Archive for the ‘Óbitos’ Category

Jorge M. Reverte dice adiós a la vida

Jueves, Marzo 25th, 2021

No llegué a entrevistarlo pero sí que cubrí alguna rueda de prensa cuando visitó esta tierra para promocionar algunos de sus libros. Llegué sin embargo a Jorge M. Reverte a través de su hermano, Javier, de viaje al otro lado hace apenas unos meses, al que leí primero y al que tuve la suerte de conocer después en el Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventura, Periplo, que se celebra en Puerto de la Cruz.

Comencé mi lecturas de Jorge Martínez Reverte con la primera novela, era inevitable, que dedicó a Julio Gálvez, periodista, en Demasiado para Gálvez. La historia me divirtió así que seguí leyendo otras entregas de la serie como Gálvez en Euskadi, Gálvez y el cambio del cambio, Gálvez en la frontera y Gálvez entre los leones… Me faltan otras cuantas pero recuerdo vagamente las que disfruté y eso lo hace junto a su hermano Javier alguien muy especial en mi memoria lectora, esa máquina que no se cansa de leer y que si algo lamenta es que se irá de este mundo sin haber leído todos los libros del mundo.

Leí y disfruté pero no tanto como esperaba Triple agente, una de espías que se desarrolla durante la Guerra Civil. Tiene cierto aliento de Eric Ambler y se reconoce a un escritor que ha leído y bien mucho sobre aquel conflicto que desgarró a las Españas pero no termina de conseguir ese punto de aventura y suspense, de amigos y enemigos que hubiera redondeado la historia. Creo, sin embargo, que la novela sale mejor librada que las del otro Reverte, pero no hermano, llamado Arturo ha perpetrado con Falcó, una trilogía que tiene como protagonista a otro espía pero que trabaja para el bando contrario durante esa misma Guerra Civil.

Además de novelista, Jorge M. Reverte se embarcó también en una serie de libros sobre aquella guerra que están escritos afortunadamente con pulso periodístico y cuentan con excelente documentación. Aprendí mucho con La batalla del Ebro y también con La batalla de Madrid. No terminó de convencerme Guerreros y traidores. De la guerra de España a la guerra fría, una biografía de Bill Alto, un norteamericano que formó parte de las Brigadas Internacionales y que pone nombre y apellido a los combatientes extranjeros que lucharon en las tierras de España. Hay otros libros de Jorge M. Reverte pero no llegué a ellos por una u otra razón.

Junto a su hermano Javier fue autor de una biografía sobre su padre, Soldado de poca fortuna: Jesús Martínez Tessier, periodista iguial que sus hijos y un señor con una vida que casi parece sacada de una película. Fue cabo en el ejército republicano y al finalizar la Guerrad e España y para limpiar su nombre se enroló en la División Azul marchando a la Rusia soviética donde compartió trincheras con falangistas, militares de carrera y soldados que como él querían sanear su nombre cuando regresaran a su país. El precio fue demasiado alto. Rusia, como dijo aquel, fue culpable.

Resulta cuanto menos curioso que estos dos hermanos se hayan ido al otro lado relativamente casi al mismo tiempo. Me consta que los unía además de la sangre mismos gustos y si me apuran una misma mirada sobre muchas cosas. En especial la Guerra Civil, conflicto al que Javier Reverte dedicó varias novelas, algunas de ellas sobresalientes al igual que su hermano, Jorge.

Esto me hace pensar que si hay algo más cuando nos despidamos definitivamente de la vida que tanto Javier como Jorge deben de estar en algún lado escribiendo la crónica de ese mundo que imagino envuelto de algodones. Pero es solo una esperanza. Y vagísima porque algo me dice que el sentido de la vida acaba, precisamente, cuando llega la muerta. Lo otro es un fundido a negro hacia la nada.

Por fortuna, tanto Javier como Jorge nos legaron sus libros. Volver a ellos es lo mejor que podemos hacer para que vuelvan a estar entre nosotros. Y si es ante un plato de pescado frito y una botella de vino, mejor que mejor. Me resulta ahora imposible imaginar mejor paraíso para dos periodista y escritores que ya han dejado su huella en nuestro periodismo, nuestra literatura y en defintiiva nuestra historia.

Saludos, hermanos y hermanas, desde este lado del ordenador

Jorge Lozano: “La postverdad es una prueba de la imbecilidad de nuestra época”

Martes, Marzo 23rd, 2021

INTRO

Reproducimos a continuación una entrevista que mantuvimos con el semiólogo Jorge Lozano (La Palma, 1951-Madrid, 2021) al conocer la noticia triste de su muerte. En encuentro se produjo en septiembre de 2018 y desde esta humilde atalaya podemos asegurar sin aspavientos que fue uno de los encuentros más interesantes desde que tenemos memoria en este oficio (y ya son unos cuantos años en busca y captura de noticias).

LA ENTREVISTA

Jorge Lozano es semiólogo y catedrático de Teoría General de la Información en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Su campo de trabajo se ha especializado en Semiótica de la Moda y de la Cultura y en el Análisis del Discurso.

Es autor de la introducción, selección y notas a J. Lotman y Escuela de Tartu. Semiótica de la Cultura y autor de El Discurso Histórico, con prólogo de Umberto Eco.

Jorge Lozano ha visitado Tenerife invitado por Fotonoviembre en septiembre del año pasado, donde impartió en TEA Tenerife Espacio de las Artes la conferencia ¿Cuándo es imagen?, y en diciembre de 2018, bajo el reclamo de la Real Sociedad, para que formara parte de un ciclo dedicado a la producción audiovisual en el que intervino con la charla Islas escenario. La exuberancia del límite. Jorge Lozano es director del Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura, catedrático de Teoría de la Información en la Universidad Complutense, ex Director de la Academia de Roma y profesor, una profesión que “le proporciona un espacio de libertad sin estar sometido a los vaivenes de la estupidez”.

- ¿Qué es la semiología?

“Es una disciplina extraña en el sentido que tiene más de dos mil años como decía Umberto Eco y luego es muy reciente porque funciona con más fuerza e intensidad en los años sesenta. Diría que se trata de una disciplina elegante porque gracias a ella se han descubierto muchas cosas y nadie lo menciona. Es imposible estudiar la imagen sin la idea de cómo se construyeron los signos y qué significa el observador como actor del mismo cuadro, como pasa en las Meninas. O el autorretrato o lo que significa un pronombre. Los estudios semióticos, lingüísticos sobre los pronombres aclaran muchas cosas sobre la ideología contemporánea. Hoy es evidente que todo gira en torno a nosotros y ellos y nuestros estudios han demostrado que cierta pasiones, por ejemplo la vergüenza y la moda, que es un campo privilegiado de la semiología, demuestra que entre nosotros hay vergüenza y ellos nos producen otra pasión, el miedo. Pero si nosotros decimos nosotros frente a ellos, llámense catalanes, vascos, musulmanes, etc, establecemos espacios semióticos de significación porque la semiótica se ocupa de cómo se produce el sentido; en los personal y lo cultural. Nos ocupamos de los sistemas de significación porque nosotros no queremos saber cuánto vale una cosa sino qué significa, y creo que eso es una preocupación que sirve a todas las ciencias humanas y sociales. Muchas de las cosas que se escriben sobre comunicación de masas no se hubieran descubierto sin la semiótica”.

- ¿En la comunicación de masas?

“La comunicación de masas ha sido obviamente un campo privilegiado. En la comunicación de masas se ha dado de todo, iconos, las modas, las epidemias, el modo de construir noticias”.

- Vivimos entonces más informados o desinformados.

“A mi más que la información me interesa la significación. A más información quizá menos interés por la información. Eco decía que la televisión era para los pobres, quienes gracias a ella se educaron, se informaron, conocieron y tuvieron acceso a una situación que sin la televisión hubiera sido imposible. Internet es para los ricos porque si no tienes un cierto patrimonio de información, qué haces con Internet que tiene grandes millones de datos y hay que ser muy rico para saber lo que se selecciona, si no, quedas aplastado por una masa de información que no sabes muy bien que hacer con ella”.

- Cuándo habla de Internet para ricos se refiere a rico culturalmente, ¿verdad?

“Claro. Los ricos con dinero ya sabemos donde están”.

- ¿Cuándo es imagen?

“ Es una cita de Nelson Goodman, profesor de la Universidad de Harvard que decía que si yo pregunto qué es arte en la respuesta encuentro frustración porque no logro saberlo bien ni determinarlo ni acotarlo. Goodman decía que convenía sustituirlo por ¿cuándo haces arte? Es una pregunta que ya determina que en un momento dado un objeto aislado es un objeto pero que ese mismo objeto puede formar parte de un procedimiento artístico como es en una instalación”.



- Usted imparte clases en la facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, ¿el periodista se hace en el aula o en una redacción?

“Llevo muchos años enseñando a futuros periodistas por lo que el periodista debe ser formado. El problema es de cierto estatuto o aceptación del periodista ya que sabemos qué pedirle a un médico, a un arquitecto pero el periodista está en una esfera tan amplia que opina de cualquier cosa y escribe sobre cualquiera cosa. Es tertuliano, escribe novelas… Hay que reivindicar la figura del experto en tanto en cuanto es un señor que se ha dedicado profesionalmente a aquello de lo que habla pero el periodista, evidentemente, no ha podido recoger una información para conversar sobre Afganistán, Trump, la última novela de Javier Marías y el Estatuto de Cataluña. Está sometido a una invasión de tantos bits que puede convertirse en otra cosa. No creo tanto en la discusión y diferencia, un poquito obsoleta, entre información y opinión en la medida en que la opinión es opinión y la información normalmente es un comentario que no quiere serlo. Es un problema de construcción del discurso y de cancelación de marca de subjetividad o, por otra parte, de que pareciera conveniente que aquello sobre lo que se habla se conociera. Muchas veces el periodista se arroga otros factores como ser líder de opinión para determinar y orientar lo que debe pensar el lector. Hay un exceso de rol en el periodista por lo que si se redujera su contenido profesional sería mucho mejor. Así que como ciudadano, no como semiólogo, el nivel ha ido en descenso en la profesión periodística”.

- ¿Y cuándo comenzó a percibir esa sensación como ciudadano y no como semiólogo?

“Curiosamente cuando se produjeron los atentados del 11-M tuve la sensación compartida por mis conciudadanos del extraordinario funcionamiento de los taxistas, de la disponibilidad de tantos estudiantes por participar, donar su sangre. En el extraordinario papel de las enfermeras y de los médicos. Si utilizamos todo con criterios corporativos y profesionales, lo que falló más fueron los periodistas que de repente tomaron partido, una toma de posición acelerada pero creo que es un problemas de la propia construcción de la noticia porque muchas veces sabemos que se necesitaría de un cierto tiempo para que el conjunto informativo de un acontecimiento se desplegara y orientara en una determinada dirección y sentido. Claro que la urgencia de tener que explicar inmediatamente una información y al mismo tiempo ofrecer una explicación se corre el riego de cometer equivocaciones inmensas”.

- Dicen que usted es un profesor que seduce a sus alumnos.

“He sido un privilegiado porque tuve muy buenos profesores. Mi director de tesis fue José Luis López Aranguren, que fue un gran seductor; mi profesor de Semiótica en la Universidad de Bolonia y luego colega y amigo, fue Umberto Eco. Lo mismo me pasa con el autor de Elogio del conflicto, Pablo Fabbri, semiólogo con el que sigo trabajando, que es un seductor nato. He tenido el privilegio de conocerlos y cuando digo seducción lo digo es en el sentido de atrapar la voluntad del destinatario obviamente sin que se dé cuenta, me refiero a seducir porque la intención es que entiendas que lo que te están explicando no son solo conocimientos sino que esos conocimientos pueden atraparte apasionadamente. Si hay una pasión que merezca la pena es la pasión teórica que es donde se producen todos los escenarios de desafíos, riesgos y no hay mayor satisfacción para un profesor de vengarse por la cantidad de proposiciones e impedimentos que hay. Así que como venganza, tengo un gran entusiasmo y trabajo en esa pasión teórica y el resultado es maravilloso cuando alguien te sigue. Una de mis grandes satisfacciones es que a pesar de todo mantengo un grupo, el Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura, en el que participan colaboradores y amigos que tenemos algo en común”.

- ¿La semiología es una ciencia?

“Nosotros solemos decir con cierta coquetería que es una disciplina con vocación científica”.

- ¿Qué textos recomendaría para iniciarse en la semiótica?

“Mitología de Rolad Barthes que si bien no es para nada semiótica, sirve para tener una mirada semiótica. Barthes cuenta en este libro cómo en un congreso de detergentes descubrió que el cuerpo tiene poros y que al ver una versión de Julio César en el cine observó que el signo de la romanidad era el flequillo. Te pongo los ejemplos más banales pero a través de ellos te das cuenta que la gente donde ve cosa los semiólogos ven signos, es una frase Barthes. Recomendaría, obviamente, cualquier libro de Umberto Eco y Obra abierta, que es un libro pre semiótico pero ahí descubres cómo se plantea la posibilidad de una obra cualquiera produzca mucha significación y esté abierta a distintos sentidos. Luego toda su vida Eco se dedicó a limitar las interpretaciones, no caben todas las interpretaciones. Es un libro escrito a la obscena edad de un veinteañero pero en él está el inicio de una gran obra de semiótica. Yo recomendaría también los libros de Yury Lotman, que ha trabajado la semiótica de la cultura y que a mi me ha atrapado porque es capaz de decir que en la Edad Media la Biblia era un libro religioso y por lo tanto verdadero y en nuestra cultura la Biblia es un libro religioso y por lo tanto de ficción. Y no es relativismo sino entender la cultura como una organización semiótica muy fuerte y como los textos pertenecen a una determinada cultura”.

- La relación entre lo verdadero y lo verosímil

·Hay situaciones en la que sabemos que es verdadero pero no suficientemente verosímil, un libro de Historia, por ejemplo. En otro caso es muy verosímil pero no verdadero y nos damos cuenta que el problema de la verdad no es la estupidez, la postverdad es una prueba de la imbecilidad de nuestra época, sino que la verdad se construye y depende como se diga. Habría que decir también cuando es verdad y no que es verdad”.

- ¿Pero quién decide cuándo es verdad?

“Es verdad lo que se consensúa como verdad. Eco decía que es verdad que Sherlock Holmes vivía en Baker Street pero no sabemos si es verdad que en 1492 Cristóbal Colón llegó a América porque estamos a expensas de que hubiere otro documento que diga que todo lo que se ha dicho sobre Colón es falso y llegue un documento verificado por una escuela histórica reputadísima que diga miren ustedes todo esto es una leyenda, una falsedad, un mito”.

- La Historia suele ser revisionista.

“Un destino de la Historia es ser revisada en el sentido de que puede haber lecturas más refinadas, análisis que permiten ser modificados. Cuando estudiaba Historia en la Universidad Complutense de Madrid se hablaba de un millón de muertos en la Guerra Civil pero a medida que se ha ido estudiando este tema, la cifra ha resultado exagerada. Los hechos son hechos pero los hechos se interpretan. Otra cosa es cómo esos hechos vienen narrados. La narración de los hechos no niega los hechos sino que hace inteligible ciertos hechos. Es decir que no son hechos de cemento armado ni por otra parte la narración elimina la solidez del hecho en favor de una cierta retórica”.

- Antes comentó que está preparando un libro de Fabbri…

- “El libro se llama Elogio del conflicto pero paralelamente preparo para Italia la introducción de los textos más antiguos de Lotman sobre los Fundamentos de la semiótica en la cultura.

MODAS

Jorge Lozano ha desarrollado gran parte de sus investigaciones en las modas, “las modas son muy serias así que no se pueden dejar en manos de estilistas y periodistas”, dice el catedrático de Teoría de la Información en la Universidad Complutense de Madrid, quien añade que “la moda determina y determina nuestro acercamiento a la Historia ya que sus maneras y modos son elementos constitutivos y regulativos de lo social, de la cultura de las pasiones. Por eso hay modas también en las pasiones, en los cuerpos, en las enfermedades”.

LAS FOTOGRAFÍAS: SERGIO MÉNDEZ

Saludos, buen viaje, desde este lado del ordenador

John Le Carré, nuestro hombre en el Circus

Lunes, Diciembre 14th, 2020

Cuatro escritores forman el cuadrado perfecto de la novela de espías británica.

Con permiso de Eric Ambler, que es un poco el padre de todos ellos, arriba, en la cúspide, Graham Greene, un escritor que no fue exactamente un escritor de novelas de espías pero sí que tiene las mejores que he leído desde que sentí afición por el género. En la otra esquina se encuentra Ian Fleming, el creador de James Bond. Sin él, la novela de espías no habría tenido tanta repercusión popular. Estas novelas más que de espías eran relatos donde se enfrentaba un atractivo funcionario al servicio de su graciosa majestad con un multimillonario con ganas de comerse el mundo.

Partamos de la base que el James Bond literario no se parece al del cine. Es un excelente gourmet y jugador de cartas, como en las películas, pero también un sentimental y lector ocasional de Raymond Chandler además de un agente que en cada misión consume puñados de dexidrinas para engañar al cansancio.

En las dos esquinas inferiores (aunque al cuadrado le podemos dar la vuelta y serían entonces las esquinas superiores) están Len Deighton, creador de Harry Palmer, el espía anti Bond, aquel que lleva espejuelos y le da más a la cabeza que a los puños y un maestro, John Le Carré, David John Moore Cornwell (Poole, 19 de octubre de 1931 – Truro, 13 de diciembre de 2020), creador como Fleming y Deighton de otro agente secreto pero sin las características de 007 y Palmer.

John Le Carré bautizó a su criatura con el nombre de George Smiley y lo describió como un hombre corriente que trabaja en el juego más peligroso. Su contrincante en esa partida de ajedrez es Karla, su contrario en la KGB.

Smiley trabaja en una oficia gris, rodeado de compañeros igual de grises, todos ellos con sus pequeñas historias personales. El Circus lo llaman. En este ambiente se desarrollan las novelas que Le Carré le dedicó, algunas tan excelentes como El Topo, en la que mide sus fuerzas contra Karla y que continuó en El honorable colegial, demasiado larga y espesa, y que concluye con la mediana La gente de Smiley. El personaje aparece pero como secundario en la que entiendo es su mejor novela, El espía que surgió del frío.

John Le Carré no escribió sin embargo solo novelas de Smiley y continuó en el género con libros cada vez más sólidos y adaptados a la realidad de su tiempo y de nuestros tiempos. En algunas de estas obras se permite un extraño sentido del humor como sucede con El sastre de Panamá, una versión y así lo explica, de Nuestro hombre en La Habana de Graham Greene solo que en el país que gobernó Noriega.

Otras de sus grandes novelas fueron Una pequeña ciudad de Alemania, muy lenta pero redonda para entender cómo pervivió el nazismo en la República Federal Alemana; El infiltrado, otra de sus obras redondas; Amigos absolutos, Un traidor como los nuestros, Una verdad delicada y La canción del misionero. Me dejo unas cuantas más.

Le Carré no fue sin embargo pese a ser un escritor de género un autor fácil. Sus historias suelen imbricarse demasiado, a veces se pierde uno en la madeja aunque tiene el gancho de lo que cuenta y cómo lo cuenta a través de sus protagonistas. Y sí, en sus novelas se reflexiona sobre la traición pero también sobre el fracaso y servir a una causa que no ta ha dado nada. Tuvo una mirada distante y amarga sobre el mundo que reflejaba en sus páginas y abarcó todos los palos cuando la Guerra Fría finalizó con el desmoronamiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y sus países satélites. El fin del comunismo (ahora dicen que vuelve) no significó el fin de John Le Carré como escritor de novelas de espías.

Publicó su último libro el año pasado y me pregunto si estaría mascando alguno nuevo relacionado con todo esto de la pandemia, esta especie de guerra silenciosa contra el virus que libran esas naciones que desconfían unas de otra.

Una post data, entre los libros de no ficción que escribió Le Carré cuenta con ¿El traidor del siglo?, en la que estudia las razones que llevaron al general suizo Jean-Louis Jeanmarie a convertirse en un traidor. Se lee con un suspiro, es una obra muy corta y precisa pero también densa. Se trata, resumamos, de un Le Carré en estado puro.

Con su desaparición, la novela de espías y la literatura pierde a uno de los más grandes. No hay, que piense ahora, nadie que lo sustituya. John Le Carré conocía demasiado bien cómo se la gasta esa otra realidad en la que se mueven hombres y mujeres que han hecho de la traición y la mentira un oficio. Todos, o casi todos, suelen terminar solos.

Observen a George Smiley que sigue siendo su personaje más popular. Un hombre casado y tan inglés que toma el té a las cinco de la tarde. Varias novelas después, su esposa lo engaña con uno de sus mejores amigos y lo abandona. Smiley, el cerebro capaz de destruir a Karla está solo. No eran lecturas fáciles. Te dejaban la mayor parte de las veces un poso de amargura que solo se curaba dejando reposar el libro unos días. Era inevitable sin embargo volver a él pasado un tiempo. Sí, no fue un escritor de acción a raudales pero sus lectores tampoco buscaban esto en sus novelas. Si buscaban algo era que nos mostrara las grandezas y miserias de hombres y mujeres que no son lo que aparentan. Los amigos se transforman en enemigos. La traición puede llegar incluso a las más altas esferas como sucede en El topo y como sucedió en la realidad en los servicios secretos británicos. La sombra de Kim Philby es alargada. Dicen que Philby obsesionó a Graham Greene como a John Le Carré. Probablemente también a Len Deighton, que escribe sobre el gran juego en su ciclo de novelas de Bernard Samson. Lástima que fuera tan prolífico y que decayera, éste sí, cuando la Guerra Fría declinó en favor de Occidente…

El caso es que ha muerto John Le Carré, nuestro hombre en el Circus.

Saludos, demasiadas ausencias, desde este lado del ordenador

(*) En la imagen John Le Carré junto a Richard Burton en una pausa del rodaje de El espía que surgió del frío (Martin Ritt, 1965)

Javier Gorostiza, un hombre bueno

Sábado, Diciembre 12th, 2020

Me cruzo por la calle con un buen amigo que me comunica la muerte de Javier Gorostiza (Santa Cruz de Tenerife, 1961), un hombre bueno y el que hizo posible la recreación de la Gesta, sí, Gesta, del 25 de julio de 1797 que este año por las circunstancias que todos conocemos no pudo celebrarse.

La familia de los Gorostiza y la mía han estado siempre muy hermanadas, me atrevería de hecho a decir que forman parte de la historia de esta ciudad. De los que por generación pertenecen a esta entrañable y contradictoria capital de provincias que gracias a hombres como él contribuyen a que mire de otra manera.

Mi ciudad, nuestra ciudad, tiene su historia. Una historia humilde y en ocasiones cómica pero también trágica. Y trágica fue la batalla por Santa Cruz que libraron británicos al mando del contralmirante Horacio Nelson contra españoles dirigidos por el general Antonio Gutiérrez de Otero.

Javier Gorostiza y su tropa se encargaron de recordárnoslo todos los 25 de julio con su recreación del combate por las calles de Santa Cruz. Se escuchaba entonces el estampido de las balas, quedaba flotando en el aire el olor de la pólvora… Y ahí, al frente de los españoles, Javier Gorostiza sable en mano.

No era difícil imaginar que el mismo Javier estaba ahí, en las calles de Santa Cruz de Tenerife de julio de 1797, enfrentándose al enemigo británico… Y ojalá –sé que es lo que querría él– cuando se diluya la nueva normalidad impuesta por la pandemia mi ciudad, mi pequeña y enclaustrada ciudad, siga recordando aquellos hechos cada 25 de julio de años venideros…

Apenas conocí a Javier pero ya era mi amigo porque su y mi familia se conocen de toda la vida. Esas cosas solo pasan en Santa Cruz de Tenerife. Javier, además, fue de los primeros en animarme a que continuara, cuando coincidía con la Gesta, una serie de pequeñas narraciones en este mismo su blog en las que planteo que todo lo que nos han contado es mentira: fue Horacio Nelson quien conquistó la plaza y más tarde la isla.

Lo solía encontrar en el Museo Histórico Militar de Canarias que está ubicado en el Fuerte de Almeyda y charlábamos un rato de Historia, de Historia de nuestra ciudad y de libros. Me da pena, como me comprometí, no haberle regalado un ejemplar de Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá, pero no quiso el destino que encontrara uno a tiempo y que luego el oleaje de la vida no hiciera nada para que coincidiéramos otra vez. Con todo, sí que lo echaba ya de menos en Facebook. Nos unía nuestra común devoción por el cine y Tintín, que es el periodista que siempre quise llevar dentro.

Javier Gorostiza muere demasiado joven. Y da mucha rabia porque se ha ido, ya dije, un hombre bueno.

Buen viaje, Javier

Sábado, Octubre 31st, 2020

Recibo como un mazazo la noticia que anuncia la muerte del escritor y periodista Javier Martínez Reverte (Madrid, 1944-Ibidem., 31 de octubre de 2020), el hombre que renovó la literatura de viajes en este país y maestro de generaciones de escritores/viajeros que aparecieron tras el éxito de sus libros.

Lo que quizá ignore la gente es que Reverte además de un formidable escritor y periodista era mucho mejor, si cabe, como persona. Tuve la suerte de conocerlo en las seis primeras ediciones del Festival Internacional de Literatura de Viajes y Aventura, Periplo, que se celebra a finales de octubre en Puerto de la Cruz y tuve el honor de presentar en entrevistas públicas algunos de sus libros de viaje disfrutando de su experiencia como persona y como amigo.

En las seis ediciones que estuvo en Periplo, no pudo asistir a las del año pasado ni a la de este 2020 de pesadilla, además de hablar de sus libros pasábamos el tiempo libre que nos permitía este milagroso Festival charlando de escritores y escritoras, de novelas y relatos no necesariamente de viajes.

Javier Reverte tenía entre sus libros de cabecera el Ulises de James Joyce, no se cansaba de animar a quien no lo hubiera leído a que lo hiciera. Siempre en inglés, por supuesto. Aunque permitía que si no se conocía a fondo la lengua de Shakespeare como él sí la conocía, que el interesado se buscara una buena traducción. ¿La clave de este Ulises irlandés?, Javier Reverte comentaba siempre que se trataba de una novela de humor, que cada vez que cogía el libro, libro que lo acompañó en más de una de sus visitas al Puerto de la Cruz, no dejaba de leer para sonreír y si venía al caso reír. Y no hay mejor manera de aprender que riéndose.

No falto a la verdad si les digo que la relación que mantuve con Javier Reverte fue algo así como la de un alumno ante su maestro. Un aprendizaje donde siempre fue generoso y amable aparte de referencia en mi modo de entender la vida.

Ya lo estoy echando en falta. Noté su ausencia en la última edición de Periplo, hace apenas unas semanas, cuando me dijeron que no iba a poder asistir porque su estado de salud se había complicado. La enfermedad no tenía nada que ver con la Covid-19 y dentro de la gravedad, permanecía estable. La idea inicial era que le entrevistara por su último libro Suite italiana (Plaza & Janés, 2020), un viaje físico y espiritual por Venecia, Trieste y Sicilia. En ese libro se condensa cómo entendía la literatura de viajes Javier Reverte: un itinerario más que físico, espiritual y literario.

En Suite italiana, el escritor deja de ser periodista para invitarnos a una travesía de norte a sur por este sufrido país europeo de la mano de cuatro escritores que marcan esta especie de profundo deambular emocional como intelectual: Thomas Mann, James Joyce, Rainer Maria Rilke y Giuseppe di Lampesusa.

Recuerdo, ahora que me asaltan los recuerdos, los momentos que compartí con este gigante del periodismo español. Una noche, recién finalizada una de las entrevistas previstas en el programa de Periplo, recibió una llamada telefónica en la que un familiar le comunicaba que su hermano Jorge, también escritor y periodista, había sufrido un ictus. Javier Reverte, que fue fumador durante muchos años y que a base de fuerza de voluntad había dejado el tabaco, me miró con los ojos humedecidos y me dijo, señalando el cigarrillo que tenía entre los dedos, que dejara mi fatal romance con aquel pequeño asesino. El resto del Festival estuvo como siempre, atento, generoso y simpático pero la procesión la llevaba por dentro.

Dijo en una ocasión en Periplo que le encantaría escribir un libro de viajes por las islas aunque, desgraciadamente, ese libro se quedó en eso, un proyecto. A Javier Reverte le gustaban las islas. Pero más que las islas lo que le gustaba de verdad eran las papas arrugadas y el pescado fresco que devoraba en la portuense Cofradía de Pescadores.

La amistad que mantuvimos, amistad que cada año se renovaba con sus visitas a la isla para participar en Periplo, y Periplo continuará apareciendo en estas líneas porque fue allí donde lo conocí y porque fue allí, en el Festival y el Puerto de la Cruz, donde gracias a su esfuerzo y al de Antonio Lozano (también ausente, ay, siempre se nos van antes los mejores) consolidaron un encuentro que es un pequeño milagro en esta isla, en este archipiélago que hoy, como el resto del mundo, vive sobrecogido por la pandemia.

Echaré mucho en falta a Javier Reverte. Lo echaré en falta por su humanidad, por su experiencia y su aureola de reportero veterano, del que se las sabe todas. O casi todas. De periodista de los de antes, de esa estirpe que asocio solo a los grandes de este oficio que es el de comunicar hechos. Echaré también en falta las conversaciones en las que le interrogaba de todos aquellos periodistas de la postguerra que cubrieron como enviados especiales para periódicos y radios franquistas la II Guerra Mundial como Jacinto Miquelarena, José Antonio Giménez-Arnau e Ismael Herraiz, y que él conoció de pequeño porque su padre, Jesús Martínez Tessier, también periodista, invitaba a casa o daba tiros con ellos a las ratas en un solar de una casa hecha añicos de aquel Madrid de la postguerra.

Sobre su padre escribió junto a su hermano Jorge Soldado de poca fortuna, un libro que a mi, personalmente, me parece de lo mejor de su producción porque soy tan raro que dedico mi tiempo a buscar reportajes y libros que fueron escritos por estos cronistas del régimen sobre una guerra que ya no era la de ellos sino la del mundo. Muchos, huelga decirlo, apostaron por el bando equivocado.

Se habla mucho de Javier Reverte como autor de libros de viajes, que lo es, y mucho, pero se obvian otras facetas como la del formidable novelista que fue. En estos tiempos donde se habla tanto de La línea de fuego, de Arturo Pérez Reverte, “no es familia”, decía como broma Javier, a mi me encanta la trilogía que dedicó a la Guerra Civil Española y a la postguerra: Venga a nosotros tu reino, El tiempo de los héroes y Banderas en la niebla.

En la primera, su protagonista es un joven sacerdote polaco que recala en España huyendo del comunismo que ha tomado su país; la segunda es una biografía novelada de Juan Modesto, militar gaditano y comunista. El hombre que lideró el asalto del ejército republicano en la batalla del Ebro y que casi, casi consigue la victoria si no es porque se quedó sin pertrechos… En Banderas en la niebla vuelca su mirada en dos hombres que viven en mundo opuestos pero a los que une un mismo campo de batalla: España. Ellos son José García Carranza, El Algabeño, torero, mujeriego y falangista y John Cornford, estudiante de la Universidad de Cambridge, poeta y bisnieto de Charles Darwin que llega a España como miembro de las Brigadas Internacionales. Ambos mueren en 1936, recién declarada aquella guerra que los hunos y los hotros están empañados que siga dividiéndonos en hunos y en hotros.

Si se leen estas novelas se verá que Javier Reverte, aunque sus filias fueran claramente progresistas, no permitió nunca que sus ideas bascularan a un lado y no al otro. Que malvados, decía, hubo siempre en los dos lados.

No saben ustedes el vacío que me deja la desaparición de un hombre con el que mantuve una extraña complicidad. El sabor amargo que ahora invade mi boca porque ya no está entre nosotros. Un amigo me dice que siente rabia y estoy de acuerdo con él. Hoy solo siento rabia. Mucha, mucha rabia.

Ha muerto Javier Reverte.

Buen viaje, maestro.

Fallece el cantautor y poeta Alberto Cañete

Domingo, Octubre 11th, 2020

El mundo de la Cultura solo se pone de acuerdo cuando desaparece “uno de los nuestros”. Es la sensación amarga que tengo con el anuncio del fallecimiento de Alberto Cañete del Toro, primero cantautor y poeta y después concejal de Educación, Juventud y Desarrollo Local del Ayuntamiento de La Laguna, en representación de Unidas Podemos.

No fueron muchas las ocasiones en las que conversé con Alberto Cañete pero en todas aquellas oportunidades salí con la agradable sensación que aquel tipo era un buen tipo. No sé si les pasará a los que continuamos en este valle de lágrimas pero hay gente que te cae bien y otra que no te cae nada bien. A los primeros llegas incluso a quererlos aunque no hayas compartido momentos siempre gozosos de ocio mientras que con los segundos prefieres (intuición lo llamo) mantenerlos alejados sin que te hayan hecho nada. A ambos los saludas por las calle pero el saludo en uno es sincero y en otros solo una formalidad, un acto mecánico de buena educación.

La primera vez que hablé con Alberto Cañete del Toro fue cuando trabajaba en la ya desaparecida CajaCanarias para hablar con Alberto Delgado del por aquel entonces Festival de Jazz. Creo que fue la edición en la que tocó Chick Corea que no recuerdo ahora si fue la misma en la que vimos actuar al vibrafonista Milt Jackson, toda una leyenda como leyenda me resulta todo aquel pasado de fastos culturales con nombres y apellidos y de una ciudad, la de La Laguna, que todavía era capital cultural no sé si de Canarias pero sí de Tenerife.

Como debe de saber todo el mundo, La Laguna se despojó de aquella aureola de prestigio porque las fiestas del Cristo y la Semana Santa son demasiado sagradas y el relevo lo cogió la capital de la isla, testigo que como todo el mundo sabe ya, se le olvidó en alguna parte. Miro hacia atrás y pienso, es inevitable, que sin lugar a dudas para Santa Cruz de Tenerife cualquier tiempo pasado fue mejor. Mejor porque la ciudad disfrutaba además de su teatro de toda la vida, el Guimerá, con el Pérez Minik que se encontraba en ese parque que hoy está en ruinas, el Viera y Clavijo. También estaba abierto el Círculo de Bellas y el Ateneo en la vecina La Laguna y se celebraban conciertos en la plaza de toros que, mira tú que siniestra casualidad, está en ruinas como lo está el antiguo templo masónico de la calle de San Lucas de la capital chicharrera. Creo a veces, cuando paso delante de su todavía señorial fachada, que los responsables municipales hacen pactos con Satanás para que venga una tormenta de esas y termine por desmoronar lo que no es sino pasado de esta humilde capital de provincias.

Pero hablaba de Aberto Cañete del Toro y se me va el baifo, algo habitual cuando escribo necrológicas porque no me gusta escribir necrológicas. Su tono es demasiado triste, uno evoca momentos con el que se fue y siente rabia porque piensa que son siempre los mejores los que se van antes.

De Cañete del Toro nos queda al menos su trabajo como artista y político aunque nunca lo vi como esto último, lo que es un piropo viniendo de alguien que recela de toda esta gente.

Un amigo también ausente me advertía siempre que iba a cubrir algún pleno en el Parlamento de Canarias que llevara las manos en los bolsillos por si acaso. Ese acaso implicaba que si nos las metías lo más probable que es saliera sin la cartera ni las llaves de casa. Le hice caso, por lo que no perdí “accidentalmente” la cartera ni las llaves cuando entraba en aquella casa de vanidades… pero, oh, ¿lo ven?, vuelvo a irme por las ramas aunque algo me dice que es lo que a Alberto Cañete del Toro le gustaría que hiciera.

En fin, no llegué a conocerlo como leo ahora que lo conocía todo el mundo de la cultura que, como dije al principio, se pone siempre de acuerdo cuando “uno de los nuestros” desaparece pero es que en el caso de este caballero es una verdad de esas que resultan aplastantes.

Un buen tipo que debe de estar tocando la guitarra y cantando sus canciones si existe un más allá. Detrás deja discos como el de Nueva Canción Canaria, junto a Pedro Guerra, Rogelio Botanz, Andrés Molina, Marisa Medina y José Luis Calcines, su etapa como fundador de Tríptico y grabaciones donde compartió micrófonos con miembros destacados de la llamada nueva trova cubana como Silvio Rodríguez y Vicente Feliú.

En fin, y como ya se dijo, se nos ha ido un hombre bueno.

Saludos, gimamos, gimamos, gimamos, desde este lado del ordenador