Echadita pa lante, sin miedo

Junio 22nd, 2020

Por Nicolás Dorta (*)

Sentado delante del ordenador, miro el mapamundi colgado en la pared y me fijo en el Sáhara, lo grande que es. También miro las dos flores de mentira colocadas en un bote de cristal, el lapicero y los rotuladores que ya no escriben. Ya no miro nada más. ¿Cómo empiezo esto?. Había pensado en decir que en Panza de Burro (Barrett, 2020) hay cosas de Junot Díaz, Salinger, Pepe Monagas, que no sé si queda pretencioso, pero da igual. Lo había pensado esta mañana, en la orilla, con las cuerdas invisibles sosteniendo las cometas de los kitesurfistas encima de mi cabeza. Cualquier día el viento nos vuelve locos a todos. Y mientras empiezo, intento escribir como Andrea Abreu (Tenerife, 1995), la autora de este libro precioso. Escribir como hablo, como pronuncio, sin diferencias entre la palabra dicha y la que veo en la pantalla, pero no me sale, porque eso solo lo pueden hacer los que escriben construsión, güerta, pollaboba, fortasé, sangüi, cagalera, trompada, cachorrona, chafalmeja o hiperdino, sin que su literatura pierda un ápice de fuerza, belleza y verdad. Andrea Abreu escribe sin papel transparente, sin forro, encadenando frases y expresiones, hilvanando una historia que esconde una trama oculta, paralela, al acecho, como el vulcán. Estas mismas palabras mal puestas serían como las flores de mentira del escritorio, enseguida te das cuenta de que falla algo, de que falta autenticidad. Sería como la tradición mal entendida. Lo nuestro. Esa falsa identidad. Que no nos vendan motos.

En Panza de Burro, que prologa y edita la escritora y periodista Sabina Urraca, nacida en San Sebastián y criada en Tenerife, hay verdad y sobre todo soledad. La soledad profunda de una niña que quiere ser como otra menos niña que se llama Isora, más sola si cabe. Pero a la vez, esa niña, a la que Isora llama “shit”, se resiste a dejar de ser ella misma. “Shit” ama, admira a Isora, que sabe hablar con los viejos y “no tiene miedo a comer cosas de gente grande”: el mojo rojo, el que pica. Isora, tan perdida como la que cuenta la historia, es echadita pa lante, con su cadenita de la Virgen de Candelaria al cuello porque es más secsi; un ser valiente y también triste, como la neblina interminable del pueblo empinado en el que viven; cerca del monte, lejos del mar, lejos de la playa de San Marcos, que es otro mundo, un sueño. Ellas habitan un barrio con casas de todos los colores “a medio terminar” pero nunca terminadas. Son “mounstruos incompletos”, describe la autora. Es su mundo, el único que conocen. El límite es la última calle del barrio.

El libro habla del descubrimiento del cuerpo, de las flores de bruja que esconde el monte, del amor y la amistad como algo irrenunciable para estar bien en la vida. Es la philia de Aristóteles, cuya carencia nos hace infelices aún teniendo las demás cosas. Por eso la narradora no puede vivir sin Isora y la busca, la ama y la espera. Siempre.

Las casas rurales esparcidas por ese barrio anónimo son espacios que muestran las diferencias irreconciliables de clases, la improbabilidad de que una casa así pueda gustar una niña que entra con su madre para limpiar, porque nadie quiere limpiar lo de otros, lo de esos “guiris jediondos”, cita un capítulo, y menos una niña, que “soñaba con ser secretaria de papeles, no limpiadora”. Existe, como dice Andrea Abreu, “una pared enorme de papel transparente de cocina, el fil, que no me dejaba participar en las mejores cosas de las casas rurales”. La isla disfrutada por los que vienen, o tienen, y limpiada por los que están y no tienen. Las mujeres limpian y los hombres ven el fútbol después de regresar del sur. Todo el mundo está cansado.

La artífice de Panza de Burro hace del feísmo canario un recurso poético que se traslada al lenguaje, con la cautela de no caer en excesos que podrían desmerecer el texto. También mantiene una relación casi mística y a la vez salvaje, con la naturaleza: el monte, el mar, el sol, la lluvia, las nubes y siempre el vulcán, “que podía pegarnos fuego si quería”. Las dos protagonistas salen a la calle a vivir a pesar de todo. Vivir entre las “güertas”, la venta, los kinkis, la guemboi con juegos piratas de su primo de Santa Cruz, las clases de informática para hablar por el mésinge y la esperanza, el deseo más bien, de que llegue un momento en que el azul se mantenga en ese cielo gris brumoso, que empiezas a reconocer cuando bajas por Erjos, llegas a El Tanque hasta Icod, o por San José de los Llanos para descender hasta El Amparo: una isla dentro de otra isla, una zona que podría ser, como dice la escritora, cualquier otra, pero se ubica en esta lapa gigante que se levanta vertical por el norte y suaviza por el sur. Depende de donde estés ves La Gomera, La Palma o solo ves el horizonte confuso, como en el pueblo de Andrea, digo de “shit”, donde todo es pendiente, precipitado, con el pie del bemeta gris metalizado nunca en el freno, como Isora, siempre pa lante, “echadita pa lante, sin miedo”.

(*) Nicolás Dorta es escritor y periodista

Saludos, bajo esa misma panza, desde este lado del ordenador

El país del miedo, una novela de Isaac Rosa

Junio 19th, 2020

Isaac Rosa es uno de esos novísimos –ya no tanto– escritores que los medios lanzan como nueva esperanza blanca de la literatira escrita en español. Razón tenían quiénes los vaticinaron a raíz de la publicación de El país del miedo pero no tanto, mucho menos, con otras novelas que hemos leído del escritor estos días encerrados en casa por sus ambiciones narrativas. Ambiciones que dan al traste con un autor que ha consolidado su carrera dándoselas de tipo que escribe más con la cabeza que con el corazón. Una perspectiva ésta que caracteriza a la mayorían de los escritores españoles que ha aprecido y que están apareciendo en los últimos años.

El país del miedo resulta sin embargo un título diferente, y eso pese a las constantes pajilleras de un narrador que como Rosa tiene que demostrar todo el tiempo lo grandes, revolucionario que es con sus historias. Historias que mezclan distintos puntos de vista donde el narrador, omniciente, recuerda continuamente qué es él y solo ékl quién está detrás de las páginas.

Me hizo salir del tiesto con Otra maldita novela sobre la Guerra Civil, que es una relectura personal de otra novela de Rosa, La malamemoria, y uno de los ejercicios de onanismo literario más extravagantes de la literatura española de nuestros días que cuenta, sin embargo, con lectores que ven divertido este juego consigo mismo que plantea un escritor que cuando se deja de majaderías sí que se aproxima a la realidad de nuestro tiempo, a cómo nos afecta nuestras relaciones, nuestros romances. La distancia también que separa a las generaciones y cómo afecta todo este proceso a la unidad familiar. En el caso de El país del miedo, la descomposición viene de fuera aunque ya por dentro la familia estaba bastante sonada, solo que seguían con su vida por mimetismo cotidiano.

El miedo es un de las herramientas más eficaces para dominar a los otros. El miedo fue de hecho lo que nos obligó a encerrarnos en casa. El miedo, escribiía H.P. Lovecraft es la emoción más antigua d ela humanidad y por eso pasa factura, toca lo primordial, ese espanto que llevamos incumbando generación tras generación y al que aportamos nuevos miedos para que herende los que nos sucedan. En torno a esta reflexión, la heredad del miedo, giraba la película Intruders. Y en torno a esta premisa El paìs del miedo, la novela de Rosa, aunque el miedo que reproduce Rosa, o mejor los miedos que reproduce, son fruto de la vida diaria. Por ejemplo, el protagonista de la novela cae es víctima del chantaje de un menor, el mismo menor que obligaba a su hijo a que le entregara pequeñas recompensas en el colegio o en la calle. El miedo va creciendo cuando el padre pierde cualquier tipo de control con el menor que le hace chantaje. Un chantaje que no se basa en oscuros intereses sexuales que pudiera tener el adulto con el joven, sino en una situación que va creciendo por la ineficacia del protagonista para poner fin al cerco que él mismo va construyendo a su alrededor.

El miedo, o los miedos, en esta novela van multiplicándose así que no es raro que cualquier lector sienta en algún momento la caricia de uno de esos miedos en el entramado de sus idas. La cuestión, parece que quieer formular Rosa, es que hay miedos comunes, miedos que compartimos todos generación a generación. Que el miedo es una cuestión cultural que se actualiza con los tiempos aunque sigue siendo el mismo en estado embrionario.

La novela cuenta cómo un personaje protagonista al que se define por ser un pusilánime avanza por el relato sin plantearse demasiado cómo salir del atolladeros en el que está varado.También que, si bien podemos liberarnos del miedo o de los miedos, en muchas ocasiones no lo hacemos porque preferimos vivir con él, acostarnos con ñel, darle de mamar e incluso mimarlo. En este aspecto, la novela cuenta con un final notable y deja en la boca de quien haya leído la historia el regusto amargo de la derrota. Una derrota anunciada porque, se reitera, la conclusión de Isaac Rosa es que a todos nos gusta vivir con miedo. Y si no todos, a la extensa mayoría. No seríamos nada si no detuviera nuestro andar existencial sentir miedo. Miedo a los demás, miedo a la oscuridad, miedo a estar solo…

He leído otras novelas, esos libros donde propone metaliteratura con resultados desiguales, que no me han termoinado de gustarme. De hecho, me cansa e irrita la obsesión que tiene Rosa es dejar constancia en muchas de estas pobras que el escritor está detrás de todas ellas. Por ello, por no perder el anonimato en lo que cuenta, me resultan trabajos como La malamemoria y El vano ayer, relatos que prometían ser estupendos pero que terminaron entrando en un callejón sin salida. Logra salir sin emabrgo del dédalo con El país del miedo probablemente porque la historia no sobrepasaba la rigurosidad histórica que pesa en estos dos títulos que, como se dijo, son ejercicios masturbatorios que sobresalen por un irritante cretinismo mental. Una pena, porque en una proponía una vivisón de la memoria histórica y en el otro de los años de la Transición con resultados muy irregulares.

De momento, detengo aquí mi lectura de un escritor que me sorprendió gratamente con la novela que inspira estas líneas y frustró mis esperanzas con las otras dos mencionadas por las razones expuestas. Si en esta dos uno termina por no creerse nada víctima de un aburrimiento viral, en El país del miedo las sensaciones se encuentran en el otro extremo porque, precisamente, uno sabe, uno conoce que ese país del que habla existe.

Saludos, elemental, doctor Watson, desde este lado del ordenador

Vagos y maleantes, una novela de Isamel Lozano

Junio 17th, 2020

Vagos y maleantes (Editorial Siete Islas, 2020), del escritor Ismael Lozano Latorre, es una novela que, más allá de cuestiones estrictamente literarias, resultaba tan necesaria como La sorriba, de Cecilia Domínguez Luis; La prestamista, de María del Mar Rodríguez y Felisa en su mudanza, de María Candelaria Pérez Galván.

Si en el caso de las tres escritoras se trataba de ofrecer retratos más o menos conseguidos de la lucha de la mujer por hacerse un hueco en la sociedad de su tiempo, la postguerra inmediata en algunos de estos títulos y tardía en otros, en el caso de Lozano Latorre el punto de vista es el de un homosexual que cuenta una historia amor que vivió durante los años 50 en Lanzarote en una titánica lucha, ya anciano y recluido en una residencia, por salvar sus recuerdos antes de que el mal de Alzheimer los evapore de su memoria.

Estos cuatro títulos y alguno más que ahora se nos escapa proponen miradas a un pasado ya no tan reciente pero demasiado vivo en la actualidad por intereses encontrados pero que sirven a estos autores para mostrar la fortaleza de hombres y mujeres que se enfrentaron solos y ante el peligro contra la injusticia institucionalizada del régimen franquista.

Ismael Lozano Latorre lo cuenta en dos tiempos (la actualidad y los años 50 del siglo pasado) y revela unos hechos poco o nada conocidos en las islas: la existencia de una colonia agrícola penal en la que se hacinaban presos políticos y comunes así como homosexuales, estos últimos y según la doctrina del sistema, más maleantes que vagos por el delito de amar a personas de su mismo sexo.

Esta colonia, o campo de concentración como lo describe en ocasiones Ismael Lozano Latorre, se encontraba en Tefía, Fuerteventura. Afortunadamente, hoy es un albergue juvenil que recuerda con una placa lo que fue aquel centro y a los presos que cumplieron condena allí.

El escritor lanza varios mensajes y construye varias tramas que forman un todo en la novela. Una novela con ambiciones no solo de entretenimiento sino de estimular posiciones ante cualquier clase de totalitarismo. Y el régimen franquista lo fue, no tanto fascista como afirman algunos sino totalitario. Para narrar este relato, que cuenta con una voz principal pero también con otras voces no tan secundarias, Lozano Latorre no se pierde en los relatos que dispone para cada una de las historias que cruza y descruza en el libro y revela a un escritor capaz de presentar tipos humanos que resulten creíbles. En este aspecto, resulta muy atractiva la galería de personajes que se despliegan a lo largo de la obra ya que todos ellos cumplen bien sus funciones. De eso se trataba. De paso el autor invita a tomar conciencia al lograr que como lector se sienta más próximo a unos que a otros.

El escritor maneja con soltura estos mecanismos y sabe transmitir emociones en las cuatro partes en las que estructura la historia (y que llevan los títulos de Vagos y maleantes; Invertido, sarasa, violeta; Tefía y Nueva York) y disemina secretos que han hecho creer a los personajes historias que no eran tales y que solo serán desvelados al final.

El libro se caracteriza también por su retrato de ambientes como la Residencia Cumbres Doradas donde pasa la vejez el protagonista y la colonia penitenciaria donde perdió su juventud. Estos dos encierros, que casi parecen los terribles paréntesis que han desgraciado una vida, hace que, pese a su en ocasiones luminosidad, se trate de una novela con sus tinieblas, sobre todo por el retrato que ofrece de Manuel, don Manuel Artiles Fajardo, a quien conocemos anciano y joven.

La novela cuenta dos historias paralelas, la de un joven, Acoydan, que trabaja en el centro geriátrico y al que se le encarga como misión que se ocupe de Manuel, y el relato carcelario del mismo Manuel. En torno a esto dos personajes los relatos se hacen más densos con sus historias de amor. El de Manuel por Lorenzo, el sobrino del cura en unos tiempos donde estaba prohibido el amor homosexual, y la de Acoydan con Antía en la actualidad. Un amor que fluctúa entre la indecisión del personaje masculino al que le devora por dentro sus debilidades y su novia, Antía, menor de edad pero con mucho carácter.

Se tratan así de dos historias de amor. Dos historias profundamente sentimentales amenazadas por el entorno, la sociedad.

En la de Manuel se retrata el odioso universo carcelario en el que termina pero en el que también se encuentra con personajes sobresalientes y extremadamente humanos como La Marquesa, una transexual encerrada en la colonia penitenciaria por ser lo que es, una transexual, y el director del centro penitenciario a quien se describe como el facha clásico en este tipo de literatura que desea ajustar cuentas con el pasado, pero que en esta ocasión sí que resulta creíble por las debilidades que esconde. Destacaría también entre los personajes femeninos, la mayoría de ellos con mucho peso aunque no sean los protagónicos, a Remedios, una andaluza enamorada del hombre equivocado y que termina ejerciendo la prostitución en las islas en aquellos tiempos de “vagos y maleantes”.

Vagos y maleantes está escrita con oficio. El escritor combina con acierto los elementos de los que dispone y exprime de todos ellos el jugo posible. El resultado son historias que conmueven, algunas más que otras pero son suficientes para hacerse una composición de lugar y del valor que tuvieron muchos homosexuales que, como Manuel, aguantaron y no perdieron la dignidad.

En el caso de Manuel, un personaje que en tiempos muy inhóspitos se atrevió por corazón y no por la cabeza a enfrentarse a la autoridad. La novela reivindica su ejemplo y sirve para explicar como gracias a gente como él lesbianas, gays y transexuales alcanzaron los derechos de los que disfrutan en la actualidad.

La novela, que hasta su primera parte no se desarrolla en la colonia penitenciaria –salvo a modo de flash back– sino ya entrado el siglo XXI, se lee con interés y hace que la espera merezca la pena. La forma de contarlo es clave para que funcione. E Ismael Lozano lo consigue aunque le sobre al libro unas cuantas páginas de más. Con todo, Vagos y maleantes funciona y cumple con los objetivos: entretiene y denuncia una manera de hacer las cosas que debe de ser condenada.

Más allá de lo que tiene Vagos y maleantes de reivindicación, la novela debe entenderse como un reconocimiento para todas esas personas que se atrevieron a desafiar al sistema franquista siguiendo el dictado de su corazón e invita igualmente a imaginar lo que tuvo que suponer para dos jóvenes enamorados vivir esa relación en una isla como Lanzarote, igual de cerrada que las otras seis (o siete, que ya no sé, no sé) islas Canarias.

Saludos, calima, lluvia, calima, desde este lado del ordenador

Frente de Madrid, cuentos de ‘nuestra’ guerra por Edgar Neville

Junio 16th, 2020

Cineasta y escritor que comienza a ser reconocido con la justicia que se merece, el conjunto de la obra de Edgar Neville es además de un canto emocionado y castizo al Madrid que conoció, una obra que exige urgente recuperación porque apenas ha sido arañada por el paso del tiempo. Y eso tratándose de un trabajo literario y cinematográfico muy pegado a su tiempo y, no sé si por influencia galdosiana, tremendamente fotográfico para retratar a sus clases populares desde una perspectiva teñida de cariñoso realismo. Una mirada que no hizo asco a los géneros (el histórico, el fantástico, el policíaco y la comedia de costumbres) porque todos ellos son entendido con un humor que no tiene edad.

No se trata sin embargo Frente de Madrid –la capital de España otra vez protagonista, muy por encima de sus personajes– de una de sus mejores obra aunque los relatos que reunió en este volumen hoy bastante difícil de conseguir, sí que respiran ocasionalmente el nervio que caracterizó a un hombre que, durante el régimen que defendió, el de la dictadura fresquista, no abandonó su manera de vivir. De vivir como le diera la gana saltándose en muchas ocasiones la moral de un tiempo de rancio catolicismo que quería hombres y mujeres mitad monjes y mitad soldados. Nada que ver con el fabuloso universo popular del aristocrático escritor y cineasta.

Se impone por ello al leer su Frente de Madrid, obra bélica que se desarrolla durante la Guerra Civil, libre de todo prejuicio ideológico ya que estos cuentos si por algo se caracterizan es por su exaltación a Franco y a la Falange, pero uno quiere entender que más que por convicción porque así lo exigió el bando ganador de aquella contienda que dividió a España en dos mitades. Mitades que aún se siguen ladrando a un lado y al otro de la parcela. Sean las del lado derecho como del izquierdo.

Pese a ello, Neville apenas disimula el humor que caracteriza su producción ya que los cinco cuentos que reúne en este libro, Calle Mayor, F.A.I, Frente de Madrid, Don Pedro hambre y Las muchachas de Brunete son piezas que, pasado el tiempo y pese a su lastre ideológico, no han perdido su pulso narrativo y sobre todo una ácida mirada burlona sobre unos personajes que, pertenezcan a un lado como al otro, no dejan de ser caricaturas al servicio de una idea equivocada en algunos casos y correcta en otros. No obstante, y más allá de que unos fueran de izquierdas o de derechas, el caso es que todos, subraya Neville, fueron españoles que trasladaron el insulto y la descalificación personal a los campos de batalla y en retaguardia al asesinato brutal en defensa de una idea.

Tanto que la Guerra Civil no se borra de la memoria por lo que el testimonio de escritores que sí la vivieron como Neville (pasando miedo en Salamanca por su pasado republicano) convierte este libro en una lectura obligada para los que todavía defienden un lado u otro de aquel conflicto con el objetivo de hacerse una idea de que más allá de las ideologías estaban las personas.

Para Neville, personas que formaban parte de un pueblo que fue engañado por ingenuo y que solo quería vivir en paz.
Afortunadamente, los cuentos más que retratos de la guerra son historias con un claro signo de aventura al estilo folletín (Frente de Madrid, Calle Mayor, Las chicas de Brunete y F.A.I.), y retrato veraz de los exiliados en París cuando las tierras de España se desangraban. Escenario que refleja en Don Pedro hambre, a mi juicio la mejor de las narraciones que incluye este libro porque no le pesa tanto quedar bien ante Franco y sí hacer justicia de un grupo reducido de personajes que solo tiene una idea en la cabeza: volver a su país. Regresar a las tierras de España.

Mientras tanto y a la espera del salvoconducto, hablan de la guerra en los cafés de la capital francesa mientras el protagonista del cuento, Don Pedro, aguanta con hidalguía pobreza y hambre.

El relato más bélico de Frente de Madrid es el que lleva por título, precisamente, Frente de Madrid, la historia de un oficial del ejército nacional que se pasa al Madrid rojo como espía rebelde y, aprovechando su estancia en la ciudad que amó ahora deformada por las bombas, busca y encuentra a su novia de todo la vida.

Porteros y vecinos que se delatan unos a otros, patrullas de anarquistas y comunistas que más que imponer justicia lo que hacen es fomentar más el caos dentro de las filas republicanas forman el paisanaje de este relato en el que chirrían muchas cosas pero en el que destacan otras, como el choque que le produce al protagonista contemplar un Madrid lunar que no reconoce. Ah, la guerra.

Calle Mayor y Las chicas de Brunete no se desarrollan en el Madrid urbano pero sí en la provincia y son relatos de aventuras. En la primera historia cuenta cómo llega la guerra a un pequeño pueblo de la sierra y en el segundo el heroísmo de dos hermanas enfermeras a las que captura el enemigo. En este cuento, aparecen figuras reales de la época, como Largo Caballero y el general Miaja, a quienes Neville retrata con trazo grueso e insultante humorismo. No obstante, hace gracia, sobre todo porque este cuento contiene una sorpresa que tiene mucho que ver con un asesor ruso.

Con F.A.I. se esperaba una mirada más comprensiva y humorística de los anarquistas españoles (formaban parte de ese pueblo que tanto quería el escritor y cineasta) pero parece que Neville no tenía muy claras las diferencias que separaban a los seguidores de Bakunin con los de Marx. Como relato de la huida que emprende un falangista de la Quinta Columna en aquel Madrid F.A.I. contagia miedo y mucha rabia ante la sinrazón.

Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador

La ternura del caníbal, una novela de Víctor Álamo de la Rosa

Junio 15th, 2020

Tras pasar el fechillo (o cerrojo, como prefieran) a su ciclo de novelas de Isla Menor, Víctor Álamo de la Rosa regresa con La ternura del caníbal (Ediciones Siete Islas, 2020), libro que cierra una trilogía que, según el autor inició con Todas las personas que mueren de amor, novela por la que obtuvo el Premio Benito Pérez Armas en 2013 y continuó con El pacto de las viudas. Tres libros que, aparentemente, no tienen nada en común salvo cierto barniz fantástico que en La ternura del caníbal transita por los territorios de la distopía aunque lo que más le interesa a su autor son las relaciones de pareja y dar una explicación a lo que las condena irremediablemente al fracaso.

En este aspecto, La ternura del caníbal mantiene una continuidad con las otras dos novelas que forman parte de la trilogía, siempre según el autor, libros que salvo el primero, Todas las personas que mueren de amor, revelan a un escritor más suelto y no tan amarrado (o atado) a las complejidades del estilo.

Esto da como resultado que La ternura del caníbal sea una novela que se caracteriza entre otras cosas por un notable (e insospechado) sentido del humor, un humor corrosivo (reír es tomarse las cosas en serio, decía el músico y escritor francés Boris Vian) que vuelca en su resignado protagonista que podría llamarse Pablo.

El libro está divido en dos grandes bloques, un primero titulado Del susto y un segundo De la interferencia y consta con una Introito (para amenizar el baile) y un Epílogo (para darte un final). Llama también la atención, en contra de otras novelas del autor, el tinte de crítica social que asoma en sus páginas.

Crítica que arremete contra las clases sociales que aparecen en ese universo distópico en el que habitan los ricos y poderosos, los trabajadores y los parias de la tierra. También una horda de caníbales que reparten justicia social en una ciudad con cuatro elevadas y enigmáticas torres. Estos elementos no se sabe muy bien si son reales o ficciones de ese estado explotador que se parece tanto al nuestro pero saben captar la atención del lector, quien se deja llevar por los laberintos en los que se sumerge primero el protagonista y en la segunda mitad, Melany, la otra mitad de una naranja que se seca lentamente al sol.

Como ya hiciera con Todas las personas que mueren de amor, La ternura del caníbal reúne dos novelas en una, por lo que gustará a algunos más la primera o segunda parte del libro. En nuestro caso ha sido su primer tramo, que es donde Víctor Álamo de la Rosa deja correr su imaginación e intenta dar coherencia a ese mundo inventado con el que juega continuamente con el lector para recordarle que, a pesar de tratarse de una ficción, esa misma ficción está inspirada en hechos que podrían ser reales. La vida misma, con independencia de la ciudad y en el país en el que se viva.

En este escenario, el escritor plantea entre otros dilemas uno bastante transparente: el amor o el romance o mejor la seducción. También la convicción de que todas las épocas (o mundos) son iguales y que solo el amor es capaz de hacerlas soportables.

No obstante, y en ese universo que promete oportunidades que son mentira, Víctor Álamo insiste en destacar que solo podemos sobrevivir si hay amor. Y si en esa relación hay sexo, mucho mejor porque la cosa funciona además de proporcionar placer, lo que relaja y ayuda a ver las cosas de otra manera porque da perspectiva al quitarnos las tensiones de la vida diaria. O esa realidad demasiado cambiante.

La segunda parte toma como protagonista a Melany, la supuesta pareja del supuesto Pablo y el punto de vista anterior se fragmenta en mil pedazos. Si antes hubo asomo de crítica social, caníbales que actúan contra los poderes (una especie de espontáneos parias de la tierra que no muertos vivientes o zombis), romance y amor que queda en nada por el egoísmo sentimental de su protagonista masculino, el relato de los acontecimientos da un giro radical según la mirada femenina ya que no tiene, a mi parecer, el encanto de la primera parte. Un hecho que suele ocurrirme con otras novelas del autor pero que en La ternura del caníbal logra manejar con brío ya que propone una nueva y fresca mirada sobre el relato. Relato en el que Víctor Álamo de la Rosa se cuestiona todo lo que se ha leído hasta ese momento.

El juego, si se acepta sin condiciones las reglas, tiene hasta su gracia y sirve para reconocer el compromiso de un escritor que se mueve bien en estos espacios donde más que presentar personajes propone variaciones de sí mismo con independencia del sexo de sus protagonistas.

Melany va en busca del que podría llamarse Pablo en las torres que se erigen en el centro de una urbe que acepta todos los puedes que quieran: es una invención o es una realidad, aunque si se continúa la lectura da igual que resulte una cosa u otra porque lo que importa, más allá de dar credibilidad al atractivo escenario en el que van de un lado a otro los personajes, es contar cómo él y cómo ella viven dentro de un universo que si pertenece a alguien es a su creador. Un escritor que explora ahora otros espacios tras explotar el de Isla Menor.

Territorios, los de su nueva literatura, curiosamente, urbanos y en los que da rienda suelta no ya a sus constantes sino a su mirada como escritor. Mirada que observa con resignación a la especie humana, a las relaciones de pareja y a una acción política que no deja de ser rabiosamente radical pero también significativamente política.

Saludos, la nueva normalidad, normalidad, nueva, desde este lado del ordenador

Notas con mucho de agridulce

Junio 12th, 2020

* El Ayuntamiento de La Laguna acordó este jueves, 11 de junio, una moción institucional para el inicio de un expediente de distinciones y honores al poeta y escritor José Carlos Cataño (La Laguna, 1954-Barcelona, 2019).

* Una triste noticia, fallece esta semana en Madrid el actor Chicho Castillo a la edad de 58 años. Castillo formó parte del reparto de la serie Hierro e intervino en diversos episodios de El Juramento de Punta Brava, Balas Perdidas, Al salir de clase, Física o química y Ana y los siete.

* Antonio Martín Piñero obtiene con Amarillos el XII Premio Bienal de Poesía Joven Emilio Alfaro Hardisson que convoca el Ateneo de La Laguna. El poeta nació en la capital tinerfeña en 1998 y estudia cuarto curso de Filología Hispánica en la Universidad de La Laguna además de colaborar en la revista y los simposios organizados por la Asociación cultural Cipsela.El jurado de esta edición estuvo formado por los escritores y poetas Antonio López Ortega, Verónica Aranda y Yapci Bienes, quienes deliberaron el fallo telemáticamente.

Saludos, game over, desde este lado del ordenador