El príncipe lagarto, una novela de Marcos Dosantos
El príncipe lagarto (Plasson & Bartleboom, 2026) es la primera novela que leo de Marcos Dosantos, relativamente conocido en el mundo de las letras por ser el escribidor de las memorias de la activista transexual Carla Antonelli, que publicó Plaza & Janés hace dos años y que tuvieron un buen recibimiento. Dosantos es autor además de Cuaderno del Subrópico Norte y colaboró en la antología Te pondrán flores en el estómago. Con El príncipe lagarto propone una delirante fábula me temo que sin moraleja alguna que comienza muy bien pero que termina de forma irregular y demasiado precipitada.
Más próxima a esa literatura excéntrica que en su día cultivaron cineastas como Ed Wood y Pedro Almodóvar con títulos como La drag asesina y Patty Difusa y otros relatos, respectivamente, que a los cuentos de autores del calibre de Hector Hugh Munro (Saki) e incluso Raúl Damonte (Copi), a este último se le menciona en la contraportada junto a Terenci Moix, la novela de Marcos Dosantos es bastante irregular. Es probable que recibiera esta sensación porque lo escrito me parece demasiado improvisado, y esa improvisación lo arrastra a unos callejones donde no termina de salir como entiendo que tenía que haber salido el puñado de ideas, algunas muy interesantes, que dispersa en el texto.
La novela tiene un comienzo potente: la historia de un joven que trabaja como camarero en un bar donde comete un error de incalculables consecuencias, aunque es ese error, precisamente, la primera piedra de una historia que a partir de entonces no sabe que rumbo tomar.
El protagonista al que bañan las luces de neón es Rayco Bethancourt, “migrante y actor”, que trabaja como buenamente puede y con un salario miserable en la ciudad de Gara, una suerte de gran capital, una especie de Madrid ficticio. Ah, ese Madrid que dejó de serlo hace tiempo aunque es verdad que respiró en un lejano pasado un sabor loco y febril que Dosantos intenta representar en este frenético a ratos, viaje al fin de la noche aunque su trayecto no resulte ni tan loco ni tan cómico aunque es verdad que deja cierto regusto amargo, cierta sensación de fracaso que arrastra su protagonista, un tipo que “más allá del espejo roñoso me hice puma de provincia resuelto y radiante. Un amigo al que acudir, un actor al que acariciar. Y un camarero lleno de rencor”.
La novela está estructurada en tres partes (Crimen, El Disparate y El Abismo son sus títulos), de la que la primera me parece la mejor. Quizá porque el personaje calienta motores y cuando parte de la salida, uno espera un recorrido mucho más intenso, polémico y provocador pero por desgracia no se produce ni una cosa ni la otra. Es como si Dosantos hubiera preferido coger por el camino de en medio, sumergiéndose a continuación en un proceso electoral en el que las distintas fuerzas políticas que concurren llevan el nombre de Pasado y Futuro. No es difícil imaginarse quiénes son los conservadores y los progresistas pero lo que parece que se va a convertir en una sátira política no está bien armada, así que el castillo organizado se desmorona con facilidad al no contar con elementos que lo sujeten para darle una agradecida consistencia.
Con todo, ya digo que la primera parte me ha parecido brillante y divertida, sobre todo porque soy muy agradecido con las novelas y cuentos que me hacen si no reír, sí al menos sonreír. Y algo de esto me pasa con El príncipe lagarto aunque a la larga su mayor lastre sea que quiere, y lo es demasiado, frívola y tontorrona. Si el escritor no hubiera escogido ese lado, el de la frivolidad pura y dura, la novela hubiera resultado más auténtica, y más cercana al universo de Saki y Copi que al de Almodóvar y Ed Wood, pero otra vez será si el próximo itinerario literario de Marcos Dosantos declina en una nueva novela cuyo objetivo sea ir por otros derroteros. De momento, y el que propone en El príncipe lagarto a mi no me termina de convencer. Y eso que algunas risas no sonrisas solté con muchas de sus páginas, el primer plato de una odisea que lamentablemente se perdió al escuchar sus cantos de sirenas.
La lecturas de la novela es sencilla ya que está escrita sin alharacas experimentales, pero le falta sustancia y sobre todo colmillo si lo que pretendía era dibujar un retrato distorsionado de nuestra cada día más lamentable clase política. Al margen de estos errores, conscientes o no eso solo lo sabe el autor, la novela se lee pero no incomoda, cuando debería de haber incomodado o por lo menos cargar las tintas sobre un proceso electoral y lo que conlleva de carrera de ratas que emprenden los partidos con ojo más demoledoramente crítico. Pero Marcos Dosantos prefiere la sátira sin hacer sangre y la parodia antes que el humor con todas sus letras.
Con todo, quedo a la espera de nuevos trabajos del autor ya que me interesa una mirada narrativa que detecto en algunas de las páginas de un libro que quiere ser libre pero que termina encadenado a sus contradicciones.
Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador
