A La lucha le falta maña

Título original: La lucha / Año: 2025 / Duración: 92 min / Dirección: José Ángel Alayón/ Guion: Marina Alberti y Samuel M. Delgado / Música: Camilo Sanabria y Adriana García Galán / Fotografía: Mauro Herce / Intérpretes: Yazmina Estupiñán, Tomasín Padrón, Inés Cano, Sara Cano, Aridany Pérez.

La Lucha (José Ángel Alayón, 2025) no es una película sobre la Lucha Canaria sino una historia que cuenta el deterioro en las relaciones entre un padre que es luchador y su hija. De ahí su título, La Lucha, metáfora que va más allá del deporte vernáculo, del que se muestran agarradas a pie del terrero, muy físicas, planos en los que el espectador casi siente el contacto entre contrincantes, pero no explica ni da demasiada información sobre cuáles son las reglas de este deporte que nació con los antiguos canarios y que perdura hasta hoy, aunque por desgracia ya no encuentre el eco que una vez tuvo en los medios de comunicación convencionales.

No le faltan atractivos a La Lucha, aunque me sienta vamos a decir que defraudado por lo que, previamente, imaginé que iba a ver. El primero es que la película está rodada en la isla de Fuerteventura, cuyos paisajes desérticos están fotografiados con el cuidado al que nos tiene acostumbrado el cineasta, antes director de fotografía, aunque renuncia a ella en esta su segunda película como director de largometrajes tras Slimane (2013).

Pero al margen de la lucha canaria, que es una de las miradas a través del cual se desarrolla, el filme cuenta con escenas que tocan mi corazón pese a la distancia que mantiene el director con sus dos protagonistas, padre e hijo, interpretados por Yazmina Estupiñán y Tomasín Padrón, que se estrenan como actores y que resultan muy creíbles en los papeles que interpretan. En ellos dos descansa el peso de la historia y ambos consiguen que me identifique con lo que discurre en pantalla.
Si algo no se sostiene con maña es el guion, un relato que no termina de cerrarse, que prefiere dejar puertas abiertas.

Al ver la película, con público entregado a mi alrededor, casi me pareció estar observando en pantalla un western moderno. La planicie de la isla majorera se presta a ello, también ese desolado paisaje que tanto dice sobre el crepúsculo del luchador, sin olvidar el carácter sociológico del filme y su anhelo por mostrarnos un rasgo de nuestra canariedad que no termina de agarrar aunque algunos destellos trascienden a veces la pantalla.

El cuerpo hercúleo de Tomasín y la fragilidad del de su hija, dice mucho de los distintos estados de ánimo que modifican el carácter de ambos. Mientras, vemos en qué consiste su día a día. Trabajar en una lavandería en el caso de ella. Los dos pertenecen a una clase social que no suele contar con películas en las que veamos cómo es su vida, pero es ella, Yazmina Estupiñán, la que termina por dominar cada plano en el que aparece. La contemplo y me pregunto de donde diablos ha salido una actriz que leo no había hecho nada parecido hasta ahora. Algo similar me pasa con Tomasín Padrón pero es ella la que al final toca algo en el espíritu del espectador. La película casi resulta un documental de ficción, que quizá era la intención, y eso hace que me siente a la mesa cuando se reúne la familia y que lamente que la rodilla de Tomasín no sane y que el médico le advierta que debe dejar de luchar si no quiere perderla claro que el personaje lo hace porque es su forma de vida, no sabe hacer otra cosa, pero eso se intuye en una historia contada a retazos, casi como la voz del viento que suena en la árida isla de Fuerteventura. Se nos avisa que la esposa y madre falleció hace un tiempo, y que la ausencia es un peso que lleva el padre, incapaz de superar su muerte.

No hay mar en la película. La ausencia de mar es notable en una cinta que habla de fatalidad y de incomunicación. También de cómo una hija no acepta las reglas, y de cómo se rebela contra ellas cuando lucha. Esto supone un severo castigo porque se trata, se remarca y hace bien la película, en explicarnos que es un deporte noble. En el que el ganador tiende la mano al derrotado.

De fondo, una isla que la fotografía granulosa (leo que se rodó en 16 mm) pinta de extraños colores el árido y desértico paisaje. Y esa mirada de colores apagados envuelve a un filme que junto al tambor de la legendaria Valentina la de Sabinosa envuelve con un lazo muy nuestro, muy canario, un relato interesante pero al que le falta sin embargo maña en lo que nos cuenta.

Se ve con entusiasmo pero no termina de conmover. Le falta algo. Y ese algo es calidez. Casi todo en La Lucha me resulta helado, como si estuviera mirando un documental sobre un padre y una hija que luchan (los dos a su manera) por causas distintas aunque al final el abrazo que se dan no sea el de una agarrada, como muestra el póster de la película, sino el de un padre y su hija. Dos personas que han ido por caminos diferentes tras la muerte de la madre y de la esposa.

Creo que La Lucha abre caminos en eso que cada día me atrevo a llamar cine canario. Se trata de una película canaria, un título que se suma a una todavía pequeña tradición cinematográfica en las islas como es la de contar una historia universal (la de un padre y su hija) en un ambiente tan canario, canario antiguo, como es la lucha.

Y de fondo el paisaje árido de una isla seca, y un cuerpo tallado casi parece de dunas como es el de su protagonista. Pero falta algo. Y ese algo es maña, mucha más maña.

Saludos, el grande ganó, desde este lado del ordenador

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