Feria del Libro de La Laguna, regreso al planeta de los simios
Octubre 14th, 2026Finaliza la Feria del Libro de La Laguna, que con justicia ha terminado por convertirse en la Feria del Libro de Tenerife por volumen, número de invitados (aunque a la mayoría se los conozca en su casa) y asistencia de público, que no dejó de fluir del 8 al 12 de octubre, los días que duró este encuentro con la palabra, que dirían los cursis, y, en otros casos, de reencuentros (porque no fallan, si no que se lo pregunten a Damián Marrero Real, que este año presentaba, además, la reedición por la editorial Nectarina de su novela semibiográfica El cuarto mandamiento), que ya forman parte del paisaje y del paisanaje de una feria que crece edición tras edición, aunque debe corregir distorsiones y, sobre todo, ordenar lo que se despliega por la plaza del Cristo, ya que me dio la impresión de que casi todo estaba mal señalizado. Deberían cuidar, además, los sonidos entre carpa y carpa, porque en ocasiones se solapaban. Así lo escribe una señora en un comentario en Facebook, en el que se queja también de la escasa y «nula información de los eventos» y de la escasa comunicación de los lugares concretos en los que se celebrarían estos mismos encuentros.
A esta lista de reproches bienintencionados añadiría la exigencia a la organización de que, en las presentaciones de novedades —y lo viví en directo, y por eso lo escribo—, se informara al autor o autora de en qué caseta firmaría ejemplares de sus obras. Son errores que seguro se corregirán en próximas ediciones, cosa de la que estoy seguro que tomará nota si se conoce quién está al mando de un encuentro que comenzó siendo adolescente y que ha terminado por convertirse en todo un hombrecito.
En cuanto a los autores y autoras invitados de fuera, vamos a decir que estuvo bien, aunque la verdad es que no me interesan demasiado ni la obra de Manuel Vilas (a quien entiendo por lo que está atravesando ahora, ese camino a través del infierno que dijo alguien cuando tenía dos neuronas en la cabeza) ni la de José Ángel Mañas, que, tras Las noches del Kronen, no ha vuelto a acariciar el éxito. Hubo otros, claro, pero no los sigo, así que preferí encontrarme con los que habitualmente me encuentro en ambientes como estos. Se chismea, se echan unas risas y regresas a casa pensando que nada cambia para que todo siga igual. Es una sensación triste, pero uno se resigna porque la esperanza aún me mantiene.
Lo más interesante de la Feria no lo encontré, me pasa siempre, en las casetas de los libreros, donde la oferta de novedades es prácticamente la misma entre una y otra. Observas a los escritores y escritoras sentados en sus sillitas, esperando con la paciencia del santo Job que alguien les compre su libro, «por favó». Hay unos que venden de verdad porque son vendedores por naturaleza y otros que no se comen un rosco porque son incapaces de vender su obra a quienes se acercan a curiosear. Si fuera escritor, pertenecería a este último grupo.
Como en toda feria del libro que se celebra en Tenerife, no podían faltar firmas que ya forman parte de la misma Feria. Ahí estaba el escritor con casco obrero. Un personaje, porque ya es un personaje de la propia Feria, que ficharía para que se convirtiera en una de sus marcas. En una de las marcas de una feria donde se cruzan demasiadas cosas. Tantas que el pasado lunes me dio la sensación de que estaba dentro de una discoteca al elevar la voz cuando me encontraba con unos conocidos. Del cielo caían cuatro gotas, pero eso no amilanó al público, que desde primeras horas de la mañana andaba olisqueando por aquí y por allá…
Lo más atractivo de la Feria no lo encontré en las casetas de los libreros, sino en la de los editores. Estaba la del Gremio de Editores de Canarias (GRECA) y el Cabildo de Tenerife instaló una, lo que forzó a reducir su lista de invitados de fuera. La caseta era la de la Librería del Cabildo, esa misma que está al lado de un teatro en ruinas y que me hizo pensar en lo que pudo haber sido la Feria y la Librería en una realidad alternativa y muy utópica.
En fin. En un vídeo, alguien dice que la Feria del Libro podría convertirse en la Feria del Libro de Canarias, pero creo que esa conclusión está dictada más por la euforia del momento que por la cabeza, porque ese personaje se había autoexiliado de este territorio hace ya unos años.
El caso es que es verdad que la capital grancanaria lleva un tiempo sin su Feria del Libro, lo que me hace pensar que deberían hacer algo porque se postula como Capital Europea de la Cultura en 2031. Pero no sé yo. En cuanto a que la de La Laguna cambiara a regional, ¿vendría gente de otras islas a esa feria? ¿Dónde se ubicaría? La plaza del Cristo se queda muy, muy chica. De hecho, ya lo es.
Si esa idea tontuna siguiera su curso, propondría que cada año se celebrara en una isla distinta para que no se reprodujera el pleito que ahí está casi siempre asomando la cabeza. Pero, si en el peor de los escenarios se hiciera realidad, no creo que lo viéramos ninguno de los que ahora estamos presentes. Y es que, en un archipiélago dividido en dos provincias y con dos universidades, me parece muy difícil que se tienda a la unidad. En todo caso, sí a que se hagan las cosas por partida doble. En Cita con Rama, una novela de Arthur C. Clarke que ha sido malamente imitada, se dice que los ramaneses lo hacen todo por triplicado. En Canarias lo hacemos salomónicamente a la mita o en dos tandas.
Me cuentan que alguien leyó un comunicado solidario en favor de Maricarmen, la inquilina desahuciada de Madrid, fallecida hace unos pocos días, pero que no se escuchó bien por aquello del sonido que se solapa con otro sonido. Sea lo que fuere, reconozco, con el corazón en la mano, ese gesto. Como también reconozco que este año la organización tomara nota y que las alfombras de imitación a césped, aunque también hubo otras escarlatas, no emanaran el pestífero olor a pis de gato que, varias ediciones atrás, estuvo a punto de llevarme al otro barrio. Así que ya no huelen, lo que es una muy buena noticia.
El éxito de la Feria, porque que quede claro: fue un éxito de público, tanto que no se amilanó ante la lluvia, es obra de Mario Silva, un gestor cultural todoterreno. En fútbol lo llamarían crack. Su equipo y él son los responsables de ordenar este caos aparente. Caos porque hay una mezcla de un poco de todo y se circula por un ambiente festivo que incluyó en su decorado una cama dentro de un contenedor y otros elementos inocentemente desacralizadores, que ocupaban un espacio que cada año obliga a las casetas de libreros y editores a estar más apretadas en sus zonas. Sus zonas de interés.
El Cabildo de Tenerife lleva desde hace unos años respaldando a la Feria, y en esta edición lo hizo con una caseta y un programa pirulito, más que pirulón. Hubo lecturas, eso me cuentan, y se pueden ver en sus redes sociales. No se cansaron de subir fotografías del consejero José Carlos Acha, cada día más viejo, como todos nosotros, aunque en su caso se nota por el pelo a lo Madelman que lleva encima de la cabeza, antaño moreno azabache y hoy de un feísimo gris ceniza.
El consejero, a quien se conoce familiarmente como Pepón, vino a la Feria para sacarse fotos, pero en esto de las fotos le ganó por goleada en gracia y tronío Damián Marrero Real. Tanto es así que la Feria del Libro de La Laguna sería otra sin Damián sacándose fotos con todo el mundo. Lo hace de corazón, mientras que Acha lo hace para salir en la afoto y ganar un crédoto político que, a mi juicio, lo perdió hace años. El caso es que tiene que salir en todas las afotos no sé muy bien la razón- Pero hay una notable diferencia entre el entusiasmo de Damián Marrero, un rojo de los de antes, y José Carlos Acha, que primero militó en CC y hoy en el PP. Y ahí, entre otras, está el gesto, la notable diferencia.
En un rápido sondeo, estimo que entre los libros más vendidos este año se encontró Pajaritos preñados, de Andrea Abreu, quien generó una de las colas más largas y nutridas en el stand donde estuvo para firmar ejemplares. Y es que esta mujer ha hecho historia. Lo raro fue no tropezarme con una foto de Acha junto a la autora de Panza de burro. Pero Andrea Abreu es una mujer inteligente que se encuentra, además, en las antípodas del cacao mental en el que vive inmerso el consejero, de cabellera gris ceniza y con una curva de la felicidad cada día más pronunciada.
Al que no vi, y no aparece —y, si aparece, aparece muy poco en las redes sociales del Cabildo de Tenerife—, fue al director de Cultura, Conrado Álvarez Fariña. Personaje que ni siquiera asoma la cabeza en ruedas de prensa porque a Acha le gusta más salir en la afoto que a mí leerme la obra completa de Graham Greene, y mira que me gusta Graham Greene. Tampoco vi a ningún representante de Cultura del Gobierno de Canarias con pedigrí, pero sí al alcalde de La Laguna, Luis Yeray Gutiérrez, que debería adoptar entre sus prioridades recuperar la ciudad para la cultura y convertirla en referente para la isla y, si me apuran, para el archipiélago (con o sin hipotéticas ferias regionales). Aguere lo hizo en el pasado, ¿por qué no ahora?
Y poco más. Fueron días de una feria chiripitifláutica, aunque faltaron los zancudos y Gorgorito.
La visité en mañanas pluviosas, muy laguneras, aunque, de vuelta a casa, estaba vacío de emociones y frío como una merluza en el congelador. Mucha gente, sí. Y cambios en el paisanaje, y un escenario fantástico, y mucha gente paseando arriba y abajo y abajo y arriba, pero no me contagió de emoción, sino que me llenó de tristeza. Pero esa es otra historia. Lo más probable es que me esté haciendo viejo.
Como todos.
Saludos, café, desde este lado del ordenador.






