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Jenaro Talens: “Luis Feria quedó fuera del canon de su generación sin demasiado fundamento”

Miércoles, Junio 4th, 2025

El pasado jueves 7 de mayo se presentó en TEA Tenerife Espacio de las Artes Antología de Luis Feria (colección Biblioteca Manuel Padorno, Academia Canaria de la Lengua, 2025), edición que está al cuidado del poeta y ensayista Jenaro Talens (Tarifa, 1946) y en la que “se recoge una amplia selección de la trayectoria de quien es ya un nombre ineludible en la nómina de los grandes poetas contemporáneos de la literatura en español”, se destaca en una nota de prensa. En el acto acompañaron a Talens la escritora y Premio Canarias de Literatura (2015) Cecilia Domínguez, miembro de número de la Academia Canaria de la Lengua y el también académico y actual vicepresidente de la misma, Nilo Palenzuela.

Jenaro Talens ha ahondado en temas sobre semiótica y teoría literaria y en su trabajo como traductor se encuentran obras de Shakespeare, Hesse o Ezra Pound, entre otros. Es autor de varios libros de poemas como En el umbral del hombre (1964), Tábula rasa (1985) y Orfeo filmado en el campo de batalla (1994). En 1997 recibió el premio Loewe de Poesía.

- En la presentación de la antología de Luis Feria se mostró muy crítico con el canon. ¿Quién y con qué criterios se impone el canon?

“La noción de canon (de origen religioso, como sabemos) busca no tanto establecer una jerarquía de valoración objetiva (algo imposible por definición, ya que ¿en relación con qué se considera que algo es bueno o malo?), sino definir qué es, para quienes lo elaboran, lo mejor de cada discurso y qué merece, por tanto, permanecer en el tiempo. En lo que atañe a la poesía, el canon incluye todo aquello que quienes lo establecen (las instituciones: universidades, prensa periódica o especializada, industria editorial, etc.) deciden priorizar sobre lo que dejan fuera, algo que no siempre se basa en la calidad estrictamente poética (concepto ambiguo donde los haya), sino en lo que cada tradición dominante considera qué es exactamente la calidad que les interesa establecer y qué valores hay que defender y cuáles ignorar. Se trata en suma de un concepto ideológico, es decir, político, no literario. En ese sentido, me parece justo reivindicar aquellas voces, como la de Feria, que han quedado fuera del canon de su generación cronológica sin demasiado fundamento”.

- Calificó también de “desastre historiográfico” la poesía en España, ¿por qué?

“Porque más que reivindicar lo que podríamos llamar las escrituras (múltiples) de la Modernidad, se está dejando dominar por una práctica bastante ramplona y poco exigente. Que cierta poesía sea difícil, no la elimina. También subir al Everest es difícil o ganar una medalla olímpica y eso no hace que se condene como práctica. Una buena política educativa (igual que los entrenamientos son necesarios en el deporte) puede volver comprensible lo que parece a primera vista que no lo es.”

- Dice que le gustan los poetas que no son llorones, ¿cómo explica que la mayoría de los que no lloran no figuren en el canon?

“Quizá porque se suele relacionar poesía con sentimentalismo y pensamiento con un defecto, algo ajeno a lo poético. No lo era para los clásicos, ni para Hölderlin, ni para Baudelaire, ni para Eliot. No entiendo por qué tiene que serlo para los modernos que escriben en español. Siempre me gustó la afirmación del uruguayo-francés Isidore Ducasse, Lautréamont, «no hay que llorar en público»”.

- Y en el caso de Canarias, ¿cree que esa marginalidad es fruto de su alejamiento geográfico con respecto a la España peninsular?

“Algo tiene que ver, me imagino. Muchas veces las dificultades para que lo que se edita aquí llegue a la península y circule con normalidad no ayudan mucho, la verdad sea dicha”.

- En este aspecto, Luis Feria es un poeta que aún permanece desconocido por nacer y morir en la periferia. En este sentido, ¿cree que la península suele olvidar con frecuencia las literaturas que se escriben en Canarias?, ¿sigue esta constante o cree que está cambiando?

“En primer lugar, no es cierto de Luis Feria sea un poeta desconocido. Que no sea un nombre mediático no quiere decir que los lectores de poesía (que no hay que confundir con el público lector general, más inclinado a la novela) no lo conozca. Por lo demás, no creo que se olvide nada. El problema es más de desconocimiento que de minusvaloración. Por lo demás, no siempre los nombres que circulan remiten a lecturas reales de las obras con los que se relacionan. Se lee bastante poco, me temo. Pero Canarias tiene una tradición de primer orden y los que hemos tenido la fortuna de conocerla lo sabemos muy bien”.

- ¿Cuándo llega por primera vez a la poesía de Luis Feria?, ¿recuerda de que libro se trató?, ¿qué fue lo que le conmovió para seguir tan de cerca su trabajo poético?

“Sólo conocía los poemas que encontré en algunas antologías, como Las ínsulas extrañas. Eso hizo que buscara más y como su Obra reunida se publicó en una editorial valenciana que conozco muy bien (Pre-textos, cuyos editores son amigos míos desde hace medio siglo), me hice con un ejemplar y lo devoré materialmente. Me pareció enormemente sugestivo y nada tópico. Desde ese momento soy un lector devoto de su escritura”.

- Se suele ubicar a Feria en la generación del 50 pero ¿hubo una generación del 50?, ¿sirve de algo ubicar a un poeta en una generación?

“Prefiero hablar de promoción antes que de generación. El concepto de generación se ha utilizado demasiado y no siempre bien. Hay poetas que comparten cronología sin necesariamente compartir gustos y posiciones estéticas. Y en la promoción del 50, nombres como los del propio Luis Feria, Ricardo Defarges, César Simón, Tomás Segovia, Manuel Padorno, Corredor Matheos, Rafael Guillén, por citar sólo unos pocos, no han tenido tanta proyección mediática, pese a tener tanta o más calidad en algún caso que quienes figuran en el «listado oficial». El problema de no figurar es que se les dedica menos atención crítica y académica, pero el tiempo (que como decía el personaje de Chaplin en Candilejas, es el mejor autor, porque siempre da con el final oportuno) acaba poniendo las cosas en su sitio”.

- ¿Cómo nace esta antología?, ¿La Academia Canaria de la Lengua le indicó una manera de trabajar o le dio libertad absoluta para que hiciera este trabajo? ¿Cuál y cómo fue el proceso de selección de los textos que componen la antología que se presentó recientemente en la capital tinerfeña?

“La verdad es que nunca pensé que tendría la oportunidad de preparar una antología de su obra. He escrito sobre él, pero hasta que su hermano Joaquín no me lo propuso no había pensado en ello. Cuando me llamó (había seguido mi intervención en el simposio que se celebró en Tenerife sobre Feria hace años y le había gustado mi aproximación) acepté enseguida. Tanto él, como propietario de los derechos, como la Academia me dieron libertad absoluta, así que la selección la hice sin más cortapisas que la longitud del volumen. Antologizar una obra tan coherente y de tan alta y sostenida calidad es difícil, porque si me descuido lo habría seleccionado todo y no era cuestión de repetir el trabajo que ya hizo y muy bien José Carlos Mainer en el libro de Pre-textos. Así que me centré en poner en evidencia lo que en su obra hay de asimilación de lo mejor de la tradición de la Modernidad, una tradición que no siempre ha sido hegemónica en la reciente poesía española, pese a tener al gran Juan Ramón Jiménez como referente y en la que Canarias ha encontrado siempre muy buenos ejemplos, aparte de Feria y Padorno, ya citados, como el recientemente fallecido Andrés Sánchez Robayna. Espero, con todo, que la imagen que da el volumen sirva para que el lector se interese por buscar el resto de su producción”.  
 
- ¿Influyó la poesía de Luis Feria en la poesía de Jenaro Talens?

“No directamente. Cuando lo descubrí ya había publicado la mayor parte de mis libros, pero sí me ayudó a reafirmarme en unos postulados que creo haber compartido con él y que no siempre fueron bien entendidos por la crítica.”

- No lo conoció personalmente pero cómo se imagina a Luis Feria y que sería lo primero que le diría.

“No tengo la menor idea. No suelo confundir la persona cívica con el escritor. A dos de los autores del siglo XX sobre los que más he trabajado en mi carrera, Luis Cernuda y Samuel Beckett, nunca los conocí. A Cernuda porque ya había muerto unos años antes de empezar mi tesis doctoral sobre él y a Beckett porque, aunque estuve a punto (me lo encontré por casualidad en una calle de Montparnasse en París cuando ya había traducido parte de su obra), me dio tal impresión que ni me atreví a dirigirme a él. Para mí era como ver a dios en persona, si se me permite la expresión. Hoy me arrepiento de mi timidez porque sin lo que aprendí leyéndolo y traduciéndolo seguramente mi concepción del trabajo de escribir habría sido muy distinto. A veces, sin embargo, prefiero quedarme con la imagen que da una obra y no con la persona, para evitar posibles decepciones, cosa que a veces ocurre.”

- ¿Está preparando algún nuevo libro?

“Una de mis máximas es aquello que escribió Plinio el Viejo: «nulla dies sine linea». No sé hacer otra cosa. Terminé un nuevo poemario a final del año pasado y espero que salga publicado este próximo otoño”.

- Y como traductor… ¿cómo se traduce la poesía?

 “No me gustan los dogmas, así que sólo daré mi opinión personal: reescribiéndola en la propia lengua de llegada. Creo que el verdadero sentido del dicho traduttore/tradittore es aplicable a quien olvida que cada texto no está sólo escrito en una lengua sino en un sistema cultural propio, no homogéneo y por supuesto no trasplantable tal cual a otro. Lo que en un contexto cultural significa A puede significar B en otro, pese a que las palabras digan lo mismo según el diccionario. Incluso puede variar de un lector a otro. Por eso siempre he defendido la idea de traducción como reescritura.  Y por eso creo también que cada lengua amplía nuestra capacidad de entender un mundo cada vez más complejo y fragmentario y que traducir poesía puede ser un magnífico método de aprendizaje poético. A mí, al menos, me ha servido mucho toda mi vida”.

- ¿Qué piensa, por último, de la poesía que en la actualidad inunda Internet?

“En internet, como en botica, hay de todo. Pero en cuanto a lo que empieza a definirse como poesía de internet, sin comentarios. Convertir la vida personal en un valor de cambio, es decir, monetizar la experiencia, para decirlo con palabras de Yanis Varoufakis, no me parece que lleve a ninguna parte. Para ese viaje no hacen falta alforjas”.

Saludos, todo era tan extraño, desde este lado del ordenador

Fallece el escritor tinerfeño Jaime Mir, ‘padre’ de la novela negra y criminal con acento canario

Lunes, Junio 2nd, 2025

El viernes pasado, 23 de mayo, fallecía el escritor tinerfeño Jaime Mir Payá. Y escribo escritor porque pese a que nos dejó solo una novela, El caso del cliente de Nouakchott y un puñado de textos en el primer y último número de la revista Más allá del sur, supo dejar huella, registro que indicaba que ahí había, hubo, un gran escritor.

El protagonista de la novela es Carlos Alberto Rico, aunque todos lo conozcan como Jeque, y en ella se sienta las bases de un noir con acento canario que hoy ya nadie discute pero que cuando irrumpió Jaime con aquel título, casi nadie apostaba entonces por una literatura de género, y menos negro y criminal en estas tierras.

El personaje de Jeque inspiró, ignoro si conscientemente, a José Luis Correa para su Ricardo Blanco, que ya lleva quince entregas, aunque la ciudad en la que desarrolla sus historias sea Las Palmas de Gran Canaria y no Santa Cruz de Tenerife, y su carácter muy pachorrón y no tan inocentemente cínico como sí es el de Jeque. Es probable que ambos personajes sean en este sentido diferentes pero nunca opuestos. Los une además que los dos narran sus historias en primera persona, solo que en el caso de Jaime Mir la mirada del personaje se queda detenida a finales de los 80 del pasado siglo XX.

Es decir, que su retrato de la ciudad está congelado en aquellos años, por lo que es una pena que no sepamos jamás cómo hubiera evolucionado Jeque, pero esto se debe a que Jaime Mir fue siempre un tipo que evitaba el ruido y el famoseo. No se creía ninguna clase de fastos literarios, y mucho menos, por supuesto, lo que se celebran en provincias que son tierras donde se suele reconocer al menos indicado pero, eso sí, con habilidades para hacer amigos. En mi opinión hizo muy bien.

Los que conocemos la novela policíaca contribuimos a que Jaime Mir fuera una leyenda de este género en Canarias precisamente porque no le gustaba estar en fiestas y saraos. Y no era por vergüenza torera. Ni siquiera timidez… El caso es que se sentía extremadamente incómodo en estos ambientes en el que prima más la vanidad que el trabajo bien hecho. Además, entre las muchas virtudes de Jaime estaba la sinceridad, así que te soltaba sin paños calientes lo que pensaba. Como escritor, nunca se tomó demasiado en serio, pese a que fuera el mejor de su generación. Tanto, que creó escuela y derramó su influencia en muchos de los escritores negros y criminales que aparecieron años después que él irrumpiera con su El caso del cliente de Nouakchott.

En alguna conversación me dijo que estaba escribiendo una nueva novela con Jeque de protagonista, pero sí lo hizo lo hizo a desgana. Yo creo que entendía El caso del cliente Nouakchott como un divertimento. Un intento de adaptar la novela negra estadounidense, y sobre todo la más clásica, a una capital de provincias que moría en soledad. Jaime fue además un extraordinario lector, y como pasa con todos los buenos lectores que se ponen a escribir, se preguntaba qué podía él aportar que no hubieran aportado ya los autores que le dejaron huella. En todo caso, ahora leía más ensayos que ficciones.

Me cuesta procesar que ya no esté con nosotros. La última vez que lo vi fue el 23 de abril en la presentación de un libro de mi autoría y me emocionó mucho encontrármelo. De todas formas, era fácil emocionarse con Jaime porque era muy buena gente y esa parte esencial de su carácter se observa en las páginas de El caso del cliente de Nouakchott. Novela que Mariano Gambín tuvo la gran idea de reeditar en Oristán y Gociano hace unos años.

Jaime Mir recibió en 1990 por El caso del cliente en Nouakchott el premio de edición del Benito Pérez Armas. Ese mismo año el de novela lo recibió Yolanda Arenales García Por el tiempo más florido de mi vida. Tuve la enorme fortuna de leer El caso del cliente… antes de que la enviara a concurso, y no dejé de leerla hasta que llegué a la última página. Era divertida, sobre todo gracias a Jeque que es quien nos cuenta este relato que se desarrolla durante su primera parte en Santa Cruz de Tenerife.

Recuerdo que en la presentación de la nueva edición de El caso del cliente de Nouakchott, estábamos en la mesa Mariano Gambín en calidad de editor, Javier Hernández como escritor y quien ahora les escribe, autor del prólogo de la que sin duda es una de las mejores novelas negras que se han escrito en Canarias. Como era de suponer, la estrella de aquella fiesta que era el mismo Jaime Mir, no apareció. Recuerdo que lo daba por hecho así que no me sorprendió, me hubiera sorprendido en todo caso lo contrario.

Jaime fue una especie de J.D. Salinger o Thomas Pynchon de nuestras letras insulares con vocación de conocer mundo. Es decir, prefirió siempre el anonimato. No solo en una carrera literaria que él veía normalita si la comparaba con los escritores/as que formaban parte de su biblioteca. Lo recuerdo entusiasmado hablando de A este lado del paraíso, que fue la primera novela que publicó F. Scott Fitzgerald. O del Marino que perdió la gracia del mar, de Yukio Mishima. Que no asistiera a la presentación no fue una pose, fue la reacción natural de un tipo al que todo ese fasto le resbalaba.

Cuando nos veíamos era habitual que nos regaláramos libros y que habláramos de libros, la situación actual, y otra vez de libros. Se nos iba la mañana, y recuerdo aquella chispa en sus ojos, viva, ajena a la enfermedad a la que llevaba combatiendo de frente desde hacía casi trece años. Un gigante, y un amigo que fue un poco más que eso. A mi me gusta recordarlo como alguien que siempre estuvo ahí. Esa clase de personas que están contigo en los momentos más duros. Que no te deja atrás.

Si a los que tuvimos la suerte de conocerlo nos conmueve enormemente su ausencia, no me imagino el dolor que debe de estar sintiendo su familia. Pero hay que recordarlo como lo que fue: un padre de familia, un profesor de Filosofía, un capitán de barco, un gigantesco contador de historias y un hombre comprometido con una idea profundamente humanista en la que creía, pero eso nunca evitó que quisiera escuchar al contrario. Todo eso y muchísimas cosas más fue y seguirá siendo Jaime Mir.

Un héroe de nuestro tiempo.