Archive for the ‘Óbitos’ Category

Pablo Milanés, el trovador que se fue

Miércoles, Noviembre 23rd, 2022

A Pablo Milanés se le quería más que a Silvio Rodríguez. Eso saqué en claro estando de visita en la ciudad de las cien mil columnas, La Habana, la majestuosa capital de Cuba que se desmorona con indefinida dignidad año tras año. A la gente de la calle le gustaba el negrito porque lo sentían como alguien cercano… Silvio además de blanco presumía de arrogante cantautor. Una desventaja en un país como Cuba donde a mal tiempo, buena cara y en la que la segregación pese a que oficialmente no exista, sí que se mantiene en una sociedad más que revolucionaria, esquizofrénica, que así fue como me la definió na amiga en la cocina de su casa mientras calentaba un poco de leche que había comprado horas antes en una tienda para turistas, abastecida, vergonzosamente occidental, ajena a la precaria realidad de la calle.

En mi casa, no obstante, siempre se escuchó a Silvio y no a Pablo de quien me sabía versos sueltos de algunas de sus canciones como Yolanda o Yo no te pido… entre otras muchas que compuso e interpretó el artista a quien metieron en los años 60 en las cárceles cubanas no por cuestiones políticas sino por vender y consumir marihuana. Así lo cuenta el periodista Pierre Golendorf en un libro, Siete años en Cuba. 38 meses en las prisiones de Fidel Castro que hizo mucho dinero en su momento. Lo tengo en casa, la portada es roja y aparece el comandante en jefe y un plano dibujado de Cuba.

Pablo Milanés fallece en Madrid y las redes sociales se inundan de mensajes de condolencia. Se lo merecía el cantante aunque la mejor manera de recordarlo sea escuchando su música, su potente voz… En los últimos años le dejaron que se montara un estudio privado en un país en el que (dicen) no existe la propiedad privada para sacar adelante proyectos y a cantantes de distinto sexo que le impresionaran. No sé cómo quedó ese negocio. Si sigue adelante o quebró como quiebran las cosas buenas. Espero que no.

Ignoro además si hubo rivalidad entre Silvio y Pablo. Si la hubo no me enteré aunque con el paso de los años a mi también terminó por caerme mejor Pablo que Silvio. Y no solo por una rueda de prensa a la que asistí en la que Silvio Rodríguez no admitía preguntas que le obligaran a dar su impresión de la revolución castrista sino por lo que previamente me habían contado los cubanos que conocí en La Habana. Uno me dijo que había detenido un concierto en el teatro Karl Marx de la capital cubana porque le molestaba el murmullo del público, otros, anécdotas que no sé si serán verdad pero que ya conforman una mitología negra con nnombre y apellido, Silvio Rodríguez, dentro y fuera del país.

Al margen de cómo caiga uno y el otro, el caso es que fallece Pablo Milanés y más que lamentar recuerdo otro tiempo donde lo que se escuchaba en determinados círculos eran las canciones de la Nueva Trova cubana. Y entre los integrantes de aquel movimiento, el que más sonaba en mis proximidades eran las canciones que componía e interpretaba Silvio Rodríguez.

No puedo decir me gustara más musicalmente Milanés pero sí que me agradaba más como persona. Alguien lo calificó de tierno, casi como ese osito de peluche que dan ganas de abrazar antes de dormir, pero poco más porque en mi caso, si alguien formó parte de la banda sonora de su ya lejana adolescencia y primera juventud fue Silvio, del que llegué a tener dos discos de vinilo. Sacó muchos más pero connel paso de los años dejé de interesarme en aquella música aunque ahora la recupere ocasionalmente.

El caso es que ha muerto Pablo Milanés y que con él se muere una parte del espíritu que nos hizo personas. Tarareo de hecho y mientras escribo estas líneas una sus canciones aunque más que repetir la letra con mi característica falta de oído lo que hago es murmurar palabras en las que solo se identifica alguna. Más tarde interpreto con la boca pequeña aquella canción tan hermosa que dedicó a Salvador Allende.

En Cuba, no obstante, si queda algo de aquella Nueva Trova que hoy se nos ha vuelto irremediablemente vieja son un puñado de canciones y dos intérpretes por encima del resto: Milanés y Rodríguez, algo así como los Zipi y Zape de una renovada canción cubana que se hacía poeta, sus letras se impregnaban de metáforas y La Habana, ya saben, día de un año….

Saludos, ya te lo he dije, desde este lado del ordenador

Adieu Godard, adieu Tanner

Martes, Septiembre 13th, 2022

Cuando un amigo o mejor un conocido se va algo se muere en el alma y al mismo tiempo estimula la imaginación de los vivos. Leo en redes sociales comentarios escritos por gente que en su día se acercó a su cine, elogiando la obra de Jean-Luc Godard, uno de los tipos más odiados y también queridos del cine francés. Probablemente con Truffaut, sea el miembro que no miembra más conocido de lo que se llamó Nouvelle Vague, un cine muy moderno cuando asomó la cabeza y que dejó secuelas en otras cinematografías como la estadounidense y la británica, que creaba más o menos por aquellos mismos años, inicios de los 60, el Free Cinema

El problema con Godard es que salvo Al final de la escapada y Alphaville con muchos peros… el resto de su cinematografía es para “entendidos”, razón que explica también que su cine no es que haya envejecido, ya que no envejece, sino que fue siempre para marginales. O gente con ganas de romperse la sesera viendo sus películas. Y mira que dirigió películas el buen hombre.

Si hay algo que me interesa sin embargo de sus películas no son, precisamente, sus películas sino la capacidad que tuvo como intelectual de sumarse a los vientos revolucionarios que soplaron en mayo del 68. También su carácter cinéfilo, su amor por cineastas norteamericanos que poco o nada tenían que ver con su cine aunque… siempre hayan peros como Fritz Lang y Samuel Fuller y la capacidad que tuvo para descubrir actrices que al menos al que ahora les escribe le hicieron enamorarse platónicamente de todas ellas. De hecho, confieso señor juez que si vi más películas (no demasiadas, esa es la verdad) del señor Godard fue por volver a ver a Ana Karina, Macha Méril y cómo no, Jean Seberg, que nunca estuvo tan guapa como en Al final de la escapada, junto a Jean Paul Belmondo cuando Jean Paul gustaba a los intelectuales. Después, como diría alguno, se vendió al capital.

Es verdad, y esto no lo puede negar nadie aunque siempre haya gente que niegue hasta la existencia de los cangrejos de río, que Godard fue un cineasta al que le gustó la polémica desde el minuto uno. Recuerdo el estreno en Madrid de Yo te saludo, María (1984) si no me equivoco en los cines que llevaban el mismo nombre que una de sus películas, Alphaville, y como la extrema derecha organizó manifestaciones frente a la fachada de aquellos cines de (oh) arte y ensayo llamando de todo menos bonito a los que entraban a verla. Por ahí, animando a la gentuza a movilizarse, andaba Blas Piñar, entonces líder máximo de una cosa que se llamaba Fuerza Nueva.

La sangre, afortunadamente, no llegó al río. Y si uno ve la película no entiende porque la derecha extrema organizó todo aquel circo porque tampoco era para tanto la experiencia cinematográfica. No creo que el Vaticano excomulgara al director por un filme que, para que vamos a engañarnos, era puro Godard, solo que estrenado a destiempo, cuando la mayoría de sus defensores lo habían relegado al olvido.

Lo que me molesta de toda la avalancha de óbitos, elogios al muerto y lo demás es que nadie se haya acordado por reivindicar a otro cineasta de la Nouvelle Vague que falleció el domingo pasado, Alain Tanner, director al menos de una película que marcó mi vida y cuyo cartel llegué a tener en el dormitorio de una de mis casas una buena temporada hasta que vino otra mudanza y, como pasa en todas las mudanzas, terminó por desaparecer entre traslado y traslado. La película a la que me refiero es En la ciudad blanca, que no solo es de los largometrajes que mejor han fotografiado a una de la ciudades europeas más hermosas, como es Lisboa, sino también por el retrato que hace de la soledad.

Sirvan estas líneas para recordarlo y sirvan también estas líneas para reivindicar el cine de un hombre que juega en la misma división que Jean-Luc Godard solo que no fue tan aficionado a los rompecabezas ni a polemizar y mucho menos a rodearse de actrices tan feroces y hermosas como con las que trabajó ese intelectual que parece un burgués de clase media que tira al progresismo mientras reflexiona a orillas del Sena en lo grande que fue y es cuando quiere esto del cine.

Saludos, descansen en paz, desde este lado del ordenador

Los Marías y yo, mismamente

Lunes, Septiembre 12th, 2022

Las redes se inundan de comentarios que lamentan la muerte del escritor español Javier Marías, que fallece, se nos va, demasiado pronto aunque uno tiene la sensaciòn que la muerte llega, nos llega, con prisas, sin que tengamos tiempo a meditar profundamente en qué consiste eso de volver a ser nada. Nada absoluta. En el caso de Marías nos quedan sus libros, un inmenso legado de páginas y páginas al que llegué hace ya unos años gracias al regalo de un amigo del alma, pero del alma, alma, que tuvo a bien regalarme Tu rostro mañana que, como saben algunos, se publicó originalmente en tres entregas (Fiebre y lanza, Baile y sueño y Veneno y sombra y adiós) entre 2002 a 2007.

El volumen que está en mis manos es generoso en páginas, supera las 1.300, y ocupa un lugar secreto en mi desordenada biblioteca. Pero no fue Javier sino Miguel el primer Marías que conocí en mi agitada existencia gracias a un programa de cine que se criticó mucho entonces y que ahora reivindican con nostalgia los cinéfilos de medio país: Qué grande es el cine, que dirigía y presentaba José Luis Garci y en la que tras la exhibición de un largometraje cuato o seis tertulianos hablaban de las grandezas de esa misma película.

Entre los habituales, se encontraba Miguel Marías, que era uno de los pocos que hablaba con seriedad de lo grande que a veces es el cine. Más tarde me enteré que eran familia por parte materna de una rama de ilustres e ilustardos cineastas como Jesús Franco, que fue un francotirador y al que tuve el honor de entrevistar sirviéndome de intermediaria quien fue su mujer: Lina Romay y con el que charlé de lo divino y de lo humano de, entre otros temas, sus innumerables pseudónimos, su afición a los desnudos, su capacidad para dirigir películas en tres días y, por último, cómo fue trabajar al lado de un monstruo. Un monstruo llamado Orson Welles. Marías era familia también de otro director de cine fundamental para comprender la historia del cine español como Ricardo Franco.

Pero digamos que mi gran encuentro con alguno de los Marías no fue ni con Javier ni con su hermano Miguel, sino con su padre, don Julián Marías, que escribía por aquel entonces unos interesantes artículos de opiniòn en la revista Blanco y negro que se vendía todos los domingos con el ABC.

Me encontraba por aquel tiempo en Madrid, y vivía por aquel tiempo también en una calle llamada de Isla de Oza, que se encontraba por Puerta de Hierro pero no en la zona noble sino en la pobre. Con todo, vivir tan alejado del centro y en un barrio donde todo el mundo trabajaba mucho para llevar el pan a su casa, hacía muy especial la convivencia porque allí, en aquella calle, nos conocíamos todos. De hecho, casi todos nos enciontrábamos de noche en un bar medio pub llamado El semáforo donde te preparaban, por cierto, unos bocadillos espectadulares de morcilla de Burgos y si no quiedaba de panceta con queso amarillo que devorabas en unos pocos segundos.

La parada de guagua (autobuses) que te llevaba al centro –recuerdo que la parada en el otro extremo de la ciudad era detrás del cine Callao– estaba prácticamente al lado de casa, donde vivía con otros dos compañeros y que siempre llevaba un libo (lo sigo haciendo, es algo que no se me ha ido con la edad) en las manos que por aquellos días se trataba de México insurgente, escrito por el periodista John Reed que ha sido siempre una especie de faro, de guía, y del que leí también su famoso Diez días que conmovieron al mundo y una serie de sobresalientes reportajes en un volumen titulado La guerra en Europa oriental. Esa guerra es la primera y para los que gustan de estos temas como quien les escribe, es un frente no demasiado conocido de un conflicto que al finalizar hizo pensar a muchos que sería la última de las guerras.

El caso es que estaba en la parada, apoyado en un murito que servía de parterre de plantas decorativas esperando pacientemente la guagua cuando un señor mayor me preguntó que qué estaba leyendo. Le mostré la portada y tras consultarla me dio unas palmaditas en los hombros y exclamó que estaba muy bien que un joven leyera (en aquellos tiempos todavía era joven).

Me dijo también pero sin decir su nombre ni el medio en el que colaboraba que el también escribía… Y me recomendó que leyesa el Quijote si no lo había hecho y El buscón de Quevedo cuando llegó la guagia y puso final a aquella extraña conversaciòn. Extraña porque entonces como ahora resulta raro eso de hablar de libros. Y más si se trata con un desconocido.

Solía sentarma al final de la guagua y vi como aquel simpático viejito lo hacía delante mientras le daba vueltas a la cabeza porque, diablos, algo me decía que conocía a aquel caballero.

Lo supe el domingo de esa misma semana o quizá fue el de la siguiente o siguiente que lo mismo da. Estaba leyendo la revista Blanco y negro cuando de pronto vi la fotografía del autor de un artículo de opinión, una sección fija entonces en aquella publicación… y el viejito no era otro que don Julián Marías. Más tarde leería su autobiografía Una vida presente y adquirí en un rastro su voluminosa Historia de la filosofía, dos obras que son como dos islas en una nutrida bibliografía…

Muere Javier Marías, su hijo y el hermano de Miguel y familia de los Franco, no del dictador sino de los que se dedicadon al cine… Y pienso en aquella anécdota con el padre y no con el hijo a quien creo que vi una vez (a Javier me refiero) sentado en una terraza más o menos próxima a la Plaza Mayor de Madrid con otro escritor, Arturo Pérez Reverte. Luego lo demás se difumina, y siento, lo siento de veras, la ausencia de un Marías que a sun manera y aunque sea de forma tan marginal, forma parte de mi vida. Un chispazo, un momento, un eco si así lo quieren… perio un recuerdo, un recuerdo que es siempre algo más que nada más.

Saludos, mañana en la batalla piensa en mi, desde este lado del ordenador

José Guirao, un técnico de Cultura

Lunes, Julio 11th, 2022

No es habitual encontrarse con profesionales de la cultura que, al margen de las lisonjas y parabienes que implica el cargo, conoce a fondo el sector y sabe cómo getionarlo. Uno de ellos fue José Guirao Cabrera (Pulpí, Almería, 9 de junio de 1959 – 11 de julio de 2022), ministro de Cultura (2018-2020) en uno de los períodos más difíciles y confusos que ha vivido este país en los últimos años.

José Guirao sin embargo fue cortesmente sustituido en uno de esos cambios de timón que tanto caracterizan al actual gobierno de España, y el técnico se retiró a sus cuarteles de invierno, que fue volver a su antiguo trabajo como gestor de la Casa Encendida, hoy todo un referente de cómo ha de hacerse las cosas en políticas culturales.

José Guirao estuvo el año pasado en Tenerife para impartir la primera charla inaugural de la Cátedra Cultural de Gestión y Políticas Culturales de la Universidad de La Laguna. El acto se desarrolló en el Paraninfo y contó con una notable asistencia de público entre los que se encontraban sobre todo funcionarios y técnicos en materias culturales de las islas.

El diálogo fue fluido aunque Guirao no pudo evitar su lado político, lo que significa que no respondió directamente a preguntas difíciles ya que se iba por las ramas y se liaba como una persiana. Cuando entendía que podía explayarse, era una gozada escuchar las palabras de un hombre que conocía tan bien al sector y la gente que lo mueve.

Al finalizar la conversación y cuando los policías nacionales que le servían de escolta dejaron que hablara con el público, recuerdo que alguien le preguntó qué opinaba de Federico Jiménez Losantos, el más que periodista, azote liberal de las derechas e izquierdas de este país, y que él respondió que era muy amigo de su hermana, y que conocía personalmente a Jiménez Losantos, un tipo, resaltó, “antisistema”, no dijo en ningún momento ni facha ni fascista que son expresiones que utiliza la gente tan gratuitamente como ahora lo de rojo y comunista.

José Guirao, más allá de las ideologías y de las exigencias del partido socialista, era un técnico, un tipo que hacía gestión y que tenía una idea muy clara de cómo hay que conducir a la cultura cuando se detenta algo de poder. El poder no está para vivir del cuento sino para presionar si la ocasión lo requiere por el bien de la comunidad. Lecciones, como observan, tan necesarias y mucho me temo que urgentes para que los que en la actualidad asumen responsabilidades de gestionar políticas culturales aprenden cómo deben de ejercerlas. Pero soy consciente que mis palabras caerán en el vacío ante un viceconsejero de Cultura como es Juan Márquez Fandiño que no pone orden en su Instituto Canario de (sub)Desarrollo Cultural y no responde a preguntas ni reacciona ante la lluvia de críticas que está erosionando su gestión (¿?) o en el Cabildo de Tenerife su director insular, Alejandro Krawietz, que empieza a ser conocido en el ambiente como el gorgorito, solo que su té, chocolate y café suele quedarse en casa. Respecto a los ayuntamientos de Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, lo mejor es mirar hacia otro lado porque su agonía comienza a ser putrefacta.

Recuerdo que durante aquel rato con José Guirao salió a colación lo de la batalla cultural que en la actualidad, dicen, libran las derechas contra las izquierdas. Guirao se quejaba porque el discurso de su partido, el que está en el gobierno, fuera tan poco realista con la conquista de América y pensaba que ese asunto lo estaban ganando las derechas por goleada. Le respondí entonces que si así fuera, la causa de esta derrota se debía a los supuestos progresistas a los que no les gusta, aunque piensen lo contrario, hablar de temas que resultan tan incómodos cómo la América española y la herencia de España en aquella América que fue española.

Meditó un rato y acabó por darme la razón pero mucho me temo que todavía faltan años para que veamos a los socialistas reivindicar lo que significó con toda su grandeza y miseria la conquista de aquel territorio sin sonrojo alguno. Y mucho menos, sin la urgencia de pedir perdón.

Pero si hubo un tema del que le encandilaba hablar era sobre su pueblo natal, Pulpi, en Almería, tierra a la que regresaba durante las vacaciones. Es decir, que en estos calurosos días de julio debía de estar allí y no donde se encuentra ahora.

Me conmociona sin la gravedad de un terremoto la muerte de José Guirao, sobre todo porque todavía era muy joven y sobre todo también porque con él muere un técnico excepcional, un hombre que trabajó casi toda su vida por esto que llamamos cultura y no curtura que es lo que se hace en esta tierra en la que me tocó nacer.

José Guirao se nos fue con solo 63 años, recién cumplidos además, un hombre que supo lo que tenía que hacerse al frente de tal responsabilidad. Un profesional que tuvo muy claro que ocupar ese cargo no era para beneficiarse él ni sus colegas sino trabajar en beneficio de todos, al margen de querencias y maledicencias personales. Fue un técnico, un profesional. O el ideal de un funcionario al que le costaba decir lo de vuelva usted mañana porque prefería el vamos a arreglarlo hoy, hoy mismo.

Lo mismo, esto es ironía, que hacen nuestro viceconsejero, director general y responsables de curtura a este lado siempre sufrido del Atlántico.

Fernando García de Cortázar, en busca de la España ¿posible?

Lunes, Julio 4th, 2022

Fernando García de Cortázar (Bilbao, 4 de septiembre de 1942-Madrid, 3 de julio de 2022) se encontraba en Tenerife para presentar su Breve Historia de España y tuve la ocasión de entrevistarlo a propósito de ese libro, un libro de historia de España que se había convertido en todo un éxito de ventas.

La Breve Historia de España narraba con espíritu divulgador el relato de un país con el que no estábamos muy identificados. No por nada, pero España, la península como decíamos y decimos, estaba muy lejos. De hecho, creo que siempre ha estado demasiado lejos. Por fortuna o sin ella.

Aquel libro intentaba al menos contar la historia de este país sin demasiados prejuicios, y la hacía enormemente atractiva. Explicaba, además, otro montón de cosas que al menos a mi me descubrieron las grandezas y miserias de eso que los exaltados llaman patria.

No sabía que Fernando García de Cortázar fue jesuíta, lo descubro ahora, pero sí recuerdo la tirantez primera que hubo cuando nos sentamos para conversar. El diálogo fluyó sin embargo didácticamente, y el historiador se fue abriendo un poco. Sí que tenía un aire de suficiencia (pasa con todos los historiadores españoles que se han hecho conocidos) que creo era más una pose que otra cosa.

Los años fueron pasando y aparecieron nuevos libros sobre la historia de España escritos con rigor pero sin el pesado estilo académico que marca la Universidad, como la Historia de España contada para escépticos, de Juan Eslava Galán, cuyo referente, y probablemente también el de García de Cortázar, me recuerda a La otra Historia de España de Fernando Díaz-Plaja.

Entrevisté en otra ocasión a Fernando García de Cortázar. El motivo la publicación de otro libro que no recuerdo cuál era. El problema es que el historiador intentó revalidar el éxito de su Breve Historia de España con una serie de obras que no tuvieron el eco del primero. Quizá porque él que recelaba de los nacionalismos al final fue un nacionalista más. Un nacionalista más, solo que español. Y de su España insistió erre que erre. Más o menos algo parecido, pero menos radical, a lo que hace ahora María Elvira Roca Barea, salvando las lógicas distancias entre uno y otro.

Pero al margen de salir del armario y expresar su me duele España, García de Cortázar fue uno de los primeros historiadores españoles en escribir sobre este país con debida distancia y el ánimo de que comenzáramos a sospechar de los libros sobre la historia de este país escritos por historiadores y periodistas anglosajones y alguno francés.

El historiador era consciente que la historia es una ciencia blanda y como tal, le fastidiaba que se hablara de nuestra historia sin tener pajolera idea. De hecho, afirmaba que escribía para que los lectores no leyeran sino sintieran la historia de España. Un proyecto al que dedicó gran parte de su vida y que creo que no llegó a comprender nunca.

Me entero ahora que uno de sus maestros en la ciencia de contar, o reinterperetar según las fuentes, el pasado, era Miguel Artola, a quien tuvo también la ocasión de entrevistar, pero no encuentro nada en común que los ligara salvo su empeño en contar la historia de este país que se nos perdió hace años con distancia más que objetividad.

En estos tiempos extraños que nos ha tocado vivir, de traiciones bobas, mentiras graves y con un retrato del futuro nada atractivo, la desaparición de Fernando García de Cortázar puede entenderse también como simbólica. Con él desaparece uno de los promotores por estudiar este país de cafres con una nueva mirada. Una mirada que abordaba lo mejor y lo peor de nuestro relato como nación sin escorarse demasiado ni a un lado ni al otro. Muchos, ya dije, aprendimos a reconciliarnos con esta nación tan indomable gracias a historiadores que como él se empeñaron en demostrarnos que España es diferente, sí, pero que como país ha estado toda su existencia vinculado al proyecto europeo.

Dicen que se encontraba bastante pachucho en los últimos meses pero quiero imaginar que, pese a la batalla que se estaba librando dentro de su propio cuerpo, no perdió el entusiasmo por seguir contando nuevas por viejas historias de una España en la que hoy cuesta tanto reconocerse.

Saludos, bien viaje, desde este lado del ordenador

Adiós a todo eso

Miércoles, Junio 22nd, 2022

Recibo el aviso que José Luis Balbín ha muerto y pienso en el presentador y periodista (esto es más importante de lo que se cree) que condujo La clave cuando todavía éramos jóvenes y creíamos en algo.

No sé que edad tendría entonces, pero en mi casa lo seguían de cuando la televisión era en blanco y negro. Luego llegó el color y le pudimos ver los colores a José Luis Balbín. Si uno recuerda alguno de aquellos programas reconocerá que comenzaba con una presentación de los invitados, el tema a debatir, la exhibición de una película relacionada con la charla y la tertulia con una media de seis invitados por programa.

Gracias a La clave pude ver El planeta de los simios, una de esas películas que me cambió la vida. Siempre me cayó mal el arrogante Taylor, el astronauta que desprecia a los monos porque se cree superior. Nunca olvidaré a Cornelius y sobre todo a la doctora Zira, que debe ser la primera y última mona de la que me enamoré gracias al cine.

No recuerdo ni de qué iba ni de quiénes estuvieron en aquel debate pero aún le guardo agradecimiento especial a Balbín por eso.

La Clave nació con vocación de ser un programa de tertulia serio porque se tomaba en serio. Desde los títulos de crédito, la cosa anunciaba seriedad por los cuatro costados gracias a la música, que fue compuesta expresamente para el programa por Carmelo Bernaola.

En La Clave se fumaba, estaba permitido entonces. Y creo que también se bebía. Al menos algunas risas nos cogimos con Balbín sobrio al principio de la emisión y con el Balbín digamos que festivo con los que despedía aquel kilométrico programa. Claro que esto de que estaba sobrio y terminara alegre puede ser un infundio de los monárquicos.

Si uno revisa algunos de los debates que se encuentran en You Tube, descubrirá una forma de hacer periodismo televisivo que hoy chirría. En La Clave se charlaba y no recuerdo yo que se chillara. En ocasiones se producían momentos de alta tensión, como el que se vivió en el estudio con Enrique Tierno Galván, político, sociólogo, jurista, ensayista, fundador del Partido Socialista Popular y alcalde de Madrid; Santiago Carrillo, Secretario General del Partido Comunista de España y el filósofo francés Bernard-Henri Lévy.

Les rogaría que lo vieran. Uno se siente orgulloso de cómo torean Tierno como Carrillo a Bernard-Henry Lévy.

Veo ahora fotografías de José Luis Balbín sin barba, lo que me resulta curioso porque para mi siempre tendrá barba y una pipa como Maigret en los labios. Pero más allá de la imagen que proyectó, si me emociona ahora recordarlo es por su voz. Una voz que a veces planteaba preguntas con una risilla para despistar.

Se es consciente de que va resultar difícil que vuelvan estos programas. Conducidos por personas no sé si inteligentes pero con olfato para oler la noticia e invitados serios. Tan serios que incluso los cómicos parecían descafeinados. Con la ausencia de Balbín me doy cuenta que la televisión que conocí entonces desaparece, que ya no es tiempo de dinosaurios aunque cuando despierte sigan ahí.

Afortunadamente, nos queda mucho Balbín en las redes sociales así que volver a él es como volver a un país de nunca más. Esa España que comenzaba tímidamente a tomarse en serio porque estaba aprendiendo a dejar atrás el miedo que todavía llevamos dentro. Parece que no, pero el periodista que hablaba con esa voz que te metía en el bolsillo me ayudó a ver las cosas con otra mirada. Golpito a golpito. Obligándome a dejar atrás todo eso.