Naufragios, una novela de Andrés Ordóñez

“Una ola gigantesca rompió contra las rocas y todo se transformó en una lámina de agua que caía en mágicos cristalitos salpicando espuma al aire de toda la zona de costa. Entonces, Cande miró hacia la zona de Martiánez y de pronto no había tentáculos de pulpo, ni fuente de pluma, ni Lago, solo unos rompeolas volcánicos que protegían unas piscinas integradas sobre la lava de la zona y un solarium de baldosas grandes como en los años sesenta. Entonces los vio. Estaban Paul McCartney, Ringo Starr y George Harrison, jovencísimos, recostados sobre uno de los bancales de cemento pintados de blanco que servían para sentarse junto al mar”.

Naufragios,
Andrés Ordóñez, 2025

El caso de Andrés Ordóñez es singular en el panorama literario canario, y en concreto tinerfeño, con el que me he tropezado en los últimos años. Se escribe así porque ajeno a familias y grupos pero sobre todo a contactos con las administraciones, escribe su primera novela, Naufragios, que publica él mismo y en la que vuelca su pasión por escribir, una pasión que hibernó durante su etapa como profesional, muy alejada de las letras. En la nota biográfica de esta su primera novela se informa que trabajó durante veinte años como responsable de comunicación corporativa de Danone en Canarias, y con la misma empresa se trasladó a Barcelona para realizar “tareas de ámbito institucional”. Imagino que cansado de estar fuera de casa y con la morriña recordándole todos los días su tierra natal, un día hizo las maletas y regresó a Tenerife donde comenzó una carrera literaria en la que buscó, sin encontrarlo todavía, “el mágico misterio que envuelven las palabras”.

Naufragio se presentó el año pasado y desde entonces Andrés Ordóñez y su novela bajo el brazo han terminado por convertirse en una presencia habitual en las ferias de libros que se celebran en Tenerife. Sabe vender su obra, y solo quiere hablar de ella como Umbral a pesar de que todavía le cuesta entrar en un ecosistema como es el literario canario y el tinerfeño en particular, que se caracteriza de cerrado pese a que presuma de otra cosa. Lo de presumir se hace como defensa para superar una mediocridad cada vez más alarmante, sobre todo en escritores/as muchos de los cuales ya retirados han encontrado en las letras una forma de no estar solos cuando autoeditan y presentan sus obras. Los autores/as que publican en editoriales profesionales sean de aquí como de allá, suelen mirarlos por encima del hombro y las instituciones, como el Cabildo ni se plantean hacer un seguimiento de todos estos creadores/as que a veces me sorprenden muy gratamente lo que con tanto esfuerzo y penalidades han parido en las soledad de sus casas, ya que merecen atención y el mismo derecho de estar donde están los escritores/as vamos a llamarlos profesionales que publican en editoriales profesionales del archipiélago como de la España peninsular. Al final, y en todo este puchero, siempre sale algo digno. Muy poco, esa es la verdad, pero con el suficiente atractivo para no meterlos a todos/as en un mismo paquete.

La novela de Andrés Ordóñez es una novela extraña, casi me atrevería a decir rara porque más allá de pretender contar una historia, lo que intenta es repasar “la idiosincrasia y la cultura en Canarias”, anuncia el autor en la contraportada.

Una vez se comienza a leer Naufragios lo de novela se disuelve ya que el texto cuenta hechos capitales de la historia del archipiélago, del que da información partiendo de un supuesto ficticio: la aparición de un cuerpo flotando en “las tranquilas aguas del barrio de San Cristóbal de Las Palmas de Gran Canaria”, lo que desata una investigación policial que lleva el subinspector Gonzalo Castillo, de escasa experiencia y recién llegado de esa España peninsular que nombro tanto.

El misterio se dispara cuando comienzan a aparecer otros cadáveres flotando en las tranquilas aguas de las otras islas del archipiélago, lo que le da pie para comentar describir paisajes que han forjado estas sufridas tierras, mientras intenta darnos a entender qué es lo que ha terminado por definir una canariedad que todavía (esta es una opinión personal) está por definir.

El libro por lo tanto más que una novela es una excusa para contar lo que somos los canarios, de dónde venimos y en dónde estamos, y resume a veces con agradecido sentido didáctico las características que han venido labrándose en un territorio disperso que no termina (es otra opinión personal) de labrarse un porvenir.

Pese a su volumen, casi 400 páginas, Naufragios se lee con facilidad primero por el tamaño de la letra y segundo porque si uno entra en el juego que propone Andrés Ordóñez termina por sumergirse en las páginas de una novela que quiere ser educativa (y lo consigue) sobre Canarias.

El libro cuenta con una serie de ilustraciones interiores generadas por Inteligencia Artificial y si se le puede criticar algo son las ambiciones que arrastra el autor para alcanzar sus objetivos. Objetivos que lo sobrepasan dada su magnitud, y que podría haber atenuado si se hubiera preocupado más en el aparato literario que en el didáctico. Con todo, y si se encuentran al autor en cualquier feria del libro sea de Tenerife como en cualquier otra parte, acérquense y charlen con él de Canarias ya que si de algo sabe Andrés Ordóñez es, precisamente, de Canarias, este sufrido archipiélago abandonado de la mano de los dioses.

Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador

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