Balbucea: “auto… auto… autoayuda”

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La verdad es que pese a sentirme tocado pero no hundido esta sensación de navegar con las velas a punto de romperse me sirve para reflexionar en estos días oscuros sobre una experiencia que me pasó hace unos años. Cuando era un poco más feliz, tenía dinero en el bolsillo y una inocencia todavía no maleada por la inconciencia.

Caía la tarde invernal de un día laborable y paseaba por la rambla después de salir de una jornada en esos días en que había trabajo para todos y todas. De naturaleza compulsiva, me preguntaba mientras andaba y andaba qué demonios podía hacer para sentirme libre cuando me detuve delante de un kiosco para ojear las revistas y dvd. Mi mirada tropezó entonces con un libro (¡en un kiosco!) que me llamó poderosamente la atención. Conocía meridianamente a su  autor, y por referencias la Iglesia (no añado lo de pseudo por razones obviamente obvias) que fundó: la Cienciología. El libro, para información de profanos e iniciados, se trataba de Dianética.

Pregunté el precio, lo cogí en mis manos y decidí llevármelo a casa con la esperanza de que el discurso de aquel escritor de ciencia ficción de serie B que fue L. R. Hubbard aclarara mis ideas.

Fundido a negro. Porque no me aclaró nada. De hecho, y tras leer unas doscientas páginas de su mamotreto continuaba igual o más confundido que antes. Es probable que la traducción fuera muy mala. O también que el maldito libro resultara una estafa en toda regla. Concluí que eso me pasaba por confiar en descubrir la panacea en los que han dedicado su vida a escribir libros de autoayuda. Al final sólo terminan por confundirte un poco más la cabeza.

Recuerdo que del volumen de L. Ronald Hubbard se me quedó grabado en el cerebro una palabra que no paraba de repetir en el texto: engramas. Engramas por aquí y engramas por allá. Nunca me enteré muy bien de qué demonios eran los engramas, y con el paso del tiempo que lo cura (y también envejece) todo, superé la pesadilla engramática.

Mas un amigo me prestó una novela de Hubbard, Miedo se llamaba, en cuya portada contaba con un comentario elogioso del mismísimo Stephen King, un grandioso escritor que ha sabido venderse muy bien. Al intentar leer la novela (confieso que no llegué al final) fui descubriendo que el autor de It o Carrie me había colado un gol, porque el relato de Hubbard no había quien lo entendiera. Sus seguidores aseguran que eso es así porque no estoy iniciado en los misterios de su Iglesia pero para misterios, la verdad, prefiero los de la vida diaria. Esa cruz que transportamos con resignación desde que nacemos hasta que desaparecemos.

Les revelo, no obstante, que siempre he sentido cierta fascinación por personajes como Hubbard, ya que encarna algunos de los valores más característicos de Nueva Roma o Estados Unidos: sé un ganador. No importa cómo, pero sé un ganador. Y Hubbard, madre del amor hermoso, fue precisamente eso: un ganador con todas sus letras. Y un ganador vendiendo una filosofía religiosa que sin pies ni cabeza logró que la Iglesia que fundó sea hoy una de las fortunas más grandes e inquietantes de este pobre planeta que llamamos Tierra.

Intentando descubrir las claves de su éxito, deseché rápidamente la de empaparme de su literatura porque la consideraba perjudicial para mi salud mental no por seductora sino por incomprensible, y me dediqué a leer tebeos y ver series inspiradas en el sujeto. La obra de referencia es Wild Palms, pero no me convenció demasiado porque la acción transcurre en Hollywood. Y Hollywood debe de ser como un zoológico donde se reúnen todas las bestias más peligrosas y estrafalarias de este nuestro mundo. Algo así como las instituciones canarias, pero sin el glamour de la Meca del cine.

Más tarde vi la película que John Travolta produjo de la que dicen es la obra maestra de Hubbard: Campo de batalla: La Tierra, pero la verdad es que ni fu ni fa.

Pasado el tiempo, los libros de autoayuda, que me imagino están escritos por personas muy parecidas a los vendedores de elixires y tónicos mágicos de las películas del oeste, volvieron a meterse en mi vida cuando un amigo me animó a que leyera algunas obras de Jodorowsky, un chileno que pese a caerme bien por lo bien que se lo ha montado, tampoco supo abrirme las puertas de la percepción. Jodorowsky inventó esa cosa que llaman psicomagia, fórmula que tiene gracia para no creyentes. No pongo en duda, sin embargo, el talento del que está dotado –fue fundador junto a Topor y Arrabal del grupo Pánico– cuando lo pone al servicio de guionista o cineasta, sobre todo en la gore, gore, gore y pertubadora, perturbadora, perturbadora Santa Sangre.

En este rápido repaso de vendedores de la poción mágica no podía olvidarme tampoco de  J. J. Benítez, a quien tuve ocasión de conocer una vez en rueda de prensa.

Me cayó bien, la verdad sea dicha. Aparentaba creerse lo que nos contaba en sus delirantes Caballos de Troya. No puedo decir lo mismo de Jorge Bucay, un argentino que habla de amor mientras con la otra mano exige que le den dinero por hablar de amor. Y soy de los no sabe no contesta en cuanto a Claudio Coelho, un escritor que también se ha abierto paso vendiendo revelaciones espirituales…

Últimamente sospecho que Eduardo Punset se escora peligrosamente a este lado de la risa. De todas formas, le salva su espacio televisivo Redes aunque sus libros… sus libros…

Hay más venderores del buenrollismo que se dedican a confundirnos. Pero no es nuevo. Atrás y atrás estaba el tal Lobsang Rampa que no fue Lobsang Rampa, y el fantástico Carlos Castaneda, quien alteró a una generación con aquellas sus revelaciones de Don Juan entre hongo y hongo de la sabiduría. El casi siempre excéntrico Ken Russell dirigió un filme inspirado parcialmente en tales revelaciones: Viaje al fondo de la mente, protagonizad por un William Hurt al que recuerdo flotando en un tanque con cables en la cabeza. Al final volvía al mono que somos todos.

Escribo sobre estos señores (y señoras, porque son muchísimos/as más, créanme) porque en estos tiempos extraños, de reformulaciones varias y nuevos escenario, los libros de autoayuda siempre serán una panacea para nosotros, pobres diablos. Permítanme por ello que observe el fenómeno con inquietud y que pida cierta cautela a quienes quieren sacar lecciones de sus páginas porque ayudar, ayudar, no ayudan. Salvo a quienes los escriben, claro está.

Yo veo todos estos libros, que existen desde el amanecer de los tiempos, como un género literario. Debe pasar que no me engancha porque lo que narra está escrito como una verdad. Y un lector que se precie sabe que un libro no dice verdad, sino que transmite sensaciones. Así que ¡¡¡por Aquiles y Héctor!!!! allá ellos y ellas.

Termino con un libro que me entregaron cuando comenzaba a leer y casi me quita la afición por saber lo que cuentan otros: Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach.

Pienso ahora, mientras escribo, que igual es mi desconfianza, los palos que he recibido en lo que llevo de vida lo que me hace temer eso que llaman autoayuda. Quizá sea porque creo que uno solo (y lo subraya un lobo estepario) no va a ningún sitio precisamente estando solo.

Saludos, tocado pero todavía no hundido, desde este lado del ordenador.

8 Responses to “Balbucea: “auto… auto… autoayuda””

  1. alguien que creee entenderle Says:

    Permítame decirle que la mejor autoayuda está en escuchar canciones. Le recomiendo Via con me, verá las cosas de otro color. A mi me ha ayudado bastante.

  2. editorescobillon Says:

    Me ha tocado el alma. Y me la toca si Via con me la interpreta el gran Paolo Conte.

  3. Buddy Holly Says:

    Joder, tíos, que para algo se inventó el rock and roll!!!!!

  4. editorescobillon Says:

    ¿Están conspirando para hacerme feliz? Buddy Holly, me pongo de rodillas antes el creador de Peggy Sue se casó…

  5. Ike"cenizo" Janacek Says:

    Recuerdo a una amiga personal de Paulo Coelho (que no Claudio, señor editorescobillon) decirme muy seria que gracias a su estudio de la magia, la psicomagia y los cómics de Alan Moore; “había visto más allá de la tramoya del universo”. ¡Chúpate esa!, como para salir corriendo a comprar un ejemplar de “El Secreto”.
    La condición de Hikikomori ha hecho que familiares y amigos me regalen periódicamente libros de autoayuda como quien no quiere la cosa, y la único que he sacado en claro es cuanto golfo hay autoayudándose a costa de los demás y cuanto desesperado agarrándose al clavo ardiendo de las pseudociencias.

    Pero bueno, luego va uno al psicólogo y llega a conclusiones peores.. así que no sé.

  6. editorescobillon Says:

    Sí que es usted un “cenizo”, señor Ike. Disculpas por poner Claudio donde debía poner Pablo. Pero entre Pablo y Claudio siempre que quedaré con Claudio. Coelho, naturalmente.

  7. Paddington Says:

    Vaya, vaya, vaya… le recomiendo para que se suba las paredes los libritos del tal Osho. No tienen desperdicio, de verdad. Echas unas risas.

  8. jose alberto vega Says:

    magnifico articulo. animo

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