Malasangre, una novela de Michelle Roche Rodríguez

“- Dígame: ¿qué le parece la sangre? –dijo él cerrando la revista.
– ¿La sangre?
- Sí, ¿qué opinión le merece?- Papá jugaba con su taza, como si fuera una conversación banal, a la cual no valía la pena prestar atención.
Pensé un poco y respondí que nos daba energía. Eso interesa a todos, dijo. No me quedó claro si ese genérico se refería a las personas con nuestra condición o a la humanidad entera”.

(Malasangre, Michelle Roche Rodríguez. Narrativas hispánicas, Anagrama, 2020)

Se está hablando y mucho en los últimos años de una nueva corriente genérica que recorre como un fantasma la última novela que nos viene de Hispanoamérica. Este género se ha acuñado como gótico andino y su principal defensora es la narradora y poeta ecuatoriana Mónica Ojeda, quien ha obtenido un meridiano éxito en España con novelas con títulos algo tremebundos como Nefando y Mandíbula.

Al margen de su calidad, e invito a su lectura para que se compruebe, el gótico andino cubre un espacio tan amplio como la cadena montañosa que recorre de norte a sur esa parte del continente, y sus historias, por norma cerradas, no evitan añadir componentes fantásticos que, al contrario de lo que se conoció como realismo mágico, tiene mucho de realista y menos de mágico, volcándose más por el lado tenebroso de las cosas.

No sé si es correcto decir que Malasangre, de Michelle Roche Rodríguez podría adscribirse a ese gótico andino al que nos referíamos con anterioridad pero sí que se trata de una obra que, objetivamente, presenta lo fantástico como sustancia real. Y el resultado es una novela renovadora dentro de un género, el fantástico y si quieren eso que llaman gótico andino, que me hizo evocar durante su lectura filmes también latinoamericanos que en su momento fueron además de cintas de éxito, propuestas que planteaban interesantes y novedosos discursos sobre criaturas tan populares dentro del género como los vampiros. El largometraje que de alguna manera sentó la semilla y que probablemente hizo que algunos se plantearan la existencia “real” de ese gótico fuera andino o no, fue Kronos (Guillermo del Toro, 1993) aunque la sangre y los bebedores de sangre sean humanos o no, cuentan en las literaturas americanas con notables precedentes como el fantástico autor de relatos Horacio Quiroga.

Michelle Roche Rodríguez plantea en Malasangre una historia de y sobre vampiros pero no al uso. Se trata de hecho la hemotofagia que padece la protagonista de la novela de una herencia que le viene por línea paterna, un momento en el que su cuerpo lo asalta la necesidad de beber sangre humana.

En la novela tanto la protagonista como su padre están perfectamente instalados en la corrupta sociedad venezolana de los años 20, un periodo caracterizado políticamente por una violenta dictadura que dirige con mano de hierro el general Juan Vicente Gómez. El libro se desarrolla así en otro tiempo que, curiosamente e intencionadamente, es un reflejo de las constantes contradicciones que viene sufriendo Venezuela en los últimos años.

La novela está escrita en primera persona por la protagonista, Diana, una joven de catorce años bastante madura para su edad y será a través de sus ojos cómo observaremos la decadencia de una sociedad en el que participan algunos de los miembros de su propia familia. Entre ellos su padre, un rico hacendado que se ha acostumbrado a cobijarse bajo la sombra de quien gobierna los destinos de su país aunque esté sujeto a los caprichos de las distintas familias conservadoras que un día son influyentes y al otro han caído en desgracia.

A través del relato iremos conociendo la realidad de la Venezuela de aquellos años, un país que comenzaba a ser nación sobre todo cuando entendió la riqueza que escondía su suelo en forma de petróleo, sangre negra, por otro lado; y la corrupción que trajo pareja la explotación de este recurso natural que hizo millonarios a demasiados pocos. Las “vampiras” y los “vampiros” de Malasangre en este sentido más que amenazas son víctimas de un sistema que no solo se ha acostumbrado a envenenar la tierra sino también el alma de una élite obsesionada por el dinero y el poder. Pecados que sin embargo no combate una iglesia igual de envilecida por el preciado oro negro, aunque rechace, como rechaza la madre de la protagonista a su propia hija por llevar Malasangre, pero no al padre que continúa ejerciendo con total normalidad su doble vida.

La novela está atravesada también por un discurso radicalmente feminista, ideas que se amplifican mucho más al desarrollarse el libro en unos tiempos marcados por un machismo que nace ya desde la familia y que contribuyeron a fomentar mujeres “piadosas” como la madre de Diana, personaje que por cierto tiene nombre de diosa de la caza.. ¿Una ironía de la autora? Será cuestión de preguntárselo si visita, como se prevé, la próxima edición de Tenerife Noir en octubre de este año.

El libro se lee con rapidez, apena supera las 230 páginas, y ha sido para quien les escribe una pequeña sorpresa en un año que no se está caracterizando por grandes sorpresas y un título que invita a conocer próximas obras de una escritora que, sin caer demasiado en un retorcido barroco, no renuncia a un estilo que gusta de la descripción de escenas y en recrear atmósferas. Su literatura en este sentido resulta bastante hipnótica y hace sospechar una carrera prometedora no solo en las letras venezolanas que se escriben hoy dentro y fuera de su convulso país sino también en las que se escriben en español.

Estén atentos a su nombre: Michelle Roche Rodríguez.

Saludos, calor, desde este lado del ordenador

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