Ernesto Giménez Caballero, el ‘euromoro’

“También Manuel Halcón me dedicó un generoso comentario y el malogrado Agustín Espinosa, que por seguir desde sus islas Canarias mi surrealismo le costaría disgustos en Salamanca”.

(Memorias de un dictador, Ernesto Giménez Caballero, colección Espejo de España, 49, editorial Planeta, 1979)

Uno de los intelectuales más llamativos del bando rebelde fue Ernesto Giménez Caballero, un personaje bufonesco y eurudito a la vez. Un visionario demasiado adelantado a su tiempo que se movió como una anguila por los siniestros pasillos del poder franquista hasta la llegada de la democracia, esto que tenemos como democracia, tras la muerte del general en noviembre de 1975.

El tiempo no ha sido benévolo con el estilo barroco de Ernesto Giménez Caballero, tampoco con los contradictorios mensajes que intenta transmitir tras toneladas y toneladas de adjetivos que disemina por sus elaboradísimos textos. Lo interesante del personaje no es pues lo que piensa (una mezcla ardorosa entre fascismo italiano, cenetismo cien por cien español y un chute de doctrina jonsista más que falangista) sino lo que deja entrever en lo que escribe. Especial atención, en este sentido, a su libro Memorias de un dictador, título con ganas de polémica aunque como explica lo de dictador es porque son unas memorias dictadas a su secretaria.

El pasado de Giménez Caballero está marcado –como el de muchos de sus compatriotas– por una España que fue y ya nunca será; también por el inicio y derrota truculenta en el protectorado de Marruecos e, inevitablemente, por una Guerra (in)Civil en la que asegura jugó un papel protagonista al reunir por iniciativa suya en el Movimiento todas las tendencias de derechas que se aliaron con Franco, y que dieron como resultado ese monstruo de cien cabezas conocido como Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, partido único con el que sostener un régimen al que en plena Guerra Civil, Giménez Caballero sirvió en la organización de prensa y propaganda a las órdenes de Millán Astray. Más tarde se licenciaría como alférez provisional, fue el número uno de su promoción, cuando las bombas aún caían sobre la superficie de España con independencia de donde se encontrara uno en aquel país que los hunos y los hotros estaban haciendo pedazos.

Sus memorias se leen de un tiròn pese a su tiránica verborrea y adquieren especial interés cuando narra sus experiencias bélicas primero como soldado en Marruecos, y que diio origen a un libro Notas marruecas de un soldado, que le costó cárcel y los elogios de escritores e intelectuales de la España de aquel entonces como don Miguel de Unamuno; su actividad como pionero de la literatura surrealista en España con la publicación de Yo, inspector de alcantarilla y su paso inevitable, y se escribe inevitable porque es resultado de tan volcánico carácter, a un fascismo más próximo a Ramiro Ledesma Ramos que a José Antonio Primo de Rivera. Vamos, que estuvo más cerca de la palabra revolucionaria de los jonsistas que de la poética que cantaba Falange Española antes de que comenzaran a caer “camaradas” de camisa azul en los pueblos y ciudades de España.

Giménez Caballero cuenta con otros libros que solo recomiendo a los seguidores de cosas raras con acento celtibérico. Aunque sus revelaciones (pese a que todo lo que revela haya que ponerlo en cuarentena) quieran ser tan escandalosas. Una de ellas es que recuerda a Rafael Alberti como al primer español que vio saludar la romana y gritando viva Italia. Alberti fue aquel marinero en tierra que más tarde se afiliaría al Partido Comunista de España. Otra de sus revelaciones fue la de proponer en matrimonio finalizada “nuestra guerra civil” a Pilar Primo de Rivera (hermana del Ausente) con el mismísimo Adolfo Hitler. Iluminación, narra en estas memorias que no hay que tomarse mucho en serio, que hizo a Magda Goebbles, esposa del ministro de Propaganda del Reich.

Culminado este viaje caótico por la autobiografía del escritor, la idea que uno se hace de este personaje es que fue un payaso a las órdenes de una siniestra cúpula de generales que solo obedecían órdenes de un gallego de voz atiplada, pequeño en estatura pero un valiente en combate. Esto último lo aseguran tanto amigos como enemigos. Lo recuerda más o menos así Arturo Barea en La forja de un rebelde, otras memorias pero serias de aquel momento trascendental para la historia de España, país castigado, hundido en la miseria y el miedo. Tan acostumbrado a pasar hambre.

Nombrado primero como asesor cultural y más tarde embajador en Paraguay, donde intimó con un verdadero dictador, militar como Franco, llamado Alfredo Stroessner, Ernesto Giménez Caballero continuó escribiendo aunque los libros posteriores que publicó tras la guerra que enfrentó a todas las Españas no tienen a mi juicio el interés ni la espontaneidad de sus obras de preguerra. Destacaría de este grupo su Genio de España y Manuel Azaña (profecías españolas), dos libros delirantes, confusos, pero tan abiertos al debate y a la polémica que todavía respiran algo que los hace diferente. Probablemente sea su audacia, muy inocente como toda la obra de un escritor al que le gustaba polemizar y sobre todo, escucharse a sí mismo.

En estas Memorias de un dictador insiste en varias ocasiones en la vocación mora pero también europea del pueblo español. Une esos dos conceptos en euromoro y si uno se para a pensarlo no le falta razón a este personaje que jugó con la muerte durante su juventud y más tarde con la vida en la senectud. No se le puede acusar de traidor a su causa, por muy caótica que fuera, ya que más que ideas creo que lo que buscaba para seguir el autor de Julepe de menta eran hombres. No lo encontró en José Antonio Primo de Rivera porque lo mataron cuatro meses después de haber estallado el golpe militar pero sí en Franco, jefe al que contribuyó a dibujar como cruzado. A él y la España que le siguió durante el conflicto, la postguerra, los años sesenta y mediado de los setenta. Ese país que conocí siendo pequeñó y que ahora me cuesta tanto reconocer.

Si la memoria no me falla, creo que vi en una ocasión a Ernesto Giménez Caballero. Iba cogido del brazo de uno de sus hijos y me sorprendió lo bajito que era. Su voz era atiplada como la de su admirado Franco y los ojos se le movían como peonzas detrás de sus gafas de cristales grandes y cuadrados. Desapareció de mi vista como apareció, una exhalación.

Un genio de España, diría él.

Saludos, se ha escrito, desde este lado del ordenador

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