99 madrugadas de alarma, un libro de Juan Carlos Mateu

Mayo 4th, 2021

Sucedió hace exactamente un año pero ahora casi nadie recuerda los largos meses que permanecimos confinados con el fin de sortear ese fantasmagórico virus que recorrió y todavía recorre las calles y plazas de las ciudades y pueblos de todo el planeta. Es más que probable que cuando todo esto haya acabado (porque alguna vez tendrá que acabar) se proponga una nueva relectura de lo que vivimos y de lo que pasamos encerrados en casa. El miedo ante la incertidumbre que nos envolvió de pronto y ante el que tuvimos que reaccionar para ponerle freno.

La pandemia ha generado una literatura que tímidamente va asomando la cabeza. Una literatura que en la mayor parte de los casos nace, precisamente, los días que estuvimos encerrados. Por la pandemia transita de una u otra manera novelas, relatos, cómics, reflexiones de escritores y escritoras de las islas, todos ellos dispuestos a narrarnos su visión personal de aquellos días.

El guionista e ilustrador Eduardo González lo hizo desde una perspectiva humorística en Crónicas de la cuarentena, tiras que subía a Facebook y en las que narraba en primera persona lo absurdo y también lo terrible de aquella experiencia. La periodista Saray Encinoso Brito propone con El año que no viajé a Buenos Aires un viaje imaginado y muy documentado a la Argentina escrito durante el confinamiento mientras que el también periodista Román Delgado describe con mirada introspectiva en Historias de intramuros once días de aquellos largos meses.

Faltaba sin embargo el día a día, el retrato de cada jornada con rigor periodístico que es lo que ofrece Juan Carlos Mateu en 99 Madrugadas de alarma, una bitácora de aquellos días que pueden descargarse en la página web de Diario de Avisos.

El libro reúne descripciones de lo que pasamos, de la sorpresa que digerimos afortunadamente sin crispación. De aquellas semanas donde vecinos que no se conocían comenzaron a hacerlo de balcón en balcón, de ventana a ventana… La lectura propone también adentrarse en las páginas de un diario de confinamiento que hace revivir lo que sucedió aquellos meses y percatarnos con qué facilidad la mayoría de nosotros hemos olvidado aquellos días que parecen que están muy lejos pero que sin embargo están todavía muy cerca.

Estructurado en artículos muy cortos, la crónica además de repasar los días de encierro ofrece un retrato muy humano y cercano del largo proceso en el que todos cambiamos por dentro sin perder en ningún momento el entusiasmo por informar. Por informar de lo que sucedía con entusiasmo y en ocasiones melancolía profesional, procurando mantener el equilibrio para no caer en lo sentimental y relatar con objetividad una situación que quebró para siempre nuestra vieja y añorada normalidad.

Las impresiones que relata Juan Carlos Mateu y que son reflejos de lo que vivimos todos, parecen de ciencia ficción pero no son, desgraciadamente cosa de ciencia ficción como sabemos todos: Soldados patrullando las calles, algún peatón que pasea a su perro por una ciudad sin gente, de avenidas vacías que despertaban a las siete de la tarde con los aplausos dedicados a los que libraban batalla en la primera línea del frente son solo algunas de las impresiones que recoge un libro necesario para no olvidar esos meses de confinamiento.

Juan Carlos Mateu tiene la habilidad de evocar las inquietudes que compartimos la mayoría. También la espontánea solidaridad que unió a la ciudadanía:

“Empiezan a aparecer en los ascensores de los edificios carteles de vecinos ofreciéndose a comprar comida o medicinas a personas con problemas de movilidad. Yo mismo he visto uno hoy en un bloque de viviendas del municipio de Candelaria. “Si necesitas que vaya a comprar alimentos por ti, solo tienes que tocar en el piso 8. Iré encantado”, decía el manuscrito. Un par de horas después, el gesto solidario se reforzaba con tres ofrecimientos más. Mi amiga Carmen Rosa me ha comunicado con pena que en el sur de Tenerife, la gran sala de máquinas de la industria turística, el cielo se ha quedado sin aviones”.

Son muchos los frentes de los que se ocupa 99 Madrugadas de alarma, un diario que nació a modo de terapia personal pero que terminó por convertirse en una obra que sobrepasó lo periodístico y en la que se mezcla la primera persona con el seguimiento informativo de aquellos días extraños y en los que Mateu destaca la infatigable labor de los que trabajaron por nosotros y, también, de todos nosotros, la ciudadanía, por haber estado a la altura que exigían las circunstancias.

En estas crónicas se narran algunos de los emocionante momentos que se produjeron durante el confinamiento como el niño que salía al balcón a las siete de la tarde porque pensaba que los aplausos iban dirigidos a él o el abuelo que tocaba la armónica en la ventana de su casa. Ello y mucho más en un repaso que escrito con las prisas del momento resulta directo y auténtico.

El arco temporal de 99 Madrugadas de alarma describen las jornadas que van del 14 de marzo al 21 de junio del 2020, y cuenta con su propia banda sonora que no es otra que las canciones que sonaron aquellos días como el Resistiré del Dúo Dinámico;Volveremos a brindar, de Lucía Gil o el Viva la vida, de Coldplay:

“Un par de minutos antes pasó un coche de la Guardia Civil con la canción Viva la vida, de Coldplay, a toda pastilla, mientras los vehículos militares, poco después, volvían a formar en caravana por la avenida para recoger las muestras de cariño de la balconada”. Canciones que según Mateu “refleja el sentir general de un pueblo consternado que permanece agazapado a la espera de que el temporal escampe”.

Esto y mucho más es lo que ofrece 99 Madrugadas de alarma, la crónica personal y periodística de unos meses en lo que nunca tantos debimos tanto a tan pocos.

Saludos, basta con descargarlo en la web, desde este lado del ordenador

Nace Retina, una publicación que plantea “un juego visual”

Mayo 3rd, 2021

La Sección de Audiovisuales del Ateneo de La Laguna presenta el jueves 6 de mayo a las 18,30 horas en el Aguere Cultural la publicación Retina, una “humilde edición hecha con cuidado que plantea un juego visual basado en fotogramas descontextualizados, una entrevista (María Sosa) e investigaciones visuales relacionadas con autoras de las Islas Canarias (Carmela García, Cristina Gámez o Nieves Lugo)”, se informa en una nota.

En esta edición de Retina participan las autoras Andrea Abreu, Teresa Correa, Daniasa Curbelo, Alejandra Galo, Carmela García, Pura Márquez, Estrella Monterrey, Yolanda Peralta Sierra, Paula Quintana, María Sosa, Noemí Tejera, Mónica Trujillo y Sabina Urraca, algunas de las cuales estarán presentes en el acto. Está previsto que se proyecten cortos realizados por ellas mismas.

La revista está diseñada y maquetada por la diseñadora Noelia Varietti. Miguel G. Morales, presidente de la Sección de Audiovisuales del Atenero de La Laguna, asume la coordinación.La edición está patrocinada por el Cabildo Insular de Tenerife. Se prevé presenbtarla próximamente en Gran Canaria y Lanzarote.

La misma nota informa que en este encuentro se dará a conocer la nueva programación de la Sección de Audiovisuales del Ateneo de La Laguna para 2021 y la formulación de un acuerdo con el Aguere Cultural, que será su nueva sede.

Saludos, se fue abril, vino mayo, desde este lado del ordenador

El año que no viajé a Buenos Aires, un libro de Saray Encinoso Brito

Abril 29th, 2021

La literatura de viajes comienza a ser un género habitual por el que transitan algunos escritores de las islas. Cuando se escribe literatura de viajes nos referimos a la literatura estrictamente de viajes. Es decir, la que cuenta la emocionante experiencia de narrar lo que se vive estando fuera de casa. La que te aproxima a otras miradas sobre el mundo, la que te cambia por dentro por las vivencias que labras estando de paso en otros pueblos, ciudades, países.

Hace apenas una semanas comentábamos en estas mismas páginas el libro Entre el agua y el suelo, de Cristi Cruz, artículo en el que recordábamos también a otros escritores canarios que experimentaron con esta literatura con sobresaliente maestría como los tristemente ausentes Antonio Lozano y José Luis González-Ruano. Si se bucea en el pasado encontrarán otros nombres, los suficientes para entender que no se trata de un género nuevo aunque sí duerma durante temporadas el sueño del olvido entre las letras que se escriben desde las islas.

A este género se suma con nombre y apellidos El año que no viajé a Buenos Aires (Ediciones Menguantes, 2021), de Saray Encinoso Brito. Un libro que por partida doble me ha parecido sumamente interesante. Se trata de un libro de viajes y al mismo tiempo no lo es. Ya lo avisa la autora en el título… esta es pues la crónica de un viaje que quiso ser pero no fue. También la reunión de una serie de artículos que son una declaración de amor a una ciudad, Buenos Aires, que es dentro del imaginario de Saray Encinoso La Ciudad.

El año que no viajé a Buenos Aires recopila las entregas en primera persona que la escritora y periodista fue publicando en un diario digital. Un relato en el que cuenta cómo se frustró el que podía haber sido el viaje de su vida por culpa de una enfermedad convertida en pandemia.

La originalidad del texto es que está escrito desde dentro, lo que permite conocer y solidarizarse con la esperanza luego convertida en frustración de hacer posible un sueño. Y no, pese a que a veces no se cumplan los sueños, no se trata para nada El año que no viaje a Buenos Aires de un libro triste. Es más, destaca para mi sorpresa por el humor y a veces una divertida ironía con el que está escrito. Con estos elementos, el lector se adentra en la crónica del no viaje anunciado proponiendo un viaje imaginario y muy documentado a Buenos Aires. Lo mejor del caso es que una vez finalizado el libro (ligero en páginas, poco más de un centenar) se tiene la sensación de haber estado allí.

La originalidad de estos textos es que son cortos, directos y en algunos casos muy personales porque en ellos se desgrana –a veces– una historia familiar. Esa historia, ya la conocen, en la que casi siempre hay un tatarabuelo, abuelo, tío lejano o cercano –en el caso de Saray Encinoso sus abuelos paternos– que se fueron al otro lado del mundo para construirse una vida mejor. Muchos se quedaron pero otros regresaron a Canarias como en el caso de los familiares de la autora del libro. Así que Buenos Aires le toca relativamente de cerca como explica en el primero de los artículos. Texto en el que precisa que Argentina le entró primero por los oídos a través de la música.

Y música hay mucha en este libro. Música con acento argentino. La música, de hecho, pone banda sonora a varios de los artículos que reúne el libro. Escribe en el que lleva por título La guerra que impulsó el rock:

“Sé que no podré viajar a Buenos Aires sin recorrer los estadios y salas en los que han tocado quienes me abrieron las puertas de su país”.

En esta sección vincula la propagación del rock en Argentina con la guerra de Las Malvinas, aquel absurdo conflicto que enfrentó a argentinos y británicos por unas islas que nadie, hasta ese momento, sabía ubicar en el mapa, y mucho menos responder quien las administraba. Este artículo es solo uno más en un libro en el que se mezcla periodismo y literatura y ánimo de compartir la aventura imaginada con la informativa sobre un país que siente fiebre por el fútbol y al mismo tiempo su capital es la ciudad con más librerías por habitantes, al menos en 2014, escribe en Fronteras que no están en los atlas.

Música, literatura, viaje, información dibujan un mapa muy atractivo y a ratos ingenuo de Buenos Aires. Mejor del Buenos Aires de Saray Encinoso Brito. Una escritora y periodista que escribió estos artículos durante el confinamiento que no queremos recordar y que le frustró su proyectado viaje a la Argentina. Lo insólito del caso es que quien ahora firma estas líneas –que nunca ha estado en Buenos Aires y menos en Argentina– tiene la sensación tras leer este libro de haber estado allí. Escrito para evadirse del confinamiento, Saray Encinoso no se dejó arrastrar por la confusa reflexión personal a la que nos empujó a algunos sino a contar un viaje que como todo buen viaje cambia para mejor a las personas.

El libro añade al final un apartado, Formas de sentir la Argentina, en el que recomienda música, películas, libros para acercarse un poco más a su imaginario argentino pero sobre todo bonaerense. Sin embargo, me corroe una duda: ¿cómo será el libro que escribirá Saray Encinoso cuando viaje a Buenos Aires, a la Argentina? ¿Qué pasará el año que logre cumplir el sueño?

Lleva razón quien dijo que viajar es soñar. Que sin soñar no hay viaje posible. Y un viaje, un viaje soñado y emocional, es al que invita Saray Encinoso Brito en El año que no viajé a Buenos Aires.

Saludos, se hace camino al andar, desde este lado del ordenador

Vigilia en Velora, cuentos de Iván Cabrera Cartaya

Abril 28th, 2021

Ocho son los cuentos que recoge Vigilia en Velora, de Iván Cabrera Cartaya, libro que obtuvo el Premio de Relato Corto Isaac de Vega en 2019. Se tratan de historias en las que se revela a un escritor que nada como pez en el agua en este género literario.

Reconocido más como poeta que como narrador, y a la espera de que se publique de una vez su primera novela (me consta que duerme la siesta en el despacho de una editorial de las islas), Vigilia en Velora me descubre a un autor que no cesa de sorprenderme con unas historias en las que se escucha el latido de la vida y al mismo tiempo desgrana, recurriendo a distintos palos de estilo y tendencia, relatos que en mucho de los casos han sabido conmoverme y, al mismo tiempo, despertar mi atención, algo fatigada estos últimos días, tan repletos de incertidumbres, de miedo a lo que vendrá, de futuro inestable…

Los dos primeros relatos que reúne el volumen, Santa Teresa y Velora, quizá resulten los más poéticos del libro pero no son, sin embargo, los que más me agradaron aunque reconozca en ellos pese a su difuminado acabado, ganas de mostrar más sentimientos que historias. Y no se trata que estos cuentos carezcan de hilo argumental, que los tiene, sino que dan la sensación que se pierden en un texto que prioriza la palabra y lo que sienten los personajes más que al destino que los conducirá el desenlace.

Pesa en todas las historias un aire de fatalidad, pero una fatalidad muy unida a la sensación de pérdida del tiempo. También se detecta como constante la amistad (muy representativa en A espaldas del sol, el cuento más extenso de los que se incluyen en el libro) y el amor. Un amor que explota y se derrama en El reencuentro, que cuenta además con un final que me recuerda vagamente al mejor Roald Dahl, sobre todo cuando se vuelve ácido más que irónico.

El tercer cuento, A espaldas del sol es como se ha dicho el más extenso en páginas de los cuentos que convoca Vigilia en Velora, también es el más directo de los que se presentan ya que no hay tanto interés en cultivar un estilo copioso en palabras y frases ingeniosas, sino en contar una historia que, como todas las buenas historias, relata un viaje y una pérdida. Lo de viaje es por el itinerario interior que asume el narrador del relato y lo de la ausencia es por la brusca desaparición de uno de los amigos del protagonista que es quien cuenta en primera persona lo que sucedió y la huella amarga que dejó dentro de él.

Leyéndolo me di cuenta que aquí había una buena historia para visualizar como largometraje (expandiendo las acciones) o como cortometraje (reduciéndolas). Lo que se describe resulta cercano y el escritor controla con experiencia los mandos de una nave que navega y rompe las olas porque está seguro de llegar a destino.

Vigilia en Velora recoge, finalmente, otros cinco relatos que llevan por título La lectora de la Biblia, La isla, La noche y el olvido, Pibe y El reencuentro. Si algo caracteriza este quinteto de cuentos es que todos, absolutamente todos, abordan situaciones completamente distintas a los relatos anteriores y están escritos con estilos radicalmente distintos.

Son en estos cinco cuentos en los que se revela el talento como narrador de Iván Cabrera Cartaya ya que pasa del lenguaje poético a uno ligeramente realista para pasear en otro, y como quien no quiere la cosa, a un retrato con acento marcadamente argentino. Esta capacidad de transmutación obliga a tomarse muy en serio la capacidad de narrar del ahora cuentista aunque sí que se agradecería que se centrara más en lo que cuenta que en cómo lo cuenta. Con todo, los relatos cumplen la máxima de exigir a un cuento brevedad, y los relatos de Vigilia en Velora lo son salvo A espaldas del sol.

Habrá alguien, también, que subraye la influencia no disimulada que siente Cabrera Cartaya por la literatura de grandes del cuento iberoamericano como Adolfo Bioy Casares. De hecho, la cita que aparece antes de entrar en los relatos, es de este autor, íntimo de otro grande del relato corto, Jorge Luis Borges.

Si tienen ocasión, les recomendaría que aprovecharan para dejarse arrastrar por las historias que propone Iván Cabrera Cartaya en este volumen que incluye, como se dijo, cuentos que además de estar muy trabajados tantean con oficio todos los géneros. Destacaría, porque es un asunto que me toca muy de cerca, el titulado La noche y el olvido, en el que se relata con ecos discontinuos a Casares e incluso al mismo Borges, un intento de atentando a Franco en Tenerife por un grupo anarquista en los albores de nuestra Guerra Civil.

Se le puede criticar a estos cuentos que no terminen de afinar lo que quieren contar (pero es un rasgo premeditado, se nota en algunos casos) y que parezcan que marean la perdiz más que otra cosa. También el peso literario que respiran muchos de ellos pero nadie podrá negarle al autor la capacidad que tiene de transportar a lector a esos mundos que recrea y que a veces, solo a veces pero esto ya es suficiente, consiga emocionar a quien lo lee, como fue mi caso, quien agradece el entusiasmo y el rigor con el que están escritos no uno ni dos, sino los ocho cuentos de un libro que firma un escritor y poeta con arrolladora personalidad.

Saludos, así sea, desde este lado del ordenador

Érase una vez… el amor (a veces)

Abril 27th, 2021

Todo es aparente en A veces el amor, un nuevo largometraje del realizador José Víctor Fuentes, conocido, sobre todo, por ser el director del Festivalito de La Palma. Se escribe “aparente” porque la “aparente” sinceridad de su nueva película esconde, mejor camufla en su fondo una extrema complejidad que va más allá de la polémica, de provocar la mirada del espectador.

A veces el amor sigue en el tiempo a una pareja de enamorados y la llegada de un tercer miembro a esa unidad hecha de dos personas: un hijo. Este nuevo personaje invoca cierta inestabilidad en la relación hombre y mujer que hasta ese momento se ha reproducido en pantalla aunque al final se impone la sensatez por lo que la unidad se transforma ahora en cosa de tres.

La historia está contada por el mismo director del largometraje y sospecho que tanto su pareja como su hijo en pantalla deben de ser su pareja y su hijo en la vida real. Este elemento de realidad, que tritura cualquier asomo de ficción, planea a lo largo de todo el largo, largo, largometraje. Lo que genera reacciones encontradas en el espectador. Por un lado porque perturba que todo, todo lo que se muestra a cámara es “verdad”, lo que hace pensar qué diablos estoy viendo ¿una película “familiar” en la que sus protagonistas muestran su felicidad e infelicidad?. Por otro, que el relato se cuente a través de materiales, muchos de ellos caseros, lo que convierte el visionado de una película en la que a veces asoma el amor en un trabajo dificultoso, que se adentra pero también expulsa el normal seguimiento del filme.

Con un metraje medido, que recortara su duración, este documento de no ficción aunque contenga elementos de ficción en su sentido más estricto, hubiera resultado otra cosa.

Da la sensación, incómoda por otra parte, de cierta ausencia de pudor (morbo mezclado con preocupante curiosidad) al observar una película que muestra a la familia del cineasta y al propio cineasta en situaciones cotidianas. Es decir, tal como son o tal y como deberían ser ante la mirada primero asombrada y más tarde aturdida del espectador. Un espectador que con esta película se sentirá azorado al sentirse un voyeur que se asoma a la vida de los otros.

Pero es aquí, en estos materiales caseros, donde radica la grandeza de un documental que se limita a contar las aventuras del día a día de esta familia que, con un metraje más limitado, hubiera redondeado el efecto que pretende. Un trabajo que por su duración termina por replegar a sus cuarteles de invierno al espectador más entusiasta.

Con todo, esta experiencia fílmica, recupera picos de interés a medida que avanza (el nacimiento y crecimiento del hijo) ya que son tan emocionales que transmiten por sí solo ternura ante lo que desfila en pantalla.

No obstante y al margen de su entusiasmo por provocar al espectador, A veces el amor se deja ver como un documento más que fílmico, antropológico. Su mirada en este sentido es muy limpia pero al no contar más historias que el día a día de la de la pareja y su retoño, sobre todo en la segunda mitad, el filme solo retrata la vida en común de dos (ahora tres) personas que se quieren. Que se quieren pero que también se distancian. De ahí, se entiende, el título de este documento a lo cinema verité al que le falta mayor testarudez por convertir en cine lo que muestra y revela.

La duración de la película es de 80 minutos y se cuenta desde la perspectiva del protagonista, el mismo José Víctor Fuentes, un cineasta acostumbrado a desdoblarse no sé si en otras identidades pero sí al menos bajo otros nombres. Asegura el mismo Fuentes que esta película fue concebida como un diario fílmico en el que intentó resumir la crisis de los 40. Para ello se despojó de vestimentas y a pecho decidió desnudar “emocionalmente” a su familia ante la cámara. Se trata pues de una “aparente” confesión donde las emociones más que lo racional gana la partida.

El juego, que no es nuevo, a priori resultaba atractivo aunque se limita a retratar los distintos estados que sufre como “cuarentón” sin tener muy claro la evolución que esperaba mostrar en la pantalla. ¿Aparentemente?, parece que la película no tiene guión, que todo cuanto vemos es producto de lo que la pareja ha ido grabando de sus distintas e improvisadas estampas familiares a lo largo de los años.

Me atrae, sin embargo, la sensación de que el material audiovisual que se visualiza es espontáneo. Que todo es fruto de la improvisación aunque las escenas que crecen son aquellas en las que se nota cierto trabajo antes de ser rodadas.
No creo que nadie le reste valor a este largometraje que sirve de testimonio de una experiencia tan vital como es la de vivir en pareja y el nacimiento del primer hijo pero le falta algo tan importante como es vocación de entretenimiento, de contar algo sin necesidad de vagar por escenarios tan variopintos como los que muestra esta película.

Se reconoce la vocación de riesgo del largometraje y resulta en un primer momento muy atractiva la mirada que como observador tiene el cineasta de sí mismo. O de ese desdoblamiento que da de sí mismo en pantalla pero el producto se agota a medida que avanza en su intento por mostrar la vida cotidiana de una familia que ama el cine.

Saludos, érase una vez…, desde este lado del ordenador

Harvey, una novela de Emma Cline

Abril 26th, 2021

“Podría visualizar el plan, ver cada paso del proceso, todo el asunto desplegándose limpiamente en su imaginación, sin titubeos ni interrupciones. Ruido de fondo, el libro imposible de llevar al cine. La vuelta de Harvey a las tablas. ¿Por qué iba él a terminar aquí, en este planeta, en el año 2020, alojado en una casa que resultaba estar al lado de la de Don DeLillo, si no era con ese preciso propósito, si no era para topar con esta precisa circunstancia, para experimentar este encuentro fortuito de ambas mentes?

(Harvey, Emma Cline. Traducción: Inga Pellisa, Panorama de Narrativas, Anagrama, 2021)

Emma Cline es una escritora norteamericana de reciente aparición. Con solo dos novelas ha conseguido que escritores consolidados estadounidenses y de otras nacionalidades la reciban con la sonora ovación de alguien que ofrece otra mirada a sucesos de los que se han hecho eco los medios de comunicación, disimulando en sus novelas la tragedia con protagonistas que llevan otros nombres y alterando lo suficiente algunos hechos para hacerlos pasar como ficción.

Si en Las chicas la historia se inspiraba en Charles Manson y su grupo de acólitos, en Harvey hace lo mismo con Harvey Weinstein, fundador junto a su hermano de Miramax y durante años uno de los productores más influyentes del cine norteamericano hasta ser acusado de abusos sexuales.
Una de las claves de Emma Cline es aproximarse a casos tan espinosos desde dentro, a través de los ojos de uno de los miembros del clan Manson en Las chicas y en Harvey siguiendo a su protagonista el día antes de que se pronuncie la sentencia de su juicio.

Esto permite a la escritora no juzgar (aparentemente) a sus protagonistas, lo que dota en una primera lectura la sensación de que su mirada sobre todos ellos es neutral. Neutral incluso cuando retrata momentos que no los engrandecen precisamente.

Sí que se ha preocupado Emma Cline en Harvey de cuidar lo que escribe. Tanteando, sin escorarse a un lado u al otro, un retrato humano de un personaje que creyó que podía hacer absolutamente todo por el poder que manejaba.
La novela apenas araña el centenar de páginas por lo que se lee prácticamente en unas pocas horas. Resulta muy atractivo conocer cómo presenta la caída de un poderoso. Un narcisista que incluso antes de conocer cuál será la sentencia no cree que termine siendo culpable. Eso sí, se asiste durante toda la novela al nacimiento de muchas dudas que van royendo su fe en sí mismo. Las señales comienzan a multiplicarse. Y no solo a través del trato que recibe en los medios de comunicación sino en que muchos de sus amigos dejan repentinamente de llamarlo.

Harvey intuye que empieza a ser un apestado en Hollywood, pero no termina de creérselo ya que no puede imaginar su caída tras haber tocado prácticamente el cielo de Hollywood. Del cine.

La novela de Emma Cline cuenta todo esto con una sencillez que desarma. Y tan solo, ya se ha dicho, en apenas un centenar de páginas. Nos levantamos con el protagonista, que lleva una pulsera de vigilancia en el tobillo: “hora de vestirse, de volver otra vez al lío. La pulsera del tobillo era tan fina que en realidad sí que parecía más bien una pulsera. Pero aún siendo tan ligera tenía la sensación de que interfería en sus andares, esa pequeña molestia, siempre presente, que nunca se disipaba del todo en el fondo”, y le seguimos a lo largo de un día que no es el de siempre aunque él se esfuerce en pensar lo contrario.

En el libro se da también un retrato del Hollywood que no se ve en el cine. Es el Hollywood de los mandamases, de los que controlan el dinero para hacer las películas. A ese mundo pertenece Harvey y por lo que piensa, parece que nació para ser uno más de la jauría que invierte su tiempo y dinero en hacerlas posibles. Y por lo que se lee, parece que conoce muy bien este negocio. Lo controla. O controlaba antes del día que dedica Emma Cline a perseguirlo, no acosarlo, en su novela.

El retrato que pinta resulta interesante. Y eso que se nota que no es un personaje, Harvey, que le caiga especialmente bien a la escritora, quien lo va desmitificando a medida que avanza la novela pero sin subrayarlo. Deja anotado momentos que no dan una imagen idílica de Harvey, sino la de un hombre que presiente su derrota. La incertidumbre de la sentencia pese a que crea cuál será su resultado, retrata a un personaje que presiente su fin aunque piense que sigue siendo el mismo de siempre.

“Una siesta corta, el televisor que había sobre la cama en silencio. La baba en un riachuelo reseco que le bajaba por la mejilla, rasposa allí donde asomaba la barba”.

Además de Harvey aparece otro personaje real en la novela. Se trata del escritor Don Delillo del que Harvey –se explica– quiere adaptar al cine Ruido de fondo. Esta película será su gran reentrada en Hollywood. Con esta película y con el nombre de DeLillo en cartel espera volver a alcanzar la posición de la que disfrutaba antaño.

“Sería como Bob Evans, pensó, el corazón agitado, cuando reunió a Towne y a Nicholson para hacer Chinatown. Todos impulsados por la cocaína Merck más pura y la certeza de estar haciendo algo especial. Y ahí estaba: el plan perfecto. Su propia Chinatown, solo que mejor, porque no haría falta que ese rarito de Polanski la reescribiera entera”.

Harvey condensa en muy pocas páginas este retrato sobre un ídolo caído y en la brevedad se aprecia el temple como narradora de Cline. Emma Cline.

Anótenlo, quédense con el nombre