Preferiría recordarlo… pero no me acuerdo

Me pregunto por qué tengo tan fresco en mi memoria (mordida ya por el paso inevitable del tiempo) el primer libro “serio” que leí y no la primera película que vi en el cine. Tampoco el primer disco que puse en el tocadisco de la casa de mis padres, ni la primera cinta de vhs que inauguró el vídeo que por aquel entonces nos hizo tan felices a todos y a todas.

Me pregunto, yo, que tanto le debo como espectador al cine, por qué no recuerdo la primera película que fundió mis ojos. Quizá sea, intento razonar, porque después vinieron tropecientas mil y, probablemente, la primera no significó una luz cegadora en mi espíritu como sí tuve la suerte que significarara la primera novela  que devoré cuando apenas tenía catorce años. Porque fue con catorce años cuando me entragaron esa novela, ¿verdad?

El tópico obliga a que nos acordemos del primer beso, lo que no dice es que también conservamos como hierro al rojo las primeras desgracias que marcan el carácter que te construirá como persona. Los libros y las películas y la música y el arte en general te deja huella igualmente porque, pese a los negacionistas, aprenden a vivir dentro de tí si los dejas entrar en el santuario de tu alma. Pero no iba por ahí el objeto de este comentario. No, no iba por ahí. 

El fin de este comentario es explicarme por qué recuerdo mi primer libro, con todas las sensaciones que me produjo cuando descubrí que con la imaginación era capaz de reconstruir lo que me describía aquel escritor del que ya hablé, y no la primera película a la que asistí como espectador en uno de los muchos cines que por aquel entonces había en esta pequeña ciudad de provincias que es Santa Cruz de Tenerife.

Recuerdo, como recordarán otros, aquellas salas señoriales. Con su parte de arriba y su parte de abajo. Con los molestos intermedios a mitad de la película. Las bolsas de pipas que llevabas para hacerte más cómodo el visionado (lo de las cotufas vino mucho tiempo después), los chascarrillos que soltaba el público y como todos ovacionábamos al séptimo de caballería cuando aparecía casi al final de la película, en ese momento donde todo parecía perdido para los protagonistas; y a una turbadora Ingrid Bergman a la que llevaban en una barquita a una inhóspita isla volcánica llamada Stromboli porque, pese a todos los méritos cinematográficos de la cinta, me enseñó a sentir algo diferente por una mujer. 

Recuerdo como si fuera ayer el primer tebeo que cayó en mis manos y que me hizo feliz. Astérix y los normandos. Y la de risas que solté con su entrañable compañero, Obélix. Pero, sin embargo, no está grabada en letras rojas en mi cerebro la primera película que ví. Y si bien eso no me quita el sueño, me hace preguntar por qué.

¿Será por qué después vinieron más películas?, ¿será por qué tengo muy frescas en las ideas las cintas de Maciste que veía y reveía en las inolvidables sesiones de las cuatro de la tarde?

Demonios que no lo sé. Y no saberlo me inquieta.

No se rían. En estos días de asueto, de descanso forzado, cosas así son las que me hacen más llevadera la existencia.

¿Cuál fue la primera película que viste en la tele, aquella tele en blanco y negro y un solo canal?

Tampoco me acuerdo.

Saludos crípticos a este lado del ordenador.  

4 Responses to “Preferiría recordarlo… pero no me acuerdo”

  1. Lectora Says:

    ¿Quieres algo en lo que pensar y sentirte acongojado de verdad? Es fácil. Piensa en cuál será la última película, el último libro, el último beso.
    Eso sí que es chungo.
    Por otro lado, para no terminar de fastidiarte el domingo y si no tienes nada mejor que hacer, también puedes soñar que te sería posible elegir.

    Elegir la última peli, el último libro, el último beso.

    También es triste, pero mucho más constructivo.

    Saludos en el último día de esta semana que por fin acaba… y ánimo, que mañana es lunes :)

  2. editorescobillon Says:

    Joopa, sí que me acabas de dejar descolocado. Y aunque no venga a cuenta, pero sí viene, por Dios, hace tiempo leí un cuento de un escritor español de cuyo nombre no me acuerdo en el que un joven llega a la casa legada en herencia por su tío, recientemente fallecido, y decide no tocar nada. Incluso el último libro que su tío estaba leyendo antes de morir. Libro que, como es natural, nunca terminó, ahí está marcado. Pasa el tiempo, y el joven descubre que alguien está leyendo ese mismo libro. Porque la marca ahora está veinte páginas más adelante.
    Al final es el fantasma de su tío. Desde el otro mundo (¿?) leía todas las noches el libro hasta llegar al final. Luego desaparece como fantasma.
    Es bonito, a su manera.

  3. Lectora Says:

    Espero que no sea ley natural no poder descansar hasta terminar todos los libros que hemos dejado a medias.

    Y si tengo que soportar a un fantasma en casa leyéndose mis libros, prefiero al de Rex Harrison. Yo me elijo ser la señora Muir.

    Eso estaría bien. Buen tema para soñar.

    Y una pregunta ¿Alguien miedoso puede ver la película Déjame entrar? Es que después de El resplandor (hace tanto, tanto tiempo) me prometí no volver a pagar por pasar miedo a sabiendas. Y como no compro pelis piratas…

  4. editorescobillon Says:

    Déjame entrar más que de miedo, miedo, es inquietante y turbadora. Hoy por hoy es de lo mejor que hay en los cines de la capital. Y te lo escribe alguien que también pasó miedo con El resplandor.

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