¡¡¡Vampiros!!!
El esperado éxito de la versión cinematográfico de Crepúsculo, primera de las novelas de la saga de la escritora estadounidense Stephanie Meyer, pone de manifiesto que el mito del vampiro no ha pasado de moda. Paralelamente a esta nueva interpretación de los no muertos, la semana pasada finalizó en los Estados Unidos la primera temporada de la serie True Blood, otra de vampiros, seres de ficción que, como otros compañeros de viaje (la criatura del doctor Frankenstein, la momia o el hombre lobo), han sido capaces de adaptarse a los tiempos, proponiendo en algunos casos delirantes relecturas adolescentes con sabor a los viejos pulps (caso de la momia) o defensas encendidas de los más bajos instintos machistas, como fue el revival que sufrió el hombre lobo en los años ochenta en películas como Un hombre lobo americano en Londres, En compañía de lobos y Aullidos, tres interesantes filmes que piden a gritos su recuperación.
Sin embargo, si hay una criatura del infierno que sigue seduciendo en este mundo globalizado es el vampiro, personaje cuyo máximo poder de atracción puede residir en su perpetua juventud y refinado estilo de vida. Duerme de día pero ¿vive? de noche. Disfruta, además, de una envidiable capacidad sexual basada en el arte de morder con sus colmillos el cuello de sus víctimas para beber su sangre, y si bien es incapaz de ver su reflejo en los espejos (según la lectura tradicional del mito), la no vida resulta bastante atractiva, aunque deba tolerar ciertas jerarquías e incomodidades.
El vampiro postmoderno es un vampiro inmaculado y adolescente, un perpetuo rebelde sin causa para espanto de los nuevos Van Helsing, personajes que si bien antaño encarnaban la fortaleza del bien, en estos tiempos confusos han terminado por ser dibujadoas como payasos fundamentalistas (*). Ese es el retrato que ofreció Francis Ford Coppola en su arrogante y empalagosamente romántica Drácula. Suscitando un modelo que no ha dejado de ser posteriormente explotado hasta la saciedad, lo que cabreó bastante a los puristas de la excelente novela de Bram Stoker y de las películas de la Hammer, productora que en los años sesenta propuso una inteligente renovación del mito guardando las formas. Es decir, respetando su modelo original victoriano pero explotando la sexualidad del vampiro en technicolor.
La reciente literatura fantástica también ha encontrado un filón inagotable (o al menos eso parece) en estas criaturas de la noche. Tras la revolución que supuso la ambigüedad de los vampiros de Anne Rice, nacieron a su sombra nuevas propuestas sobre el mito intentándolo ajustar a nuestras enfermedades y tentaciones contemporáneas. De pronto, el vampiro puede convertirse en estrella de rock, volver a ver la luz del día gracias a ese diabólico invento que es el cinematógrafo y a psicoanalizarse como si se tratara de un miembro de la familia de Los Soprano. En todo caso, parece que el vampiro quiere ser un igual entre humanos, o al menos salir del armario para darse a conocer en sociedad rompiendo una de las máximas que, a titulo particular, considero más interesantes del mito: su existencia radica en que nadie cree, precisamente, en su existencia.
Cada década genera sus propios monstruos, y tras años de hedonismo y lujos para todos los públicos como han sido los precedentes aunque no los que vendrán, está claro que el vampiro ha vuelto a encontrar su lugar en el mundo. En especial cuando garantiza una adolescencia o juventud perpetua.
Algo me hace sospechar, no obstante, que dentro de poco volverá a adquirir protagonismo el hombre lobo cuando se nos convenza que el pelo es bello. Aunque el proceso de metamorfosis resulte cinematográficamente hablando algo dolorosa. Lo que no creo que prospere son mestizajes entre ambas ¿especies? como chabacanamente se nos mostró en Underworld, porque cuando se mete en la misma coctelera a unos y a otros el seguidor de esta gran familia de pesadilla tiene la sensación de que le toman el pelo. O lo que es lo mismo, que la cosa por muy serio que se tome apesta a parodia.
Y ni el vampiro, ni el hombre lobo, ni la momia, ni la criatura del doctor Frankenstein y otras faunas del averno cinematográfico se lo merecen.
(*) Tendría que ser un híbrido entre humanos y vampiros, y encima afroamericano, el que rompería esta tendencia en las hasta ahora dos entregas de Blade, protagonizadas con su hieratismo característico por Wesley Snipes.

Diciembre 10th, 2008 at 18:00
Gracias por estar Eduardo, eres muy generoso por ofrecer lo que sabes, ahora más que nunca eres necesario, impresindible.
Espero seguir tus opiniones y sobre todo que lo pases bien haciéndolo.
Diciembre 10th, 2008 at 20:15
Gracias por tus palabras de apoyo. Y sí, amigo, afortunadamente me lo pasó muy bien haciéndolo. Abrazos.
Septiembre 9th, 2009 at 14:02
Como vas muy interesante tu publicacion ayudame con unos datos la fotografia que utilizas que vampiro es? su origen? desde hace tiempo estoy buscando esa informacion y no la encuentro en ningun lado gracias de antemano si me puedes ayudar.