Andrés Ibáñez: “Todo lo que hacemos en la vida es improvisar”
Andrés Ibáñez Segura (Madrid, 1961) inició su carrera literaria en 1995 con la publicación de La música del mundo, por la que recibió el Premio Ojo Crítico de Radio Nacional que le abrió las puertas, a veces tan tenazmente cerradas, al universo editorial sin renunciar a una escritura muy personal que ha terminado por convertirlo en un referente de las letras españolas actuales. Andrés Ibáñez fue uno de los autores invitados a participar en la séptima edición del Festival Hispanoamericano de Escritores, que tuvo lugar en Los Llanos de Aridane la última semana de septiembre y que este año estuvo dedicado a España.
- El hecho de que sea aficionado a la música ¿se refleja de alguna manera en su obra escrita?
“Mi novela más musical, aparte de la primera, La música del mundo, es mi novela en verso El rostro verdadero, que escribí utilizando técnicas seriales y espectrales que vienen directamente de la música del siglo XX. Pynchon, Perec, Calvino y antes el gran Raymond Roussel ya habían intentado cosas parecidas, algo así como nuevos motores generadores del discurso. Ando siempre a la busca de nuevos motores”.
- ¿Cuál fue su primer acercamiento a la música y a la literatura?
“Supongo que nací, fui poco despertando, comencé a entender los colores, a diferenciar mi cuerpo del entorno, a desarrollar la capacidad de ver y de oír, aprendí a hablar y comencé a sentir, aunque fuera muy débilmente, que yo era yo. Esto trajo consigo la capacidad de asombrarme. Entonces fue”.
- ¿Hay relaciones entre música y literatura?
“Para mí todo está relacionado con todo porque todo brota de una única fuente, que podemos llamar Origen. En el Origen, todo es lo mismo. Encontrar los vínculos es lo que nos lleva de vuelta al Origen. Entre la música y la literatura, por supuesto, pero también entre el arte y la naturaleza, entre la música y la medicina, entre lo físico y lo espiritual…”
- ¿Cómo se enfrenta a un libro?, ¿es un escritor meticuloso, de los que lo tienen todo atado antes de escribir o de los que se dejan llevar por la improvisación?
“No se puede tener todo atado antes de escribir. No se puede primero pensar y luego escribir, porque la escritura tiene su propio pensamiento y en cuanto uno empieza a escribir, el texto comienza a decir cosas que uno no sabía o que jamás había imaginado. No pienso antes, sino que me dejo mover y arrastrar por fantasías, imágenes, gustos, deseos. Intento entender cuál es la historia, qué significa todo eso, pero sin forzar en exceso ese deseo de entender. Hay que dejarse llevar por la imaginación, por el gusto, por el deseo. El deseo de contar una cierta historia cuya importancia o significado uno no entiende, de entrar en una cierta calle, en cierta habitación, en cierta situación. Es el deseo, la gana, lo que debe movernos. Uno no puede pensar si la historia es interesante, si tendrá éxito, si es adecuada para la época, etc. Esos son pensamientos espurios. El acto creativo surge de una entrega total a fuerzas muy poderosas que uno no puede en modo alguno controlar de forma intelectual. En cuanto a la improvisación… ¡No le preguntes por la improvisación a un músico de jazz! En nuestra sociedad, el término “improvisar” es negativo simplemente porque vivimos en una cultura dominada por las máquinas, la burocracia y los ingenieros. Improvisar es lo que hacía Charlie Parker y John Coltrane, y antes de ellos Beethoven, Chopin, Bach… Todo lo que hacemos en la vida es improvisar. Yo ahora, al contestarte, estoy improvisando. Cuando escribo estoy improvisando, improviso cuando releo, cuando corrijo, cuando reescribo… “
- ¿El escritor nace o se hace?
“Supongo que para ser escritor hay que tener un cierto talento, una cierta capacidad de ver y de vivir las cosas. Pero ese talento no es nada sin el trabajo infinito que supone escribir. Escribir, especialmente escribir novelas, es algo muy difícil. Es un trabajo que ocupa muchas horas todos los días durante largos períodos de tiempo. Un escritor es una persona que lo único que desea en su vida es escribir”.
- Tiene un ensayo dedicado al escritor norteamericano Thomas Pynchon, ¿qué le atrae de su literatura?
“El asombro que me producen sus páginas. Su capacidad para reinventar el arte narrativo desde el principio: nuevas historias, nuevas formas de narrar, nuevas formas de desarrollar tramas imposibles, la creación de mundos regidos por sus propias reglas, una sensación de maravilla, de asombro y de gratitud por el hecho de estar vivo, una gran alegría a pesar de todo, una gran fe en el futuro y en el ser humano, el reconocimiento constante de que vivimos en la superficie de misterios inexplicables, la mezcla asombrosa de amor a la ciencia y a la poesía de la naturaleza. Lo que Lezama llamaba ‘sobrenaturaleza’”.
- ¿No cree que Pynchon es un autor lo suficientemente difícil? Es decir, que se pierde mucho de su esencia cuando no se lee el original pero sí traducido.
“Siempre es mejor leer en el original, pero las traducciones pueden conservar gran parte de la esencia original. Creo que las traducciones de Pynchon dan una idea bastante clara y directa de su literatura, cosa que no sucede, por ejemplo, con las de Hemingway, que tienden a desfigurarle y a convertirle en ese autor “fácil” y “periodístico” que mucha gente cree que es”.
- Vivió una larga estancia en los EE.UU., ¿qué aprendió de ese país?, ¿y cómo lo observa ahora, desde la distancia?
“Yo siempre he amado profundamente los Estados Unidos. Los años que viví en Nueva York fueron quizá los más felices de mi vida. Aprendí muchas cosas en Estados Unidos, ¡aunque cosas que solo sirven en Estados Unidos! (grandes risas). Creo que en Estados Unidos todo va bien cuando las cosas van bien: en cuanto aparece el menor obstáculo, la menor dificultad, se derrumban. El atentado de las Torres Gemelas les ha destruido: jamás ha habido un acto terrorista con mayor éxito. Ahora mismo son una cultura perdida, en total decadencia. Vemos con espanto cómo esa gran democracia se convierte de día en día en una dictadura”.
- En una ocasión dijo que a nadie le avergüenza tanto su historia como a España. ¿Cree que los españoles están superando esa leyenda negra que pesa como una condena sobre su pasado?, ¿que la novela histórica escrita por españoles ha contribuido a que se esté desintegrando esta visión pesimista de su historia?
“Yo también lo intenté, modestamente, con mi novela Leonís, de donde proviene esa frase. Machado habló de las “dos Españas”. Solo una persona de izquierdas puede hablar de dos Españas: para la derecha, solo hay una. Los otros no son españoles. Esta difracción hace que todo discurso de crítica o elogio de España esté viciado desde el principio. Si critico algo de España, soy antiespañol. Si alabo algo de España, soy un facha. Si digo algo bueno de Isabel la Católica, una mujer absolutamente admirable, por ejemplo, soy de derechas. Pero Isabel la Católica fue la primera reina de España que intentó acabar con la tauromaquia, que ya en el siglo XV le parecía una práctica bárbara. Lo simplificamos todo en exceso. Lo convertimos todo en guerra, en odio, en enfrentamiento irresoluble”.
- ¿En que está trabajando ahora, puede avanzarnos algo?
“Acabo de terminar una novela basada en el lenguaje de los animes y los mangas japoneses. Un experimento inspirado sobre todo en mis hijos, aunque yo llevo también toda la vida viendo animes. Y sigo trabajando en una inmensa novela fantástica que espero terminar pronto. O quizá no la termine nunca. Eso sería lo mejor”.
FOTO: Nicolás Ibáñez
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