Archive for the ‘Literatura’ Category

Ezequiel Pérez Plasencia, diez años de silencio en su propia tierra

Miércoles, Febrero 24th, 2021

Hace ahora diez años que falleció el escritor tinerfeño Ezequiel Pérez Plasencia (1953-2011). Dijo adiós al mundo en circunstancias traumáticas y dejó más huérfano si cabe a quienes lo conocieron y querían ese día aciago, un 24 de febrero que todavía retumba en la memoria de quien les escribe.

Ezequiel Pérez Plasencia tuvo no obstante una buena vida. Una buena vida salpicada de encuentros y desencuentros. También de persecuciones, algunas buscadas y otras no.

Como suele suceder, tras conocerse la noticia de su muerte casi todas las voces coincidieron en señalar notas sobre su vida y su obra que no hubieran hecho públicas en vida del escritor pero así son las cosas en este valle de lágrimas. Por eso, si existe algún cielo, Ezequiel tiene que estar observando con una mueca burlona cómo se las gastan los que siguen aquí abajo. En especial los compañeros/as escritores/as y periodistas que conoció a lo largo de su vida.

Como señaló en una entrevista que mantuvo conmigo: “el periodismo es bueno sin sabes abandonarlo a tiempo”. Ezequiel supo hacerlo pero por desgracia quien ahora les escribe no. Así que resuena en mis oídos su carcajada.

Ezequiel Pérez Plasencia que sigue siendo un absoluto desconocido no solo en las letras que se escriben en Canarias sino también en español, dejó una obra consistente tras su marcha aunque por desgracia todavía tenía muchas cosas que contar.

Me dijeron en su día que en su ordenador quedaban cuentos y alguna novela sin publicar y se hizo el intento de recuperar todo ese material para que fuera publicado en unas obras completas que nunca llegaron a buen puerto, por lo que su presencia en la actualidad literaria sigue siendo un interrogante mayúsculo.

Ezequiel sigue siendo en este sentido no un maldito, que así al menos se le recordaría como se recuerda al poeta y escritor Félix Francisco Casanova y Eugenio Millet, sino un desconocido.

Escritor que se movía como pez en el agua por el territorio de los cuentos, a Ezequiel le debemos también una sobresaliente novela (su primera y última novela) que con el nombre de El orden del día retrata a una generación de periodistas de provincias y cómo se las gasta (y sigue gastando) los periódicos de provincias.

La novela por fortuna va más allá del retrato satírico y profundiza en las interioridades de su protagonista. Un personaje al que solo salva de su mediocre realidad la lectura de libros. Muchos libros.

No he vuelto a tropezarme desde que se fue con un tipo que salpicara con tantas citas lo que hablaba. Fuera el tema que fuera. No lo hacía porque fuera un enterado sino porque le salía del alma. Su erudición no provocaba por eso ronchas y daban ganas de conocer al autor que mencionaba con el objeto de reforzar un argumento, una idea que esgrimiera.

En cuanto a su producción como cuentista y articulista por fortuna nos dejó unos cuantos libros para los que no pasa el tiempo. Se tratan de obras que van camino de convertirse en clásicos por mucho que se empeñen algunos en que se olvide su nombre y su trabajo. Yo recomendaría, especialmente y porque viví su parto sin apenas agonía, El regreso de Calvert Casey, un atípico libro de viajes, una reflexión profunda sobre isla y literatura y un fantástico viaje interior por la isla de Cuba cuando aún la gobernaba Fidel. Destacaría también La ilusión de los perdidos y Los caminadelado, este último volumen recopila sus columnas en prensa. Artículos medidos que se ocupan la mayor parte de las veces de literatura. Libros que leía y autores por los que sentía devoción (Camus y Fonseca, entre otros) escritos con la tensión del día a día que impone el oficio de informar aunque Ezequiel Pérez Plasencia más que informador hizo de redactor de cierre limpiando de errores los textos que le entregaban personajes que iban de periodistas por la vida.

No recuerdo la última ves que hablé con él pero sí el día, tal día como hoy, en que su hermana me llamó para comunicarme la noticia de su muerte. Estaba con un amigo tomando algo en el antiguo kiosco de la plaza Militar, en Santa Cruz de Tenerife, y me puse a llorar.

En fin, esas cosas pasan.

Ezequiel llevaba un tiempo fuera de las islas, estas mismas islas que lo botaron a patadas y en la que casi todo el mundo conspiró para hacerle la vida un poco más infeliz, y allí, en Cartagena, encontró la paz y nuevas amistades. Quiero creer que algo tuvo que ver el Mediterráneo, que es un mar y no un océano como el Atlántico, cuyas aguas bañan la tierra en la que nació pero en la que no aprendió a ser libre.

Hace diez años que murió Ezequiel Pérez Plasencia y hace diez años que, ya ven, lo sigo echando mucho de menos.

Don Carlos Dickens y yo

Domingo, Febrero 7th, 2021

Hace años leí la primera novela de Charles John Huffam Dickens (Landport, Portsmouth, Inglaterra, 7 de febrero de 1812-Gads Hill Place, 9 de junio de 1870) que cayó en mis manos: David Copperfield aunque es verdad que me quemé las pestañas mucho tiempo antes viendo adaptaciones de sus novelas en el cine y en televisión, alguna de ellas con el formato de serie. Recuerdo por ejemplo Casa desolada y otra que prestaba atención a la agitada vida que mantuvo el escritor. No obstante, donde Dickens crece son en sus libros. Sean novelas, cuentos… Hace poco obtuve por uno de esos caprichos del destino una de sus primeras obras, un trabajo de encargo que lleva por título Memorias de Joseph Grimaldi (Páginas de Espuma, 2011) en la que respira el mejor Dickens como periodista y como escritor…

Cuando llegan las navidades no dejo de leer su Cuento de Navidad como no dejo de ver Qué bello es vivir de otro grande, Frank Capra,y película esta última que no tiene nada que ver con el escritor pero que se ha convertido en una cita obligada durante esas fechas como lo son las películas de romanos cuando llega la Santa Semana Santa.

Pero me voy por las ramas y lo que quiero, lo que deseo, lo que me apetece en este momento es hablar de Carlos Dickens y yo. Y de cómo descubrí la obra de un escritor que me cambió la vida y me animó a seguir leyéndola porque con cada libro que caía en mis manos me daba cuenta que tenía mucho que ver con el otro. Y el otro.

Tras la fabulosa David Copperfield (cuidado con Uriah Heep), llegó Grandes esperanzas, Oliver Twist, que vi primero en su formato musical. Un musical pegadizo y extremadamente dickensiano con el probablemente mejor Faguin de la Historia del Cine, Ron Moody, con permiso de mi venerado Alec Guinness e Historia de dos ciudades, entre otros.

Que la producción literaria de Charles Dickens continúa viva lo pone de manifiesto que sus novelas y cuentos no dejan de reeditarse. Solo un inconveniente que sigue provocando equívocos: no es un escritor para niños aunque cuente con algún libro que sí escribió pensando en ellos. Su obra mayor es para públicos que han logrado cierta serenidad en su existencia pero que no han perdido la facultad de conmoverse, incluso llorar cuando lee las novelas más sentimentales de un escritor que, se reitera, se burla del paso de tiempo.

Su obra sigue viva. Late con el corazón de un chaval de quince años, casi parece que se mofa del paso implacable de los años.

Si tengo no obstante una obra presente de Dickens en mi cabeza es y seguirá siendo David Copperfield. Cosa de que fue la primera; la que me abrió la puerta a su fascinante universo que puebla de tan variopintos personajes. Gracias a don Carlos me adentré, además, en el trabajo de otro escritor coetáneo suyo, Wilkie Collins. Así que, como ven, le debo no una ni dos sino muchas cosas a este extraordinario escritor para el que no pasa, digo, el tiempo.

Saludos, un grillo en el hogar, desde este lado del ordenador

John Le Carré, nuestro hombre en el Circus

Lunes, Diciembre 14th, 2020

Cuatro escritores forman el cuadrado perfecto de la novela de espías británica.

Con permiso de Eric Ambler, que es un poco el padre de todos ellos, arriba, en la cúspide, Graham Greene, un escritor que no fue exactamente un escritor de novelas de espías pero sí que tiene las mejores que he leído desde que sentí afición por el género. En la otra esquina se encuentra Ian Fleming, el creador de James Bond. Sin él, la novela de espías no habría tenido tanta repercusión popular. Estas novelas más que de espías eran relatos donde se enfrentaba un atractivo funcionario al servicio de su graciosa majestad con un multimillonario con ganas de comerse el mundo.

Partamos de la base que el James Bond literario no se parece al del cine. Es un excelente gourmet y jugador de cartas, como en las películas, pero también un sentimental y lector ocasional de Raymond Chandler además de un agente que en cada misión consume puñados de dexidrinas para engañar al cansancio.

En las dos esquinas inferiores (aunque al cuadrado le podemos dar la vuelta y serían entonces las esquinas superiores) están Len Deighton, creador de Harry Palmer, el espía anti Bond, aquel que lleva espejuelos y le da más a la cabeza que a los puños y un maestro, John Le Carré, David John Moore Cornwell (Poole, 19 de octubre de 1931 – Truro, 13 de diciembre de 2020), creador como Fleming y Deighton de otro agente secreto pero sin las características de 007 y Palmer.

John Le Carré bautizó a su criatura con el nombre de George Smiley y lo describió como un hombre corriente que trabaja en el juego más peligroso. Su contrincante en esa partida de ajedrez es Karla, su contrario en la KGB.

Smiley trabaja en una oficia gris, rodeado de compañeros igual de grises, todos ellos con sus pequeñas historias personales. El Circus lo llaman. En este ambiente se desarrollan las novelas que Le Carré le dedicó, algunas tan excelentes como El Topo, en la que mide sus fuerzas contra Karla y que continuó en El honorable colegial, demasiado larga y espesa, y que concluye con la mediana La gente de Smiley. El personaje aparece pero como secundario en la que entiendo es su mejor novela, El espía que surgió del frío.

John Le Carré no escribió sin embargo solo novelas de Smiley y continuó en el género con libros cada vez más sólidos y adaptados a la realidad de su tiempo y de nuestros tiempos. En algunas de estas obras se permite un extraño sentido del humor como sucede con El sastre de Panamá, una versión y así lo explica, de Nuestro hombre en La Habana de Graham Greene solo que en el país que gobernó Noriega.

Otras de sus grandes novelas fueron Una pequeña ciudad de Alemania, muy lenta pero redonda para entender cómo pervivió el nazismo en la República Federal Alemana; El infiltrado, otra de sus obras redondas; Amigos absolutos, Un traidor como los nuestros, Una verdad delicada y La canción del misionero. Me dejo unas cuantas más.

Le Carré no fue sin embargo pese a ser un escritor de género un autor fácil. Sus historias suelen imbricarse demasiado, a veces se pierde uno en la madeja aunque tiene el gancho de lo que cuenta y cómo lo cuenta a través de sus protagonistas. Y sí, en sus novelas se reflexiona sobre la traición pero también sobre el fracaso y servir a una causa que no ta ha dado nada. Tuvo una mirada distante y amarga sobre el mundo que reflejaba en sus páginas y abarcó todos los palos cuando la Guerra Fría finalizó con el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus países satélites. El fin del comunismo (ahora dicen que vuelve) no significó el fin de John Le Carré como escritor de novelas de espías.

Publicó su último libro el año pasado y me pregunto si estaría mascando alguno nuevo relacionado con todo esto de la pandemia, esta especie de guerra silenciosa contra el virus que libran esas naciones que desconfían unas de otra.

Una post data, entre los libros de no ficción que escribió Le Carré cuenta con ¿El traidor del siglo?, en la que estudia las razones que llevaron al general suizo Jean-Louis Jeanmarie a convertirse en un traidor. Se lee con un suspiro, es una obra muy corta y precisa pero también densa. Se trata, resumamos, de un Le Carré en estado puro.

Con su desaparición, la novela de espías y la literatura pierde a uno de los más grandes. No hay, que piense ahora, nadie que lo sustituya. John Le Carré conocía demasiado bien cómo se la gasta esa otra realidad en la que se mueven hombres y mujeres que han hecho de la traición y la mentira un oficio. Todos, o casi todos, suelen terminar solos.

Observen a George Smiley que sigue siendo su personaje más popular. Un hombre casado y tan inglés que toma el té a las cinco de la tarde. Varias novelas después, su esposa lo engaña con uno de sus mejores amigos y lo abandona. Smiley, el cerebro capaz de destruir a Karla está solo. No eran lecturas fáciles. Te dejaban la mayor parte de las veces un poso de amargura que solo se curaba dejando reposar el libro unos días. Era inevitable sin embargo volver a él pasado un tiempo. Sí, no fue un escritor de acción a raudales pero sus lectores tampoco buscaban esto en sus novelas. Si buscaban algo era que nos mostrara las grandezas y miserias de hombres y mujeres que no son lo que aparentan. Los amigos se transforman en enemigos. La traición puede llegar incluso a las más altas esferas como sucede en El topo y como sucedió en la realidad en los servicios secretos británicos. La sombra de Kim Philby es alargada. Dicen que Philby obsesionó a Graham Greene como a John Le Carré. Probablemente también a Len Deighton, que escribe sobre el gran juego en su ciclo de novelas de Bernard Samson. Lástima que fuera tan prolífico y que decayera, éste sí, cuando la Guerra Fría declinó en favor de Occidente…

El caso es que ha muerto John Le Carré, nuestro hombre en el Circus.

Saludos, demasiadas ausencias, desde este lado del ordenador

(*) En la imagen John Le Carré junto a Richard Burton en una pausa del rodaje de El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965)

Uno de los nuestros: Robert Louis Stevenson

Viernes, Noviembre 13th, 2020

Aunque no sea del tipo de los que se acuerdan de todo su pasado como otros que conozco, sí que mantengo fresca en mi memoria sensaciones. Y entre otras sensaciones conservo como si fuera ayer el primer libro con páginas, muchas páginas, que leí en lo que llevo de existencia. Fue tanto el impacto, que me acostumbré a llevar a todas partes aquella novela que comenzaba a destriparse de tanto abrirla y leerla en cualquier sitio. En cualquier parte. En la cola del médico, en la del banco, incluso en el supermercado. Cuando viajaba en guagua o cuando te esperaba apoyado en la barra del cine Víctor, ¿recuerdas? Los minutos y las horas volaban, y yo ahí con la cabeza metida entre las páginas devorando con velocidad pasmosa lo que me contaba el primer escritor y la primera novela que, ya digo, me cambió para siempre la vida.

Hasta ese momento leía otras cosas. Y cosas muy entretenidas y no sé yo sí para públicos infantiles que van entrando en la adolescencia… Ante mi había desfilado hasta ese entonces cuentos dispersos de Las mil y una noches, que más tarde leí completo y me dejó subyugado, rendido o postrado a los pies de su millar de historias que dan paso a otras historias y esas historias a otras y otras más; los mal llamados cuentos infantiles de Andersen y los hermanos Grim. También los trágicos que escribió Oscar Wilde para que se anegaran de lágrimas mis ojos y algún relato más del que ahora mismo no me acuerdo. Pero eran cuentos, ya digo, ,historias cortas que zampaba con hambre hasta que un día cayó en mis manos la novela que lo inició todo. El libro que me abrió los ojos y despertó el gusano lector que llevó dentro desde ese entonces: La isla del tesoro, de Robert Louis Balfour Stevenson (Edimburgo, Escocia, 13 de noviembre de 1850-Vailima, cerca de Apia, Samoa, 3 de diciembre de 1894), escritor del que celebramos tal día como hoy su 170 aniversario.

Casi dos siglos de su venida al mundo y mostrarle al chaval que era entonces y ahora soy eso que llaman placer de la lectura. Y sí, claro que conocía alguna que otra adaptación cinematográfica de la novela pero ninguna de ellas es como el libro. De hecho, La isla del tesoro que reconozco es la de mis lecturas porque se trata de una obra que suelo releer con bastante frecuencia ya que me abstrae de la grisácea realidad que me rodea. Me hace viajar a una isla que no es la mía y que esconde un tesoro y una vieja fortaleza y piratas que son hombres de mal y de mar y hombres decentes y un niño protagonista, Jim Hawkins y un personaje gigantesco que forma parte ya de mi modesta familia literaria: Long John Silver o John Silver el Largo, hombre de mar y de mal, pero quién bien cae, qué maestro del ardid y la mentira.

El flechazo resultó así inevitable y como me suele pasar cuando la obra de un escritor me entusiasma, me puse a buscar más obras de Stevenson como un sediento en el desierto. Con el paso de los años leí El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde y Aventuras de un cadáver entre otras historias oscuras del escritor. Más tarde La flecha negra, que es un clasicazo de la novela de aventuras y uno de mis títulos predilectos en la producción literaria del escritor aunque si me permiten recomendarles uno o dos títulos más de Stevenson citaría Secuestrado y Catriona, que funciona como segunda parte de un libro que, como La isla del tesoro, te transporta y te hace viajar a un mundo posible.

Y claro que no descarto El señor de Ballantrae, una de las novelas escocesas más escocesas del escritor ni el puñado de cuentos que reunió en libros que sientan cátedra como Nuevas noches árabes, El club de los suicidas y relatos tan intensos y maravillosos como El diablo en la botella que a mi, ya ven, todavía me provoca pesadillas.

Stevenson escribió otros libros, libros de viajes y ensayos tan divertidos como su Apología del ocio que pudo haber inspirado a Paul Lafargue su El derecho a la pereza aunque no le entusiasmara demasiado a su suegro, ese hombre sin sentido del humor que fue Karl Marx. Pero en fin, que Robert Louis Stevenson solo hay uno, y ese uno resulta inimitabl y, por eso su arrolladora influencia en el niño que fui en aquel entonces y en el niño que sigo siendo actualmente y que canta por lo bajo cuando ve cernirse las nubes negras: “Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron! La bebida y el diablo se encargaron del resto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron!”.

Y funciona. Basta con recitarla a modo de mantra… la botella de ron.

Así que gracias mil, señor Stevenson, no sabe usted lo feliz que me hace reencontrarlo una, dos, tres y las veces que haga falta.

¡¡¡Ron, ron, ron, la botella de ron!!!

Saludos, reivindicando el tesoro, desde este lado del ordenador

Bram Stoker, porque la sangre es vida

Domingo, Noviembre 8th, 2020

Habré leído unas tres o cuatro veces el Drácula de Bram Stoker y cada nueva lectura significa un nuevo comienzo con este libro que, para Oscar Wilde, paisano de Stoker, fue la mejor novela de literatura fantástica “de todos los tiempos”. Palabra del autor de El retrato de Dorian Gray y palabra del hombre al que Stoker le robó en Dublín, Irlanda, la novia en una de sus escapadas a Londres.

El caso es que su Drácula sentó cátedra y a partir de ese momento los vampiros comenzaron a ser mirados de otra forma. Ahora eran altos, espigados, con un espeso bigote bajo la nariz y poca afición a mirarse en los espejos y a las ristras de ajo. También, cómo no, a la cruz pero sobre todo si algo insufló al personaje el genio de Bram Stoker fue dar nombre a un no muerto y otorgarle una elevada posición social: la aristocracia. Es decir que por las venas de Drácula corrió, ya no porque esta no muerto, sangre azul.

Irse al otro mundo y no conocer de cerca una novela que está muy por encima de las notables adaptaciones cinematográficas de las que ha sido víctima, y entre las últimas la tramposa de Francis Ford Coppola, es dejar de lado una iniciación al género de lo increíble/creíble que dura para siempre. Por muchos divorcios que a lo largo de su vida tenga en sus apetencias lectoras.

Pero Stoker no escribió solo Drácula, aunque Drácula sigue siendo su novela más celebrada porque simple y llanamente lo es.

He ido procurándome con el paso de los años con todo lo que escribió este escritor que fue bastante –aunque no suficientemente demasiado– para satisfacer mi ansia devoradora porque la sangre es vida. Tengo en casa otras novelas traducidas del escritor como la sobresaliente La guarida del gusano blanco y la algo tediosa La dama del sudario. También La joya de las siete estrellas, que de alguna manera pudo haber inspirado La momia (Karl Freund, 1932), con un siempre destacable Boris Karloff asumiendo el papel de sacerdote y de momia que regresa al mundo de los vivos con la misión de cumplir la maldición.

Otro libro que considero imprescindible del escritor es Famosos impostores, una obra de no ficción donde repasa la vida y la obra de un puñado de golfos que se enriquecieron engañando a sus semejantes. Este libro, una rareza para quien considerara a Stoker un autor solo de novela fantástica, será todo un descubrimiento. Melusina lo publicó en España en 2009 con traducción de Albert Fuentes pero si el nombre de Bram Stoker suena en el mundo de la literatura además de su Drácula es por algunos de los cuentos que dejó escritos a lo largo de su existencia. Una existencia azarosa, sobre todo cuando cayó en las garras del actor victoriano Henry Irving, su conde Drácula particular.

Entre los cuentos que dejó escritos destacaría El entierro de las ratas y La casa del juez, que siguen siendo extraordinarios relatos macabros. También el puñado de historias que escribió, dicen que para niños, y que Valdemar recopiló en España en un volumen al que le puso el título de El país del ocaso.

Como suele suceder con otros grandes escritores, desgraciadamente Bram Stoker falleció con numerosos agujeros en los bolsillos, devorado por una sífilis que le pasaba factura tras tantas y tantas noches callejeando por los barrios más infames de Londres. Tras su muerte y como suele suceder con otros grandes escritores, su obra comenzó a revalorizarse aunque no fue hasta que el teatro y el cine adaptó Drácula (aunque solo conservan de la novela original el nombre de los personajes) cuando Stoker fue poco a poco ocupando el espacio que ocupa en la actualidad dentro del género. Dentro y me gustaría pensar que también fuera del género.

Quede así constancia que continuo releyendo su Drácula. Y sus cuentos, y alguna que otra novela. Mi relación con la literatura de Bram Stoker durará me parece a mi que todo lo que me queda ya de existencia. Incluso tengo la biografía que David Skall le dedicó al maestro, Algo en la sangre, pero no me convence las conclusiones a las que llega porque no resultan demasiado sólidas.

En fin, que aquí estoy escribiendo estas líneas en honor de un escritor que sigue estando ahí, relativamente vivo, en la mente de su legión de lectores ya que si Drácula vive su creador, Bram Stoker también.

Saludos, la existencia del vampiro se debe a que nadie cree en su existencia, desde este lado del ordenador

El primer hombre

Sábado, Noviembre 7th, 2020

Escritores e intelectuales como Albert Camus (Mondovi, Argelia, 7 de noviembre de 1913-Villeblevin, Francia, 4 de enero de 1960) serán siempre necesarios. Más en un mundo como el que nos ha tocado vivir. Imagino al planeta como un machango que camina sobre un cable al borde del abismo y con una venda sobre los ojos para no ver el vacío que hay más allá de los pies que lo conduce al otro extremo del precipicio, donde cree que tocara tierra firme.

Albert Camus fue además el escritor de cabecera de dos de las personas a las que he querido más allá de las que forman mi círculo familiar, y fue gracias a ellos y a sus insistentes recomendaciones que llegué a la obra de un escritor que dedicó el Nobel de Literatura a su viejo maestro en Argelia, el hombre que hizo todo lo posible para que el joven Camus continuara sus estudios en París y que más tarde lo siguiese una amplia pero no demasiado extensa legión de seguidores. Seguidores de ese extranjero que somos todos o víctimas de una peste que nos acecha a todos también.

Dicen que fue un gran amante del fútbol, ese balompié que nunca se impuso, y del teatro, dos pasiones que llevó consigo hasta su temprana muerte, una muerte absurda como son todas las muertes repentinas.

Jugó de portero, guardameta que no termina de imponerse, y escribió teatro y conoció a los artista e intelectuales de su tiempo, algunos de los cuales se distanciaron de él cuando estalló el problema de Argelia, la tierra de su nacimiento, la tierra donde vivió su madre, de origen menorquín y señora con todas sus letras que sacó adelante a la familia de rodillas limpiando pisos. El mismo Camus recuerda en su diario que cuando le anunciaron que era ganador del Premio Nobel de Literatura el primer pensamiento que tuvo fue su Madre, que se escribe con mayúsculas porque Madre solo hay una. La influencia que tuvo sobre su hijo se palpa no ya tanto en su obra sino en su devenir existencial que hace que se convierta en un crítico cuya franqueza sigue siendo tan necesaria en su tiempo como en el nuestro. Fue su amor a la Madre el que le hizo decir el comentario que más tarde utilizarían los otros para acusarlo de colonialista a propósito de la guerra de liberación que se había desatado en Argelia, su tierra. Colonialista a él, a Albert Camus: “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”.

En cuanto al padre, dibuja un hermoso retrato en un libro inconcluso pero de obligada lectura: El primer hombre, libro que dedica, cómo no, a su Madre, analfabeta: “A ti, que no podrás jamás leer este libro”.

Tal y como están los tiempos,viendo como se aproximan nubes oscuras que nos impedirán ver, insisto que volver a Camus hay que tomarlo casi como una obligación. Recuero ahora que escribo estas líneas como uno de esos amigos que lo tenía como un dios en su particular panteón de escritores e intelectuales a los que rendir devoción “porque nunca mienten”, solía salpicar su conversación con frases de Camus vinieran o no a cuento aunque siempre, o casi siempre, vinieran a cuento.

Por María Casares, que fue el amor de su vida y que como todo amor que se lleva muy dentro apenas germinó como tenía que haber florecido, y su polémica con Jean-Paul Sartre, polémica que tuviera o no razón siempre hizo que estuviera del lado de Camus y no del escritor y filósofo de ojos estrábicos, continúa logrando que mi cabeza y mi corazón estén del lado de un hombre que además de pensar enarboló siempre la bandera de la dignidad. Camus habla desde dentro y como no se cansaba de repetir aquel otro amigo sobre su obra: “nunca miente”.

Y una pequeña confesión: mientras buscaba imágenes del escritor para ilustrar estas líneas quería recoger una que mostrara su humanidad y no la pose de tipo atractivo (lo fue) con un eterno cigarrillo colgando de sus labios. La tarea no fue tan fatigosa como esperaba ya que encontré sin demasiado esfuerzo la imagen que ahora observan y que apoya gráficamente estas líneas escritas como siempre de manera apresurada.

La fotografía representa, a mi juicio, al verdadero Camus.

El primer hombre.

Saludos, en recuerdo de…, desde este lado del ordenador