Confesiones de una máscara

Abril 1st, 2020

Si el otro día no me sorprendió demasiado ver una tanqueta patrullando por las ramblas, tampoco lo de hoy, dos o tres ambulancias con la sirena gritando su desgarro y una aparcada sobre la acera. Paseaba a la perra y miré a las ventanas, algunas con gente asomada. Un amigo me llamó desde su piso, el segundo o el tercero… ¿Cómo te va?, Bien, bien, restiendo… sigo caminando porque no es motivo para que estemos a gritos mientras la ciudad calla… quédate en casa.

Termino Memorias de un grifota, un libro que como llega se va… pero que me hizo reìr a ratos y recordar unos años donde todo, demonios, era distinto. O muy distinto. La gente iba a otro rollo y su manera de ser feliz era muy diferente a la de ahora. Claro que ahora lo de ser feliz suena a raro. Todo se ha vuelto raro con esta amenaza mundial. Toda la vida intuyéndola y cuándo llega te preguntas si no fuiste un adivino. O uno de tantos que profetizó el cambio porque no tenía nada mejor que hacer.

El protagonista Memorias de un grifota se hace legionario y es allí, siendo novio de la muerte, donde se hace grifiento. Antes y ahora fue un ladrón por cuestión de supervivencia y se dedica al trapicheo. Las memorias transcurren en África, Barcelona y Amsterdam y se leen de un tirón. Se traten o no de memorias auténticas, disfrutar de la aventuras y desventuras de este hombre con una asombrosa capacidad para la vida resulta cuando menos aleccionador. Más en estos tiempos enfermos. El grifota, grifota es uno que fuma haschís, costo, chocolate, kiffi, mandanga… y hierba o yerba, maría… nunca se desmorona porque la palabra fracaso no existe en su cabeza, esa es la idea general que recoge Oriol Romaní, que es quien supuestamente reproduce las palabras del grifota.

Encuentro en este libro momentos hilarantes, Las páginas parecen estar escritas bajo el efecto de la grifa y el vino. Con este personaje, cuya historia no llega a las 200 páginas, se podría hacer no una película sino una miniserie para tratar la cultura hippie barcelonesa de aquellos años y que Romaní estudió desde la perspectiva de los ochenta.

Mientras Kala hace sus necesidades y elimino el rastro con una bolsita que intento tirrar en una ciudad sin demasiadas papeleras, voy pensando en el libro y en el buen rato que me hizo pasar en estos tiempos extraños.

Me asomo desde el puente al barranco de Santos y me pregunto qué diablos pasaría si cualquiera de los que viven en las cuevas que hay ahí abajo se pone malo, malo de coronavirus. Las laderas del barranco de Santos están repletas de mierda, por otro lado, pero pese a este paisaje más parecido a un basurero que a otra cosa, algunos de los trogloditas que residen allá abajo han intentado adecentar su refugio. Gracias a este confinamiento me he dado cuenta de la grandeza que tiene este barranco que atraviesa la ciudad y que la parte en dos mitades. Me doy cuenta también con qué desprecio ha sido tratado por una capital de provincias que ni mira al mar ni así misma.

Regreso a casa y me lavo las manos con jabón tras quitarme la mascarilla y los guantes. Unos guantes de cocina no vayan ustedes a creer. Las dos prendas forman parte de mi vestuario estas últimas semanas pero no termino de acostumbrame a ellas. Hecho de menos a gente que ni se me pasaba por la cabeza y cada día cocino mejor, o me sabe mejor lo que cocino. Probablemente sea eso, digo soltando el huevo en una piscina de aceite que crepita en la sartén.

Los grupos de whatsap no paran. Unos lanzan bromas y otros consejos de cómo lavarse las manos. Por la ventana observo que hace buen día e incluso calor. Ese calor que predice un verano que, espero, llegue pronto aunque lo disfrute en este confinamiento rodeado de libros y películas. La noche de ayer, por ejemplo, volví a Ver Ambiciosa que es una deliciosa película sobre una mujer con la cabeza muy bien amueblada. La dirige Otto Preminger y la protagonista es Linda Darnell que a mi, personalmente, me parece una de las mujeres más atractivas de la Historia del Cine aunque se la considera una estrella menor en el universo de estrellas de Hollywood.

La perra se acurruca entre mis pies y me da algo de calor mientras las horas pasan y escribo estas líneas más que para que ustedes sepan que estoy vivo y que resisto, para no aburrirme. Dentro de un rato salgo a pasear a Kala y a comprar el pan. Luego regreso a casa y a que el día sea más o menos el mismo de ayer y mañana. Que pesados nos volvemos algunos.

Saludos, se ha dicho, desde este lado del ordenador

“Todo lo abarca y con furor lo aterra”. Literatura sobre las epidemias en Canarias

Marzo 31st, 2020

“En esta infausta isla del Atlante,
Si desde el mar á la enriscada sierra
Tiende su brazo el cólera gigante,
Y sin dar tregua á su execrable
Todo lo abarca y con furor lo aterra
”.

No se trata de una estrofa para recordar pero sí que es, hasta donde hemos podido indagar en estos tiempos confusos, uno de los primeros testimonios literarios que intenta reflejar los efectos devastadores de una epidemia en las islas. En este caso, la del cólera en la isla de Gran Canaria en 1851 que diezmó al 10 por ciento de la población, censada entonces en 58.943 personas de las que 5.593 fallecieron por el brote de cólera.

El poema lleva el título de El cólera-morbo y fue escrito ese mismo año por Ventura Aguilar, poeta romántico que dedica esta obra a la memoria de su sobrino “y caro amigo el licenciado d. Esteban Cambreleng” y que puede consultarse en la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico, que reproduce en pdf la versión impresa en la imprenta de M. Collina. Esta misma imprenta publicó “el que puede ser el primer relato de los acontecimientos, firmado por el jurista Antonio López Botas en la temprana fecha del 15 de agosto]. El folleto de 12 páginas no lleva título, y muestra en primer lugar el terror incomparable que sintieron la noche del 5 de junio los facultativos que identificaron la epidemia y comunicaron a la Junta de Sanidad que se trataba del cólera morbo”, explica el artículo Memorias del cólera. Plegaria de Juan M. Doreste publicado en la revista digital 7iM.

No existe, sin embargo, una bibliografía extensa y con carácter de ficción que trate las distintas epidemias que a lo largo de los siglos sacudieron al archipiélago canario, aunque rastreando hemos podido encontrar algunos títulos que quizá sirvan a los preocupados en estos asuntos para conocer con mayor amplitud cómo se enfrentó la ciudadanía a estos ataques invisibles que solían propagarse como la pólvora por toda las islas.

Ambientada el mismo año que el poema de Ventura Aguilar, 1851, Verano de Juan El Chino, de Claudio de la Torre fue escrita en 1971 y aprovecha la epidemia de cólera morbo que asoló la isla de Gran Canaria para narrar a través de su personaje, “sano” en toda esta debacle, las miserias y grandezas del ser humano. Más que la enfermedad, a Claudio de la Torre lo que le interesa destacar en la novela es cómo el mal afecta al carácter de sus semejantes, ya que la mayoría aprovecha la situación para sacar lo peor de sí mismos aprovechándose del vacío de poder.

En este mismo marco histórico localiza José Miguel Alzola algunos momentos de su Don Chano Corvo Crónica de un jardinero y su jardín (1973) mientras la fiebre amarilla es la protagonista de la novela Días de paso, de Javier Estévez, relato en el que describe cómo su protagonista recala en la isla de Gran Canaria para refugiarse en el interior, en un pueblo de nombre Lucena. Escrita en forma de diario, el libro se desarrolla entre 1811 y 1812, Días de paso es en palabras de su autor: “un hermoso viaje vital por la geografía inesperada del destino”.

Ambientada en Tenerife la segunda década del siglo XX, El sepulcro vacío (2015) de Cecilia Domínguez Luis se hace eco de la gripe española que segó la vida de Diego Ponte del Castillo, marqués de la Quinta Roja, y la construcción del mausoleo con claves masónicas que su madre ordenó erigir en su honor en La Orotava.

Inspirado en hechos reales aunque adaptados a su universo literario, Sabas Martín probó también el aliento de la epidemia en Nacaria, inspirándose en hechos reales que se desarrollaron en la isla de Tenerife cuando se propagó la peste negra. La enfermedad, que se cebó con los más débiles como con los más fuertes, se unió a la crisis de la cochinilla lo que resultó dramático no solo para las familias de la isla sino también para su economía.

Ángel Sánchez trata el asunto de manera episódica en sus Crónicas de Artemi, volumen cuya nueva edición a cargo del Gobierno de Canarias se presentó el año pasado. Lástima que, como otros libros que auspicia la Viceconsejería de Cultura apenas haya tenido recorrido.

Los leprosos son los protagonistas de La cueva de los leprosos, de Víctor Álamo de la Rosa, historia que se desarrolla en Isla Menor, territorio mítico en el que se ambientan muchas de las novelas de este escritor y que no es sino un trasunto literario de la isla de El Hierro. En esta obra el escritor explota una vez más su vena romántica y si bien no se trata la enfermedad como epidemia, sí que subraya la diferencia que existen entre los que están aquejados de ese mal y viven recluidos en un lugar apartado de la isla. Álamo de la Rosa insistiría ahora sí con una pandemia, aunque una pandemia imaginaria que provoca suicidios masivos, en su más reciente novela, El pacto de las viudas.

Personajes aislados por la enfermedad son los protagonistas de La umbría, de Alonso Quesada, obra que cuenta con una interesante adaptación cinematográfica dirigida por Pepe Dámaso y El silencio de Los Abades, de Juan Alberto Reyes Cornejo. En ambos casos, sus protagonistas sufren aislamiento por tubercolosis.

En el terreno de la anticipación y el fantástico, varios autores han escogido las islas como escenario para sus propuestas literarias. Los muertos vivientes, que como un virus se extienden entre los vivos que le sirven de alimento, son los protagonistas de Caminarán sobre la tierra, de Miguel Aguerralde, novela que transcurre en una isla de Gran Canaria igual de distópica que la pesimista y futurista Pasa la tormenta y Anturios en el salón, de Tomás Felipe y Juan Ramón Tramunt, respectivamente, aunque ni el primero ni el segundo justifican sus propuestas por causa de una pandemia sino por catástrofes que para nada resultan naturales.

Otras novelas fantásticas serían Evanescencia (2017), de Manuel Almeida, El despertar (2012) de Elio Quiroga y Los espectros de Nuevo Ámsterdam (2019), también de Aguerralde aunque salvo la primera no se desarrollan en las islas como tampoco recurre a Canarias como escenario Víctor Conde en su Naturaleza muerta.

Sí que se cuenta en la isla con una nutrida y sólida producción historiográfica sobre las diferentes epidemias que han asolado el archipiélago a lo largo de la historia y todo hace asegurar que tras la pandemia del Coronavirus se publicarán trabajos en el que se analizarán su impacto en Canarias. A la espera de que esta pesadilla acabe, de que las cosas vuelvan a la normalidad, los interesados pueden consultar obras tan interesantes como las epidemias del cólera del siglo XIX vistas por Benito Pérez Galdós, a quien por cierto el coronavirus ha deslucido los fastos organizados para celebrar el centenario de su fallecimiento.

En este apartado destacaría El barco de la viruela. La escala de Balmis en Tenerife, de Víctor García Nieto y escogiendo entre otros títulos que no deslucen interés, Del Río de La Plata a Tenerife de Paolo Mantegazza, quien tuvo que ser internado al llegar a la isla en el Lazareto de Santa Cruz de Tenerife.

Antropólogo darwinista –mantuvo correspondencia con el autor de La teoría de la evolución de las especies– desembarcó en Tenerife en 1858 y cuestiona en la obra las leyes de cuarentena de la época impuesta ante los riesgos de epidemia así como los lazaretos, centro en los que se concentraba a los contagiados.

Las epidemias en Canarias dieron origen además a dos novelas muy diferenciadas. La primera es Los argonautas, de Vicente Blasco Ibáñez, que narra la escala de un trasatlántico en el puerto de la capital tinerfeña. Escrita en 1914, su lectura puede evocar a la novela Los premios de Julio Cortázar ya que sus protagonistas –en el caso de la novela de Blasco Ibáñez emigrantes– tienen prohibido bajar a tierra.

En su libro Entrada y salida de viajeros, el crítico tinerfeño Domingo Pérez Mink afirma que Santa Cruz de Tenerife siempre estará en deuda con el escritor valenciano ya que escribió una de las páginas más hermosas dedicadas a la capital tinerfeña.

La segunda novela está cuenta con una interesante adaptación cinematográficas de la que damos amplia información en otro artículo.

Finalizamos este recorrido por novelas que nos recuerdan la vulnerabilidad de Canarias ante estos casos el anuncio hace unas semanas y en este mismo periódico de un nuevo libro en el que está trabajando en la actualidad el escritor tinerfeño Alberto Vázquez Figueroa quien no revela su título pero sí el subtítulo que con toda probabilidad llevará: Cien años después y en la que el coronavirus es uno de sus más señalados protagonistas.

Si omitimos Gran Canaria, el filme que Irving Cummings dirigió en los años treinta y que adapta la novela de A.J. Cronin, Canarias ha servido de plató de varias películas que tratan los efectos devastadores en la sociedad ante una pandemia tan feroz pero afortunadamente ficticia como es la de los zombies.

Y en el cine

Aunque no se desarrolla en las islas destacamos 28 semanas después (2007), ya que está dirigida por el tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo y Generación Z (Steve Barker, 2015) porque pese a que a no está rodado en las islas sino en Mallorca, transcurre en un resort que se ubica en Canaria (¡!).

REC 4: Apocalipsis
(Jaume Balagueró, 2014) se rodó entre Gran Canaria y Barcelona mientras que La mansión de los muertos vivientes (1985) cuenta con varias escenas filmadas en las islas. La película está dirigida por un cineasta todoterreno en el cine español, Jesús Franco, pero no se trata de uno de sus más inspirados trabajos. Como en otras de sus películas, la actriz protagonista es Lina Romay, compañera sentimental de este hombre que era capaz de rodar cualquier historia por mínima que fuera con dos centavos.

Rodada en paisajes naturales de las islas es también No crezcas o morirás (Thierry Poiraud, 2015), una cinta que propone una interesante vuelta de tuerca al género de los muertos vivientes en el cine ya que no se trata de que los muertos se levanten de sus tumbas para acabar con sus semejantes, los vivos, sino de no crecer ya que cuando se cumple la mayoría de edad y sin que se explique en ningún momento en la película, los adultos enloquecen y solo desean matan a los más jóvenes.

El filme da bastante importancia al paisaje, ya que prácticamente transcurre en exteriores, pero su función es la de servir solo de marco estético. La idea, por otra parte, revisa con nota la propuesta que ya en los setenta había anotado Narciso Ibáñez Serrador con ¿Quién puede matar a un niño?

Por último y en el terreno del cortometraje, una curiosidad, 21-Z, el primer corto canario zombi de la historia del corto canario y que fue rodado íntegramente con un teléfono móvil. Dirigen: Aitor Padilla y Eduardo Gorostiza.

Saludos, cuídense, háganme el favor, desde este lado del ordenador

La paciencia del peregrino, una novela de Daniel Pérez Estévez

Marzo 30th, 2020

Antes de que estallara con toda su virulencia el Covid-19 se publicó en las islas y en la misma editorial (Ediciones Idea) dos novelas de temática parecida: El águila de San Juan y La paciencia del peregrino, de Francisco Estupiñán y Daniel Pérez Estévez, respectivamente. No sé sabe muy bien, pero probablemente por despiste del sello editor la portada de ambos volúmenes reproduce la misma imagen: la de unos pilotos de la Royal Air Force (RAF) estudiando un mapa de la isla de Gran Canaria. Se trata de una fotografía escasamente conocida de la II Guerra Mundial, y llama poderosamente la atención porque en ella se ilustran posibles ataques aéreos de la aviación británica que servirían de anticipo a un desembarco que, finalmente no se realizó.

La novela de Francisco Estupiñán, que ya comentamos en estas mismas páginas, ampliaba su radio de acción no solo a la presencia de las islas en aquel conflicto bélico sino también a los primeros días de la Guerra Civil en Canarias, capítulo en el que ofrecía una buena descripción de la marcha de Carmen Polo de Franco de Gran Canaria; de la Guerra Civil en territorio peninsular, donde el protagonista, marino mercante profesional, pasaba a formar parte del aparato de propaganda nacional y durante la II Guerra Mundial, en la que juega un importante papel en la no intervención de España en el conflicto gracias a su anglofilia y a su pasado (ahora celosamente oculto) de masón.

El libro de Daniel Pérez Estévez se ocupa también de Canarias pero durante los años 1940 y 1941, salvo un breve paréntesis al comienzo y al final del libro que el autor data en 1959. Con estos elemento, se estructura una novela de espionaje que tiene como escenario los paisajes de la isla de Gran Canaria, espacio en el que su protagonista, Miguel Miranda, actúa de agente secreto para la Gran Bretaña.

En la novela se explica la importancia que tuvo el archipiélago en aquellos años de sangre, sudor y lágrimas y se describe los preparativos de invasión que tanto británicos como alemanes estudiaron para tomar unas islas que, estratégicamente, podían haber tenido una gran importancia en el teatro de operaciones de ambas potencias.

Los británicos diseñaron para ello diferentes planes, el más conocido de ellos bajo el nombre de Operación Pilgrim, Peregrino. La Alemania nazi contó también con un plan de respuesta que, con la denominación de Félix, intentó adueñarse de Canarias con el visto bueno franquista. Visto bueno que nunca llegó a confirmarse sobre todo tras la reunión que el dictador nazi mantuvo con el dictador español en Hendaya.

La paciencia del peregrino está escrita más como novela de aventuras que como novela de espías de todas formas. No se preocupa, como sí se preocupó El águila de San Juan, en el juego político que se libró en Canarias aquellos años pero se deja leer no solo por la información que el escritor facilita al lector sino porque lo que tiene que contar se cuenta en sus más que apretadas doscientas y pico páginas. Páginas en las que personajes reales se mezclan con ficticios, resultado de la imaginación de Pérez Estévez, quien es doctor en Economía y director de la Sociedad Científica El Museo Canario.

La paciencia del peregrino comienza a finales de los años cincuenta con el arribo a Gran Canaria del yate de Aristóteles S. Onassis en el que viaja como invitado de honor sir Winston Churchill, quien fuera el premier británico durante la II Guerra Mundial y el hombre que fue capaz de unir a toda una nación para detener el avance nazi, avance que los primeros años de la guerra parecía imparable hasta la derrota del invencible ejército alemán en el frente ruso.

La novela, que pronto adquiere un tono más próximo al de los relatos de Falcó, de Arturo Pérez Reverte que a las novelas de espías de Eric Ambler, el maestro indiscutible del género de la sospecha y la traición, incluye los ingredientes necesarios para disfrute de cualquier seguidor de historias basadas en hechos reales aunque como se dijo, a Daniel Pérez Estévez le interesa más la aventura y el romance que distingue este tipo de literatura que el propio trabajo de espionaje, que lo hay y mucho. Prevalece, de todas maneras, el sentido de la aventura, una aventura que se desarrolla en escenarios que serán reconocibles para los que conozcan la isla de Gran Canarias ya que una de las misiones que debe realizar su protagonista es la de desarticular la red de abastecimiento de la flota alemana en el Puerto de la Luz.

Paralelamente, la novela cuenta la historia de amor que nace entre Miguel Miranda con una mujer que puede desbaratar la misión que se le ha asignado, aunque cuenta con el apoyo de su jefe de operaciones, un escocés de nombre Gabriel North, que hará todo lo posible para que su pupilo no cometa los mismos errores que él cometió en el pasado.

La paciencia del peregrino es una novela de fácil lectura que se desarrolla en distintos espacios geográficos (la capital grancanaria, Londres, Berlín, Madrid…) y no ahorra en acciones, lo que da mucha agilidad a su lectura. No se distingue, sin embargo, por un consistente perfil psicológico de personajes ya que apuesta más por los estereotipos, sobre todo los inspirados por Ian Fleming en su serie de novelas de James Bond, pero como producto ligero es muy recomendable para pasar el rato estos días de amenaza invisible, de confinamiento en el hogar, de guerra global a un virus que no tiene, mucho me temo, la paciencia del peregrino.

Saludos, gracias por estar al otro lado, desde este lado del ordenador

Corre, corre… que te pillo

Marzo 28th, 2020

Uno de los atractivos del confinamiento, por buscar algo positivo, es que las lecturas con las que entretengo el tiempo no tienen nada que ver con la realidad en la que vivo. Soy consciente que fuera, en la calle, corro peligro. Corremos peligro y que dentro de casa, en esta especie de útero materno, tengo cierta seguridad mientras la nevera esté llena y pague el alquiler. Por Facebook repaso cómo lo llevan los demás. Unos proponen historias que se muerden la cola y otros se ponen a filosofar imitando involuntariamente los absurdos diálogos de Groucho Marx. Los disculpo porque los fraguan en soledad, soledad que es mala compañera para ponerse uno a pensar en cosas intrascendentes.

Sobre la mesa un libro que ni sabía que tenía y con el que entretengo estos días de abulia: A tumba abierta, atobiografía de un grifota. Lo firma Oriol Romaní y se supone que son las confesiones de un laja, así se llaman o llamaban en mi tierra, recogidas por este señor licenciado en Filosofía y Letras. Lo mejor de estas memorias de la calle es que están escritas con el estilo de un tipo de la calle, así que pese a que el argot esté muy limado, se disfrutan las taras del idioma hablado a lo largo y ancho de este recorrido por España, Marruecos, Holanda y Suecia de un españolito que vino al mundo a fundirse la cabeza con grifa. O chocolate o costo que también…

Releo más por aburrimiento que por otra cosa Mondo Bulldog que fue un libro que publicó hace años, cuando todo parecía tranquilo, el crìtico Jordi Costa. Me resulta inaudito que no recordara nada pero nada de los contenidos de la obra y me pregunto dónde estará metido el Costa, ahora que no escribe crìticas cinematográficas en el diario El País que es donde solía seguirlo.

El tercer libro aún no lo he abierto pero descansa en la mesilla de noche. He puesto muchas expectativas en él tras conocer quién fue su autor, S. Serrano Poncela, dicen que fue uno de los que se hartó de firmar penas de muerte para los desgraciados que los comunistas fusilaron en Paracuellos del Jarama. Escapó de Espala cuando el triunfo de las fuerzas rebeldes y tras dar tumbos por América terminó en Venezuela. Alguien me lo mencionó, creo que un escritor o poeta venezolano, en una entrevista…

En la televisión he desempolvado los dvd de V de Vendetta y Rebelión en el planeta de los simios, dos películas que tienen bastante en común, más allá de su discurso antisistema. También veo Europa, de Lars von Trier, que a mi me parece el mejor trabajo de este cineasta al que se le fue la pinza hace años, cuando todo era anormal o por lo menos que carecía de la siniestra normalidad de ahora…

A dos pasos de llegar a casa me tropiezo con una cola de gente que espera pacientemente para entrar en el Mercadona del barrio. Asoman las cabezas varios vecinos desde sus ventanas y en la frutería me dicen que se les han acabado los plátanos y las mandarinas lo que para mi es algo así como una tragedia griega. Mientras tanto, acumulo otros libros en la mesilla de noche que ya está bastante atestada de volúmenes varios: Victoria del maestro Conrad, Historia del diablo, del maestro Defoe, algunos títulos canarios para no perder músculo y cuyos títulos me reservo y Yo, el Vaquilla, una especie de autobiografía del mítico quinqui que escribió en su día José Antonio de la Loma, el cineasta que lo rescató del arroyo. Cosas de la vida, el navajero volvió a la mala vida cuando se le acabó lo del cine… Da que pensar, aunque hoy la tragedia sea global porque llega a todo el mundo.

Saludos, repasando que es gerundio, desde este lado del ordenador

Espartaco es tan mono

Marzo 27th, 2020

En estos días de confinamiento y gestapo vecinal, rebusco en mi videoteca películas con las que devorar el tiempo. Y sí, soy de esos que no tiene Netflix, ni HBO ni la madre que los parió… Soy de los que por no tener, ni siquiera tiene antena para ver lo que ofrece la televisión de toda la vida, ahora imagino que sumergida en el caos del puto coronavirus.

Tengo una perra, una perra a la que amo con locura y que me mira con asombro porque no entiende nada de lo que está pasando, de porqué diablos se ha roto su rutina de todos los días, pero con todo, se adapta a las circunstancias mientras no me vea tirarme por la ventana.

Esto último es una broma… o no, vaya uno a saber.

Son tiempos extraños por mucho que uno se adapte a esta rareza. A no ver a casi nadie en la calle, a cruzar de acera si alguien viene en sentido contrario (¿podría alguien explicarme por qué son tan estrechas las aceras de la ciudad en la que nací y resido?), a acostumbrarme a coches de la policía y a que me paren y me pregunten que a dónde voy… Pues a mi casa, respondo, donde quiere usted que vaya, hombre de Dios…

A medida que pasan los días siento la tensión en el aire. A veces casi puedo cogerla entre las manos… En mis paseos con Kala, siento que la perra también lo siente porque no agita la cola como hace unas semanas… cuando todo parecía tranquilo.

Parece mentira con que facilidad se desmoronan las cosas. Cruzando la Rambla que antes se llamaba como un general de cuyo nombre no quiero acordarme, escucho a un tipo que pasea a su perro lamentarse de sus escasos ahorros y de que está a punto de no quedarle nada en la cuenta corriente del banco. El tipo no se lo dice a nadie en especial, va dando esos gritos mientras el perro tira de la correa porque quiere mear o cagar.

En una de las viviendas de mi calle alguien toca el violín. No demasiado bien pero siempre es agradable escuchar las notas de este instrumento. En el kiosco en el que voy a comprar el pan suena música soul y felicito al kiosquero por su gusto musical. Casi me dan ganas de hablar con él de todo eso pero detrás de mi hay otros clientes que esperan pacientemente, unos con máscaras y guantes en las manos, su turno.

Estaba ayer, decía, rebuscando en mi videoteca y encontré La rebelión de los simios la cuarta cinta de la serie simia y la primera película que vi de ese planeta al revés que es el nuestro en un cine. Me harté de verla entonces y por supuesto desde entonces estuve del lado de los simios.

Mientras seguía la historia me di cuenta que ahora, no sé cuántos años después, sigo estando con los simios. Y sigo estando porque esta película, que casi es una especie de El club de la lucha, es la historia de una rebelión de los desheredados de la tierra que son los monos en el filme y mucho me temo que en la vida real.

La película se sitúa cronológicamente en un futuro que ya fue, 1991 y en unos Estados Unidos de Norteamérica que ya son, nazis.

En la cinta vemos que se ha erigido en una pequeña plaza un monumento a perros y gastos que fueron exterminados por una especie de coronavirus que afectó solo a las mascotas, lo que llevó al hombre a domesticar como animales de compañía y de paso como esclavos a los simios. En el filme chimpancés y gorilas, los orangutanes no tienen el protagonismo intelectual que adquieren en las otras películas de la serie, sobre todo la primera, El planeta de los simios.

Veo el largometraje bastante tarde, otras obligaciones requieren el concurso de mis modestos esfuerzos, pero no despego la vista de la pantalla pese al sueño. La veo pues hasta que finaliza porque, pese a que me la sé de memoria, me resulta extraordinariamente actual en estos tiempos que corren y eso la hace grande, asombrosamente grande aunque note los fallos de guión y las costuras de su estética futurista pero esas taras son parte de su encanto y si me permiten de su glamour.

La película se toma en serio y la rebelión, el hasta la victoria siempre de los simios, resuena con altavoz y violenta contundencia.

Los únicos humanos decentes de este filme prosimio son el mentor de César o el Espartaco de los monos, un empresario de circo que se suicida antes de confesar donde se encuentra su pupilo mientras lo tortura la policía fascista; y la mano derecha del gobernador, que es de raza negra.

Hay, en este sentido, similitudes se dice en el documental que viene en los extras, involuntarias con los prejuicios racistas de la Norteamérica de aquellos años, los setenta que fue cuando se realizó y estrenó el filme y que coincidió con revueltas raciales en varias ciudades de ese país.

La cuestión es que, probablemente fruto de este confinamiento, la película adquiere otra dimensión y que la veo con otra mirada que no contradice a la de hace ya un puñado de décadas.

Si tienen la oportunidad les invito a que vean o revean según los casos este largometraje que no desmerece el conjunto de la saga simia. De hecho y puestos a comparar, soy de los que piensa que junto a la primera, la ya inmortal El planeta de los simios, es la mejor de las cinco que se realizaron.

Mientras escribo estas líneas confundo la realidad con la ficción cinematográfica cuando escucho un aviso de la policía nacional por altavoz que recomienda quedarse en casa. Kala se acurruca entre mis pies y me mira pidiéndome que salgamos y me da miedo, sí, miedo, que los vecinos que tengo enfrente me delaten a las autoridades porque saco a la perra a la calle y de paso aprovecho para comprar el pan nuestro de cada día. Ayer cuando la paseaba un vecino no me quitó el ojo desde el balcón y por unos momentos me sentí como el chimpancés César, con ganas de rebelión y pelea. De gritarle cuatro verdades a ese ciudadano que ha asumido la delación como un deber ciudadano.

En La rebelión de los simios, cuando todo el mundo de los humanos se va al carajo, César suelta un discurso probablemente muy poco inspirado pero que a mi, sensible que estoy en mi encierro voluntario, me pone la piel de gallina. César, entre las llamas y el griterío de los suyos proclama que ese y no otro es el verdadero amanecer de los simios…

Me quedé con ganas de soltárselo al vecino gestapo. Arriba, en el cielo, un helicóptero de la Policía Nacional me recordó que la lucha, de momento, no ha comenzado.

Pero es que, ay, Espartaco es tan mono.

Saludos, confinado, desde este lado del rodenador

Bernd Brunner: “No formo parte de los fatalistas que lo dan todo por perdido”

Marzo 26th, 2020

Si tuviera que recomendar un libro para aguantar estos días de cuarentena recomendaría sin dudarlo Cuando los invierno eran inviernos. Historia de una estación (Acantilado, 2020), una colección de ensayos que firma el escritor Bernd Brunner (Berlín, 1964) y en el que cuenta cómo algunas culturas han prosperado pese a las bajas temperaturas.

Bernd Brunner estudia el invierno desde múltiples perspectivas (histórica, biológica, antropológica) y se pregunta qué está pasando con una estación que, como avisa en el título, “ya no es como era”.

- ¿Cómo y por qué se plantea escribir este libro?

“Hace un par de años, cuando empecé a investigar para el libro, tenía ya la sensación de que los inviernos eran menos fríos y las diferencias entre las estaciones se igualaban. Aparte de que la primavera, por ejemplo, hacía más temprano su entrada en escena. Tengo un interés crónico por la historia, de modo que me propuse averiguar qué papel había desempeñado antes el invierno en la vida de la gente, a qué logros civilizatorios había dado lugar esa estación del año en la búsqueda del hombre por adaptarse a una vida en medio del frío. Fue así como surgió este libro”.

- ¿Tiene color el invierno?

Y si es así, que otros colores creen que representan a las otras tres estaciones del año, otoño, primavera y verano.
“Azul, blanco; también gris. La primavera es verde; un rojo intenso, radiante, es el color del verano; y un rojo más cálido y pálido, así como el gris, representarían el otoño”.

- ¿Recuerda cómo fue su primer invierno?

“No puedo recordar mi primer invierno de 1965. Pero en 1969 estuve con mis padres en la Alta Baviera, donde hice mis pinitos esquiando. Y sí que recuerdo entonces el frío cortante que sentí, o el centelleo de la nieve bajo el sol”.

- ¿Cree que afecta a los habitantes de un país el rigor del clima, que modifica el carácter de sus pobladores? ¿Que el tiempo explica que se sea de una manera en el sur y de otra en el norte?

“Un papel muy importante lo tiene tal vez el hecho de que, en el sur, la gente pasa más tiempo fuera y se reúne con otra gente. El clima más frío del norte hace que las personas se recojan en sus casas y tengan quizá más tiempo para cavilar y escribir. Basta pensar en la gran cantidad de escritores que hay en la península escandinava o en Islandia, a pesar de que allí la densidad de población no es tan elevada”.

- Alguien dijo una vez que los vientos del cambio siempre soplan del sur.

“Una idea realmente hermosa, y es probable que tenga su núcleo de verdad. El norte ha sido un sitio de acumulación del capital, pero el arte y la filosofía llegaron tradicionalmente del este y del sur. Hoy en día, muchas personas sumidas en la pobreza desean trasladarse del sur al norte. El tema, como bien sabe, tiene candente actualidad”.

- Aquí en el sur tenemos la idea de que los que son del norte son más reflexivos, también más serios. ¿Cuestión del clima? ¿Puede el clima explicar que en el norte de Europa prendiese la religión luterana en detrimento de la católica?

“Muchos estudiosos se han ocupado de las diferencias de mentalidad, y yo también creo que hay cierta tendencia a darlo por cierto. Sin embargo, soy alérgico a los clichés que van de la mano con tales ideas. Tanto en el sur como en el norte hay personas que ponen patas arriba esa presunta lógica. Francia constituye un caso muy interesante: es un país mayoritariamente católico, pero más de la mitad de su territorio, desde el punto de vista climático, tiene poco de mediterráneo”.

- ¿Es más próxima la religión protestante al frío que la católica?

“Tal vez no sea casual que el protestantismo pudiera arraigar con tanta fuerza en regiones más frías, mientras que el Papa tiene su morada en la península itálica. Pero aparte de las diferencias en relación con las doctrinas y sus interpretaciones, yo, que vengo de un entorno protestante, siempre he experimentado las misas católicas y sus celebraciones —basta pensar en las procesiones— como eventos más dramáticos y teatrales y, por lo tanto, más afines a ese temperamento meridional más abierto en el aspecto emocional. Y para que no haya malentendidos: ¡no lo digo en absoluto en sentido peyorativo! Lo que he observado en sitios de peregrinación como Lourdes o Fátima me parece inconcebible en el llamado «Norte». (También me fascina, por cierto, un lugar como Assisi, donde vivió San Francisco. Es un lugar que me atrae por su magia).”

- La nieve ocupa un papel importante en el libro.

“La nieve sigue siendo el rasgo distintivo más importante del invierno en el centro y el norte de Europa, a pesar de que cada vez la encontremos menos. Pero, claro, no podía dejar de considerarla en mi ensayo. Sin embargo, es probable que debamos aprender a concebir el invierno de otro modo y desarrollar un sentido más sofisticado para los cambios que acompañan a las estaciones. Por ejemplo, en relación con la vegetación, o con el modo en que inciden en nuestro estado de ánimo”.

- Y el invierno en el mar. ¿Cómo es un invierno en el mar?

“El oleaje es más intenso. Los peces, cuando las temperaturas son más bajas, tienden a refugiarse en las profundidades. Los mariscos, los caracoles o las ostras se ocultan en el lodo, su metabolismo disminuye, se hace más lento y, por ende, comen sólo muy poco”.

- ¿Cómo cree que está afectando el cambio climático a nuestra percepción del invierno?

“En un principio, empezamos a reflexionar cada vez más sobre lo que significa realmente el invierno, sobre lo que lo convierte en una estación del año tan especial. Ya no lo tomamos como algo dado ni obvio. Ese es, digamos, el lado positivo. Pero es inevitable que reflexionemos también acerca de los vínculos entre el cambio climático –si bien yo prefiero hablar de crisis climática—, el estado del tiempo y las estaciones”.

- ¿Cómo definiría el invierno en el trópico? Aquí donde vivo apenas conocemos qué significa esa estación. ¿Qué nos estamos perdiendo?

“En los trópicos, el invierno existe únicamente como un hecho fijado en el calendario, aparte de los monzones secos como los que se se presentan en el sur de Asia. Me parece que en vuestro caso la estación puede determinarse por la época de cosecha de los frutos, ¿no? Pero en realidad no creo que os estéis «perdiendo» nada; además, siempre podéis viajar a aquellos sitios donde hay «auténticos» inviernos. Podéis daros por afortunados de vivir en esas zonas del planeta. (En un par de ocasiones me refugié en Tenerife, Fuerteventura y Gran Canaria para abreviar el periodo de humedad del invierno alemán).”

- ¿Cómo cree que será el invierno del futuro?

“No soy profeta, pero todo indica que los inviernos serán más cortos y que las primaveras harán su aparición antes. Ello genera caos en el hábitat de animales y plantas, lo cual es muy negativo. Confío, por supuesto —como en el caso de esta crisis climática— que sepamos controlar a tiempo sus efectos. Lo he dicho antes: no integro el grupo de los fatalistas que lo dan ya todo por perdido. Al menos todavía no”.

- Por último, ¿cómo fue el trabajo con el traductor José Aníbal Campos?

“La colaboración con José Aníbal Campos fue excelente y muy intensa desde el principio. De inmediato se hizo palpable su compromiso absoluto con el libro. Es lo mejor que podría desear un autor. Otorgo un gran valor al hecho de calificar este ensayo como «nuestro» libro. ¡Más que justo que lo mencionen en portada!”

Saludos, cuídense todos, desde este lado del ordenador