Eduardo González adapta al cómic la novela La Lapa, de Ángel Guerra

La adaptación al cómic de Mararía, la novela de Rafael Arozarena hace ya unos años la recibí con entusiasmo porque entendí entonces (aunque el devenir de la historia no me dio la razón) que lo que podíamos considerar como “grandes clásicos de la literatura canaria” podían tener su traducción al universo del cómic y llegar a más público del que han llegado la mayoría de estos títulos que, de una u otra forma, dan grosor a un improbable canon de la literatura canaria.

Me preocupé en trasladar esta idea a quien quisiera escucharme pero como muchas de mis ideas (con independencia de si son buenas o malas) no obtuvieron respuesta. La idea, con el fin de aclararnos, cayó en saco roto, lo que asumí más que como derrota como pena, porque he defendido siempre la importancia que tiene la historieta en hacer asequible a toda clase lectores los libros que ocupan los estantes de las bibliotecas. Un universo, el de las bibliotecas, que estoy seguro que recibiría con los brazos abiertos esta iniciativa que, de momento, flota en el limbo.

Eduardo González vuelve a repetir adaptando un “clásico de la literatura canaria” con La Lapa (Ediciones Idea, 2025) un cómic que está muy bien pero que por desgracia llega muy tarde. Y llega tarde porque tuvo que haberse publicado el año pasado y no éste, ya que el autor de esta narración, realista y muy pegada a la tierra, José Betancourt y Molina que firma con el pseudónimo de Ángel Guerra que tomó de la novela de su paisano Galdós, era entonces el protagonista del Día de las Letras Canarias, reconocimiento que en el año que llevamos en curso recuerda la labor desarrollada por Alonso Quesada, de quien se ha preparado un amplio programa de actividades que sospecho que llega tarde también, ya que los fastos que se han organizado para recordarlo se hacen los tres meses finales de un año que inevitablemente termina, y que deja muy deslucida las actividades que estaban previstas recordarlo en el centenario, además, de su fallecimiento, que fue en 1925.

Acostumbrado a estos ya de por sí molestos despistes por parte de los responsables de la Cultura oficial (Gobierno regional, cabildos y ayuntamientos) la aparición con retraso del cómic de La Lapa tiene que ser recibido con entusiasmo aunque ese entusiasmo se haya atenuado porque el iniciado sabe que el cómic que tiene en sus manos llega tarde…

La obra consagra a Eduardo González como el gran adaptador de “nuestros clásicos literarios” a la república de las viñetas, siendo el autor de dos novelas gráficas que traducen en imágenes títulos como Mararía y ahora La Lapa, dos obras que, curiosamente, se desarrollan en la misma isla, Lanzarote, aunque aborden relatos radicalmente diferentes. Si hay algo que acerca Mararía y La Lapa es la mirada que tienen los escritores de una misma isla aunque en cuanto al contenido se tratan de trabajos muy diferentes. En Mararía la mirada de Rafael Arozarena no observa al mar sino a tierra adentro. En La Lapa, sin embargo, además de los protagonistas, si hay un personaje que determina el peso del relato ese es el mar. Un mar que está presente a lo largo y a lo ancho de un texto que narra el doloroso proceso de crecimiento de su joven protagonista y que Eduardo González pone de manifiesto no solo a través de los personajes sino también a través de la impactante novela gráfica que firma el dibujante y guionista a través de un atractivo montaje de viñetas en la que predominan cuadros a toda página que rayan, en ocasiones más con la pintura que con el cómic.

La Lapa muestra con toda su fuerza el talento de Eduardo González, un artista del dibujo y de la composición, que son dos claves para el buen seguimiento de cualquier historia que se nos cuente en el llamado arte secuencial, que es lo que son los cómics, y un agradecido sentido por resultar “realista” como lo fue La Lapa original, preocupándose no solo en describir personajes con psicología sino en situarlos en el paisaje de una isla que, como es la de Lanzarote, por su falta de agua y ser un territorio seco, condenó a esta tierra a ser una de las más pobres de Canarias, una geografía dura y envolvente en la que se mueven los personajes del libro.

La Lapa es una historieta que rinde, como así lo hizo también Eduardo González con Mararía, tributo al material literario original lo que me obliga a pensar el atractivo que sostendría una colección que publicara adaptaciones al cómic de “los clásicos canarios” con el fin de expandir su conocimiento a lectores de todas las edades y también a los que nos visitan de fuera.

La Lapa cuenta con un prólogo del periodista y editor Francisco Pomares, donde escribe que Eduardo González “dibuja con silencios. Y con silencios nos desvela también la pobreza, la mirada torva del patrón, la boca seca del niño que no puede más, la noche que cae sobre Lanzarote como una manta sin fin. Sus viñetas no gritan: susurran”, y es verdad que esos “silencios” salpican las páginas de esta adaptación en la que destaca por encima de otros colores el azul marino. El color del mar. Esa fuerza con la que lo representa hace que incluso consiga que a veces llegue a nuestra nariz el olor inconfundible del salitre, y de salitre están también dibujadas las caras de los protagonistas, los personajes que entran y salen en la historia que Eduardo González adapta de este clásico canario. Y como clásico, tan olvidado por estas tierras.

El cómic reproduce las historias El mendigo, Años juveniles, Primera Aventura, Segunda aventura, Hombre de mar, Salvado, A la hora de la muerte y En tierra, cuenta también con un prólogo, La Lapa: historia de una derrota, que firma Pomares y un glosario. Un trabajo, en definitiva, que visibiliza con respeto esta obra fundamental de la literatura canaria.

Saludos, pie con pie, mano con mano, desde este lado del ordenador

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