Archive for the ‘El Blog de El Escobillón’ Category

Feliz aniversario y que sean muchos más

Jueves, Octubre 29th, 2009

TEA, como casi todo lo que nace en Tenerife, no tuviste un parto sencillo. Demasiados padres y madres para una sola criatura. Tantos progenitores que los nuevos apostaron incluso por cambiarte el nombre. Antes te llamabas Instituto Óscar Domínguez de Arte y Cultura Contemporánea (IOADCC) y ahora Tenerife Espacio de las Artes (TEA).

Pero bueno aún con esas, mi niño, has podido abrir los ojos en una capital de provincia empeñada en cambiarlo todo. Aunque eso le costase la vida a algunos de los muchos abuelos que tuviste.

No llores, nené, es que vinistes al mundo en plena crisis y tus papás postizos pensaron que además de museo, biblioteca y sala de estudio y de exposiciones, centro de fotografía y salón de conferencias… podías almacenar también otras cosas. No pensaron que igual resultabas un marciano, por lo que tendrás que tomártelo con calma. Disfruta de la tarta de tu primer aniversario.

Has contado desde que fuiste parido –en una fiesta delirante y olvidable– con un señor que debe de quererte bien. Se llama Javier González de Durana. Parece un hombre que mira hacia adelante y ha demostrado a lo largo de este año contar con una capacidad de resistencia abrumadora. Y no es cuestión de raza sino de espíritu, así como de saber mover la cintura y de adaptarse al medio. O la de pillar de que pie cojea quienes le han colocado por encima como comisarios políticos.

Pero lo ha hecho bien. Muy bien, nené. Con muchos aciertos pese a las cotidianas zancadillas y tradicionales capillas culturetas que ya irás conociendo a medida que vayas creciendo. Si te dejan crecer, que espero.

Ahora que tienes un año y que has abierto tus tripas, depende de quienes te cuidan a que dejes de ser “la biblioteca pública que abre las 24 horas del día” para que todos, absolutamente todos, te conozcamos realmente. Sé que no es nada fácil, y que Durana y su equipo lo intentan… pero ¡ay! tienes a tantos majaderos pululando por tu alrededor que todavía no terminas por asumir el protagonismo que te mereces. Ya te darás cuenta cuanto te hagas mayor de lo complejo que es abrirse paso en esta rancia realidad chicharrera. Territorio de magos gritones, que es como llamamos en esta tierra a los garrulos y gañanes.

Pero ten fe, mi niño. En este añito con nosotros ya cuentas con un ejército de amiguitos. Para unos, incluso, te has convertido en un refugio. En un espacio donde no tienes la sensación de que habitas en Tenerife y mucho menos en esa Canarias aficionada a mirarse el ombligo. Lo peor del caso es que todavía no se lo ha encontrado, nené. Y así nos va a los que tenemos otras preocupaciones.

Pensaba cantarte un arroró a modo de despedida pero creo que no es lo mejor. Un arroró es una canción de cuna que invita a los niños como tú a que se duerman y TEA ¿me permites llamarte Teita? si algo necesitas en este momento no es, precisamente, dormirte. ¡Sigue despierto! Llora y da patadas si es necesario pero por tus mil padres y madres no te me duermas porque si te duermes llega lo innombrable y ¡zas! se acabó.

Se acabó todo. Y eso, mi niño, no creo que lo que quiera nadie. Incluso alguno de tus miles de padres y madres.

Que los dioses te bendigan, pequeño. Feliz aniversario y que sean muchos más.

Saludos, paterno filiales, desde este lado del ordenador.  

Cosas mías desde la dimensión desconocida

Miércoles, Octubre 28th, 2009

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No está nada bien que uno tenga la sensación de que camina sobre la delgada línea roja que separa a la euforia de la desesperación. Tampoco está bien que se tome un refresco con un amigo que ya no es un amigo sino un hermano y termine la charla con un asomo de tristeza por el panorama a lo en La Carretera de Cormac McCarthy que le retrata. Y mucho menos está bien que cuando sube la Rambla de Pulido y se detiene en el paso de cebra del ya desaparecido Cine Víctor, una de esas ratas del aire (como llamaba el garrulo de Marciaaaaal a las palomas en Muchachada Nui) derrame sobre su cabeza lo que todos pueden imaginar que derrama en su cabeza.

Así que llega a su casa, enciende el ordenador, repasa el correo y bucea en las ediciones digitales de la prensa local y nacional buscando una noticia que le alegre el día. Desgraciadamente, no encuentra nada. Salvo las mismas historias de siempre sólo que contadas de manera diferente. Entonces, y piensa que de manera casual, uno de esos pesados y pesadas que pululan por ese invento diabólico que es el facebook, le invita a que se una “a la gran familia del bookcrossing”. Y como no sabe muy bien si es que hoy han querido confabular todas esas fuerzas oscuras que nos impiden ver, recuerda algunas de esas ocasiones en las que, involuntariamente, ha formado parte de ese club donde nunca me haría socio porque aceptan a gente como yo.

Así que este escrito es un aviso a los navegantes. De llamada por si alguno de los que leen se han encontrado con esos volúmenes que perdí en momentos de despiste y por la costumbre de llevar uno a cuesta vaya donde vaya.

El último libro que se fue sin decirme nada era una colección de relatos de Dashiell Hammett, editada por Alianza Editorial. El vacío que me produjo su marcha sólo pudo ser sustituido por el castigo al que sometí a Hammet durante unos meses, aunque luego hice las paces releyendo una vez más La llave de cristal y Cosecha roja. En otra ocasión dejé en el aeropuerto de Barajas un ensayo sobre movimientos políticos del siglo XX que me amargó el vuelo de vuelta a Tenerife, por mucha prensa que por aquel entonces repartieran en los aviones.

Hay otros libros que se fueron a la francesa. Que me abandonaron miserablemente, pero si ahora no los recuerdo es porque tampoco significaron demasiado para mi conciencia lectora. Es cierto, no obstante, que también me he encontrado en alguna ocasión con esos viejos rebeldes en los lugares más insospechados. Así, en el ya legendario cine de verano de la plaza de Toros de la capital tinerfeña me encontré con un Von Däniken que terminó en algún lugar de mi casa. Recuerdo haberlo ojeado, haber pasado las páginas, contemplado las fotografías, pero esas historias de que no estamos solos la verdad es que nunca me han convencido demasiado. Lo mismo me pasa con el programa Cuarto Milenio que presenta el excesivo de Iker Jiménez, ya que lo veo como el que no lo ve, preguntándome cómo puede haber personas que se preocupen de la existencia de los extraterrestres cuando de todos es sabido que ya andan entre nosotros. Basta con mirar como está el patio. La invasión, efectivamente, ha comenzado.

Me he pasado los últimos días viendo por Internet viejos episodios de Twilight Zone, algunos conmovedoramente buenos. Otros, no tanto. Sin embargo, y mientras perdía el tiempo con esas historias inquietantes que presentaba Rod Serling cigarrillo en mano, no dejaba de decirme que incluso los más envejecidos episodios contaban cosas. Y que muchas de esas cosas son perfectamente trasladables a estos tiempos que corren.

Pero este no era el objeto de este post. Sino el de los libros perdidos para siempre. O no. A veces tengo la sensación de que volveré a reencontrarme con alguno de ellos. De hecho, y podría dar origen a un capítulo más de en La dimensión desconocida, hace unos días descubrí, mientras reorganizaba la biblioteca un título ¿o fueron dos? que creía perdidos.

No, no estaban los cuentos de Dashiell Hammett. Mucho me temo que ese, precisamente ese, sí que lo perdí para siempre.

Saludos, ¡siempre fieles!, desde este lado del ordenador. 

Cuanto odio el “Cine, cine, cine, más cine por favor” del Aute

Martes, Octubre 27th, 2009

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* Hace mucho, mucho tiempo… este que les escribe participó en el monte de Las Mercedes (Tenerife) en el rodaje de una película (¡¡¡en súper 8 milímetros!!!) de lo que iba a ser un mediometraje inspirado en las hazañas de Indiana Jones. Su director, obviamente, no era Steven Spielberg. De hecho, no sé si la película llegó a estrenarse en casa de los amigos, pero sí que fue una experiencia lo suficientemente gratificante como para que no se me haya borrado aún del disco duro de la memoria. Pasados los años, y con aquella experiencia de extra disfrazado de soldado alemán del Afrika Korps, descubro leyendo en loquepasaentenerife que Fran Casanova ha conseguido un premio en el festival Try-City Independent en la categoría de fan film con un cortometraje basado en las aventuras de Indiana Jones. Así que leo el artículo con las gafas puestas, y contemplo imágenes de este trabajo y de otro corto de Casanova (Campo de batalla) y me sorprende, vista la factura, lo profesional de sus resultados.

* Leo en El Día una entrevista con el coleccionista canario Andrés Padrón, quien se queja de que las islas carezcan de “sensibilidad a la cultura del cine”. Padrón, que cuenta con una extraordinaria colección de imágenes cinematográficas con retratos de grandes estrellas de Hollywood de todos los tiempos, quiere ahora desembararzarse de ella. Tiene 69 años y ya no puede con las casi tres millones de fotografías, diapositivas y negativos que tiene repartidos en tres casas, ubicadas en la capital grancanaria y el Puerto de la Cruz. Obviamente, el llamamiento que hace Padrón en las páginas de este periódico tiene doble lectura. Así que pienso, luego existo, que acostumbrado a la capacidad de nuestro Ejecutivo regional de no mirar, no hablar y no oír, esa colección terminará siendo subastada en Internet. Tengan ustedes en cuenta que la proverbial capacidad del Gobierno de Canarias para apuntarse tantos y su dudoso gusto para tirar el dinero de todos nosotros, una cosilla como la colección Padrón tiene lo que se dice sus días contados.

* En La Opinión de Tenerife se publica hoy una entrevista con el guionista de Hierro, Javier Gullón. El filme, que dirige Gabe Ibáñez, está protagonizado por Elena Anaya y como su mismo título indica fue rodada en la isla del Meridiano. Se trata de una historia de suspenso que promete. Basta con mirar el trailler.

* Mientras pasan estas cosas, el departamento de audivisuales de Canarias Cultura en Red promociona el cine canario por esos mundos de Dios con “aplastantes” éxitos según nos cuentan las notas de prensa con las que nos nutre su departamento de comunicación. La última parada y fonda fue en Berlín, donde se proyectó, entre otras, Óscar. Una pasión surrealista. Cuentan en la capital alemana que tras ver este clásico canario los habitantes de la zona del Este están planteándose seriamente volver a levantar el Muro.

En fin.

Saludos, y castigado a oír el “Cine, cine, cine, más cine por favor“, desde este desesperado lado del ordenador.  

Errores (¿des?)afortunados de un pequeño burgués

Lunes, Octubre 26th, 2009

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La semana pasada adquirí en una librería de Santa Cruz de Tenerife la novela Motín en la Bounty, del hoy popularísimo escritor John Boyne gracias al éxito de El niño del pijama de rayas. Debo de confesar, como más o menos intuirán lo que siguen este blog que tengo debilidad, entre otros géneros, por las novelas de aventuras. Y si son marineras mejor que mejor, pese a que sólo sepa de barcos lo que es la proa y la popa, supongo.

El domingo, por ayer mismo, abrí el libro y me puse a leerlo con la esperanza de evadirme de la torpe realidad que me envuelve. Y tras intrigarme que la historia comenzase en Persia y estuviera protagonizada por una niña que confecciona alfombras, continué con la lectura preguntándome cuando aparecería la mar y la dichosa Bounty. Es verdad que con la mosca detrás de la oreja, celebrando ingenuo la capacidad de Boyne para que fuera un personaje femenino quién precisamente contase la que fue desventura del velero armado de su ¿graciosa? majestad.

A medida que iba avanzando en la lectura se fueron despertando las alarmas. Ya que en lo que leía no aparecía la Bounty y mucho menos la mar. Sólo el paisaje árido de Persia en una narración que intercalaba cuentos del tipo Las mil y una noches. Bien es verdad que seguí con la lectura, aunque bastante mosqueado por lo que suponía era una broma del señor Boyne. ¿Dónde estaba el capitán William Bligh? ¿y su protegido Fletcher Chirstian? Caramba, que tengo en casa las dos versiones que dirigieron Frank Lloyd y Lewis Milestone protagonizadas respectivamente por Clark Gable y Charles Laughton y Marlon Brando y Trevor Howard, y ahí sólo estaba la Bounty, un velero gobernado con muy mala hostia y cargado de frutos de pan. Y más tarde el celebérrimo motín y la isla de Tahití. O el paraíso en forma de mujer. Hay otra versión dirigida por el australiano Roger Donaldson con Mel Gibson y Anthony Hopkins en los roles de Christian y Bligh, una cinta que si bien vi en su día, y no es una mala película, se queda muy corta frente a las otras dos versiones reseñadas.

Así que frustrado porque lo que me apetecía leer era una novela de aventuras donde el malo ya no es malo (oséase el capitán Bligh), consulté la primera página de la novela para  descubrir con estupor que ahí lo que se leía era El rojo de las flores, de Anita Amirrezvani y no Motín en la Bounty, de John Boyne, aunque la portada demostrara lo contrario.

Como es natural, devolví esta misma mañana el libro. La librera, muy amable y probablemente más sorprendida y molesta que quien les escribe, me prometió que cuando le llegase un ejemplar correcto me lo haría llegar. Y eso que tenía otro en la librería:  Motín en la Bounty, pero al abrir el libro leías la primera página y aparecía El rojo de las flores.

Al salir meridianamente satisfecho del establecimiento (librería Canarias, una de las que mejor trabaja en esta ciudad todo sea dicho de paso), pensé la de veces que por una equivocación he visto películas que, inicialmente, no me apetecía haber visto. Una de esas fue Tierras de penumbra. Recuerdo que entré en unos multicines (los Price antes de Price Renoir) dispuesto a ver otra: El cielo y la tierra de Oliver Stone, y que cuando comenzó el ya clásico de Richard Attenborugh (y probablemente también su mejor película como director) maldije en silencio por lo que imaginaba había sido una fatal equivocación para mi entretenimiento pequeño burgués. Aún con esas, me quedé a verla resignado como pequeño burgués. Y fue lo mejor que me pudo haber pasado, porque solté la lágrima y hoy esa conmovedora película se ha convertido en un título de referencia en mi memoria gazpachera cinematográfica.

Cuando la descubrí (porque fue así, un descubrimiento tan idiotamente casual) lloré, y no hay nada más estúpidamente idiota que llorar viendo una película. ¡Si hasta se me quedó grabada en la cabeza una frase que pronuncia un inmenso Hopkins en el filme!

“El dolor de ahora es la felicidad de entonces”.

En cuanto a libros, y además de la anécdota que me pasó con Motín en la Bounty, les cuento la de un amigo entrañable al que una vez pesqué en la Rambla leyendo un libro al que le faltaban las cien primeras páginas.

- ¿Cómo puedes leerlo? le pregunté asombrado.
- Me encanta.
- Pero sí no sabes cómo empieza. Ni como se llama la novela, ni el autor…
- Y eso qué importa. Probablemente lo mejor del libro es donde comencé a leerlo.- me respondió el muy gañán.

Pasado el tiempo, y tras conocer de qué iba esa historia, descubrí de qué volumen se trataba. El escritor no dirá nada a los especialistas en literaturas de caza mayor pero para los que masticamos toda clase de cosas les informo que su autoría es de Wilbur Smith.

Les confieso que en una ocasión casi hago lo mismo. Me pasó con una edición de Las fortunas y desdichas de Moll Flades de mi admirado Danidel Defoe, y que compré hace años en el Rastro de la capital tinerfeña. Se trataba de una edición de Bruguera, e incluía fotografías de la versión cinematográfica que dirigió Terence Young con mi venerada (bésame estúpido) Kim Novak como protagonista.

Al llegar a casa con el libro, comprobé que le faltaba no el inicio sino el final. Arranqué las fotografías, que guardé en una carpeta, e imitando a los bomberos de Faranheit 451 quemé el ejemplar en el fregadero de la cocina, escuchando de fondo la banda sonora del filme de Truffaut compuesta por Bernard Hermann.

Y mira que me gusta Defoe. Verdad es, sin embargo, que teniendo su Diario de la peste, Robinson Crusoe, Historia del diablo, La vida del capitán Singlenton, entre otras, aún falta en mi biblioteca su Moll Flanders.

Pequeño burgués que es uno.

Saludos, en plan anécdotas animadas de ayer y hoy, desde este lado del ordenador.

Los cuatro elementos (y el quinto)

Domingo, Octubre 25th, 2009

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Empujado por el entusiasmo de una de esas amigas que se esfuerzan en sacarte de casa para que tomes el fresco y descubras que hay vida más allá de la que se mueve en tu híper protegido hogar, subo el sábado a La Laguna para ver a los de Abubukaka, una compañía de teatreros que ha conseguido lo que parecía imposible en una isla como en la que vivimos, que se haya convertido en un auténtico fenómeno de culto, y que como tal fenómeno arrastren en cada una de sus actuaciones a una legión de aficionados que se conocen de cabo a rabo las claves con las que salpican cada uno de sus espectáculos.

Así que véanme apretujado entre el público que se ha reunido en el Siete Café lagunero, temeroso de dar un paso hacia la barra para pedir una cerveza por miedo a perder el espacio que he logrado ganar mientras mi ya famosa agorafobia me recuerda que formo parte de una marea humana que respira un extraño y gozoso nerviosismo a la espera de que los cuatro miembros del clan Abubukaka salten al escenario.

Mi amiga, que es una santa, se escabulle entre la masa y logra llegar a la barra, y me trae una botella verde que contiene homeriana cerveza fresca. Mientras tanto, la agorafobia continúa taladrando mi torre de marfil voluntaria, multiplicando mi capacidad olfativa:  mezcla amarga de emanaciones corporales, humo de cigarrillos y aliento agrio del vino de centeno.

Me pregunto, entonces, qué diablo hago ahí, con lo tranquilo que podría estar en casita aburriéndome con La Noria. Y le suelto a mi amiga si los de Abubukaka no iban a salir a escena a las 21 horas. Y lo suelto porque son las 21.15 y desde las 20.30 horas llevo sufriendo lo de sentirme como sardina en lata y noto frenético que la agorafobia ya está abriendo brechas en mi torre de marfil.

Intento calmarme. Y reflexiono que estamos en Canarias, y que aquí es habitual empezar siempre con una hora de retraso aunque hasta en eso los de Abubukaka llevan la contraria porque a las 21.30 se apagan las luces, alguien hace la presentación y saltan al escenario sorteando la marea humana cuatro tíos que en mi imaginario se transforman en los cuatro hermanos Marx (cuando eran cuatro) con acento canario.

Y empieza el chou. Y si bien, les contaba, estoy intentando tapar los huecos que la dichosa agorafobia está abriendo en mi torre de marfil comprada en un todo a cien, compruebo poco a poco, y mientras la panda de los Abubukaka toma confianza, que olvido lo de estar enclaustrado entre otros pedazos de carne porque suelto la carcajada, me sorprende la agudeza intelectual de su romancero sobre el aborto y el delirante montaje que se hacen sobre la hija de Obama, Omamainés, y su loco amor por el chico del corredor de la muerte, entre otros fragmentos que hace resonar de carcajadas el Siete Café.

Más tarde, y para mi sorpresa, lo que pensaba había sido un proceso laborioso de unir momentos cómicos, me soplan que lo crearon el día anterior, viernes, lo que pone de manifiesto el talento espontáneo de estos cuatro elementos. Cuatro elementos cuya primera parte del espectáculo casi parece un concierto de jazz en plan jam session. Pura y frenética improvisación, historietas de ayer y hoy aliñadas de nuestra pesadilla realidad canaria (ponen en escena un número fantástico sobre la manifestación independentista que ayer mismo recorrió las calles laguneras) así como la que salpica el universo mundo con un espíritu ácrata que sin ser trasgresor (tampoco es su pretensión) termina por descolocarte. Y te descoloca tanto que llegó un momento en el que mi agorafobia tomó la determinación de mandarse a mudar cuando se percató que ya no podía joderme más recordándome que estaba apretujado, con la camisa mojada y la garganta seca.

Es verdad, no obstante, que la segunda parte del espectáculo me dejó indiferente. Claro que ya sería de genios el que pudieran batir el éxito de una primera entrega loca y surrealista, de me importa un pimiento todo porque lo que hacemos es teatro anti teatro.

Y si bien la vieja enemiga agorafóbica encontró en ese instante una oportunidad para volver a machacarme la cabeza, tuvo que bajar las espadas porque todavía guardaba muy buen sabor de boca con su inicio del chou.

Me cuentan que allí estábamos casi unas doscientas personas, apretujadas y bastante calientes no en el doble sentido tradicional que se le achaca a la palabreja sino el que se refiere al de altas temperaturas. Así que para repetir la experiencia de sentirme sardina en lata que olvida lo que se siente estando una sobra la otra en una balsa de aceite gracias al cachondeo de estos cuatro (me olvidaba que hay una quinta elementa) cómicos de la legua, he apuntado en rojo en mi agenda la fecha del 14 de noviembre. Ese sábado me verán en el Siete Café lagunero para disfrutar de los Abubukaka. No me lo ha recetado el médico, pero les aseguro que ha sido un antídoto perfecto para mandar a paseo mi puta y amargada agorafobia.

Saludos, gratamente agradecidísimos, desde este lado del ordenador. 

Salve ‘Asterix’, los que van a morir te saludan

Sábado, Octubre 24th, 2009

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Recuerdo que el primer libro de Asterix que llegó a mis manos fue Asterix y los normandos. No creo que hubiera cumplido los catorce, lo que significa que aquel descubrimiento (un inocente regalo de cumpleaños que un familiar le hizo a uno de mis hermanos) estimuló mis sentidos a la hora de sumergirme en el universo de un tebeo editado en tapas duras y a todo color que incluso leía mi padre con su sonora y característica carcajada.

Hasta ese momento, lo que sabía de historieta era gracias a revistas DDT o Pulgarcito, las ediciones mexicanas de Novaro, que publicaban las aventuras de los héroes de la DC con traducciones delirantemente sudamericanas (algo así como las teleseries que nos ponían en la caja diabólica aquellos años, con voces graves que enfatizaban los nombres anglosajones tipos Martinnnn Lutherrrr Kingggg) o las carpetovetónicas de Vértice, que nos dieron a conocer a la gran familia de la Marvel en ediciones casi de bolsillo y blanco y negro que ponían de manifiesto su absoluto desprecio por el material original norteamericano.

Así que entiendan ustedes que descubrir el universo de Asterix y su grueso amigote Obelix fue como descubrir un mundo mágico y de colores. Un vivo sin vivir en mí que enseguida me enganchó a las tribulaciones que disfrutaba (no sufría) aquella pandilla de galos pequeños burgueses capaz de desafiar a la poderosa Roma de Julio César gracias a la poción mágica.

Tras aquel álbum, inicié una laboriosa campaña de ahorro de la paga que me suministraban mis padres los fines de semana, haciéndome con paciencia rusa con otros colorines de la serie. Y lo hice de manera poco espartana. Es decir, sin disciplina alguna, lo que implica que mandé a paseo (afortunadamente) la cronología con los que fueron apareciendo en España.

Con el paso del tiempo, he ido releyendo las historietas de Asterix como quien bebe agua en el desierto. Descubriendo nuevas claves en aquellos relatos que llevaban a sus protagonistas a las lejanas tierras de Egipto, Hispania, Helvecia, Bélgica, Bretaña e incluso una América que todavía no habían sido descubierta. Y me siguen entusiasmado igual o más que cuando los leí por primera vez: Asterix, legionario, La cizaña, El caldero de oro… por lo que parte de sus expresiones como es natural pasasen a formar parte del mío, como su grito ¡Por Tutatis!; al igual que el ¡por Crom!, de Conan o el ¡Rayos y truenos! de mi querido y admirado capitán Haddock.

Feliz creación del dibujante Albert Uderzo y del guionista René Gociny, admito, no obstante, que he ido perdiendo interés en sus nuevas aventuras cuando su genial creador literario dejó este mundo, asumiendo a partir de ese momento los guiones Uderzo, un excelente dibujante pero un mediocre guionista. Así que ya no fue lo mismo porque, a mi juicio, Asterix sin Gociny no es Asterix, hoy más que nunca una especie de Micky Mouse francés. Pero aún con esas, me hago con sus aventuras pese a que su esquema resulte el mismo. Con o sin extraterrestres.

Pese a su devenir, pido que conste en acta que primero descubrí a Asterix, y que años más tarde y en casa de un amigo, mis ojos se abrieron al mundo de Tintín en aquellas inolvidables y preciadísimas ediciones con sus ya legendarios lomos de tela. ¡Rayos y truenos!

Asterix, que este año de gracia cumple ya medio siglo, lo celebra como era de esperar con un nuevo álbum. Y si bien rabio por dentro porque en mi afán de coleccionista completista (una compulsión enfermiza, entiéndanlo) ya me carcome la cabeza la idea de hacerme con él pese a que no sean días precisamente en los que deba de buscar monedas y billetes en el bolsillo, sólo puedo encogerme de hombros ante la inevitable sensación de que tengo que apretarme un poco más el cinturón para que aspire a tenerlo entre mis manos.

Soy consciente, pese a todo, que me entenderán los que han sido (y serán) inoculados por el virus de lo que ya llamo asterixtis. Virus de efectos terribles, porque cada nueva mutación con la que sale al mercado ya no te taladra las ideas como sus historietas pasadas. Pero aún con esas, continuas enganchado quizá porque ese pequeño galo para el que los romanos son una pandilla de locos representa un buen pedazo de tu existencia como lector de tebeos, colorines, comics o historietas. Uno de esos pedazos que recuperas cuando los vuelves a leer y releer. Y que deja respirar al ya saturado disco duro de tu memoria, que recobra repentinamente olores que ya creías olvidados. Por ejemplo, el de un sabroso jabalí asado a punto de ser devorado por un grupo de amigos que sólo temen una cosa en su rutinaria existencia de meterse entre ellos y de unirse como uno solo cuando llegan los romanos: ¡qué el cielo les caiga sobre sus cabezas!

Saludos, me temo que muy nostálgicos, desde este lado del ordenador.