Archive for the ‘Literatura’ Category

Fallece Ricardo Lezcano

Martes, Junio 18th, 2013

Ha muerto Ricardo Lezcano.

Juan Cruz le dedica un emotivo obituario en el diario El País.

(*) La imagen está tomada de Canarias 7.

Saludos, demasiado son ya los ausentes, desde este lado del ordenador.

“Philip Marlowe”, dijo Robert Mitchum

Lunes, Junio 17th, 2013

La culpa la tuvo una mala adaptación al cine de El Sueño eterno, Detective privado (Michael Winner, 1978), cinta que entre otras irreverencia trasplantaba el universo de Los Ángeles al gélido escenario londinense aunque su protagonista, el actor que encarnaba a Philip Marlowe, se convirtió desde ese día en el verdadero, en el único, en el insustituible detective privado amante de las causas perdidas.

¿Su nombre? Robert Mitchum, ya con bastantes años encima, y que en esta película repetía el mismo papel tras el relativo éxito alcanzado por Adiós, muñeca (Dick Richards, 1975), pulcra adaptación de una de las mejores novelas que Raymond Chandler dedicó al investigador aficionado a los gimlet y los cigarrillos Chesterfield.

Pero esta versión de Adiós, muñeca llegó tiempo después que viera en el cine –Cine Numancia, aún lo recuerdo numantinamente y como si fuera ayer– Detective privado con un Bob Mitchum al que todavía le faltaba tiempo para el sueño eterno. En el filme de Winner, mientras tanto, reparte justicia por las neblinosas (¿o son nebulosas?) calles, mansiones de Londres…

Después fue cuando leí a Chandler.

Cuando leí sus novelas y relatos protagonizados por Marlowe.

Y en todas, El largo adiós, La hermana pequeña, La ventana siniestra, Adiós muñeca, El sueño eterno, Playback e incluso la inconclusa Poodle Springs, que terminaría Robert B. Parker, todo un purasangre del género y que fue llevada al cine con James Caan como el detective privado que nunca probó el sabor de la gloria, Marlowe era Mitchum.

¿Hace falta que lo mastique?

En todas esas novelas, y en los relatos Marlowe, Robert Mitchum fue su encarnación perfecta en mi imaginario, en mi construcción de las historias que narraba con lirismo de perdedor Raymond Chandler. Un escritor, Chandler, al que todos los que leíamos citábamos en unos años de instituto que ya se han ido por el sumidero de la historia y del que conseguí en esa misma época de entusiasmos febriles y probablemente guiado por los fantasmas del mismo Chandler y de Mitchum, La vida de Raymond Chandler, de Frank MacShane (colección Libro Amigo, editorial Burguesa 1977, en una excelente traducción de Pilar Giralt) donde el propio escritor describe a su ¿héroe? como: “Tiene un sentido del carácter, o no conocería su trabajo. No acepta el dinero de otro deshonestamente ni soporta la insolencia de nadie sin una venganza debida y desapasionada. Es un hombre solitario, y su orgullo quiere que le traten como a un hombre orgulloso, o lamentarán haberle conocido. Habla como un hombre de su edad, es decir, con rudo ingenio, un gran sentido de lo grotesco, repugnancia por el fingimiento y desprecio por la mezquindad.”

Bob Mitchum, que es junto a Kirk Douglas un actor de hoyuelo en la barbilla, encaja a la perfección en esta descripción chandleariana sobre su criatura más famosa.

Y no es que ubique en segundo lugar el trabajo de Bogart, ni el de Robert Montgomery en su todavía desconcertante La dama del lago, filme que cuenta la historia a través de cámara subjetiva, lo mismo que deseaba hacer Orson Welles con su frustrada adaptación de El corazón de las tinieblas, relato conradiano donde, curiosamente, su protagonista se llama Marlow. Un Marlow al que solo le falta una e para ser Marlowe que es como reconocemos a Philip. Philip Marlowe.

Ese mismo Marlowe, con e, fue interpretado también por James Garner y Elliott Gould. Pero Gould, a mi juicio, no resultó un buen Philip Marlowe, tampoco una película para recordar El largo adiós, que dirigió Robert Altman en 1974 con entusiasmo renovador. Interés por ubicar al detective privado en la época en la que se rodó este filme que adapta la que considero la mejor novela de Chandler con Marlowe como protagonista.

El largo adiós, la novela, contagia su pesimismo.

Su tristeza eriza la piel.

Y todo porque, ya saben, la traición no es una de las bellas artes.

Me encuentro estos días releyendo precisamente El largo adiós.

Una novela que redescubro tras la tercera lectura que le dedico.

Es como si empezara de nuevo, como si me reencontrara otra vez con Marlowe.

El personaje crece en mi cabeza pero siempre como Robert Mitchum.

Un Mitchum que lleva gabardina. También sombrero y las manos metidas en los bolsillos mientras observa con mirada de no-me-creo-nada la telaraña de mentiras que debe de desenredar.

Cuenta la leyenda que para Chandler Marlowe era Cary Grant.

No sé así que habría pensado de Mitchum encarnando a su personaje.

Quiero imaginar, no obstante, que le habría gustado.

Ese hombretón destila tras su físico una ternura que lo convirtió en estrella.

Y esa misma estrella aún fulguraba cuando llegó a encarnar al detective privado en el otoño alimenticio de su carrera.

Así que dicho esto es mi mejor Philip Marlowe.

Ni Bogart, Ni Caan, ni Montgomery, ni Gould, ni Garner…

Cuando leo las novelas que Raymond Chandler le dedicó a su caballero sin espada no hay otro Marlowe que no sea Mitchum.

Un hombre que parece triste, solitario y final.

Saludos, decir adiós es morir un poco, desde este lado del ordenador.

Diez recomendaciones como diez botellazos directos a la cabeza

Lunes, Junio 10th, 2013

INTRO

La lista que presentamos a continuación solo tiene el ánimo de orientar a posibles lectores sobre autores, y algunas de sus novelas, de la que, a mi juicio, forman parte de la mejor etapa de la novela negra norteamericana. La que se escribió y publicó en la década de los años 40 y 50 del siglo XX.

Como observará algún iniciados, hemos omitido a Dashiell Hammett, Raymond Chandler y Ross McDonald de esta nómina por entender que son autores que incluso conoce el menos experimentado lector de este tipo de relatos. Al mismo tiempo, somos conscientes que se nos quedan muchos nombres en el tintero, pero era un riesgo inevitable cuando elaborábamos esta pequeña selección de diez autores imprescindibles que pretende ser una guía tanto para los iniciados como para los profanos de una literatura que, afortunadamente, supera la prueba del tiempo cuando salta las fronteras del género.

LOS NOMBRES

Bill S. Ballinger.- A pesar de no ser demasiado conocido en España es un autor que desde que se produjo el primer boom del género en este sacrificado país ha sido bastante bien editado. El aficionado puede encontrar prácticamente muchas de sus novelas en rastros y librerías de viejo, así como reencontrarse con su literatura y con su peculiar manera de entender las claves de las historias policiacas en la que, sin lugar a dudas, son sus dos obras maestras, La mujer del pelirrojo y Retrato de humo (colección Serie Negra, RBA).  El caso de Ballinger resulta además insólito porque en este tipo de novelas se atrevió incluso a experimentar, al ofrecer en capítulos alternos la visión desde dentro de sus protagonista-antagonista, una dualidad que además de acrecentar el atractivo del relato lo hace si cabe más interesante para todos esos lectores que todavía dudan de la grandeza de este género.

William R. Burnett.- Los protagonistas de las novelas de William R. Burnett suelen estar al otro lado de la ley, quizá ello explique el tono crepuscular, fatalista que planea en la mayoría de sus historias, comenzando por El pequeño César y culminando en la que es, a mi juicio, su obra maestra: El último refugio, un título que fue llevado a la gran pantalla por Raoul Walsh y que supuso uno de los mejores papeles protagonizado en el cine por Humprey Bogart. Burnett, que como la mayoría de los escritores que aparecen en esta lista cultivó toda clase de géneros, no de ja de ser también un romántico. Romanticismo que tiñe de un lirismo que aún respira en muchas de las páginas de sus historias. A él le debemos, además, La jungla de asfalto, Vanity Row, El hombr frío, Romelle, Perseguido, Nadie vive eternamente

Vera Caspary.- Esta escritora cuenta con una de las obras más sobresalientes, turbias e inquietantes del género, Laura, y quien les escribe agradecer a Otto Preminger que la tradujera en imágenes con la forma de la irresistible Gene Tierney. Laura es una historia atípica, profundamente romántica pero con resonancias necrófilas. Caspary escribió otras novelas dentro del género pero ninguna de ellas superó el nivel que consiguió con este título, uno de los grandes clásicos de la narrativa –para nada presuntamente facilona– negra.

James M. Cain.- Si hablamos de la importancia de la mujer fatal en la literatura policíaca tenemos que citar inevitablemente a James M. Cain. De hecho, en sus historias, la mujer ocupa un papel decisivo, muy por encima del de sus protagonistas masculinos, y no necesariamente como manipuladoras y mantis religiosas que explotan sus encantos sexuales. Además de El cartero siempre llama dos veces y Doble indemnización, y de sus novelas históricas –ambientadas a finales de la Guerra de Secesión– como Mignon y Más allá del deshonor, Cain describe con maestrías ambiguos dramas femeninos en Mildred Pierce y La mariposa que se salen de lo común. Títulos que sorprenden por resultar todavía políticamente incorrectos.

David Goodis.- Tengo debilidad por David Goodis, para mi uno de los gigantes no ya no solo del género negro sino de la literatura norteamericana del siglo XX, relegado a un inmerecido olvido por la serie de novelas que publicó en editoriales populares. El universo de Goodis está poblado de perdedores, protagonistas a las deriva, la mayoría de ellos alcohólicos que han encontrado en la bebida un refugio en el que olvidar la tragedia de su existencia porque casi todo Goodis es puro y duro existencialismo. Una huida hacia adelante por ese corredor que nos condena al infierno.  No me canso de reeler a Goodis, y no me canso de recomendárselo a los que quieran oírme. Si quieren terminar un libro noqueado, sintiendo como ese vacío se hace paso dentro del estómago a mordicos, no dejen de leer a este escritor. Es su hombre.

Patricia Highsmith.- Una de las grandes. Y no creo que haya discusión. Introducirse en el universo de Higsmith es algo así como pactar con el diablo. A la escritora le preocupan las dobleces humanas, hurgar en la ambiguedad. Padre y madre del inmoral pero irresistiblemente atractivo Tom Ripley, la producción literaria de Patricia Highsmith es un punto y aparte en la Historia de la Literatura entendida como una de las bellas, pero también perversas, artes.

Chester Himes.- Novelista profundamente comprometido, el universo de Himes es personal e intransferible. De una violencia que desconcierta, y con una mirada cansada sobre las relaciones entre blancos y negros a mi, personalmente, y más con el escritor de potentes ficciones como Un ciego con una pistola, me atrae mucho más los testimonios desnudos  y autobiográficos sobre su errática vida. Leer a Chester Himes es leer Literatura con letra mayúscula.

Horace McCoy.- Es otro de los grandes de esta lista. Y junto con Goodis uno de los mejores y descarnados cronistas sobre ese tema tan unido a la literatura negra norteramericana de aquellos años como es el perdedor. McCoy, de firmes convicciones de izquierda, arremente en sus novelas contra el sistema. Defiende la libertad de expresión en Los sudarios nos tienen bolsillos; golpea con ira a la industria del cine En luces de Hollywood; construye una historia de fueras de la ley con nervio y oficio en la formidable Di adiós al mañana y explota su rabia contra el capitalismo en ¿Acaso no matan a los caballos? Lúcidez fatal es lo que aún continúa encendiendo la llama el trabajo que nos legó este escritor cuyos títulos brevemente reseñados han sabido crecer –no empequeñecer– con el paso de los años.

Jim Thompson.- Escribió como una ametralladora y nunca perdió la ironía ni su saludable mala hostia. Cuenta con dos novelas que ya son clásicos en el género: El asesino dentro de mi y 1.200 almas, títulos en los que su protagonista es un policía ido de la cabeza. Un psicópata que nos cuenta su historia y su manera de ver el mundo en primera persona. Thompson tiene muchos más títulos, algunos de los cuales son obras mayores y otros no tanto. RBA lo está recuperándolo en su colección de Serie Negra, así que no hay excusa para atreverse (esta es la palabra) a meterse en su universo. Universos pequeños, casi rurales, poblado de personas siniestros. No escapa ni uno.

Charles Williams.- Existe en español un interesante estudio sobre este escritor norteamericano, que firma Hernán Migoya, que recomiendo a todos aquellos que quieran adentrarse en el territorio por el que se movió. Un territorio hasta ese entonces escasamente explotado por la novela policíaca como es el mar. Títulos suyos son Calma total, Marcada por la sospecha y El arrecife del escorpión, entre otros.

(*) La imagen corresponde a la versión cinematográfica de El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946)

Saludos, solo diez pero hay más, desde este lado del ordenador.

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Lunes, Junio 3rd, 2013

En el Rastro de esta desordenada ciudad que es Santa Cruz de Tenerife he encontrado algunos de los mejores libros que ocupan hoy mi también desordenada biblioteca.

Ir al Mercadillo se ha convertido así en una tradición, y en un oasis con el que pertrecharme de libros usados a precios de crisis. Crisis que se multiplica en los últimos tiempos por la demora en el pago de algunos servicios que presto cuando alguien requiere el concurso de mis modestos esfuerzos.

Cada mañana de domingo, al visitar el Rastro, se enciende la llama de una emoción ante lo que voy a descubrir que no se apaga con el paso de los años.

Es verdad que en ocasiones regreso a casa con las manos vacías, pero en otras aguanto por las asas una bolsa de plástico repleta de volúmenes que pasarán a ocupar ese lado de la mesa de noche donde esperan con paciencia y extrema generosidad a que los lea.

O al menos que los abra por la primera página.

Son estos momentos, quizás, los más intensos. Los más atrevidos. Los más, ya se ha dicho, emocionantes.

No solo, como le explicaba esta misma mañana a una amiga que me abrió los ojos y es responsable de este post, por la expectación que siempre supone buscar refugio, sino también por las cosas que a veces me encuentro dentro de ellos.

No me refiero a postales o a cartas olvidadas.

Ni siquiera a calendarios pasados de fecha que sirvieron alguna vez de marcadores, sino a palabras subrayadas a lápiz, imagino que marcadas con la misma pretensión que cuando lo hago yo.

El domingo pasado, en el Rastro, encontré en uno de los puestos títulos que procedían de una biblioteca bien surtida y armada.

Curiosamente, y mientras pensaba en Ezequiel Pérez Plasencia que suele acompañarme en estos paseos domingueros, me hago con Un niño, del apreciado Thomas Bernhard y oculto entre tratados de psicología una edición en bolsillo de Lolita, de Vladimir Nabokov, ejemplar que tengo ya en casa en una vieja edición de 1959 publicada por la editorial argentina Sur, pero que ahora me llama la atención cuando lo abro y leo frases subrayadas por quien tuvo que ser su anterior propietario.

Alguien al que no pongo sexo y que puede estar vivo o puede estar muerto.

Comparto Lolita.

Y me hago –también procedente de la biblioteca de esa misma persona desconocida– con unos cuentos de Cesare Pavese. Un autor, Pavese, que de tanto en tanto está conmigo cuando más lo necesito.

Ojeo el ejemplar de Lolita.

Y leo, entre otras frases subrayadas por esa mano a la que no quiero poner rostro: “Lo ‘ofensivo’ no suele ser más que un sinónimo de lo ‘insólito’; que una obra de arte es, desde luego, siempre original, por lo cual, su naturaleza misma hace que se presente como una sorpresa más o menos alarmante.”

Y más adelante: “Escribí otros poemas. Me sumergí en la poesía de los demás. Pero no olvidé por un segundo el peso de la venganza.”

Y apenas unas nueve líneas por debajo esta frase que me conmueve e inquieta, marcada por ese lector desconocido con lápiz pero dos o tres veces, supongo que con la intención de que dejara huella en la página: “nunca volvió a hundir mi imaginación sus colmillos”.

Paseo los ojos por esta edición usada de Lolita y me detengo en medio de la calle para leer: “Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; y muy al contrario, el sexo no está sino supeditado al arte.”

Y como se tratara de una consigna, o una manera de materializar la desesperación que siente su antiguo propietario: “Lloraba de nuevo, borracho de pasado imposible.”

Hay más frases subrayadas, y páginas con la esquina superior doblada. Una costumbre que detesto pero que decidido respetar en esta Lolita que, siento caprichosamente, comparto con alguien al que, reitero, no quiero imaginar.

Digamos que lo dibujo con un rostro borroso, que una nube oculta sus rasgos.

En unos días en los que busco emociones que lleguen directas al corazón –ese frío trozo de hielo azul, escribe Nabokov– descubrir esta edición de Lolita arrugada, maleada, leída, es de las pocas experiencias agradablemente desconcertantes con las que me he encontrado en los últimos meses.

El sábado, antes de ir al Rastro, pensaba tirar la toalla. Mandarlo todo a paseo, asqueado de esta siniestra realidad que quiere mancharlo todo.

Que loa el sálvese quien pueda.

Que humilla al tonto el último.

Pero tengo sosiego. Y aún respiro aire que refresca mis castigados pulmones.

Y me duermo pensando que mañana es domingo.

Y toca Rastro.

Afortunadamente todavía tengo ánimo para levantarme y bajar a los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de África donde me encuentro con una leyenda hecha pedazos a la que últimamente suelo ver por ahí.

Saludo también a otro que deambula.

Y a un tercero que parece querer camuflarse entre el gentío porque, probablemente, “preferiría no hacerlo…”

Subo una de esas cuestas de la desordenada ciudad y tropiezo con aficionados del Tenerife que celebran el ascenso a segunda división de su equipo.

Uno incluso me da un manotazo amistoso en la espalda, no sé ahora si para que me una a la fiesta. Imagino de todas formas que al verme la cara decide alejarse mientras salta como una rana por la calle y se confunde entre el gentío que enarbola banderas tricolores y otras que son la misma que la de Escocia.

¿Por qué tiemblo?

A la altura del cine Víctor me persigno y rezo.

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: La punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.” 

Lo.Li.Ta.

(*) En la imagen James Mason y Sue Lyon en la versión cinematográfica de la novela de Nabokov dirigida por Stantely Kubrick.

Saludos, habla, memoria, desde este lado del ordenador.

El viento y la sangre, una novela de M. A. West

Lunes, Mayo 20th, 2013

Los domingos por la tarde en Peoria son igual de plúmbeos que en cualquier ciudad de provincias. La gente sale al campo, se mete en el cine o se encierra en casa para intentar hacer más breves esos adelantos a la muerte.

(El viento y la sangre, M. A. West. Colección Negra, Navona Editorial)

“- Antes te dije que te mataría y te despedazaría, ¿verdad?

Vinnie asintió.

- Y te dije que si hablabas, te mataría primero, ¿verdad?

Vinnie volvió a asentir con resignación, casi con agradecimiento. Entonces, como si Lucifer se hubiera apoderado de él, los ojos de Rudy dejaron de ser castaños y se tornaron de un color amarillento, casi dorado, cuando dijo:

- Te mentí.”

(El viento y la sangre, M. A. West. Colección Negra, Navona Editorial)

La edad de oro de la novela negra en Estados Unidos, los años cuarenta y cincuenta del pasado siglo, está plagada de autores que no han trascendido con la fuerza que merecen al publicar sus obras en sellos editoriales de baja presupuesto, los pulp, y al entenderse que se tratan de títulos del montón, literatura facilona y demasiado directa, que carece del lirismo de los clásicos (David Goodis, William R. Burnett, Don Tracy, Jim Thompson, Charles Williams, entre otros), desechando el trabajo artesanal de muchos de estos escritores, algunos de los cuales incluso supieron dotarlo de una mirada que además de dar prioridad al estilo –repleto de frases cortas y contundentes– volcaron su ingenio en historias que, leídas en estos tiempos siniestros, resultan aún políticamente incorrectas.

Desconocía pues el trabajo de uno de estos artesanos de la palabra, M. A. West, pseudónimo bajo el que se esconde un profesor de Literatura que para doblar el sueldo que le proporcionaba su trabajo se dedicó a publicar novelitas que, pasado los años, pasado el tiempo, quiero entender ahora como la serie B del género negrocriminal.

Una serie B que destaca, como destacó en la gran pantalla, por su poderosa imaginación, sentido de la acción y, lo que es mejor, ofrecer una visión de esta literatura desde perspectivas radicales y desconcertantes.

El viento y la sangre, novela que traducen y recuperan para el mercado español Thalía Rodríguez y Alexis Ravelo, es un buen ejemplo para entender las constantes de esta narrativa si quieren menor.

Constantes que podríamos resumir en descripciones explícitas de sexo, extremada violencia, personajes de una pieza pero con matices en ocasiones insólitos, y un sentido de la acción que las hace inevitablemente reivindicables.

Poco sabemos de su autor, M. A. West, aunque al parecer dejó varias historias protagonizadas por Rudy Bambridge, mano derecha de un hampón de Chicago que se dedica a resolver casos empleando, al margen de la ley, las armas de su oficio.

Esta es la primera característica llamativa de El viento y la sangre. Novela que empieza con el secuestro de una rica adolescente, la huida que emprende uno de los miembros de la banda con el dinero del rescate y la persecución que inicia Bambridge para recuperar el dinero y vengar la violación a la que ha sido sometida la chiquilla.

En la historia, que transcurre en un pequeño pueblo de Dakota, intervienen también otros personajes, algunos de ellos tan atractivos como Lorna, o Conrado Bonazzo, el jefe de Rudy Bambridge, un gángster con un extraño sentido del honor.

El viento y la sangre, como muchas otras novelas de kiosco, lo que los norteamericanos reconocen como pulp, hay un poco de todo.

El lector iniciado puede encontrar influencias de La llave de cristal, de Dashiell Hammett; El secuestro de miss Blandish, de James Hadley Chase, escritor de origen británico que a su vez adaptó a las claves negrocriminales Santuario, de William Faulkner, y algún que otro autor y novela del género que ahora nos ocupa en el que late una preocupación no ya solo por entretener al lector, sino también por salpicar su relato con personajes que definen muy bien el espíritu abiertamente provocador y despiadado de este tipo de literatura.

Una literatura que pese al paso de los años aún sabe a subversiva y que dirige sus críticas contra el orden establecido, de naturaleza siempre corrupta, en el que sus personajes públicos son capaces de sacrificar lo que más quieren para ganar un puñado de dólares.

El dibujo que ofrece M. A. West de los poderosos resulta así demoledor, y explica con un cinismo muy propio del género, que ese orden en apariencia virtuoso lo sostiene en la sombra personajes como Bonazzo. Un gángster calculador sí, pero también un hombre de familia con un desarmante sentido de la caballerosidad. La misma que anima al único irlandés de la banda a resolver los cabos sueltos que se dan cita en esta extraordinaria El viento y la sangre, una novela de apenas 150 páginas que se lee con la misma avidez con la que fue escrita. Y que no deja de sorprender a medida que se avanza por el retrato que ofrece del hombre de confianza de Bonazzo, Rudy Bambridge, así como de otros miembros del gang.

El viento y la sangre se convierte así en una novela que no solo se queda en la anécdota, ya que contiene varias capas que, al modo de una cebolla, M. A. West va pelando a golpe de navaja.

Una serie B, en definitiva, en su estado más puro. Una novela que pese a estar escrita en tiempo record y probablemente sin apenas borradores, nunca pierde de vista su sentido de la acción. Una acción al servicio del entretenimiento pero con muchos mensajes respirando bajo sus páginas.

Por ello, y por muchas cosas más, El viento y la sangre es un título recomendable no ya solo para los aficionados a este tipo de novelas, sino también a los que todavía se cuestionan el tonelaje intelectual que respiran estas historias, aunque se traten de títulos de serie B y firmados por autores prácticamente desconocidos como M. A. West.

Un hombre, West, que dejó escritas otras historias con Bambridge como protagonista y que piden a gritos su pronta recuperación en el mercado editorial español.

Anoten por lo tanto este título: El viento y la sangre.

Y este nombre: M. A. West.

Uno de los nuestros.

Saludos, muchas felicidades Kiko, allá donde estés, desde este lado del ordenador.

“Nené: di adiós al pasado”

Domingo, Mayo 19th, 2013

Para alguien que no sabe conducir, para alguien que apenas se mueve de los estrechos límites de la ciudad en la que se finge que vive, desplazarse a cualquier punto de la isla que habita es algo así como un viaje.

Basta que la guagua o el automóvil recorra algunos kilómetros sobre el asfalto para que sienta el espíritu de la aventura que consiste en abandonar el lugar de origen para llevarlo a un lugar no tan remoto y que apenas reconoce, salvo recuerdos cada días más dispersos de una infancia que desaparece, y a la que el destino ahora lleva porque nada está escrito.

Por norma, estos desplazamientos que te abstraen durante un par de días de una rutina salpicada de desengaños, te hacen ver las cosas de otra manera.

Será, pienso ahora, por la gente que conoces, la mayoría de ellos igual de despistados el primer día que es el día en el que tienes que dar el primer paso, darte a conocer, comprobar que la risa que sale de tu boca es espontánea porque vuelves a ser tú, ese fantasma que desdibujas con el peso de la realidad diaria y que en estas escapadas reencuentras afortunadamente quizá porque, reitero, al final del camino solo estás tú. Tú y tus circunstancias, que diría ese filósofo al que todo el mundo cita pero que casi nadie conoce.

Quiero pensar, de todas formas, que algo se mueve.

Que algo late cada vez con más fuerza.

Quiero pensar que este tipo de literatura, la negra, la policíaca, la criminal, se hace camino porque hace camino al andar y no pierde el tiempo en disquisiciones sobre alta o baja literatura porque sabe que es literatura.

Cuenta, además, con un desarmante espíritu de camaradería entre quienes le dan voz –los escritores– que no he encontrado en otras tendencias, en otros estilos que se dicen más intelectuales.

El martes, 14 de mayo, Alexis Ravelo presenta en Santa Cruz de Tenerife La estrategia del pequinés, a mi juicio su mejor novela aunque Javier Hernández Velázquez no se cansa de recomendarme vivamente Los últimos días de Mercurio, título que espero conseguir un día de estos.

Ese día en el que lleguen las novedades que se editan en Gran Canaria con la misma regularidad con la que llegan a las librerías que existen en Tenerife las novedades que aterrizan del territorio peninsular…

Ya he comentado La estrategia del pequinés, lo que no he  comentado es que ver en directo a Ravelo es un espectáculo porque el escritor, que habla como una ametralladora, posee un discurso igual de bien armado como el que emplea para estructurar sus historias.

El miércoles, 15 de mayo, Susana Hernández da a conocer las claves de su última novela, la atractiva Contra las cuerdas, en la Librería de Mujeres. La Librería de Mujeres es una especie de oasis cultural en una capital, como Santa Cruz de Tenerife, tan necesitada de oasis culturales.

Contra las cuerdas no es una novela pugilística sino una intensa y absorbente novela policíaca en la que su autora recupera a las subinspectoras de la Policía Nacional Rebeca Santana y Miriam Vázquez tras Curvas peligrosas y título del que volverá a hablar el jueves de esta misma semana en la séptima edición de NNegra de Arona, jornadas en la que se analiza la aportación al género de un puñado de narradoras que ya no titubea en explorar los territorios de la novela negra para contar historias.

En Arona se recuerda a algunas señoras que lo hicieron posible.

Cito de memoria a Vera Caspary y Dorothy B. Hughes, a ellas le debemos entre otros títulos clásicos: Laura y En un lugar solitario; también se evoca a Margaret Millar y, cómo no, a la gran Patricia Highsmith, todas ellas escritoras que se hicieron espacio a base de codazos y sobre todo mucho talento en un género hasta ese momento acotado a los hombres.

Ello explica, razona alguien, que los protagonistas de sus relatos fueran hombres y no mujeres. Y se menciona al inquietante y ambiguo Tom Ripley.

En las mesas redondas, en las charlas que se producen en NNegra de Arona y en las que participan Susana Hernández y Yanet Acosta (El chef ha muerto), se habla también de la vampiresa, de la mujer fatal.

La mujer fatal encarna un tipo de personaje femenino que rompe cadenas y que utiliza la cabeza y su cuerpo para salirse con la suya. El protagonista masculino de estas historias es algo así como un pauloviano cachorro que solo sabe babear cuando cae en las redes de estas señoras que el cine elevó a los altares con la forma de Ava Gardner o Lana Turner por mencionar solo a dos actrices que aún despiertan mi lado más pauloviano de entender la vida.

En NNegra de Arona se proporcionan títulos, se firman libros, se suscita un debate donde una señorita del público lamenta la presencia de dos caballeros en una mesa donde se habla de novela negra escrita por mujeres, y se hace un poco de sociología mientras las nubes no desaparecen del cielo de Arona que durante tres días se ha vuelto negro.

O negra, como la literatura que una vez pruebas, ya no dejas. Y no dejas porque algo tiene este género que trasciende las fronteras del género y en el que ellas están ocupando el papel protagonista que antaño ocuparon ellos. Es más, ellos están escorando su literatura a la novela de crimen de salón. Galería en la que hasta el día de ayer eran precisamente ellas las más conocidas y celebradas. Pensad en Agatha Christie, en Anne Perry, en Donna Leon, en…

Falla a estas jornadas con aroma a pólvora la escritora Mary Jungstedt, quien por motivos personales no puede trasladarse de Suecia a Tenerife para presentar su última novela traducida en España, Un inquietante amanecer.

Lo que no supone un quebranto para que durante tres días, del 15 al 17 de mayo, el espíritu de la novela negra se extienda como un manto entre los que sí hemos tenido la suerte de participar en estas jornadas.

AroNa se escribe pues con N mayúscula.

N de Novela y N de negra.

(*) En la imagen Jane Greer en Retorno al pasado (Out of the past, Jacques Tourneur, 1947)

Saludos, “nené: di adiós al pasado”, desde este lado del ordenador.