Benito Pérez Galdós frente a los masones

NOTA: Reproducimos con la autorización de su autor, José Garcés, un artículo publicado en El Perseguidor, en la edición dominical (7-IX-2014) de Diario de Avisos.

Benito Pérez Galdós, que con toda justicia pasará a la historia como uno de los mejores novelistas españoles del siglo XIX, arremete con sentido del humor y aguda ironía contra los masones en la cuarta entrega de la segunda serie de sus Episodios Nacionales. El título de la obra ya advierte de sus intenciones: El Grande Oriente, relato donde su protagonista, un joven y alborotado Salvador Monsalud, toma conciencia de que todo cuanto hace en esta vida le irá, inevitablemente, mal. La acción de El Grande Oriente transcurre durante el Trienio Liberal, tiempos en el que se multiplicaron las sociedades tanto secretas como discretas, entre otras, las que representaba la masonería y los comuneros, ésta última con destacables y cómicas señas de identidad españolas.

El Grande Oriente es una novela desconcertante por varias razones. Por un lado, porque se trata de un texto que cuenta con algunas de las mejores páginas de humor que se han escrito en este país y, por otro, porque es un análisis afilado sobre lo oportuno que resultaba pertenecer a una sociedad más que discreta, secreta, durante el periodo convulso del Trienio Liberal, época en la que se mueven en las sombras dos grandes organizaciones: la masonería, en la que se reunirían los liberales moderados y la de los comuneros, que aglutinaría a los liberales radicales, escribe Galdós con una gracia y conocimiento del lenguaje y lo que se discutía en sus tenidas o reuniones que pone de manifiesto, una vez más, el obsesivo perfeccionismo que caracterizó sus Episodios Nacionales, volúmenes de obligada lectura para hacerse una idea de aquella España del XIX, un cuadro certero y demoledor sobre un país que se resistía a salir de su supuesta mediocridad y que leídas hoy, en pleno siglo XXI, saca el lector a modo de conclusión que apenas hemos avanzado algo para evitar cometer los mismo errores que marcan el pasado de esta nación.

Para Benito Pérez Galdós los masones son un grupo formado mayoritariamente por arribistas, así como por gentes que tienen gusto por conspirar si se los compara con los  que se hacen llamar comuneros. Las reflexiones del escritor sobre unos y otros están narradas con respetuosa distancia, aunque también un nada escondido estupor por cómo solían ser sus encuentros secretos.

Describe así uno de estas reuniones:

Cuando se acordaba que el profano tenía bastante entendimiento para ser masón (y no debían de ser grandes las exigencias del tribunal), vendábanle a mi hombre los ojos para conducirle a la logia, que estaba comúnmente a dos pasos de la Cámara de las Meditaciones. Daba él un golpecito en la puerta, y un masón, a cuyo cargo corrían las funciones de primer celador, decía con la voz más campanuda posible: ‘Venerable, llaman profanamente a las puertas del templo.’

El Venerable, aunque sabía bien quien llamaba y por qué llamaba, se hacía el sorprendido, diciendo con acento solemne: ‘Ved quien es.’ Intervenía entonces otro funcionario que se llamaba el guarda interino. Este salía en averiguación del profano forastero que a deshora turbaba la tranquilidad augusta de la logia, y entonces el hermano que acompañaba al neófito decía: ‘Es un profano que desea ser iniciado en nuestros secretos.’”

Al margen de masones y comuneros, que lo mismo dan para la pluma de Galdós, ya que viene a decir que ambos están cortados por el mismo patrón aunque los hijos de Padilla tradujeran a un españolismo igual de cursi las claves de la masonería, institución traída del extranjero, El Grande Oriente es sobre todo el relato del cúmulo de desgracias vitales a las que somete el escritor a su protagonista, Salvador Monsalud. Un joven de honor, marcado por un pasado tenebroso, que abandona por exigencias de su Venerable al amor de su vida y, más tarde, por ardides de los comuneros, la fe del anciano al que se esfuerza por rescatar de un calabazo en el que está preso, mientras mueve influencias de unos y de otros.

De fondo, siempre, el rey felón, un Fernando VII al que le importa un pimiento los destinos de la nación sobre la que gobierna.

Salvador Monsalud, de nombre simbólico Aristogitón, se rebela contra estos círculos que dicen operan en las tinieblas. Reproducimos otro fragmento:

- Hermano Venerable –indicó Aristogitón–, si la condición de templo impide a este local oír la verdad, me callaré. Cuantos me escuchan saben ya por su conciencia lo que yo estoy diciendo. ¿Por qué no me lo han de oír a mi, si ya lo saben, y no les digo nada nuevo?… Continuaré, pues, procurando ser breve y herir lo menos posible la susceptibilidad de mis hermanos, a quienes ofende más los dicho que lo sentido; más las palabras que los hechos… Al proponer al Oriente que temple en lo posible el ardor de las luchas políticas, he querido protestar contra la tendencia a fomentarlas y exacerbarlas. El Instituto masónico debe ser extraño a la política, debe ser puramente humanitario, debe proteger a los desvalidos sin pedirles cuentas de sus ideas, y aun sin conocer sus nombres. Está fundado en la abnegación y en la filantropía. Lo dicen así su historia, sus antecedentes, sus símbolos, que o no representan nada, o representan una asociación de caridad y protección mutua. Lejos de practicarse estos principios en España, el Orden se ha olvidado de los menesterosos, constituyéndose en agencia misteriosa de ambiciones locas, en correduría de destinos y en…

Protestas y amenazas, y tal cual palabreja puramente española, que no fue conocida de Salomón ni de Hiram-Abí, ahogaron la voz del orador.”

Galdós continúa pintando un fresco más que crítico, paródico, de la masonería y los masones españoles en el libro, con independencia de los grados o escalones de la misma. Más adelante, escribe:

Duró la reunión de los padre graves bastante tiempo, porque además de que en ella trataron diversos asuntos de política elevada, hubo admisión de un hermano que había recibido aumento de salario, es decir, ascenso en la escala masónica. La ceremonia de recepción en los grados superiores no era más seria que en el grado de aprendiz, y se hablaba mucho de la Acacia, de la Sala de en medio, de la Luz opaca y otras lindezas. Para explicarlas sería preciso entrar con brío en la leyenda del Arte-Real; pero como ésta y cuánto a ella se refiere es fastidioso en grado sumo, nos guardaremos bien de incurrir en el pecado de erudición masónica, recomendando al lector se abstenga de perder el tiempo averiguando el significado de los millares de emblemas diversos usados por las doscientas o trescientas disidencias o desviaciones del primitivo francmasonerismo, y entre los cuales el rito escocés y aceptado, que parece predominante en nuestros tiempos, tiene por liturgia un enredado berenjenal de alegorías, entre místicas y filosóficas, donde fracasa la más segura y sólida cabeza.”

No es la masonería ni los comuneros el tema central de la novela, aunque sí que son pilares fundamentales que la sostienen. El escritor más que arremeter, se burla con distanciada sorna de lo que, a su criterio, es un carnaval y un club en el que sus miembros hacen relaciones, ésta y no otra es la masonería española que retrata Galdós del Trienio Liberal, Orden a la que acusa de impostora y no solo por el recato con el que celebran sus ritos.

Como fotografía distorsionada de la Orden, El Grande Oriente funciona, digámoslo vulgarmente, con bastante mala leche. Un microcosmo, parece que quiere decir Galdós, no solo de aquella España sino de la suya y, muchos nos tememos, la nuestra.

La logia a la que pertenece Salvador Monsalud intenta promocionar con trabajos profanos y bien remunerados al protagonista, aunque éste los rechaza porque es un hombre de honor, lo que hace decir al maestro, de nombre simbólico Cicerón:

Es el primer caso que veo en España, querido Salvador –dijo Cicerón con la malicia escéptica que le era habitual–; es el primer caso que veo de un hombre a quien le dan esta bendición de Dios que yo tengo en la mano, y se queda sereno y frío como tú estás ahora. Tú no eres hombre, tú no eres español.”

La novela continúa narrando las vicisitudes sobre todo sentimentales de Monsalud, vicisitudes que se aceleran a medida que se aproxima el fin del relato. Es vigoroso el perfil psicológico que el escritor ofrece del protagonista, un hombre a la deriva, pusilánime, que obedece más a sus impulsos y a una concepción del honor algo arcaica, que a una conspiración de los hijos de la viuda.

La tragicomedia está servida, por lo que los sacrificios que realiza Monsalud de poco le valen: pierde al amor de su vida, pierde su hacienda y pierde la oportunidad de limpiar su nombre… claves que Benito Pérez Galdós irá resolviendo en las nuevas entregas de la segunda serie de sus Episodios Nacionales, la mejor junto con la primera, de su ambicioso, colorista y crítico fresco de un país poblado de ineptos por obra y gracia de la servidumbre.

Escribe Galdós iracundo: “En la uña del dedo meñique de una mujer, Isabel la Católica, había más energía política, más potencia gobernadora que en todos los poetas, economistas, oradores, periodistas, abogados y retóricos españoles del siglo XIX.”

Y añadimos nosotros que del XX y, sospechamos, lo que llevamos del XXI.

Saludos, otras voces y otros ámbitos, desde este lado del ordenador.

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