Demasiado blancas considerarlas negras

Uno de los mayores defectos de El suicida más hermoso del mundo es que hace la novela número catorce de la saga que José Luis Correa dedica al investigador privado Ricardo Blanco. Ya comenté en una ocasión que si los cálculos no me fallan, convierte a Blanco en el protagonista de una de las series más longevas de la literatura policial escrita en España, pero se escribe “defecto” porque son ya tantas las novelas que Correa ha escrito sobre este personaje que los argumentos de unas y otras (en especial las publicadas en los últimos años) resultan muy parecidos. Si algo cambia en una y otra novela es el muerto (o la muerta si se da el caso) pero el desarrollo y el final suele ser casi siempre el mismo.

En este sentido, no funcionan las historias de Ricardo Blanco/José Correa en función de la trama policial, de la investigación en torno a un problema (en este caso el suicidio de un prometedor empresario que supuestamente salta de la ventana de un hotel de la capital grancanaria para estamparse en el suelo y convertirse en ropa vieja) aunque levanta ligeramente el vuelo para el lector avisado, ya que es consciente que a medida que se resuelve el caso, el caso irá perdiendo suspense y por lo tanto el interés en averiguar cómo se resuelve la investigación. Claro que no son las novelas de Ricardo Blanco novelas negras al uso. En todo caso, podríamos admitir que son policiales al uso pero no negras y criminales estrictamente porque en estas entregas lo que menos importa es la denuncia social (aquí relacionada con la prostitución y el tráfico de drogas) y sí el ambiente, la “familia” de amigos que rodea al investigador privado, ese tipo que dice que lee a Raymond Chandler del que no ha aprendido nada si comparamos la manera de actuar de uno y del otro.

El personaje creador por Raymond Chandler no era lo que se dice muy amigo de la policía. De hecho, llegó hasta desconfiar de ella porque se le metió en la cabeza que si estaban ahí era para proteger y servir a los poderosos pero no a los mindundis que somos el resto. Blanco, al contrario que el caballero sin espada que es Marlowe, tiene como socio a un policía ahora jubilado y es amigo (se deja querer) de la responsable de la Policía Nacional en Las Palmas, aunque eso sí, puede aparecer algún policía corrupto que de todo hay en la viña del Señor. Segunda y notable diferencia, se apunta para los que encuentran paralelismo entre el protagonista de El largo adiós y de El suicida más hermoso del mundo: Marlowe es un solitario, si bien Chandler terminó por arrejuntarlo en las últimas novelas que escribió, que no son de las mejores, precisamente. Ricardo Blanco sin secundarios no sería Ricardo Blanco sin su gente alrededor. Necesita de esa “familia” con la que ha terminado de juntarse en las últimas novelas. De hecho, la que parecía iba a ser su “novia de toda la vida”, ha terminado por convertirse en su esposa así que de momento el personaje vive felizmente instalado en el sistema. Disfruta y reivindica su condición de miembro de la clase media grancanaria.

Estos elementos de clase son los que, a mi juicio, resultan más desconcertantes en este ciclo literario que se aleja, por mucho que alguno se empeñe, en aproximarlo al universo de otro gran investigador de la literaruta policiaca, Maigret, creado por ese inmenso escritor que fue Simenon.

He vuelto a leer las novela de este estoico policía y la verdad es que salvo la preocupación que motivó al escritor por contar sus andanzas y presentarlo como un burgués que es policía y trabaja en provincias, poco que ver con los relatos de Ricardo Blanco, que están narrados en primera persona por el mismo Ricardo Blanco, un tipo de ciudad que disemina la clásica y sabia pachorra canaria hablando como hablamos los de estas tierras atlánticas. A veces, con la forma de un monólogo salpicado de algún dicho o refrán con los que canariza historias que el vecino de las islas leerá con cierta complicidad y el de fuera como algo no sé si exótico pero sí atractivo si cae bajo el hechizo de unas palabras que gracias a escritores como Correa se resisten a desaparecer ante el avance implacable del tiempo, que todo lo borra y que nada respeta.

Las novelas de Ricardo Blanco son además y como reafirma el apellido de su protagonista, muy blancas. En ellas, apenas asoma la violencia, que es un territorio en el que José Correa no sabe moverse. Presumo, en este sentido, que no porque quiera que sus libros resulten inmaculados sino porque desconoce cómo puede describir sensaciones de daño físico como mental, y eso que en esta última novela transgrede la regla para narrar algo que va tan en contra de la ley como es un secuestro, secuestro que hacen los buenos, con Blanco y sus compinches, de un abogado corrupto y vividor.

Me ha sorprendido también en El suicida más hermoso del mundo (me parece un título desafortunado, pero es verdad que José Luis Correa nunca ha tenido demasiada fortuna con los títulos) la moralina que empaña algunas de sus páginas, una voluntad por quedar bien ante problemas demasiado complejos que no terminan de hacerse creíbles en la novela. Esta vocación de denuncia está bien pero queda solo en un balbuceo así que es lo que menos me interesa del libro, de unos libros, donde lo más interesante se encuentra en los capítulos donde el protagonista dialoga con los amigos y colegas que lo rodean.

La saga Ricardo Blanco no es oscura ni deprimente aunque algún personaje especial se haya quedado en el camino. Son historias costumbristas, que siguen a un anodino y algo aburrido detective privado ya con una edad y curva de la felicidad que más que recorrer, callejea por una capital de provincias que como su vecina Santa Cruz de Tenerife, muere en una agónica y parece que definitiva soledad.

Saludos, el bochorno que no se va, desde este lado del ordenador

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