Habitar en las cuevas del barranco de Santos

Antes de que se desencadenase la tormenta de la Covid-19 llegó a mis manos y de forma casual un libro, Dos mundos y un volcán, que me demostró la dimensión de lo que literariamente puede dar este archipiélago cuando lo que se quiere es radiografiar su espíritu y al mismo tiempo desentrañar su territorio.

El problema es que sobre el autor de ésta y otra joyita olvidada por el tiempo, La ciudad tiene otra cara, Luis Gálvez Monreal, continúa siendo un perfecto desconocido y un escritor del que apenas se conoce nada. O casi nada es lo que hay sobre él si se trastea en Internet, lo que dificulta la labor de intentar al menos acercarse a la vida de un escritor que fue una rara avis en este archipiélago abandonado de la mano de los dioses ya que se trata de un cronista certero de su cochambrosa realidad.

Mucho más cerca en este sentido de las clases populares que la de una alta sociedad que vive en otro mundo y que está sobrealiementada, la literatura de Gálvez Monreal se decanta por retratar a los parias de la tierra, los indigentes, los que no pueden llevarse nada a la boca.

En este sentido, y si uno quiere aproximarse a la Canarias de los años 50 y tener una visión más o menos objetiva de cómo eran y de cómo éramos en aquellos tiempos es inevitable recurrir a los libros de este escritor porque es uno de los pocos, por no decir el único, literato realista que habitó la isla en aquellos tiempos. Se sabe, no obstante, que Luis Gálvez Monreal no era de Tenerife sino nacido en Tobarra, un pequeño pueblo de Albacete, aunque vino a Tenerife en los años 30 y que aquí se quedó hasta los 60. Ejerció, leo en algún lado, como maestro y colaboró activamente en la prensa local de la época. Dejó escrita, que se sepa, dos novelas: La ciudad tiene otra cara y Dos mundos y un volcán. En la primera ofrece un retrato dickensiano de la vida de una pareja de hermanos que son hijos de la calle. Niños que viven como buenamente pueden en una de las cuevas que horadan el barranco de Santos de la capital tinerfeña. En la segunda, ofrece una visión del sur y del norte de Tenerife de los años 50 a través de un viajero que recuerda a uno de los protagonistas de Guad, novela de Alfonso García Ramos que bebe también de las fuentes de la estupenda Los buscadores de agua de Juan Farias.

Por La ciudad tiene otra cara obtuvo Luis Gálvez Monreal el premio Benito Pérez Armas 1955. Se trata de una novela que merece ser reeditada porque además de desvelar la otra cada de la capital tinerfeña, describe con notable pulso narrativo la vida subterránea que se movía entre sus calles y plazas. La historia se centra en una pareja de hermanos que viven como pueden en una cueva del barranco de Santos, y lo que conocen de la ciudad es ese mismo barranco, desde el que contemplan desde abajo el ajetreo de la capital; los alrededores del mercado donde roban para comer, y la calle de Miraflores, en aquel entonces repleta de mujeres que se dedicaban al oficio más viejo del mundo.

Al cuidado de una vieja desdentada que en su tiempo fue una mujer de vida alegre, seña Antonica, los hermanos que no tienen ningún lazo sanguíneo con la anciana se buscan la vida en una ciudad inhóspita que vive (como en su otra novela) en dos mundos paralelos y opuestos. Hay mucha crítica social cuando el escritor refleja un modo u otro de existencia, y señala críticamente con el dedo para sacar los colores a la apática burguesía chicharrera, en parte culpable del fatal destino que aguarda a sus dos protagonistas: la mendicidad, el robo y la prostitución.

El escritor muestra además cómo funcionaban las cosas bajo este nivel, el de las alcantarillas, al margen de la prostitución, aparece una organización que se dedica al mercado negro y describe a un caballero respetable que convierte a niñas abandonadas en sus amantes por un pedazo de pan… Realidades que, como se ve, si son muy duras ahora cómo lo serían en su tiempo.

La lectura de la novela obliga además a plantearse cómo permitió el régimen franquista su publicación y encima que obtuviera un premio literario.

Fascinado por el paisaje y sus gentes, Luis Gálvez Monreal es un escritor al que le interesa reflejar la realidad de aquellos años de hambre. Y lo consigue por partida doble porque sus historias no han perdido intensidad pese al paso del tiempo. En todo caso han ganado en cuanto a reflejo de una época y de unas gentes, pobres, indigentes, habitantes de cavernas que tuvieron vedado nada más nacer el futuro.

Toda esta enorme tragedia tiene lugar en las calles y plazas de una pequeña capital de provincias enferma de provincianismo. Ciudad en la que se mueve la pareja protagonista, personajes que deambulan a la deriva en un Santa Cruz de Tenerife que palpita cuando cae la noche. La hora en la que abren los garitos en los que se da de beber y comer a la parroquia, una parroquia variopinta en la que se funden mujeres de mala vida con marineros con ganas de sexo.

En estos ambientes donde permanece el humo de los cigarrillos y la peste a fritanga que sale de la cocina, se mueve una niña que señá Antonica quiere “vender” a un hombre con posibles y una fauna urbana que come y bebe para olvidar su miserable existencia. Al fondo y como escenario, una ciudad, Santa Cruz de Tenerife que encontró en Luis Gálvez Monreal uno de sus mejores narradores porque es la capital de la isla la otra gran protagonista de esta tragedia humana que termina como empezó, un cuadro de una época que espera reproducirse cuando el mazazo de la pobreza vuelva de nuevo a golpear nuestro confuso e incierto destino.

Saludos, recuperarlo ya, desde este lado del ordenador

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