Ambrose Bierce, periodista, escritor e investigador
No termina en España por reconocerse la estatura que tuvo como escritor Oakley Hall. Es probable que este desconocimiento sea fruto más del prejuicio que por su incuestionable calidad literaria, ya que gran parte de su éxito lo alcanzó por una serie de novelas ambientadas en el lejano oeste norteamericano que por fortuna hace unos años fueron traducidas al español y publicadas con el mimo que se merecían por Galaxia Gutenberg. Estas tres novelas (novelones más bien por su abultado número de páginas) fueron Warlock, que cuenta con una interesante pero irregular versión cinematográfica titulada El hombre de las pistolas de oro (Edward Dmytryk, 1961) protagonizada por Henry Fonda, Richard Widmark y Anthony Quinn, así como Bad Lands y Apaches, en la que Oakley construye universos muy realistas pero también personales de un tiempo que forma parte del pasado mítico y también legendario de los Estados Unidos.
El caso es que Oakley Hall combinó su escritura con la de dar clases de creación literaria. Y no lo tuvo que hacer nada mal cuando de entre sus alumnos aparecieron destacados narradores como Richard Ford, Michael Chabon y Amy Tan, convirtiéndose pronto en un referente y con algunos de sus títulos en un autor de culto. Warlock de hecho se hizo con una legión de lectores leales que la defiende a capa y espada desde el día de su publicación. Defensores entres los que se encuentra el mismísimo y críptico Thomas Pynchon, que la considera una de sus obras de cabecera.
Ambrose Bierce y la reina de picas pertenece a lo que podríamos denominar como divertimentos literarios, novelas que poco o nada tienen que ver con las mencionadas anteriormente del mismo escritor. Se trata de una serie –creo si no me equivoco que Oakley Hall llegó a escribir cuatro títulos más– de las que solo una, la que mencionamos, ha sido traducida al español, que me hace exigir desde esta modesta atalaya que algún editor con vocación de riesgo se atreva a editarlas para que los que seguimos a Hall podamos disfrutar al completo de una saga que si bien no tiene mucho que ver con el mundo que refleja en sus historias del oeste (su literatura es algo así como convertir en palabras la luz y las sombras de las pinturas de Frederic Remington) tienen ese sello autoral que sí supo imprimirle a todas sus historias. En este caso, además, tomando como protagonistas a uno de los más grandes escritores estadounidense de finales del siglo XIX e inicios del XX, Ambrose Bierce, ese gringo viejo según Carlos Fuentes que fue un personaje que además de concebir historias con marcado acento macabro como es Un habitante de Carcosa y Aceite de perro, se movió también con envidiable comodidad por otros géneros como fue el bélico, relatos en los que contaba medio camuflado por la ficción, lo que vio y vivió durante la Guerra Civil, en la que sirvió en el ejército de la Unión.
Ambrose Bierce fue sin embargo antes de escritor un periodista. Y un periodista cuya pluma despertaba miedos y rencores. Sus ataques más furibundos, según lo retrata Hall en esta primera entrega, fue el ferrocarril, pero también cargó las tintas contra otros poderosos que hicieron fortuna no por su talento para estimular capital sino por su capacidad de corromper a los de arriba como a los de abajo. Bierce trabajaba en San Francisco, y pronto se convirtió en un azote para todos aquellos que querían o ya habían metido la mano en los fondos públicos, así como de aspirantes a literatos que le enviaban sus originales para recibir alguna crítica del maestro, que siempre escribió lo que le dictaba su cabeza y no el corazón. Es decir, que había que tener mucho valor para querer el escrutinio de un sujeto que no tuvo pelos en la lengua, y que antes de desaparecer en México, en aquel México inflamado por la revolución, recorrió los campos de batalla donde combatió durante la llamada Guerra de Secesión.
El personaje de Bierce está muy bien descrito en la novela aunque en justicia no es el protagonista absoluto de la historia sino un joven periodista, Tom Redmond, que entra a trabajar a su servicio. Será a través de sus ojos, de la peculiar mirada de esta especie de doctor Watson, el retrato que como lectores nos haremos del escritor y periodista. Retrato que representa el carácter arisco e incómodo que tuvo y su manera de contar las cosas, hoy políticamente incorrecta, woke, de la realidad de sus días. En la novela, Bierce y Redmond investigan una serie de asesinatos de mujeres que aparecen destripadas en los callejones oscuros de San Francisco (más tarde nos enteraremos que unos pocos años después se cometen asesinatos idénticos en el Londres victoriano, asesino al que la prensa británica llama Jack, el destripador) mientras Oakley Hall aprovecha para poner en contexto a los personajes, describir el febril mundo de la prensa de aquellos años (Bierce terminó trabajando como columnista para los diarios de William Randolph Herst) y profundizar en las extrañas relaciones de amistad que se producían en una ciudad que necesitaba de periodistas y críticos, pero también de escritores satíricos al modo de Mark Twain para que vocearan grandes verdades bajo el disfraz del humor. Y Ambrose Bierce fue un maestro de la sátira, sátira de su tiempo. Sus dardos envenenados de justicia iban contra los multimillonarios dueños del ferrocarril, así como de los políticos que solo pensaban en llenarse los bolsillos a consta de los contribuyentes, a quienes seducían con engañosas palabras de afecto… Nada nuevo, ya que está maldita costumbre se extiende hasta nuestros días con escenarios y herramientas diferentes aunque la intención sea la misma: poder, robar y vivir una agradable jubilación rodeado de lujos a costa del pueblo para el que supuestamente trabajaban.
Cada capítulo de la novela se abre con una cita de una de las obras mayores de Bierce: Diccionario del diablo, que reúne una serie de ácidas e irónicas descripciones de las cosas. Comenzando por Homicidio: “Muerte de un ser humano por otro ser humano. Hay cuatro clases de homicidio: alevoso, el excusable, el justificable y el encomiable, aunque al muerto no le importa mucho estar incluido en una o en otra; la distinción es para uso de abogados”.
Es una pena que en España solo se haya publicado la primera novela de la serie. Provoca adicción pero es lo que cuando se lee a Oakley Hall y por supuesto a Ambrose Bierce.
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