El Puerto de la Cruz recupera el Cine Chimisay y recuerdo un tiempo en el que fui muy feliz

Muchos de mis recuerdos más felices los asocio al Puerto de la Cruz. Allí pasé inolvidables vacaciones de verano en los apartamento de Picaflor…

Los primeros amores adolescentes y las primeras traiciones adolescentes también, toda esa fuente de sensaciones que a uno le asalta en pleno proceso de crecimiento y que de alguna manera configuran la personalidad que lo define con el paso siempre amargo del tiempo. Allí leí por primera vez las novelas de Tarzán de los monos, y las de Sandokán. También las aventuras africanas de doctor Quatermain…

Recuerdo descubrir viendo la televisión una tarde de sábado la película Las aventuras del barón de Münchhausen, la que produjo la UFA durante 1943, en plena II Guerra Mundial, en aquella siniestra Alemania nazi, y quedar fascinando ante aquel torrente de imaginación desbordante con independencia del régimen bajo el que fue realizada. Muchos años más tarde me hice con la versión en dvd y viendo los contenidos extras me di cuenta de la historia, sucia, que hubo detrás de aquellas imágenes potentísimas, en las que el viejo e inolvidable barón además de cabalgar una bala de un cañón que vuela por los aires, visitaba la luna y se acariciaba la puntas de los bigotes en unos colores desvaídos de Afga color, regalándome uno de los descubrimientos cinematográficos más emocionantes de mi ya larga vida como espectador cinematográfico.

Todo esto, todo, me pasó en el Puerto de la Cruz, una ciudad que desde entonces llevó en el corazón y en la memoria porque lo intenso, lo que nos marca como al rojo vivo, se mezcla siempre con el corazón y con la memoria que, como saben ustedes, es por fortuna selectiva.

Me despierto hoy con la agradable noticia de que el Puerto de la Cruz recupera el cine Chimisay, sala que llevaba cerrada desde 2008, aunque hace unos meses, o fue hace ya un año, se reabrió para acoger un acto de homenaje al coleccionista de fotografías de cine Andrés Padrón y al que se me invitó para hablar de cines y de cómo se veían películas en un lejano pasado.

Recuerdo que entrar en aquel templo oscuro, como lo denominó acertadamente el historiador Álvaro Ruiz Rodríguez, fue como acceder a un templo sagrado, abandonado, sí, pero que pedía a gritos que lo salvaran de la soledad y el olvido que son conceptos que van siempre unidos.

Por fortuna, y en una decisión que honra al Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, se ha alcanzo un acuerdo con la propiedad para la compra de este magnífico espacio que se encuentra además en pleno centro de la capital portuense y que se destinará a actividades culturales, artísticas, educativas e institucionales.

El cine Chimisay se inauguró en 1969 y su arquitecto fue Ángel Lobo Carpizo, que trabajó a las órdenes del empresario Pedro González García. Cine de pantalla única aunque terminó dividiéndose en varias salas antes de su cierre, contaba con 732 butacas y se construyó en el solar que antes ocupaba el antiguo teatro Tophan. Fue el cine, además, sede del Festival de Cine Ecológico del Puerto de la Cruz, que dirigió de 1983 a 1990 Alfonso Eduardo aunque las últimas ediciones terminaron en manos de otros directores y en un colectivo, el Aula de Cine de la Universidad de La Laguna que poco o nada pudieron hacer para reflotar un encuentro que había apostado más por el famoseo que por la calidad del cine que se presentaba a concurso.

Cubrí en la noche de los tiempos varias de las ediciones finales del Ecológico, las últimas bajo la dirección de Alfonso Eduardo, y recuerdo asistir a una rueda de prensa en la que se encontraba el mismísimo Ben Gazzara, que confesó a los allí presentes lo alucinado que estaba por una visita que había realizado al valle de las Cañadas y contemplar el Teide en todo su esplendor. También me encontré otro año con José Luis Garci en la que fue si no la última sin que la antepenúltima edición de un Festival que todos contribuimos a cargarnos. Garci presentaba entonces una película que de ecológica no tenía nada, ni quiera el título, Canción de cuna (1994), y pese a que respeto a este buen hombre como fuente inagotable de información cinematográfica, nunca terminó de convencerme como cineasta. Y mucho menos con la película que lo llevó a estar en aquel Festival: Canción de cuna, de la que escribí una crítica que resume mis impresiones de ella ya desde el título: Tocinito de cielo. Por aquello de lo empalagosa que era. Para colmo, se trata de una versión de varias película anteriores también españolas que han pasado sin pena ni gloria a los anales del cine que se hace y se produce en este país llamado las Expañas.

Intenté entrevistar a Garci en aquel Festival que se desmoronaba. Y tuve que cogerlo en un mal día en el hall del Hotel San Felipe porque me contestó de muy malas maneras. El caso es que también le respondí con el mismo tono y regresé a la redacción de La Gaceta de Canarias con un compañero y amigo fotógrafo que conducía por la autopista como Emerson Fittipaldi. Aún tengo escalofríos recordando las velocidad que tomaba el amigo por esa autopista del norte, adelantando coches con una máquina que parecía que iba a despedazarse y a la que el viento empujaba a un lado y al otro de la carretera…

Pero los recuerdos que asocio al Puerto de la Cruz son los de mi niñez y adolescencia pasando aquellos largos veranos repletos de besos inocentes, juegos al borde de la piscina y cazando moscas y lagartos, que fue una especie de deporte para la gente de mi generación. En mi caso, no le daba a ninguno de aquellos fascinantes tizones que asomaban la cabeza de entre las rocas para tomar el sol. Desde entonces, los lagartos y yo siempre nos hemos llevado bien. Eso puede explicar que me encante la música de Iggy Pop (esto es un chiste para iniciados).

Las tardes calurosas del Puerto de la Cruz, húmedas como ellas solas, bajábamos al centro para ir al cine. Y el cine era el Chimisay la mayor parte de las veces aunque también tocaba –si la película convencía a uno de mis hermanos mayores– meternos en el Timanfaya, que también llevo en el corazón y en el alma.

Recuerdo, y son muchos los recuerdos que tengo del Chimisay como de otros cines que riegan la geografía de la isla, sobre todo los de Santa Cruz y algunos de La Laguna, cómo mientras veíamos el musical Muchas gracias, Mr. Scrooge, basado en el relato Cuento de Navidad de Charles Dickens, como uno de mis primos se escondía debajo de una de las butacas cuando le aparece al avaro protagonista el fantasma del futuro que no es otro que… La de risas que nos cogimos, la de carcajadas que aún suelto cuando evoco aquel momento en el que los hermanos y primos nos preguntábamos donde está fulano y fulano estaba tirado en el suelo, con los ojos cerrados y con las manos tampándose las orejas… Hubo otras película que consumimos en aquellos veranos donde todo parecía eterno porque no iban a acabar nunca pero el tiempo es tan elástico que a medida que crecemos todo aquello se disuelve como lágrimas en la lluvia que diría Nexus 6 mientras suelta la paloma que vuela sobre la ciudad contaminada.

Estos y otros recuerdos me asaltaron esta mañana cuando recibo la felicísima noticia que se recupera el cine Chimisay. Y me emociono ante este involuntario regreso al pasado porque no siempre la nostalgia tiene que ser, necesariamente, un error.

Saludos, regreso al pasado, desde este lado del ordenador

Escribe una respuesta