Archive for the ‘Cine de barrio’ Category

Ir al cine entonces era una aventura (remake)

Martes, Junio 26th, 2018

Cuando se mira hacia atrás sin ira uno se da cuenta que lo que de verdad queda grabado en la memoria son sensaciones y momentos. Muchas de estas sensaciones y muchos de esos momentos han ido tejiendo nuestra memoria como espectadores cinematográficos. En nuestro caso concreto, de espectador cinematográfico en Tenerife. 

Siendo un terrible adolescente intentaron educar mi confusa mirada cinéfila cine clubes como el que montó el colectivo Yaiza Borges en un piso lagunero antes de trasladarse al cine Tenerife así como las sesiones que ofrecía la Caja de Ahorros, y en las que tuve la oportunidad de ver, entre otras, El perro andaluz de Luis Buñuel o Fake, el ¿falso o real? documental de Orson Welles.

En aquella aventura que era ir al cine en Santa Cruz de Tenerife, uno intentaba apuntarse a cualquier proyección por inquietante que resultara. En este sentido, recuerdo como una especie de aventura a lo Indiana Jones cómo me colé en el Price para ver Raza en una proyección privada de Fuerza Nueva o cintas soviéticas en las que se loaba el coraje del ejército rojo contra los nazis que organizaba, si no me traiciona la memoria, el PCOE (Partido Comunista Obrero Español) en una calle muy próxima al barranco de Santos.

También estaban las inolvidables sesiones de cine a las 4, donde lo mismo veía por enésima vez Una noche en la ópera con los hermanos Marx que una cinta de Maciste. O el mítico cine de verano de la plaza de Toros, donde lo mejor no era la película sino la fiesta que daba un público con ganas de vacilar la ante la amenaza del linterna, o el sufrido acomodador que intentaba descubrir linterna en mano a los graciosos de turno. Ahh… la plaza de Toros, cuántas y cuántas inolvidables noches de verano me pasé comiendo pipas y partiéndome de la risa con las bromas que lanzaba la parroquia en la oscuridad.

Que la pantalla pareciera que bailaba la danza del vientre por la brisa nocturna o que el sonido fuera penoso daba igual porque al cine de verano de la plaza de Toros se iba sobre todo a echarse unas risas no solo con el pobre linterna sino con los chistes que los espectadores le soltaban a los personajes de la película.

Recuerdo ahora una anécdota con tintes de humor negro: se proyecta en la pantalla que danza con el viento Lucifer, una olvidable película de terror en la que el príncipe de las tinieblas resucita a los muertos. Cuando los muertos se levantan de las tumbas por orden de Lucifer un borrachito lo señala y grita con voz aguardentosa: “¡yo a ti te conozco, yo a tí te conozco!”

Algo parecido a este frenético espectáculo que deja en pañales los montajes que ideó William Castle para sus películas fantásticas, lo viví también en cines de barrio de la capital tinerfeña como el Delta en el barrio de La Salud o el cine Fraga y el Somosierra. Salas en las que además de dejarte entrar a ver películas que en los cines del centro te prohibían porque no habías cumplido los 18 años, el público resultaba igual de feroz y cachondo que el del cine de verano de la plaza de toros. Todavía recuerdo aquella lata de sardinas estampándose contra la pantalla del Delta durante la proyección de El anticristo y justo en el instante en que la protagonista, una adolescente obviamente poseída por el mismísimo diablo, vomitaba una masa viscosa y de color verde; o las estimulantes películas eróticas (es un decir) de Max Pecas, como Yo soy ninfómana y otras chifladuras por el estilo.

En fin, que en aquellos años a uno ni se le pasaba por la cabeza que un día habría multisalas, ni vídeoclubes y ni muchísimo menos dvd y descargas de películas por el ordenador, que en aquel entonces se conocía como computador… Pero qué quieren que les diga, resultaba bastante más emocionante ir al cine por aquello de que no sabías lo que te iba a pasar. Lo dicho, una aventura.

Que sirva este escrito a modo de confesión para justificar mi apasionado potaje cinematográfico, un combinado que mezcla la cinefilia más enciclopédica con la cinefagia más ulcerosa.

Le debo mi confusa pero apasionada mirada a mis padres y hermanos y a aquella televisión en blanco y negro en la que con solo un canal la mayoría de las noches te ponían títulos como El gran desfile, En un lugar solitario, King Kong o Duelo al Sol por citar sólo cuatro que todavía me emocionan cuando las veo.

Luego se encontraban las salas del centro. Las de estreno, como el Víctor, que todavía resiste, y otras que forman parte del recuerdo como el Greco, la Paz, el Baudet, el Price, el Cinema Victoria, el Royal Cinema, el Numancia, el Rex y el teatro San Martín, entre otros.

De alguna de ellas se hace eco Julián Hernández en el libro Los olvidados cine de Tenerife, compendio de muchas de aquellas salas que se han convertido con el paso de los años en fantasmas de otro tiempo, en ecos de una época en las que ir al cine era, definitivamente, una aventura.

(*) En la imagen, fachada del cine Yaiza Borges, antiguo cine Tenerife, localizado en la avenida del general Mola, hoy de las Islas Canarias, en Santa Cruz de Tenerife

Saludos, se insiste ¿vamos al cine?, desde este lado del ordenador

Un clásico fantástico

Viernes, Agosto 12th, 2016

Por esos inexplicables designios del destino cae en mis manos El tormento de las 13 doncellas como si un ente espectral me guiara a tan extraña como sorprendente película.

Y digo bien cuando escribo ente espectral porque el director de la cinta, el alemán Harald Reinl, falleció hace ahora treinta años en el Puerto de la Cruz, Tenerife, tras ser apuñalado por su tercera esposa, la actriz checa Daniela Maria Delis.

Casualidad o no, confieso que no había depositado demasiadas esperanzas en la cinta pero fue ver la portada y asomar en una esquina que la historia se basaba en un relato de Edgar Allan Poe lo que despertó mi últimamente adormecida curiosidad. Y mi instinto, bregado en mil batallas, no me traicionó porque este tormento de 13 doncellas respondió a las expectativas.

Eso sí, más que basada en un relato de Poe está vagamente inspirada en un relato del autor de El gato negro, de quien coge algunos elementos, como el péndulo de El pozo y el péndulo y poco más, y sí influencias, afortunadas, de las producciones de la Hammer, la atmósfera y la presencia de Christopher Lee así lo delatan; y de La máscara del demonio, el clásico de Mario Bava.

La literatura en lengua alemana cuenta con un grupo selecto de obras maestras fantásticas y terroríficas, ese terror que poco a poco te mete el miedo en el cuerpo. Se refuerza con una sólida base en su folclore y se distingue por la descripción de personajes.

El filme de Reinl recoge ese espíritu que juega con lo macabro. Cuenta con una primera parte modélica en la que se sumerge al espectador en un mundo turbio, extraño, un puente entre lo real e irreal con temple poético e inquietud metafísica pero sin perder tono de humor negro.

Protagonizada por un excelente y atractivo Lex Baker, actor que da la medida del héroe romántico y Karin Dor, actriz que da la medida de la heroína romántica que la película requiere, El tormento de las 13 doncellas es gótico en estado puro. Una rareza en clave fantástica que anima a seguir la filmografía de un cineasta que realizó varios western con Lex Baker como protagonista y que adaptaban novelas de Karl May, a películas de suspense y terror desde el mismo corazón de la selva negra.

Entiendo que por eso el trabajo de Harald Reinl no haya sido aireado por aficionados a las extravagancias ni a la potentísima cultura popular alemana, que es igual o más bestia que la de sus viscerales hermanos latinos… Pero ellos se lo pierden porque El tormento de las 13 doncellas merece ser descubierta como la joya, pequeña o grande, que es del género fantástico en el cine.

Una Constantin Film Produktion, la historia arranca con la maldición con la que el conde Frederic Regula condena a quienes lo ajuiciaron así como a sus descendientes antes de morir acusado de asesinar a trece doncellas.

La venganza se producirá eones después con dos de los descendientes. Para contarlo, Reinl introduce al espectador en un mundo de fantasía negra a través de una mirada escéptica, la que encarna el personaje que interpreta Baker, y la de los creyentes, que se personifica en el conductor de la diligencia que los lleva al castillo maldito y más tarde el mismo espectador.

Feliz descubrimiento El tormento de las 13 doncellas. Pero no solo por lo que significa y debe reivindicarse, sino por la forma en cómo llegué a ella…

Un ente espectral me señala una carátula en la que detecto un nombre vagamente conocido…

Harald Reinl…

Saludos, gritos y susurros, desde este lado del ordenador

Aquel cine de verano… en la plaza de toros

Jueves, Agosto 13th, 2015

Érase una vez una capital de provincias que dedicaba en verano su plaza de toros no a los toros, no, sino a cine. Ese cine de verano en el que la pibada de aquel entonces podía ver las películas recomendadas para mayores de 18 años en unas condiciones penosas, sí, pero en un ambiente de cachondeo que hacía soportable cualquier cosa para adultos que se proyectara en aquella pantalla. Una pantalla que se agitaba al soplar el viento y un espacio en el que si levantabas la cabeza podías observar el cielo estrellado o la luna redonda mientras estirabas las piernas sobre la arena rubia que cubría el suelo.

La nostalgia, que dicen que es un error, pero una nostalgia de la que guardo grato recuerdo cuando asocia plaza de toros a cine de verano. Cine al aire libre.

Sí, me refiero a esa misma plaza de toros que hoy se derrumba lentamente, como un dinosaurio que ya no encuentra su sitio en un mundo como éste.

Para un tipo con la misma memoria que un pez, resulta sorprendente que aún recuerde las emociones que compartió en aquel sitio en el que más que ir al cine se iba a pasarlo bien y a comer pipas Churruca, esas pipas de girasol con cáscara repleta de sal que te dejaba la lengua reseca como una mojama.

Mientras, el que hacía de acomodador desfilaba por el patio de butacas –unas butacas incomodísimas y de madera aunque más tarde instalaron unas de plástico– para que el público le gritara escondido en la oscuridad “linterna, linterna” o “linterna, mano, dame un duro…” que despertaba su ira y hacía mover a un lado y al otro la, precisamente, linterna que llevaba entre las manos con la intención, siempre frustrada, de coger al bromista.

Aquel círculo de luz con la que el linterna repasaba a los espectadores se me antojaba entonces como el reflector de una de esas películas de guerra, mientras en pantalla los mods y los rockers se rompían la cara a cachetones; aquel Drácula negro –que se llamaba Blácula– y con patillas se convertía en el amo de los no muertos o Lucifer, el mismísimo rey de las tinieblas, convocaba a las huestes del infierno. Eso sin contar la de balazos que se daban los vaqueros en las del oeste rodadas en Almería ni la de bombas y demoliciones que se repartían en las películas bélicas hispano-italianas…

Ya  hemos contado en este mismo su blog muchas de las anécdotas de aquel cine de verano al aire libre pero es inevitable que la añoranza reviva en este verano constipado, con rayos y truenos y un calor húmedo y africano que atonta un poco más a la parroquia.

Fue un tiempo que ya no volverá.

La ciudad no es la misma y la plaza de toros, digo, envejece un poco más, cerrada a cal y canto.

Permanece como un monumento olvidado, de otra época no sé si más feliz pero es probable que sí menos compleja y miedosa que ésta.

Repaso la lista de películas que todavía guardo en mi memoria y que contemplé en aquel coso taurino y ninguna es de toros. Y mira que me gustaba Los clarines del miedo

Paseo por los alrededores de la Plaza de Toros y cuando mis dedos se deslizan por su pared se me queda en las yemas rastros de pintura y pienso que mala cosa es olvidar el pasado. A veces, incluso, deseo que se derrumbe de una vez tan histórico edificio porque para verlo languidecer mejor es que acabe como una montaña de escombros.

¿Cuál será su estado por dentro?, ¿cuántos bichos hacen su agosto en sus entrañas? ¿Cómo sería esa plaza cuándo vivió sus momentos de gloria taurina?

Tras suspenderse las corridas de toros, el espacio sirvió para charlotadas, cancha de boxeo, galas de elección de la reina del Carnaval, conciertos… y cine de verano entre otras actividades lúdicas y para toda la familia. Luego se convirtió en terraza, y se instalaron algunos pubs y restaurantes en sus aledaños que no tuvieron demasiada suerte en la caprichosa y kafkiana vida nocturna de esta capital de provincias que parece que ya no cree en nada.

Y mucho menos en el érase una vez con el que comienzan los cuentos…

(*) La imagen que ilustra el post corresponde a Drácula negro (Blácula), una película de William Crain del año 1972. El actor William Marshall hace del príncipe afro de los vampiros. Marshall repetiría este papel en ¡Grita, Blácula, grita! (Bob Kelljan, 1973).

Saludos, no, no volverán, desde este lado del ordenador.

Con viento en las velas

Miércoles, Julio 8th, 2015

INTRO

La afición viene de atrás y tiene su origen en La isla del tesoro que, si no recuerdo mal, fue la primera novela que leí hace ya mucho tiempo… Piratas, un tesoro, un niño que se esconde en un barril de manzanas y un barco que navega por los siete mares.

No, nunca volví a ser el mismo.

Y eso que uno, que no sabe de del arte de navegar, se enrola como marinero en cualquier tripulación que lo reclame y sin importarle demasiado como es el carácter de su capitán.

A veces, es verdad, la navegación resulta ociosa pero casi siempre se complica. Y no por el furor de la mar, que es muy caprichosa y se pone brava según le sople el viento, sino porque me contagio con esa sensación de peligro que no me deja pensar en otra cosa que ¿volveré a pisar tierra…?  

Mi nombre es Ismael… y las aventuras que presento son películas de barcos y sobre el mar pero también de marinos. Todas ellas transcurren durante las guerras napoleónicas y en todas ellas los hombres son hijos de la Gran Bretaña.

Es probable que falten títulos, pero sabed que mis compañeros y yo hemos acotado este trabajo –divertimento regado con ron– en todas esos largometrajes que me enseñaron, al menos cuando transité por sus aventuras, el arte de navegar cuando el pequeño corso amenazaba con hacerse amo de Europa.

Dicho esto… ¿están preparados para el abordaje?

 

Lady Hamilton (Alexander Korda, 1941).- Aunque el tema naval queda en un muy segundo plano al preocuparse más por la relación como amantes que mantuvieron el almirante Horatio Nelson y Lady Hamilton, el filme de Alexander Korda cuenta con excelentes escenas de acción en alta mar así como con dos actores que, casi siempre, estuvieron a la altura de las circunstancias: Laurence Oliver y Vivian Leigh, más tarde matrimonio en la vida real.

El hidalgo de los mares (Raoul Walsh, 1951).- El escritor C.S. Forester (sí, el mismo de La reina de África) dedicó una serie de novelas a Horatio Hornblower desde que entra como guardia marina en un buque de guerra hasta que llega a capitán de su propio navío. Ningún marinero de agua salada debería de perderse el gozo que proporciona su aleccionadora lectura mientras imagina a Hornblower con la presencia de Gregory Peck. Peck es El hidalgo de los mares. O al menos lo fue gracias a Raoul Walsh. En la película, acompañan a nuestro valeroso capitán Virginia Mayo y el recientemente fallecido Christopher Lee como oficial español. Un título rematadamente imprescindible.

Motín en el Desafiant (Lewis Gilbert, 1962).- Está dirigida por uno de esos cineastas a los que los pesados de siempre califican como artesano pero es que no quieren aprender. Al grumete que tengo a mi lado las escenas bélicas de esta película le recuerdan a las que vio más tarde en Master and Commander. “De tan bien hechas que están”, dice el grumete al que hay que recordarle que este motín fue más allá. Que el drama emerge en un estrecho universo masculino por un conflicto de gobierno entre su capitán y su primer oficial que no les hace reparar en el descontento que está a punto de estallar entre su tripulación. Fantásticos, y así fue siempre, Alec Guiness, Dirk Bogarde y Anthony Quayle.

La fragata infernal (Peter Ustinov, 1962).- Ni corto ni perezoso, el actor y director Peter Ustinov es el responsable de una notable y marinera adaptación de Billy Budd, de Herman Melville en un relato de iniciación en alta mar que protagonizan Terence Stamp y Robert Ryan, entre otros. El paso del tiempo apenas ha hecho mella a la película, un viejo pero sólido barco que aún proporciona lecturas muy ambiguas.

Master and Commander. Al otro lado del mundo (Peter Weir, 2003).- Cuando todo parecía haber confabulado para olvidarnos, la HMS Surprise, al mando de Peter Weir vino en nuestro rescate. La película se basa en las novelas que Patrick O’Brian dedicó a su capitán Jack Aubrey y continúa navegando por los siete mares porque forma parte de una tradición que a veces, solo a veces, hace tan grande al cine.

Saludos, a toda vela, desde este lado del ordenador.

Santa Cruz de Tenerife acoge en septiembre el rodaje de la quinta entrega de la serie Bourne

Miércoles, Junio 24th, 2015

Jason Bourne es un personaje de ficción creado por el escritor Robert Ludlum que ha dado origen hasta la fecha a cuatro películas, las tres primeras protagonizadas por Matt Damon y la cuarta por Jeremy Renner. Esta mañana, 24 de junio de 2015, el alcalde de Santa Cruz de Tenerife, José Manuel Bermúdez, mantuvo una reunión con los representantes de la compañía estadounidense –Universal Pictures– encargada del rodaje del quinto capítulo cinematográfico Bourne, un personaje que volvería a estar interpretado por Damon, actor que ha confirmado que la dirigirá Paul Greengrass (El mito de Borune y El ultimátum Bourne).

Está previsto que el rodaje comience en septiembre.

José Manuel Bermúdez calificó este encuentro como “noticia extraordinaria para Santa Cruz”, y dio por hecho cerradas las negociaciones al añadir que “va a suponer casi cinco semanas de rodaje de una superproducción internacional en nuestra ciudad, algo que además va a tener una repercusión a todos los niveles para la promoción del municipio, también en cuanto a inversiones e indudablemente para el empleo, el comercio y el sector hotelero”.

El alcalde de la capital tinerfeña explica en una nota de prensa que conseguir que una parte de esta película se grabe en Santa Cruz “es el resultado de muchas gestiones y varios años de trabajo. Estamos ante la primera ocasión en la que Santa Cruz acoge una producción de este calibre y eso que hemos competido con otras muchas localizaciones  a nivel internacional y nacional”.

Según los cálculos de producción, durante esas cinco semanas de rodaje desembarcarán en la capital tinerfeña un equipo compuesto por unas 600 personas, además del material técnico de alto nivel. Asimismo, se prevé la contratación de casi 400 extras para la película por lo que se ha pedido a la productora que en la mayoría de esas contrataciones “se priorice a personas desempleadas residentes en Santa Cruz”.

Según confirmaron los productores, este rodaje será el de mayores dimensiones que se ha realizado en un entorno urbano en España. El alcalde se refirió a que durante esas semanas de rodaje se producirán molestias e importantes modificaciones en materia de tráfico y servicios en la ciudad. “Aunque trataremos de que sean los menos posibles y garantizaremos que todo se desarrolle en las máximas condiciones de seguridad, todos debemos comprender que estamos ante una oportunidad única, que Santa Cruz no puede desaprovechar”.

Los presentes en la reunión coincidieron en la necesidad de realizar una amplia campaña de información al respecto de todas las posibles afecciones a la vida cotidiana, tanto a la ciudadanía como al sector comercial, empresarios y responsables de la planta alojativa hotelera de la ciudad y que habría que tener en cuenta parte del rodaje es de horario nocturno y que, según las necesidades, se modificará el aspecto de la ciudad temporalmente. En este sentido, la construcción de grandes decorados, ambientaciones de las vías públicas, acciones estéticas puntuales sobre edificios o el desplazamiento del mobiliario urbano serán algunas de las cuestiones para las que Santa Cruz se preparará.

El alcalde desveló que una de las claves para que se eligiera la capital tinerfeña para este rodaje ha sido “nuestra capacidad para organizar grandes eventos multitudinarios como el Carnaval. Saben que estamos acostumbrados a gestionar grandes dispositivos de seguridad, de tráfico y esa experiencia ha inclinado la balanza a nuestro favor”.

A partir de este momento comenzarán a desarrollarse reuniones sectoriales en materia de seguridad, tráfico, servicios públicos, infraestructuras, turismo y comercio junto con otras instituciones y organizaciones que estarán implicadas en este rodaje. Dentro del funcionamiento municipal se ha determinado que sea la Sociedad de Desarrollo la que coordine y haga de enlace con las necesidades que vaya planteando la productora.

Saludos, ¿Santa Cruz de Tenerife, ciudad de cine?, desde este lado del ordenador.

Steve McQueen, el errante

Martes, Marzo 24th, 2015

Uno de los actores que ocupa un lugar muy destacado en mi educación sentimental es Steve McQueen. McQueen, que tal día como hoy hubiera cumplido 85 años si un cáncer de pulmón no siega su vida en noviembre de 1980, se convirtió en uno de mis referentes favoritos en las sesiones de cine de a las cuatro de la tarde, domingos en los que no me cansaba de ver Los siete magníficos (John Sturgess, 1960).

No obstante, la película definitiva, la que me hizo desde ese entonces miembro del club de seguidores de Steve McQueen fue La gran evasión (John Sturgess, 1963), que es una de esas películas que veo una vez al año y en la que –y me la sé de memoria– todavía sufro con los militares aliados que se han fugado de un campo de prisioneros alemán durante la II Guerra Mundial.

La carrera de Steve McQueen está salpicada de grandes títulos y otros que no lo son tanto pero es que incluso en esos casos si algo las salvan es, precisamente, que anda por ahí un actor al que la vida no le trató demasiado bien, sobre todo en su niñez y adolescencia, tiempos en los que solía visitar el reformatorio.

Y parte de este involuntario aprendizaje en las calles se grabó en su persona. A mi me parece un fantástico actor aunque otros piensen lo contrario.

Me encanta su trabajo como el chico de Cincinnati en El rey del juego (Norman Jewison, 1965) pero es que también me encanta El rey del juego, título en el que mantiene un duelo con grandes pesos pesados como Edward G. Robinson y Karl Malden.

Cuenta la leyenda que la película iba a ser dirigida por Sam Peckinpah, pero retiraron del proyecto al viejo Sam por protestón y acabó asumiéndolo un convencional pero en esta ocasión muy inspirado Jewison.

El paso del tiempo no le ha hecho daño a El rey del juego y aunque deteste la palabra se ha convertido en un clásico del cine norteamericano de aquellos años.

A las órdenes de Peckinpah, Steve McQueen protagonizaría dos películas: La huida y Junior Bonner.

La primera es una adaptación bastante libre de la novela de Jim Thompson, lo que explica que el escritor la detestara con cierta cordialidad y la segunda es, a mi juicio, uno de los grandes filmes del viejo Sam. Una película de vaqueros que, absorbidos por los cambios que imponen los nuevos tiempos, se dedican a ganarse unos dólares arriesgando su vida en los rodeos.

Repetiría a las órdenes de Jewison en El caso de Thomas Crown (1968), título por el que fue renocido como el rey de lo cool pese a que una extraordinaria Faye Dunaway pretendiera destronarlo y otro título clave en mi imaginario es Bullit (Peter Yates, 1968), que en parte contribuyó a popularizar en todo el mundo algunas de las empinadas calles de San Francisco, o Frisco como dirían los Beat.

También trabajó en la bélica El Yang-Tsé en llamas (Robert Wise, 1966) donde compartió protagonismo con, entre otros, un viejo conocido del reparto de La gran evasión, Richard Attenborough.

Seductor nato en la vida real y en la pantalla, Steve McQueen convenció a los idiotas que desconfiaban que fuera actor en Los rateros (Mark Rydell, 1969), que adapta una novela de William Faulkner y Papillon (Franklin J. Schaffner, 1973) donde ensombrece a un pese a todo brillante Dustin Hoffman.

Años más tarde acabaría incluso ejerciendo de jefe de bomberos en El coloso en llamas (John Guillermin, 1974) que es una de las grandes películas de catástrofe de todos los tiempos y uno de esos largometrajes que se me grabaron en la cabeza cuando lo contemplé arrobado y por primera vez en el fantástico Cine Greco en Santa Cruz de Tenerife.

No he vuelto a verlo otra vez, más que por miedo a la decepción por respeto a las sensaciones que recibí en aquel entonces.

Las últimas películas de Steve McQueen las vi acompañado de mi padre y en el Cine Víctor, sala que afortunadamente continúa abierta como el cine que siempre fue, y las recuerdo vagamente con tristeza por aquello de la ausencia.

En Tom Horn (William Willard, 1980) y Cazador a sueldo (Buzz Kulik, 1980) se nota ya la huella del cáncer en el envejecido rostro del actor, aunque la enfermedad poco o nada pudo hacer para borrarle el brillo en sus formidables ojos azules.

Su mirada, quiero creer, continuaba igual de cristalina que siempre.

Era la de Steve McQueen.

Saludos, viva el rey del cool, desde este lado del ordenador.