las por aquel entonces nutridas librerías que se desparramaban por la ciudad en la que nació y aún vive. O hace que vive.

El caso es que aquel clon de Cortázar nos recomendaba libros (me regaló, así como lo oyen, el primer Bradbury que cayó en mis manos, El hombre ilustrado) y autores que, según él, no deberíamos dejar pasar y uno de ellos, claro está era el argentino. Pero no el argentino Borges, que también, sino Julio. Julio Cortázar.

La librería, como todas las cosas buenas que hubo en mi ciudad, desapareció demasiado pronto pero aún conservo los libros que adquirí allí en tardes, más que mañanas, en las que deambulábamos como almas sin pena por sus calles y plazas. Más tarde compartiría mi entusiasmo por Cortázar con un amigo irremplazable que se murió demasiado pronto. Uno de los libros que escribió rinde, de hecho, homenaje al escritor en su título: Decena de un cronopio. Si aún no saben de quién se trata les revelo el nombre Ezequiel Pérez Plasencia. Con esta obrita, muy autobiográfica, recibiría el Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo pero mucho me temo que Ezequiel como Julio, Julio Cortázar, son hoy dos perfectos desconocidos para esa inmensa minoría que lee. O dice que lee.

Con todo, sí que podría afirmarse que, contra todo pronóstico, vivimos en la actualidad dentro de un cuento de Cortázar. Este 2020 parece sacado de hecho de su imaginación aunque el hubiera subrayado las relaciones de unos con otros. Los lazos que se hacen y deshacen entre tanto calor, la calima que sume a una ciudad un caluroso y no gélido febrero. La descripción de dos meses largos de confinamiento y la vuelta a una normalidad que las autoridades anuncian como “nueva”.

Pero basta ya y entiéndase todo esto como cosas de alguien que anda por ahí…

Saludos, hasta la próxima, desde este lado del ordenador

Unos tipos infames

Lunes, Agosto 24th, 2020

La literatura para leer con una sola mano tuvo razón de ser cuando era clandestina. Como género siempre ha estado ahí, aunque su máximo movimiento se produjo a finales del siglo XIX y comienzos del XX, distribuyéndose en las trastiendas de las librerías o pasando de mano en mano va mientras se miraba hacia el otro lado.

El caso es que esta literatura reunió en torno a ella un grupo de aficionados y sorprende –si uno se adentra sin luz y sin guía– por la variedad de historias que cuenta, todas salpimentadas de escenas de sexo, y por el tono con el que están descritas, a veces muy divertido y en otro, por el contrario, extremadamente dramático ya que implica la muerte de algunos de sus protagonistas. La fórmula Eros y Thanatos funciona con la precisión de un reloj suizo en este género condenado por su libertinaje y en el que la mujer (aunque sea un hombre quien escriba) se convierte en el centro de su universo. Como la vida misma.

No obstante, además de sexo si hay un elemento común en toda esta literatura es la celebración del amor, del amor carnal por encima del espiritual y por su retrato en ocasiones logrado de cómo se las gastaban nuestros tatarabuelos. Gente que tal y como están los tiempos parece más libertina, aunque este libertinaje se mantuviera en una clandestinidad digamos que consentida. En este aspecto, resulta curioso observar cómo la literatura erótica, galante, sicalíptica no solo da lecciones de cómo ir a la contra de la moral establecida sino en cómo retratar las pasiones reprimidas y ocultas de una sociedad en continua duermevela que contó, por fortuna, con guerrilleros muy despiertos, sobre todo cuando caía la noche.

La literatura erótica resulta por ello, sea drama o comedia, festiva. Es una celebración de la vida.

La cantidad de títulos es abrumadora y muchos fueron traducidos al español en la legendaria colección La Sonrisa Vertical de Tusquets Editores. Estas líneas no pretenden repasar la amplitud de novelas y relatos que riegan el género, muchos de ellos sin firma, anónimos o rubricados con pseudónimo pero sí llamar la atención sobre cinco obras que se atribuyen a escritores del fuste de Oscar Wilde, Alfred de Musset, E.T.A. Hoffman, Felix Salten y Pierre Mac Orlan.

Y, efectivamente, no hay ningún español aunque este tipo de literatura triunfara también en este país sobre todo a principios del siglo XX para alcanzar su esplendor en la década de los 20 y 30 con la aparición de numerosas novelitas de este signo y distribución clandestina. Entre otros autores, destacaría la aportación del fecundo y sobresaliente escritor Eduardo Zamacois y de José María Carretero Novillo, quien solía firmar con el pseudónimo de El caballero audaz.

No obstante, y volviendo al asunto y sea o no verdad, gusta imaginar que, efectivamente, detrás de estos títulos se encuentran Wilde, Salten, Hoffman, Mac Orlan y de Musset. Cinco gamberros, cinco mosqueteros del vicio y la perversión literaria que tuvieron sus días divertidos pero a los que también se observó, y en ocasiones incluso se condenó, como tipos infames, infames para la gente de ¿bien?

TELENY, ¿Oscar Wilde?

“Mi mayor placer estaba en ver a los hombres bañándose. Me costaba trabajo no acercarme a ellos; me hubiera gustado acariciarlos y besarlos por todos lados. El día que pude ver a uno de ellos desnudo, la impresión fue superior a mí”. (Teleny. Traducción: Alberto Cardín, Laertes S.A. De Ediciones, 1985)

Durante mucho tiempo Teleny se atribuyó a Oscar Wilde pero estudiosos en la obra del escritor rechazan tal idea aunque otros –si bien reconocen que no la escribió– aseguran que al menos echó un vistazo al manuscrito antes de su publicación. Sea o no, Teleny tiene algo de El retrato de Dorian Gray –uno de los personajes, hijo de un general, recuerda al lord Henry Wotton del libro original– y cuenta también con frases de influencia wildeana sobre la vida, la muerte y el arte además de contar una apasionada y demoledora historia de amor entre hombres: el rico heredero Camille des Grieux con el pianista René Teleny en un París decadente de finales de siglo en el que las clases acomodadas gastan a manos llenas sus fortunas en juergas interminables, espectáculos que derivan en orgías y fiesta, fiesta, fiesta.

Literariamente es muy pobre pero su ritmo es trepidante y describe a brochazos el ambiente represor de la época. Dicen que Oscar Wilde se llevó este libro consigo cuando fue conducido a la cárcel de Reading.

GAMIANI, ¿Alfred de Musset?

“Fanny: Os juro que llegué a los quince años completamente inocente, nunca se me había ocurrido pensar en las diferencias que pudiera haber entre los hombres y las mujeres (Gamiani o dos noches de quimera, Alfred de Musset. Traducción: Publicaciones bibliográficas, La Biblioteca Fauno, Barcelona. Colección La sonrisa vertical, Tusquets Editores, 1978)

Gamiani o dos noches de quimera se atribuye a Alfred de Musset, un escritor que disfrutó de éxito en su día pero que hoy es un perfecto olvidado salvo para los que conocen que fue uno de los amantes de la escritora George Sand, escritora que lo fue también de Chopin, pianista y compositor a quien acompañó durante su convalecencia en Mallorca.

Para muchos, entre los que se encuentra Luis García Berlanga, quien afirmó que Gamiani se había convertido en su libro de cabecera durante la adolescencia, Gamiani es una obra singular y casi un objeto de culto entre los aficionados al género.

Cuenta la historia de amor apasionado entre dos mujeres, mujeres que cuentan también sus recuerdos sexuales sin ahorrar ningún tipo de detalles en apenas un centenar de páginas que se leen como un tebeo.

Está escrita como si de una obra de teatro se tratase y que recuerde fue llevada al cine con resultados muy limitados. Mejor acercarse a este clásico de la literatura erótica a través del libro y no de su versión cinematográfica.

Clásico de la novela galante, algunos estudiosos destacan que Gamiani pertenece “a la línea del movimiento romántico francés de la primera mitad del siglo XIX” y que el mismo de Musset se las leyó de un tirón al resto de miembros de la tertulia de la que formaba parte. No se sabe cómo la recibió tan selecto grupo aunque se puede asegurar sin temor a equivocarse que si lo fue de alguna manera lo fue con mucha alegría.

Historia de una seducción, ¿pero qué literatura erótica que se precie no lo es?, Gamiani se divide en dos grandes bloques en los que el autor teje una compleja y festiva red de placeres hasta llegar a un final radical que describe con arrebato el narrador de la obra, primero mirón y luego partícipe de lo que se cuece en las revueltas sábanas del lecho de la protagonista.



JOSEPHINE MUTZEN. BACHER, ¿Felix Salten?

“Nos miramos a los ojos y mantuvimos la actividad mientras él seguía dictando al grupo. Por fin se interrumpió y me envió a mi sitio. Llamó a la señorita Ferndinger, que acudió a la plataforma. Desde mi asiento, vi como se colocaba entre sus piernas y empezaba a jugar como yo había hecho antes; también el maestro le deslizó la mano bajo el vestido”. (Josephine Mutzen-Bacher, Felix Salten. Traducción: Máximo Loizu. Colección Papeles Secretos, Rocicles, 1979)

Cuesta imaginar que el escritor austríaco Felix Salten se encuentre detrás de Josephine Mutzen-Bacher no solo por el alto contenido sexual que incendian las páginas de este libro sino por la protagonista: una prostituta que en el otoño de su vida escribe sus supuestas memorias en las que detalla con todo lujo de detalles su iniciación al negocio más viejo del mundo.

Novela que sin duda estaría hoy perseguida. O enterrada bajo losas de cemento aglutinado por resentidos morales sin cuento, la lectura de Josephine Mutzen-Bacher resulta perturbadora porque gran parte del libro explica la infancia y juventud de la protagonista. Una infancia salpicada de relaciones sexuales que no deja ningún tipo de trauma en la doncella sino que abre más un apetito fogoso en el espíritu de una señorita que se inicia, ella misma lo explica, siendo una jovencita muy madura para su edad en la ciencia no exacta del amor.

La novelita se atribuye al escritor Felix Salten, escritor que tocó casi todos los palos literarios aunque alcanzó fama y dinero tras la publicación de Bambi, lo que lo encasilló en literatura infantil aunque cuenta con libros para adultos, uno de ellos –supuestamente– al que ahora hacemos referencia aunque no esté muy claro si fue o no quien escribió esta alucinada y políticamente incorrecta memorias galantes.

Felix Salten nunca reconoció ser el autor de Josephine Mutzen-Bacher pero tras su muerte en 1945 –falleció en Suiza huyendo de los nazis– su nombre comenzó a aparecer en las portadas de las ediciones clandestinas que se habían publicado en los años treinta.

Sea o no del creador del delicado cervatillo que se queda huérfano en el bosque, Josephine Mutzen-Bacher muestra un retrato realista de la Viena nocturna de finales del siglo XIX y pese a sus ganas de escandalizar no dejan de ser unas memorias muy singulares dentro de literatura tan memorialística como es las que nos ocupa.

SOR MONIKA, ¿E.T.A. Hoffman?

“Mi padre odiaba absolutamente todo tipo de sentimentalismo, desde el platónico al bucólico. “Ya que”, decía, “no sirve absolutamente para nada; son vapores podridos que se concentran en el estómago gordo y repleto del corazón y que al ser expelidos apestan toda la atmósfera de la alegría humana” (Sor Monika. Documento filantropínico-filantrópico-físico.psíco erótico del Convento Secular de H. en L…, E.T.A. Hoffman. Traducción: Jordi Jané. Colección La sonrisa vertical, Tusquets Editores, 1989)

Escritor romántico alemán adscrito a esa escuela que algunos denominan como el romanticismo negro, E.T.A. Hoffman es autor de una serie de cuentos fantásticos para los que no discurre el tiempo así como de relatos aparentemente infantiles que esconden una segunda lectura que va más allá de la inocencia del párvulo.

Además de escribir, Hoffman es reconocido como dibujante, caricaturista, cantante, compositor y jurista y no es raro encontrar en sus cuentos rasgos que más tarde determinarían la producción de otros grandes escritores del género como Edgar Allan Poe, Gautier e, incluso, Kafka.

Tuvieron que pasar más de ciento cincuenta años para que los expertos se pusieran de acuerdo en dilucidar la paternidad de Sor Monika, novela erótica que se publicó por primera vez en 1815 y que desde ese entonces no ha dejado de reeditarse primero de forma discreta y más tarde abierta y con el nombre –ya sí– de su no confeso autor: E.T.A. Hoffman.

La obra relata las aventuras de la protagonista y su corte de monjas en cinco partes que se leen con vértigo.

Sor Monika. Documento filantropínico-filantrópico-físico.psíco erótico del Convento Secular de H. en L... cuenta, cómo no, los recuerdos de la protagonista a un grupo de devotas, recuerdos que se desarrollan “de la manera más espesa, en un clima de incoherencia voluntaria que es el del ensueño a la vez en un plano fantástico y erótico”, escribe André Pieyre de Mandiargues en el prólogo de la edición de la colección La sonrisa vertical, nº46, Tusquets Editores, 1986.

Para quién les escribe fue un grato descubrimiento esta novela porque conocía a Hoffman a través de sus historias infantiles y fantásticas, escritos en los que incluyo el que inspiraría a Tchaikovski para componer El Cascanueces, la versión musical de un relato que firma un escritor para el que la música era tan (o más) importante que la literatura, así lo sostiene Irene Gracia, quien se inspira en la vida y obra del escritor alemán para su novela Ondina o la ira del fuego.

Sea o no, lo que está claro como el agua es que fue un excelente narrador y un escritor con pericia no solo para fantasear con otros mundos sino con el que le tocó en suerte vivir. Por eso, quiero entender que Sor Monika se trata realmente de un libro de su autoría porque en él converge la grandeza de la novela galante, es festiva, alegre, una celebración del sexo por encima de todas las cosas, y la mirada aguda de un hombre adelantado a su tiempo y al nuestro.

MADEMOISELLE DE MUSTELLE Y SUS
AMIGAS, ¿Pierre Mac Orlan

“¡Oh!, aquel precioso trasero bien dibujado por el traje ceñido de la amazona volvía loco a Monsieur Boë, ya que era una fetichista de dicha parte de la anatomía femenina, y sabía rendirle homenaje con caricias que más de una vez hacía sonrojar de vergüenza a quienes se prestaban a ellas”. (Mademoiselle de Mustelle y sus amigas, Pierre Mac Orlan. Traducción: Carmen Artal. Colección La sonrisa vertical, Tusquets Editores, 1990)

Pierre Mac Orlan fue el pseudónimo de Pierre Dumarchais, un escritor francés que desempeñó diferentes oficios a lo largo de su vida, entre otros el de escritor. Su vida aparece reflejada en la mayoría de su obra. Es autor, entre otras, de La bandera, en la que el protagonista, un extranjero, se alista en el Tercio, la Legión española, y El muelle de las brumas, novela que dio origen a una fantástica película dirigida por Marcel Carné en 1938 y con Jean Gabin, Michel Simon y Michèle Morgan como protagonistas.

Mademoiselle de Mustelle y sus amigas fue una de tantas novelas galantes que escribió con pseudónimo para comer y se trata probablemente del texto más divertido de los que hemos comentado porque aquí cabe un poco de todo con el fin de saciar los apetitos del lector más reacio por reprimido.

Escribe Mac Orlan que “los pueblos felices no tienen historia” y anuncia una probable continuación de la novela que ignoro si se produjo.

En definitiva, las piruetas sexuales que se producen a lo largo del texto van, como en los títulos anteriormente reseñados, en continuo ascenso, por lo que se recomienda que se lean sin prejuicios aunque moleste a los censores que hoy juzgan el buen y el mal gusto con independencia de su sexo.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador

Ray Bradbury, el hombre ilustrado, cumple 100 años

Sábado, Agosto 22nd, 2020

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a los “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science-fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”.

(Jorge Luis Borges, prólogo de Crónicas marcianas, Ray Bradbury, Ediciones Minotauro, 1979)

Al principio fue el Verbo… o Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 de agosto de 1920-Los Ángeles, California, 5 de junio de 2012).

Mis primeras “lecturas serias”, entrecomilladas, claro, se iniciaron de la mano de Ray y como suele suceder con todas las lectura sean serias o no serias que me atrapan, secuestran el corazón y la cabeza, procuré hacerme con todo lo de Bradbury. Hubo de hecho un tiempo en el que caía en mis manos solo obras del autor aunque el joven y el viejo Ray fue un escritor que nunca tuvo edad y si la tuvo esa fue la adolescencia que se despeja de la edad del pavo para comenzar la edad adulta que es la que estropea la fantasía y otras cosas de las que dejó testimonio un escritor de prodigiosa imaginación al que casi todo el mundo intenta imitar con poca fortuna porque es inimitable.

Recuerdo más que charlas, discusiones encendidas con otros lectores de ciencia ficción que me gritaban (esa es la palabra) que Bradbury no era un escritor del género por mucho que desarrollara sus historias en Marte. O que aparecieran cohetes, o que sus personajes viajaran en el tiempo para observar a los dinosaurios procurando no aplastar una flor o un mosquito de aquellas edades no fuera a cambiar el futuro que para ellos era su presente. El caso es que, al margen de aquellas discusiones bizantinas, Ray Bradbury llegó primero que Lovecraft, Salinger pero no de Stevenson y Salgari… a medio camino quedaba Conan Doyle pero esa es otra historia.

Todavía conservo en un lugar privilegiado de mi atestada biblioteca los libros de Bradbury editados por Minotauro cuando Minotauro era Argentina. Las tapas de varios de ellos están a punto de soltarse así como las páginas porque fueron leídos y releídos en un momento muy especial de mi vida. Seguí a Bradbury hasta bien entrado los 90 pero ahora lo hacía más por obligación a un pasado en el que fui feliz devorando sus libros. Libros como Sombras verdes, ballena blanca donde evoca la redacción del guión de Moby Dick junto a John Huston, más preocupado éste en beberse todo el whiskie de Irlanda que es la tierra donde intentan escribir la versión cinematográfica. Y vaya pareja, piensa uno. Un hombre hecho y derecho, Huston, y un un pibe, Bradbury, que no bebe whiskie.

Se trata éste de un libro realmente fantástico y unas memorias literarias en las que se aprende mucho, sobre todo a cómo manejar a nuestros héroes cuando se convierten en carne y hueso, personajes con demasiadas debilidades, debilidades que según Bradbury marcaron la aventura existencial del director de El halcón maltés.

Ray Bradbury, que también fue íntimo amigo de otro ilustre Ray, Ray Harryhausen a raíz de una película que despertó en uno sus apetitos literarios y en el otro su entusiasmo por los efectos especiales, King Kong, dejó además de numerosos relatos que aún se mantienen frescos pese al paso del tiempo, un puñado de recopìlatorios que me cambiaron la vida.

Con Bradbury aprendí además que estaba leyendo a un escritor que respetaba toda clase de lectores, fuera creyente o un cretino intelectual porque “mira tú, el mismísimo Jorge Luis Borges” firma el prólogo de la edición en español de Crónicas marcianas, y utiliza una cita de Juan Ramón Jiménez para anticipar el infierno (nunca mejor dicho) que desarrolla en Farenheit 451, “si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”. Luego están otras antologías gloriosas como El hombre ilustrado y El país de octubre, entre otras muchas. Tantas, que sus historias se confunden en mi apolillada memoria y no sé si aquel relato del astronauta que flota a la deriva en el espacio exterior junto a otros compañeros y que se acercan peligrosamente a la madre Tierra está en ese libro o en el otro. Lo mismo me pasa con los de los viajeros del tiempo, aquellos en los que, efectivamente, mataban un insecto prehistórico que cambiaba el presente cuando regresaban a él o el del granjero que siega el trigo para descubrir que su guadaña es la de la muerte y las espigas vidas humanas. ¿Qué hacer entonces, continuar segando o detener la tarea porque una de esas espigas puede tratarse de tu mujer, tus hijos, los amigos… tú mismo?

Ray Bradbury tiene todo el derecho del mundo a considerarse un clásico y así lo considero como considero clásico a Theorore Sturgueon, un escritor igual de humanista y al que llegué gracias precisamente al señor Bradbury.

No tuvo demasiada suerte, sin embargo, en sus adaptaciones cinematográficas claro que resulta harto difícil llevar a la pantalla la obra de un escritor que antes que narrador fue poeta aunque escribiera prosa. Sí que destaca entre estos largometrajes Farenheit 451 (Françoise Truffaut, 1966) y no le hago ascos a El hombre ilustrado (Jack Smight, 1969), que es uno de sus libros de relatos más inquietantes pero no termina de funcionar como serie Crónicas marcianas (Michael Anderson, 1980) que, por cierto, se rodó en Canarias como se rodaría en Canarias el único guión que firmó en vida: Moby Dick, y recuerdo con emoción filmes a los que inspiraría como Llegó del más allá (Jack Arnold, 1953) y El monstruo de tiempos remotos (Eugène Lourié, 1953). Por cierto, Mercedes Ortega, una actriz canaria que merece mayor recorrido, aparece en El maravilloso traje de color vainilla (Stuart Gordon, 1998).

Así que si me preguntas por Ray Bradbury solo puedo decir con el corazón en la mano que fue el Verbo en mi iniciación lectora O por lo menos junto a Stevenson de uno de los primeros que me convenció del valor de la lectura.

Más tarde vendrían otros para acompañarme en la fugacidad de la vida pero Ray, el joven y viejo Ray Bradbury fue uno de los primeros. Uno de los primeros en enseñarme que leer, hermanos y hermanas, es un fabuloso remedio para melancólicos.

Saludos, un siglo y parece que fue ayer, desde este lado del ordenador