Archive for the ‘Óbitos’ Category

La cinta de Moebius

Sábado, Marzo 10th, 2012

Conocí primero a Moebius que a Jean Giraud. Y fue a través de Tótem, una revista que en aquel entonces era solo para adultos y que se vendía a un precio inalcanzable a mi bolsillo de adolescente que comenzaba a despedir con la mano esa extraña etapa de la vida que es, precisamente, la adolescencia.

El hermano de un amigo, que era mayor, tenía en su casa varios números de Tótem, así que en una mañana en la que me encontraba pasando el rato se me ocurrió coger de la estantería un ejemplar del número 1, en cuya portada aparece la imagen de un simio –animal que forma parte de mi peculiar heráldica inventada–  y fue entonces, lo recuerdo como una de esas fechas claves que por mucho que se pudra el cerebro permanecerá en un rincón privilegiado de mi memoria, cuando descubrí Arzach, de un tal Moebius.

Y ese fue el principio de la relación que he mantenido con Moebius desde entonces. Una bonita historia de amor con sus encuentros y desencuentros como debe ser toda historia de amor.

Con esto quiero decir que el Arzach de Moebius me produjo las mismas sensaciones  que cuando descubrí al Tintín de Hergé, o al Corto Maltés de Hugo Pratt, o a Astérix y Obélix de René Goscinny y Albert Uderzo o al Mortadelo y Filemón de Francisco Ibáñez y al Anacleto, agente secreto de Manuel Vázquez.

Un punto y aparte en la ya larga historia que como consumidor cultural me ha configurado desde entonces como persona.

Más tarde, y por mediación del mismo amigo, me enteré que antes de ser Moebius, Moebius era Jean Giraud, el dibujante de las aventuras de El teniente Blueberry y Jim Cultass, ambas con guiones de Jean-Michel Charlier. Dos formidables western con firma de autor –afirmarían los cursis– hechos en una Europa que por aquel entonces ni soñaba con la unión de inmundos mercaderes en la que ha terminado por convertirse en estos días.

De todas formas, y gracias a Arzach, a mí siempre me interesó más el trabajo firmado por Moebius que el de Giraud. Me refiero a series tan iluminadas como El Incal y El garaje hermético, la primera escrita por ese extraordinario vendedor de elixires espirituales que es Alejandro Jodorowsky y la segunda notablemente influenciada por las doctrinas alucinógenas y empapadas por el peyote de Carlos Castaneda.

Moebius fue también autor –autor con todas sus letras– de la fascinante y barroca Venecia celeste entre otros álbumes que han convertido al dibujante que sentía pasión por el kárate en clásicos de lo que quiero llamar como noveno arte.

O en piezas imprescindibles para conocer la dimensión a la que puede llegar el cómic si cae en manos de un genio con pinta extravagante y profundamente preocupado porque sus historias fueran más allá de sus páginas.

Moebius, que ha fallecido hoy en París, fue excelente artista porque tuvo estilo. Marca, lo que le granjeó numerosos seguidores en todo el planeta que alababan incluso los trabajos más mediocres que salieron de sus lápices como aquel olvidable volumen sobre Estela plateada realizado por encargo de la todopoderosa Marvel.

Pero es que incluso disculpándole estos errores, en la mayoría de las historias que ilustró se nota la mano Moebius.

Un autor cuya influencia todavía no nos hemos detenido a estudiar con la calma y la paciencia que se merece.

Ha muerto pues un grande del Cómic.

O lo que es lo mismo, un grande de eso que llaman Arte.

Saludos, de luto riguroso, desde este lado del ordenador.

Los hombres de ‘Geyper’

Lunes, Febrero 27th, 2012

Creo que sentí lo mismo que Palmiro Capón –serie creada por Lalo Kubala– cuando me regalaron el primer Madelman, que fue el del hombre rana: “¿Qué… qué es esto?”

Los Maldeman eran muñecos articulados a los que podías cambiar la ropita y añadir nuevos accesorios para meterlos en cualquier aventura que se encendiera en tu cabeza. Siempre quise tener, aunque nunca lo tuve entre mis manos, el que iba de astronauta, con aquel traje 2001, una odisea espacial, pero sí que disfruté de otros tantos como el de safari y el de soldado (¡¡¡tenía al Maldeman negro vestido de militar verde olivo!!!) que me demostraron que, efectivamente, los Madelman lo pueden todo.

Fue tanta la afición con la que los Maldeman atontaron a mi generación que recuerdo como el hermano mayor de un amigo se montaba espectaculares hazañas con aquellos muñequitos al coserles sus propios sacos de dormir y guantes para que no pasaran frío. Cuando entrabas en casa de mi amigo, recuerdo que podías encontrarte a tres Madelman en sus saquitos en cualquier habitación mientras el hermano se iba de paseo.

Un día le pregunté a mi amigo qué forma de jugar era esa y me contó que su hermano imaginaba largas expediciones Madelman por toda la casa dibujando para ello un mapa con el que cual pudieran orientarse. Llegó a mostrarme uno de aquellos planos, donde un flechita de color rojo recorría la geografía de la vivienda.

Así, las habitaciones se transformaban en ese mapa en extraños territorios. El cuarto de baño, por ejemplo, hacía de uno de los polos en los que se divide la Tierra. La cocina, por el contrario, en un continente infernal y el salón en una difícil cordillera. La terraza se convertía a su vez en una jungla por las plantas depositadas en las macetas, y la azotea en un desierto enorme donde resultaba imposible encontrar sombra.

La moda Maldeman se vino abajo tiempo después con la irrupción de otros muñequitos, como los Big Jim, que movían los brazos si les presionabas un botón de la espalda y sobre todo, porque resultaban más sofisticados, los Geyperman, algo así como las muñecas Nancy pero para niños.

Yo, sin embargo, siempre preferí a los Maldeman. Probablemente porque fueron los primeros muñecos articulados con los que perdí momentos de mi infancia y primera adolescencia. Me encantaban que no tuvieran pies sino una cuña que ensartabas en las botas, aunque más tarde al parecer le añadieron los pinrreles, pero esa época no me tocó afortunadamente.  

El caso es que cuando aparecieron los Geyperman, los Geyper se convirtieron en auténticas estrellas entre mis colegas de colegio.

Solo llegué a tener un Geyperman e iba vestido de cadete de West Point.

Y apenas jugué con él.

Y por varias razones:

1)   El uniforme me resultaba demasiado bonito

2)   No terminaba de creerme que a un cadete West Point le dejaran lucir barba, por muy bien recortada que estuviera y…

3)  Su tamaño era el doble de un Madelman de toda la vida.

Los colegas del colegio intentaron convencerme de las bondades del nuevo juguete al indicarme que el Geyper podía empuñar cualquier cosa, lo que no hacían los Madelman, y que en su oferta de uniformes se encontraba la de oficial y soldado alemán de la II Guerra Mundial.

Pero ni con esas. Yo continúe jugando con mis Madelman dejando en su cajita al Geyperman vestido de cadete de West Point.

Escribo todo esto porque este domingo, 26 de febrero, falleció con 94 años de edad el empresario, Antonio Pérez Sánchez, que los hizo posible. Y su muerte ha significado –ya ven lo sentimental que soy– algo así como otro duro mazazo que me distancia cada día más de mi caprichosa infancia y adolescencia.

De la empresa de Pérez Sánchez salió otro juego que, si no me equivoco, debe aún de encontrarse, aunque sea cubierto de polvo, en cualquier casa de bien de este país llamado las Expañas. Me refiero a los Juegos Reunidos Geyper, en cuya caja aparecía dibujado el rostro alborozado de un crío. Y caja que contenía, entre otros pasatiempos, tableros en cartón con el juego de la Oca y el Parchís. Así como sus correspondientes fichas y cubos de varios colores para agitar los dados.

No sé cuantas tardes me pasé tirando de Oca en Oca porque me toca e intentado llegar primero a la meta en ese juego de locos caníbales que es el Parchís. Pero algo mágico tenían aquellas tardes en las que las horas se iban con la única musiquilla del dado agitado en el cubilete.

Al parecer, la empresa de Pérez Sánchez fue también la que sacó adelante los Walki talki, que a su manera son como una especie de antecedente cavernícola de los teléfonos móviles para una pibada que en aquellos años ni soñaba con esos aparatitos que se han hecho tan molestamente imprescindibles en la actualidad.

Así que yo recuerdo al empresario juguetero sobre todo por los Geyperman y sus fabulosos Juegos Reunidos. Aunque más por los Juegos Reunidos que por los Geyperman. Ya dije que siempre fui más de Madelman.

¡Ah los Madelman…!

¡Y esos extraordinarios Madelman tuneados de mi querido y hoy ausente Enrique Cichosz!

Saludos, aún recuerdo aquello de  ¿qué… qué es esto?, desde este lado del ordenador.

Solo veo muertos: ¡¡¡Ahora Frank Braña!!!

Miércoles, Febrero 15th, 2012

En lo que llevamos de 2012 han dejado de estar entre nosotros –los que aún nos empeñamos por estar vivos– un variopinto puñado de artistas e intelectuales. Veo, entre los muertos, al actor Ben Gazzara, al cineasta Theo Angelopoulos, a las cantantes Whitney Houston y Etta James, al pintor Antoni Tàpies, a los críticos literarios Miguel García-Posada y Carlos Pujol, a la poeta y premio Nobel, Wisława Szymborska y al filósofo Paolo Rossi, entre otros tantos que, seguro, alguno se me escapa.

Uno de los últimos en coger el tren que inevitablemente nos lleva a vía muerta ha sido Frank Braña (Francisco Braña Pérez, Pola de Allande, Asturias, 1934-Madrid, 2012), un nombre que probablemente no les sonará de nada a quienes ahora puedan leerme pero que para quien les escribe ocupa un rinconcito privilegiado en su memoria cinéfila, curtida en cines de reestreno y pases televisivos de cuando la tele era en blanco y negro.

Frank Braña fue lo que se conoce como un actor secundario. Pero un actor secundario en los que te fijabas. Es decir, que junto a la estrella, Braña se dejaba ver. Tenía algo –presencia–  que evitaba resultar quemado por el resplandor del astro de turno.

Los aficionados al espagueti western como quien les escribe guarda grato recuerdo de la presencia de Braña en películas como Por un puñado de dólares, El bueno, el feo y el malo y Hasta que llegó su hora, de Sergio Leone. También se le puede ver en la formidable El halcón y la presa de Sergio Sollima y en las entretenidas–aunque lamento decir que hoy estrafalarias–cintas de aventuras Viaje al centro de la Tierra y Misterio en la isla de los monstruos, ambas adaptaciones muy libres de novelas de Julio Verne; así como en la inclasificable y francamente hortera Supersonicman, de ese pedazo de visionario que fue Juan Piquer Simón, director que volvería a contratar sus servicios en la descacharrante y lejanamente lovecraftiana La mansión de Cthulhu. Una cinta solo recomendable para los aficionados a la obra de Ech-Pi-El.: con muchas ganas de echarse unas risas.

Braña, que nació en Asturias y que antes de hacerse actor conoció que las entrañas de la tierra no tienen nada de poéticas porque trabajó en ellas como minero, también fue uno de esos actores de reparto a los que recurrió José Antonio de la Loma en varios de sus filmes.

Evoco, de rodillas y rezando el Santo Rosario, su presencia fugaz en Perros callejeros, Metralleta Stein y Timanfaya (amor prohibido), una película rodada en Canarias, tierra por la que Braña sintió debilidad.

Timanfaya no es, sin embargo, uno de los mejores trabajos de su director. El inquieto, el nervioso, el hombre que quiso rodar cintas de acción imitando el modelo estadounidense José Antonio de la Loma. Y apuntamos que no se trata de una de las mejores películas del irregular cineasta porque no era hombre que se manejara muy bien con las historias de amor.

Y Timanfaya lo es.

Un triángulo trágico que quiso ser una historia de amor.

Entre los escasos méritos de Timanfaya (amor prohibido) cabe destacar que fue la primera película en la que debutó la maltratada estrella del destape Nadiuska (por aquel entonces Nadjuschka para darle mayor exotismo a su belleza felina) y una mujer por la que siento debilidad perruna ya que estamos con símiles animales: Patty Sheppard. Braña es un secundario más, aunque eso sí, aporta su presencia inquietante… Esas que unos dicen llena pantalla.

No sé si Braña llenaba pantalla, pero como espectador sí que puedo afirmar que tus ojos irremediablemente reparaban casi siempre en él. Aunque no dijera nada. 

Pienso así que algo tenía este buen hombre al que se le puede ver también en Rey de Reyes que no es, precisamente, una de las mejores películas de Nicholas Ray.

Braña vivió los últimos años de su vida en la playa de El Veril (Gran Canaria) aunque falleció a los 77 años de edad en Madrid.

Se da la extraña paradoja que la próxima semana, el 24 de febrero, iba a cumplir los 78. Al final la señora de la guadaña fue más rápida sacando el revólver. El mismo revólver que Braña supo desenfundar y enfundar en tantos espaguetis western.

Descanse usted en paz, señor Braña.

Y muchas gracias por ser el secundario que fue.

(*) Frank Braña es el hombre con sombrero y pipa colgando del labio en la primera imagen que ilustra este post.

Saludos, solo veo muertos, desde este lado del ordenador.

‘Big Ben’

Sábado, Febrero 4th, 2012

Ben Gazzara entró en el salón del Hotel San Felipe, sede por aquel entonces de la X edición del Festival de Cine Ecológico del Puerto de la Cruz, y me di cuenta que un actor al que ese entonces solo conocía como de celuloide era también de carne y hueso.

Cuando se sentó, bastante cansado, para responder a la ronda de preguntas de los periodistas Gazzara ya no era Gazzara sino Capone y Saint Jack. También el mujeriego detective John Russo en esa espléndida comedia sentimental que sigue siendo Todos rieron, de Peter Bogdanovich, y en la que compartió enredos sentimentales con una madura Audrey Hepburn. Aventura que, parece ser, trascendió lo que había comenzado siendo como una simple y convencional relación laboral.

Recuerdo que en aquella rueda de prensa Gazzara no dejaba de frotarse los ojos porque estaba muy cansado.

Al parecer había llegado el día anterior a Tenerife y esa misma mañana se lo llevaron de excursión a las Cañadas para que conociera el Teide.

“El Teide me ha conmovido”, dijo quien fue Henry Chinasky –el álter ego de Charles Bukowski–  en Ordinaria Locura. “Me ha hecho preguntar ¿quién soy?”, añadió con una sonrisa quiero recordar que irónica dibujada en sus labios.

El actor neoyorquino de origen italiano quiso entonces hablar de la película que lo había traído a esa isla que, probablemente, hasta aquel día desconocía que existía en el mapa.

El filme se trataba de Beyond the Ocean (1990), su primera trabajo como director. Una cinta, apuntó, que “mi amigo John Cassavetes hubiera hecho.”

Cassavetes había fallecido apenas dos años antes.

Y yo hasta ese momento solo conocía a Cassavetes como el malvado Ben Childress en la reivindicable La furia (Brian de Palma, 1978).

Ignoraba que Cassavetes había sido uno de los pioneros del cine independiente norteamericano con películas como Maridos (1970); El asesinato de un corredor de apuestas chino (1976) y Noche de estreno (1977). Las tres protagonizadas por Gazzara, entre otras tantas cintas indies.

Y es que solo conocía entonces a Big Ben por ser uno de esos secundarios con alma del cine norteamericano en la extraordinaria Anatomía de un asesinato, El puente de Remagen, El viaje de los malditos y por ser el protagonista de una miniserie, QB VII, inspirada en una novela de mi apreciado e injustamente poco reconocido escritor de best sellers Leon Uris.

El caso es que Gazzara hablaba y hablaba en aquella rueda de prensa como si se encontrara en el planeta Marte lo que hizo que levantara la mano para formularle una pregunta.

El actor, sorprendido y algo extrañado porque le interrumpiera el monólogo, puso cara de interés cuando le tradujeron mi tópica cuestión.

- ¿Con qué películas me siento más satisfecho?.- masticó mirando al techo.- Pues con las tres que realicé con John Cassavetes, pero también con Saint Jack y Todos rieron de Bogdanovich.

- ¿Por qué?- me atreví insolente a preguntar.

- ¿Por qué?- sacudió la cabeza y dibujó entonces la célebre sonrisa Gazzara.- porque en todas ellas hay una gran parte de mi mismo.

¿Más preguntas?

Otro compañero le planteó qué opinaba sobre la posibilidad de que los actores españoles fueran a la huelga por la escasez de trabajo que estaban viviendo por aquel entonces (1).

“En Estados Unidos los actores nunca se pondrían en huelga por motivos laborales. En todo caso –añadió–  sí que lo harían para pedir más dinero.”

Y lanzó una formidable carcajada.

Una carcajada Gazzara.

Pero se puso serio de pronto cuando se dio cuenta que ninguno de los presentes nos contagiábamos con su risa.

- El futuro está en la televisión.- soltó como un ladrido.- Talentos como David Lynch están haciendo que las cosas cambien dentro de la televisión. Las películas que se realizan para este medio ya no son las mismas. Ya no resultan convencionales.”

- ¿Más preguntas?- propuso el director por aquellas fechas del Festival de Cine Ecológico del Puerto de la Cruz, Alfonso Eduardo Pérez Orozco, dando a entender que ahí se acababan las preguntas.

No, no hubo más preguntas.

Ben Gazzara se levantó y abrió los brazos como si pretendiera con ellos abrazar a todos los que estábamos en aquel salón del Hotel San Felipe.

- El Teide me ha conmovido.- insistió.- Y me ha hecho preguntar ¿quién soy?

Y se fue.

Mientras recogía las cosas pensé en algo que había dicho durante esa rueda de prensa que, ahora que nadie me lee, para mi fue una de las más interesantes de mi vida:

“Un actor sin método no es un actor.”

Lo dicho.

Ben Gazzara.

Big Ben.

(1) Todas las declaraciones de Ben Gazzara están recogidas de un artículo publicado en La Gaceta de Canarias el 23-XI-1991.

(*) En la imagen que ilustra este post Ben Gazzara junto a Charles Bukowski.

Saludos, la nostalgia a veces no es un error, desde este lado del ordenador.

‘At Last’, señora James

Viernes, Enero 20th, 2012

El miércoles 25 de enero celebraría su 74 aniversario pero la muerte que es muy celosa y también aburrida decidió arrebatárnosla cansado de que los melancólicos que aún quedamos en este mundo encontráramos en su voz una razón para continuar adelante.

Ha muerto una de las grandes. Una de las más grandes intérpretes del soul y el rhythm and blues de todos los tiempos y de los que probablemente vendrán: Etta James.

Sus canciones se han convertido en himnos en mi agitado paso por este sendero que es la vida. Pero de entre todos sus grandes temas si hay uno que está grabado al rojo vivo es, inevitablemente, At Last, les invito a que pinchen este enlace y entiendan el por qué.

Etta James forma parte de la amplia galería de grandes cantantes norteamericanos del pasado siglo XX, y forma parte porque logró que su voz fuera diferente y que ésta estuviera empapada de alma. Escucharla pone los pelos de punta, y es muy fácil –se los aseguro– caer hechizado mientras suena de fondo.

Su tempestuosa relación con el productor Leonard Chess, co-fundador de la compañía discográfica a la que James fue leal pese a todos los inconvenientes hasta su muerte, está fantasiosamente narrada en una película que, por esos caprichos del destino, pasó desapercibida hace unos años.

Su título es Cadillac Record, y narra como ese iluminado capitalista que fue Chess se aprovechó pero también rescató del olvido a grandes estrellas del rhythm and blues como Muddy Waters, Chuck Berry, Little Walter o Etta James, papel que en este largometraje interpreta una demasiado hermosa Beyoncé Knowles que rinde un respetuoso homenaje a esa gran y torturada emperatriz de la música negra que fue James.

Así que la muerte, que es una Verdad celosa y aburrida, estará hoy un poco más contenta escuchando en directo la voz de la señora James.

Lo que no sabe la muerte celosa y aburrida es que deja entre los que aún estamos vivos esa misma voz en innumerables grabaciones donde quienes no nos sonrojamos en adorarla la lloramos con respetuoso silencio.

¿Hace falta decir que escribo estas líneas escuchando su voz?

Saludos, con resignado luto, desde este lado del ordenador.

El hombre que amó a la reina del Technicolor

Lunes, Enero 9th, 2012

Me entero a destiempo y gracias a la lectura de un emocionado obituario que hoy publica el periodista Carmelo Rivero en Diario de Avisos.

Ha muerto Antonio Pérez Arnay, probablemente el especialista que más supo sobre la reina del Technicolor Maria Montez, una actriz de segunda de origen palmero que hizo carrera en las pequeñas producciones de aventuras de Hollywood. Junto al mítico Sabú.

A Antonio me lo tropezaba cada dos por tres en una de esas tiendas donde venden cd, video juegos y dvd a precios de saldo. La última vez que me lo encontré averigüé sin estrujarme demasiado el cerebro que la serie de películas de romanos (o peplum que dicen los iniciados) que habían puestas a la venta en uno de estos establecimientos procedían de su fantástica filmoteca. Sonrió pícaramente mientras acariciaba un perrito diminuto y bastante tranquilo que llevaba entre sus brazos.

Era inevitable, en esos encuentros que apenas duraban unos diez minutos, que le preguntara por sus viajes por tierras de Oriente Medio así como por su anunciado y ahora mucho me temo que frustrado libro sobre Las reinas de la serie B. Allí iban a estar todas. O casi todas las grandes actrices que hicieron grande pequeñas producciones de terror, ciencia ficción y policiaca entre otros géneros detestados por la crítica seria. Esa que solo explora las entrañas del cine si es de caza mayor…

En fin, ellos se lo pierden le comentaba a Antonio a quien esos casposillos intentaron triturar cuando la Filmoteca Canarias publicó su imprescindible volumen sobre la Montez. Sobre Maria Montez con prólogo de su buen amigo Terenci Moix con el título de Maria Montez, la reina del Technicolor.

Antonio Pérez Arnay más que un aficionado escrupuloso por el cine fue un enamorado del cine. Un mitómano que elevó altares a algunas de las rutilantes estrellas que configuran el universo del cine.

Voy a echar en falta esos encuentros, siempre casuales, por las calles y plazas de esta capital de provincias muerta así como tropezármelo en las tiendas de discos y dvd.

Mi amistad con Antonio surgió porque ambos sentíamos una rara fascinación por el cine. Yo cada día menos, también es verdad, y por una película, La Atlántida, atribuida a Gregg C. Tallas, e interpretada por Maria Montez y Jean-Pierre Aumont según la novela del hoy olvidado Pierre Benoit.

Por charlas que mantuvimos y que ahora me confirma un buen amigo de los dos, Antonio Pérez Arnay deja una novela sin publicar que, según anunciaba, iba a sacarle los colores a más de uno. Es probable que también desaparezcan los apuntes que tomó de, entre otras actrices por las que sintió endemoniada devoción, Patricia Medina, de padre canario y madre inglesa.

Nombres en definitiva de un cine que ya no existe. Nombres en definitiva que pueblan ese universo que mitómanos como Antonio contribuyeron con su desarmante cinefilia a mantener sobre nuestras cabezas.

Y eso, amigos y enemigos, no es cine de barrio.

En todo caso es profundo y reverencial amor por el cine.

Allá donde te encuentres, no te olvides de saludar a la Montez de mi parte…

Nos vemos…

Saludos, fundido a negro, desde este lado del ordenador.