Cine de explotación con acento canario: Oro rojo, una película de Alberto Vázquez Figueroa

Alberto Vázquez Figueroa además de escritor probó también ponerse tras las cámaras en dos películas que siendo fallidas, resultan cuanto menos trabajos interesantes para calibrar el universo personal de su autor.

Se tratan, además, de dos cintas –Oro rojo y Manaos, esta última basada en una novela del mismo Vázquez Figueroa– que respiran ese aire de salvaje libertad con la que observo ahora la década de los años setenta del pasado siglo XX. Productos muy pegados a las modas que en aquel entonces imperaba en lo que se conoce como cine de explotación –personajes de una pieza, erotismo y violencia– que vistas con la perspectiva que da los años permite aproximarse a unos tiempos que todavía estaban marcados por la rudeza.

Desgraciadamente, Manaos (1979) no pasa la prueba del algodón aunque sí que encuentro destellos y una audacia insólita que la hace nuevamente visionable Oro rojo (1978), un filme realmente atípico en el cine comercial de bajo presupuesto que se rodó en aquellos años y filmado íntegramente en los agrestes paisajes de Lanzarote.

Protagonizada por Alfredo Mayo, Hugo Stiglitz (ahora tan reivindicado gracias a Quentin Tarantino); Isela Vega, José Sacristán y Patricia Adriani, entre otros, la película de Vázquez Figueroa se desarrolla en una isla inexistente, Providencia, dominada por una familia, Los Almeida, que ha hecho su fortuna esclavizando a sus habitantes extrayéndoles la sangre, de ahí el título del largometraje y, paralelamente, la confusa pero interesante historia de un hombre que, tras escapar de unas salinas donde cumpe condena sin que se explique la razón de esa condena, pretende llevar algo así como la justicia social a ese territorio que gobierna con mano de hierro los miembros del clan Almeida, protegidos por un batallón de guardaespaldas que ¡¡¡vestidos de negro comos pistoleros del lejano oeste!!!, son conocidos por los explotados de esa isla como gorilas.

Oro rojo quiere construirse así como una metáfora que si destaca por algo es por la cobardía, o el instinto de supervivencia de su protagonista. Dispara por la espalda a uno de los Almeida sin que se le despeine la melena; sale corriendo como si llevara el diablo por dentro ante cualquier atisbo de peligro que se le cruce por el camino.

Entre los muchos atractivo de esta película, siempre y cuando se vea con estómago de hierro y se caiga rendido a su delirio, es la huida que emprende el héroe dejando tras de sí a un compañero de fugas, y su llegada a un pequeño islote habitado por dos hermanas que tiene, así lo quise ver, referencias a las Odisea.

Durante su estancia, y cosas de la naturaleza, el hombre pronto despertará los instintos dormidos de una de ellas (Isela Vega) mientras le dan de comer y aprovecha para reparar una vieja embarcación con la que espera regresar a los dominios de los Almeida.

Puesta así las cosas, es inevitable que se produzca la primera y tórrida escena de sexo al aire libre que propone la película, y que supuestamente une los destinos de Hugo Strilitz, el héroe, con una de las mujeres al tiempo que despierta –en otra de las escena más delirantes de este delirante y precisamente por ello atractivo filme– el odio furibundo de la hermana, interpretada por Terele Pávez, quien machete en mano solo quiere  castrarlo. Así, con todas sus letras.

En este aspecto, Oro rojo es una película con una extraña fascinación, que se mueve más por los instintos que con la cabeza, lo que engrandece lo que otros ojos solo podría interpretar como ridículo.

Articula además un discurso denuncia que gira en torno a explotados y explotadores, y  funciona, pese a su desorden y temo que involuntariamente, como producto que critica el hecho de habitar una isla condenada a que las cosas permanezcan como están.  A despreciar ese inmovilismo resignado que caracteriza a los explotados de Providencia, gentes a las que literalmente se le quita la sangre.

El mismo Vázquez Figueroa reflexionaba en un artículo que fue publicado en El País y con el título de Antecrítica de Oro rojo sobre su primera experiencia como director cinematográfico: “Los errores, que son muchos, los encontrará cada espectador, según sus propios gustos: Inexperiencia en el manejo de los actores o de la cámara, falta de ritmo o carencia de hilación entre una secuencia y la siguiente… No lo sé. Si lo hubiera sabido, no hubiera cometido tales errores, por supuesto. En conjunto, mi opinión es que he obtenido una película al 80% de lo que esperaba obtener antes de empezar, lo cual no es mal porcentaje, a mi modo de ver, tratándose, como digo, de la primera. Bien es cierto que he contado con uno de los mejores equipos técnicos y artísticos que se han puesto en este país al servicio de un director novel.”

Lo que justifica, quiero entender que, efectivamente, poco o nada hay que objetar del trabajo técnico y artístico de la película.

La isla de Lanzarote adquiere una belleza plástica que se debe al oficio del operador José Luis Alcaine, y en cuanto a los actores todos cumplen con su cometido como profesionales que son.

Me encanta, en especial, la labor que desarrollan un nomelopuedocreer José Sacristán y una siempre inmensa Terele Pávez, también esa tendencia que tiene el escritor y cineasta por romper moldes y resultar políticamente incorrecto.

Y todo ello explorando un territorio ficticio que transmite una sensación de pobreza demoledora que, lamentablemente, Vázquez Figueroa no acierta a desarrollar cuando apuesta por lo convencional en detrimento del carácter pesimista que planea en toda su historia.

El filme de todas maneras y pese a que no se sostenga, reúne un puñado de escenas asombrosas, en los que se ve algo de talento detrás de las cámaras, y entregado así a la causa digamos que hasta se le perdona algunos diálogos de chiste y situaciones que se resuelven con desconcertante idiotez.

Confieso de todas formas que dentro de esa corriente de cine malo que tanto gusta a mi corazón cinéfago cuando deja descansar su lado cinéfilo, sí que he encontrado en Oro rojo una película arriesgadísima y muy personal. Cien por cien Vázquez Figueroa, uno de los pocos escritores españoles que supo en sus primeras novelas revolucionar en España un género por el que siento tanto aprecio como es el de la aventura.

Entiendo así Oro rojo como la gran película frustrada de aventuras que es. Un producto muy lastrado por su empeño en ser convincente y su pretensión por armar una historia que además de sexo y violencia tuviera mensaje.

Ya saben, los explotadores extraen literalmente la sangre a los explotados.

Vampirismo real que puestas así las cosas y objetivamente, hace de Oro rojo una película de obligadísimo visionado en estos tiempos que corren.

Uno se ríe con sus torpezas, pero no deja de inquietarle que su denuncia le resulte tan estrafalariamente actual.

Saludos, buscando en el baúl de los recuerdos, desde este lado del orden ordenador.

6 Responses to “Cine de explotación con acento canario: Oro rojo, una película de Alberto Vázquez Figueroa”

  1. Maite Lacave Says:

    Me ha hecho gracia tu análisis de Oro Rojo porque mi marido dice siempre que las malas son las buenas.Así que Oro Rojo debe estar con honor en esa categoría que le gusta a mi marido.

  2. admin Says:

    Tu marido es un hombre sabio.

  3. iván cabrera Says:

    Bueno, eso de que las malas son las buenas, en fin… Los bodrios (y no me refiero a esta película) no mejoran con el tiempo; aunque sí buenas películas que, a veces, recién estrenadas, se juzgan demasiado apresuradamente, y viceversa, ¿cuántas supuestas obras maestras de su tiempo hoy no resultan insufribles?

  4. admin Says:

    La cuestión es cómo ves la película la primera vez. Si te toca, si te agita, si te cambia…

  5. alfonso Says:

    hola por favor quien tiene esta pelicula y me la puede pasar a mi correo estare inmesamente agradecido, gracias

  6. admin Says:

    Te recomiendo que te pongas en contacto con la Filmoteca Canaria. Saludos.

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