Gonzalo Celorio: “La patria de una literatura es la lengua”

Gonzalo Celorio nació en el D.F,. en 1948, ciudad que forma parte indispensable de una literatura en la que también explota los recuerdos de una familia tan literaria que parece una mina inagotable de la que sacar y sacar historias.

Es autor de Tres lindas cubanas, en la que radiografía las contradicciones de la revolución cubana y que le inspiró su familia materna, su madre nació de manera casual en la capital grancanaria aunque su infancia y juventud vivió en La Habana y de la novela El metal y la escoria, en la que indaga en las interioridades de la rama paterna, menos luminosa que la materna y pródiga de territorios oscuros.

Gonzalo Celorio fue uno de los protagonistas del Festival Hispanoamericano de Escritores, que se celebró en septiembre en Los Llanos de Aridane, La Palma.

- Dicen que escribe para exorcizar a sus demonios.

“Solo sé que cada novela mía acaba por ser un exorcismo con independencia de su intención. Escribo novela sobre todo porque tengo un conflicto, un conflicto distinto para cada novela luego si no hay conflicto no hay novela. En Tres lindas cubanas, que es mi libro más conocido en España, cuento que mi madre que nació en Canarias se fue a Cuba y surge del conflicto de ser miembro de una generación que tuvo a la revolución cubana como un paradigma. La necesidad de escribir viene porque cada vez que alguien atacaba a la revolución cubana adoptaba una actitud crítica y cada vez que alguien la defendía acríticamente mi posición era muy crítica hacia ella por lo que me estaba volviendo un poco loco por esa suerte de gran ambigüedad moral más que política. Una ambigüedad de coherencia y como la revolución cubana fue algo fundamental para mi generación y para la articulación del boom latinoamericano y la generación de 1968, pensé que debería arrostrar ese asunto y abordarlo no en términos políticos ni ideológicos, ni siquiera históricos sino en términos novelísticos”.

- De ahí la historia de su madre y su familia en Tres lindas cubanas.

“Tuve una relación cercana y familiar con Cuba. Mi madre, aunque nació canaria vivió su infancia y primera juventud en La Habana y sus dos hermanas, mis tías, una se quedó en Cuba porque creyó ciegamente en la revolución y la otra partió al exilio. La familia pertenecía a la alta burguesía cubana y vivía en una casa lujosa en el barrio de El Vedado habanero. La tía que abrazó con fervor la causa de la revolución falleció en Cuba convencida de las bondades de la revolución mientras que la que se fue a Miami murió sola en un asilo de ancianos. En la novela Tres lindas cubanas las pongo a dialogar y de ahí surgió la novela en la que están los pro y los contra, la posición de cada una de ellas ante el proceso revolucionario y me sirvió para justificarme a mi mismo por lo que cuando terminé de escribirla quedé liberado de ese problema”.

- ¿Por una novela?

“A mi me dio la impresión que solo por haberlo planteado precisamente en una novela ese problema ya no me pertenecía así que creo que la literatura, en ese sentido, cumplió una función de exorcismo porque lo que saqué de mi pecho lo puse en el pecho del lector”.

- Se liberó del conflicto.

“No exactamente porque la novela no resuelve el conflicto que me motivó a escribirla pero sí que deja de pertenecer al escritor cuando se publica”.

- La familia es un tema recurrente en la mayoría de sus novelas.

“En la novela El metal y la escoria escribo sobre mi familia paterna, en Tres lindas cubanas se trataba de la materna porque mis novelas constituyen una saga. La sangre que corre en mi familia tiene que ver con el exilio, que tiene a su vez que ver con una composición itinerante de diversidad cultural que puede resultar interesante como prototipo de personajes para el lector.”

- ¿Y de qué conflicto parte en El metal y la escoria.

“De uno temible, mi hermano mayor contrajo esa terrible enfermedad que es el Alzheimer y él era el que conocía de manera privilegiada la historia de mi familia paterna que, a diferencia de la de mi madre, estaba llena de misterios, de elementos oscuros porque no resultaba una historia edificante. Mi abuelo paterno era asturiano aunque emigró a Méjico a finales del siglo XIX donde hizo una gran fortuna en la fabricación, distribución y venta de bebidas alcohólicas. Sus hijos, y eso pasa en muchas familias que heredan una gran fortuna que no han trabajado, se dedicaron a despilfarrarla, al cultivo de vicios siendo mi padre el único que se salvó porque en vez de seguir la cuerda de sus hermano escogió estudiar diplomacia en Londres, lo que hizo que años más tarde viajara a Cuba como representante del Gobierno mejicano y conociera a mi madre. Yo quería contar la historia de mi familia paterna pero mi hermano era el que la sabía porque fue el confidente de mi padre pero se estaba quedando sin memoria y esta novela es mi particular duelo entre la memoria y el olvido y gracias a que la escribí pude conocer una historia que no hubiera conocido de otra manera”.

- ¿Cuánto tiene de verdad y ficción esta novela?

“No creo en las novelas de autoficción como se dice ahora, creo en las novelas de ficción supletoria, esa que ante todo aquello que el escritor no puede investigar directamente lo puede inventar con la idea de que hay una especie de coherencia y verosimilitud que toda novela exige. Y tuve la audacia de hacerlo porque yo por genética puedo padecer la misma enfermedad que mi hermano y utilicé ese recurso de verme a mi mismo como si tuviera Alzheimer. Eso me obligó a usar una segunda persona que funciona a modo de mi conciencia lúcida. Puedo asegurar en este sentido que a partir del momento en que se publicó la novela desapareció mi temor de tener la enfermedad. Otro exorcismo literario”.

- Con respecto a Tres lindas cubanas ¿cuál es su posición frente a la Cuba de entonces y ahora?

“Me costó sintetizar lo que pienso, con sus pros y sus contras, en las quinientas páginas de esta novela aunque para responder de manera sintética a la pregunta pienso que Cuba pudo ser el futuro de América aunque ahora apenas podemos compartir el pasado de una ilusión hoy definitivamente perdida”.

- Usted tendió puentes entre la literatura cubana de dentro y de fuera. ¿Hay voluntad de diálogo en una y otra?

“Sí lo hay y puedo decir que he sido en buena medida en mi historia personal uno de los alcahuetes para que los escritores de dentro y los de afuera dialogaran. Durante muchos años fui responsable de la difusión cultural de la Universidad Autónoma de Méjico (UNAM), una especie de ministerio de Cultura alternativo del país. Se articuló entonces abrir una casa de la UNAM en La Habana pero las gestiones con las autoridades cubanas –y realicé cuarenta viajes para ello– fue un fracaso porque les dio miedo la A de Autónoma, les resultaba una ingerencia. Llegó el comandante y mandó a parar. Esta historia, la crónica de un fracaso la cuento en Tres lindas cubanas. No obstante, durante las negociaciones se pudo establecer otros puentes y cuando fui nombrado director de la editorial del Fondo de Cultura Económica pude publicar tres antologías: una de cuento, ensayo y otra de poesía cubana con una característica en cada uno de los volúmenes y es que contaban con escritores de dentro y de fuera y los antólogos lo hicieron de común acuerdo, ahí hubo un encuentro. Con anterioridad, le encargué a Leonardo Padura una antología del cuento cubano en el que se incluyó relatos de, entre otros, Reinaldo Arenas, Senel Paz y Jesús Díaz. Hay una sola literatura siempre y cuando se escriba en español porque hay una literatura cubana que se escribe en inglés pero es otra cosa porque la patria de una literatura es la lengua, por eso no se incluyeron a estos escritores, ensayistas y poetas cubanos en estas antologías ya que no pertenecen a la misma tradición. La tradición tiene que ver fundamentalmente con la lengua”.

- Parece que ahora los escritores cubanos que viven en la isla pierden miedo y se muestran muy críticos con la realidad de su país.

“Una de las razones es que muchos escritores cubanos están publicando en el extranjero y a tener un reconocimiento literario al obtener premios internacionales, como Senel Paz cuando obtuvo el Juan Rulfo o Leonardo Padura el Hammett. Pedro Juan Gutiérrez publica en España en la editorial Anagrama por lo que el sistema cubano no puede hacer nada contra ellos porque si lo hiciera la crítica internacional no toleraría otro caso Padilla. Además, la literatura no es peligrosa porque no hay lectores ni grandes tiradas en Cuba. La censura en este país se manifiesta en el periodismo porque no hay un periodismo crítico, no existe porque no hay libertad de expresión para influir en la conciencia de la población. Y mucho menos en la televisión y las radios ya que en Cuba todo es oficial. La literatura se deja para los que ya tienen una posición crítica y no les conviene a las autoridades cubanas censurar a sus autores sino más bien al contrario ya que los convierten en ejemplo de que en Cuba hay libertad de expresión.”

- ¿Han cambiado las cosas?

“Creo que las cosas han cambiado pero tampoco hay que pensar que los escritores cubanos de primera hornada practicaron todos una especie de realismo socialista. Las famosas palabras de Fidel Castro a los intelectuales de dentro de la revolución todo, fuera de la revolución nada se han ido matizando con el paso del tiempo”.

- ¿Cómo se refleja Méjico en su trabajo literario?

“ Todas mis novelas tienen mucho que ver con Méjico. En la primera, Amor propio, nace de un conflicto o la historia de un joven que participa en el movimiento estudiantil del 68, movimiento que se guió por la consigna política heredada de la de mayo de París de desconfía de los mayores de 30 años, lo que ocurre es que el protagonista de la historia acaba de cumplirlos. En otra, cuyo título extraje de un verso del himno de Méjico Y retiemble en sus centros la tierra, el personaje es un viejo profesor jubilado y alcohólico que recorre el centro histórico de la capital mejicana mientras toma una copa en cada cantina que se encuentra, lo que hace que se vaya emborrachando gradualmente. En un principio iba a estar acompañado de sus alumnos pero tras un desencuentro hace el itinerario en soldad. Se trata de una novela muy dolorosa en la que se relaciona al protagonista de forma alegórica con las calles que transita del centro histórico de la ciudad de Méjico. En El metal y la escoria hablo de dos España en Méjico: una fruto de la emigración española a finales del siglo XIX, de la que forma parte mi abuelo y que no fue bien recibida porque de entre todos los países latinoamericanos Méjico fue en su proceso de independencia el que adoptó la posición más furibundamente anti española. Tanto que se produjo dos expulsiones masivas de españoles en los años del general Santa Anna. Pero hay otro exilio importantísimo para Méjico como es el de los republicanos españoles al finalizar la Guerra Civil. Méjico se convierte entonces en puerto de acogida. Es decir, hay dos España enfrentadas entre sí y con pensamientos radicalmente distintos. La primera España de la emigración a Méjico es eminentemente rural, católica y poco instruida mientras que la segunda es republicana y mucho más culta, solo hay que recordar que llegaron a Méjico seis rectores de universidades españolas. Se trató, en definitiva, de dos España distintas en un contexto como el mejicano. En estos momentos escribo además Los apóstatas, una novela muy anticlerical en la que denuncio algunos problemas dolorosamente vigentes como el acoso sexual a los niños”.

-¿Ademas de Los apóstatas trabaja en otros proyectos?

“Se da el caso que cada siete años publico una novela aunque entre medias trabajo libros de ensayo. Ahora mismo y a punto de su edición, un primer volumen, De la carrera de la edad, que reúne textos fundamentalmente sobre literatura. Este libro, a la espera del segundo, son ensayos de literatura mejicana e hispanoamericana. En el libro se habla de Cortázar, García Márquez, Carlos Fuentes y Vargas Llosa, entre otros pero también hago un recorrido por la literatura mejicana más reciente y estudio en Un río español de sangre roja, verso de un poema de Pedro Garfias que escribió a bordo del Sinaia, el barco que trajo la mayor expedición de españoles republicanos a Méjico, la literatura española del exilio”.

-¿A quién considera su maestro o maestros?

“Al exilio español que emigró a Méjico tras la Guerra Civil”

“Gabriel García Márquez, mi amigo”

Gonzalo Celorio era mucho más joven que Gabriel García Márquez pero esto no impidió que entre los dos brotara una amistad que duró hasta la muerte del Premio Nobel de Literatura.

Su literatura le parece “formidable” y es, dice, de los que tiene la primera edición de Cien años de soledad, esa misma, la que la editorial Sudamericana publicó en 1967 sin especificar que se trataba de una primera edición porque no se sospechaba que habría una segunda y una tercera y una…

Su entusiasmo por el escritor colombiano le llevó a dedicarle su tesis doctoral, El surrealismo y lo real maravilloso americano, que tuvo oportunidad de entregarle personalmente. “Me dijo entonces si no sabía escribir”, recuerda Gonzalo Celorio, “y me quedé helado hasta que me pidió que se la dedicara no fuera a pensar la gente que se la había comprado”.

El escritor Carlos Fuentes, “alguien tan importante para mi generación como intelectual y como hombre generoso”, le presentó al autor de El otoño del patriarca. “Fueron grandes amigos”, dice Gonzalo Celorio, “solo los diferenciaba su posición ante Cuba”. Con el paso de los años, consolidó su amistad con Gabriel García Márquez, al que presentó en varios encuentros literarios aunque no le gustaba hablar en público, “escribo por eso, decía”.

Al frente de editorial Fondo de Cultura Económica

Las siglas responden al Fondo de Cultura Económica, una editorial que patrocina el Estado mejicano y que cuenta en su catálogo con más de doce mil títulos. Durante unos años, breves, pero años, Gonzalo Celorio fue director de este gigantesco aparato cultural cuando el presidente Vicente Fox le invitó a tomar el cargo, lo que le sorprendió porque “no tenía nada que ver con él ni con el partido político que lo llevó al poder”.

Solo habló en tres ocasiones con Fox, pero bastaron para que se diera cuenta de que no le interesaba el Fondo de Cultura Económica. “No entendía que el Estado la patrocinara. Su idea era que fuera rentable, por mucho que le dijera al secretario de Educación Pública, que era un hombre igual de ignorante, que si el Fondo fuera rentable no podría publicar a Sor Juana de la Cruz o Kierkegaard”. Lo importante de la editorial, destaca Gonzalo Celorio, es que puede contar con recursos fiscales “para poder hacer el trabajo que hace”.

El escritor mejicano recuerda que el Fondo de Cultura Económica tiene nueve filiales en otros tantos países y que el Gobierno Fox le ordenó que allí sí debía de ser rentable o al menos que no generara gastos. No entendían que la editorial “colaborara en la educación de Argentina, España, Colombia, Venezuela… Que su capital era político y no económico”, puntualiza.

Saludos, al borde del extásis, desde este lado del ordenador

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