Los clarines del miedo, una novela de Ángel María de Lera

La vida de Ángel María de Lera reúne los elementos suficientes para convertirla en una serie de televisión o un largometraje con el objetivo de mostrar lo que pasó con aquellos militares republicanos que, tras cumplir condena, se incorporaron como buenamente pudieron a la España del nuevo régimen, aquel contra el que habían luchado y que, finalmente los condenó y más que rehabilitados los soltò en la calle porque ya no eran tiempos de juicios sumarios y paredones de fusilamiento.

El miedo que pasó durante la guerra, asumido por ser soldado, y el miedo que larvó en las prisiones franquista es una constante en muchas de sus obras, aunque palpita por encima de la mayoría, en Los clarines del miedo.

Tras desempeñar varios oficios en la España de la postguerra como el de peón de albañil, barrendero, agente de seguros y contable de una pequeña fábrica de licores, Ángel María de Lera publica su primera novela Los olvidados en 1957 y más tarde otros libros de ciorte autobiográfico como Las últimas banderas, novela por la que obtuvo el premio Planeta en 1967 y en la que recrea la constitución del Consejo o Junta del coronel Casado (ese estrafalario golpe militar y político que se produce en Madrid en 1939), así como la entrada triunfal y los días inmediato a la ocupación de la capital de España por el ejército nacional.

No obstante, si hay un título a reivindicar en este autor con el alma partida es Los clarines del miedo, una, si no la mejor, novela que se ha escrito sobre el mundo del toreo, y novela que fue llevada al cine por Antonio Román en 1958, el mismo años de su publicación, y que cuenta con Francisco Rabal como el Aceituno, el veterano y cobarde muletilla que trabaja a las órdenes deel Filigranas, torero joven al que le vence también el pánico en las corridas que ofrecen por los pueblos de provincia.

Ángel María de Lera cruza en este relato una historia de amor, aunque ésta pasa a un segundo plano porque pone elacento en la relación paterno/filial que se da entre los dos grandes protagonistas masculinos de la novela, hombres que fingen una valentía que no tienen en el ruedo, y también fuera de la arena.

El retrato que ofrece el escritor de aquella España caverníciola que se resiste a desaparecer es otro de los grandes temas de una novela que tuvo que torear con la censura para reflejar la dura mollera que caracteriza el españolito que viene al mundo con agradecido tintes neorrealistas. La visión descarnada de un pueblo acostumbrado a los cambios (cambios sangrientos) para que las cosas continúen igual.

El mismo apodo de los protagonistas, el Filigranas y el Aceintuno, define a dos personajes que, a su manera, representan a la España de aquellos años. Por un lado, una vencidad y con el espíritu maltratado por la cobardía. Por otro, una juvenil que no encuientra referentes ni en sus padre ni en sus abuelos. Una generación que intenta abrirse camino en un país desvastado aunque en proceso de lenta transformación.

Somos conscientes que el nombre del escritor apenas es recordado en la actualidad, pero sí que disfrutó de cierto predicamento en los años 50 y 60 en los ambientes literarios del franquismo porque sus novelas estaban muy pegadas a la realidad de su tiempo así como profundamente ligadas a su memoria de derrotado. Esto no explica que su nombre resulte todavía el de un desconocido para todos aquellos que presumen de vocación lectora con acento cañí y que sus mejores obras, como Los olvidados y Los clarines del miedo, no se reivindiquen como se merecen. Sirvan estas modestas líneas a modo de reconocimiento, en especial a la que, a nuestro juicio, es su obra maestra o al menos su trabajo más redondo: Los clarines del miedo, libro en el que además de describir con conmovedor realismo el mundo de toreo de feria, destaca por unos personajes bien trazados, sólidos y convincentes, en especial la pareja masculina de profesionales de la capa y el estoque y a través de los cuales se desencadenará el drama.

La llamada fiesta nacional es vista desde el punto de vista de los toreros, desde las entrañas del hombre que en traje de luces salta al ruedo para desafiar al toro bravo, ese gigantesco y poderoso animal que no parece de este mundo, solo que el retrato, perlado de gotas de sudor y olores en los que se mezcla la sangre con el vino y que parece que anuncia la misma muerte, es el de una pareja de perdedores que trabajan en esto más que por vocación por supervivencia. No han perdido, sin embargo, sus sueños de salir por la puerta grande en Las Ventas.

Mientras tanto y como pueden, viven historias de amores fugaces en los pueblos donde trabajan, localidades donde tienen mucho cuidado en esquivar a los jóvenes garrulos de la zona, siempre pendientes en que no se líen –y desgracian– a las mozas del pueblo.

Ángel María de Lera falleció en 1984. Su muerte puso fin a la carrera de un brillante escritor social que cuenta con su propio ciclo de novelas sobre la Guerra Civil española. Ciclo que inició con Las últimas banderas y que continuó con Los que perdimos, La noche sin ribera y Oscuro amanecer. Fue también uno de los primeros escritores en estudiar y publicar sobre los hijos de la viuda en la España de la Transición, La masonería que vuelve aunque si aún es recordado por unos pocos es por, precisamente, Los olvidados y Los clarines del miedo, un díptico muy interesante a través del cual se observa con mirada de cronista la crudísima realidad de un país, España, que aún late dispersa por esa geografía que parece, ya ven, la piel de un toro. De un toro bravo dispuesto a morir matando.

Saludos, no se lo pierdan, desde este lado del ordenador

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