¡Cien veces por su memoria, Eric Ambler!
El próximo 28 de junio seremos muchos los que nos tomaremos una copa a la memoria de Eric Ambler. ¿Por qué? porque ese día celebraremos el centenario del nacimiento de uno de los mayores escritores de novelas de espionaje de todos los tiempos, una excusa lo suficientemente buena para que releeamos algunos de sus mejores títulos, como la excelente La máscara de Dimitros o Viaje al miedo, Fronteras sombrías o Epitafio para un espía, entre otras muchas.
Me cuentan que mi admirado Graham Greene dijo en cierta ocasión que Ambler era el mejor escritor del género que conocía, y no le faltaba razón al maestro de novelas como El factor humano o El americano impasible. Las ficciones de Ambler son geniales, únicas, y si me apuran también periodísticas, porque describen con el talento y la precisión de un corresponsal una época en la que el negocio de la información y la contrainformación vivió una de sus primeras e inquietantes edad de oro.
Además de ser un excelente escritor y guionista, dejarse arrastrar por el universo de Ambler significa conocer los misterios de un negocio como es el del espionaje donde todo son apariencias. Sus novelas tienen aroma de otro tiempo, y resulta inimitable pese a que en nuestros tiempos le hayan surgido admiradores que, como Alan Furst, intentan reflejar con su misma maestría pero sin apenas rozarlo la convulsa Europa de entreguerras. En Ambler, como sucede también con Alfred Hitchock, otro maestro pero del cine de suspense, sus malos son malos de verdad. Y los buenos, en ocasiones no tan buenos. De hecho, la mayor parte de las veces uno siente –como el autor– una especial fascinación por sus villanos…
Y es que Eric Ambler es un escritor de esos que enganchan, y que retrata con afilada pluma una época turbulenta, confusa, y al borde de una guerra que parece inevitable. Que fue lo que aconteció.
Eric Ambler ha sido ampliamente traducido en España. Cuento con ediciones excelentes en varias editoriales, como Bruguera, Plaza y Janés y Planeta, entre otras. Confieso que durante una época fue uno de esos escritores a los que buscaba como un Grial intelectual en rastros y librería de viejo, por lo que devoré sus Memorias (editadas hace unos años) con un agrado bastante similar con el que consumí sus historias.
Descubrí al novelista, sin embargo, gracias a una película inspirada en una de sus novelas (La luz del día), retitulada Topkapi. Y fue tanta su influencia, que cuando di con mis huesos en Estambul y visité ese fabuloso palacio, no dejaba de pensar que era allí, en esas habitaciones de lujo insultante, donde aquella inolvidable pandilla de ladrones había pretendido perpetrar el robo del siglo. Más tarde, me hice con un ejemplar de La máscara de Dimitros y el flechazo fue inmediato. Aquel escritor tenía algo. Algo que se llama misterio, espionaje, acción, riesgo y romance. Elementos fundamentales que en manos de un artista de su talla es arcilla con la que concebir novelas tan redondas como las anteriormente reseñadas.
En fin, que sirvan estas modestas líneas como adelanto a lo que espero sea un reconocimiento a su formidable narrativa el próximo junio. También deseo que se reediten sus libros, y que se repesquen algunas de las películas donde ofició como guionista como La última noche del Titanic o El misterio del barco perdido, entre otras. Historias no de espías pero sí navales, territorio en el que supo manejarse con la misma soltura que en la novela de agentes secretos. Leales o traidores. Dobles o triples.
En fin, señor, Ambler, que no me tomaré una sino varias copas en recuerdo a su memoria. Esté donde esté…
Saludos a este lado del ordenador…
