Elena Fortún, la creadora de Celia, describe una capital tinerfeña desprejuiciada y abierta al sexo en Oculto sendero

“El otoño es dulce y templado en la isla, pero las tardes se acortan, el viento silba con más fuerza, y una suave tristeza invade los campos agotados por el calor del verano. Consuelo y sus niños ya estaban en la ciudad, y yo hacía una semana que no salía de casa: con las ventanas abiertas, tocaba al piano la Serenata Vasca, de acordes graves y profundos, cuando sentí posarse en mi cuello unos labios ávidos…

Era Florinda, pálida y un poco turbada.

- Soy yo… ¿Por qué no vas a verme? Hase una semana que me dejas sola toda la tarde… Me había propuesto no venir… no quejarme… y ¡ya ves!, no he podido… ¿Sabes que solo por ti no me he ido de La Orotava? – y sus ojos estaban llenos de lágrimas”.

Oculto sendero, Elena Fortún, Renacimiento, 2016

Tras el pseudónimo de Elena Fortún se escondía María de la Encarnación Gertrudis Jacoba Aragonese y de Urquijo, nacida en Madrid en 1886 y fallecida en esta misma ciudad en 1952, y que se consagró sobre todo por la serie de novelas infantiles protagonizadas por una niña de nombre Celia, obras que le proporcionaron popularidad en la España de aquel entonces, los felices años 20 del pasado siglo, y cuya lectura todavía aguanta el paso siempre implacable del tiempo.

El escritor Andrés Trapiello en su monumental Las armas y las letras: literatura y Guerra Civil (1936-1939) escribe que Celia y la revolución es uno de los mejores libros que se han escrito de aquel periodo tristísimo de la historia de España, y razones no le faltan, sobre todo porque se trata de la obra más oscura de la saga y un retrato feroz y sin concesiones sobre la guerra a través de los ojos de una adolescente en aquel Madrid del no pasarán.

Hace unos años la editorial Renacimiento publicó Oculto sendero, título en el que Elena Fortún ofrece un testimonio desgarrador sobre la sexualidad de la protagonista, María Luisa Arroyo, que es un trasunto de la misma Fortún. Al parecer, la novela sí que se publicó en Argentina pero con pseudónimo, Rosa María Castaños en esta ocasión, y en ella narra cómo una niña (álter ego de la autora) quiere ser pintora ante la abierta hostilidad de su familia, en especial de su madre que es un personaje que resulta bastante antipático en este relato, así como las sirvientas que trabajan en la casa, auténticas arpías. El personaje irá descubriendo en las diferentes partes en las que está dividido el libro su homosexualidad.

La primera parte lleva el título de Primavera y a mi me parece una de las más vibrantes del libro, primero porque la escritura sabe reproducir con palabras las contradicciones de la niñez, que en la novela tienen un claro eco a lo que ya narraba en la serie Celia, y en ella cuenta la vida en familia, las tiranteces con una madre chapada a la antigua y dominante y un padre que representa cierta estabilidad burguesa que no termina por convencer a la protagonista. La segunda entrega, Verano, resulta igual de luminosa aunque donde el libro adquiere un interés para lectores nacidos y residentes en las islas, y en concreto en Tenerife, se produce en la tercera parte, Otoño, ya que la protagonista viaja a la isla, una isla donde la gente que conoce viva su sexualidad con una libertad para ella completamente desconocida en la capital de España.

Entre los escenarios, destacaría un baile de fin de temporada que tiene lugar en el Club Náutico, en el que “todos los pintores de la isla decoraron las paredes del comedor y el salón de fiestas. Yo también fui llamada para contribuir al decorado del saloncito-tocador, y en los dos muros blancos frente al gran espejo, pinté millares de confetis… En un extremo hice una dama con miriñaque, envuelta en un velo de encaje negro que cubría el vestido rosa, y que coquetamente destapaba su rostro de maravillosa hermosura… En la otra pared, un caballero romántico, caía de rodillas con el sombrero en la mano al contemplarla”.

El episodio tinerfeño de la novela cuenta con numerosos personajes inspirados en otros tantos reales que conoció la escritora durante su estancia en la isla. Habla de un tal Rafita, director de un periódico de gran tirada en la isla; de Fermina Monroy, poeta con fama de lesbiana, y de Lolín, una joven pintora que fuma en exceso. También menciona a Rosita Aguilar, hija de un teniente coronel y amante de Lolín, y de Florinda, una rica soltera que es descendiente de la última princesa guanche, así como describe escenarios perfectamente reconocibles de la capital tinerfeña como son el Hotel Quisisana y la plaza de Weyler, entre otros. La protagonista de la historia se desplaza también a La Orotava, aunque es en Santa Cruz de Tenerife donde descubre un universo que la sociedad conoce sin que le provoque demasiados dolores de cabeza, lo que me hizo plantear mientras leía la novela si todos los personajes que intervienen en este segmento podían haber imaginado en lo que se iba a convertir la capital tinerfeña, la isla, las islas y España entera tras la Guerra Civil.

En estos capítulos, la autora no deja de remarcar el acento de los personajes canarios, para lo que sustituye la c y la z por la s. Así escribe en boca de los personajes canarios: desirte en vez de decirte; hase en vez de hace; m’hija, en vez de mi hija; conoserás en vez de conocerás…

Su estancia en Tenerife, y trabar amistad con personajes “invertidos” a los que la mayoría respeta lo sean o no, convierte esta parte de la novela en una de las más felices que vive su protagonista, quien dibuja un paisaje humano y también geográfico que casi parece que conspira para que todos sean felices.

Oculto sendero es una edición a cargo de Bubia Capdevilla-Argüelles y María Jesús Fraga, y me ha reconciliado con una isla que antaño normalizó sentimentalmente los deseos sexuales, lo que convierte esta novela en un testimonio más que desgarrador, vital, el que firma Fortún, la creadora de Celia.

Saludos, leamos, leamos, leamos, desde este lado del ordenador

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