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Ánghel Morales: “Las colección G21 dio visibilidad a los escritores canarios”

Martes, Junio 30th, 2020

En abril de 2011 se presentó en la capital tinerfeña Generación 21: nuevos narradores canarios, un volumen que significó un pequeño seísmo en el tradicionalmente aplatanado universo literario de las islas ya que presentaba doce relatos escritos por doce escritores poco o nada conocidos. La iniciativa, que terminó convirtiéndose en una colección de novelas, nació gracias al escritor y editor Ánghel Morales, con h intercalada, con quien hablamos a propósito del anuncio del último volumen de este proyecto, un nuevo libro de doce cuentos solo que en esta ocasión escritos por doce escritoras.

- Termina la colección G21 con un volumen de relatos escritos por mujeres.

“El proyecto de G21 se puso en pie para dar a conocer a los nuevos novelistas canarios que, en aquel entonces y por los parámetros que habíamos establecido como que fueran nacidos después de 1960 y que contaran con dos novelas publicadas, resultaron todos ser hombres. Se nos criticó entonces la ausencia de escritoras pero no encontramos autoras que respondieran a estos parámetros. El caso es que aquel primer libro de G21 se presentó en todas las islas y Madrid. El grupo Retablo musicalizó algunos de aquellos relatos y la idea fue traerlo aquí pero me dieron largas pese a que venían gratis. Contaba con el respaldo de Ricardo Melchior, que era presidente del Cabildo en aquel entonces, quien le indicó a José Luis Rivero que hiciera un hueco en la programación del Auditorio de Tenerife Adán Martín pero nunca me llamaron. Pensamos hacerlo en el Círculo de Bellas Artes pero el piano no nos servía y recibimos el visto bueno del Casino de Tenerife pero vino el verano y lo aprovecharon para hacer unas obras en sus instalaciones. Es una lástima que no se haya podido poner en marcha este proyecto literario y musical porque el grupo Retablo ha musicado a los mejores poetas del mundo”.
- Volvamos al libro de relatos de G21 que fue el que comenzó con lo que podríamos denominar nuevo fenómeno literario en Canarias.

- ¿Por qué la ausencia de escritoras?

“Busqué hasta cansarme pero no encontré a ninguna. Intenté reparar la ausencia con la creación de la colección G21, que sí que incluye novelas escritas por mujeres”.

- En la que incluye escritoras nacidas antes de 1960.

“Se hizo una discriminación positiva para poder incluir a escritoras”.

- Entiendo entonces que no encontraron mujeres que se ajustaran a las claves con las que nació este proyecto.

“Muchas mujeres quedaron conmigo cuando ya estaba en marcha el proyecto como, entre otras, Elena Morales, Candelaria Quintero, Juana Santana, Lourdes Hernández y solo cito unas pocas, la idea era que me entregaran novelas para incluirlas en la colección pero no me las entregaron así que al final publiqué a escritoras conocidas como Cecilia Domínguez Luis y María Teresa de Vega porque buscaba calidad y porque cualquiera que dirige un proyecto de esta clase quiere lo mejor. Son siete las escritoras cuyas novelas se incluyen en la colección de G21 y algunas han continuado publicando desde entonces. G21 sirvió para visibilizar a la nueva narrativa canaria y dar un golpe sobre la mesa para decir ‘aquí estamos’. Muchas de estas novelas estaban ambientadas en Canarias y cultivaban la literatura de género entre otras peculiaridades que cualquier ensayista que se precie conoce. El primer libro de la colección, el volumen que incluye doce cuentos de doce escritores se presentó en muchos sitios y consiguió lo más difícil, que se vendiera porque despertó interés. De aquella hornada algunos de los escritores se consolidaron y otros no pero esto depende del trabajo de cada uno porque la literatura, como todo, es trabajo y trabajo. Al final y dentro de la colección de G21 se han publicado treinta novelas, algunas muy buenas, como Nueve horas para morir de Ángel Vallecillo; El sueño de Goslar, que para mi es la mejor novela de Javier Hernández Velázquez y Si hubieras estado aquí, de Cecilia Domínguez y El secreto de Taganana, de Pilar Escalona. La colección publicó también novelas de autores que no habían publicado antes y se les ayudó a caminar. Hicimos, insisto, lo que nadie había hecho: dar visibilidad a los escritores canarios, lo que no se había hecho desde hacía mucho tiempo porque parece que desde la generación de Gaceta de Arte y el boom de los 70 aquí nadie había escrito nada cuando hay muchos escritores, algunos muy buenos y otros que, la verdad, esperaba algo más de su trabajo. Las prisas por publicar no llevan a ningún lado y hay que ponerle freno. El proyecto de G21 está ahí y son bastante los escritores que formaron parte de él que siguen produciendo. No obstante, quedaba la asignatura pendiente, una edición que no estaba prevista originalmente pero pensamos que ya que habíamos iniciado todo esto con un libro de doce cuentos firmados por doce escritores ¿por qué no cerrar la colección con un libro de doce cuentos firmados por doce escritoras? Doce escritoras que, personalmente, considero de las más significativas aunque esto como todo está sujeto a variables ya que cada uno tiene su alineación pero sí que he intentado que estén en este libro las más representativas”.

– ¿La crisis de la Covid-19 ha detenido la edición y las presentaciones previstas?

“El libro entró en imprenta pero se detuvo por la crisis. Mi idea ahora es presentarlo en septiembre u octubre. Cuando las circunstancias lo permitan”.

-¿Qué diferencias encuentra entre los cuentos escritos por los doce hombres y ahora las doce mujeres de G21?

“Una diferencia muy grande y es que las escritoras no caen tanto en la literatura de género porque escriben una literatura más intimista y otras lo que buscan es innovar. Este libro cuenta además con relatos que plantean reivindicaciones feministas. De las doce escritoras que aparecen en el libro he incluido a las siete que ya tenían novelas en la colección G21 por lo que se quedó estrecho el margen a la hora de seleccionar a las cinco restantes”.

-¿Este libro cierra el proyecto G21?

“Sí, el proyecto se cierra con este libro de escritoras. La colección cuenta con treinta títulos, que es lo que tenía planificado cuando comencé la idea aunque quizá habría que sacar otra colección con los escritores y escritoras que han nacido en el siglo XXI”.

- ¿Se siente reconocido por haber sido el impulsor de todo esto, de G21?

“No hago las cosas para que se me reconozca pero es verdad que me siento ninguneado por las instituciones. El mundo de la literatura es muy complicado pero no he recibido quejas de los escritores que he publicado en esta colección porque trabajé con todos ellos con respeto aunque me dolió que en el ciclo Entre palabras, al que se invitaron a algunos de los escritores de G21, nadie me invitara. Es como si pensaran que proyectos así nacen espontáneamente cuando llevo trabajando en esto desde hace mucho tiempo y calculo que habrán pasado por mis manos más de tres mil títulos. Escritores veteranos como Ángel Sánchez, Víctor Ramírez y José Rivero Vivas continúan publicando conmigo por lo que no me puedo quejar ya que estos buenos escritores me han confiado su obra para que se las gestione así que, en este sentido, sí que me siento valorado”.

- ¿Qué proyectos se detuvieron tras la declaración del Estado de Alarma”.

“Habíamos publicado La sorriba, una novela de Cecilia Domínguez Luis, y teníamos preparado su presentación en La Orotava, Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria que al final han tenido que cancelarse. Me gustaría editar una colección de escritores nacidos en el siglo XXI pero ahora que lo digo es probable que se me adelante algún listillo porque no solo no te ayudan sino que se dedican a ponerte piedras en el camino”.

- ¿Se retira o no se retira?

“Es verdad que desde hace unos años llevo diciendo que voy a dar el portazo pero es que he pasado por una larga enfermedad, un momento de la vida en el que piensas muchas cosas y entre esas cosas la de abandonar la literatura pero soy herreño, una persona de palabra que se compromete a mantener el compromiso que firmé con Ediciones Idea cuando se unió con Ediciones Aguere” .

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El desencanto

El parón que provocó los meses de confinamiento para frenar la expansión de la Covid-19 ha hecho que los ejemplares de Temas de la narrativa canaria de los siglos XX y XXI (G-21), una versión adaptada de la tesis doctoral que Sinesio Domínguez Suria defendió en la Universidad de Salamanca, descanse de momento en un almacén del Gobierno de Canarias. No es éste sin embargo un asunto del que quiera hablar Ánghel Morales ya que se siente una vez más “ninguneado” por las instituciones públicas. En este caso, asegura que selló con el autor de este trabajo un “compromiso verbal” para que lo editara Aguere/Idea en la colección G21 pero al final fue el Gobierno de Canarias el que editó el libro. Un volumen de más de 400 páginas que Domínguez Suria dedica, entre otros, a Ánghel Morales.

“El que gestionó esta operación conocía este compromiso verbal”, dice refiriéndose a Daniel María, uno de los autores que Morales publicó en G21 y ahora coordinador de la edición de la tesis que publica la Consejería de Educación del Gobierno canario. Ánghel Morales dice que aún no ha recibido un ejemplar pero comenta que los que han podido echarle un vistazo al libro “me dicen que algunas cosas han sido retocadas, lo que me dolería aún más”.

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Doce autoras, doce cuentos

Felicidad Batista con Suite para un faro

Cristi Cruz Reyes con Páginas aladas

María Teresa de Vega con Caciquismo literario

Cecilia Domínguez Luis con Y en eso llegó Ariadna

Pilar Escalona con Ayoze en la Punta del Hidalgo

Ana Joyanes Romo con Úrsula, de consuegra

Elizabeth López Caballero con Bajo la piel

Mayte Martín con La vida te empuja, Julieta, te empuja

Fátima Martín Rodríguez con Espejismo

Maca Martinón con Tres golpes capitales

María Candelaria Pérez Galván con Por nada del mundo

Elena Puchalt Ruiz con El caso del artista

Saludos, damas y caballeros, desde este lado del ordenador

Historia desconocida de mis antepasados, una novela de Gerardo Pérez Sánchez

Lunes, Junio 29th, 2020

Historia desconocida de mis antepasados (Verbum, 2020) es la sexta novela de Gerardo Pérez Sánchez, un autor en el que se detectan constantes no ya solo formales sino también creativas que giran sobre un mismo asunto. Sus libros, en este sentido, podrían considerarse así como variaciones sobre un mismo tema. Y si hay un tema en el que insiste la literatura de Gerardo Pérez Sánchez ese tema es el amor.

Otra de las características que define el universo narrativo del escritor es el uso que hace de los géneros. Lo interesante con estos juegos que plantea es que Gerardo Pérez Sánchez no se pone al servicio de los mismos sino que los mismos se ponen al servicio de Gerardo Pérez Sánchez. Es como si recurriera a los géneros para ubicar el marco de la historia (la historia o historias de amor) que nos cuenta en una serie de novelas, seis como se ha dicho, donde está muy presentes también lo cinematográfico. Tanto, que casi parece que las obras del autor deben más al cine que a la literatura no ya por ser lecturas potencialmente visuales sino por la narrativa a la que recurre, una narrativa que se preocupa en ir hacia adelante y por mantener el ritmo.

Entiendo que Historia desconocida de mis antepasados es un libro que significa un antes y un después en la producción narrativa de Gerardo Pérez, un escritor acostumbrado a desarrollar sus historias en escenarios que poco o nada tienen que ver con el lugar donde nació y en el que reside. No obstante, es verdad que lentamente Canarias y en concreto la isla de Tenerife está apareciendo en su literatura como geografía en la que transcurre si no toda, sí que parte del relato y esto, en vez de resultar un demérito para quien conoce sus libros, es un atractivo más que se suma a su carrera como escritor.

La obra indaga ahora en un amor casi imposible a través de los años y de cómo un amor que nace puro –en la novela el chispazo que enciende el corazón y el alma de una niña tinerfeña y un niño de origen austríaco cuando cruzan sus miradas en una playa del sur de la isla– es capaz de resistir el paso del tiempo pese a la distancia. Pérez Sánchez nos muestra así cómo evoluciona la vida de estos dos enamorados a través de los años, cómo rehacen sus vidas sin olvidar en ningún momento el hechizo de aquella mirada cruzada. Se trata de un amor puro, blanco, un amor que en secreto los une y que la nieta de la protagonista descubre a través de un extraño sujeto (luego no lo será tanto) que le hace entrega de unas cartas en las que se revela, precisamente, la historia de amor que vivieron sus antepasados.

La novela está narrada a través de tres voces, las de los dos amantes, Isabel y Khafra, y Cristina, la nieta de Isabel, que es una joven estudiante que va tomando conciencia de lo que es ser una mujer.

Las vicisitudes de los tres protagonistas permite al escritor abordar en un arco temporal muy amplio la relación que mantiene Isabel con Khafra y que se desarrolla desde los años 20 hasta los 70 del pasado siglo XX así cómo describir los amores y desamores de los protagonistas. Sirve también para reflexionar que todas las épocas son iguales y que solo el amor las hace soportables.

La fórmula que emplea para contar desde tres perspectivas diferentes un relato que confluye en uno funciona ya que contribuye a que Cristina se enfrente a su vida con otra mirada tras conocer el amor de su abuela, a la que apenas conoció pero a la que reconoce a través de la lectura de esas cartas que le ha confiado el desconocido que no lo será y cuyo papel no revelamos para no destripar otro de los secretos de un libro que, como el guión de una película romántica, cuenta con numerosos interrogantes que Pérez Sánchez va resolviendo a medida que se avanza en la lectura. Una lectura que despierta el apetito por conocer cómo acabará todo y que hace que más que leer se devoren las páginas porque da lo que promete: entretenimiento y un espacio a la reflexión que siempre se agradece.

Pese a los años en los que se desarrolla la primera historia, años que determinaron el rumbo del siglo XX como fue la Guerra Civil Española y la II Guerra Mundial, digamos que el peso de la realidad de aquellos tormentosos tiempos no afecta demasiado a los protagonista, un elemento que sí que se echa en falta pero que se disculpa cuando se piensa que lo que de verdad interesa al escritor es contar la historia de amor interrumpida que mantienen pese a la distancia física pero no emocional Khafra e Isabel. Historia de amor que, parece que nos sugiere Pérez Sánchez, permanece viva a lo largo de los años gracias a que se mantuvo en riguroso secreto. Un secreto que los enamorados guardan celosamente ante posibles agresiones externas aunque Khafra, pintor de notable éxito en la novela, lo explota a través de una obra pictórica que cuenta siempre con un mismo y obsesivo personaje femenino que no creo que haga falta decir quién es. Tampoco revelaremos otra de las grandes incógnitas que suma una novela que, a nuestro juicio, robustece la ya consolidada trayectoria como escritor de Gerardo Pérez Sánchez.

Saludos, ceño fruncido, desde este lado del ordenador

Echadita pa lante, sin miedo

Lunes, Junio 22nd, 2020

Por Nicolás Dorta (*)

Sentado delante del ordenador, miro el mapamundi colgado en la pared y me fijo en el Sáhara, lo grande que es. También miro las dos flores de mentira colocadas en un bote de cristal, el lapicero y los rotuladores que ya no escriben. Ya no miro nada más. ¿Cómo empiezo esto?. Había pensado en decir que en Panza de Burro (Barrett, 2020) hay cosas de Junot Díaz, Salinger, Pepe Monagas, que no sé si queda pretencioso, pero da igual. Lo había pensado esta mañana, en la orilla, con las cuerdas invisibles sosteniendo las cometas de los kitesurfistas encima de mi cabeza. Cualquier día el viento nos vuelve locos a todos. Y mientras empiezo, intento escribir como Andrea Abreu (Tenerife, 1995), la autora de este libro precioso. Escribir como hablo, como pronuncio, sin diferencias entre la palabra dicha y la que veo en la pantalla, pero no me sale, porque eso solo lo pueden hacer los que escriben construsión, güerta, pollaboba, fortasé, sangüi, cagalera, trompada, cachorrona, chafalmeja o hiperdino, sin que su literatura pierda un ápice de fuerza, belleza y verdad. Andrea Abreu escribe sin papel transparente, sin forro, encadenando frases y expresiones, hilvanando una historia que esconde una trama oculta, paralela, al acecho, como el vulcán. Estas mismas palabras mal puestas serían como las flores de mentira del escritorio, enseguida te das cuenta de que falla algo, de que falta autenticidad. Sería como la tradición mal entendida. Lo nuestro. Esa falsa identidad. Que no nos vendan motos.

En Panza de Burro, que prologa y edita la escritora y periodista Sabina Urraca, nacida en San Sebastián y criada en Tenerife, hay verdad y sobre todo soledad. La soledad profunda de una niña que quiere ser como otra menos niña que se llama Isora, más sola si cabe. Pero a la vez, esa niña, a la que Isora llama “shit”, se resiste a dejar de ser ella misma. “Shit” ama, admira a Isora, que sabe hablar con los viejos y “no tiene miedo a comer cosas de gente grande”: el mojo rojo, el que pica. Isora, tan perdida como la que cuenta la historia, es echadita pa lante, con su cadenita de la Virgen de Candelaria al cuello porque es más secsi; un ser valiente y también triste, como la neblina interminable del pueblo empinado en el que viven; cerca del monte, lejos del mar, lejos de la playa de San Marcos, que es otro mundo, un sueño. Ellas habitan un barrio con casas de todos los colores “a medio terminar” pero nunca terminadas. Son “mounstruos incompletos”, describe la autora. Es su mundo, el único que conocen. El límite es la última calle del barrio.

El libro habla del descubrimiento del cuerpo, de las flores de bruja que esconde el monte, del amor y la amistad como algo irrenunciable para estar bien en la vida. Es la philia de Aristóteles, cuya carencia nos hace infelices aún teniendo las demás cosas. Por eso la narradora no puede vivir sin Isora y la busca, la ama y la espera. Siempre.

Las casas rurales esparcidas por ese barrio anónimo son espacios que muestran las diferencias irreconciliables de clases, la improbabilidad de que una casa así pueda gustar una niña que entra con su madre para limpiar, porque nadie quiere limpiar lo de otros, lo de esos “guiris jediondos”, cita un capítulo, y menos una niña, que “soñaba con ser secretaria de papeles, no limpiadora”. Existe, como dice Andrea Abreu, “una pared enorme de papel transparente de cocina, el fil, que no me dejaba participar en las mejores cosas de las casas rurales”. La isla disfrutada por los que vienen, o tienen, y limpiada por los que están y no tienen. Las mujeres limpian y los hombres ven el fútbol después de regresar del sur. Todo el mundo está cansado.

La artífice de Panza de Burro hace del feísmo canario un recurso poético que se traslada al lenguaje, con la cautela de no caer en excesos que podrían desmerecer el texto. También mantiene una relación casi mística y a la vez salvaje, con la naturaleza: el monte, el mar, el sol, la lluvia, las nubes y siempre el vulcán, “que podía pegarnos fuego si quería”. Las dos protagonistas salen a la calle a vivir a pesar de todo. Vivir entre las “güertas”, la venta, los kinkis, la guemboi con juegos piratas de su primo de Santa Cruz, las clases de informática para hablar por el mésinge y la esperanza, el deseo más bien, de que llegue un momento en que el azul se mantenga en ese cielo gris brumoso, que empiezas a reconocer cuando bajas por Erjos, llegas a El Tanque hasta Icod, o por San José de los Llanos para descender hasta El Amparo: una isla dentro de otra isla, una zona que podría ser, como dice la escritora, cualquier otra, pero se ubica en esta lapa gigante que se levanta vertical por el norte y suaviza por el sur. Depende de donde estés ves La Gomera, La Palma o solo ves el horizonte confuso, como en el pueblo de Andrea, digo de “shit”, donde todo es pendiente, precipitado, con el pie del bemeta gris metalizado nunca en el freno, como Isora, siempre pa lante, “echadita pa lante, sin miedo”.

(*) Nicolás Dorta es escritor y periodista

Saludos, bajo esa misma panza, desde este lado del ordenador

El país del miedo, una novela de Isaac Rosa

Viernes, Junio 19th, 2020

Isaac Rosa es uno de esos novísimos –ya no tanto– escritores que los medios lanzan como nueva esperanza blanca de la literatira escrita en español. Razón tenían quiénes los vaticinaron a raíz de la publicación de El país del miedo pero no tanto, mucho menos, con otras novelas que hemos leído del escritor estos días encerrados en casa por sus ambiciones narrativas. Ambiciones que dan al traste con un autor que ha consolidado su carrera dándoselas de tipo que escribe más con la cabeza que con el corazón. Una perspectiva ésta que caracteriza a la mayorían de los escritores españoles que ha aprecido y que están apareciendo en los últimos años.

El país del miedo resulta sin embargo un título diferente, y eso pese a las constantes pajilleras de un narrador que como Rosa tiene que demostrar todo el tiempo lo grandes, revolucionario que es con sus historias. Historias que mezclan distintos puntos de vista donde el narrador, omniciente, recuerda continuamente qué es él y solo ékl quién está detrás de las páginas.

Me hizo salir del tiesto con Otra maldita novela sobre la Guerra Civil, que es una relectura personal de otra novela de Rosa, La malamemoria, y uno de los ejercicios de onanismo literario más extravagantes de la literatura española de nuestros días que cuenta, sin embargo, con lectores que ven divertido este juego consigo mismo que plantea un escritor que cuando se deja de majaderías sí que se aproxima a la realidad de nuestro tiempo, a cómo nos afecta nuestras relaciones, nuestros romances. La distancia también que separa a las generaciones y cómo afecta todo este proceso a la unidad familiar. En el caso de El país del miedo, la descomposición viene de fuera aunque ya por dentro la familia estaba bastante sonada, solo que seguían con su vida por mimetismo cotidiano.

El miedo es un de las herramientas más eficaces para dominar a los otros. El miedo fue de hecho lo que nos obligó a encerrarnos en casa. El miedo, escribiía H.P. Lovecraft es la emoción más antigua d ela humanidad y por eso pasa factura, toca lo primordial, ese espanto que llevamos incumbando generación tras generación y al que aportamos nuevos miedos para que herende los que nos sucedan. En torno a esta reflexión, la heredad del miedo, giraba la película Intruders. Y en torno a esta premisa El paìs del miedo, la novela de Rosa, aunque el miedo que reproduce Rosa, o mejor los miedos que reproduce, son fruto de la vida diaria. Por ejemplo, el protagonista de la novela cae es víctima del chantaje de un menor, el mismo menor que obligaba a su hijo a que le entregara pequeñas recompensas en el colegio o en la calle. El miedo va creciendo cuando el padre pierde cualquier tipo de control con el menor que le hace chantaje. Un chantaje que no se basa en oscuros intereses sexuales que pudiera tener el adulto con el joven, sino en una situación que va creciendo por la ineficacia del protagonista para poner fin al cerco que él mismo va construyendo a su alrededor.

El miedo, o los miedos, en esta novela van multiplicándose así que no es raro que cualquier lector sienta en algún momento la caricia de uno de esos miedos en el entramado de sus idas. La cuestión, parece que quieer formular Rosa, es que hay miedos comunes, miedos que compartimos todos generación a generación. Que el miedo es una cuestión cultural que se actualiza con los tiempos aunque sigue siendo el mismo en estado embrionario.

La novela cuenta cómo un personaje protagonista al que se define por ser un pusilánime avanza por el relato sin plantearse demasiado cómo salir del atolladeros en el que está varado.También que, si bien podemos liberarnos del miedo o de los miedos, en muchas ocasiones no lo hacemos porque preferimos vivir con él, acostarnos con ñel, darle de mamar e incluso mimarlo. En este aspecto, la novela cuenta con un final notable y deja en la boca de quien haya leído la historia el regusto amargo de la derrota. Una derrota anunciada porque, se reitera, la conclusión de Isaac Rosa es que a todos nos gusta vivir con miedo. Y si no todos, a la extensa mayoría. No seríamos nada si no detuviera nuestro andar existencial sentir miedo. Miedo a los demás, miedo a la oscuridad, miedo a estar solo…

He leído otras novelas, esos libros donde propone metaliteratura con resultados desiguales, que no me han termoinado de gustarme. De hecho, me cansa e irrita la obsesión que tiene Rosa es dejar constancia en muchas de estas pobras que el escritor está detrás de todas ellas. Por ello, por no perder el anonimato en lo que cuenta, me resultan trabajos como La malamemoria y El vano ayer, relatos que prometían ser estupendos pero que terminaron entrando en un callejón sin salida. Logra salir sin emabrgo del dédalo con El país del miedo probablemente porque la historia no sobrepasaba la rigurosidad histórica que pesa en estos dos títulos que, como se dijo, son ejercicios masturbatorios que sobresalen por un irritante cretinismo mental. Una pena, porque en una proponía una vivisón de la memoria histórica y en el otro de los años de la Transición con resultados muy irregulares.

De momento, detengo aquí mi lectura de un escritor que me sorprendió gratamente con la novela que inspira estas líneas y frustró mis esperanzas con las otras dos mencionadas por las razones expuestas. Si en esta dos uno termina por no creerse nada víctima de un aburrimiento viral, en El país del miedo las sensaciones se encuentran en el otro extremo porque, precisamente, uno sabe, uno conoce que ese país del que habla existe.

Saludos, elemental, doctor Watson, desde este lado del ordenador

Vagos y maleantes, una novela de Isamel Lozano

Miércoles, Junio 17th, 2020

Vagos y maleantes (Editorial Siete Islas, 2020), del escritor Ismael Lozano Latorre, es una novela que, más allá de cuestiones estrictamente literarias, resultaba tan necesaria como La sorriba, de Cecilia Domínguez Luis; La prestamista, de María del Mar Rodríguez y Felisa en su mudanza, de María Candelaria Pérez Galván.

Si en el caso de las tres escritoras se trataba de ofrecer retratos más o menos conseguidos de la lucha de la mujer por hacerse un hueco en la sociedad de su tiempo, la postguerra inmediata en algunos de estos títulos y tardía en otros, en el caso de Lozano Latorre el punto de vista es el de un homosexual que cuenta una historia amor que vivió durante los años 50 en Lanzarote en una titánica lucha, ya anciano y recluido en una residencia, por salvar sus recuerdos antes de que el mal de Alzheimer los evapore de su memoria.

Estos cuatro títulos y alguno más que ahora se nos escapa proponen miradas a un pasado ya no tan reciente pero demasiado vivo en la actualidad por intereses encontrados pero que sirven a estos autores para mostrar la fortaleza de hombres y mujeres que se enfrentaron solos y ante el peligro contra la injusticia institucionalizada del régimen franquista.

Ismael Lozano Latorre lo cuenta en dos tiempos (la actualidad y los años 50 del siglo pasado) y revela unos hechos poco o nada conocidos en las islas: la existencia de una colonia agrícola penal en la que se hacinaban presos políticos y comunes así como homosexuales, estos últimos y según la doctrina del sistema, más maleantes que vagos por el delito de amar a personas de su mismo sexo.

Esta colonia, o campo de concentración como lo describe en ocasiones Ismael Lozano Latorre, se encontraba en Tefía, Fuerteventura. Afortunadamente, hoy es un albergue juvenil que recuerda con una placa lo que fue aquel centro y a los presos que cumplieron condena allí.

El escritor lanza varios mensajes y construye varias tramas que forman un todo en la novela. Una novela con ambiciones no solo de entretenimiento sino de estimular posiciones ante cualquier clase de totalitarismo. Y el régimen franquista lo fue, no tanto fascista como afirman algunos sino totalitario. Para narrar este relato, que cuenta con una voz principal pero también con otras voces no tan secundarias, Lozano Latorre no se pierde en los relatos que dispone para cada una de las historias que cruza y descruza en el libro y revela a un escritor capaz de presentar tipos humanos que resulten creíbles. En este aspecto, resulta muy atractiva la galería de personajes que se despliegan a lo largo de la obra ya que todos ellos cumplen bien sus funciones. De eso se trataba. De paso el autor invita a tomar conciencia al lograr que como lector se sienta más próximo a unos que a otros.

El escritor maneja con soltura estos mecanismos y sabe transmitir emociones en las cuatro partes en las que estructura la historia (y que llevan los títulos de Vagos y maleantes; Invertido, sarasa, violeta; Tefía y Nueva York) y disemina secretos que han hecho creer a los personajes historias que no eran tales y que solo serán desvelados al final.

El libro se caracteriza también por su retrato de ambientes como la Residencia Cumbres Doradas donde pasa la vejez el protagonista y la colonia penitenciaria donde perdió su juventud. Estos dos encierros, que casi parecen los terribles paréntesis que han desgraciado una vida, hace que, pese a su en ocasiones luminosidad, se trate de una novela con sus tinieblas, sobre todo por el retrato que ofrece de Manuel, don Manuel Artiles Fajardo, a quien conocemos anciano y joven.

La novela cuenta dos historias paralelas, la de un joven, Acoydan, que trabaja en el centro geriátrico y al que se le encarga como misión que se ocupe de Manuel, y el relato carcelario del mismo Manuel. En torno a esto dos personajes los relatos se hacen más densos con sus historias de amor. El de Manuel por Lorenzo, el sobrino del cura en unos tiempos donde estaba prohibido el amor homosexual, y la de Acoydan con Antía en la actualidad. Un amor que fluctúa entre la indecisión del personaje masculino al que le devora por dentro sus debilidades y su novia, Antía, menor de edad pero con mucho carácter.

Se tratan así de dos historias de amor. Dos historias profundamente sentimentales amenazadas por el entorno, la sociedad.

En la de Manuel se retrata el odioso universo carcelario en el que termina pero en el que también se encuentra con personajes sobresalientes y extremadamente humanos como La Marquesa, una transexual encerrada en la colonia penitenciaria por ser lo que es, una transexual, y el director del centro penitenciario a quien se describe como el facha clásico en este tipo de literatura que desea ajustar cuentas con el pasado, pero que en esta ocasión sí que resulta creíble por las debilidades que esconde. Destacaría también entre los personajes femeninos, la mayoría de ellos con mucho peso aunque no sean los protagónicos, a Remedios, una andaluza enamorada del hombre equivocado y que termina ejerciendo la prostitución en las islas en aquellos tiempos de “vagos y maleantes”.

Vagos y maleantes está escrita con oficio. El escritor combina con acierto los elementos de los que dispone y exprime de todos ellos el jugo posible. El resultado son historias que conmueven, algunas más que otras pero son suficientes para hacerse una composición de lugar y del valor que tuvieron muchos homosexuales que, como Manuel, aguantaron y no perdieron la dignidad.

En el caso de Manuel, un personaje que en tiempos muy inhóspitos se atrevió por corazón y no por la cabeza a enfrentarse a la autoridad. La novela reivindica su ejemplo y sirve para explicar como gracias a gente como él lesbianas, gays y transexuales alcanzaron los derechos de los que disfrutan en la actualidad.

La novela, que hasta su primera parte no se desarrolla en la colonia penitenciaria –salvo a modo de flash back– sino ya entrado el siglo XXI, se lee con interés y hace que la espera merezca la pena. La forma de contarlo es clave para que funcione. E Ismael Lozano lo consigue aunque le sobre al libro unas cuantas páginas de más. Con todo, Vagos y maleantes funciona y cumple con los objetivos: entretiene y denuncia una manera de hacer las cosas que debe de ser condenada.

Más allá de lo que tiene Vagos y maleantes de reivindicación, la novela debe entenderse como un reconocimiento para todas esas personas que se atrevieron a desafiar al sistema franquista siguiendo el dictado de su corazón e invita igualmente a imaginar lo que tuvo que suponer para dos jóvenes enamorados vivir esa relación en una isla como Lanzarote, igual de cerrada que las otras seis (o siete, que ya no sé, no sé) islas Canarias.

Saludos, calima, lluvia, calima, desde este lado del ordenador

Frente de Madrid, cuentos de ‘nuestra’ guerra por Edgar Neville

Martes, Junio 16th, 2020

Cineasta y escritor que comienza a ser reconocido con la justicia que se merece, el conjunto de la obra de Edgar Neville es además de un canto emocionado y castizo al Madrid que conoció, una obra que exige urgente recuperación porque apenas ha sido arañada por el paso del tiempo. Y eso tratándose de un trabajo literario y cinematográfico muy pegado a su tiempo y, no sé si por influencia galdosiana, tremendamente fotográfico para retratar a sus clases populares desde una perspectiva teñida de cariñoso realismo. Una mirada que no hizo asco a los géneros (el histórico, el fantástico, el policíaco y la comedia de costumbres) porque todos ellos son entendido con un humor que no tiene edad.

No se trata sin embargo Frente de Madrid –la capital de España otra vez protagonista, muy por encima de sus personajes– de una de sus mejores obra aunque los relatos que reunió en este volumen hoy bastante difícil de conseguir, sí que respiran ocasionalmente el nervio que caracterizó a un hombre que, durante el régimen que defendió, el de la dictadura fresquista, no abandonó su manera de vivir. De vivir como le diera la gana saltándose en muchas ocasiones la moral de un tiempo de rancio catolicismo que quería hombres y mujeres mitad monjes y mitad soldados. Nada que ver con el fabuloso universo popular del aristocrático escritor y cineasta.

Se impone por ello al leer su Frente de Madrid, obra bélica que se desarrolla durante la Guerra Civil, libre de todo prejuicio ideológico ya que estos cuentos si por algo se caracterizan es por su exaltación a Franco y a la Falange, pero uno quiere entender que más que por convicción porque así lo exigió el bando ganador de aquella contienda que dividió a España en dos mitades. Mitades que aún se siguen ladrando a un lado y al otro de la parcela. Sean las del lado derecho como del izquierdo.

Pese a ello, Neville apenas disimula el humor que caracteriza su producción ya que los cinco cuentos que reúne en este libro, Calle Mayor, F.A.I, Frente de Madrid, Don Pedro hambre y Las muchachas de Brunete son piezas que, pasado el tiempo y pese a su lastre ideológico, no han perdido su pulso narrativo y sobre todo una ácida mirada burlona sobre unos personajes que, pertenezcan a un lado como al otro, no dejan de ser caricaturas al servicio de una idea equivocada en algunos casos y correcta en otros. No obstante, y más allá de que unos fueran de izquierdas o de derechas, el caso es que todos, subraya Neville, fueron españoles que trasladaron el insulto y la descalificación personal a los campos de batalla y en retaguardia al asesinato brutal en defensa de una idea.

Tanto que la Guerra Civil no se borra de la memoria por lo que el testimonio de escritores que sí la vivieron como Neville (pasando miedo en Salamanca por su pasado republicano) convierte este libro en una lectura obligada para los que todavía defienden un lado u otro de aquel conflicto con el objetivo de hacerse una idea de que más allá de las ideologías estaban las personas.

Para Neville, personas que formaban parte de un pueblo que fue engañado por ingenuo y que solo quería vivir en paz.
Afortunadamente, los cuentos más que retratos de la guerra son historias con un claro signo de aventura al estilo folletín (Frente de Madrid, Calle Mayor, Las chicas de Brunete y F.A.I.), y retrato veraz de los exiliados en París cuando las tierras de España se desangraban. Escenario que refleja en Don Pedro hambre, a mi juicio la mejor de las narraciones que incluye este libro porque no le pesa tanto quedar bien ante Franco y sí hacer justicia de un grupo reducido de personajes que solo tiene una idea en la cabeza: volver a su país. Regresar a las tierras de España.

Mientras tanto y a la espera del salvoconducto, hablan de la guerra en los cafés de la capital francesa mientras el protagonista del cuento, Don Pedro, aguanta con hidalguía pobreza y hambre.

El relato más bélico de Frente de Madrid es el que lleva por título, precisamente, Frente de Madrid, la historia de un oficial del ejército nacional que se pasa al Madrid rojo como espía rebelde y, aprovechando su estancia en la ciudad que amó ahora deformada por las bombas, busca y encuentra a su novia de todo la vida.

Porteros y vecinos que se delatan unos a otros, patrullas de anarquistas y comunistas que más que imponer justicia lo que hacen es fomentar más el caos dentro de las filas republicanas forman el paisanaje de este relato en el que chirrían muchas cosas pero en el que destacan otras, como el choque que le produce al protagonista contemplar un Madrid lunar que no reconoce. Ah, la guerra.

Calle Mayor y Las chicas de Brunete no se desarrollan en el Madrid urbano pero sí en la provincia y son relatos de aventuras. En la primera historia cuenta cómo llega la guerra a un pequeño pueblo de la sierra y en el segundo el heroísmo de dos hermanas enfermeras a las que captura el enemigo. En este cuento, aparecen figuras reales de la época, como Largo Caballero y el general Miaja, a quienes Neville retrata con trazo grueso e insultante humorismo. No obstante, hace gracia, sobre todo porque este cuento contiene una sorpresa que tiene mucho que ver con un asesor ruso.

Con F.A.I. se esperaba una mirada más comprensiva y humorística de los anarquistas españoles (formaban parte de ese pueblo que tanto quería el escritor y cineasta) pero parece que Neville no tenía muy claras las diferencias que separaban a los seguidores de Bakunin con los de Marx. Como relato de la huida que emprende un falangista de la Quinta Columna en aquel Madrid F.A.I. contagia miedo y mucha rabia ante la sinrazón.

Saludos, se dijo, desde este lado del ordenador