El último gumlet, una novela de Diego Ameixeiras
A mi me parece que Diego Ameixeiras es de “nuestros” escritores de literatura negra y criminal una pieza clave para entender la evolución (en algunos casos involución) del género en España. Es, muy por encima de otros compañeros de viaje, uno de los autores más clásicos, clásico porque algunas de sus novelas son herederas de una tradición literaria norteamericana en la que aparecen nombres como Dashiell Hammett, Raymond Chandler y otros grandes e incomprendidos como Jim Thompson y James M. Cain. La sombre de M. Cain es muy alargada de hecho en El último gimlet (AdN, 2026), aunque en esta historia propone una original relectura que la aproxima más al universo de Fuego en el cuerpo, el inolvidable noir de Lawrence Kasdan, que al de El cartero siempre llama dos veces, novela convertida en varias ocasiones en película, aunque ninguna de las que se rodó después de la original, la de blanco y negro dirigida por Tay Garnett en 1946, ha logrado superar la intensidad de una historia en la que Lana Turner seduce a un duro pero en el fondo muy vulnerable John Garfield para que se convierta en su cómplice y asesinar a su marido.
Resulta así inevitable que El último gimlet, un titulo que tiene resonancias chandlerianas ya que este combinado era una de las bebidas predilectas de Philip Marlowe, evoque lecturas y autores de otros tiempos, tipos que aprendieron el oficio de escribir a base de escribir encargos y novelas de tapa blanda que se vendían como rosquillas en los kioscos de prensa, y legión de plumillas de la que salieron la mayoría de los grandes escritores del género norteamericano, autores y género que si tiene una denominación de origen es ciertamente estadounidense. De ahí que los grandes clásicos del género, que los tiene, sean en su gran mayoría ciudadanos de ese país que hoy gobierna alguien que parece un desequilibrado, y que la novela negra como más tarde pasa en el cine, resulte tan norteamericana como las hamburguesas, aunque en el caso de la literatura noir, no se trata de comida rápida sino más bien de todo lo contrario.
Diego Ameixeiras recordó en una novela anterior, La noche del caimán, a otro de los grandes escritores norteamericanos del género como fue David Goodis, y repite el tributo en El último gimlet, solo que sin mencionarlo en ninguna de las páginas, al universo pasional y profundamente erótico del mejor James M. Cain, de quien se inspira para contar esta historia de triángulo a puntito de romperse. O de hacerse fragmentos contra el suelo. De manera no sé sin consciente, o de son cosas mías, noto también y de forma muy espesa, la influencia de otro gran escritor norteamericano en esta novela, que es Patricia Highsmith, escritora que cultivó una novela policíaca que puso su acento en la psicología de los personajes, sobre todo cuando abordaba el inquietante perfil criminal de todos ellos.
Ripley, a quien dedicó cinco novelas, no es un personaje que esté del lado de la ley sino todo lo contrario. Pero aún con esas, es inevitable que el lector cuando lee algunas de las novelas de la serie se ponga de su lado aunque lo que haga esté más que mal, muy mal.
Son tres los protagonistas principales de El último gimlet, Amador, un policía al que se le invita a tomar unas vacaciones obligatorias tras romper de un puñetazo uno de los ojos de un superior. Ismael, un atractivo joven que vive a la sombra de Lola, mujer de edad que aún conserva algo del esplendor de una belleza que busca refugio, como lo busca Amador tras su ataque de ira, en un pequeño pueblo de la costa gallega, un paisaje montañoso y de escarpados acantilados que está muy presente a lo largo del relato, y que forma junto al trío protagonista el otro lado de un ahora hipotético cuadrado en el que poco a poco uno descubre que nada es lo que parece, y que lo parece al final termina por ser otra cosa.
Hay otros personajes menores que orbitan sobre todo alrededor de Amador, que se lame las heridas que le provoca su volcánico carácter en esa aldea marinera mientras intenta que se olvide su altercado con el jefe y superar que su pareja lo haya dejado por uno de sus mejores amigos, también policía. La gota que colma el vaso es cuando el protagonista descubre que su mujer está embarazada, y no de él, precisamente.
Me resulta algo incómodo reflexionar sobre El último gimlet porque no quiero revelar la vuelta de tuerca que hace el escritor para contar su particular y muy personal remake de El cartero siempre llama dos veces, reto del que Ameixeiras sale muy bien pese a que no contara con ninguna carta ganadora salvo conocer a los grandes autores/as que hicieron grande la novela negra norteamericana. En especial los que la cultivaron en su edad dorada, los 30 y 40 del pasado siglo, aunque el conocimiento del escritor gallego cubre a otros grandes escritores/as que surgieron en décadas posteriores.
Ese entusiasmo por inspirarse en novelistas de aquellos años se traduce en una novela, El último gimlet en la que además de rastrear homenajes, los hay también a Charles Williams, que es el escritor que firma la frase que abre el libro, y Jim Thompson, a quien se evoca sin mencionarlo cuando el protagonista contempla en la televisión de su departamento una película de atracos que resulta ser, aunque tampoco se mencione, La huida, basada en una de las novelas de Thompson y filme dirigido por Sam Peckinpah con guion de Walter Hill y protagonizada por Steve McQueen y Ali MacGraw. Son pequeños tributos que Ameixeiras disemina por un texto no con ánimo académico (Dios nos libre) sino de seguidor agradecido. De lector que a su manera devuelve el favor por haberlos encontrado en el camino de la vida.
La búsqueda de la felicidad es uno de los grandes temas de una novela que reflexiona también sobre el amor, la codicia, las relaciones humanas pero sobre todo del miedo a estar solos. Y del precio que somos capaces de pagar para no estarlo. Habla también de identidad sexual y normaliza relaciones entre iguales y de racismo y jazz cuando se menciona la vida de Lester Young, saxofonista que hacía milagros con el instrumento entre las manos.
Y con todos estos elementos esculpe una novela que cuenta lo que tiene que contar sin que le falten ni les sobren páginas. Es decir, que no llega a las doscientas y consigue que como lector no me sienta estafado porque Diego Ameixeiras sabe lo que hace y agrada porque es el más clásico de “nuestros” escritores de novela negra.
Saludos, a leer, que son dos días, desde este lado del ordenador
