Archive for the ‘Óbitos’ Category

Notas con mucho de agridulce

Viernes, Junio 12th, 2020

* El Ayuntamiento de La Laguna acordó este jueves, 11 de junio, una moción institucional para el inicio de un expediente de distinciones y honores al poeta y escritor José Carlos Cataño (La Laguna, 1954-Barcelona, 2019).

* Una triste noticia, fallece esta semana en Madrid el actor Chicho Castillo a la edad de 58 años. Castillo formó parte del reparto de la serie Hierro e intervino en diversos episodios de El Juramento de Punta Brava, Balas Perdidas, Al salir de clase, Física o química y Ana y los siete.

* Antonio Martín Piñero obtiene con Amarillos el XII Premio Bienal de Poesía Joven Emilio Alfaro Hardisson que convoca el Ateneo de La Laguna. El poeta nació en la capital tinerfeña en 1998 y estudia cuarto curso de Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna además de colaborar en la revista y los simposios organizados por la Asociación cultural Cipsela.El jurado de esta edición estuvo formado por los escritores y poetas Antonio López Ortega, Verónica Aranda y Yapci Bienes, quienes deliberaron el fallo telemáticamente.

Saludos, game over, desde este lado del ordenador

En recuerdo de Rubem Fonseca, vastas emociones y pensamientos imperfectos

Jueves, Abril 16th, 2020

Recuerdo que a Ezequiel Pérez Plasencia le gustaba mucho el libro de relatos El cobrador, de Rubem Fonseca, el escritor que nos dejó un poco más huérfanos ayer, miércoles, cuando nos enteramos de su fallecimiento… Por el contrario, yo me había acercado a la obra del escritor brasileño por sus novelas negras aunque no sé si es correcto acuñar lo de negro en la producción de un hombre que siempre fue un paso adelante del resto.

El caso es que Fonseca gustaba tanto a lectores que cultivaban con devoción de cartujo el género policíaco como a los que no. Y Ezequiel Pérez Plasencia no era de los seguidores de este tipo de literatura aunque sí que conocía a Hammett, pero era próximo a él más por las elogiosa palabras que le dedicó su admirado Albert Camus al escritor norteamericano que a sumergirse en la lectura de El halcón maltés, Cosecha roja o La llave de cristal que, a mi modesto entender, es la obra maestra de este detective privado que antes de dedicarse a la literatura trabajó a las órdenes de la patronal para reventar huelgas. Y no, no era algo que a Hammett le gustara recordar.

Tengo en casa varios libros de Rubem Fonseca. Cuando me enteré ayer de su fallecimiento los saqué de la estantería donde estaban apilados y me puse a ojearlos porque esa es una manera que tengo de recordar las sensaciones que me provocaron cuando los leí por primera vez.

No descarto ahora releer a este genial escritor brasileño que fue poco amante de dar entrevistas y salir en los papeles. Lo que quizá poca gente sepa es que don Rubem antes de ser escritor fue abogado. Alguien me dijo que también policía pero no he encontrado ese dato mientras me documentaba para escribir estas líneas que quieren servir de homenaje.

A Fonseca y a mi amigo Ezequiel Pérez Plasencia, con el que mantuve largas conversaciones sobre el escritor brasileño, los imagino dándole la brasa a don Rubem en ese otro mundo en el que recalan los escritores gigantes que no fueron reconocidos como merecían en este planeta Tierra mordido por la enfermedad.

Quien lee a Fonseca ama a Fonseca. Esta es una verdad tan grande como que estamos en casa confinados para evitar que nos pille el monstruo invisible. Repaso los libros que tengo justo a la izquierda del ordenador: El cobrador, Pasado negro, Lucía McCartney (cuentos); El gran arte, Vastas emociones y pensamientos imperfectos, Los prisioneros (cuentos) y El caso Morel.

El gran arte,
Pasado negro y Vastas emociones y pensamientos imperfectos son sus tres obras mayores aunque esto no desmerece los otros libros que escribió. Fonseca además se movía muy bien en la novela como en el cuento, lo que no suele ser habitual, pero recomendaría con mucha humildad a los interesados por conocer su trabajo que se aproximaran al escritor con El gran arte, Pasado negro y Vastas emociones y pensamientos imperfectos.

Ahora que tengo los ejemplares a mano recuerdo con agrado el momento que les dediqué hace ya tiempo. Mucho tiempo. Tanto, que ahora me parece que nunca existió ese tiempo porque entonces era anormal pensar que alguna vez podríamos llegar a la situación en la que nos encontramos ahora.

Viajé en varias ocasiones a Brasil pero nunca visité el estado en el que nació don Rubem, Minas Gerais. El escritor ubica algunos de sus libros en su tierra natal, que es un territorio gigantesco que no tiene salida al mar. Fonseca muere sin embargo en Río de Janeiro, que sí que da al mar y que quizá sea la ciudad más conocida del país, mucho más popular en nuestro imaginario carioca que Sao Pablo, Salvador de Bahía o Brasilia.

En algunos viajes que hice a ese país, cuando me atrevía a hablar brasileño que no es portugués, me preguntaban si yo era paulista por aquello del acento… En fin, conociendo más o menos un poquito Brasil, su afición a la fiesta, al carnaval y al fútbol, es natural que entre caipirinha y caipirinha mi corazón tenga desde entonces mucho de verde y amarillo que son los colores de su bandera, moteada además con un círculo azul cruzado con una banda blanca en la que se lee Ordem e progresso...

Si uno lee las novelas de Fonseca descubre, no obstante, la realidad aplastante de aquel país, ni hay orden ni progreso sino corrupción escandalosa y escalonada. Brasil, me dijo una vez uno de allí, solo se moviliza cuando hay fútbol (doy fe porque lo vi, las calles desiertas mucho antes de que apareciera el Covid-19) y carnaval… Es además el único país del mundo que he visitado donde sentí que me decía todo el tiempo que me quedara, que dejara mi pasado anclado y que comenzara una nueva vida allí, en esa tierra de verdes brillantes, música que emborracha y amaneceres que parecen que serán para siempre…

Muere Rubem Fonseca y me acuerdo de Ezequiel Pérez Plasencia hablándome atropelladamente del escritor, de los fascinantes cuentos que encontraba en El cobrador, y pienso también en mis viajes a una tierra que siempre encontré generosa. De gentes que solo le pedían una cosa a la vida: vivirla.

Rubem Fonseca falleció este miércoles en un mundo completamente diferente al que conocimos hace unas semanas. Me pregunto que pensaría mientras se lo llevaba al otro lado la Señora e imagino, permitan esta licencia, su encuentro con uno de sus reconocidos admiradores, ese Ezequiel Pérez Plasencia al que sigo echando de menos después de tantísimo tiempo…

Muere Rubem Fonseca

Muere…

Saludos, que cansino, reitero, es todo esto, desde este lado del ordenador

Muere…

Miércoles, Abril 15th, 2020

Leo las cada días más desangeladas páginas de Cultura de los periódicos digitales y en El País me entero de la muerte de señoras y señores vinculados al universo de la creación.

No sé si se fueron por el virus que nos ataca silencioso e invisible, pero el número de fallecidos es notable:

El escritor Antonio Ferres
El periodista Ángel García Pintado
El librero Matías Vegas
El decano de los historiadores españoles, Carlos Seco Serrano
Iris M. Zavala, filóloga

Y hace unos cuantos días el cantautor Luis Eduardo Aute, que nunca fue santo de mi devoción. Ni fu ni fa. Es verdad que solo conocía de él aquella canción que dedica al cine pero la recuerdo más cantándola entre risas con un amigo que por otra cosa…

Otro óbito que se suma a la cadenas de ausencias provocadas o no por la peste del siglo XXI fue la del del abogado es historiador Armando Curbelo Fuentes, quien se había especializado en estudiar a los inmigrantes canarios en Norteamérica, sobre todo los que se establecieron en San Antonio de Texas.

Una mezcla de tristeza y miedo me da cuando leo estas noticias, pero que se le va a hacer. Ahora es el pan nuestro de cada día por eso su ausencia resulta más dura incluso para los que no conocían a los que se fueron…

Pero es lo que hay…

lo que hay

Saludos, que cansino todo, desde este lado del ordenador.

Alberto Uderzo (Astérix) y Juan Padrón (Elpidio Valdés), dos irreductibles

Miércoles, Marzo 25th, 2020

En estos días de confinamiento, de dar vueltas como una peonza, duchas frías si lo requiere el caso y buscar y rebuscar en la biblioteca un libro que ocupe el tedio leo que ha muerto dos tipos que me hicieron mejor persona.

Los dos eran dibujantes y a uno lo descubrí antes y en familia y al otro después con otra familia. Los dos, probablemente, pensaban distinto aunque los dos, probablemente, dibujaban con el corazón

Alberto Uderzo nació en la nación que exportó el mensaje de libertad, igualdad y fraternidad, y como la bandera tricolor transmitió parte de esta idea en sus historietas, en especial con la del personaje que le dio fama y dinero: Astérix el galo, aunque para los que llegamos a él siendo niños nos gustara más la fortachona candidez de su amigo íntimo, Obélix, que además cuidaba con mimo a Ideáfix, su perrito, aquel que lloraba cuando se derribaban los árboles…

Gracias a Astérix quise devorar un jabalí y darle de cachetones a los romanos, aquellos tipos que según Astérix estaban locos. Locos porque seguían, derrota tras derrota, intentando aplastar a la irreductible aldea de los galos, feroces guerreros que se achantaban, eso sí, ante sus mujeres. Algunas espectaculares como la de Edaddepiédrix, el anciano del pueblo.

La primera historia de Astérix que entró en casa fue la de Astérix y los normandos y desde ese entonces es uno de mis álbumes favoritos junto a Astérix legionario, La cizaña y El caldero mágico. En verdad me gustan todas las historias que Uderzo, el dibujante, dibujó con los guiones de René Gosciny, un auténtico genio. Un maestro del tebeo francés que encontró en Uderzo al compañero ideal para sacar adelante un cómic que si por algo se define es por ser tan francés.

No termina de convencerme sin embargo la historieta que transcurre en España, pero es por esa visión que ofrece de este país: tipos rudos y pendencieros, a los que les gusta bailar flamenco y torear (olé) pero al margen de esta historieta, no terminan tampoco de convencerme las que llevan a sus protagonistas a otros territorios como Gran Bretaña, Bélgica, Helvecia…, ya que salvo La vuelta a La Galia, que es una deliciosa guía turística por Francia, la visión que reflejan en clave cómica de aquellos pueblos resulta demasiado tópica.

Entre mi hermano y yo comenzamos a completar la serie cuando aquel Astérix y los normandos, que nos llegó por un regalo, uno de esos regalos que te cambian la vida que para eso están los regalos, estuvo en nuestras manos. Más tarde y como podíamos, cumpleaños, reyes, reuniendo como hormiguitas el dinero suficiente para adquirir algunos de esos libros porque estaban a un precio prohibido entonces a nuestros bolsillos, fuimos leyendo su encuentro con Cleopatra (cuando estuve en Egipto lo primero que pensé cuando vi la Gran Esfinge de Guiza fue que Obélix le había roto la nariz); su cara a cara con el mismísimo Julio César y cómo tomarse a guasa lo que dicta un adivino. Eso entre otros cómics de la serie que comencé a dejar de lado tras el fallecimiento de Gociny.

A partir de entonces los dibujos eran los mismos (continuaba Uderzo) pero los guiones no eran lo mismo. La abandoné por completo cuando el dibujante le cedió la creación a Jean-Yves Ferri (guionista) y Didier Conrad (dibujante) porque ya no me decía nada. Y eso que el mimetismo que han conseguido estos autores con el trazo de Uderzo es perfecto pero ya no me veo en ellos, ya no estoy acompañando a Astérix y Obélix en sus aventuras. Con o sin poción mágica.

Muere Uderzo en unos días terroríficos para todos. Personalmente, mis relaciones con los demás ya no son las mismas. Hablo con los que más quiero en videollamadas. Con otros a través de diálogos interminables y a golpe de whatsap. A veces quisiera, cuando termine este jaleo enfermo, que todos los que quiero nos sentemos alrededor de una mesa y no descansemos hasta el amanecer. Eso sí, con Asurancetúrix colgando de un árbol y los piratas maldiciendo su mala suerte en alta mar por haberse vuelto a encontrar con los galos.

Descubrí a Juan Padrón tarde y en un viaje a Cuba. Estaba charlando con una familia en su casa y mientras tomábamos café cuando en la pantalla del televisor apareció Elpidio Valdés.

Las aventuras del bravo mambí se desarrollan durante la guerra de independencia con España.

En ella, los villanos pero villanos simpáticos, son los españoles que hablan con acento peninsular solo que en cubano, lo que da más gracia a los personajes. Me asombró la agilidad de aquel episodio y el amor que los niños que había en la casa tenían con el bueno de Valdés.

Disfruté con otros episodios de la serie que vi más adelante y ahora lo sigo haciendo de tanto en tanto gracias a Internet. No dejen pasar uno de sus últimos largometraje, aquel en el que los españoles dejan de ser los villanos, papel que asumen los yanquis, los gringos, los norteamericanos que son los malos, malos de verdad. El final de esta película es muy esclarecedor y resume el espíritu de una serie muy cubana pero abierta al mundo. A toda clase de públicos.

Si se conoce fuera a Juan Padrón no es, sin embargo, por Elpidio sino por Vampiros en La Habana que es una película deliciosa sobre un grupo de no muertos de chiste que llegan a la capital cubana en los locos, locos, locs años 30.

El filme recoge bien el ambiente que había entonces en esa ciudad que sedujo a Gabriel García Infante, su mejor cronista, hay fiesta y gangsterismo a partes iguales y en ese escenario de clubs nocturnos y de mala nota aparecen los vampiro y ¡ay, asere, q’ bolá!

Durante unos años llevé en mi llavero, ese en el que van las llaves, una figurita de Elpidio. Me daba fuerza aquel canijo. Luego, un día, se fue en busca de otros caminos que quisieran contar con el concurso de sus modestos esfuerzos y espero que lo haya conseguido porque un tipo como ése se lo merece todo.

Me pregunto, si existe algo más allá de esto que conozco, si Uderzo y Padrón se habrán visto. Y si se han visto qué se habrán dicho.

Quiero pensar que los dos se habrán inclinado y que después (porque en ese más allá imagino que no llega el corona virus) se habrán dado las manos y si me apuran hasta un abrazo.

Seguro que observan con preocupación el mundo que dejan. Y seguro que nos alientan a enfrentarnos al mal con arrojo y valentía. Con mucho arrojo y valentía. Ya ven, igual de irreductibles que sus dos creaciones más famosas.

Saludos, hasta la próxima, desde este lado del ordenador

Fallece el escritor y militar Juan Arencibia de Torres

Lunes, Marzo 2nd, 2020

Militar, escritor y conferenciante, el coronel Juan Arencibia de Torres ha fallecido en Santa Cruz de Tenerife, la ciudad que tanto amó y a la que dedicó numerosos libros que contribuyeron a robustecer la literatura escrita sobre la capital tinerfeña.

Este amor por sus parques, rambias, calles y plaza le hizo merecedor en 2016 del título de Hijo Adoptivo de Santa Cruz de Tenerife. El entonces alcalde de la capital tinerfeña, José Manuel Bermúdez, destacó del militar y escritor su decidida labor en la creación del Museo Militar de Canarias, con sede en el antiguo cuartel de Almeyda, y en la actualidad unos de los museos más consolidados y visitados de las islas y que dedica gran parte de su espacio a la batalla que se libró en la capital tinerfeña a finales de julio de 1797 entre británicos al mando del contralmirante Nelson y españoles al frente del general Gutiérrez.

En la obra literaria de Juan Arencibia de Torres se encuentra desde libros de carácter militar a deportivos, y numerosos artículos en prensa ya que durante años fue columnista del Diario de Avisos.

Premio Ejército 1978 por El jefe y sus cualidades, es autor de libros históricos como Victoria del general Gutiérrez sobre el almirante Nelson, Hechos y personajes de los Ejércitos de España y Canarias y los militares.

El coronel fue director de la revista Atlántida, posteriormente denominada Hespérides, y del programa radiofónico La hora del soldado, en Radio Nacional de España. Entre 2001 y 2008 dirigió y presentó el programa de contenidos históricos Canarias Siglo XX, en Canal 7 del Atlántico.

Entre sus libros sobre la ciudad publicados en las últimas cuatro décadas sobresalen La Victoria del General Gutiérrez sobre el Almirante Nelson (1995), Calles y Plazas de Santa Cruz de Tenerife: Su historia y sus nombres (1996), Conozca Santa Cruz de Tenerife (2005), Acontecimientos notables de Santa Cruz de Tenerife (2011),
Historia del Fútbol en la provincia de Santa Cruz de Tenerife, dividida en dos tomos e Historia de Santa Cruz de Santiago de Tenerife y otros referidos a sociedades del municipio como el Círculo de Amistad XII de Enero (1992) o el Real Club Náutico de Tenerife (2002).

Fallece el escritor y viajero José L. González-Ruano

Lunes, Enero 27th, 2020

“La insularidad es una práctica salvaje, un sentimiento compartido, porque desde las islas el horizonte es una llamada. El límite del mundo para el isleño está al final de un relato que se cuenta a los hijos para que no se pierda en la inmensidad del océano y del tiempo”.

(El archipiélago nómada. Un viaje libre y salvaje por las islas Canarias, José L. González-Ruano, Azulia Editorial, 2018)

Una muy mala noticia para quienes lo conocimos. Me entero que ha muerto el escritor y viajero José L. González-Ruano (Telde, Gran Canaria, 1957) con quien hace apenas dos semanas contacté para que me dijera cuáles eran sus cinco novelas favoritas de Benito Pérez Galdós, escritor del que había publicado en su editorial, Azulia, La casa de Shakespeare.

El año pasado y en esta editorial, José Luis recuperó el texto La condición humana del insular, de Domingo Pérez Minik y presentó a finales de octubre del año pasado, 2019, el libro El archipiélago nómada en Periplo Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventuras del Puerto de la Cruz, donde sostuvo un diálogo con el periodista Salvador García Llanos.

José Luis ya había visitado unos años antes el Festival para presentar Donde anidan los albatros, diario poético de viaje por varias islas repartidas por el mundo.

El escritor y viajero deja sin concluir un nuevo proyecto al que estaba dando forma, algo imantado por lo que vio en la isla (siempre la isla) de Lampedusa (Italia), una realidad que, intuyo, estaba dando forma en su cabeza

Estuvo al frente de la Librería de Viaje Azulia, localizada en la capital grancanarias, y entre los libros recientes que había publicado con el sello de su editorial estaba El río que desafía al desierto y otras crónicas africanas, de José Naranjo.

Antropólogo ambiental y economista, José L. González-Ruano fue un defensor del medio ambiente y un hombre que invitaba a la buena conversación.

Quien les escribe lo echa ya mucho de menos. Gente así es la que hace grande el territorio que pisamos

(*) La imagen está tomada de Digital Faro Canarias