La llaman Feria del Libro, yo tampoco
No hay año que pase sin que tengamos noticia de la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife. O lo que fue Feria del Libro de la capital tinerfeña, que antes sí que lo que fue aunque los años y decisiones políticas desviadas y sin cálculo, consiguieron que este encuentro con los libros terminara finalmente en La Laguna, que es la que acoge (eso dicen) la Feria del Libro de una isla y de una provincia que por una vez puede mirar a la que tiene delante con cierto aire de superioridad. Lo apunto porque la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria corre el riesgo de no celebrarse por cuestión dineraria, de acumular una deuda con proveedores que no ha terminado por asumir si alguna vez la asumió sus organizadores. Los mismos libreros.
De todas formas, y como foco de atención, creo que la Feria del Libro de Santa Cruz sin llevar el mismo camino de la de la capital grancanaria, sigue haciendo las cosas con un aire de improvisación que da miedo. O viruje.
Se anuncia a bombo y platillo que este año se celebrará del 30 de abril al 4 de mayo, y que se instalará como siempre en el espacio que le dejan en el parque García Sanabria porque las casetas coincidirán un año más con las de la Feria de Plantas y Artesanía. Los libreros lo quieren así porque va más público, leo en una nota de prensa, aunque no sé si la asistencia masiva de ciudadanos/as contribuyen a que se dispare el número de ventas de, pongamos un ejemplo, el último libro de David Uclés, que es ese escritor al que han crucificado los hunos y los hotros, y del que me cuesta todavía entender el éxito de su La península de las casas vacías, ladrillo que tuve que dejar cuando llevaba unas veintitantas páginas leídas… ¿Estará Uclés en la Feria del Libro de Santa Cruz?, ¿no temblará el alcalde José Manuel Bermúdez cuando el escritor denuncie desde el escenario que esta ciudad es una de las poquitas de España que conserva un monumento a Francisco Franco?
El caso es que está previsto para este año que se “ubiquen 26 stand con 17 librerías, 9 editoriales participantes, además de los institucionales, correspondientes a la Fundación CajaCanarias, la Librería del Cabildo, la Academia Canaria de la Lengua y el Organismo Autónomo de Cultura”.
En este aspecto, quince stands estarán localizados en el paseo Domingo Pérez Minik y once en la Rambla de Santa Cruz pero no se dice que las librerías que se presentaron pero que no salieron en el sorteo, se quedan a jugar en casa para fastidio de alguno de estos libreros. Tanto, que en redes circula una librera de Tacoronte manifestando su indignación por no haber sido de las afortunadas. Lo mismo le pasa al Centro de la Cultura Popular Canaria, y eso que uno de sus miembros es la presidenta de la Asociación de Libreros de Tenerife, aunque está en modo silencio porque en bocas cerradas no entran moscas.
A la espera de ver qué escritores/as selecciona el Cabildo de Tenerife para invitarlos a este fiesta cada día más cerca al desguace, y con la esperanza de que Espido Freire se quede en casa, más que nada porque aparece ahora en muchos saraos literarios de la provincia sin que termine de entender la razón de su presencia salvo que da una ligera sensación algodonosa allí por donde pasa y hace encender los ojos de los políticos locales que aprovechan la ocasión para sacarse una foto con ella.
Permítanme por lo tanto rezar a los dioses para que los autores/as que se traigan sean de calidad y no Juan de Val que petará, seguro, y que venderá, seguro, pero eso no quita que su novela (por llamarla de alguna manera) sea una puñetera birria por mucho que haya ganado el Planeta, un premio que en su ya larga historia hace enrojecer a los que lo ganaron en justicia cuando en el pasado se leía, es verdad que poco en este país, pero los que leían, leían cosas serias.
Como la queja de la librera de Tacoronte ha sacudido meridianamente las redes sociales, el Ayuntamiento de la capital tinerfeña se ha apresurado a emitir una nota infomativa en la que el alcalde dice que “la Feria del Libro es la cita más importante de la ciudad para el fomento de la lectura” y que se trata de un “proyecto colectivo que se construye desde el diálogo con quienes la hacen posible. Hemos mantenido un contacto permanente con el sector para que vuelva a ser un éxito, como lo ha sido en ediciones anteriores, escuchando sus aportaciones y trabajando de manera coordinada para mejorarla año a año”.
Leído el parrarafito anterior, me di cuenta que el alcalde y yo no hemos estado en las mismas ferias anteriores, ya que poco a poco ésta ha ido perdiendo entidad. Y salvo la foto el año pasado del mismo alcalde y otros que viven de la política rodeando a Espidpo Freire, esa especie de hada madrina que ahora está en muchos saraos que se montan a este lado del Atlántico, si por algo brilló la del 2025 como la de otros años fue por ser una feria de vanidades. Demasiado postureo. Posturero que pulverizó las líneas rojas al incluir un cóctel para los autores/as invitados y esos mismo políticos que salen tanto en la foto. El acto tuvo lugar en el Hotel Mencey, y lo pagó, no iba a ser menos, el contribuyente. O sea, usted y yo.
Cuando algún día se escriba el capítulo de la Feria del Libro de Santa Cruz de Tenerife nos daremos cuenta del relato de una derrota. Derrota de quienes leemos y amamos los libros y victoria de los que quieren aparecer en la foto (los que viven de la cosa pública, no de servirla) y de escritores que venden, mucho, es verdad, pero cuya literatura no vale una mierda. Y sí, me refiero a los que venden no por sus libros sino porque son rostros populares, sonrisas profidén con la que esconden la mediocridad de una obra que, seguramente, ni escriben. Para algo están los escritores/as fantasmas, los negros que así los llamamos en estas Expañas que, por mucho que lo digan, sigue siendo la misma.
Saludos, estos es lo que hay, desde este lado del ordenador

