Archive for the ‘Cine de allá’ Category

Palabras de Dios

Miércoles, Junio 23rd, 2021

Billy Wilder (Sucha, Imperio austrohúngaro, 22 de junio de 1906 – Hollywood, Estados Unidos, 27 de marzo de 2002).

“Del mismo modo que todo el mundo odia a Estados Unidos, todos Estados Unidos odia a Hollywood. Existe el profundo prejuicio de que todos nosotros somos tipos superficiales que ganamos diez mil dólares a la semana y que no pagamos impuestos; que nos tiramos a todas las chicas; que tenemos piscinas dentro y fuera de las casas; que tenemos profesores en casa que dan clase a nuestros hijos de cómo subirse a los árboles; que cada uno de nosotros tiene dieciséis criados y que todos conducimos un Maserati. Pues sí, todo esto es verdad. ¡Aunque os muráis de envidia!”

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SAMUEL GOLDWYN: ¿En qué está trabajando actualmente?

BILLY WILDER:
En mi autobiografía.

SAMUEL GOLDWYN: ¿Y de qué trata?”

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“Cuando en 1958 Stanley Kramer quiso rodar The defiant ones (Fugitivos) y le presentó el guión a Robert Mitchum, éste le dijo:

No pienso actuar en compañía de un negro.

Marlon Brando leyó el libro y dijo:

Quiero formar parte del reparto si puedo interpretar el papel del negro.

Y Kirk Douglas, a quien Kramer dio a leer el libro también, le contestó:

Sí, acepto. Con una pequeña condición: quiero interpretar los dos papeles”.

(En la película de Kramer, un blanco y un negro encadenados uno al otro, huyen juntos de la cárcel)

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“Los más importante es tener un buen guión.
Los cineastas no son alquimistas.
No se pueden convertir los excrementos de gallina en chocolate”.

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Thou shalt not bore! Tengo diez mandamientos. Los primeros nueve dicen: ¡No debes aburrir! El décimo dice: tienes que tener derecho al montaje final”.

(Todas las citas están sacadas del libro Nadie es Perfecto, Billy Wilder con Hellmuth Karasen. Traducción: Ana Tortajada, Grijalbo, 1993)

Saludos, oh, la, la, desde este lado del ordenador

Stan Laurel, el flaco

Miércoles, Junio 16th, 2021

Stan Laurel, nombre artístico de Arthur Stanley Jefferson (Ulverston, Lancashire, Reino Unido, 16 de junio de 1890-Los Ángeles, 23 de febrero de 1965) fue durante muchos años la pareja cinematográfica de Oliver Hardy en numerosos cortos y largometrajes que todavía hoy se ven más que con risa boba, con risa sabia porque detrás de los elaborados gags que salpican estos filmes hay un trabajo de cálculo que explica que todavía la mayoría de las situaciones que plantean provoquen no ya la risamaríaluisa sino la carcajada más profunda que no es otra que la que arranca del estómago y sale por la boca como una explosión.

Un boom que contagia al resto que, vale, pueden no conocer a estos dos amigos del alma que no dejan de molestarse en pantalla pero que llega, les llega, sumándose al coro griego de los que, como quien ahora les escribe, siente cuando ve una película protagonizada por estos dos. El Gordo y el Flaco, que es como se conocían en el desgraciado país en el que nací y en el que todavía vivo.

Stan Laurel fue el arquitecto, el hombre que aprovechó la energía atómica que surgía cuando se juntaba con Hardy para crear las escenas cómicas que los hicieron famosos y eternos gracias a ese arte hoy tan devaluado como es el cine.

Y fue tanto su éxito, siempre juntos nunca por separados, que incluso el notable escritor argentino Osvaldo Soriano lo utilizó como protagonista en una novela inolvidable en la que además de rendir homenajes al género policíaco y en concreto a Philip Marlowe, el detective romántico de Raymond Chandler, también tributa emocionado panegírico a Stan Laurel y a un Hollywood que a mi me parece ya no existe.

¿Título del libro? Triste, solitario y final.

Stan Laurel llegó al cine cuando éste se encontraba en pañales y recaló en la ciudad del pecado con otro actor que en aquellos años todavía era un perfecto desconocido, Charles Chaplin. Trabajó también como guionista, creador de gags y lo que le pusieran por delante hasta que un buen día se topó con el hombre de su vida: Oliver Hardy. Luego el productor y director Hal Roach se fijó en estos dos y el resto es Historia. Historia con H mayúscula. A mi me encantan porque me siguen sorprendiendo en Hijos del desierto (1933) así como en Laurel y Hardy, en el oeste (1937), que son películas que tengo la suerte de seguir viendo con las voces originales de ambos porque solían doblar ellos mismos sus películas.

Afortunadamente hay más cortos y largos en sus filmografía que es de esas a las que apenas araña el paso arácnido del tiempo. Les invito a que las vean y a que lloren de la risa porque hay que llorar, sí, pero de alegría. Y eso lo consiguen tanto el gordo y el flaco como el flaco y el gordo.

Contrastado entonces que Stan Laurel fue genio y figura hasta la sepultura me quedó con una frase de las muchas ingeniosas que dio a lo largo de su carrera:

“Si alguno de vosotros llora en mi funeral, no volveré a hablaros jamás”.

Y, así lo aseguran todas las fuentes consultadas, efectivamente no volvió a hablar con nadie más cuando estuvo bajo dos metros bajo tierra.

Y ahora les dejo que ya va siendo hora…

Aprovecharé el rato para ver una película de el Gordo y el Flaco y, si hay suerte, morirme de la risa con ellos dos… Claro que, así escrito, “morirme de la risa” parece más un chiste malo. Una bromita a la que falta chicha o limoná y sobre todo la inteligencia de un Stan Laurel, el flaco de El Gordo y el Flaco. Una pareja que, desafiando al mismísimo Sísifo, demostró que una piano puede ser la famosa piedra que se sube para ver como cae por el otro lado de la cuesta, en este caso escalera y vuelta a empezar. Y empezar y empezar porque la vida, ya lo dice la canción, es rodar, rodar y rodar. Y vaya si hizo, hicieron, eso de rodar, rodar y rodar primero el flaco y después el Gordo y el Flaco.

Millones de gracias.

Saludos, me quito el bombín, desde este lado del ordenador

Celebramos el centenario del nacimiento de un príncipe austrohúngaro: Luis García Berlanga

Sábado, Junio 12th, 2021

“Al llegar a mi cuarta película comprobé que en las dos anteriores, por azar, había metido la palabra ‘austrohúngaro’, que ya de por sí es muy rara, y había salido de una manera lúcida en esas películas. Entonces me dije: “Voy a adoptar esta palabra tan divertida que ya ha salido dos veces”, y la adopté como fetiche, como palabra talismán”.

Hace cien años que tal día como hoy vino al mundo uno de los más grandes directores y guionistas del cine español. Su nombre Luis García-Berlanga Martí (Valencia, 12 de junio de 1921-Pozuelo de Alarcón, Madrid, 13 de noviembre de 2010), y a sus obras me remito para que tomen el pulso del trabajo de un hombre que miró la realidad española de su tiempo con una perversa pero a la vez muy divertida mirada crítica.

Fue tanta su agudeza que pudo incluso sortear la censura cuando en este país te censuraban no haciéndote el vacío y apartándote a patadas de la sociedad como ahora sino cuando los censores (los imagino como cuervos, de cuerpos espigados y siempre vestidos de negro) solo buscaban en el celuloide revelado carne desnuda femenina y escenas de amor “subidas de tono”.

Tuve la suerte de encontrarme en tres ocasiones con el director valenciano.Y las tres resultaron experiencias que dejaron una huella honda en la memoria.

La primera fue hace eones, cuando el mundo comenzaba a ser mundo. Me refiero a ese tiempo en el que los dinosaurios dominaban la Tierra: ¡¡¡los 80!!!

Un amigo y quien les escribe quedamos con el cineasta en el Hotel Mencey y allí hablamos aquellos dos adolescentes que apenas recién llevaban pantalones largos con algo parecido a Dios para nosotros, estudiantes de instituto con aficiones cinéfilas. Berlanga nos cogió desde las primeras preguntas. “Tú quieres ser director y tú periodista”, dijo como quien se come una cucharada de arroz caldoso y no se equivocaba el joven. Lo de joven está escrito sin ironía porque en aquel tiempo Berlanga debía de rozar la edad que tengo actualmente… La de un joven, vamos.

Tras esa experiencia y estando en Madrid un día me encontré en el ascensor de un edificio de oficinas de la plaza de España (ese, ese mismo que imaginan) con don Luis pero me dio reparo preguntarle si se acordaba de mi porque estaba seguro que no. El ascensor subía lentamente las plantas y el silencio se podía cortar con una cuchilla. Cuando llegamos a la suya me dio ganas de gritarle: ¡Los jueves, milagro!, pero no lo hice y ya no tuve tiempo cuando las puertas del elevador se cerraron ante mis narices.

La tercera ocasión, ya ejerciendo de periodista, me invitaron a la capital grancanaria porque había un almuerzo con… Berlanga. Recuerdo que llegamos muy tarde por retraso del vuelo y que tanto el cineasta como sus acompañantes ya estaban en las copas cuando llegamos los chicos de la prensa de la isla de enfrente. Tuve tiempo de entrevistarlo, de todas formas, así que el viaje valió la pena aunque me quedara con el estómago vacío.

Como es razonable, no le pregunté si se acordaba de una vez, en Tenerife, que le entrevistaron dos chavales… porque pensé que no se acordaría así que cuando concluimos con la conversación cerré la boca aunque me dieron ganas de gritarle: ¡¡¡Plácido!!! pero tampoco lo hice.

Como a muchos, me imagino, me gusta más el Berlanga de los años 50 y principio de los 60 que rodaba en blanco y negro que el Berlanga a color que vimos en los 70 y tras la Transición. Es decir, que prefiero su Plácido, Los jueves, milagro, El verdugo, Bienvenido, Mr. Marshall, ¡Vivan los novios!, que el de La escopeta nacional, Moros y cristianos, Todos a la cárcel y La vaquilla, que es una fallida aunque entrañable película sobre nuestra Guerra Civil en la que tanto el cineasta como su guionista Rafael Azcona recuperaron un viejo guión con el que reírse de aquella guerra fratricida sin molestar a unos ni a otros.

Si me dieran a elegir qué películas del director salvaría de esa hecatombe mundial que se anuncia está a la vuelta de la esquina, sin pestañear escogería Plácido (¡Siente a un pobre en su mesa!) porque es un retrato feroz de la España de aquel tiempo que todavía no me explico cómo dejó pasar la censura de aquellos años como tampoco hizo con Los jueves, milagro y El verdugo. También añadiría Bienvenido, Mr. Marshall, más por José Isbert y Manolo Morán y por la canción que desde ese entonces no paro de tararear cuando menos me lo espero: americanos vienen a España gordos y sanos...

Me gusta Las escopeta nacional, y me gusta sobre todo observar al gran Luis Escobar, aristócrata en la vida real, como protagonista de esta ácida visión de cómo se hacían negocios en esa España que gobernó un militar que no fue, precisamente, austrohúgaro, pero tengo la sensación que las que rodó después no son lo redondas que uno esperaba de un cineasta como don Luis. Sí que tiene una curiosidad, Tamaño natural, que es como si Berlanga intentara imitar a otro Luis, don Luis Buñuel, en su etapa francesa que no es, la de Buñuel, la mejor de su –estaremos de acuerdo– impresionante filmografía pero sí que es verdad que en esta cinta se reúnen muchas de las constantes del cine berlanguiano, sobre todo su vena erótica.

Como sabrán algunos, su afición por el erotismo lo llevó incluso a dirigir una colección, La sonrisa vertical, sobre esta literatura. Aún conservo varios volúmenes, entre otros Gamiani, atribuida a Alfred de Musset, y en la que Berlanga escribe un prólogo sin desperdicio.

El cine de Berlanga es tan bueno que, significativamente, es clave para entender un buen pedazo de la Historia de España. La de la postguerra y la Transición a la Democracia. Fue además un director de películas corales, protagonizada por una legión de actores, y cuando estaba inspirado un cronista ácido de las realidades de un país que, ya ven, no ha cambiado demasiado con el paso de los años. De alguna manera, la celtiberia profunda continúa ahí, como el dinosaurio de Monterroso, el problema es que hoy nadie tiene el talento de Berlanga y compañía para reflejar con humor las desgracias nacionales. Nadie se ha percatado que reír es la mejor manera de tomarse las cosas en serio. Más en un país tan cainita y de apaga y vámonos como es el que me ha tocado vivir.

En la primera entrevista que mantuve con él, en ese Hotel Mencey que sigue siendo de película y que terminó publicándose muy recortada en la revista Trampolín que editaba en aquel entonces el Instituto Teobaldo Power de la capital tinerfeña, recuerdo que Luis García Berlanga se quejó de que ya no habían actores como los de antes. Comediantes, recuerdo que los llamó.

Imagino que la sombra de Pepe Isbert y Manolo Morán, entre otros, es muy grande así que uno le sigue dando la razón mientras disfruta del enésimo visionado de su cinta más celebrada, El verdugo aunque yo, y sin querer llevar la contraria, reivindique que está muy por encima de ella Plácido, otra de sus comedias amargas y negras. Con Plácido, negrísima.

Cuando llegó al color, Berlanga se soltó el pelo y se volvió más fallero. Lo suyo ahora era el sainete. Lo dijo en aquella interviú del Mencey que todavía conservo en casete. No la he vuelto a escuchar desde entonces, y mira que han llovido años pero me da miedo. Pero no miedo por escuchar al maestro que diseminaba siempre en sus películas lo de austrohúngaro sino por oír las voces de mi amigo y la mía. Sobre todo la mía. Me da pánico no reconocerme que es lo que pasa siempre que uno escucha su propia voz grabada. En este caso, grabada en la noche de los tiempos, cuando los dinosaurios y los austrohúgaros dominaban la tierra.

Saludos, mil gracias, don Luis, desde este lado del ordenador

Dean Marin, That’s Amore!!!

Lunes, Junio 7th, 2021

Dean Martin (Steubenville, Ohio, 7 de junio de 1917 – Beverly Hills, California, 25 de diciembre de 1995) fue además de un sobrasaliente cantante un notable actor aunque muchos no lo crean. Me remito, para destrozar la leyenda que dice lo contrario, a dos grandes películas que protagonizó en su carrera en el cine: Como un torrente y Río Bravo.

En las dos interpreta a dos personajes radicalmente diferentes, alejados de ese otro yo que construyó para aparecer primero en los escenarios y más tarde en las películas: el de tipo hedonista, simpático y caradura que se metía en el bolsillo tanto a ellos como a ellas.

Si lo ven en Como un torrente descubrirán sin embargo a otro Dean Martin, o Dino como también lo conocían. En esta película olvidada de Vincente Minelli y sirviendo de apoyo a su protagonista, que no es otro que Frank Sinatra, se acostumbrarán a querer a un tahúr que nunca se quita el sombrero de la cabeza salvo… vean la película y lo averiguarán. También descubrirán la capacidad que tiene Shirley McLaine (la única chica del clan Sinatra) de romper el corazón no solo a los dos gigantes que la acompañan (Sinatra y Martin) sino al espectador sobrado, aquel que no llora en el cine.

Decir que Dino (Dean Martin) está en su salsa en Río Bravo es decir muy poco. Interpreta en este gran clásico del cine del oeste a un sheriff que se dedicó a ahogar sus penas en alcohol cuando su chica lo abandonó.

Al lado de John Wayne y Walter Brennan, también de la estrella de rock Ricky Nelson, detendrán a un grupo de vaqueros que, asalto tras asalto a la cárcel donde están cercados los héroes, demostrarán al mundo que en el viejo oeste de Howard Hawks los amigos nunca están solos ante el peligro.

Es tan grande la interpretación de Dino que oscurece la del mismo Wayne como Brennan. Basta observar el temblor de sus manos, como se frota la barbilla. Como mira con ojos de cordero degollado la botella de whiskie que está encima de la barra del saloon. Luego, cómo se reconstruye el personaje, el proceso de redención de un fracasado que andaba perdido hasta que descubrió el camino que debía de transitar… En fin, quién diga que Dino no sabía actuar le recomiendo que vea esta película no una sino varias veces. Bastará, pongo la mano en el fuego, para convencerlo que estaba en un error. Que Dino, además de un prodigioso cantante (Everybody Love Me), fue también un actor prodigioso. Y con un sentido del humor único e intransferible. Nadie soltará diálogos tan descacharrantes por cool como él. Es inimitable por mucho que lo intentara en su versión paródica Jerry Lewis en El profesor chiflado.

Y atención, cuidado, porque Dino fue pareja cinematográfica de Lewis en más de una decena de películas que siguen teniendo su gracia. El payaso tonto que interpreta Jerry con el payaso guapo que interpreta Dino es una combinación que aún resiste el paso del tiempo porque estos dos fueron, son, inmortales.

Miembro honorario del Rat Pack, ese grupo de hedonistas que reunió Sinatra como si fuera una corte, lo colocó con Sammy Davis Jr a la diestra y la siniestra de la estrella que nos enseñó a hacerlo a nuestra manera y los tres, y otros miembros del Rat Pack como el estirado de Peter Lawford, rodaron una serie de películas que sin ser nada del otro mundo sí que tienen mucho de éste como es ver a un grupo de camaradas pasárselo muy bien mientras planifican cómo robar un casino de La Vegas (La cuadrilla de los once), vestir el uniforme azul mientras mantienen la ley y el orden en el viejo oeste (Tres sargentos) o juegan a ser lo que fueron en otras gamberradas cinematográficas donde se fue cimentando el mito de Dean Martin.

Porque aquí donde lo ven, Dino es todo un mito. Una estrella. Un gigante, un tipo que lo mismo hacía de súper agente con licencia para amar como Matt Helm que como parodia de sí mismo en Bésame tonto, una de Billy Wilder si quieren menor pero brutalmente cómica y descarnada. Con esa visión tan poco pudorosa que se tuvo del sexo cuando aún la especie humana no se había idiotizado como ahora…

No, nunca le gustaron The Beatles. Y no, no era un borrachín a pesar de que en sus espectáculos en directo apareciera en pantalla con un vaso de whiskie en las manos. El contenido de ligero color amarillo que baila en el recipiente era zumo de piña. O de manzana, qué más da. Que el público pensara que aquello era alcohol formaba parte del show.

La muerte de uno de sus hijos hizo que Dino se encerrara en su casa durante diez años sumido en una depresión que se mantuvo incluso cuando Sinatra le hizo homenaje y lo reconcilió con Lewis en el escenario.

Ambos, Dino y Jerry se miran a la cara durante un rato que parece eterno y luego se funden en un abrazo mientras se preguntan porqué dejaron de hablarse. Las ovaciones del público no dejan escuchar lo que conversan pero que más da. El caso es que volvían a estar juntos.

Después, Dino regresó a casa y no volvió a salir hasta su muerte. Ese día en que la música murió con permiso de Buddy Holly.

Cuentan que cuando se hizo público su deceso las luces de Las Vegas se apagaron y que durante unos segundos esa inmensa ciudad en medio del desierto del Mojave se sumió en las tinieblas por Dino. El único, el irrepetible, el gigantesco Dean Martin.

That’s amore!

En la imagen, el actor en Río Bravo (Hiward Hawks, 1959)

Saludos, bravo, bravo, bravo, desde este lado del ordenador

Juan Padrón, el mambí

Jueves, Junio 3rd, 2021

Tras el triunfo de la revolución cubana, y como en otros procesos revolucionarios, hubo un periodo de gran actividad artística que puso al país y a sus creadores en la vanguardia de América y también más allá del continente. Este momento de intensa actividad creadora situó a Cuba en el mapa de la cultura y mostró al mundo que no solo de música se alimentaba una nación que, ya entrada la década de los sesenta, se enfrentó abiertamente contra el enemigo del norte: los Estados Unidos de Norteamérica.

Entre las artes que vivieron su particular revolución en aquel periodo de frenética actividad creadora destaca la literatura, la pintura y el cine. Y en cine destaca además la aportación del guionista y dibujante Juan Padrón, una especie de Walt Disney caribeño que insufló –afortunadamente sin la venenosa ni engañosa sensiblería de su homólogo estadounidense– aire fresco a la por aquel entonces aún pionera industria del dibujo animado en Cuba.

Sobre todo este proceso habla el mismo Juan Padrón en Mi vida en Cuba (Reservoir Books, 2021), la autobiografía dibujada (no podía ser de otra manera) de uno de los grandes maestros de la animación latinoamericana.

El relato de su vida está narrado con notable sentido del humor y las ilustraciones que reproducen algunos momentos claves de su vida multiplican si cabe la intensidad de una obra gráfica en la que resulta no muy difícil meterse en ella. La vida de Juan Padrón parece en este sentido la vida de alguno de los simpáticos personajes que salieron de sus lápices ya que incluso los poco momentos desgraciados que relata se observan siempre desde una perspectiva afortunadamente cómica.

¿No fue Boris Vian quien dijo que había que reírse porque era la única manera de tomarse las cosas en serio? Esa reflexión la tomó al pie de la letra Juan Padrón, quien proyectaba contar la gran aventura de su vida en dos libros.

Desgraciadamente, la muerte vino antes por lo que solo se puede disfrutar del primer volumen de unos recuerdos que tienen sobresaliente interés no solo para los aficionados al cine de Juan Padrón sino también para investigadores en la obra de su protagonista así como de los que se preocupan por conocer cómo fueron los primeros años de la revolución cubana (ya fuera del armario al revelar a sus ciudadanos y al planeta su carácter socialista) y la vida cotidiana que se vivía en el país antes y después del intento de invasión por playa Girón de un grupo de exiliados cubanos respaldados por los Estados Unidos de Norteamérica.

Quizá sean estos momentos cotidianos los que más me han interesado de un libro que refleja cómo se adaptaron los cubanos a un sistema radicalmente distinto al que habían conocido. También a entender el largo y laborioso proceso con el que el país fue asumiendo su nueva identidad socialista.

Otros de los atractivos de Mi vida en Cuba es conocer cómo era el universo de los caricaturistas cubanos en plena efervescencia revolucionaria. Y descubrir que uno de sus compañeros de trabajo fue un tal Silvio aficionado a tocar la guitarra pero no sé, ya que no se explica, si se trata del cantautor más conocido junto a Pablo Milanés de lo que fue la Nueva Trova Cubana.

Juan Padrón recuerda en sus memorias cómo se las arreglaron para seguir dibujando a medida que la escasez iba extendiéndose por toda el país y el nacimiento de una de sus criaturas más famosas: Elpidio Valdés, el mambí que trae de cabeza al ejército español a finales del siglo XIX. Y el primer personaje de dibujos animados que con acento cubano logró entretener a generaciones de cubanos que hasta ese entonces habían sido sometidos a la tortura de la animación que venía de los países del Bloque del Este.

Juan Padrón cuenta en estos recuerdos con forma de historieta cómo fue su salto al cine, industria a la que aportó otras criaturas felices y legendarias como los vampiros del largometraje animado Vampiros en La Habana, hoy uno de los grandes clásicos del cine cubano aunque en su momento tuvo que sortear la férrea censura revolucionaria impuesta por el régimen castrista.

El libro cuenta con un prólogo de Mauricio Vicent, corresponsal de el diario El País en Cuba, y un hermoso y emocionado epílogo que firma Alberta Durán, esposa de Juan Padrón. En ese texto explica la intención de su marido de continuar con estas memorias justo donde finaliza Mi vida en Cuba aunque ya no podrá ser.

Se trata de un libro muy recomendable no solo para conocedores de la obra del dibujante y guionista sino también para los que buscan explorar la realidad de un país que, como Cuba, sigue ahí, combatiendo a sus enemigos como Elpidio Valdés, el mambí.

Saludos, hasta la victoria ¡siempre!, desde este lado del ordenador

Howard Hawks, el más valiente entre mil

Domingo, Mayo 30th, 2021

Si tuviera que pasar los restos dentro de una película, creo que escogería cualquiera de los títulos que conforman la filmografía de Howard Winchester Hawks (Goshen, 30 de mayo de 1896-Palm Springs, 26 de diciembre de 1977), que como todo el mundo sabe o debería saber, es uno de los más grandes directores del cine norteamericano de todos los tiempos.

Las razones que explican mi especial querencia por el cine del señor Hawks viene de lejos pero digamos que me convenció definitivamente cuando vi por primera vez y en televisión Solo los ángeles tienen alas, que a a mi, particularmente, me parece una de las mejores películas de un hombres que entendía el cine como movimiento. Nada de detenerse, nada de pararse… siempre hacia adelante.

A Howard Hawks se le asocia con una frase que, dicen, pronunció en cierta ocasión: “Tengo diez mandamientos. Los nueve primeros dicen: ¡no debes aburrir!”. Y aburrir lo que se dice nada si uno repasa su, afortunadamente, larga filmografía. Filmografía que está además repleta de obras maestras, de largometrajes que ocupan no ya un espacio privilegiada en mi memoria cinéfila sino en la Historia del Cine.

Viendo las películas de Hawks descubrí muy pronto como Lauren Bacall y Angie Dickinson eran capaces de dejar sin palabras a dos hombres de pies a cabeza como Humphrey Bogart y John Wayne. También que en manos de un cineasta con talento y oficio un tipo como Wayne podía encarnar a héroes de los que mejor alejarse como el que interpreta en Río Rojo y que para mi, es una interpretación muy personal, anuncia el personaje que años después representaría en Centauros del desierto. Es decir, el de un héroe que pese a que nos resulte antipático, entendemos y amamos. Y es que el cine de Hawks está repleto de caracteres masculinos que basculan sobre esta misma premisa además de situar a un grupo de personajes en situaciones límites que logran superar, pese a que alguno de estos hombres muera por el camino, porque la unión hace la fuerza.

Lo hizo así en uno de sus mejores western, Río Bravo, una especie de respuesta a Solo ante el peligro porque no le gustó el filme de Fred Zinnemann. En Río Bravo le ofreció el papel de su vida a un Dean Martin que está a la misma altura que Wayne y Walter Brennan, un sobresaliente secundario que solía aparecer haciendo más o menos el mismo papel de viejo cascarrabias pero con buen corazón en muchas de las películas que dirigió un hombre que hablaba de tú a tú con otros gigantes como John Ford.

Su cine sigue estando igual de vivo que entonces y para muchos es un enorme placer volver a verlo una y otra vez porque conoce sus claves, la manera que tuvo de mover la cámara y de diseñar una escena fuera un remake de sus propias películas (El Dorado/Río Bravo) como una historia original que pedía un director de su temple.

Observen cómo dirige Scarface o Tener y no tener y El sueño eterno. Incluso en musicales como Los caballeros las prefieren rubias y comedias tan chispeantes como La fiera de mi niña o Bola de fuego.

Amigos de sus amigos, Howard Hawks le tendió una mano a William Faulkner para que escribiera guiones y fue en uno de ellos, Tierra de faraones, donde representó al faraón como el general sureño que describió Faulkner en el libreto.

Son demasiadas las películas de Hawks que me han hecho feliz. Probablemente sea porque en su cine, pese a la muerte que casi siempre está presente, la amistad y las mujeres capaces de arrugar a tíos duros como los ya citados Wayne y Bogart, forman una combinación irrepetible por mucho que lo intente su alumno más aventajado, John Carpenter. Carpenter, ahí lo ven, cuenta con varias adaptaciones no oficiales de Hawks y con una que sí lo es. Entre las no oficiales citaría Asalto a las comisaría del distrito 13, una especie de Río Bravo/El Dorado sin el humor de estas dos obras maestras. La que sí es oficial, La cosa, adapta con medios y a colores El enigma de otro mundo que, sí, antes de que salte alguno, no dirige Hawks aunque como dicen los expertos se note su mano alargada en cada uno de los planos que estructuran esta apasionante y apasionada aventura de ciencia ficción en un Ártico de cartón piedra.

Me quedaría el día entero escribiendo sobre uno de mis cineastas favoritos. Uno de esos autores que nunca me fallan pese a que me conozca la mayoría de sus película de cabo a rabo.

Hawks no decepciona. Incluso cuando la muerte rondaba a su alrededor fue capaz de dirigir películas que sin el entusiasmo de las anteriores respiran una visión progresista de la vida y de los hombres y mujeres que la surcan que debería de servir de lección filosófica en nuestras cada días más despistadas universidades.

Por eso, si Wilder es Dios, Hawks debe ser algo así como el espíritu santo… solo que en vez de paloma tiene la de un halcón.

Saludos, salve, desde este lado del ordenador