Javier Ganivet, fotógrafo y francotirador
No llegué a conocerlo demasiado bien pero sí que trabajé varios años a su lado en el Diario de Avisos, el periódico decano de las islas Canarias y casa a la que me debo desde hace mucho, muchísimo tiempo.
Javier Ganivet era fotógrafo y ahora que ha muerto, falleció este martes 2 de agosto en un verano caliente y muy extraño, intento recordarlo de otra manera que no fuera con la cámara pero no puedo porque no me viene ninguna imagen a la cabeza salvo la de haber mantenido con él una conversación una vez sobre su apellido: Ganivet.
¿No tendrás nada que ver con Ángel Ganivet?
A don Ángel lo conocía de las clases de Literatura del instituto, un pensador y escritor español que puso fin a su vida de manera trágica en Riga, y autor de una novela cuyo título me resultó siempre simpático: La conquista del reino de maya, y que protagoniza Pío Cid, el último conquistador español.
La respuesta que me dio no proporcionó suficiente información sobre su antepasado pero sí que me repitió el final del escritor en un gélido rincón de Europa porque Javier Ganivet, efectivamente, estaba vinculado a don Ángel Ganivet, un pariente no sé si famoso pero de los que aparece puntualmente en cualquier libro de Historia de la Literatura en España.
Como fotógrafo Javier Ganivet cumplía con su trabajo y en los raros momentos de descanso hablaba de montar una academia de baile pero no sé si llegó a levantar ese proyecto. La vida de un reportero gráfico como la de un redactor es una condena, al final no tienes tiempo para nada… Sigo viendo a los fotógrafos de prensa además de una especie en peligro de extinción como francotiradores solo que ellos no disparan balas sino imágenes que a veces, solo a veces, son más fuertes que las que hacen daño y provocan la muerte. Recuerdo verlo –cuando tocaba– revolotear alrededor del entrevistado o congelar con un click ruedas de prensa que no deberían ser el pan nuestro de los que trabajan buscando noticias.
Recuerdo que tenía un acento peculiar, algo así como peninsular mutado a canario pero en el que a veces se le colaban C y Z como deben sonar las C y las Z, y ahora mismo, mientras escribo esto y no sé por qué, lo veo dentro de mi cabeza vestido con un suéter azul celeste y llevando las cámaras al hombro.
En los últimos meses se han ido dos compañeros a los que conocí, precisamente, trabajando en el Diario de Avisos. Uno fue Javier Ganivet y hace unos meses Pepi Déniz, que nos dijo adiós demasiado pronto, demasiado joven.
A ambos los traté profesionalmente y a ambos los recuerdo con el amor que uno le profesa a los que conoce cuando trabaja con ellos y mantiene una cordial relación profesional.
Intento forzar los recuerdos pero tras imágenes vaporosas porque se disuelven dentro de mi cabeza, no consigo ver con cierta nitidez a Javier Ganivet, salvo con su cámara al hombro y ese suéter azul celeste que podría ser de color vino porque la memoria es caprichosa y pinta de los colores que quiere un pasado que fue pero que ya no está. O que no volverá.
Lo único que puedo conocer ahora mismo es que este 2023 está resultando un año de ausencias, algunas de ellas muy desgraciadas, de gente a la que conocí, a la que quise y que ya no están a mi lado. Eso me hace reflexionar que, como decía aquél, no somos, efectivamente, nada.
Nada de nada.
Y que lo demás es fantasía, fuego de artificio, un destello en la noche que acaba siempre devorado por la oscuridad.
Volver a ser nada
Saludos, funde a negro, desde este lado del ordenador
