Lo que queda de Scorpio, el último vídeo club de Tenerife
Llevaba casi cuarenta años abierto en la calle de Álvarez de Lugo de la capital tinerfeña, y disfrutó de unos gloriosos días de vino y rosas cuando el vídeo doméstico llegó a casi todos los hogares españoles y por extensión de Canarias. Cuando desembarcaron los vídeo club los agoreros que nunca faltan comenzaron a decir que significaba el fin de las salas de cine tradicionales pero las salas de cine tradicionales se adaptaron a las circunstancias convirtiéndose en multicines. El primero que llegó a mi ciudad fue Los Oscars, salas que en aquel entonces parecían de ciencia ficción, por lo moderno que era todo y porque en un solo espacio podías acceder a cuatro salas que proyectaban cuatro películas diferentes.
Estaba la grande, que no recuerdo ahora si era la 3, y la más pequeña, que no recuero ahora si era la 4. Las butacas de cada una de ellas eran, además, de colores diferentes: rojo, azul, verde, marrón o canelo como decimos por aquí… Allí vi, entre otras, Viaje al fondo la mente, una de Ken Russell muy looooca como todas las de Russell; Stars Wars. Episodio VI. El retorno del Jedi, de un cineasta al que le tenía cierta estima, Richard Marquand, y que vi muy emocionado porque resolvía las incógnitas del Imperio Contraataca, pero que me dejó congelado en la butaca porque aquello era espectáculo infantil, para los más pequeños (los dichosos ewok); Excalibur, de John Boorman, que si ya era un director al que seguía con devoción de cartujo, amé y amé por iniciarme en el ciclo artúrico y educarme en el noble arte de la caballería y la comedia Besos para todos, de Jaime Chávarri, no porque fuera una gran película, que no lo es, sino porque fui con mi madre. La película estaba rodada en Cádiz, y mi santa madre santa era gaditana, así que todavía me emociono cuando pienso en aquella sesión que para mi tiene un enorme valor sentimental…
El caso es que los video clubs no acabaron con los cines, lo que acabaría con el cine y los video clubes vendría mucho años después con ese artefacto llamado plataforma. Este que ahora les escribe iba al cine cuatro o cinco veces por semana pero desde que se alejaron del centro, buscaron cobijo en los centros comerciales, subieron espectacularmente el precio de las entradas y las películas que veía dentro de ellas no merecían ya tremendo gasto, dejé de asistir para refugiarme en casa y convertirme a la secta de Netflix y compañía. De tanto en tanto, no obstante, sí que iba a los vídeo clubes aunque cada vez quedaban menos en mi pueblo.
Recuerdo Cuencos y más tarde los impersonales Blockbuster, que llegaron para comérserlo todo y al final no pudieron con el vídeo club que se encontraba en la otra esquina… Pero se notaba la crisis. Y fueron cerrando en cadena, unas tras otros aunque como en las historietas de Astérix permanecía uno abierto contra viento y marea. Un vídeo club que se reía de los muilticines, de las plataformas y de lo que fuera si fuese. Ese vídeo club fue Scorpio, al frente de un empresario incombustible y con visión, Agustín García Sicilia que siguió al frente de la nave después del confinamiento, y continuó sorteando tempestades hasta el años pasado y este que todavía no ha llegado a su meridiano.
Oficialmente, Scorpio dejó de operar este 2026 desgraciado por muchas cosas, así que entrar en el local ayer lunes, 11 de mayo, y verlo vacío salvo una estantería con los últimos vídeo que quedan tras la limpia del local y que Agustín espera liquidar, y una rebobina que si tiene valor, es un valor sentimental para los que conocieron el celuloide, entrar en lo que fue el vídeo club es como acceder a un espacio ya moribundo de tu niñez al que le han quitado todo lo que recuerdas que te formó como persona. La sensación no fue la misma, claro está, pero casi se pareció a ese penoso vacío que me entró en el alma cuando vaciamos la casa de mis padres tras el tristísimo fallecimiento de mi madre. Donde antes hubo muebles, cuadros colgando en las paredes, alfombras y moquetas, ahora no quedaba nada. En Scorpio no queda ahora tampoco nada salvo esas estantería y la rebobinadora. Un espectáculo que da congoja, en especial porque lo conociste cuando vivió sus años de esplendor.
Caminé de un lado a otro. Entré incluso en la oficina de Agustín que era su centro de mando, y en donde manejaba un negocio que durante casi cuarenta años repartió cine del bueno como del malo. Donde aguantó también monólogos de cinéfilos solitarios como charlas de cine sin prejuicios intelectuales. Ratos de un vìdeo club que, como diría el Nexus 6, ahora se pierden como lágrimas en la lluvia.
Les dejo un puñado de fotografías de un local tan especial para quien ahora les escribe. Paredes vacías, suelo ajedrezado, puertas que ya no van a ninguna parte. Saludo a Agustín, que es quien me permite que saque estas imágenes, y salgo a la calle de Álvarez de Lugo con ese hueco grande que antes intenté explicarles. Cosas de dinosaurio, pienso mientras cruzo. Fin de un tiempo, The End que aparecería en una película de habla inglesa.
¡Ah, la puta nostalgia!, esa nostalgia que a mi no me parece un error.
Saludos, koniec, desde este lado del ordenador
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