William Friedkin funde a negro

La primera vez que vi El exorcista (1973), del cineasta William David Friedkin (Chicago, 29 de agosto de 19352​- Los Ángeles, 7 de agosto de 2023) fue en el cine Delta, que se encontraba en el barrio de La Salud en la capital tinerfeña. Como por aquel entonces por edad no me dejaban a verla en los cines del centro, los de estreno, me fui de excursión y a patas hasta esa sala que antes y después me dio la oportunidad de ver películas que tenía prohibido para mis ojos en los cines, ya dije, del centro de la ciudad. Una ciudad, Santa Cruz de Tenerife, que recuerdo llena de salas de cine tanto en el centro como en el extrarradio.

La copia de la película estaba en unas condiciones lamentables pero daba igual porque aquella película nos alteró a todos los que estábamos viéndola en ese momento en el cine Delta. Grité como gritaba la peña y cerré los ojos cuando la niña endemoniada mandaba al sacerdote pa’casa del carajo.

Al encenderse las luces de la sala tras finalizar la película, bajé de La Salud hasta casa de noche. No sé si era una noche de verano o de invierno, de otoño o primavera, solo sé que estaba acojonado. Acojonado de verdad. Es probable, casi seguro diría, que recé todas las oraciones que conocía (el Padre nuestro de antes y el Ave María de siempre) pero que subí como una centella las escaleras que llevaban a casa pongo a los dioses por testigo que es una verdad como un templo.

No recuerdo, sin embargo, si aquella noche pude dormir pero sí que recuerdo que meses más tarde me leí la novela en la que se basa, novela original de William Peter Blatty y que pasé no el mismo sino un poco más de miedo cuando la recreé en mi cabeza. Pobre padre Karras.

Desde entonces me quedé con el nombre de Friedkin, que era el director de las dos French Conection, y en las que el malo lo interpretaba Fernando Rey; así como Carga maldita, que sin ser la francesa la recuerdo tremendamente oscura y muy fatigosa.

William Friedkin fue director además de otros policíacos iguales de potentes como A la caza y Vivir y morir en Los Ángeles, aunque en la década de los 90 su cine no encajaba. Continuaba siendo un director de prestigio pero se había quedado en eso, su nombre presuntamente iba a dar prestigio a cintas que no he vuelto a ver como Jade y The Hunted, entre otras.

Me entero que llevaba retirado del cine desde el 2017 y que había dedicado todos sus recientes esfuerzos a la ópera. En su mocedad entrevistó a Fritz Lang y trabajó también para la televisión.

Pero si hoy suena una película en toda su interesante filmografía es El exorcista como antes había sido French Conection.

Cuando los cines de esta ciudad comenzaron a morir cerrando lentamente, nacieron en su lugar las multisalas. En una de ellas, creo que los Oscars, estrenaban El exorcista solo que con el dichoso montaje del director. Un amigo me animó a verla. Ese amigo era otra de las no sé si víctimas de haberla visto como yo en un cine de barrio y la impresión aún le rondaba como a mi por la cabeza.

La sala estaba repleta de chiquillada. Toda expectante a que se apagaran las salas para pasar miedo y soltarlo dando grititos.

Y comenzó la película. Y esa música machacona, Tubullar Bells, dicen.

Golpeé a mi amigo, cómo diciéndole, ahora vamos a ver como se espanta toda la chiquillería pero oh dioses cuanta equivocación. La sala entera se reía a carcajadas de los esfuerzos del exorcista por espantar al diablo dentro del cuerpo de la niña.

La risa era brutal. Las mofas también. Alguien tiró un cubo de cotufas y las cotufas cayeron sobre nuestras cabezas como copos de nieve con sabor a maíz. Uno puso voz gutural y fue gritando “soooy el diablooo, soppy el diablooo…” Las carcajadas se redoblaron, aquel pequeño infierno parecía no tener fin… Hasta que acabó la película y lo que quedó de un clásico ya del cine de terror solo fueron cotufas derramadas por el suelo.

Dejé al amigo y me fui a casa desconcertado. Y ese desconcierto me dura todavía. En mi caso, solo sé que no me atrevo a ver solo la copia de El exorcista que tengo en dvd. Imposible que me parta de la risa si la vuelvo a ver. No siento, la verdad, ninguna simpatía por el diablo…

Y mira que ha pasado tiempo desde entonces. Y hoy (ayer para ustedes) al enterarme de la muerte de William Friedkin estos recuerdos tomaron mi sesera y me arrastraron a escribir estas letras.

Y así queda la cosa… Mi generación quedó aterrada con aquella película mientras las que venían detrás se la tomaban a mofa. Y no porque no crean en el diablo que encarna con mayusculas el MAL absoluto, que creer, imagino que crean aunque no crean en nada como quien ahora les escribe, pero ese abismo entre los que tienen ahora mi edad con los que empujan para que nos quitemos los dinosaurios es un instante en esta vida que es una sombra y una ficción y que me hace pensar que todo cuanto vemos puede ser, inevitablemente, distinto.

Saludos, que los dioses lo reciban, señor Friedkin, desde este lado del ordenador

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