Archive for the ‘Óbitos’ Category

John Le Carré, nuestro hombre en el Circus

Lunes, Diciembre 14th, 2020

Cuatro escritores forman el cuadrado perfecto de la novela de espías británica.

Con permiso de Eric Ambler, que es un poco el padre de todos ellos, arriba, en la cúspide, Graham Greene, un escritor que no fue exactamente un escritor de novelas de espías pero sí que tiene las mejores que he leído desde que sentí afición por el género. En la otra esquina se encuentra Ian Fleming, el creador de James Bond. Sin él, la novela de espías no habría tenido tanta repercusión popular. Estas novelas más que de espías eran relatos donde se enfrentaba un atractivo funcionario al servicio de su graciosa majestad con un multimillonario con ganas de comerse el mundo.

Partamos de la base que el James Bond literario no se parece al del cine. Es un excelente gourmet y jugador de cartas, como en las películas, pero también un sentimental y lector ocasional de Raymond Chandler además de un agente que en cada misión consume puñados de dexidrinas para engañar al cansancio.

En las dos esquinas inferiores (aunque al cuadrado le podemos dar la vuelta y serían entonces las esquinas superiores) están Len Deighton, creador de Harry Palmer, el espía anti Bond, aquel que lleva espejuelos y le da más a la cabeza que a los puños y un maestro, John Le Carré, David John Moore Cornwell (Poole, 19 de octubre de 1931 – Truro, 13 de diciembre de 2020), creador como Fleming y Deighton de otro agente secreto pero sin las características de 007 y Palmer.

John Le Carré bautizó a su criatura con el nombre de George Smiley y lo describió como un hombre corriente que trabaja en el juego más peligroso. Su contrincante en esa partida de ajedrez es Karla, su contrario en la KGB.

Smiley trabaja en una oficia gris, rodeado de compañeros igual de grises, todos ellos con sus pequeñas historias personales. El Circus lo llaman. En este ambiente se desarrollan las novelas que Le Carré le dedicó, algunas tan excelentes como El Topo, en la que mide sus fuerzas contra Karla y que continuó en El honorable colegial, demasiado larga y espesa, y que concluye con la mediana La gente de Smiley. El personaje aparece pero como secundario en la que entiendo es su mejor novela, El espía que surgió del frío.

John Le Carré no escribió sin embargo solo novelas de Smiley y continuó en el género con libros cada vez más sólidos y adaptados a la realidad de su tiempo y de nuestros tiempos. En algunas de estas obras se permite un extraño sentido del humor como sucede con El sastre de Panamá, una versión y así lo explica, de Nuestro hombre en La Habana de Graham Greene solo que en el país que gobernó Noriega.

Otras de sus grandes novelas fueron Una pequeña ciudad de Alemania, muy lenta pero redonda para entender cómo pervivió el nazismo en la República Federal Alemana; El infiltrado, otra de sus obras redondas; Amigos absolutos, Un traidor como los nuestros, Una verdad delicada y La canción del misionero. Me dejo unas cuantas más.

Le Carré no fue sin embargo pese a ser un escritor de género un autor fácil. Sus historias suelen imbricarse demasiado, a veces se pierde uno en la madeja aunque tiene el gancho de lo que cuenta y cómo lo cuenta a través de sus protagonistas. Y sí, en sus novelas se reflexiona sobre la traición pero también sobre el fracaso y servir a una causa que no ta ha dado nada. Tuvo una mirada distante y amarga sobre el mundo que reflejaba en sus páginas y abarcó todos los palos cuando la Guerra Fría finalizó con el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus países satélites. El fin del comunismo (ahora dicen que vuelve) no significó el fin de John Le Carré como escritor de novelas de espías.

Publicó su último libro el año pasado y me pregunto si estaría mascando alguno nuevo relacionado con todo esto de la pandemia, esta especie de guerra silenciosa contra el virus que libran esas naciones que desconfían unas de otra.

Una post data, entre los libros de no ficción que escribió Le Carré cuenta con ¿El traidor del siglo?, en la que estudia las razones que llevaron al general suizo Jean-Louis Jeanmarie a convertirse en un traidor. Se lee con un suspiro, es una obra muy corta y precisa pero también densa. Se trata, resumamos, de un Le Carré en estado puro.

Con su desaparición, la novela de espías y la literatura pierde a uno de los más grandes. No hay, que piense ahora, nadie que lo sustituya. John Le Carré conocía demasiado bien cómo se la gasta esa otra realidad en la que se mueven hombres y mujeres que han hecho de la traición y la mentira un oficio. Todos, o casi todos, suelen terminar solos.

Observen a George Smiley que sigue siendo su personaje más popular. Un hombre casado y tan inglés que toma el té a las cinco de la tarde. Varias novelas después, su esposa lo engaña con uno de sus mejores amigos y lo abandona. Smiley, el cerebro capaz de destruir a Karla está solo. No eran lecturas fáciles. Te dejaban la mayor parte de las veces un poso de amargura que solo se curaba dejando reposar el libro unos días. Era inevitable sin embargo volver a él pasado un tiempo. Sí, no fue un escritor de acción a raudales pero sus lectores tampoco buscaban esto en sus novelas. Si buscaban algo era que nos mostrara las grandezas y miserias de hombres y mujeres que no son lo que aparentan. Los amigos se transforman en enemigos. La traición puede llegar incluso a las más altas esferas como sucede en El topo y como sucedió en la realidad en los servicios secretos británicos. La sombra de Kim Philby es alargada. Dicen que Philby obsesionó a Graham Greene como a John Le Carré. Probablemente también a Len Deighton, que escribe sobre el gran juego en su ciclo de novelas de Bernard Samson. Lástima que fuera tan prolífico y que decayera, éste sí, cuando la Guerra Fría declinó en favor de Occidente…

El caso es que ha muerto John Le Carré, nuestro hombre en el Circus.

Saludos, demasiadas ausencias, desde este lado del ordenador

(*) En la imagen John Le Carré junto a Richard Burton en una pausa del rodaje de El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965)

Javier Gorostiza, un hombre bueno

Sábado, Diciembre 12th, 2020

Me cruzo por la calle con un buen amigo que me comunica la muerte de Javier Gorostiza (Santa Cruz de Tenerife, 1961), un hombre bueno y el que hizo posible la recreación de la Gesta, sí, Gesta, del 25 de julio de 1797 que este año por las circunstancias que todos conocemos no pudo celebrarse.

La familia de los Gorostiza y la mía han estado siempre muy hermanadas, me atrevería de hecho a decir que forman parte de la historia de esta ciudad. De los que por generación pertenecen a esta entrañable y contradictoria capital de provincias que gracias a hombres como él contribuyen a que mire de otra manera.

Mi ciudad, nuestra ciudad, tiene su historia. Una historia humilde y en ocasiones cómica pero también trágica. Y trágica fue la batalla por Santa Cruz que libraron británicos al mando del contralmirante Horacio Nelson contra españoles dirigidos por el general Antonio Gutiérrez de Otero.

Javier Gorostiza y su tropa se encargaron de recordárnoslo todos los 25 de julio con su recreación del combate por las calles de Santa Cruz. Se escuchaba entonces el estampido de las balas, quedaba flotando en el aire el olor de la pólvora… Y ahí, al frente de los españoles, Javier Gorostiza sable en mano.

No era difícil imaginar que el mismo Javier estaba ahí, en las calles de Santa Cruz de Tenerife de julio de 1797, enfrentándose al enemigo británico… Y ojalá –sé que es lo que querría él– cuando se diluya la nueva normalidad impuesta por la pandemia mi ciudad, mi pequeña y enclaustrada ciudad, siga recordando aquellos hechos cada 25 de julio de años venideros…

Apenas conocí a Javier pero ya era mi amigo porque su y mi familia se conocen de toda la vida. Esas cosas solo pasan en Santa Cruz de Tenerife. Javier, además, fue de los primeros en animarme a que continuara, cuando coincidía con la Gesta, una serie de pequeñas narraciones en este mismo su blog en las que planteo que todo lo que nos han contado es mentira: fue Horacio Nelson quien conquistó la plaza y más tarde la isla.

Lo solía encontrar en el Museo Histórico Militar de Canarias que está ubicado en el Fuerte de Almeyda y charlábamos un rato de Historia, de Historia de nuestra ciudad y de libros. Me da pena, como me comprometí, no haberle regalado un ejemplar de Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá, pero no quiso el destino que encontrara uno a tiempo y que luego el oleaje de la vida no hiciera nada para que coincidiéramos otra vez. Con todo, sí que lo echaba ya de menos en Facebook. Nos unía nuestra común devoción por el cine y Tintín, que es el periodista que siempre quise llevar dentro.

Javier Gorostiza muere demasiado joven. Y da mucha rabia porque se ha ido, ya dije, un hombre bueno.

Buen viaje, Javier

Sábado, Octubre 31st, 2020

Recibo como un mazazo la noticia que anuncia la muerte del escritor y periodista Javier Martínez Reverte (Madrid, 1944-Ibidem., 31 de octubre de 2020), el hombre que renovó la literatura de viajes en este país y maestro de generaciones de escritores/viajeros que aparecieron tras el éxito de sus libros.

Lo que quizá ignore la gente es que Reverte además de un formidable escritor y periodista era mucho mejor, si cabe, como persona. Tuve la suerte de conocerlo en las seis primeras ediciones del Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventura, Periplo, que se celebra a finales de octubre en Puerto de la Cruz y tuve el honor de presentar en entrevistas públicas algunos de sus libros de viaje disfrutando de su experiencia como persona y como amigo.

En las seis ediciones que estuvo en Periplo, no pudo asistir a las del año pasado ni a la de este 2020 de pesadilla, además de hablar de sus libros pasábamos el tiempo libre que nos permitía este milagroso Festival charlando de escritores y escritoras, de novelas y relatos no necesariamente de viajes.

Javier Reverte tenía entre sus libros de cabecera el Ulises de James Joyce, no se cansaba de animar a quien no lo hubiera leído a que lo hiciera. Siempre en inglés, por supuesto. Aunque permitía que si no se conocía a fondo la lengua de Shakespeare como él sí la conocía, que el interesado se buscara una buena traducción. ¿La clave de este Ulises irlandés?, Javier Reverte comentaba siempre que se trataba de una novela de humor, que cada vez que cogía el libro, libro que lo acompañó en más de una de sus visitas al Puerto de la Cruz, no dejaba de leer para sonreír y si venía al caso reír. Y no hay mejor manera de aprender que riéndose.

No falto a la verdad si les digo que la relación que mantuve con Javier Reverte fue algo así como la de un alumno ante su maestro. Un aprendizaje donde siempre fue generoso y amable aparte de referencia en mi modo de entender la vida.

Ya lo estoy echando en falta. Noté su ausencia en la última edición de Periplo, hace apenas unas semanas, cuando me dijeron que no iba a poder asistir porque su estado de salud se había complicado. La enfermedad no tenía nada que ver con la Covid-19 y dentro de la gravedad, permanecía estable. La idea inicial era que le entrevistara por su último libro Suite italiana (Plaza & Janés, 2020), un viaje físico y espiritual por Venecia, Trieste y Sicilia. En ese libro se condensa cómo entendía la literatura de viajes Javier Reverte: un itinerario más que físico, espiritual y literario.

En Suite italiana, el escritor deja de ser periodista para invitarnos a una travesía de norte a sur por este sufrido país europeo de la mano de cuatro escritores que marcan esta especie de profundo deambular emocional como intelectual: Thomas Mann, James Joyce, Rainer Maria Rilke y Giuseppe di Lampesusa.

Recuerdo, ahora que me asaltan los recuerdos, los momentos que compartí con este gigante del periodismo español. Una noche, recién finalizada una de las entrevistas previstas en el programa de Periplo, recibió una llamada telefónica en la que un familiar le comunicaba que su hermano Jorge, también escritor y periodista, había sufrido un ictus. Javier Reverte, que fue fumador durante muchos años y que a base de fuerza de voluntad había dejado el tabaco, me miró con los ojos humedecidos y me dijo, señalando el cigarrillo que tenía entre los dedos, que dejara mi fatal romance con aquel pequeño asesino. El resto del Festival estuvo como siempre, atento, generoso y simpático pero la procesión la llevaba por dentro.

Dijo en una ocasión en Periplo que le encantaría escribir un libro de viajes por las islas aunque, desgraciadamente, ese libro se quedó en eso, un proyecto. A Javier Reverte le gustaban las islas. Pero más que las islas lo que le gustaba de verdad eran las papas arrugadas y el pescado fresco que devoraba en la portuense Cofradía de Pescadores.

La amistad que mantuvimos, amistad que cada año se renovaba con sus visitas a la isla para participar en Periplo, y Periplo continuará apareciendo en estas líneas porque fue allí donde lo conocí y porque fue allí, en el Festival y el Puerto de la Cruz, donde gracias a su esfuerzo y al de Antonio Lozano (también ausente, ay, siempre se nos van antes los mejores) consolidaron un encuentro que es un pequeño milagro en esta isla, en este archipiélago que hoy, como el resto del mundo, vive sobrecogido por la pandemia.

Echaré mucho en falta a Javier Reverte. Lo echaré en falta por su humanidad, por su experiencia y su aureola de reportero veterano, del que se las sabe todas. O casi todas. De periodista de los de antes, de esa estirpe que asocio solo a los grandes de este oficio que es el de comunicar hechos. Echaré también en falta las conversaciones en las que le interrogaba de todos aquellos periodistas de la postguerra que cubrieron como enviados especiales para periódicos y radios franquistas la II Guerra Mundial como Jacinto Miquelarena, José Antonio Giménez-Arnau e Ismael Herraiz, y que él conoció de pequeño porque su padre, Jesús Martínez Tessier, también periodista, invitaba a casa o daba tiros con ellos a las ratas en un solar de una casa hecha añicos de aquel Madrid de la postguerra.

Sobre su padre escribió junto a su hermano Jorge Soldado de poca fortuna, un libro que a mi, personalmente, me parece de lo mejor de su producción porque soy tan raro que dedico mi tiempo a buscar reportajes y libros que fueron escritos por estos cronistas del régimen sobre una guerra que ya no era la de ellos sino la del mundo. Muchos, huelga decirlo, apostaron por el bando equivocado.

Se habla mucho de Javier Reverte como autor de libros de viajes, que lo es, y mucho, pero se obvian otras facetas como la del formidable novelista que fue. En estos tiempos donde se habla tanto de La línea de fuego, de Arturo Pérez Reverte, “no es familia”, decía como broma Javier, a mi me encanta la trilogía que dedicó a la Guerra Civil Española y a la postguerra: Venga a nosotros tu reino, El tiempo de los héroes y Banderas en la niebla.

En la primera, su protagonista es un joven sacerdote polaco que recala en España huyendo del comunismo que ha tomado su país; la segunda es una biografía novelada de Juan Modesto, militar gaditano y comunista. El hombre que lideró el asalto del ejército republicano en la batalla del Ebro y que casi, casi consigue la victoria si no es porque se quedó sin pertrechos… En Banderas en la niebla vuelca su mirada en dos hombres que viven en mundo opuestos pero a los que une un mismo campo de batalla: España. Ellos son José García Carranza, El Algabeño, torero, mujeriego y falangista y John Cornford, estudiante de la Universidad de Cambridge, poeta y bisnieto de Charles Darwin que llega a España como miembro de las Brigadas Internacionales. Ambos mueren en 1936, recién declarada aquella guerra que los hunos y los hotros están empañados que siga dividiéndonos en hunos y en hotros.

Si se leen estas novelas se verá que Javier Reverte, aunque sus filias fueran claramente progresistas, no permitió nunca que sus ideas bascularan a un lado y no al otro. Que malvados, decía, hubo siempre en los dos lados.

No saben ustedes el vacío que me deja la desaparición de un hombre con el que mantuve una extraña complicidad. El sabor amargo que ahora invade mi boca porque ya no está entre nosotros. Un amigo me dice que siente rabia y estoy de acuerdo con él. Hoy solo siento rabia. Mucha, mucha rabia.

Ha muerto Javier Reverte.

Buen viaje, maestro.

Fallece el cantautor y poeta Alberto Cañete

Domingo, Octubre 11th, 2020

El mundo de la Cultura solo se pone de acuerdo cuando desaparece “uno de los nuestros”. Es la sensación amarga que tengo con el anuncio del fallecimiento de Alberto Cañete del Toro, primero cantautor y poeta y después concejal de Educación, Juventud y Desarrollo Local del Ayuntamiento de La Laguna, en representación de Unidas Podemos.

No fueron muchas las ocasiones en las que conversé con Alberto Cañete pero en todas aquellas oportunidades salí con la agradable sensación que aquel tipo era un buen tipo. No sé si les pasará a los que continuamos en este valle de lágrimas pero hay gente que te cae bien y otra que no te cae nada bien. A los primeros llegas incluso a quererlos aunque no hayas compartido momentos siempre gozosos de ocio mientras que con los segundos prefieres (intuición lo llamo) mantenerlos alejados sin que te hayan hecho nada. A ambos los saludas por las calle pero el saludo en uno es sincero y en otros solo una formalidad, un acto mecánico de buena educación.

La primera vez que hablé con Alberto Cañete del Toro fue cuando trabajaba en la ya desaparecida CajaCanarias para hablar con Alberto Delgado del por aquel entonces Festival de Jazz. Creo que fue la edición en la que tocó Chick Corea que no recuerdo ahora si fue la misma en la que vimos actuar al vibrafonista Milt Jackson, toda una leyenda como leyenda me resulta todo aquel pasado de fastos culturales con nombres y apellidos y de una ciudad, la de La Laguna, que todavía era capital cultural no sé si de Canarias pero sí de Tenerife.

Como debe de saber todo el mundo, La Laguna se despojó de aquella aureola de prestigio porque las fiestas del Cristo y la Semana Santa son demasiado sagradas y el relevo lo cogió la capital de la isla, testigo que como todo el mundo sabe ya, se le olvidó en alguna parte. Miro hacia atrás y pienso, es inevitable, que sin lugar a dudas para Santa Cruz de Tenerife cualquier tiempo pasado fue mejor. Mejor porque la ciudad disfrutaba además de su teatro de toda la vida, el Guimerá, con el Pérez Minik que se encontraba en ese parque que hoy está en ruinas, el Viera y Clavijo. También estaba abierto el Círculo de Bellas y el Ateneo en la vecina La Laguna y se celebraban conciertos en la plaza de toros que, mira tú que siniestra casualidad, está en ruinas como lo está el antiguo templo masónico de la calle de San Lucas de la capital chicharrera. Creo a veces, cuando paso delante de su todavía señorial fachada, que los responsables municipales hacen pactos con Satanás para que venga una tormenta de esas y termine por desmoronar lo que no es sino pasado de esta humilde capital de provincias.

Pero hablaba de Aberto Cañete del Toro y se me va el baifo, algo habitual cuando escribo necrológicas porque no me gusta escribir necrológicas. Su tono es demasiado triste, uno evoca momentos con el que se fue y siente rabia porque piensa que son siempre los mejores los que se van antes.

De Cañete del Toro nos queda al menos su trabajo como artista y político aunque nunca lo vi como esto último, lo que es un piropo viniendo de alguien que recela de toda esta gente.

Un amigo también ausente me advertía siempre que iba a cubrir algún pleno en el Parlamento de Canarias que llevara las manos en los bolsillos por si acaso. Ese acaso implicaba que si nos las metías lo más probable que es saliera sin la cartera ni las llaves de casa. Le hice caso, por lo que no perdí “accidentalmente” la cartera ni las llaves cuando entraba en aquella casa de vanidades… pero, oh, ¿lo ven?, vuelvo a irme por las ramas aunque algo me dice que es lo que a Alberto Cañete del Toro le gustaría que hiciera.

En fin, no llegué a conocerlo como leo ahora que lo conocía todo el mundo de la cultura que, como dije al principio, se pone siempre de acuerdo cuando “uno de los nuestros” desaparece pero es que en el caso de este caballero es una verdad de esas que resultan aplastantes.

Un buen tipo que debe de estar tocando la guitarra y cantando sus canciones si existe un más allá. Detrás deja discos como el de Nueva Canción Canaria, junto a Pedro Guerra, Rogelio Botanz, Andrés Molina, Marisa Medina y José Luis Calcines, su etapa como fundador de Tríptico y grabaciones donde compartió micrófonos con miembros destacados de la llamada nueva trova cubana como Silvio Rodríguez y Vicente Feliú.

En fin, y como ya se dijo, se nos ha ido un hombre bueno.

Saludos, gimamos, gimamos, gimamos, desde este lado del ordenador

Qué buena pareja hacen, dirán los ángeles

Domingo, Julio 26th, 2020

La actriz Olivia de Haviland cumplió el pasado 1 de julio la respetable edad de 104 años y se nos fue hoy, 26 de julio, llevándose con ella a la última representante del Hollywood clásico.

La mayoría la recuerda por su trabajo en Lo que el viento se llevó, donde interpreta a la candorosa y sureña Melanie Hamilton, la joven que se casa con Ashley Wilkes, la obsesión de su íntima amiga Scarlata O’Hara, que es la protagonista de este intenso dramón ambientado en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos de Norteamérica. Sin embargo, y antes de verla en este largometraje que se ha convertido en una leyenda –leyenda que aún vive en la actualidad por razones que no tienen nada que ver con el cine– Olivia de Havilland siempre estará presente en mi memoria cinéfila por las películas que protagonizó junto al apuesto Errol Flynn porque, saben ustedes, hacían muy buena pareja.

Están juntos en Robin de los bosques, El capitán Blood, La carga de la brigada ligera, Dogde, ciudad sin ley, La vida privada de Elizabeth y Essex, Camino de Santa Fe y Murieron con las botas puestas, y la química que tienen los dos registra la misma intensidad con independencia de cual sea el filme. Cuando estaban juntos parece que solo una mujer como ella fuera capaz de, si no domesticar, sí que serenar al impetuoso actor gallardo y calavera.

Olivia de Havilland demostró con el paso de los años que no por ser estrella se había acostumbrado a interpretar siempre el mismo papel. Si la ven en La heredera no la reconocerán. Se trata de un clásico con todas sus letras del cine, y un filme donde compartió gracias y desgracias románticas con Montgomery Clift en una adaptación al pie de la letra de la novela de Henry James que dirige con talento William Wyler; trabajó también a las órdenes de Robert Aldrich en Canción de cuna para un cadáver (Hush, hush… Sweet Charlotte) y terminó su carrera en el cine en grandes producciones con grandes repartos de viejas glorias de Hollywood, entre otras Aeropuerto 77 y El enjambre, cine de catástrofe en estado puro aunque como películas no hayan resistido bien el paso del tiempo.

Hermana de Joan Fontaine,Rebeca, con Olivia de Havilland desaparece la última leyenda de Hollywood y con ella un cine irrepetible que ya no volverá. La pena por tanto que sienten los aficionados es sincera. Así que respetad las muestras de condolencia y en distintos idiomas que ha pronunciado un mundo que tampoco volverá a ser el mismo. Y eso que hace tiempo habíamos perdido la inocencia, o eso decían. Y dicen los agoreros que más que ver especulan sobre el futuro que nos espera.

Los que crecimos y la amamos sin conocerla como Olivia de Havilland sino como actriz sentimos su marcha como cuando se va alguien muy querido y venerable. Querido por lo feliz que nos hizo con sus películas, sobre todo junto a Errol Flynn, y venerable porque más que nuestra abuela se convirtió en la bisabula de generaciones de espectadores que, sobre todo cuando rebasó la barrera de los cien años, pensábamos que iba a vivir eternamente.

Olivia de Havilland nació un año antes que los Estados Unidos de Norteamérica entrara en la I Guerra Mundial y su carrera dio un gigantesco giro como estrella de la Warner durante los 40, en plena II Guerra Mundial y lo que restó de la década. Los años cincuenta también fueron generosos con ella hasta que se fue retirando del cine con apariciones esporádicas en los sesenta y setenta hasta despedirse definitivamente de la pantalla grande en los 80.

En ese momento, la actriz desapareció del mundo del espectáculo aunque se llevó a casa dos premios Oscar y la satisfacción del deber cumplido.

Fallece, ya se dijo, este domingo 26 de julio del 2020 y espero, si existe el más allá, que se encuentre con Erroly Flynn.

“Qué buena pareja hacen”, dirán entonces los ángeles.

* La imagen corresponde a Murieron con las botas puestas (Raoulk Walsh, 1941)

Saludos, adiós, desde este lado del ordenador.

Fallece el escritor, músico y periodista Manuel Almeida

Martes, Julio 14th, 2020

Martes de fuertes vientos. Y de una noticia que cae como una pieda en las aparentemente tranquilas aguas de la república de las letras canarisa: fallece el escritor, músico y periodista Manuel Almeida (Las Palmas de Gran Canaria, 1962) tras una larga enfermedad.

En el campo de las letras, Manuel Almedida trabajó para los periódicos La Tribuna de Canarias, El Mundo/La Gaceta de Canarias, La Provincia o Canarias7 y puso en marcha un blog de referencia Mangas verdes, por el que obtuvo varios premios como el de Mejor Comunicador en Internet, otorgado por la Asociación de Usuarios de Internet (AUI) en 2010, Mejor Blog Español en los premios 20Blogs, del periódico 20minutos en 2008 o el Premio Especial del Jurado de los premios bitacoras.com en 2008. Publicaba sus relatos y poemas en otro blog mmedia.

Autor de novelas como El Manifiesto Ñ y Evanescencia y de libros como Tres en raya y El líder de las alcantarilla y doce psicorelatos ilustrados, dirigía desde 2017 la revista digital literaria Dragaria. Publicó dos discos como cantautor, Nueva Semilla y En Movimiento Presentó y dirigió además el programa de radio dedicado al pop rock canario Canarias a 100.