Adolfo Córdova: “El lenguaje puede reproducir una belleza que yo no tengo”
Martes, Junio 16th, 2026“Yo soy el lobo. Humano lobo. Abuelo lobo. Lobopájaro, tlacuache, lobo lumbre, árbol lobo: hundo mis raíces, garras, hasta el principio y sujeto el corazón caliente de la tierra”, este es el comienzo de uno de los libros del año, una reedición que con el mismo título, Aullido, publica la editorial Diego Pun. Escrito por Adolfo Córdova (Veracruz, México, 1980) e ilustrado por Armando Fonseca, se trata de una obra delicada, de exquisita factura que trasciende la belleza del objeto para transformarse en una invocación que da voz como metáfora al lobo mexicano, una especie en extinción que ahora se intenta recuperar tras años de salvaje persecución y caza.
El contenido de la obra es de una belleza singular porque como pasa cuando un libro se crea en estado de gracia, texto e ilustración (grises, rojos, negros, blancos sucios) combinan muy bien, lo que hace que este trabajo trascienda y deje poso cuando se termina su lectura y el disfrute de las extraordinarias ilustraciones que lo acompañan. Se trata, en definitiva, de una invocación porque “lobos fuimos lumbre. Nombres somos sangre. Sombras todas que arden”.
- Diego Pun presenta una reedición de Aullido, que se publicó en 2019 en México ¿se trata del mismo libro o cuenta con novedades respecto a la anterior edición?
“Entiendo una reedición como una oportunidad de revisión y de reescritura. Así que desde la primera edición hubo cosas que quería diferentes, detalles, un epígrafe, algún verso que quería cambiar, porque considero el libro un poema en prosa, aunque es una mezcla porque siempre lo sentí como una invocación. Lo primero, entonces, fue la posibilidad de regresar al texto, de releerlo y ajustarlo. Y luego Armando Fonseca, el ilustrador, solo consideró que quería retrabajar las ilustraciones un poco siguiendo la misma lógica mía, como creadores que ven que su obra va a tener una nueva vida. Aullido es además el resultado de la confianza que Cayetano Cordovés, su editor, depositó en nosotros”.
- El libro que presenta entonces es distinto al que presentaron en México.
“Creo que a Cayetano, como editor le parecía interesante que hubiera cambios, porque eso ya lo iba a diferenciar, y ahora ves el original y realmente se diferencia mucho del libro anterior. Otra cosa que pasó fue que como Aullido ya tuvo una vida en México y circuló entre mediadores de lectura con muy buenos resultados –uno me dijo incluso que si se iba a reeditar que lo hiciéramos más grande– se lo comenté a Cayetano y ahí está el resultado final. Es más grande, lo que realmente le viene muy bien al libro. Con respecto a la impresión original, el papel terminó por absorber mucho la tinta y Armando Fonseca trabaja mucho los oscuros, así que era importante cuidar, como hace Cayetano, la edición, la impresión y el color. Es decir, que revisamos la edición original para estudiar tanto en el texto como la ilustración y ver qué cambios podíamos hacer, y creo que el mayor cambio es material. O sea, la materialidad del libro como objeto cambió bastante”.
- ¿En qué sentido?
“La portada, por supuesto, es fundamental, y el cierre. Uno ve ahora el original y siente, o sea, yo siento que la edición original es una maqueta, una maqueta final, si quieres, porque circuló. Pero, en todo caso, eso habla bien del trabajo, sobre todo de Armando, porque es sobre todo visual el cambio de diseño y el cuidado de la edición de Cayetano. También cómo fue impreso, cuidar las tapas, las texturas, porque en el original resultaba muy fácil que se dañara ya que la portada de antes no tenía laminado, y eso hizo que el libro también fuera un poco frágil. La edición de Diego Pun es muy especial y bonita y le da una nueva vida al libro. Y por otro lado, también queríamos que la obra se proyectara más, que pudiera tener más salidas”.
- ¿Cómo fue la relación con el ilustrador?
“Cuando Armando y yo hicimos este libro, ya habíamos hecho otro que es muy importante para mí y que quizá sea de mis libros el que más reconocimiento ha tenido, Jomshuk, niño y dios maíz. Y ahí nos conocimos Armando, su pareja que es Amanda Mijangos y yo, y ellos lo ilustraron a dos manos, y nos hicimos muy amigos. Jomshuk es un poema en verso largo, es una épica mesoamericana sobre el maíz, sobre el millo. Y desde ahí somos amigos, y cuando eres amigo del ilustrador puedes trabajar más íntimamente la relación texto-imagen. Si no es así, ese trabajo lo hace el editor, que hace de vínculo, de mediador”.
- ¿Cuál fue la inspiración de Aullido?
“El libro lo inspiró una obra de teatro que se llama Las Bestias Danzan, o El Sigiloso, pero no sabía cómo convertirlo en un libro y se lo propuse a una editora porque me había pedido manuscritos y le dije que tenía ganas de hacer algo con Armando, y aceptaron, y nos reunimos varias veces y apenas hubo mucha más interacción con él porque confío en su trabajo. Además, los ilustradores no se meten mucho con el texto, y no me dijo nada sino que esperó a ver hacia dónde lo llevaba, y solo hubo una idea que conversamos más, que fue la del lobo volcán, o como el aullido que está dicho en la invocación es como una llamarada, como una fumarola, pero el resto lo trabajó por su cuenta, o sea, toda esta idea que desarrolló como de pinturas rupestres fue de él, se dejó llevar por la invocación y lo propuso porque es un artista que tiene un recorrido plástico importante, y creo que conectó por ahí”.
- El protagonista del libro es el lobo mexicano, pero ¿existió realmente el lobo mexicano?
“Sí y no, porque se extinguió, lo extinguieron en los años 70 el gobierno de Estados Unidos y el mexicano a través de una campaña de envenenamiento porque cazaba ganado pero algunos sobrevivieron en zoológicos y reservas, y hace como veinte años un grupo de biólogos empezó a intentar reintroducirlo y si bien las primeras camadas no sobrevivieron ahora hay como medio centenar en libertad. Es una historia triste pero tiene un final esperanzador porque uno quiere que sobreviva el lobo y cualquier otra especie. El lobo mexicano fue un animal sagrado para los mexicas, los mexicas eran los habitantes de Tenochtitlán, del Valle de México y también para los aztecas, digamos, que es el grupo más amplio, el lobo fue sagrado, pero los mexicas, en particular, los criaban, tenían un parque donde criaban lobos, y hay enterramientos en el Templo Mayor del Zócalo de la Ciudad de México, donde se hizo un estudio de lobos enterrados con grandes guerreros. Lobas ataviadas con collares de caracoles, pendientes de jade, pecheras de obsidiana y de eso pasamos a extinguirlo. Y de ahí surgió la obra de teatro. Ellos querían hacer una especie de danza ritual con títeres tamaño real de lobo, y que iban como caminando en el aire, con unos arneses que se ponían en la cintura para manejarlos. El estreno fue en el Templo Mayor, o sea, en el Zócalo de la Ciudad de México”.
- La obra tiene muchas lecturas.
“Sí, puede tener una lectura muy documental, que es lo que estoy contando, y otra específica, pero yo quería que la metáfora pudiera abrirse a pensar que hay un lobo dentro de cada uno de nosotros que a veces se encuentra en el fondo de la cueva para esconderse por miedo a una emoción personal o a una persona. O por miedo a una ciudad, un país, y en ese sentido también el libro plantea un tránsito, un tránsito del miedo, de la persecución, de la desaparición al regreso. Por eso hay una segunda parte donde salimos al mundo, a ya estamos aquí, hemos vuelto, no volveremos a sumergirnos y que es importante celebrar porque se ha atravesado ese miedo y esa persecución y esa desaparición. Un poco ir como de la muerte a la vida”.
- Aullido es un poema en prosa pero ¿cómo se lo vende al público joven para que lo lea?
“La mejor manera de vender a Aullido es abrirlo y leerlo, porque conecta, yo confío en la poesía, incluso sin mediación, debo decir. Aunque hay una mediación que se puede hacer para sacarle más jugo a la experiencia, una mediación que no sea explicación de los versos, que sea contextualización, luego el poema hace su efecto y hay que confiar en esa música, como cuando le pones una canción a alguien, no se la estás explicando, ni detienes la canción para decir mira qué bonito suena. En La Gomera me puse a leer el poema y los niños se sintieron convocados porque por un lado tiene un protagonista de alto interés, que es el lobo, o sea, yo no estoy inaugurando una tradición, el lobo es, dice Marina Colasanti, el gran protagonista de Caperucita Roja, entonces el lobo les interesa y el lobo vinculado a lo musical y al canto ritual les resulta incluso novedoso”.
- ¿Y no les cuesta leer poesía?
“La poesía tiene muchos prejuicios ya que está muy asociada a la rima. Pregunto siempre en los grupos que visito qué es para ellos la poesía y la rima aparece en todas las definiciones, y eso ha desgastado al género, porque entonces parece que solo es una cosa, que es escolar, que hay que medirlo, que hay que aprendérselo, que siempre tiene que sonar y otra manera de acercarlos a Aullido es explicarles vamos a ver otro tipo de poema, que no está en verso, que es en prosa y que plantea una especie de canto ritual que conecta con el volcán interior y considerar sin son capaces de conectar con esos instintos más vinculados a lo animal, en el mejor sentido, a ese territorio común que compartimos porque antes de ser humanos fuimos lobos, o sea, literalmente antes de ser humanos fuimos musgo, fuimos lava, entonces yo creo que se puede tener esas conversaciones y confiar en ellos, yo siempre siento que la poesía es bien recibida por los niños, basta ponerse a leerla. Lo que nos preocupa a los adultos es si la van a entender, cuál es el cuento, el qué pasó, pero ellos llegaron al lenguaje como todos nosotros con los juegos verbales, con el arrullo, con muchas formas poéticas, las jítanjáforas famosas que tienen algo que ver con el conjuro, entonces para mí también esto es un conjuro de magia. Vamos a jugar a invocar el lobo aunque hay quien categoriza el libro como para cierta edad pero creo que es un libro para todas las edades”.
- ¿Ha escrito siempre poesía?, ¿no le tentó la narrativa?
“Empecé con lo fácil, empecé con novela. Lo primero que escribí fue una novela muy autobiográfica, por eso lo fácil, porque en la novela puedes escribir y escribir y escribir, y cuando es autobiográfico, pues es más fácil, entre comillas. Tuve un maestro que me dijo: escribe de lo que conozcas, lo que pasa es que uno descubre otras cosas en el camino. Mi primer libro sigue funcionando muy bien y se desarrolla en una escuela, y cuenta la historia de un niño de quinto de primaria que se enamora de una niña de sexto, entonces es el despertar del deseo y descubrir el amor. Tiene mucho humor y lo escribí para la que era mi novia, que hoy es mi esposa. Mi segundo libro es de cuentos, de cuentos de hadas, y el tercero fue Jomshuk, que es un poema narrativo que llamo novela en verso, y que cuenta una historia y una aventura donde Jomshuk se enfrenta a mil peligros, pero está escrito en verso no rimado, y después publiqué Aullido, que es mi primer poema en prosa. Desde muy pronto me volqué en lo poético pero empecé escribiendo narrativa”.
- Pero ¿no le parece algo tramposo que siendo adulto escriba historias para niños?
“Hay una paradoja y hay muchos autores que hacen trampa porque se hacen pasar por pares, por cómplices, yo soy como tú, mira, hablo así, pero en realidad quieren darles gato por liebre ya que lo que se quiere es que el niño se porte bien, básicamente, y que aprenda a hacer esto y lo otro. Me parece una pregunta muy interesante porque es paradójica de entrada ya que la literatura infantil la hacen adultos. Creo que esa paradoja o esa trampa se puede salvar, o intentar salvar, cuando uno respeta mucho esa paradoja y esa contradicción, cuando eres consciente de que si quieres escribir desde una perspectiva infantil, en mi caso, en mi opinión, tienes que entrevistar a muchos niños, tienes que conversar con ellos. Tengo cosas que he escrito como Aullido en la que me sentí poseído por el lobo milenario, me salió la invocación de una manera que no suelo escribir así, ni suelo ser una persona mística al pensar en términos de que uno sea médium de otras cosas, pero con la invocación fue un poco así, y lo escribí bastante rápido, luego corregí mucho, pero sí, creo que la manera de salvar esa trampa es tratando de conversar con los niños y las niñas y pensar en colaboraciones, como en integrar sus voces en presente. Tengo otros trabajos y otros poemas que he hecho en colaboración con niños, porque sí, y en todo caso también fomento la horizontalidad, y que haya muchos niños y niñas que publiquen, que hagan sus cosas. Animarlos a que escriban los libros que ellos quisieran leer”.
- ¿Qué fue lo que lo animó a dejar la narrativa y a escribir poesía en prosa?
“Fue como un regreso porque lo primero que escribí de adolescente fue poesía, y era lo que más leía, siempre escribí poesía, y creo que lo que me hizo regresar fue una transición suave, fui de lo más verborréico y autobiográfico, de rendir homenaje a los clásicos infantiles a un mito mexicano que reescribí primero en prosa como cuento y luego vi que necesitaba el verso, entonces es un poema, pero es narrativo. No fue una transición de la noche a la mañana pero cuando me di cuenta ya estaba en el terreno poético más que narrativo, pero ahora que me lo preguntas pensaría que a mí lo que más me gusta escribir es poesía narrativa. Me gusta mucho la novela en verso. Estoy trabajando en una trilogía de novelas en verso no rimado y me gusta ese punto medio porque siento que puedo tener lo mejor de ambos mundos”.
- ¿Y qué temas entiende que son importantes en su producción literaria?
“Creo que el vínculo con la tradición oral y con la memoria, con las historias que ya están ahí, o sea, a mí me gusta mucho pensar la literatura como una extensión, como literatura derivada siempre de algo, vinculada a otros textos, a un canto ritual, a un mito que se cuenta de manera oral, a cuentos de hadas que yo leí de niño y a mi propia vida o a las autobiografías que había leído. Y hay como un vínculo con otros textos, como si fuera una continuación de cosas que ya existen y también lo fantástico, lo fantástico vinculado a la naturaleza. Me gustan mucho las historias de regreso a la naturaleza y a ese otro mundo que nos inventamos cuando tratamos de explicar este mundo. Es algo que me llama mucho la atención y que resulta de mucho interés para los niños”.
- Habla de literatura de la memoria y el mito, pero ¿a qué se refiere exactamente?
“Al mito de Campbell, al mito del hombre de las mil caras. Como a todas esas historias que en muchos lugares del mundo nos fueron dando sentido y cuando digo memoria es justamente cómo nos hemos contado. Cómo nos hemos contado esta historia de estar aquí. Y me interesa revisar eso, como esas otras perspectivas incluso de infancia, cómo eran concebidos, qué papel tenían los niños en esas historias. Por ejemplo, en Jomshuk, el protagonista es un niño, es un niño y es Dios, pero nunca crece. Bueno, crece simbólicamente pero regresa con su mamá y le entrega el maíz, entonces me llama mucho la atención cómo la memoria, los mitos y los niños que vemos a nuestro alrededor son como la infancia nuestra, compartida, una infancia en la que yo siento que seguimos. Cuando pienso en memoria pienso de manera amplia qué historias nos han venido constituyendo en esta multiplicidad de mundos, porque es algo dinámico, líquido, y me gusta pensar que los mitos están todos muy mezclados, como que es un mestizaje el de las historias que hemos heredado y me interesa sumergirme en ese mestizaje”.
- ¿Qué lo encaminó a dedicarse este tipo de literatura?, ¿se siente cómodo si la denomino literatura infantil?
“No tengo problema con que digas infantil y sé que es polémico pero ¿sabes por qué defiendo el adjetivo? Porque quienes lo han defendido son los propios niños”.
- ¿Y qué fue lo que le decidió a escribirla?
“Mis primeras lecturas. Recuerdo con mucha claridad la primera vez que empecé a leer Platero y yo, era muy pequeño y apenas había empezado a leer, y es como el típico libro que te regalan, me lo regaló mi madre, y yo lo empecé a leer, y sentí que no entendía nada, pero que estaba accediendo a algo que no sabía que podía darme el lenguaje y la literatura. Una textura en emociones. El pelaje de Platero me abrió un mundo y me dije el lenguaje puede reproducir una belleza que yo no tengo. Yo nunca había tocado a un burrito. Es como que de pronto me dije, ¿cómo es que el lenguaje puede acercar a mis sentidos una textura desconocida y que además sea bello musicalmente? Fue muy importante descubrirlo apenas aprendí a leer. Después decidí dedicarme a la literatura infantil porque me interesan los niños y niñas como interlocutores. Me parecen más interesantes que los adultos. Y lo digo porque empecé a trabajar en un periódico cuando yo no sabía que iba a dedicarme a esto. De hecho, tenía una carrera de periodismo ambiental. Escribía pero no para niños, pero al entrar a trabajar en un suplemento infantil del periódico Reforma, en la Ciudad de México, que salía todos los sábados, se contaba con un consejo editorial infantil con el que nos reuníamos una vez al mes para que ellos criticaran los contenidos del semanario. Yo me ocupaba de las reseñas de libros y de hacer entrevistas y notas ecológicas mientras los niños nos pedían temas que teníamos que cubrir. Estábamos obligados si ellos querían hacer una nota de helados para perros, estábamos obligados a hacerla. Había una persona del periódico tomando nota de todos los temas y estábamos obligados a cumplir con el 80 por ciento de las ideas que los niños pidieran. Y esa relación para mí fue fantástica y quise seguir conversando a través de mis textos con niños y niñas. Hasta entonces, desconocía lo que se estaba haciendo en literatura infantil. El libro álbum y todo lo relacionado con este universo me parecía tremendamente arriesgado pero literariamente fantástico y revolucionario”.
UNA TRILOGÍA FANTÁSTICA
Adolfo Córdova se encuentra en estos momentos trabajando en una novela en verso que protagoniza Centella, la Encantadora del Relámpago, una niña que busca a sus padres desaparecidos y que descubre que tiene la capacidad de hacer llover. Se trata de una figura mítica del sur de Veracruz, la de los hombres y las mujeres rayos, explica el escritor, quien avanza que en la primera parte de la historia y apenas la protagonista ha descubierto que puede hacer llover, tiene la teoría de que sus padres no han desaparecidos “ni los machetearon sino que su mamá es una mujer rayo y su papá es un Nahual”. En la segunda parte, Centella emprende un viaje en búsqueda de sus padres. Primero encuentra al padre que, efectivamente, es un Nahual, que será quien le diga a la niña que su madre está en la isla de los rayos, donde fue a parar tras ser secuestrada. En la tercera entrega, emprende un viaje a la isla de los rayos. La isla de los rayos es un lugar mítico en esta cosmovisión que Adolfo Córdova ha finalizado gracias a una beca que hizo posible que trabajase en estas tres novelas, la primera de las cuales está en proceso de publicarse mientras sigue trabajando en la segunda y la tercera ya que “todavía me falta mucho para terminarlas”, explica.
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