
El historiador Ricardo A. Guerra Palmero regresa es autor de numerosos libros y artículos relacionados con la Guerra Civil y la postguerra en Canarias. También de la II República y de los antecedentes que desembocaron en aquel conflicto que todavía sigue generando debates encendidos y en cierta manera apasionados en la sociedad canaria.
- ¿Cree que la sociedad canaria conoce lo que pasó antes, durante y después de la Guerra Civil?
“En términos generales se puede afirmar que el conocimiento es limitado y condicionado por visiones no basadas, o fundamentadas de forma muy parcial, en los estudios académicos sobre estos periodos, que en Canarias aún presentan importantes lagunas. Hay memorias diversas sobre estos periodos, según trayectorias familiares, sociales, culturales y de entornos de socialización. Además, las visiones autolegitimadoras de los vencedores en la guerra y sus modulaciones posteriores, así como las memorias dominantes del periodo de la dictadura muy difundidas en los medios locales desde la Transición, se han convertido en gran medida, y esto se ha reforzado en los últimos tiempos por una difusión mediática y en redes de tópicos franquistas, muy relacionados con intereses presentistas y muy alejada de la investigación académica.
Acerca de los discursos propagandísticos y memoriales de la dictadura franquista, estos fueron, son, una amplia construcción propagandística y discursiva basada en una amplia política de memoria e imposición ideológico-simbólica que mutó a lo largo del periodo para adaptarse a diferentes contextos nacionales e internacionales. Este proceso no fue estático, sino que se moduló desde la violencia explícita de la posguerra hacia formas más sutiles de justificación social y económica. En un primer momento, desde la finalización de la Guerra se desarrolló la “Cultura de la Victoria”, un ejercicio de violencia simbólica que buscaba la nacionalización de la sociedad bajo parámetros fascistas y nacionalcatólicos en la que primaban la criminalización de los vencidos, la legitimación del régimen por su victoria en la autodenominada “Cruzada”, en el control del espacio público y en una amplia panoplia de rituales, a lo que hay que añadir una constante en todo el periodo dictatorial: el culto a Franco.
A partir de finales de los años cincuenta y primeros sesenta se desarrollaron en algunos espacios de la dictadura modificaciones al discurso, que introdujeron una imagen más abstracta y despolitizada del conflicto, buscando generar un mayor consenso social, de ahí la idea de drama (la guerra como tragedia inevitable) y la noción de la culpabilidad colectiva, que diluía las responsabilidades sobre la ejecución de la rebelión que dio lugar a la guerra y que apelaba al “excepcionalismo español”, o que el carácter español era intrínsecamente violento y requería ser “embridado” por un poder autoritario para mantener la paz.
Desde el desarrollo de la gran campaña propagandística de los denominados “25 años de paz” las consignas de la dictadura se orientaron hacia el principio de “legitimidad de ejercicio”, basado en el mito del desarrollismo (se obviaban las contradicciones del proceso de crecimiento económico y se dejaban a un lado las durísimas dos décadas de la autarquía) y en el uso a posteriori de un discurso que presentaba a Franco poco menos que como el padre de la democracia.
Finalmente, durante la Transición y en la fase de consolidación del actual sistema parlamentario hubo lo que numerosos autores denominan un “pacto de olvido” político e institucional que no afrontó ese pasado incómodo, ya que el paso a la democracia estuvo condicionado por el miedo a una nueva guerra civil, que, en cierta medida, funcionó como recuerdo pantalla para evitar debates sobre la responsabilidad del golpe de estado, la guerra y la represión franquista y reforzaba la idea del “todos fuimos culpables” y la de “mejor no remover el pasado”.
- ¿Cómo cree que afectó a la educación en Canarias?, ¿qué protagonistas destacaría de aquellos años?
“La rebelión del 18 de julio tuvo un impacto inmediato sobre los docentes y la educación. Desde la proclamación del estado de guerra los empleados públicos empezaron a ser depurados y numerosos maestros detenidos. En lo relativo a la educación, las primeras medidas adoptadas por la Junta de Defensa Nacional datan de agosto de 1936 y sentaron las bases de lo que sería la actuación en la zona autoproclamada «nacional», primero, y en el conjunto del país, tras la Victoria.
Los sublevados demolieron las reformas y cambios operados a partir del establecimiento de la Segunda República, e incluso avances anteriores (pedagogías innovadoras, coeducación, laicidad, herencia de la Institución Libre de Enseñanza…), y dio comienzo la «renacionalización» de la enseñanza en sentido nacionalcatólico y fascistizante.
A lo largo de la guerra se produjo un proceso de movilización de los docentes adeptos y del alumnado en iniciativas de apoyo al esfuerzo militar, tanto en forma de aportaciones materiales como en el plano de la propaganda. Desde 1938, se encuadró obligatoriamente a los maestros en el SEM y a partir de la guerra se incrementó el absentismo escolar, se favoreció a los establecimientos privados y los avances en materia de escolarización fueron lentos y limitados, aunque se partía de una situación muy negativa. A modo de ejemplo, en 1960 el porcentaje de personas que tenían instrucción primaria o menos era del 96,3%, mientras con educación secundaria sólo había un 2,5% y un 0,1% contaba con educación superior. A principios de los años 70 las tasas de escolarización en la población de 6 a 13 años en Canarias eran las más bajas del país.
La represión marcó el devenir posterior y esta fue aplicada desde los primeros momentos y materializada en detenciones, condenas de cárcel e incluso asesinatos de docentes comprometidos con la República y el movimiento obrero. La purga desatada con la depuración general implicó distintos tipos de sanciones, la expulsión de la labor docente en muchos casos, correctivos y una secuela de amedrentamiento de buena parte del profesorado. Como ha explicado Manuel Ferraz, la depuración fue de tal intensidad que a finales de 1937 numerosas escuelas continuaban cerradas y no había personal para cubrir esas plazas, cuestión agravada por la movilización militar, y se recurrió a personal con menor cualificación. Según este autor, en torno a un 35% de los maestros fueron represaliados de una u otra forma en la provincia. En la enseñanza secundaria el porcentaje fue menor, pero el proceso depurador, como ha indicado Olegario Negrín Fajardo fue un «mecanismo amedrentador llegó a todos los profesores, especialmente a los que tenían un pensamiento moderno y liberal». En la Universidad, un 43% de los docentes fueron sancionados, sobre todo profesores jóvenes y con implicación política y social en la etapa democrática.
- ¿Y en la Cultura?
“La rebelión del 18 de julio de 1936 y la implantación de la dictadura supusieron una ruptura con el pasado inmediato, tanto en términos sociales como culturales y científicos. La Edad de Plata de la cultura española fue liquidada y sus referentes fueron asesinados o perecieron por las circunstancias, fueron represaliados, marcharon al exilio (también al “exilio interior”) y, en algunos casos, se acomodaron o apoyaron el estado de cosas y la cultura oficial que se impuso por la fuerza. En general, y en Canarias en particular, los valores herederos de la ilustración, la modernidad y las vanguardias fueron perseguidos y denostados, lo que no quita que algunos de sus representantes pudieran continuar con su labor pasados los primeros lustros del régimen, aunque en algunos casos sufrieran la censura u otras reconvenciones más graves. En este sentido, la larga posguerra supuso un retroceso generalizado”.

- ¿Cuál fue el papel de la mujer antes y después de la Guerra?, ¿qué mujeres destacaría de aquel entonces?
“El periodo anterior a la guerra registró avances en lo referido a la igualdad entre hombres y mujeres, al menos en el plano legal, y también conoció una importante movilización femenina, en todo el espectro político, que se intensificó durante la Guerra.
La victoria de los sublevados contra la república supuso una ruptura en el lento camino hacia la igualdad entre hombre y mujeres, iniciado en los años anteriores, que tuvo en la legislación republicana sus principales realizaciones.
Desde el inicio de la Guerra Civil, los rebeldes iniciaron la demolición de los avances en materia de igualdad. La dictadura franquista constituyó una involución que, entre otras cosas, situó a las mujeres en una posición de subordinación e indefensión, privadas de la mayoría de los derechos adquiridos en periodos anteriores y consideradas como menores de edad.
La igualdad legal, promulgada por la Constitución republicana, así como los avances en derechos, promovidos durante el primer bienio republicano (entre mayo de 1931 y el verano de 1933) y el gobierno del Frente Popular, fueron suprimidos.
La supresión de las disposiciones republicanas sobre igualdad y derechos de las mujeres se enmarcó en la imposición de un modelo de mujer, y una atribución de roles de género, que respondía a los principios compartidos por nacionalcatólicos y fascistas.
La intención de las medidas y acciones aplicadas por la dictadura, desde la guerra y a lo largo del primer franquismo, era devolver a las mujeres al espacio de lo doméstico: madres, amas de casa, cuidadoras, educadoras en los valores del régimen, guardianas de la moral impuesta, sometidas al padre y al marido. Por ejemplo, La «licencia marital» estuvo vigente hasta la aprobación de la Ley 14/1975, de 2 de mayo y cualquier «desviación» del patrón moral impuesto era penalizado y condenado, tanto por las instituciones represivas del régimen como por la sociedad. Las mujeres que se salían del patrón impuesto eran demonizadas y consideradas enemigas de la moral católica y de la nación «España», como demuestra la actividad del del Patronato de Protección a la Mujer, creado en 1941 y que fue la principal institución represiva específica para las mujeres”.
- ¿Qué destacaría de la II República, la Guerra y la represión, y la postguerra en Canarias?
“La II República fue un régimen democrático que intentó llevar a cabo un programa de reformas y de modernización durante el primer bienio y en los meses del Frente Popular en un contexto adverso en lo económico, y con la oposición frontal de las élites, el aparato de Estado y las redes clientelares que monopolizaban el poder desde épocas pretéritas. En este sentido, el régimen democrático contó con la oposición frontal de gran parte los poderes tradicionales de este país. Además, esa República, pese a las afirmaciones de los panegiristas de la dictadura, era «de orden» y en numerosas ocasiones reprimió duramente a sectores de la clase trabajadora, además de tomar decisiones que dejaban reformas de calado en un estado incipiente En cuanto a la visión que se tiene del periodo hoy en día, se siguen dando por válidas afirmaciones que no tienen en cuenta el contexto general español e internacional. Por ejemplo, se afirma que fue un periodo de gran inestabilidad política, pero si se compara con los últimos años de la Restauración se constata que los gobiernos eran más estables. También se obvia que la República comparte el mismo marco que otros países europeos y que en estos (Francia, Austria, Alemania hasta 1933, etc.) hubo una intensa conflictividad política y social, que derivó en numerosos países con la instauración de regímenes fascistas, filofascistas o dictaduras más «tradicionales». Al final, lo que se ha transmitido desde numerosas tribunas, principalmente mediáticas, es la descalificación de todo el proyecto republicano empleando los mismos tópicos que en su día utilizaron los sectores golpistas y la dictadura posterior. Se ha atribuido a la II República ser un puente o la causa de la guerra, cuando esta fue provocada por una conspiración y un golpe de estado frustrado, que derivó en ese conflicto bélico y en una dictadura de casi cuatro décadas”.

- ¿Qué significó la Guerra Civil para el archipiélago?
“La Guerra Civil supuso una ruptura traumática en numerosos órdenes de la vida del Archipiélago. La primera consecuencia es la propia situación de conflicto y su secuela de pérdidas humanas y de vidas destruidas por heridas y afecciones propia de un conflicto armado de gran escala. La movilización en Canarias fue masiva en términos de recursos humanos, varias fuentes mencionan entre 40.000 y 60.000 combatientes enviados, en su mayoría forzosamente –también hubo numerosas bajas entre las unidades voluntarias–, que estuvieron en las principales batallas. A esas pérdidas se deben añadir las personas asesinadas, tanto por la represión institucionalizada de los consejos de guerra (la “justicia al revés”, como la calificaba el propio Serrano Suñer) como por las desapariciones. A la propia guerra y la violencia represiva se añade la destrucción de los avances sociales desarrollados desde finales del siglo XIX –el periodo de la Edad de plata de la cultura española–. Se implantó una dictadura fascistizada que rompió con la tradición liberal del archipiélago, se produjo un retroceso generalizado en todos los ámbitos, y el miedo y la violencia afectaron a buena parte de la población.
Un tiempo de plomo, miedo y silencio que se prolongó por demasiado tiempo. Gran parte de la población fue sometida a encuadramiento obligatorio en las organizaciones de masas del partido único y al adoctrinamiento, en muchos casos culpabilización de su pasado y existencia. En términos económicos, la guerra significó la conversión de las islas en una retaguardia de la que extraer recursos por medios de todo tipo, entre ellos las denominadas “suscripciones populares”. Asimismo, el progresivo giro autárquico derivó en una de las mayores crisis económicas de la historia del archipiélago. Se quebró el modelo librecambista (puertofranquista) canario, lo que ahora llaman desde instancias políticas de distinto signo el fuero canario. Todos los indicadores económicos se hundieron. Canarias, desde la aprobación de la reforma fiscal del ministro Larraz en 1940, se homogeneizó a la España Peninsular y se frenó la tendencia de crecimiento e integración económica internacional de Canarias desarrollada desde la promulgación del decreto de Puerto Francos de 1852.
Los datos que proporcionan las fuentes indican que el periodo autárquico fue de extrema gravedad para las mayorías: subempleo, racionamiento escaso e irregular, ruralización, hundimiento de los salarios reales, inflación muy por encima de la media española, empobrecimiento generalizado, ruralización hasta los años cincuenta –pese a los desplazamientos de población internos–, agravamiento del problema de la vivienda, semiparálisis de actividades productivas y terciarias –se argumenta que fue por la Guerra Mundial, pero…, ¿quiénes eran los aliados del régimen?– y, como secuela, el recurso a la válvula de escape de las tensiones en el archipiélago, primero ilegal y luego como salvación masiva, que fue la emigración. El aumento de las ya amplísimas desigualdades sociales se mantuvo y agudizó en estas décadas, pese a las medidas paliativas y a la propaganda.
En términos sociales y culturales, en esas islas donde la supervivencia era la realidad de la inmensa mayoría de la población, según las fuentes del propio régimen, la corrupción campó a sus anchas y los problemas sociales eran, por decirlo de una manera contenida, graves. Las mujeres vieron mermados los magros avances logrados en épocas anteriores y la imposición del nacionalcatolicismo con ribetes fascistas afectó a la educación y a la cultura”.
- ¿Qué momentos destacaría del conflicto en el archipiélago?
No es una cuestión de momentos, es un proceso complejo con diversas fases. Desde la conspiración contra la democracia hasta el parte del 1.º de abril de 1939 todo es destacable. Queda mucho trabajo por hacer…”.
FOTOS:
1.- Manifestación celebrada el primero de mayo de 1936 en Tazacorte. (Archivo Municipal de Tazacorte).
2.- El historiador Ricardo A. Guerra Palmero.
3.- Militantes de la Sección Femenina desfilando ante el Gobierno Militar en Las Palmas de Gran Canaria. (Archivo de Fotografía Histórica de Canarias. Fedac).
Saludos, en este verano de 2026, desde este lado del ordenador