Los grandes musicales nunca mueren: ‘Dinero caído del cielo’

Lunes, Julio 11th, 2011

Dinero caído del cielo (Pennies from Heaven, 1981) fue uno de los últimos grandes musicales de la historia del cine antes de que los musicales (y cuando escribo musical me refiero obviamente al cine norteamericano) se travistieran en otra cosa. Desde el tuneado kitch de Baz Lurhmann en sus operísticas Romeo + Julieta (1996) y Moulin Rouge (2001), al descafeinado éxito Chicago por citar solo algunos de los más destacables título de los últimos tiempos.

El caso es que Dinero caído del cielo celebra en 2011 su veinte aniversario. Aniversario que salvo locos agradecidos como quien les escribe, pasará si pena ni gloria entre los aficionados a esto que llaman séptimo arte probablemente porque desconocen la grandeza de un filme que, como todo buen musical que se precie, trasciende las fronteras del género.

Dirigida por Herbert Ross, que fue un cineasta que bordeó el cielo con Sueños de un seductor y el infierno con Footloose, y protagonizada por Steve Martin, Cristopher Walken, Bernadette Peters y Jessica Harper, entre otros, Dinero caído del cielo se desarrolla en los años de la Depresión, ambiente que por los tiempos que corren se me antoja de una actualidad digamos que diabólica.

Escrita por Dennis Potter, creador de la serie El detective cantante, que dio origen también a una interesante película que homenaje y parodia el cine negro, Dinero caído del cielo es un drama en el que sus protagonistas imaginan un mundo mejor interpretando aquellas cursis y si quieren algo facilonas canciones que estuvieron de moda en los años treinta en los Estados Unidos.

El título del filme, de hecho, es el de una de aquellas melodías que en la película de Ross adquiere notable ironía.

Dinero caído del cielo se trata, en definitiva, de uno de los mejores últimos grandes musicales de la historia del cine, y quizá por ello, por ser uno de los últimos grandes musicales de la historia del cine este título haya terminado por convertirse en un filme de culto. En una cinta para iniciados que saben que, desgraciadamente, el dinero nunca cae del cielo.

Claro que, pese a todo, siguen cantando.  Y bailando porque ¿quién sabe? igual miras al cielo…

Saludos, cinéfilos, desde este lado del ordenador.

¡¡¡El peligro amarillo tiene nombre!!!

Domingo, Junio 12th, 2011

Descubrí al legendario Fu-Manchú gracias al cine. En especial por La máscara de Fu-Manchú protagonizada por Boris Karloff como el inquietante y maquiavélico genio del mal oriental. Si ayer escribía sobre los miedos que aún provoca en el disco duro de mi memoria el diablo encarnado de Fantasía, créanme que el doctor Fu-Manchú de Karloff casi ocupa el mismo espacio en el casillero de mis terrores favoritos.

Como todo el mundo sabe, Fu-Manchú nació primero como personaje literario en una serie de novelas que, y doy fe de ello, aún se leen con devoción aunque resulten a ratos delirantemente, y por lo tanto también políticamente incorrectas, racistas.

La importante novedad que aporta su autor, Sax Rohmer, que nunca fue ni creo que lo pretendiera ser el reverso tenebroso de Arthur Conan Doyle, es que se dio a conocer en el grandilocuente universo de la literatura popular con un personaje que encarnaba (¿encarna?) las peores pesadillas del hasta ese momento ordenado mundo anglosajón hacia China, país al que un principio parece servir Fu-Manchú aunque más tarde descubramos que lo hace para la organización Si-Fan.

No tuvo en cuenta el señor Rohmer que, como pasa casi siempre, su creación literaria terminaría por cobrar vida propia en la imaginación de sus por aquel entonces numerosos lectores. Tal vida propia que de alguna manera Fu-Manchú sintetiza todos los miedos y miopías del hombre blanco hacia el misterioso mundo asiático.

Ese genio del mal con ojos rasgados que es Fu-Manchú además de ser un experto en maniobrar en la sombra resulta ser de una crueldad tan exquisita que el gran Karloff, maquillado como chino perverso, supo explotar en ese título que para mi, con todas sus torpezas, continúa siendo un gran clásico del cine de misterio y terror de todos los tiempos.

Tanto en las novelas, o al menos en las tres novelas que he tenido oportunidad de leer (El misterio de Fu-Manchú, El doctor diabólico y La máscara de Fu-Manchú), como en la película de Karloff y también pero menos en las que interpretó Christopher Lee, lo que interesa al lector y al espectador es conocer el nuevo plan de Fu-Manchú para acabar con el mundo civilizado anglosajón antes que los intrépidos pero también convencionales sir Denis Nayland Smith y el doctor Petrie aniquilen su sueño de convertirse en amo y señor de todo lo que hemos conocido.

Objetivamente, y aquí está la gracia, Fu-Manchú vence siempre al final de cada aventura por mucho que Smith y Petrie le frustren la partida. Pienso, de hecho, que de alguna manera y dándole por muerto al terminar cada relato o película, sabemos que Fu-Manchú regresará en un nuevo capítulo no sé si más refinado pero sí que algo más loco. Sobre todo cuando captura a Nayland Smith y lo somete a su extenso y variado catálogo de torturas chinas mientras suelta su característica y diabólica carcajada.

En la peor pesadilla de su creador, Sax Rohmer, Fu-Manchú es un chino que odia a la civilización occidental y al hombre blanco que la ha hecho posible.

Lo curioso de las novelas es que Rohmer nunca explica las razones que han provocado este odio furibundo aunque deja caer con una sinceridad desconcertante (Fu-Manchú nació como personaje novelesco en 1913) que ningún hombre blanco sería capaz de expresar su rabia contra otra raza por muy odiosa que esta le pareciera como sí lo hace Fu-Manchú.

He aquí un ejemplo: “De todas las escenas que guardo en la memoria, algunas bastantes sombrías, no recuerdo ninguna tan horrible como la que apareció ante mí a la débil luz de la vela. Burke yacía atravesado en la cama, la cabeza hacia atrás, laxa; tenía una mano rígida en el aire y con la otra agarraba el peludo antebrazo que yo había cortado con el hacha, pues los inertes dedos seguían aferrados a la garganta ejerciendo presión mortal. El rostro del hombre estaba casi negro y los ojos se le salían de las órbitas de un modo espantoso. Venciendo la repugnancia, levanté el inmundo brazo y traté de separarlo. Todos mis esfuerzos fueron inútiles; muerto era tan implacable como lo había sido en vida. Me saqué una navaja del bolsillo y, tendón a tendón, fui cortando aquella misteriosa garra hasta desprenderla de la garganta de Burke.” (El doctor diabólico).

Seamos justos, no obstante, ya que con estas estupendas y muy retro novelas de acción, Rohmer presenta a un malvado superlativo. Capaz incluso de brindar rasgos de inquietante generosidad como la del buen jugador de ajedrez que reconoce que ha perdido una partida.

En La máscara de Fu-Manchú, Fu-Manchú escribe una carta muy generosa en la que solicita a su remitente que dé saludos a sus dos enemigos: Nayland Smith y el doctor Petrie.

Insólito. Más si tenemos en cuenta que el mismo doctor Petrie (una especie de doctor Watson enamorado de una china) describe al diabólico chino en El misterio de Fu-Manchu de la siguiente manera:

La imagen que ofrecía en aquel momento se repite con persistencia en mi memoria. Con su larga bata amarilla, la cara, como de máscara, inteligente, inclinada sobre el maremágnum de aparatos que tenía delante, la amplia frente brillando a la luz de la lámpara de arriba, los increíbles ojos verdes y velados levantados hacia nosotros: parecía una figura emanada de las profundidades de un delirio.”

En otro momento, Petrie/Rohmer lo dibuja así: “El doctor Fu-Manchú mostró sus dientes regulares y amarillos con aquella sonrisa pérfida que tan bien conocíamos. Era nuestro prisionero, un prisionero esposado, pero se sentaba en aquel banquillo tan erguido como un juez. He de confesar, en honor a la justicia y a la verdad, que Fu-Manchú desconocía el miedo.” (El misterio de Fu-Manchú).

A mi me parece clave esta visión que Rohmer pone en boca del narrador de sus novelas, el doctor Petrie.

Fu-Manchú desconoce el miedo. 

Nayland Smith y Petrie sí saben los que es el miedo.

El miedo a Fu-Manchú.

Con independencia de sus novelas, el personaje cuenta con irregulares pero a mi juicio interesantes adaptaciones cinematográficas. También en el mundo de los tebeos.

Durante un tiempo seguí con loca pasión las aventuras de Shang Chi, maestro de Kung Fu e hijo de Fu-Manchú. Vástago que se pone al servicio de la inteligencia británica para destruirlo.

Los primeros cuadernos (que Vértice editaba en su colección Relatos salvajes) estaban dibujados por el gran Jim Starlin y no saben los buenos ratos que me hizo pasar. También aparecía la hija de Fu-Manchú, Fah-Lo-Sue, que sí que se trata de un personaje recogido de las novelas de Rohmer.

Fa-Lo-Sue es una chica digamos difícil. Ha heredado de su padre su sangre fría y pocos escrúpulos y también los ojos verde jade y su inteligencia. El problema es que va por su lado y se esconde en la sombra a la espera de su oportunidad. Conquistar el mundo conocido solo para ella.

Escribo este post con la intención de estimular la lectura (y también la de recuperar sus películas, en especial la de Karloff) sobre este personaje que para quien ahora les escribe es una leyenda. Una leyenda que tan buenos y gratos ratos le hizo pasar devorando las tres novelas que tiene en su mansión.

A mi me hicieron olvidar las miserias que tengo a mi alrededor y me reconciliaron con el tipo que cada mañana me encuentro reflejado en el espejo del cuarto de baño.

Fu-Manchú es un héroe.

O un antihéroe para Nayland Smith.

Pero ¿quién se acuerda de Nayland Smith, doctor Petrie?

Saludos, imitando la carcajada Manchú, desde este lado del ordenador.

CINE, CINe, CIne, Cine…

Viernes, Junio 10th, 2011

Como espectador cuyas salidas cinematográficas se hacen cada vez más esporádicas porque no le convence lo que le ofrece la cartelera y mucho menos el precio prohibitivo de la localidad cuando reflexiona que, joder, el cine nació como espectáculo para los parias de la tierra, leo una noticia que me ha hecho gracia.

Una gracia misteriosa y de amotinado que se reprime en sacar aún el cuchillo y cantar la Marsellesa al leer esta información en la que se entera que en un cine de Tejas, no Texas, han expulsado de la sala a una señorita porque en plena proyección de la película envió un sms a Dios no se sabe quién.

Partiendo de la base que detesto lo de tolerancia cero porque a mi juicio disfraza fascismo (sea de izquierdas o derechas, que lo mismo da), debo de admitir que por una vez la decisión fascista de los responsables de la sala tejana por expulsar a la señorita de la proyección la asumo como una extraña e inquietante justicia poética.

Quizá porque pienso que tan expeditiva solución tejana de sacar del cine a quien piensa que está en su puta casa debe ser un ejemplo a seguir.

Claro que esto lo escribo porque a lo largo de mi vida cinéfila y cinéfaga he tenido que soportar a garrulos y garrulas en el CINE que confundían ver una película como si estuvieran en el salón de su casa.

Es decir, que como sufrido espectador he tenido que aguantar en más de una ocasión no ya solo la merienda de una parejita de cabestros sentados a mi lado pertrechados de cotufas, papas fritas y refrescos, sino también de conversaciones sentimentales que si bien es verdad que en ocasiones me han parecido más atractivas que lo que estaba viendo en pantalla, creo, sinceramente, que no era lugar donde dirimieran sus diferencias.

Es verdad que pertenezco a esa generación de espectadores que se acostumbró a ver cine cuando los cines eran cines de verdad –los cursis lo llaman de pantalla única, en fin–  pero que aprendió a verlo también en las cada vez más diminutas pantallas de las multisalas.

Multisalas que de alguna manera desacralizaron el hecho de ir al cine.

Como público que disfrutó en esta capital de provincias de cines de verdad, y cuando escribo de verdad es que son de verdad (el Víctor, el Rex, el Greco, el Teatro Baudet, el Cinema Victoria, el Price, el Teatro San Martín, el Fraga, el Delta, el Somosierra, La Paz, entre otros tantos), confieso con el corazón en la mano que nunca he vuelto a sentir la emoción de ver aquel CINE que le envenenó siendo un niño y más tarde un confuso y cotufero adolescente.

De hecho, ver una película en aquellos CINES se convirtió, por una u otra razón, en una aventura. Siempre pasaba argo. Argo que permanecerá para siempre imborrable en mi enfermiza y cavilosa cabeza vacía.

Para los que somos ateos gracias a Dios o a los dioses el CINE se convirtió en argo así como un reducto en el que adorar a santos y santas laicos. Por eso, que alguien  eructara, se tirara pedos o devorara cotufas y sorbiera en sensurround refrescos lo entendía y entiendo como una falta de respeto no solo al filme ni al prosélito sino también a quien inconscientemente hace ruidos masticando o hablando por el móvil.

No voy a negar que en otras ocasiones contribuí a desacralizar la paz de la sala oscura pero –pienso ahora– que sí así lo hice fue porque precisamente la película lo pedía a gritos.

Recuerdo ahora, por ejemplo, cuando con un  puñado de canallas me fui a ver Easy Riders, de Dennis Hooper.

Bebíamos cervezas y fumábamos. También dábamos gritos coreando las canciones de su excelente banda sonora. Pero es que, demonios, aquella película era nuestra. Sentíamos que era nuestra.

Estando en Madrid, y volado la verdad sea escrita, sentí argo parecido cuando descubrí Rumble Fish.

Esa misma sensación de que le película me pertenecía me pasó con Laberinto, cuyos títulos de crédito me dejaron con la boca abierta mientras saltaba en la butaca como si tuviera el mal de San Vito.

O en las numerosas e incontables películas de terror que han quemado mi cerebro mientras gritaba con otros tantos el número de víctimas a las que despedazaban en títulos de los que ahora no me acuerdo.

Solo sé que juntando las voces con otros tantos chillábamos:

UNO

DOS

TRES

CUATRO

Y así hasta no sé cuántos.

Claro que como pasa siempre, siempre hay películas que te recuerdan que el CINE es argo más que espectáculo, que te recuerda que es argo más.

A mi me pasó con muchas.

Freaks, de Tod Browning.

O Lluvia negra, de Shohei Imamura.

Lluvia negra la vi de reestreno en un CINE de barrio de Madrid.

Es una película en blanco y negro.

Me puse a llorar cuando un imbécil a mi lado le comentó a gritos a quien tenía a su lado que esa cinta era un peñazo.

“No pasa nada. No entiendo nada. No la entiendo”.- venía a decir.

Recuerdo entonces que lo llamé imbécil.

El tío me respondió.

Y quiero pensar ahora que dijo que lo respetara.

“Fuera”, le solté. “Lárgate”, quiero pensar ahora que le dije.

El resto es un nubarrón.

Y escribo nubarrón porque sí que recuerdo que cogió mis gafas y las aplastó delante de mis narices.

El resto, como pasa en el cine, se va a  fundido a negro.

Saludos, recordando a ese hijo de la gran puta, desde este lado del ordenador.

Vayan a verla

Viernes, Mayo 13th, 2011

Comienzo a estar aburrido de las pequeñas tragedias de la vida vulgar de los ricos que Woody Allen está explotando en sus últimas películas. Por eso, confieso que he ido bastante resignado a que me contara lo de siempre con Medianoche en París.

Pero oh,, milagro, esa especie de bicho raro neoyorquino ha logrado despertar las emociones que hace tanto tiempo noto en falta en una película cuando la veo en su condición natural: la pantalla grande.

No voy revelar de que va esta extraordinaria historia que, curiosamente, también juega con el tiempo aunque su mensaje final sea el de un alentador vive tus sueños desde el presente, pero créanme si les digo que merece mucho la pena verla y disfrutarla.

Medianoche en París recupera al Allen de La rosa púrpura del Cairo, al cineasta que tan bien sabe manejarse entre realidad y fantasía para rendir un canto emocionado a la vida y a París, ciudad sin cuyas luces el mundo hoy sería más oscuro.

Cuesta trabajo intentar transmitir con palabras las sensaciones que está cinta ha generado en mi cabeza, pero háganme caso y véanla.

Se reirían y se emocionarán como solo el cine, en ocasiones, consigue que nos emocionemos y riamos. Y todo ello rodado con una compleja sencillez que tiene el sello de un cineasta fantástico y que cuando ama de verdad transmite historias sin estridencias ni trascendencias.

Que es capaz de organizar escenas de un humor tan inquietante como divertido como la que monta en torno a unos pendientes (si ven el filme sabrán a lo que me refiero) al tiempo que te transporta a otros mundos imposibles que solo podemos hacer posibles si no renunciamos a nuestro tiempo.

Medianoche en París es una de esas películas que recomiendo no solo a los que quisimos pertenecer a una generación perdida que hoy continúa estando más viva que nunca a través de sus novelas. También a los que aman la capital francesa porque es una ciudad que emociona y embriaga.

En definitiva, que Medianoche en París es lo que tiene que ser el cine cuando se toma en serio: tiene alma. Ese algo, o argo, que no sé porqué demonios cuesta tanto –a unos y a otros que quieren dedicarse a esto– entender.

Claro que aceptarlo entraña un estúpido riesgo: sé tú mismo.

Saludos, gracias, señor Allen, desde este lado del ordenador.

Noticias sobre ese cine que tanto nos (dis)gusta

Viernes, Mayo 6th, 2011

SÍ SEÑOR, LA MEJOR CELESTINA DEL CINE ESPAÑOL

Aplaudo la iniciativa del Festival Internacional de Cine Coste Cero de Tenerife y el Ateneo de La Laguna de entregar el domingo 8 de mayo la Atenea de honor a la actriz Terele Pávez en reconocimiento por su carrera artística. La Pávez, porque es una mujer que se merece el artículo La para subrayar su presencia siempre bronca e inquietante, es una de las mejores actrices que ha hecho de la Celestina, el inmortal personaje que lía a los tontos enamorados de Calixto y Melibea en la inmortal obra de Fernando de Rojas.

Como actriz de reparto también destaca sus destructoras apariciones en El día de la bestia y La comunidad, ambas del Álex de la Iglesia.

El acto tendrá lugar en el Teatro Leal de La Laguna y comenzará a las 20.30 horas, donde se estrenará además el último cortometraje de Diego Betancor (La Laguna, 1989), titulado La noche rota, y que protagonizan Gonzalo Ramos y Andrea Ros, así como su making off, y los cortometrajes Mientras tanto (Diego Betancor y Bárbara Balcells) y Garbancita.

¡¡¡OJO, QUE VUELVEN LOS LEVES!!!

Hay una serie de creadores a los que aprecio y respeto (salvo cuando meten la pata y se empeñan en convertirse en padres de la patria no sé con que oscuros fines) que son felices diciendo que lo que hacen es cine leve. No voy a ser yo quien rompa con esa ilusión aunque me siga pareciendo una bonita excusa con la que intentar camuflar una serie de carencias presupuestarias que es la que caracteriza a la mayoría de los francotiradores del cine canario que ruedan película sin apoyo subvencionado detrás y que no se dicen leves precisamente.

Digo esto porque los cuatro cineastas que dicen son tan leves como la vida misma proyectarán nuevos trabajos ¿leves? el jueves, 12 de mayo, en Tenerife Espacio de las Artes (TEA), en Santa Cruz de Tenerife.

La exhibición comenzará a las 20 horas e incluye Hanna después del tiempo, de Daniel León Lacave, Filmología imaginaria, de David Delgado, La brecha abierta del tiempo, de Pedro García y Reflejo en rojo, de Josep Vilageliu, el fundador del movimiento de la levedad.

¡¡¡Y REGRESAN LOS CHALADOS!!!

El martes 17 de mayo, a las 20.30 horas, los multicines Renoir de la capital tinerfeña exhibirán cuatro cortometrajes apoyados por el Gobierno de Canarias pero que no forman parte del lustroso Catálogo Canarias en Corto de este año de lamentos y crisis.

El conjunto matemático lo integran Libi2, de Jesús Olmo, guionista de Esposados y también de 28 semanas después, ambas de Juan Carlos Fresnadillo, y un tipo que además de buena gente estuvo tan loco, loco, loco que siendo natural de la capital de España se pasó una buena temporada en las islas del infierno que son estas que habitamos; La criada de Javier Fernández-Caldas, cineasta que pertenece a la añada del cine rodado en Canarias de los 90 y que contribuyó con sus cortometrajes El último latido y Frágil a que hoy muchos entusiastas crean que es posible rodar en estas tierras ingratas y sospechosamente idiotizadas al conseguir que estos dos trabajos se hicieran con los primeros premios nacionales que recibían cortos fabricados aquí; Ridícula, de Domingo J. González, a quien ya le dediqué un comentario que les invito a que visiten si no tuvieron la ocasión de leerlo (¿?) y Entre Fogones, de Patrick Bencomo, del que no puedo hablar porque no he tenido aún la oportunidad de verlo aunque confieso que tengo esperanzas. Lo que he podido disfrutar de Bencomo sabe tocar algunas de mis viejunas teclas sentimentales.

GALARDONADOS EN EL XI FESTIVAL DE CINE DE LANZAROTE

Los cortometrajes Mientras anochece (Iván López); Camas (Manuela Moreno) y The confession (Tanel Toom) se han hecho con los premios del XI Festival de Cine de Lanzarote en las categorías de mejor cortometraje canario, nacional y extranjero, respectivamente.

El extraño, de Víctor Moreno, y Los gritones, de Roberto Pérez Toledo, recibieron dos menciones especiales del jurado.

Y me pregunto que vio el jurado en el primer título con mención especial… Aunque unas declaraciones de Juan Carlos Fresnadillo, portavoz del comité deliberador de cortos canarios, me hace pensar si no estaba  jarto de vino de Haría cuando las pronunció.

Nuestro cineasta más internacional –como dicen que dicen unas y otras– anuncia que sintió al visionarlo “la misma perplejidad”que pudieron sentir los espectadores en los inicios del cine con las primeras películas de los hermanos Lumiere.

¡Hips! 

HOMENAJE A JORGE LOZANO VAN DE WALLE

CICCA acogerá a el lunes 9 de mayo, a las 19.30 horas, un ciclo de películas de Jorge Lozano Van de Walle (Santa Cruz de La Palma, 1946), que incluye los títulos De topo en topo (1973); Morir sin campanas (1974) y El salto del enamorado (1978/79).

Una buena ocasión para visionar la obra de este singular cineasta. Un hombre que viviendo en la que llaman isla bonita fue de los primeros que marcó la senda sobre esto tan confuso que es rodar cine en Canarias.

Solo por eso nos quitamos el sombrero de mago que llevamos encima de la cabezota.

CONCURSO DE GUIONES

Y finalizamos anunciando que el lunes 9 de mayo se abre el plazo de recepción de obras para el Concurso de guiones para cortometraje de La Caja de Canarias que está dotado de 600 euros y un accésit de 400 euros.

El certamen supone el arranque de la IX edición de Ibértigo –Muestra de cine iberoamericano de Las Palmas de Gran Canaria–, organizado por la Asociación de cine Vértigo. Para saber más consultar www.ibertigo.com/vertigo/.

En este marco, quien fuera director de la Cinemateca Cuba, Reynaldo González impartirá el martes, 10 de mayo, la conferencia Reflejos en la historia del cine cubano en el Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, a partir de las 20 horas.

Saludos, cut, cut, cut, desde este lado del ordenador.

No hay bestia tan feroz: Edward Bunker

Martes, Abril 12th, 2011

Atracador de bancos, traficante de drogas, extorsionador, robo a mano armada, falsificador… El currículim de delitos de Edward Bunker probablemente es tan grande, intenso y vívido como el de las siete novelas que nos legó. Todas ellas historias crudas, feroces, marcadas por el código funesto de la delincuencia, experiencia de la que se fue distanciado cuando la esposa del productor de Hollywood, Hal Wallis, lo contrató como chófer y guardaespaldas y le regaló una máquina de escribir.

Así que pensó Bunker: “La cosa es ponerse a teclear”.

Y a recrear sus recuerdos en una serie de títulos que, si no me equivoco, se han traducido hasta la fecha cuatro al español.

La primera gran obra que leí de Bunker fue LA EDUCACIÓN DE UN LADRÓN (Alba editorial) testimonio donde desgrana sus recuerdos como hombre para todo de la señora Wallis. Es un título voluminoso, de unas quinientas páginas, que se lee con una inquietante sonrisa en los labios.

El gran escritor William Styron, autor del prólogo de esta edición, dice: “Al principio de su vida, Edward Bunker recibió una mala mano de cartas y durante sus primeros años vivió como víctima de las instituciones embrutecedoras de la sociedad. Que no haya salido de esas mazmorras como un bruto sino como un artista con una voz única e impresionante es un tributo a su invencible voluntad, además de constituir la dulce victoria de una artista sobre la sociedad y sobre el desprecio de ésta por los inadaptados. En su obra, el lector descubrirá, de la mano de un escritor vigoroso e importante, verdades emocionantes sobre el crimen y el castigo y, por ello, sobre nuestro interés fundamental por la libertad”. 

Bunker, íntimo amigo de otro pedazo de carne de cárcel llamado Danny Trejo, hoy actor de relativo éxito, además de ser un interesante y desarmante escritor, tuvo también una pequeña pero muy intensa carrera cinematográfica como actor con apenas línea de diálogo en filmes como Forajidos de leyenda y Reservoir Dogs (es el señor Azul que no abre la boca), así como guionista de varias de sus novelas como Libertad condicional y Animal Factory (Steve Buscemi, 2000) y coguionista de títulos claves de los ochenta como El tren del infierno (Andrei Konchalovsky, 1985) en la que también intervino con un pequeño papel.

Sajalín Editores ha publicado hasta la fecha tres de sus novelas más importantes. Paso a continuación a reseñarlas.

NO HAY BESTIA TAN FEROZ (1973).-  Este título dio origen a la película Libertad condicional, un estimable filme del reivindicable Ulu Grosbard e interpretado por Dustin Hoffman, actor que también tuvo una infancia conflictiva.

La novela se inicia con la cita: “No hay bestia tan feroz / que no conozca algo de piedad, de Ricardo III y cuenta la historia de Max Dembo, quien tras pasar ocho años entre rejas regresa a la ciudad de Los Ángeles con la intención de reintegrarse en la sociedad. Sin embargo y como era de esperar, las circunstancias parecen que conspiran para que no lo haga. Y el propio Dembo pone algo de su parte porque el que nace ladrón… A mi juicio es una de las mejores novelas de Bunker, un retrato bastante duro que desarticula cualquier esperanza que abrigue el lector de redención. Es como si Max Dembo fuera un existencialista nato, y como tal haber llegado a la conclusión de que, efectivamente, el hombre está condenado a ser libre.

El final de No hay bestia tan feroz es de una ironía brutal, y termina por engancharte a la obra de Bunker. Es más, tras La educación de un ladrón fue la segunda novela de su autor que cayó en mis manos y solo pensaba en una cosa: quiero más Bunker.

PERRO COME PERRO (1995).- Es otro de los grandes títulos de este gigantesco narrador norteamericano. En esta ocasión cuenta la historia de tres delincuentes que se han hecho amigos en el reformatorio y que ya adultos planean el golpe de su vida: robar a un traficante de cocaína.

La descripción que hace de los barrios bajos de L.A. como territorio hostil es de una genialidad inquietante. Todo ello recurriendo a frases cortas, sin piruetas literarias. La descripción de los tres protagonistas es también otro de los grandes logros de esta novela.

Se tratan de un demente violento que responde al nombre de Mad Dog; Charles Diesel Carson, un grandullón que desaprueba el carácter de su compañero, y Troy, por el que ambos comparten una adoración casi religiosa.

Paralelamente, Bunker retrata la realidad de una ciudad, Los Ángeles, cuyos barrios bajos se han ido transformando con el paso del tiempo en auténticos estercoleros, habitados por bandas callejeras que operan sin ningún código de honor.

Perro come perro es una obra maestra del género negro criminal pero también es un título que trasciende sus límites para convertirse en solo excelente literatura.

STARK (2006).- La novela se descubrió tras la muerte de Bunker, en 2005, y sin ser uno de sus mejores títulos se lee muy fácilmente. En esta ocasión su protagonista, el tal Stark que da nombre a la obra, es un estafador de poca monta que trabaja como confidente de un policía que parece igual de delincuente solo que éste hace que trabaja al lado de la ley.

Es una novelita ligera pero que respira cierto aroma Bunker en algunos momentos. En especial porque el escritor tiene la insólita capacidad de hacer cotidianas escenas bastante incómodas. A su manera, Stark es una historia de amor.

Claro que una historia de amor Bunker.

Saludos, animándoles a que lean al señor Bunker, desde este lado del ordenador.