El zorro de Izu, una novela de Fermín Higuera

El zorro de Izu (Palabras al límite, 2026) es una novela de Fermín Higuera que además de poner el acento en su protagonista, Esteban, lo hace entre los personajes que orbitan a su alrededor y en torno a una ciudad que está ahí pero que nunca se nombra pero que reconocerán los que la habitan como es Santa Cruz de Tenerife. Se trata además de un libro que se preocupa por desmenuzar la vida de un barrio, el de Salamanca, a través de la mirada y sobre todo las emociones de su protagonista, un niño rodeado de mujeres que observa la relación de amor y cariño que se teje primero entre su hermana mayor, Lucinda, y su nodriza, Vicenta, que desata los celos de una madre, doña Sura, demasiado ocupada e “inmadura”, nos cuenta el narrador que uno sospecha que se trata del mismo autor de la presunta novela, Fermín Higuera. Porque El zorro de Izu tiene mucho de autobiográfico, de explorar las tripas del alma con una intención que sospecho va más allá de lo literario.

Hay mucha literatura en El zorro de Izu. No solo en el estilo pausado, algo lento que emplea el escritor y poeta para contar esta historia familiar, pero como las viejas novelas de antaño si se aceptan las reglas del juego el lector se irá adentrando en un relato que se bifurca en otros relatos y en los que se compartimentan historias de otros personajes que, como el bello Toribio, uno tiene la sensación de haber conocido aunque es probable que así sea porque gran parte de mi infancia y adolescencia transcurrió, precisamente, en el barrio de Salamanca y más tarde, explorando una capital de provincias cuyos límites eran tan pequeños al estar encajonada entre montañas.

La novela plantea una radiografía bastante certera de una ciudad donde las rutinas, las mentiras y las traiciones de aquellas familias burguesas se repetían y se repiten aunque los escenarios, los barrios, fueran otros. Tiene en este sentido un acento chicharrero bastante singular, y casi me atrevería a decir que pionero en la literatura que ha tomado a Santa Cruz de Tenerife como protagonista. No es la historia de una saga pero sí una historia familiar donde las mujeres juegan un importante papel protagónico y los hombres un rol secundario. Criadas, asistentas, madres, hijas y hermanas se suceden así en un libro que me desconcierta no solo por el estilo que tiene el autor por diseccionar el carácter de una sociedad que vive asentada en una hipocresía clasista en las que se desprecia a los hermanastros y que mira a otro lado los deslices sexuales de los mayores, figuras paternas que viven instaladas en otro mundo, y a las que rodean un aire viciado de respeto que no tiene nada que ver con el amor ni con el cariño.

Bien pensado, el retrato que dibuja Fermín Higuera de esa familia y de esa ciudad resulta bastante desolador y casi sórdido aunque el cuadro resultante a mi me haya parecido muy atractivo por interesante, tan próximo y a la vez tan revelador porque saca los cadáveres que guardan en los armarios muchas familias en esta y otras ciudades pequeñas, provincianas, que no terminan de creerse a sí mismas y que prefieren vivir espiando la existencia de los demás. El dicho lo confirma: pueblo chico, infierno grande, aunque el infierno, la pesadilla que se desata sea precisamente porque se reprime, se vive de puertas adentro, no se deja salir a la calle. Se prefiere antes que formar parte de uno de los miles de rumores que se reproducen en una sociedad acostumbrada a espiarse a sí misma.

El protagonista de la novela es un niño sensible que vive rodeado de mujeres y como le pasó a su hermana mayor, será una criada quien cuide y sobre todo lo mime y lo ame. Su nombre es Verónica, que no “cumplía con el perfil ideal de la solterona ideal que se realiza como madre ejerciendo una labor tutelar de institutriz, pero tenía un gran carácter que podría plantarle cara a cualquiera”. Verónica se convertirá en “lo que antes fue Vicenta para Lucinda”, una persona que se ocupará de él, casi una segunda madre por no decir la primera en esta historia de endogamias que encierra un algo sórdido inevitable.

Tiene proximidad el relato, reitero, porque forma parte del pasado de una ciudad portuaria que en vez de estar abierta al mar prefirió vivir de espaldas a él. Las calles, las avenidas, las plazas, son el escenario en el que se desarrollan estos dramas familiares que en el caso de la novela de Fermín Higuera sofocan en un principio la crónica familiar cuando irrumpe un elemento fantástico que no rompe la línea narrativa sino que da aire fresco a estas desventuras de cariños compartidos como si se trataran de mercancías sentimentales a las que apenas se le da valor salvo para quien lo recibe cuando encuentra en un armario una prenda, un cuello hecho con la piel de n zorro “al que le habían curtido el pelaje y disecado la cabeza”, que le habla y le dice que se llama Akemi y procede de una aldea de Japón. Lo fantástico vuelve a irrumpir cuando el protagonista visita el templo masónico de la calle de San Lucas y observa como el compás y la escuadra inician una danza que, caprichosamente, imaginé como el episodio de El aprendiz de brujo de la película Fantasía.

Se cuentan muchas cosas en esta novela a la que, probablemente, Fermín Higuera tenía que haber recortado algunas páginas, pero cuenta con momentos que me hicieron viajar a un pasado entiendo que común, aunque los contrabandistas y la prostituta que pasea por las calles del barrio no la conociera en mi caso como La Bolígrafo como así la reconocen en el barrio en el que va creciendo Esteban, que recorre las calles de una ciudad en la que habita un enorme poeta al que llaman don Pedro, los afiladores avisan de su llegada soplando “la flauta de pan”, y en la que se puede avistar el mar cuando se baja la enorme cuesta.

El zorro de Izu es una novela que pese a sus vicios, esas páginas y páginas en las que se desgranan personas y cosas, a mi al menos supo llegarme al corazón. Respira vida y además de estar muy bien escrita, de contaminar con su cadencia santacrucera la lectura, me hizo reconciliarme con una capital de provincias que ha encontrado en este escritor y poeta a un autor que la respeta y lo que es mejor, la ama pese a sus males.

Saludos, callejeando, desde este lado del ordenador

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