Los hunos y los hotros

Si algo hay que admitir de Mientras dure la guerra es que ha puesto otra vez en el candelero a don Miguel de Unamuno pero no a sus obras.

En los colegios de mi tiempo te obligaban a leerlo, lo que provocaba un natural rechazo en toda la clase. Unos porque les aburría leer y a otros porque leían pero no, precisamente, a don Miguel de Unamuno.

Las lecturas iban por otro lado. Unos pertenecían al círculo Lovecraft y otros al de Herman Hesse. Los más iniciados se atrevían con Nietzche cuando la ola de literatura marxista comenzó a diluirse como un azucarillo en un vaso de café con leche y los que estaban iniciados en en el 98 resultaban ser seguidores de don Pío Baroja y don Ramón del Valle Inclán que de don Miguel de Unamuno y Azorín, lo que hizo que el venerable profesor de la Universidad de Salamanca no marcara lo que se dice a los míos.

No obstante, sí que recuerdo cómo me perturbaron cuando las leí por obligación (el que no se las lea, suspende) San Manuel Bueno, mártir y Niebla, aquella nivola en la que el protagonista llega a entrevistarse con el autor, autor que no es otro que don Miguel de Unamuno.

Al margen del debate político que suscita ya que el filme se desarrolla los primeros días de la Guerra Civil española, el filme retrata los últimos días del escritor y su histórico discurso en el que vino a denunciar a hunos y hotros, a lo nacionales entre los que se encontraba y los republicanos, a los que detestaba sin ningún asomo de cordialidad.

La película reconstruye bastante bien aquellos históricos momentos, y resume en alguna escena dos claves del bando rebelde como fue la de combatir bajo la bandera roja y gualda y convertir en himno La marcha real, canción cuya letra en la película solo saben unos pocos soldados mientras el resto la tararea con un lalala.

El resultado es obvio, más que emocionar produce una sonrisa. Eso es lo que pasa por no contar con un himno en condiciones y que todo español que se precie o no, que esa es otra historia, en vez de cantarlo lo tararee en cualquier encuentro deportivo mientras da saltitos como un idiota.

Mientras dura la guerra presenta a otros personajes históricos como el general Franco y otro generales rebeldes, aunque el contrario de Unamuno en la película es el general Millán Astray en, con quien el pensador mantendrá un enfrentamiento verbal en el paraninfo de la Universidad de Salamanca. De ahí saldrá la famosa frase: vencerán pero no convencerán, el grito de viva la muerte y el ejemplo de dignidad intelectual que asume un hombre viejo que al parecer lo que pedía era orden dentro de la II República.

El papel de Eduard Fernández es el más agradecido en esta cinta, ya que el general Millán Astray si por algo se caracteriza es por su histrionismo. Dicen que fue así en la vida real el fundador de la legión, aunque más allá de su grosería, me cuentan que sabía idiomas y que era una persona leída. A mi me da bastante miedo, el Millán que interpreta Fernández pero mucho más el de la vida real, el bronco militar que le puso una pistola en la cabeza al falangista Ernesto Jiménez Caballero al grito –otra vez– de ¡viva la muerte!

No lo hace mal tampoco quien se enfrenta a un personaje tan misterioso, frío y calculador como Francisco Franco, Santi Prego, aunque respecto a Karra Elejalde, que se pone en la piel de don Miguel de Unamuno, los kilos de maquillaje no me hicieron olvidar el trabajo que hizo sobre el mismo personaje el actor José Luis Gómez en La isla del viento (Manuel Menchón, 2016), una coproducción hispano-argentina en la que se cuenta los días que pasó don Miguel de Unamuno en su exilio de Fuerteventura.

No tan tendencioso y partidista como algunos han querido ver, Mientras dure la guerra es una película que pese a sus numerosos defectos merece ser vista no solo para pensar que no todo está perdido si hay personajes con el mismo raciocinio y coraje intelectual que don Miguel de Unamuno, sino cómo retrato de un tiempo tan aciago para España.

Se necesitan más películas sobre aquellos años en los que nos volvimos cainitas, pero espero que sean más objetivas que el filme de Alejandro Amenábar, a quien parece que coge de vuelta de todo estos hechos.

Pero es un trabajo de titanes, más en un país como España donde los fantasmas de la Guerra siguen vivos por nietos y tataranietos que se niegan a entender la Historia con distancia. La Guerra de España, la Guerra Civil de todos los españoles y de medio mundo que vino a combatir por esta tierra con generosidad y valentía, sigue siendo un asunto incómodo, un tema del que mejor no hablar si uno se expresa con meridiana objetividad porque no cree ni en buenos y en malos, sino en personas.

En este sentido, Alejandro Amenábar forma parte del conjunto, de esa amplia mayoría informada que se ha hecho una idea de lo que tuvo que ser aquello aunque él, como los demás, pertenezca a uno de esos hunos y hotros de los que habló el autor de La tía Tula.

Saludos, haz el amor y no la guerra, desde este lado del ordenador

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