
“La abuela tuvo el mal tino de morirse en el cumpleaños de su única hija. Era uno de esos días de calor inmundo justo antes de la temporada de lluvias, cuando la ciudad no se parece a sí misma: a los árboles se les nota menguados, en las jardineras brotan hierbas amarillentas y se mueren las plantas que crecen en las fisuras del asfalto”, este es el inicio de Malacría (Sexto Piso, 2026), la primera novela de la poeta Elsa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986), y que presentó a finales de enero en la Librería de Mujeres, en Santa Cruz de Tenerife, donde conversó con la también poeta Katia Vázquez Shröder.
Malacría es, entre otras muchas historias, la de la búsqueda que emprende Ele de Perla. En esta investigación tras sus huellas contará con la colaboración de Jeni, la pareja de Perla, y Valeriana, “una entrañable perra que se convierte en un personaje fundamental de la historia”, se lee en la contraportada.
- Dice que en sus textos convive la ciencia con la poesía, ¿cómo es posible cuándo se tratan de dos conceptos tan antagónicos?
“Siempre me ha parecido que el pensamiento científico, ciertas teorías y términos científicos guardan una relación muy prometedora para el pensamiento poético. Por ejemplo, cuando era niña estuve muy expuesta al lenguaje médico porque mis padres son médicos. Y esas palabras rimbombantes y vacías que escuchaba para mí estaban vacías porque no sabía lo que significaban, pero me pusieron en contacto con el lenguaje en sí mismo. Es decir, me empecé a fijar en el lenguaje como sonido, como música, como algo que no necesariamente tenía significado y entonces me hizo detenerme en el lenguaje por sí mismo. Y esa creo que es una experiencia aliada con el pensamiento poético y con el interés poético por la palabra. Luego hay teorías de la ciencia que también me parecen que participan sin duda de la metáfora y de la lógica poética y que son extremadamente fértiles para el pensamiento poético como por ejemplo la astrofísica como son el horizonte de sucesos, la materia oscura, la teoría de cuerdas, que son términos que se usan para describir fenómenos que no se conocen o que no se entienden del todo y por lo tanto participan sin saberlo de la lógica de la poesía y pueden ser explorados desde esa lógica”.
- ¿Desde cuándo mantiene esa relación? ¿Desde que empieza a escribir poesía?
“Cuando empecé a escribir poesía noté que tenía muchos poemas que estaban relacionados con la ciencia de uno u otro modo y comencé a escribir un libro, Principia, que fue mi primer libro de poesía y que gira en torno a temas científicos”.
- Creo que comenzó a escribir poesía con 13 años.
“Bueno, sí, empecé a escribir en mi diario a los 13 años, pero escribía poemas que sin duda eran muy malos y que no publiqué afortunadamente. Mi primer libro apareció cuando tenía 29 o 30 años”.
- ¿Y cuál es la razón de esa demora? ¿No confiaba en lo que estaba escribiendo?
“Me sentía muy insegura. La figura del poeta para mi era la de un hombre mayor y no cabía dentro de mi la idea de lo que tenía que ser un poeta. Yo estudiaba en ese momento, cuando era adolescente, letras inglesas y estudiaba a los grandes poetas como T. S. Eliot, Pound, Tennynson, Browming… E imaginaba que esa era la figura del poeta y no sentía que mi vida pudiera dialogar con esas vidas”.
- Entiendo entonces que sus primeros pasos en la poesía fue a través de la poesía anglosajona, y no la española ni la mexicana.
“Primero me acerqué más a la poesía anglosajona y de hecho comencé escribiendo en inglés hasta que más tarde cambié y continué escribiendo en español”.
- ¿Pero ese cambio se produce porque se siente más cómoda escribiendo en español?
“Sentí que tenía una deuda con mi lengua materna, que es el español, y empecé a leer y a educarme mucho más de la tradición hispana, que es impresionante, y comencé a escribir en español”.
- Y de ahí a la publicación de su primera novela: Malacría. ¿No había ensayado antes con la prosa?
“Sí, a mí me gusta mucho la forma de la novela y durante muchos años quise escribir pero no lograba concretarla ya que se trata de un proceso de escritura muy distinto al de la poesía. Finalmente con Malacría logré darle la forma que quería y en parte atribuyo que haya podido terminarla el hecho de que me di la libertad de experimentar con el tono poético dentro de la novela”.
- Escribe una novela en la que no renuncia a su faceta de poeta.
“Sí, así es. Es una novela calidoscópica que participa de distintos tonos, con distintas voces y formas de narrar. Y permití que algunas de estas voces, en algunos de los tonos, lo tomara prestado del registro poético”.
- Ha definido Malacría como “un fresco íntimo de la experiencia femenina en la sociedad mexicana del siglo XX y los albores del XXI. ¿Que refleja la sociedad femenina en la sociedad del siglo XX y los albores del XXI?
“Pues creo que en la medida en la que cualquier historia ubicada en ese contexto lo haría. No creo que sea, no sé, como una alegoría de esa época de ese país necesariamente pero ya que sucede en México y en esa época sí hay una que refleja ciertos elementos básicos de la historia de México. Por ejemplo, de pronto aparece la Revolución”.
- ¿Y cómo era la condición de la mujer durante el periodo de la Revolución Mexicana?
“No es mi especialidad aunque aparece en la novela, pero la abordo desde una narración muy íntima que tiene que ver con mi propia historia, la historia de mi bisabuela, que fue raptada durante la Revolución Mexicana y la mantuvieron atrapada en una casa durante mucho tiempo. Y esa historia de mi bisabuela aparece en un pasaje de la novela”.
- ¿Y por qué el título, Malacría?
“Es un juego con la palabra malcriado y malcriada. En un momento dado, la protagonista, la madre de la protagonista y la abuela están teniendo una pelea y la abuela le dice a la madre que es una malcriada, y la madre le responde que ‘si soy una malcriada, pues por algo será, porque tú me criaste’. Y juego con la idea de ser malcriado, pero trato de darle la vuelta, no pensar en alguien que es malcriado necesariamente como alguien que está muy consentido, al que le dan todo lo que quiere, sino también está malcriada o malcriado aquella persona que no ha sido cuidada lo suficiente, que le falta cuidados desde que era pequeño. Juego con ese doble aspecto de la palabra malcriado y quise sustantivizarlo porque me pareció bonito lo que sucedía ahí con la palabra”.
- ¿Cómo termina Malcriada publicándose en Sexto Piso?
“Pues hace muchos años me escribió Ernesto Kavi de Sexto Piso preguntándome si quería publicar algo y le conté que estaba escribiendo una novela. Eso fue, creo, que en 2020 y tardé años en terminarla porque soy muy lenta para escribir. Entonces sí, tuvieron que esperar bastante, pero al final conseguimos publicar la novela”.
- Dice también que las heridas familiares se heredan. ¿Cree realmente que las heridas familiares se heredan?
“Sí, y esa es un poco la premisa de la novela que yo buscaba explorar dentro de la narración. Es una novela que tiene que ver con el trauma heredado y con cómo aquello que duele también puede transmitirse, especialmente si no se resuelve y especialmente si se mantiene en silencio. Esa es la consigna del vínculo de las mujeres de la familia en la novela. Tres generaciones que guardan muchos secretos a sus hijas aunque paradójicamente esa tendencia hacia el secretismo para protegerlas termina por dañarlas y de alguna forma perpetúa las heridas y perpetúa el trauma”.
- ¿Y qué heridas son las que arrastra la familia protagonista de la novela?
“Ah, pues… Mejor que las descubra el lector.. “
- Sí, será mejor que la descubra. ¿Le da más importancia a los personajes que a la trama en Malacría?
“Me interesaba mucho crear una novela que fuera fragmentaria pero que no solo girara en torno a una sola línea narrativa, sino que intercalara varias voces, varios tiempos y varias formas distintas de narrar. Por eso la novela contiene listas, contiene pequeños recuadros donde se narran instantáneas en la experiencia de una madre y una hija, contiene lecciones de alemán y bastantes tipos de textos. El experimento era tratar de narrar una historia coherente con todos estos textos diversos”.
- Reconoce la influencia de escritoras como Anne Carson y de Teddy Lopez-Mills.
“En general me interesa mucho la literatura híbrida, la que se permite ir más allá de los géneros literarios, que me parecen que son bastante artificiales y que no es necesario obedecerlos. Creo que para mí, mi idea de la literatura tiene que ver con la experimentación y con una forma de la libertad de la palabra. Pienso que si una historia te pide que visites otro género o que vayas hacia otra forma de narrar, es maravilloso y está permitido hacerlo. Y justamente Teddy López-Mills, autora mexicana, y Anne Carson son escritoras que se permiten visitar distintos géneros, establecer vasos comunicantes entre tonos diversos. También pienso en Miriam Moscona, otra autora mexicana que hace lo mismo. Y bueno, hay muchas… Fernanda García Lau, hay muchas personas que están experimentando con eso y ese es el tipo de literatura que más me interesa actualmente”.
- Pero me habla de escritoras, no de escritores. ¿No le han influenciado a lo largo de su carrera algún escritor?
“Muchísimo. Mi mayor influencia literaria, alguien a quien leo y releo todo el tiempo es a César Vallejo. Y también a Lorca. Sí, sin duda, muchísimos”.

- Reconoce constantes en su poesía.
“Pues creo que me interesa la desautomatización del lenguaje. Me interesa el lenguaje que no sólo está pensando en lo que significa o en señalar un mundo más allá, sino que se detiene en la palabra misma, en el sonido, en la función de la palabra. Por eso creo que me ha influido tanto César Vallejo, porque él justamente desautomatiza el lenguaje. Apuesto también por lo inesperado. Me interesa mucho lo impredecible porque el lenguaje suele ser muy predecible, tanto es así que las aplicaciones, por ejemplo, en WhatsApp, puede adivinar casi exactamente lo que vamos a decir. El lenguaje es muy predecible en general y a mí me interesa el lenguaje que es poco predecible y por eso me atrae la poesía, porque me parece que es una de las formas menos predecibles del lenguaje y que tiene unas libertades que no tiene el lenguaje en general”.
- ¿Y qué fue lo primero que escribió, poesía o prosa?
“Lo primero que escribí, era muy joven entonces, es mi diario, luego empecé a escribir poemas. Y más adelante unas viñetas que se convirtieron después en cuentos”.
- ¿Y poeta?
“Hay una propensión hacia ciertos tonos o cierta lógica. Y mis padres no eran lectores de poesía, pero tenían un libro de poesía que era de Javier Villa Urrutia, Nostalgia de la Muerte. Y como los libros de poesía suelen ser delgados, y este libro además tenía la letra grande y dibujos, pensé siendo niña que se trataba de un libro para niños y lo leí como tal. Mi primer acercamiento a un libro de poesía fue el de Javier Villa Urrutia. En mis primeros años me interesaba mucho más la musicalidad del lenguaje poético que me conmovía inmensamente. Recuerdo en mis primeras lecturas de poemas sentirme avasallada por el texto y por el tono. También recuerdo leer un poema de Edgar Allan Poe, Annabelle Lee, que me conmovió inmensamente y fue justamente por su musicalidad. No sé si mi poesía es críptica pero me interesa la que se plantea las grandes preguntas como la muerte, la naturaleza de la vida, el principio y el fin del mundo. Creo que la poesía para mí está vinculada íntimamente a esas preguntas que en sus inicios estaban muy aliada con lo mítico y por lo tanto esas cuestiones laten dentro de la poesía aunque tal vez pareciera que hoy en día no se contestan de forma literal. Creo que esas preguntas siempre están ahí, como en el fondo del poema”.
- ¿Y por qué la poesía frente a otros géneros literarios sigue siendo tan poco leída?
“Otros géneros literarios tienen elementos a los que es más fácil asirse, como la narración porque nos encanta que nos relaten historias y eso no pasa con cierta poesía, una poesía con la que el lector no está acostumbrado a acercarse al lenguaje de esa forma”.
- También es traductora.
“Me he especializado más en traducir poesía aunque ahora estoy traduciendo un ensayo de Annie Dillard, que es una ensayista fantástica y a la que admiro mucho”.
- ¿Es más difícil traducir poesía que prosa?
“Me parece que traducir poesía es más difícil porque el poeta presta una atención peculiar al lenguaje y se fija no solo en lo denotativo de la palabra, sino también en la palabra misma, en la función sonora que está cumpliendo dentro del texto. Entonces, sí tiene más dificultades la traducción de poesía, sin duda, pero también puede ser muy gozosa y creativa como ejercicio”.
- ¿Se ha traducido a usted misma?
“No, mis poemas en español los ha traducido al inglés Robin Mayers, que es una poeta fantástica y una traductora increíble. Al inicio, cuando empecé a escribir en español, traducía mis propios poemas y cuando leo los que traduce Mayer siento en buena medida como una sensación de extrañamiento y a veces también de sorpresa, de asombro porque hay cosas que en el original no estaban ahí pero en la traducción aparecen. Momentos sonoros o imágenes que funcionan incluso mejor en inglés. Es decir, mejor en la traducción que en el original. Y eso me encanta. Suele decirse que la traducción es pérdida, y en general se habla más de todo aquello que se pierde en la traducción, pero no pensamos que a veces se gana con la traducción. A mí me gusta pensar que el texto traducido es un nuevo texto en sí mismo, no es simplemente una copia del anterior, sino es algo por sí mismo distinto, y que tiene su propia vida. Es decir, pasa por el filtro de otra persona y es como si cambiase el poema”.
Saludos, ¿escuchan?, desde este lado del ordenador