Las cosas del alcarde y el Tarife: la nueva ubicación del Rastro de Santa Cruz de Tenerife

Este domingo, tras la euforia de los carnavales, me fui al Rastro de la capital tinerfeña pero, como en una novela de fantasía, cuando llegamos a los alrededores del Mercado de Nuestra Señora de África todo estaba desierto. Salvo la gente que entraba y salía de la Recova con sus compras, el resto estaba igual de muerto que otro día cualquiera. Me acerqué a una de las casetas azules para que me informaran de lo que había pasado y fue una buena señora, entre zapatillas y zapatos, quien me dijo que lo habían trasladado abajo. A la zona de los aparcamiento, más o menos cerca de donde se encuentra el edificio de Hacienda.

Y bajé, claro.

Primer inconveniente cuando ya me encontraba a dos pasos. Cruzar la avenida Marítima. Los coches van y vienen como centellas así que hay que esperar un rato porque por la zona parece que los semáforos son de ciencia ficción y la policía local destacada como que va a sus rollo en vez de ordenar el tráfico que por ahí circula. A mi lado se encontraba una señora de avanzada edad y tuve que indicarle que se lo tomara con calma. Que no me fuera loca y atravesara la avenida porque se la llevaba por delante uno de los coches que entran o de los que salen de esta ciudad que, no sé cómo, quiero tanto. Cosas de que aquí se resume gran parte de mi vida…

Sol de justicia, dije. Y sol de justicia el que caía sobre el Rastro. Hay puestos en los aparcamientos y otros en el paseo que esta encima. Los del paseo, jodidos, porque no les dejan aparcar y tienen que trasladar toda la mercancía a pelo, encima de la espalda o con carritos de la compra. También con esas bolsas grandes que parecen que pueden llevar todo tipo de cosas. Hasta un elefante disecado si hace falta.

Paseo por el Rastro mientras el sudor comienza a resbalarme por la frente. Hay puestos, sí, pero también hay huecos. Me comentan que el orden de los puestos se hizo por orden alfabético aunque visto lo visto, el orden como que es lo que menos importa. No obstante, de los vendedores a los que pregunté, a la mayoría no les había ido mal en ventas. Yo me llevé unas memorias de Enrique Líster, publicadas en Planeta cuando era pibe: Así destruyó Carrillo el P.C.E..

Sigo andando mientras Kala tira de la correa. La pobre con la lengua fuera. El calor aprieta. Lo que parece mentira, porque hace unos días llovía y llovía y bajaron ligeramente las temperaturas.

Una gitanilla canta burlona “Este es el mejor Rastro del mundo, gracias al alcarde y al Tarife”, y nuestras miradas se cruzan. Y sonreímos. La idea que pensamos es la misma: pudo ser el mejor Rastro pero no lo es gracias al alcarde y al Tarife.

Por Cthulhu, lo del Rastro es una operación de acoso y derribo de libro. Al final lo dejaran languidecer, que se muera ese Corte Inglés para pobres que me dijo aquel, hace ya unos años, cuando todos éramos más jóvenes pero no sé si felices.

Camino sin ver nada que me llame especialmente la atención. La oferta de oportunidades como que se ha costreñido demasiado. Además, más que cacharrería, lo que se ven son puestos de ropa y zapatillas de deporte.

Vamos por el paseo de arriba y el muestrario es más o menos el mismo que el de abajo aunque por aquí la gente anda un poquito más caliente por el traslado forzoso del Rastro a la zona que ahora ocupa, y orden que vino desde el Ayuntamiento por el alcarde y el Tarife que, por cierto, creo que este domingo no se dejaron ver por el nuevo emplazamiento, conscientes de que, probablemente, les hubieran dicho de todo menos bonito. Además, el Rastro no tiene estética para estos dos. Es para indigentes y no triunfadores (es un decir) como tan extraña pareja: el alcarde y el Tarife.

Mal sentido de la estética tiene el Tarife y otros peperos tinerfeños que hace unos días se sacaron una afoto (hay que ver lo que les gusta a esta gente sacarse una afoto) inclinando sus cabezas en una olla de garbanzas que se guisaron en el Mercado de Nuestra Señora de África. Una lástima que no acabara dentro cualquiera de ellos y que su grasa sirviera de tocino. Pero no, mejor no porque vete a saber a qué hubieran sabido esas garbanzas… Igual nos envenenan a todos, a todas y a todes.

Mientras subo la avenida de San Sebastián me da esa pena que últimamente me atraviesa cuándo me doy cuenta de los cambios sin ton ni son que está sufriendo mi Santa Cruz. El alcarde y el Tarife deben de estar contentos por haber trasladado el Rastro a esa zona de destierro en el que se encuentra ahora (apenas hay baños, tampoco hay sombra aunque me dice uno que la idea es que se instalen unos toldos pero no sabe cuándo, probablemente cuando todos, todas y todes estemos calvos) sin que los dos sean conscientes de que la historia jamás les reconocerá que tuvieron razón al tomar esta decisión. Una decisión equivocada y desacertada pero imagino que será estratégica para el alcarde y el Tarife. Estratégica porque quiero pensar que esto obedece a un plan que, por desgracias, no va a redundar en el beneficio de los chicharreros y los que vienen de fuera.

Pero gracias a los dioses, aún nos queda Solican que para mi se ha convertido en la aldea de los galos de los comics de Astérix. Es decir, que resiste en la calle del padre Anchieta contra viento y marea vendiendo libros usados, viejos otros, a precios de risa. Un euro, cinco el más caro.

Y allí, entre títulos que fueron publicados por editoriales olvidadas por el tiempo se me va una mañana de domingo en esta chiquitita capital de provincias que dirige (es un decir) el alcarde y el Tarife.

Saludos, que nos cojan confesados, desde este lado del ordenador

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