Tras la cumbre, una pequeña pero gran novela de Juan José Dorta

“¡Parada y fonda!”, anuncia el chófer, dándole un capricho al pasaje para que vea lo que ofrece el dueño de esta industria, que maneja la máquina de café con un águila en todo lo alto ponderada por la clientela: “Tiene su cremita”, “se conoce que esta gente trabajó duro y aprendió el oficio, ¿no ve que saca hasta cuatro tazas en el brazo?”, “si cuadra la hora del almuerzo, usted comprobará que el arroz amarillo y la cantidad de potajes son ejemplos de la comida verdadera”, “de los postres más vale no hablar, aproveche ahora porque pronto se rendirá el flan y las natillas, el crocante y el rosquete de huevo, el bizcochón y la mistela”. “Aprovechen ahora –insiste el dueño–, pues ya va llegando todo empaquetado y usted solo tiene que abrirlo y chascar”. Es lo moderno, como las estanterías llenas de todo, donde el cliente paga y se va. “¿Vas pa dentro?”, pregunta la vecina. “Sí, vengo encantada, tienen hasta jamón”, usando dentro y fuera al revés del pepino, que tampoco tenía lógica, pero era la costumbre”.

(Tras la cumbre, Juan José Dorta, colección: Narrativa, Baile del sol, 2026)

Tras la cumbre (colección Narrativa, Baile del Sol, 2026) es la primera novela que escribe Juan José Dorta, un libro que he leído con emociones muy encontradas y que al finalizarlo de casi una sentada (apenas supera las 120 páginas) me ha revelado a un escritor con todas sus letras. Hábil en el manejo del estilo y en el perfil de los personajes y que sin renunciar a su forma de hablar arma un relato de viaje: el itinerario de un coche pirata del sur al norte de una isla que debe ser la de Tenerife aunque en este relato de trayectos no se menciona pero sí los pueblos y ciudades pequeñas en las que se detiene la máquina para recibir y dejar a su pasaje.

Es una novela extraordinaria, que a mi me ha evocado por su manera de contar las cosas y su amor por los protagonistas, algunos más tallados que otros, al Federico Fellini que descubrí hace ya eones en Amarcord, que en dialecto romañolo significa Recuerdos, y recuerdos son los que se mezclan en Tras la cumbre, recuerdos de personajes y de una época que tampoco precisa pero que uno imagina sucedió en un tiempo pasado. El relato se inicia con un relojero y filatélico que pasa su voz a otras voces que construyen de manera coral el retrato de una época y de unas costumbres de las que apenas quedan registro en la sociedad actual. Todo ese mundo está descrito con un derroche de palabras y una capacidad –irónica a veces– de crear metáforas que dan colorido a un tiempo de mucha escasez y represión.

El pasado septiembre comenzó fuerte en cuanto a novedades literarias canarias se refiere. Llegó a las librerías Pajaritos preñados, de Andrea Abreu, en la que curiosamente se produce un viaje solo que del norte al sur de Tenerife, y amerizó también en librerías Tras la cumbre, uno de esos libros que respira literatura por todos sus poros y en el que se nota el profundo amor que siente su autor por su tierra y por sus gentes en unos tiempos en los que existía una clara división entre el sur y el norte de la isla. Un norte verde y rico frente a un sur pobre y sediento.

En contra de Pajaritos preñados, donde Abreu juega con el lenguaje y mezcla en un mismo saco canarismos y jerga popular de la zona norte, en Tras la cumbre las palabras nuestras, nuestras antiguas palabras cuentan una serie de historias sin que apenas se note como desfilan por el texto. Se aprecia, en este sentido, que le salen del corazón.

Esta es la primera novela de Juan José Dorta, autor de un poemario, Isora, y de dos volúmenes de uso obligado para los que quieren bucear en el significado de muchas palabras canarias que, por desgracia o mejor poca fortuna, se han ido perdiendo de nuestro vocabulario común. Es autor del Diccionario Palabras de ayer y de hoy y Frases del habla canaria, donde indaga en los acentos y los giros lingüísticos que han permanecido en la tradición oral, se lee en la nota biográfica. Y se nota, sobre todo cuando usa términos que igual ya no existen entre nosotros pero que se conservan gracias al empeño heroico de gente como Juan José Dorta.
Entre lo más interesante que se encuentra en este coche pirata, como sucedía en El omnibus perdido de John Steinbeck, son los personajes que ocupan sus asientos, y Tras la cumbre nos presenta a cada uno de ellos a través de sus recuerdos o sus comportamientos dentro del mismo coche, lo que incluye a su conductor, al chófer que viaja por una carretera sinuosa y con curvas que dan a barrancos en los que no se ve el fondo. El paisaje está salpicada de poblaciones que en la novela reciben el nombre de Txi, Tam, El Val, La Cumbre, entre otras hasta llegar a destino, Iko, que cuenta con un formidable drago milenario.

En Tras la cumbre no hay un único protagonista. Hay muchos. Se trata de una novela de gente ensimismada en su mundo mientras el coche dobla curvas peligrosas por carreteras en mal estado. Cada uno de los personajes nos transmiten sus anhelos y derrotas. En algunos les pesa la férrea y represora moral católica, y en otros, asuntos de la vida cotidiana por resolver.

El único rasgo negativo que tiene el libro es que se lee con la velocidad de una centella y te quedas con ganas. Es una de las mejores novelas con acento de aquí pero también sin acento de aquí que he leído este año. Y ya son unas cuantas leídas de aquí como de allá. Tras la cumbre tiene identidad, estilo. También bondad y poesía. “¡Parada y fonda!”.

Saludos, memoria, desde este lado del ordenador

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